Archivo para Octubre 12th, 2007
El oscurecimiento de la verdad del “principio”
1. La presión de los tiempos

a) Tiempos de crisis.
Todos los tiempos han sufrido de modos diversos la presión del pecado sobre la visión original del matrimonio y la familia que este genera. Pero se puede también decir que hay en estos tiempos actuales y en países occidentales e incluso de vieja tradición cristiana un oscurecimiento de casi todas las realidades que conforman la verdad plena del matrimonio. Es lo que se ha venido en llamar la “crisis” actual de la institución matrimonial. Mas que crisis hay que hablar así, de multitud de focos de crisis que tienen como punto central el rechazo de la verdad objetiva de la naturaleza humana (lo que sea el hombre) que condicionará el comportamiento recto de este como persona (lo que debe hacer)
Se podrían enumerar esa multitud de elementos pero para resumir a los puntos básicos y de fondo se puede decir que
· Se extiende un concepto de libertad individualista y subjetivo que evita todo compromiso
· Se desvincula la sexualidad de la dignidad de la persona: el sexo es un elemento de libre manipulación y uso
· Se sostiene que el matrimonio no es más que un convencionalismo mas fruto de una cultura determinada y que por tanto nada debe ser objetivo ni siquiera la relación entre matrimonio y descendencia
· Se considera la familia, por tanto, sin fundamento serio en la naturaleza humana y puede haber tantos modelos de familia como abiertas sean las mentes: debe rechazarse la llamada, no sin intención, familia tradicional
b) La ideología de genero
Pero, sin duda, la ruptura mas fuerte entre la realidad de lo que somos y de cómo justificamos la conducta respecto a la diferenciación sexual es aquella que pretende la llamada “ideología de género” y las teorías “queer” (Sobre las teorías “queer cfr M. ELÓSEGUI, Modelos de familia y heterosexualidad. El Estado y el derecho ante la realidad familiar en VV.AA, Cristianos y democracia, pp285-306).
Recientemente y con el título Varón y mujer los creó es el rótulo que ha elegido la Universidad de Navarra para el simposio interdisciplinar sobre sexualidad humana, celebrado en Pamplona los días 8 y 9 de febrero. Biología, sociología, teología, psicología, ciencias de la educación y Derecho se han dado cita para desentrañar una de las claves de la naturaleza humana.
Somos cuerpo. Desgraciadamente, en estos tiempos, ni verdades obvias como ésta están a salvo. Los extremos se tocan, y no es extraño que, casi en la misma frase, se afirme el dominio de la mente respecto al cuerpo (mi cuerpo es mío y hago con él lo que quiero) y el dominio del cuerpo frente a la mente (era la naturaleza, no podía evitarlo). Estos dos extremos ignoran que el cuerpo no es una posesión, sino la manifestación de la persona, el «engarce entre la libertad personal y el mundo», en palabras de la profesora Natalia López Moratalla, profesora de la Universidad de Navarra.A medida que se iba desarrollando el simposio se fue haciendo patente, de forma más implícita que explícita, la enorme diferencia entre este modelo antropológico (naturaleza sexuada de la persona, destinada al amor exclusivo, para siempre y abierto a la vida) y la situación actual de la sociedad. Sin embargo, la nota predominante fue de un moderado optimismo ante la constatación de que, a pesar de todos los intentos por ocultarla, la naturaleza es tozuda y se empeña en manifestarse a través de las consecuencias de nuestros actos. Una aspecto del simposio que aportó muchas clarificaciones y sugirió soluciones fue el tenido gracias a la intervención de la profesora María Elósegui, de la Universidad de Zaragoza, sobre Teorías de la relación entre sexo y género. La profesora Elósegui defendió la legitimidad de utilizar la palabra género para aludir a los roles sociales que culturalmente se atribuyen a cada sexo. Es lo que se llama perspectiva de género, que, en sí misma, no niega los rasgos de cada sexo que tienen una base biológica. Por ello, es preciso centrar el debate en la relación entre una y otra. Cronológicamente, se han propuesto tres relaciones:
* Determinismo biológico: Es la perspectiva que defiende que a cada sexo le corresponden, de forma invariable, unas funciones sociales, normalmente apoyándose en argumentos pseudo científicos sobre una supuesta inferioridad de la mujer. Al exaltar la diferencia, se niega la unidad. Aunque este modelo se considera superado en el plano teórico, todavía se manifiesta en la legislación de bastantes países, y en la mentalidad de muchos, incluso en el mundo desarrollado.
* Ideología de género: Va más allá de la perspectiva de género, al anular, también de forma sesgada, toda relación entre sexo y rol social, de forma que la masculinidad o feminidad se pueden construir sin tener en cuenta la biología. Es decir, para exaltar la igualdad, anulan la diferencia. También se suele hablar de cinco géneros, que incluyen la homosexualidad. Recibió un gran impulso del neomarxismo, pero sus raíces son mucho más profundas. Se puso en práctica en los países comunistas y ahora, aunque es minoritaria, está presente en las Conferencias de la ONU y en el Derecho sanitario de muchos países.
* Antropología basada en la igualdad y la diferencia: Reconoce que, mientras algunas funciones sociales están fundamentadas en el sexo biológico, otras son neutras e intercambiables. Propugna la interdependencia y corresponsabilidad de los dos sexos tanto en la esfera pública como en la privada, precisamente porque los dos, al ser diferentes, tienen algo que aportar a ambas. Se manifiesta en las nuevas y necesarias legislaciones que buscan una mayor conciliación entre vida familiar y laboral, tanto para varones como para mujeres, aunque, en un coloquio, se invitó a cada familia a buscar su propio modo de aplicarla, huyendo de moldes rígidos. Necesita una mayor base antropológica, para lo que Elósegui sugirió desarrollar las teorías personalistas y el magisterio de Juan Pablo II.
2. ¿Estamos ante una simple cuestión de opiniones?
Parece ser que la crisis actual, como todas las crisis que en el mundo han sido, no se debe a que circulen opiniones más o menos involuntariamente equivocadas, como si fueran idus de marzo. Mas bien se debe a errores profundos teóricos sobre aspectos básicos de la naturaleza humana (la unidad de cuerpo y alma en la persona humana, el sentido de corporalidad sexuada, la libertad capaz de compromisos, el amor engendrador del don de la vida, etc). Y esos yerros no habrían podido asentarse en la cultura sin la complicidad de los desórdenes prácticos que llevan consigo. Por eso la solución de las crisis de todos los tiempos, también y especialmente de este, depende principalmente de la vida buena de las personas una por una, de los matrimonios, uno por uno y de las familias, una por una.
Sin embargo hay que reflexionar sobre sus causas y ver que siempre hay mentiras o verdades a medias que no están suficientemente clarificadas: por ejemplo
· La forma de entender la relación entre sexo y género hasta hace poco era discriminatoria contra la mujer, y es preciso cambiarla para hacerle justicia. Si se aplica una vinculación determinista entre sexo y rol social, tanto al varón como a la mujer se les niegan roles enriquecedores. Una justa comprensión de la relación entre sexo y género no es sólo una cuestión de justicia hacia las mujeres, al abrirles el acceso a lo público (lo que no implica su incorporación obligatoria al mundo laboral) sin denigrar su feminidad, sino que también ha de ayudar al varón a comprender su papel en el ámbito privado y en la paternidad.
· El matrimonio tradicional ha sido injustamente favorecido desde la religión y el Estado. El poder no ha reconocido el matrimonio para favorecerlo. El reconocimiento ha sido más bien fruto del esfuerzo de los esposos, a través de siglos de Historia, para cumplir fielmente sus deberes conyugales y familiares. Ese esfuerzo ha demostrado la bondad de este vínculo, y por eso se ha convertido en patrimonio jurídico.
· Adán y Eva son figuras puramente metafóricas usadas para justificar la inferioridad y dependencia de la mujer respecto del varón. Aunque el darwinismo puro creía que una especie sólo podía surgir de un grupo relativamente grande de otra a través de híbridos, la investigación reciente ha descubierto posibles cauces por los que una única pareja de varón y mujer, nacidos de una pareja de antecesores no humanos, podrían haber dado origen a la estirpe humana. Además, el relato bíblico, en su lenguaje, presenta a la mujer como intrínsecamente igual al varón, y a ambos, como los dos modos de ser persona.
· La libertad es un absoluto que no me puede determinar compromisos y mucho menos referencias al contenido ético de las decisiones. Este es un concepto de libertad que afecta a la base misma del concepto del amor conyugal. El amor es libertad, pero libertad de la criatura humana que es finita y limitada y no tiene todas las opciones disponibles. Si toma una, otras muchas quedaran en el tintero de lo posible. Esto nos llevaría al absurdo de que la máxima libertad sería no escoger nada, no hacer ninguna elección, así todas están abiertas
· A mi lo que me interesa es mantener abiertas las máximas opciones de bienes posibles y que la sociedad y el Estado me las otorgue sin limitación alguna. Pero se olvida que para pasar del bien posible al bien real se han de hacer elecciones y ejecutar decisiones que comprometen a unos y otros. El Cardenal Ratzinger antes de ser el papa Benedicto XVI escribió unos artículos que vienen reunidosen el libro Verdad, valores y poder. En el primero de ellos que además es un discurso de agradecimiento por haber sido nombrado membre associé étranger de la Academia de Ciencias Morales y Políticas del Instituto de Francia, ocupando el lugar dejado por el físico ruso Andrei Sajarov, nos dice: “Nos hallamos ante la pregunta que Sajarov nos plantea hoy día a todos nosotros ¿Cómo puede el mundo libre afrontar su responsabilidad moral? (…) Una libertad cuyo único argumento consistiera en la posibilidad de satisfacer las necesidades no sería una libertad humana, seguiría recluida en el ámbito animal. La libertad individual huera se anula a sí misma, porque la libertad del individuo solo puede subsistir en un orden de libertades. (…)La misma idea se podría expresar también así: el concepto de libertad reclama, por su misma esencia, un complemento que le proporcionan estos dos nuevos conceptos: lo justo y lo bueno. (…) La libertad requiere que los gobiernos y los que tienen responsabilidades se inclinen ante una realidad que se yergue indefensa y no es capaz de ejercer violencia alguna: la moral entendida como un lazo público y común” al servicio de la humanidad entera. Es difícil ver como puede la democracia, que descansa sobre el principio mayoritario mantener su vigencia sin referencia alguna a algo que es anterior y superior a la sociedad y a la familia, “sin introducir un dogmatismo que le es esencialmente extraño”
Matrimonio y Familia

Matrimonio y familia (2 ª Ed. )
Juan Ignacio Bañares / Jorge Miras
Una introducción sintética a los temas fundamentales sobre el matrimonio y la familia en la revelación cristiana. Los autores procuran mostrar razonadamente, a la luz de las enseñanzas más recientes del magisterio eclesial, la profunda coherencia de la doctrina y de la moral católicas con una visión integral de la persona humana.
Juan Ignacio Bañares (Barcelona), sacerdote de la Prelatura del Opus Dei, Licenciado en Filosofía e Historia de la Educación por la Universidad Central de Barcelona y Doctor en Derecho canónico por la Universidad de Navarra, donde es Profesor de Derecho Matrimonial desde 1984. Es Subdirector del Instituto de Ciencias para la Familia, de la misma Universidad, y desde su ordenación en 1979 ha trabajado con la juventud universitaria.
Jorge Miras (Ceuta), sacerdote de la Prelatura del Opus Dei, es Doctor en Derecho canónico y Doctor en Derecho por la Universidad de Navarra, en cuya Facultad de Derecho canónico enseña Derecho administrativo y desempeña actualmente la función de Decano. Es autor de numerosas publicaciones en el ámbito de su especialidad y ejerce su actividad pastoral desde hace casi veinte años en la atención de estudiantes universitarios,
Cód.: 145019 ISBN: 9788432136221
13,0X20,0 cms. 208 págs. Rústica
En el “principio” fue así
El el “principio” fue así
Como afirma Juan Pablo II: Es significativo que Cristo, en su respuesta a los fariseos, en la que se remite al “principio”, indica ante todo la creación del hombre con referencia al Génesis 1, 27: “El Creador al principio los creó varón y mujer”; sólo a continuación cita el texto del Génesis 2, 24 (Audiencia general sobre el Génesis (AG) del 19-9-1979) Son ideas éstas recogidas en el libro Varón y mujer, teología del cuerpo de Juan Pablo II.
La referencia al “principio” hecha por Cristo tiene gran fecundidad desde diversas perspectivas. Es sabido que la creación del hombre, varón y mujer, es narrada en el Génesis en dos relatos: en uno se describe la creación del hombre y la mujer en un sólo acto, Gen 1, 26-28.31
26 Y dijo Dios: «Hagamos al hombre a nuestra imagen, como semejanza nuestra, y manden en los peces del mar y en las aves de los cielos, y en las bestias y en todas las alimañas terrestres, y en todas las sierpes que serpean por la tierra.
27 Creó, pues, Dios al ser humano a su imagen, a imagen de Dios le creó, macho y hembra los creó.
28 Y bendíjolos Dios, y díjoles Dios: «Sed fecundos y multiplicaos y henchid la tierra y sometedla; mandad en los peces del mar y en las aves de los cielos y en todo animal que serpea sobre la tierra.»(…)
30 (…)Y así fue.
31 Vio Dios cuanto había hecho, y todo era muy bueno. Y atardeció y amaneció: día sexto.
En el otro, se procede a describir la creación por separado, primero del varón, después de la mujer, junto con muchos detalles antropológicos propios del texto mas antiguo que el anterior, pero de gran riqueza y profundidad típica, al formular la más antigua verdad sobre el hombre y su conciencia de hombre como tal, distintamente del primer capítulo que es posterior en su redacción y ya con adquisiciones más elaboradas: Gen 2, 7.18-24
17 Entonces Yahveh Dios formó al hombre con polvo del suelo, e insufló en sus narices aliento de vida, y resultó el hombre un ser viviente.(…)
18 Dijo luego Yahveh Dios: «No es bueno que el hombre esté solo. Voy a hacerle una ayuda adecuada.»
19 Y Yahveh Dios formó del suelo todos los animales del campo y todas las aves del cielo y los llevó ante el hombre para ver cómo los llamaba, y para que cada ser viviente tuviese el nombre que el hombre le diera.
20 El hombre puso nombres a todos los ganados, a las aves del cielo y a todos los animales del campo, mas para el hombre no encontró una ayuda adecuada.
21 Entonces Yahveh Dios hizo caer un profundo sueño sobre el hombre, el cual se durmió. Y le quitó una de las costillas, rellenando el vacío con carne.
/22 De la costilla que Yahveh Dios había tomado del hombre formó una mujer y la llevó ante el hombre.
23 Entonces éste exclamó: «Esta vez sí que es hueso de mis huesos y carne de mi carne. Esta será llamada mujer, porque del varón ha sido tomada.»
24 Por eso deja el hombre a su padre y a su madre y se une a su mujer, y serán una sola carne
Los frescos de Miguel Angel de la bóveda de la Capilla Sixtina nos ilustran estos pasajes y entre ellos el debatido de la creación por pasos de ambos y de la mujer de la costilla del hombre en sopor es abordado por Juan pablo II en su catequesis de los miércoles con una originalidad y riqueza sorprendentes:
“La afirmación de Dios-Yahvé “no es bueno que el hombre esté solo”, aparece no sólo en el contexto inmediato de la decisión de crear a la mujer (”voy a hacerle una ayuda semejante a él”), sino también en el contexto más amplio de motivos y circunstancias, que explican más profundamente el sentido de la soledad originaria del hombre (…)Ya a través de esto, se subraya la subjetividad del hombre, que encuentra una expresión ulterior cuando el Señor Dios “trajo ante el hombre (varón) todos cuantos animales del campo y cuantas aves del cielo formó de la tierra, para que viese cómo las llamaría” (Gen 2, 19). Así pues, el significado primitivo de la soledad originaria del hombre está definido a base de un “test” específico, o de un examen que el hombre sostiene frente a Dios (y en cierto modo también frente a sí mismo). Mediante este “test”, el hombre toma conciencia de la propia superioridad, es decir, no puede ponerse al nivel de ninguna otra especie de seres vivientes sobre la tierra.
En efecto, como dice el texto, “y fuese el nombre de todos los vivientes el que él les diera” (Gen 2, 19). “Y dio el hombre nombre a todos los ganados, y a todas las aves del cielo, y a todas las bestias del campo; pero —termina el autor— entre todos ellos no había para el hombre (varón) ayuda semejante a él” (Gen 2, 19-20).
5. Toda esta parte del texto es sin duda una preparación para el relato de la creación de la mujer. Sin embargo, posee un significado profundo, aún independientemente de esta creación. He aquí que el hombre creado se encuentra, desde el primer momento de su existencia, frente a Dios como en búsqueda de la propia entidad; se podría decir: en búsqueda de la definición de sí mismo. Un contemporáneo diría: en búsqueda de la propia “identidad”. “(AG 10-10-1979, nn 4 y 5)
La creación del hombre, varón y mujer
De los dos relatos de la creación del “principio” se desprenden algunos elementos fundamentales sobre el matrimonio y la familia de los que podemos destacar, siguiendo el libro Matrimonio y Familia de Miras-Bañares, los siguientes:
· Dios, que es Amor y vive en si mismo un misterio de comunión personal de amor, ha creado al hombre varón y mujer, a su imagen y semejanza, es decir con la dignidad de persona, y por tanto como un ser capaz de amar y ser amado. Mas aún, lo ha creado por amor y lo llama al amor, no a la soledad: esta es la “vocación fundamental e innata de todo ser humano
· Varón y mujer son iguales en su dignidad de personas y, a la vez, distintos: su condición sexuada –masculina y femenina— es condición de la persona entera, que da lugar a dos modos diversos, igualmente originarios, de ser persona humana
· Precisamente esa diversidad los hace complementarios: entre todas las criaturas vivientes solo el varón y la hembra se reconocen como ayuda adecuada el uno para el otro en cuanto personas como otro yo a quien es posible amar
· En virtud de esa complementariedad natural, la atracción espontánea entre varón y mujer puede convertirse por obra de su entrega mutua, en una unión tan profunda que hace de los dos «una sola carne», y por tanto es indivisible (como la propia carne, que no puede separarse sin mutilación) y exige fidelidad exclusiva y perpetua (no pueden ser ya otra carne, siendo una sola)
· Esa unión lleva aparejada la bendición divina de la fecundidad, como promesa y como misión conjunta del varón y la mujer hechos una sola carne por su elección y entrega reciproca..
Así pues, la dignidad personal del varón y de la mujer, y su consiguiente vocación al amor, encuentran una primera y fundamental concreción en el matrimonio: una comunión de amor fecunda, que —a semejanza del amor divino— se vuelca en dar la vida a otros y en cuidar del mundo, ámbito de la existencia humana.
De este modo, la unión conyugal es imagen visible —grabada en la misma naturaleza humana desde su origen— de la comunión de amor personal que se da en la vida intima de Dios, y del amor absoluto e indefectible con que Dios ama al hombre. Al mismo tiempo, y por la misma razón, es imagen de la realización plena de la vocación del hombre al amor, que culmina en la unión eterna con Dios.
El desorden introducido por el pecado
Después de mostrar la situación original de amistad con Dios y de armonía entre varón y mujer, con ausencia de todo ma1, el libro del Génesis narra, en un lenguaje hecho de expresivas imágenes,
el pecado original (Gen 2, 8-15), que tiene como consecuencia la ruptura de aquella armonía original en ambas direcciones (respecto a Dios y en las relaciones mutuas), y la consiguiente proliferación del pecado en la vida de los hombres, a causa de la debilidad de la naturaleza humana caída
Compendio CEC n . 75, ¿En qué consiste el primer pecado del hombre?
El hombre, tentado por el diablo, dejó apagarse en su corazón la confianza hacia su Creador y, desobedeciéndole, quiso «ser como Dios» (Gn 3, 5), sin Dios, y no según Dios. Así Adán y Eva perdieron inmediatamente, para sí y para todos sus descendientes, la gracia de la santidad y de la justicia originales.
Compendio CEC n. 77. ¿Qué otras consecuencias provoca el pecado original?
Como consecuencia del pecado original, la naturaleza humana, aun sin estar totalmente corrompida, se halla herida en sus propias fuerzas naturales, sometida a la ignorancia, al sufrimiento y al poder de la muerte, e inclinada al pecado. Esta inclinación al mal se llama concupiscencia
También ese relato contiene elementos imprescindibles para la comprensión del matrimonio coma designio de Dios confiado a la libertad del hombre y, por eso, sometido a la falibilidad humana: El pasaje que nos interesa considerar a este propósito es el siguiente:
6 Y como viese la mujer que el árbol era bueno para comer, apetecible a la vista y excelente para lograr sabiduría, tomó de su fruto y comió, y dio también a su marido, que igualmente comió.
7 Entonces se les abrieron a entrambos los ojos, y se dieron cuenta de que estaban desnudos; y cosiendo hojas de higuera se hicieron unos ceñidores.
8 Oyeron luego el ruido de los pasos de Yahveh Dios que se paseaba por el jardín a la hora de la brisa, y el hombre y su mujer se ocultaron de la vista de Yahveh Dios por entre los árboles del jardín.
9 Yahveh Dios llamó al hombre y le dijo: «¿Dónde estás?»
10 Este contestó: «Te oí andar por el jardín y tuve miedo, porque estoy desnudo; por eso me escondí.»
11 El replicó: «¿Quién te ha hecho ver que estabas desnudo? ¿Has comido acaso del árbol del que te prohibí comer?»
12 Dijo el hombre: «La mujer que me diste por compañera me dio del árbol y comí.»
13 Dijo, pues, Yahveh Dios a la mujer: «¿Por qué lo has hecho?» Y contestó la mujer: «La serpiente me sedujo, y comí.»(…)
16 A la mujer le dijo: «Tantas haré tus fatigas cuantos sean tus embarazos: con dolor parirás los hijos. Hacia tu marido irá tu apetencia, y él te dominará.
Consideremos algunas de estos elementos:
· Con el pecado, entra en la vida del hombre la experiencia dolorosa del mal, que se hace sentir en su propio corazón y en su entorno. El mal afecta también específicamente a las relaciones entre el var6n y la mujer, y , en consecuencia, a la veracidad de la imagen del amor de Dios que constituye su uni6n conyugal.
· Ese desorden, aunque sus efectos puedan percibirse como algo normal en la propia vida y en el clima social, no es lo natural: no se origina en la naturaleza humana, sino en el pecado. La ruptura de aquella comuni6n original entre var6n y mujer es la consecuencia primera de la ruptura del hombre con Dios.
· Concretamente, las relaciones entre varón y mujer sufren tensiones y distorsiones derivadas del desorden fundamental de la soberbia egoísta (que incapacita especialmente para el don generoso de si mismo y para la comunión personal), y se ven amenazadas por la concupiscencia, el espíritu de dominio posesivo, el deseo arbitrario, el agravio reciproco, el temor y la debilidad, la discordia y la infidelidad.
· Esto hace que, en la situación de la naturaleza humana calda, la realización del amor conyugal conforme a la verdad de su origen no pueda darse ya sin lucha y esfuerzo, apoyados en la ayuda del Señor: “a causa del estado pecaminoso contraído después del pecado original, varón y mujer deben reconstruir con fatiga el significado del recíproco don desinteresado”
Así pues, el matrimonio, como el propio ser humano, queda oscurecido y gravemente perturbado por las heridas del pecado: esto explica las deformaciones y los errores, teóricos y prácticos, que se han dado —y se dan— en la vida de los hombres respecto a la naturaleza, propiedades y fines de la unión conyugal .
Pero —del mismo modo que el ser humano— el matrimonio no pierde totalmente su valor y significado genuinos, porque, a pesar de las consecuencias del pecado, la verdad de la creación, subsiste profundamente arraigada en la naturaleza humana. Precisamente por esto, en todas las épocas, las personas de buena voluntad se sienten íntimamente inclinadas a no conformarse con cualquier versión deshumanizada de la unión entre varón y mujer. Y esa profunda connaturalidad con que el ser humano intuye y añora el verdadero sentido del amor al que está llamado—a pesar de las dificultades que experimenta— es lo que permite a Dios apoyarse en la imagen del matrimonio para darse a conocer a los hombres y realizar su plan de salvación.
El matrimonio, símbolo de la Alianza entre Dios e Israel
Después de la caída, lejos de abandonar al hombre, Dios sigue acompañándole con su misericordia, mientras va desarrollando paulatinamente su plan de salvación. Bajo la Ley Antigua, con una pedagogía llena de paciencia, va haciendo madurar progresivamente la conciencia de la verdadera naturaleza y de las exigencias del matrimonio, preparando los corazones endurecidos para aceptar un día íntegramente esa verdad:
CEC 1610. La conciencia moral relativa a la unidad e indisolubilidad del matrimonio se desarrolló bajo la pedagogía de la Ley antigua. La poligamia de los patriarcas y de los reyes no es todavía prohibida de una manera explícita. No obstante, la Ley dada por Moisés se orienta a proteger a la mujer contra un dominio arbitrario del hombre, aunque ella lleve también, según la palabra del Señor, las huellas de “la dureza del corazón” de la persona humana, razón por la cual Moisés permitió el repudio de la mujer (cf Mt 19,8; Dt 24,1).
CEC 1611. Contemplando la Alianza de Dios con Israel bajo la imagen de un amor conyugal exclusivo y fiel (cf Os 1-3; Is 54.62; Jr 2-3. 31; Ez 16,62;23), los profetas fueron preparando la conciencia del Pueblo elegido para una comprensión más profunda de la unidad y de la indisolubilidad del matrimonio (cf Mal 2,13-17). Los libros de Rut y de Tobías dan testimonios conmovedores del sentido hondo del matrimonio, de la fidelidad y de la ternura de los esposos. La Tradición ha visto siempre en el Cantar de los Cantares una expresión única del amor humano, en cuanto que éste es reflejo del amor de Dios, amor “fuerte como la muerte” que “las grandes aguas no pueden anegar” (Ct 8,6-7).
En este cuadro de Rembrandt donde él y su mujer Saskia posan como Isaac y Rebeca es un buen este modo de ilustrar al afecto nupcial, y nos ayuda a ver que la imagen de la alianza nupcial entre Dios e Israel fue disponiendo a los hombres pare «la nueva alianza mediante la que el Hijo de Dios, encarnándose y dando su vida, se uni6 en cierta manera con toda la humanidad salvada por e1” (Cfr Gaudium et spes, 22) preparando así `las bodas del cordero’ (Ap 19, 7-9), la unidad definitiva en Cristo de todos los hijos de Dios, con la que culminara la historia de la salvación.
CEC 1613. En el umbral de su vida pública, Jesús realiza su primer signo -a petición de su Madre- con ocasión de un banquete de boda (cf Jn 2,1-11). La Iglesia concede una gran importancia a la presencia de Jesús en las bodas de Caná. Ve en ella la confirmación de la bondad del matrimonio y el anuncio de que en adelante el matrimonio será un signo eficaz de la presencia de Cristo.
En la reciente Exhortación Apostólica postsinodal Sacramentum caritatis de Benedicto XVI, el Papa recuerda la Tradición de las relaciones entre los dos sacramentos “esponsales” Eucaristía y Matrimonio en su número 27. La Eucaristía, sacramento de la caridad, muestra una particular relación con el amor entre el hombre y la mujer unidos en matrimonio. Profundizar en esta relación es una necesidad propia de nuestro tiempo. El Papa Juan Pablo II ha tenido muchas veces ocasión de afirmar el carácter esponsal de la Eucaristía y su peculiar relación con el sacramento del Matrimonio: «La Eucaristía es el sacramento de nuestra redención. Es el sacramento del Esposo, de la Esposa ». (Carta ap. Mulieris dignitatem (15 agosto 1988), 26)
El matrimonio, redimido por Cristo
Si el matrimonio queda afectado por las heridas del pecado, que desfiguran la imagen de Dios en el hombre, la redención realizada por Cristo, al restaurar la imagen divina en la criatura humana, redime también el matrimonio: le devuelve, llevada a su perfección, la capacidad de ser imagen real del amor de Dios a los hombres.
La Iglesia ha reconocido siempre como un gesto de gran trascendencia la presencia de Jesús en las bodas de Cana, y el hecho de que, a instancias de su Madre, realizara su primer milagro precisamente en esa ocasión. De este modo, Cristo confirma la bondad del matrimonio y anuncia que, en lo sucesivo, será un signo eficaz de su presencia salvadora.
Además, Jesús enseña expresamente en su predicación, de un modo nuevo y definitivo, la verdad originaria del matrimonio. El texto fundamental que ha meditado la Tradición de la Iglesia es esta conversación recogida en el Evangelio de San Mateo:
«Se acercaron unos fariseos y le preguntaron para tentarle: ‘tLe es licito a un hombre repudiar a su mujer por cualquier motivo?’ EI respondió: ‘, No habéis leído que al principio el Creador los hizo hombre y mujer, y que dijo: Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su mujer, y serán los dos una Bola carne? De modo que ya no son dos, sino una Bola carne. Por tanto, lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre’. Ellos le replicaron: `,Por que entonces Moisés mando dar el libelo de repudio y despedirla?’ El les respondió: `Moisés os permitió repudiar a vuestras mujeres a causa de la dureza de vuestro coraz6n; pero al principio no fue así’. Sin embargo, yo os digo: cualquiera que repudie a su mujer (…) y se case con otra, comete adulterio’ (Mt 19, 3-9)
Los fariseos, que buscan poner a Jesús en contradicci6n con la Ley de Moisés, dan muestras de una comprensi6n del matrimonio desvirtuada por la influencia del pecado y de la debilidad humana. Y la reacción asombrada de los propios discípulos ante esta enseñanza del Señor demuestra claramente hasta que punto estaba extendida esa conciencia. La “dureza de corazón”, consecuencia de la naturaleza calda, incapacitaba a los hombres para comprender íntegramente las exigencias de la entrega conyugal y para considerarlas realizables, por eso Dios, en su pedagogía gradual, tolero temporalmente algunas conductas err6neas. Pero llegada la plenitud de los tiempos, cuando el Hijo de Dios va a cumplir la obra de la redenci6n, ha llegado también el momento de restaurar en la conciencia de los hombres la verdad del principio.
El Catecismo explica así la razón de este cambio definitivo en la pedagogía divina:
CEC 1615 Viniendo para restablecer el orden inicial de la creaci6n perturbado por el pecado, [Jesús] da la fuerza y la gracia para vivir el matrimonio en la dimensión nueva del Reino de Dios. Siguiendo a Cristo, renunciando a si mismos, tomando sobre si sus cruces, los esposos podrán `comprender el sentido original del matrimonio y vivirlo con la ayuda de Cristo
El hombre continua, ciertamente, afectado por las heridas del pecado, pero la Nueva Ley, a diferencia de la Ley Antigua, no solamente indica el bien que hay que hacer y el mal que hay que evitar, sino que, con la gracia ganada por Cristo en la Cruz, da la fuerza para obrar como hijos de Dios, liberando así de la esclavitud del pecado Cristo “revela la vedad originaria del matrimonio, la verdad del “principio” y, liberando al hombre de la dureza de corazón, lo haré capaz de realizarla plenamente (Familiaris consortio, 13)
Pero la redenci6n no solo restaura la significación natural originaria de la unión conyugal, sino que la perfecciona en el orden sobrenatural. Cristo, al elevar el matrimonio a la dignidad de sacramento, lleva a plenitud el significado que había recibido en la creación y bajo la Ley Antigua:
“esta revelación alcanza su plenitud definitiva en el don de amor que el Verbo de Dios hace a la humanidad asumiendo la naturaleza humana y en el sacrificio que Jesucristo hace de si mismo en la cruz por su Esposa, la Iglesia. En este sacrificio se desvela enteramente el designio que Dios ha impreso en la humanidad del hombre y de la mujer desde su creación. El matrimonio de los bautizados se convierte así en el símbolo real de la nueva y eterna alianza, sancionada con la sangre de Cristo. El Espíritu que infunde el Señor renueva el corazón y hace al hombre y a la mujer capaces de amarse como Cristo nos amó. El amor conyugal alcanza de este modo la plenitud a la que esta ordenado interiormente: la caridad conyugal, que es el modo propio y especifico con que los esposos participan y están Llamados a vivir la misma caridad de Cristo, que se dona sobre la cruz” ( Familiaris consortio, 13).
Temas varios
En este apartado iré poniendo los enlaces sobre temáticas que por su índole sea difícil agrupar en un grupo más específico:
Elevación y caída del ángel y el hombre (comentario)
Comentario al caso sobre la elevación y caída del ángel y el hombre:
Aparecen en este varios personajes. Algunos se ven, pero otros no se ven, aunque dejan sentir su presencia suficientemente como para confirmar que son tan reales como los que pueden verse.
El primero de estos últimos en aparecer es el diablo. El caso no pretende tratar de la moralidad de acudir a este tipo de consultas, pero ya que este asunto no aparece en ningún otro caso, se puede aclarar aquí. Es gravemente inmoral. La razón principal es porque, si de verdad hay alguien detrás, sólo puede ser el demonio. Como Rosa misma dice, ¿quién si no? No es infrecuente que este tipo de montajes sean un engaño, un tongo, pero otras veces —como ésta— lo que allí se oye sólo puede provenir de alguien muy bien informado. ¿Y quién si no? Porque está claro que ni Dios ni los que están con Él se prestan a este tipo de juegos. Es verdad que en el Antiguo Testamento aparece alguna ocasión en la que sí se prestan, pero reprochando a quien utiliza esos medios, y en todo caso son cosas que suceden antes de Cristo. Porque tras Jesucristo queda muy claro que es Él —y quienes participan de su sacerdocio— el único mediador entre Dios y los hombres, y no lo puede ser por tanto “Madame X”.
Podría también suceder que se buscase conocer el futuro pensando que detrás hay, no un “alguien”, sino un “algo”: fuerzas que dominan nuestro destino. Es, por ejemplo, lo que pasa con la astrología. Pero sigue siendo inmoral, porque, más o menos conscientemente, lo que sustituyen estas pretendidas fuerzas ciegas es nada menos que la providencia divina. Y, ante el futuro, la actitud correcta es la confianza en esa providencia, en Dios mismo, que es nuestro Padre. No es casualidad que proliferen esas pretendidas “ciencias ocultas del destino” en momentos en los que se descuidan la fe y la piedad; ni lo es tampoco que en los ambientes más materialistas abunde más el miedo al futuro y la obsesión por la seguridad.
La realidad es que Dios tiene planes maravillosos para el hombre, y si se truncan es porque los estropea el hombre. Todo ello sin perjuicio de que la sabiduría divina saque bienes mayores de esos estropicios. La felicidad original era una realidad —el paraíso, con sus dones naturales, preternaturales y sobrenaturales—, como también lo fue la tentación original del diablo. Y una de las razones de exponer aquí un caso como éste es que hay bastantes semejanzas entre la tentación de Eva y la que aquí padece Rosa. El “padre de la mentira” (cfr. Jn 8, 44) conoce su oficio, y sabe que las mentiras más creíbles son las que mezclan hábilmente verdad y mentira. El objetivo de ambas tentaciones es el mismo: alejar de la confianza en Dios, y valerse sólo de uno mismo, rechazando la ayuda divina y, con ella, el sometimiento a Dios. Fue más radical la de Adán y Eva: les invitaba —comiendo del prohibido árbol “de la ciencia del bien y del mal”— a determinar por sí mismos qué estaba bien y qué mal, sustituyendo así a Dios: “seréis como Dios” (Gen 3, 5). En el caso de Rosa, no se presenta este aspecto explícitamente, pero sí va implícito en ese “hacerlo todo por sí misma, sin fiarse de nadie”. El relato de Gen 3 muestra también que, como en este caso, el apoyo para la tentación es el amor propio, que el demonio se encarga de azuzar.
También hay un paralelismo en el resultado: “se les abrieron los ojos a ambos” (Gen 3, 7). Aquí se pone de manifiesto cuál es el plan del diablo y su objetivo habitual: la desesperación. Primero intenta cegar para el mal, luego lo presenta crudamente —si puede, exagerándolo— intentando hacer creer que no tiene solución. Puede comprobarse asimismo examinando en el Evangelio la tentación y final de Judas, de quien se dice explícitamente que actuó movido por Satanás.
La situación de Rosa parecía un callejón sin salida, porque salir de esa situación parecía superar sus fuerzas. Pero había alguien más. La actuación del ángel también se hace notar. Y, aunque sea más suave, es más poderosa. No por nada es un vencedor, mientras que el demonio es un vencido. Uno pasó su prueba, el otro no. Y es que Dios, por querer nuestro bien completo, nos quiere vencedores, y por eso corre el riesgo de nuestra libertad. No sólo quiere así a los espíritus puros —los ángeles—, sino también a nosotros. Por eso consta en el caso que las decisiones son de Rosa, y que el poder de ángeles y demonios no va más allá de sugerir —con más suavidad, aunque no menos eficacia, en el caso del ángel, pues éste, a diferencia de su oponente, no quiere violentar—.
“Puede parecer un tópico, pero la verdad es que o te apoyas en Dios o te acabas hundiendo”. Es la verdad. Y no lo es sólo para obtener la gracia y alcanzar nuestra meta sobrenatural. Lo es también para cumplir con nuestros deberes naturales, con la ley natural. El fundamento es que, desde el pecado original, el hombre es un ser “caído”. Y, aunque esté redimido y elevado a un orden sobrenatural, permanecen en él las secuelas del pecado original. Nos guste o no —lo normal es que no—, nuestra naturaleza es una naturaleza dañada (que no es lo mismo que corrompida, como sostenía Lutero). Por eso, toda visión del ser humano según la cual éste puede llegar a la perfección con sus solas fuerzas o en el que baste con cambiar las circunstancias para que se comporte siempre bien —son las teorías “naturalistas”—, es mentira. Era lo que, quizás bastante inconscientemente, pretendía Rosa. Por eso despreciaba a la que pensaba que “todo lo arreglaba rezando”, hasta que… tuvo que doblegar su orgullo y pedir ayuda, y entonces empezó a comprender. Con la actitud que tenía en un principio, aunque todo parecía salirle bien, tarde o temprano acabaría teniendo una crisis, y encontrándose con su propia miseria. Con el agravante de que el orgullo acumulado le haría —así fue— asustarse ante sí misma: las mejores condiciones para caer en la desesperanza. Por fortuna, no le faltó gracia de Dios, Angel de la Guarda… y una buena amiga. Con todo esto, y un poco de buena voluntad por su parte, pudo vencer, y venció.
Elevación y caída del ángel y el hombre (caso)
Exposición del caso sobre la elevación y caída del ángel y del hombre:
Los padres de Rosa eran muy distintos. Su madre era una mujer que se preocupaba por cualquier cosa y se agobiaba con facilidad. Su padre era un hombre muy seguro de sí mismo. Si su madre siempre insistía en que tuviera cuidado con esto y aquello, su padre le decía frecuentemente que ella podría llegar a donde quisiera llegar en la vida, y que sólo dependía de ella. Rosa, que era la hija mayor, en carácter había salido a su padre. Era muy voluntariosa, con pundonor y ambición. Sacaba las mejores notas en todas las asignaturas, y, aunque exteriormente apenas se notara, reaccionaba con cierta rabia ante un fallo o una nota algo inferior, que le hacía redoblar sus esfuerzos. Rosa quería a los dos, pero su admiración se dirigía sólo a su padre.
Un día llegó una fatal noticia: el padre de Rosa había fallecido en accidente de tráfico. No había culpables: un camión había roto sus frenos y no pudo evitar el arrollar al turismo donde viajaba su padre. Al dolor por la pérdida se sumaba en Rosa un sentimiento de impotencia, que quedó algo solapado por la necesidad urgente de consolar a su madre. Ésta, cuando veía a Rosa, no hacía más que decir —”¡Ay, hija! ¿Y qué será ahora de nosotros?” —”No te preocupes, mamá, saldremos adelante”, era la contestación de Rosa a su madre, pero también se lo decía a ella misma, pensando que tenía que ocupar el puesto que dejaba su padre. Pasaban los días, y esta situación no cambiaba.
Una tarde —Rosa sólo tenía clase por la mañana—, su madre se dirigió a ella: —”Rosa, bonita, ¿me podrías acompañar?” Pero no le dijo a dónde. Salieron las dos, y llegaron a una casa; les abrió una recepcionista, que les dirigió a una sala de espera. Había allí un par de señoras, con cara de preocupación. —”¿No será esto la consulta de un psiquiatra?”, preguntó Rosa en voz baja con tono de alarma. —”No, no. Ya verás, pero tú no digas nada”. Al fin les llegó el turno y pasaron a otra habitación.
Resultó ser la consulta de una pitonisa. No tenía tanta cosa exótica en la habitación y el vestido como hubiera podido imaginar Rosa, aunque sí había alguna cosa que indicaba qué era aquello; y, eso sí, no faltaba una mesa amplia con faldón de terciopelo ni un ambiente de penumbra. La madre de Rosa tenía preocupación por el futuro, y aquella señora —era más bien mayor— la tranquilizó, y predijo alguna contrariedad, que sería superada. Rosa no se acordó después muy bien de esto, porque lo que se le quedó grabado fue lo que dijo de ella misma, aunque dirigiéndose a su madre. —”Tiene usted una hija mayor muy lista —empezó diciendo—. Es brillante en sus estudios, tiene carácter y sabe lo que quiere. Está intentando darle ánimos, y puede usted confiar en ella. Pero cree que lo sabe todo, y no es verdad: ni siquiera se conoce bien a sí misma, y tiene mucho que aprender. Tiene un exceso de confianza en sí misma. Pero debe aprender por sí sola y no fiarse de nadie, porque en caso contrario la engañarán, y caerá en un vicio muy serio, y se desesperará y arruinará su vida”. Rosa no podía articular palabra de lo aterrada que estaba, y tampoco fue capaz de decir palabra alguna a la salida.
“¿De qué me conocía? ¿Quién le ha contado nada de mí?”, eran preguntas que Rosa se hacía continuamente. Empezó a tener alguna pesadilla, y le costaba dormir. En esos momentos de vigilia, empezaba a verse de modo distinto a como se veía anteriormente. Se le hacían patentes defectos que antes no percibía. Se veía a sí misma egoísta, orgullosa y presuntuosa, y además imbécil por no darse cuenta antes. Se veía hipócrita, por pensar que presentaba una fachada inmaculada, pero por dentro no era así, “había de todo” pero ella no había querido verlo y miraba hacia otra parte. Empezó a estar más nerviosa y desconcentrada. Tuvo exámenes y, para sorpresa de todo el mundo, las calificaciones bajaron. Se sentía desanimada, y empezó a abrirse paso la idea de “para qué esforzarse en dar una apariencia de virtud” si no correspondía a la realidad.
A pesar de todo, la bajada en sus notas provocó una reacción. Para Rosa, el que existiera el demonio había sido poco más que un asunto de curiosidad. Pero empezó a pensar en ello más seriamente: “¿y quién, si no?”, se preguntaba. Recordó que de pequeña le habían enseñado a dirigirse al Angel de la Guarda, pero con el tiempo había abandonado eso, como si fuera una historieta más útil para niños pequeños. Todavía tenía grabado aquel “no fiarse de nadie”, pero comenzó a razonar diciéndose que si existía uno por qué no iba a existir el otro, y, tímidamente, le empezó a pedir ayuda. Al poco tiempo le vino a la cabeza que no se podía vivir sin confiar en nadie, y que tenía amigas que habían confiado en ella preguntando sus dudas, académicas sobre todo pero en algún caso también de otro tipo.
A la salida de una clase se animó a dirigirse a una de ellas: —”Oye, quiero preguntarte algo, pero dime la verdad”. —”¿Qué pasa…?” —”La verdad, ¿qué defectos me ves?” —”¿Que qué…?” —”Sí, defectos. Tengo unos cuantos, ¿no?” —”Hombre, tendrás pecado original, como todo el mundo”. —”Ya, pero no vengas con rodeos. Debo ser un asco de amiga, ¿no?” —”Tampoco te pongas así. A veces eres «un poco tuya», pero en fin…”. Con pocas diferencias, la escena se repitió con alguna amiga más. Rosa no quedaba satisfecha, pues pensaba que no le querían decir lo que pensaban en realidad. Al fin, quedaba una de sus amigas. La había dejado para el final porque “era la que rezaba”, y le parecía que ésa “todo lo arreglaba rezando”, y que por tanto no le iba a dar una respuesta inteligente. La abordó y repitió su pregunta. —”¿Y a qué viene eso?”, fue la respuesta. —”Tú dime”. —”Si no me dices por qué me lo preguntas, yo no digo nada”. —”¡Anda…!”. —”Que no. ¿Pero qué pasa contigo? Sacas las peores notas de tu vida, y ahora vienes con esto…”. —”Bueno, está bien. Quedamos esta tarde a tomar algo y te cuento. Pero con una condición”. —”¿Cuál?” —”Que no te asustes”. —”Mira, no entiendo nada, pero no te preocupes, no me voy a asustar”, contestó, visiblemente desconcertada.
Acudieron a la cita las dos. Rosa le contó lo de la pitonisa, aunque lo contó como si la iniciativa hubiera sido suya, sin nombrar a su madre. Y a grandes rasgos añadió lo que había pensado después. “Fatal todo, ¿verdad?”, concluyó. La respuesta tampoco fue corta. Su amiga le vino a decir que todos tenemos nuestras virtudes y defectos; que pensaba que lo que le pasaba se debía a que sólo había contado con sus propias fuerzas —”y bastante has hecho, que me pongo yo a funcionar así y no quiero ni pensarlo”, comentaba—. “Y mira —prosiguió—, te puede parecer un tópico, pero la verdad es que o te apoyas en Dios o te acabas hundiendo… Oye, ¿por qué no te lees lo del hijo pródigo y meditas un poco, y te acabas confesando? Y bueno, ahora que te has quedado sin padre podrías pensar que tienes uno en el cielo… Bueno, no sé si…”. —”No, no, tranquila”. —”Bien, pues eso. ¡Ah, y otra cosa!”. —”¿Qué?” —”Nada, que si me podrías explicar un par de problemitas de redes…”. Rosa se apresuró a decir que sí, entendiendo que por parte de su amiga era una delicadeza, no una necesidad.
Al cabo de unos días Rosa y su amiga volvían juntas de clase. —”Oye, que sí, que dio resultado”, dijo Rosa. —”¿Y ya estás más tranquila?” —”Sí, aunque todavía me dura el susto…”. —”¿Por?” —”Estuvo a punto de engañarme”. —”¿De quién estás hablando?” —”Ya sabes tú de quién: ése”. —”¿Ése? ¡Ah, bah! Que le den dos duros. Ha perdido”.
Tras reflexionar un poco personalmente sobre el caso y para formarte en este punto puede venir bien leerte lo siguiente:
- Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 302-314, 328-336, 374-379, 385-412.
- Y leer los capítulos 2 y 3 del Génesis.
Y finalmente para no alargarnos más en este artículo lee cuando puedas y con calma el siguiente comentario al caso sobre la elevación y caída del ángel y el hombre (pinchando en este enlace) y me dices tu opinión: ¡Animo!
La creación (comentario)
Comentario al caso sobre la Creación:
La primera cuestión que surge con este caso es precisamente su tema: ¿trata este caso sobre la Creación, o del hombre? La Creación abarca todo el universo creado. Por encima del ser humano están los ángeles, pero de estos nos ocuparemos en el próximo caso. Por debajo están los seres irracionales, pero éstos no presentan problema alguno, salvo en su relación con el hombre. Por eso, este caso está centrado en el hombre.
La conferenciante no se refiere a Dios ni a si el mundo es creado o no por Él, pero implícitamente lo niega. Tal como lo concibe, en su visión del universo Dios no tiene cabida. Si volvemos al primer caso, vemos que la agnóstica Bárbara dice que el orden del universo “puede deberse a Dios, o puede deberse al azar, o a otra cosa”. Esta conferenciante, afirmando lo segundo, niega implícitamente lo primero. Para ella la explicación última está en la materia. La materia no es inteligente, y por tanto su evolución no obedece a un plan, sino al azar. La materia en sí misma es uniforme, y sólo varía en cantidad y extensión: de ahí que los cambios queden reducidos a puras combinaciones “de lo mismo”. Y eso nos da lo que para ella es la clave del universo: la “combinatoria del azar”.
¿No cabe por tanto admitir la evolución? Sí que cabe, pero el cristianismo ve, más allá de las leyes de la evolución —que corresponde a la ciencia investigar, y sobre lo que hoy por hoy hay muchas incógnitas por despejar— el plan creador, más perfecto en cuanto incluye en los seres vivos un dinamismo perfeccionador. Desde la perspectiva cristiana, lo que sucede es que la evolución sin Dios sería un absurdo, pues de lo inferior, por sí sólo, no puede salir lo superior: nadie da lo que no tiene.
Pero la evolución tiene un límite: el espíritu. Éste no puede salir de la materia, sino sólo de un acto creador de Dios. Por eso, en el hombre, aunque el componente material puede ser resultado de una evolución, no lo puede ser el componente espiritual, el alma. De ahí que negar a Dios conduce a negar el alma espiritual. ¿Qué sería entonces el hombre? Un animal más, que sólo se distinguiría del resto por haber evolucionado más deprisa. Esto es lo que piensa la conferenciante. Decir que es la especie más evolucionada puede no ser concluyente en este sentido, pero queda claro cuando afirma que el comportamiento humano viene determinado por su “dotación instintiva”: puro instinto, que, por ser lo único determinante, no deja sitio para la inteligencia y la voluntad, ni siquiera para la propiedad fundamental de la voluntad: la libertad. Es una curiosa liberación la que apoya esta mujer, que nos rebaja al nivel de los animales: puro instinto, y determinado, sin libertad. Por eso dice que propiamente no hay culpables de la “injusticia” (otro concepto que indirectamente excluye a Dios: si el creador es Dios, difícilmente se puede concebir un Dios “injusto”): para que exista culpa debe haber libertad.
Aquí radica la principal contradicción de la conferenciante, que se pone de manifiesto en la primera de las intervenciones que se mencionan. Si todo es una línea evolutiva ciega, y el comportamiento mera función del instinto, no hay cabida para proponerse cambiar nada. Ni siquiera tendría sentido intentar convencer —la conferencia misma—, pues sólo cabe dejarse llevar. Tampoco tendría sentido hablar de “derechos”. Sólo los tienen las personas, los seres con inteligencia y voluntad, que tienen un valor en sí mismos. Los animales no tienen derechos —por mucho que algunos se empeñen en concedérselos, al menos en algunos casos—y en el mundo animal el individuo se subordina completamente a la especie. Es lo mismo que ha sucedido en las sociedades que han pretendido hacer un “paraíso” partiendo de una ideología que sólo veía en el hombre a una especie más evolucionada que otras: en nombre de “la utopía” han sacrificado muchas vidas. El marxismo ha sido un claro ejemplo de ello.
Lo que dice Miriam a Paz en el último párrafo es muy sensato, y nos pone en contacto con un tema que va cobrando una creciente importancia: la ecología. En un sentido amplio, significa respeto a la naturaleza. El hombre es el rey de la Creación. Es el dueño del mundo. Pero eso no significa que sea el dueño absoluto del universo. En primer lugar, no llega a abarcarlo, por mucho que cada vez sepa más de él y amplíe su dominio. En segundo lugar, debe cuidar de él, respetando su naturaleza. No se trata sólo de pensar que hay que legar a las generaciones futuras un lugar habitable. Hay que pensar también que la naturaleza misma se resiste a ser cambiada: cada vez que se intenta, no sale una naturaleza nueva, sino una degeneración de la que había. Esto debe hacer pensar al hombre, que debe verse como un administrador de la naturaleza, situación que remite a un Dueño que nos la ha dado. La ecología, bien entendida, conduce a aceptar un Dios Creador.
Pero el “homo sapiens”, a diferencia de los animales, no siempre escarmienta. Cuando pretender sustituir a la naturaleza por la técnica —cosa distinta de desarrollar la técnica cuidando la naturaleza— está mostrando su fracaso en el mundo, hay quien quiere repetir la experiencia con el hombre mismo, quizá pensando en que ese tipo de experimentos “no contaminan”. La conferenciante no lo disimula: quiere cambiar la naturaleza humana. Y deja entrever que uno de los aspectos de la naturaleza que quiere cambiar es la sexualidad misma: quiere eliminar la diferencia sexual. Aciertan las amigas de Paz en comparar esta pretensión con la historia de Frankestein: un producto fantástico inventado en el siglo pasado, cuando el descubrimiento de la electricidad podía hacer pensar que serviría para fabricar una especie de “superhombre”. El resultado fue un monstruo. La conferenciante también pretende fabricar —el medio propuesto lo confirma: ingeniería genética— un “nuevo” ser humano. Si se le hiciera caso, se harían monstruosidades, y saldrían monstruos.
Hay por tanto también una ecología humana. La misma ley natural es ecología humana: pide al hombre que se comporte respetando su misma naturaleza. Y esta ecología humana proporciona fundamentos para entender correctamente el feminismo. La naturaleza misma nos enseña la igualdad hombre—mujer en dignidad y derechos. Pero también enseña que hay una diversidad sexual por naturaleza. Y, para lograr plenamente lo primero, el camino no pasa por pretender ignorar lo segundo, y menos aún por pretender cambiarlo. Bien lo entienden las amigas de Paz cuando consideran la maternidad como una riqueza —para la conferenciante era sólo una carga—, y su sustitución por una fabricación como una aberración. Quieren hacerse valer como son, y es ése el auténtico feminismo: hacerse valer como mujeres, y no en la medida en que dejen de serlo, en su comportamiento, su actitud y su misma naturaleza, complementaria —o sea, con riquezas propias— de la del varón.
El caso debe servir también para aprender a no dejarse deslumbrar por quienes se presentan con un cuidado atuendo de intelectualidad, porque a veces lo que se esconde tras toda esa apariencia puede ser… una monstruosidad.
La creación (caso)
Exposición del caso sobre la creación:
Las conferencias no eran precisamente lo que más atraía a Paz, pero cuando en el tablón de anuncios del centro público donde estudiaba el bachillerato vio que se anunciaba una sobre “Las respuestas del feminismo”, decidió asistir. Tenía motivos para ello. Desde siempre, sus dos hermanos mayores se habían aprovechado de lo fácil que era hacerla rabiar para divertirse a su costa, de distintos modos conforme aumentaban sus edades. Todavía recordaba —con el consiguiente enfado— los últimos comentarios de este tipo, con expresiones como “¡Bah!, las mujeres estáis locas”, “pues diles a esas histéricas de amigas tuyas…”, y otras por el estilo. Se quejaba, además, de que eran unos señoritos que nunca echaban una mano en su casa, al contrario que ella, pero sus padres no parecían hacer mucho caso de sus quejas. Además, esa misma mañana una amiga suya le había comentado que había dejado de salir con el chico con el que salía porque —así lo decía— “ésos sólo buscan aprovecharse”. Total, que se encontró ese anuncio justo cuando pensaba que estaba harta de todo eso.
Se había imaginado a la conferenciante con atuendo de “rockera” y gritando más que hablando. No fue así: encontró que era una mujer vestida con elegancia y de voz suave. Empezó haciendo un repaso histórico sobre una sociedad “machista” que marginaba a una mujer dominada, incluso en nuestros días. Hasta aquí, Paz escuchó lo que esperaba oír; lo novedoso vino después. Buscando la razón de fondo de esa situación, indicó que, yendo al fundamento último, había que encontrar éste en “un desequilibrio en la evolución de las especies superiores, que se pone particularmente de manifiesto en la más evolucionada, el “homo sapiens”. Explicó que se ponía de manifiesto más claramente en aspectos como una fuerza física inferior y la “carga completa, o casi, sobre la descendencia, tanto en la gestación como en la crianza”. Siguió diciendo que esto suponía claramente una injusticia, pero que no tenía sentido buscar culpables, pues no se podía culpar a “que la combinatoria del azar haya encontrado esa línea evolutiva”, ni siquiera a “los humanos, que no podían dejar de actuar como lo hicieron pues el comportamiento de cada cual debía ser necesariamente reflejo de su dotación instintiva”. No se trataba de sentenciar pasadas culpas, sino de remediar la situación, creando una sociedad nueva. “Es cierto —puntualizó la conferenciante— que últimamente se han producido avances, pues la moderna tecnología proporciona medios para superar en buena parte la inferioridad en la fuerza física, y el reconocimiento de derechos como el aborto permite por fin a la mujer la disposición absoluta sobre su propio cuerpo, y por tanto sobre su vida, derecho del que injustamente había sido alienada, pero no puede considerarse suficiente por cuanto sólo resuelve parte del problema y son avances reversibles”. Era necesaria —añadió— una solución completa e irreversible, “que debe pasar necesariamente por un cambio en la constitución misma del ser humano; es decir, un cambio en la naturaleza del homo sapiens, que se vislumbra como posible merced a los avances de la ingeniería genética, cuyos primeros pasos estamos siguiendo”. Reconoció que “aún es pronto para perfilar al detalle el resultado apetecido”, pero que “hay varias líneas investigativas, de diverso alcance, cuyos objetivos van desde la liberación de la carga gestatoria hasta una equiparación corporal que obligaría a redefinir la sexualidad y presentar una diversidad de alternativas dentro de ésta”.
El turno de preguntas sirvió para que se reafirmase la conferenciante. Sólo hubo dos intervenciones que la pudieron poner en aprietos. En la primera, una preguntó si esas investigaciones eran propiciadas por la “dotación instintiva” de sus agentes, pero la respuesta estaba llena de tecnicismos que Paz no entendía —ya antes el significado de algunas palabras se le escapaba, y había suplido por intuición—. La segunda consistió en preguntar si la experiencia familiar de la conferenciante confirmaba sus teorías, pero ésta —que parecía algo irritada al oír eso— vino a contestar elegantemente que eso era irrelevante para el tema.
—”¿Qué tal la conferencia?”, preguntaron sus amigas a Paz cuando la vieron al día siguiente. —”Uf, sabía un montonazo”, contestó, y pasó a explicar lo que había expuesto, o lo que había entendido de ello. Para sorpresa de Paz, en vez de admiración hubo críticas. —”¡Pero si eso es lo mismo de Frankenstein! ¡Como en la película, igual!”, dijo una. —”Mira, ¿sabes lo que te digo? Que cuando me toque ya procuraré mirar bien con quién me caso, pero cuando me case quiero tener algún niño, no encargar un prefabricado” —fue la réplica de otra—. Paz no era de las que rectifican fácilmente, y mantenía que “a lo mejor es que yo no sé explicarlo muy bien, pero si la hubierais oído seguro que le dabais la razón en bastantes cosas”.
Al día siguiente, Paz volvía a su casa acompañada de su mejor amiga, Miriam. Salió de nuevo el tema de la conferencia, sobre todo porque Paz se sentía incomprendida. —”Mira —le dijo Miriam—, de verdad que lo he estado pensando, y fríamente. Hace poco leí un artículo sobre ecología, y venía a decir que queríamos hacer un mundo nuevo fabricado, y cuando nos hemos dado cuenta nos estaba saliendo una porquería, y estábamos dejando el mundo hecho un asco. Y ésa quiere hacer lo mismo con la gente. Pues conmigo no, gracias”. —”Vaya, si lo ves así…” —”¿Y cómo quieres que lo vea? Las cosas son lo que son, ¿no? ¿Y ésa qué pretende? Para liberar a la mujer, al final lo que quiere es fabricar otra cosa que ya no se sabe si es mujer o qué es. ¡Pues vaya plan! ¿O es que tal como somos no servimos? Si ése es su feminismo, por mí se lo puede quedar para ella solita”. —”Sí, supongo que sí”, contestó esta vez Paz, un poco decepcionada por tener que darle la razón. En el fondo, empezaba a darse cuenta de que la solución a sus problemas pasaba por quejarse menos y aprender a madurar.
Tras reflexionar un poco personalmente sobre el caso y para formarte en este punto puede venir bien leerte lo siguiente:
- Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 279-300, 355-373.
- Y los dos primeros capítulos del Génesis.
Y finalmente para no alargarnos más en este artículo lee cuando puedas y con calma el siguiente comentario al caso sobre la Creación (pinchando en este enlace) y me dices tu opinión: ¡Animo!
La Santísima Trinidad (cómentario)
Comentario al caso sobre la Santísima Trinidad:
Como se anunciaba en el comentario al caso anterior, en este misterio central de la fe cristiana se pone de manifiesto la “paradoja” como en ningún otro: Dios es uno y tres, es Uno y Trino. Habría contradicción si el “uno” y el “tres” se refirieran a lo mismo, al mismo aspecto. Pero no es así. Uno es el ser: hay un solo Dios. Tres son las personas. Lo incomprensible es cómo puede un ser comprender en sí mismo tres personas. Lo que no cabe hacer es poner como punto de comparación al ser humano, pues es algo exclusivo de Dios. Es un misterio, pero no un absurdo.
Las objeciones que pone el alumnado, independientemente de su intención, son atinadas. Las respuestas de la profesora, mientras conserva el control de sí misma, también lo son: resumen la doctrina y la teología católica sobre el tema. No se trata en este comentario de explicarlas más detalladamente: lo hacen los puntos del Catecismo que se señalan. Lo curioso es que la profesora también acierta cuando, tras ser preguntada sobre el porqué no aparece más explícitamente en la Escritura que son tres Personas en un sólo Dios, pierde un poco los papeles y contesta que quizás es para que se vayan dando cuenta poco a poco unas cabezas duras. Ése es el motivo, aunque sean otras las cabezas: tan sorprendente era este misterio para los judíos contemporáneos del Señor, que tenía que revelarse de ese modo, y, aún así, acusaron al Señor de blasfemo por decir que era Hijo de Dios.
Es también verdad que éste es un misterio muy importante para la vida cristiana. A primera vista no lo parece: ¿qué tendrá que ver cómo es Dios en sí con cómo debemos de comportarnos nosotros? Pues mucho, porque los cristianos estamos llamados a comportarnos como hijos de Dios. Y esto es así porque somos constituidos verdaderamente en hijos de Dios. Y somos hechos hijos de Dios por medio de Jesucristo, que es el Hijo, la Segunda Persona de la Santísima Trinidad. O sea, que nos hacemos partícipes de la filiación del Hijo: participamos de su filiación, y, por tanto, de la vida trinitaria. En esto consiste la gracia, y la gloria del cielo. Y es que Dios no revela misterios “porque sí”, ni para que lo contemplemos como una pieza de museo, ni menos aún para complicarnos la cabeza buscando una explicación. Lo hace porque tiene una relevancia central en esa nueva vida que nos consiguió el Hijo de Dios encarnado. De paso, es también muy bonito y muy consolador pensar que, precisamente porque Dios es amor y nos destina al Amor, Dios no está solo: no es un “Yo”, sino un “Nosotros”.
La Santísima Trinidad (caso)
Exposición del caso de la Santísima Trinidad:
Al comenzar un nuevo curso, Covadonga —tiene 16 años— encuentra que la profesora de religión es nueva. Pronto descubren las alumnas que es una joven inexperta —está dando sus primeros pasos en la docencia—, que todavía no sabe controlar bien la clase, se pone nerviosa con facilidad y no parece sentirse muy segura. Un día, después de comer en el colegio, Covadonga se reúne con sus amigas y sale en la conversación la profesora nueva. Animándose unas a otras, deciden entre todas montar en la próxima clase de religión —esa misma tarde— lo que llaman “un vacile”, a fin de intentar sacar de quicio a la profesora.
El tema de la clase de religión de ese día era la relación fe-razón. Cuando la profesora dijo que no hay nada en la fe que contradiga a la razón, empezó la contestación. Fue Covadonga la que interrumpió: —”¿Cómo que no?” —”Como que no…” —”¿Ah, no? ¿Y la Trinidad, qué?” —”La Trinidad divina es un misterio que supera la razón, pero no la contradice”. Fue otra voz la que interrumpió esta vez: —”Pero, oiga: ¿cómo no va a ser una contradicción ser a la vez uno y tres?” —”Lo sería si se aplicara a lo mismo: pero es un sólo Dios, y tres personas”. —”Pues es lo mismo, ¿no? —terció otra—: yo soy un ser humano y una persona; es impensable que en mi ser humano hubiera tres personas como yo”. —”¡Ay, no, por favor!”, se oyó una voz, seguida de una risa generalizada. —”¡Callaos! —dijo la profesora—. Parece mentira que os podáis tomar así a la ligera algo tan importante de la fe y la vida cristiana”. —”Oiga —saltó otra—, pero el otro día dijo que el ser de Dios era simple y sin partes, y que a eso se llegaba por la razón. Pues si hay tres personas tendrán que tener alguna cosa que las diferencie, ¿no?” —”Es que sólo se diferencian precisamente en ser personas distintas —contestó la profesora—. Bueno, esto es bastante difícil de explicar, y no hay tiempo para eso ahora”. Otra de las alumnas intervino: —”Pero si se puede explicar…, entonces no es un misterio”. —”Se puede dar una explicación para ver que no es un absurdo, pero se sigue sin entender cómo es eso”. —”Oiga, ¿puedo preguntar una cosa?”, dijo otra alumna. —”A ver…” —”¿Sale en alguna parte del Evangelio que hay tres personas en Dios?” —”De manera tan explícita no, pero sí que sale”. —”¿Y por qué no de manera explícita?” —”Mira —contestó la profesora, que a estas alturas ya estaba a punto de perder la paciencia—, yo no he escrito los Evangelios. Si está como está será por algo; a lo mejor es para que se vayan dando cuenta poco a poco cabezas tan duras como las vuestras”. Se oyó una nueva voz: —”Pero si no está tan claro a lo mejor no pasa nada por creerlo o no creerlo…”. Ahí acabó la paciencia de la profesora. Empezó a decir lo que le podría pasar a la siguiente que dijera una estupidez, y siguió con cosas como que esa clase merecería estar en “educación especial”, que si continuaban así no iban a hacer nada de provecho en la vida, etc. Estando así, sonó el timbre anunciando el final. Covadonga y sus amigas salieron sonrientes, por haber logrado lo que querían: sabotear la clase.
De vuelta a casa, Covadonga empezó a preguntarse si no se habría pasado de la raya, pensando en lo que dijo la profesora sobre que se estaban tomando a la ligera algo que realmente era tan importante como su fe. En un momento dado consideró qué habría podido decirles una que no fuese cristiana si hubiese asistido a esa clase, y llegó a la conclusión de que había sido todo “de vergüenza”. Fue al día siguiente a pedir perdón a la profesora. —”¿Por…?”, preguntó ésta. —”Por lo de ayer. Fue culpa mía”. —”Bueno, no sólo tuya”. —”Y… ¿puedo preguntar un cosa? Esta vez en serio…” —”¿Qué es?” —”Es que dijo que la Trinidad es muy importante para la vida cristiana. ¿Es verdad?” —”Sí”. —”Pero no parece que influya en lo que yo tenga que hacer”. Siguió una larga explicación sobre la acción de Dios en el alma, la gracia, la liturgia, la oración, escuchada con interés. —”Pues sí que era serio, sí”, concluyó.
Tras reflexionar un poco personalmente sobre el caso y para formarte en este punto puede venir bien leerte lo siguiente:
Y finalmente para no alargarnos más en este artículo lee cuando puedas y con calma el siguiente comentario al caso sobre la Santísima Trinidad (pinchando en este enlace) y me dices tu opinión: ¡Animo!
26 Y dijo Dios: «Hagamos al hombre a nuestra imagen, como semejanza nuestra, y manden en los peces del mar y en las aves de los cielos, y en las bestias y en todas las alimañas terrestres, y en todas las sierpes que serpean por la tierra.
17 Entonces Yahveh Dios formó al hombre con polvo del suelo, e insufló en sus narices aliento de vida, y resultó el hombre un ser viviente.(…)