Archivo para Octubre 22nd, 2007
La oración (comentario)
Comentario del caso sobre la oración:
Lo primero que cabe decir a la vista de este caso es que Jaime no ha tenido una buena escuela en su casa. Sus padres son lo que podríamos llamar “voluntaristas”: todo depende de la pura fuerza de voluntad. No ven otra cosa. Y hay “otra cosa”: la gracia. La gracia es algo sobrenatural, y se adquiere, como es de suponer, por medios sobrenaturales que nos ponen en contacto por Dios, pues es un don de Dios. Ya se vio que la gracia es necesaria para acceder a los bienes sobrenaturales, sobre todo la vida eterna. ¿Pero es también necesaria para vivir en este mundo correctamente? Ya se ve que en la mente de los padres de Jaime la respuesta es negativa. Se equivocan. En primer lugar, no tienen en cuenta que el pecado original ha dejado al hombre en una situación de debilidad, moral e incluso psíquica muchas veces: hay voluntades que “no llegan”, voluntades que se quiebran. No se puede pedir lo mismo a todo el mundo. Pero hay algo más, y más importante. El cristianismo pide una vida íntegra en lo humano, y pide cosas que podríamos calificar de sobrehumanas: querer al prójimo con el amor de Dios mismo, perdonar y rezar incluso por los enemigos y los que nos hacen o desean mal. Los padres de Jaime son conscientes, al menos parcialmente, de esta exigencia, pero como no tienen en cuenta para nada la gracia, que es precisamente lo que hace posible responder a esas exigencias, concluyen que se piden cosas imposibles, y las rechazan por parecerles irreales.
Por eso, para el cristiano, los medios para conseguir la gracia resultan imprescindibles. Y los principales son los sacramentos y la oración. Ya se han dedicado varios casos a ver los primeros. La oración es el trato personal con Dios. Se busca en ella el amor de Dios y su gracia. Lo cual no tiene nada que ver con “autorrealizarse”. Mal empieza Jaime. Y mal sigue, porque lo que busca no es a Dios: se busca a sí mismo. Busca sentirse bien, busca emociones, busca disfrutar con la novedad.
Esto le lleva a situaciones extrañas. No es ahora el momento de hablar sobre el espiritismo. Tampoco parece claro que lo que intente el grupo de chicos sea propiamente espiritismo: todo depende de si la “energía oculta” sea considerada un fenómeno natural que sólo requiere concentración, o si se busca en misteriosos seres espirituales. Porque si se trata de esto último está claro que los espíritus del entorno divino no se prestan a ese tipo de juegos. ¿Qué espíritus quedan, entonces? Quedan aquéllos con los que bajo ningún pretexto se puede mantener trato.
No podemos detenernos mucho en comentar las técnicas orientales que prueba Jaime. Dependen de una visión religiosa mucho más alejada del cristianismo de lo que parece. El llamado “éxtasis sensorial” consiste en autoanular los sentidos e imágenes, para “fundirse con el absoluto”. Esta expresión indica un fondo panteísta —todo es Dios—, en el que se pide al hombre que se anule a sí mismo para “fundirse” con ese todo que todo engloba: unirse íntimamente a Dios supondría anular la propia personalidad. Nada más ajeno a la visión cristiana, que nos levanta a la categoría de hijos, elevando en vez de anular. ¿Y cómo es que esas técnicas consiguen calmar al nervioso Jaime? Pues muy sencillo: porque seguramente incluyen técnicas de relajación. Esa es la única utilidad que pueden tener. Pero de eso a pensar que eso puede ser una oración válida media un abismo.
Las excusas de Jaime para no rezar —que eso son: excusas— se sostienen mal. En su visión, parece que tiene que sentir algo, o sentirse “inspirado”, o movido, para rezar. Lo cual supone, entre otras cosas, pretender tener un dios a medida de sus gustos, y el subordinar un deber al estado de ánimo. ¿Qué le parecería si sus padres sólo le hiciesen caso cuando “sintieran algo” en ese sentido, o cuando se “sintieran movidos a ello”? Porque no parece darse cuenta de que Dios es su Padre. La oración—modelo que Jesucristo nos enseñó es lo primero que nos recuerda, y su nombre mismo lo señala: el Padrenuestro.
Lo más importante de la oración, y la oración más importante, es la que nace del corazón, que no tiene necesidad de expresarse en palabras externas. Pero eso no permite descartar la oración vocal. ¿Quién se dirige a Dios? El hombre, el hombre entero. Éste es cuerpo y alma, y en cuerpo y alma conviene que se dirija a Dios. Es persona singular y ser social, y conviene así dirigirse a Dios tanto individual como socialmente. No se trata por tanto de meros convencionalismos, sino de dirigir toda la existencia a Dios.
Y, pese a las ironías de Jaime, la oración también es diálogo. Otra cosa es que Dios no conteste como a nosotros nos gustaría que contestara, o como lo imagináramos. Dios contesta, pero es una contestación suave, lenta, discreta… y eficaz. Produce resultados: unos no se ven, como el aumento de la gracia, pero otros sí, como los frutos de esa gracia: el refuerzo de las virtudes sobrenaturales y una inteligencia para las cosas de Dios que podemos llamar “visión sobrenatural”. ¿Y es verdad lo que dice Jaime, que el mundo sigue su curso actual aunque se rece? Más bien habría que decir que el mundo sigue su curso actual gracias a que se reza: lo que hubiera podido ocurrir si en el mundo se hubiera abandonado del todo la oración…
Por lo demás, para hacer verdadera oración hacen falta algunos requisitos humanos. Hace falta saber tener la cabeza centrada y vencer la pereza mental, tan peligrosa como la física. Para quien cae en este tipo de pereza, cualquier cosa seria que requiera dominio interior de sí y concentración parecerá un aburrimiento, como ocurre tantas veces. No parece por tanto Jaime estar en óptimas condiciones para la oración mientras no se resuelva a luchar por mejorar en estos aspectos. Si no lo hace, seguirá siendo una persona inmadura que va por la vida dando bandazos y sin rumbo fijo.
La oración (caso)
Exposición del caso sobre la oración:
Jaime es un chico nervioso e inquieto, con mucha vitalidad: no en balde tiene 15 años. Es también inconstante: con frecuencia no acaba lo que empieza, y si le preguntan el motivo suele contestar que “le cansa” o “le ha conseguido aburrir”. A sus padres esa inconstancia parece preocuparles, sobre todo cuando se refleja en sus notas, y suelen decir una y otra vez a Jaime cosas como “en este mundo nadie te da nada, si quieres algo tienes que conseguirlo por ti mismo”, “de que te esfuerces o no depende todo lo que vayas a ser en la vida”, u otras parecidas. Son católicos, pero poco practicantes. Alguna que otra vez, cuando ha salido a conversación la religión con ocasión de alguna noticia, Jaime les ha oído comentar que es todo muy bonito, pero deben poderlo vivir bien los frailes, porque piden a la gente normal cosas que de hecho son imposibles; que se alejan del mundo real, y por eso la mayoría de la gente no les hace caso. Jaime ve que sus padres son voluntariosos —desde luego, más que él—, y por eso piensa que si dicen eso es porque así será. Él a la única que ve rezar es a su abuela —vive con sus padres—, una viejecita bastante mayor que reza rosarios todo el día. Jaime considera a esa “máquina de rezar rosarios” casi como un ser de otro planeta, le parece lo más aburrido del mundo, no entiende que alguien pueda repetir lo mismo una y otra vez, y no le ve utilidad ninguna. Es más, eso es un nuevo motivo que le inclina a dar la razón a sus padres.
Jaime “va —como él dice— por temporadas”. Después de una temporada en que devoraba novelas de acción, pasó a otra en que su pasión era la música moderna. En realidad, lo que buscaba eran emociones: cuando algo dejaba de emocionarle, se cansaba de ello. También ocurrió con la música. Y descubrió un nuevo filón cuando una amiga suya le citó en su casa para “hacer espiritismo”. Resultó consistir en un grupo de chicos y chicas intentando concentrarse en busca de una especie de energía oculta que moviera un vaso. El vaso no se movió —alguna dijo que le había parecido que se había movido “un poquito”—, pero el caso es que con la oscuridad, la atmósfera de misterio y algún detalle más el asunto parecía tener su emoción. Pero, además, en casa de la anfitriona había una buena colección de libros sobre ocultismo, esoterismo, religiones orientales y materias afines. A Jaime le pareció algo atractivo, y pidió prestados algunos.
Comenzó a leer ávidamente el primero, que trataba de técnicas de meditación orientales para “autorrealizarse”. Al fin y al cabo —pensaba— eso de “autorrealizarse” es lo que decían sus padres que tenía que hacer. Allí se hablaba de “fundirse con el absoluto” en un “éxtasis sensorial”, y métodos para conseguirlo, con todo detalle: túnica blanca, posturas (alguna bastante rara), luz, concentración, etc. Jaime comenzó a ensayarlo. Nunca supo si llegó a alcanzar el “éxtasis sensorial” prometido, pero eso de “meterse en el infinito” era algo nuevo, que conseguía relajarle y, por un momento, hacerle sentirse tranquilo, cosa difícil con lo nervioso que era.
Hasta entonces, Jaime había rezado muy poco. Consideraba que para qué rezar si no se sentía nada, o si no estaba inspirado o movido a hacerlo. Otra cosa, y todo lo que sonara a fórmula, le parecía un convencionalismo inútil. Y cuando algún compañero le había comentado que había entrado a la capilla del colegio a rezar, no era raro que replicase con un “¿y qué te ha dicho?”, divirtiéndose al ver el desconcierto de quien —o al menos eso le parecía— no sabía qué contestar. De hecho, el mundo seguía su curso igual, se rezase o no. En cambio, esas técnicas que estaba descubriendo eran algo distinto: movían, tenían su gusto y sus resultados. De todas formas, esto acabó como era de esperar: Jaime se aburrió de las técnicas orientales —ya no le “decían” nada— y las abandonó.
Tras reflexionar un poco personalmente sobre el caso y para formarte en este punto puede venir bien leerte lo siguiente:
- Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 2650-2651, 2697-2719, 2742-2745, 2779-2785.
- Para este caso conviene repasar el caso sobre el Segundo Mandamiento.
Y finalmente para no alargarnos más en este artículo lee cuando puedas y con calma el siguiente comentario al caso sobre la oración (pinchando en este enlace) y me dices tu opinión: ¡Animo!
Afectividad y sexualidad (comentario)
Comentario al caso sobre afectividad y sexualidad:
Catecismo Iglesia Católica n. 2337. La castidad significa la integración lograda de la sexualidad en la persona, y por ello en la unidad interior del hombre en su ser corporal y espiritual. La sexualidad, en la que se expresa la pertenencia del hombre al mundo corporal y biológico, se hace personal y verdaderamente humana cuando está integrada en la relación de persona a persona, en el don mutuo total y temporalmente ilimitado del hombre y de la mujer. La virtud de la castidad, por tanto, entraña la integridad de la persona y la integridad del don.
Catecismo Iglesia Católica n. 2338. La persona casta mantiene la integridad de las fuerzas de vida y amor depositadas en ella. Esta integridad asegura la unidad de la persona; se opone a todo comportamiento que pueda lesionar. No tolera ni la doble vida ni el doble lenguaje.
Si la sexualidad es importante es porque es algo más que una función fisiológica y reproductiva. No es pura sexualidad animal —aunque se asume—, sino humana: forma parte de la persona y de la personalidad. Podría decirse que en el hombre no hay simple “reproducción”, sino más bien “procreación”, en el sentido de que los padres al traer hijos al mundo colaboran con el amor creador de Dios. Y el hombre está hecho para querer, es feliz y se desarrolla plenamente cuando hay amor de verdad en su corazón. El amor es algo más profundo que el simple sentimiento, y se manifiesta en el don de sí: en la entrega, que es lo contrario del egoísmo. Integrar la sexualidad en la personalidad humana quiere decir vivirla en el amor y entrega que, en este aspecto, se orienta a la formación de una familia, y por tanto al matrimonio.
Si se desvincula de ese sentido humano, la sexualidad se queda en lo que tiene de animal, en un instinto que, de por sí, sólo busca su satisfacción. Eso en los animales cumple una función, pero en el ser humano lo animaliza, le hace centrarse en la satisfacción del propio instinto, y por tanto egoísta: mata el amor. Por eso “precisamente entre los castos se cuentan los hombres más íntegros, por todos los aspectos. Y entre los lujuriosos dominan los tímidos, egoístas, falsarios y crueles, que son características de poca virilidad” (Camino, 124). Se puede ver en el caso estudiado. En el aspecto negativo, el egoísmo se aprecia claramente en el primer chico que salía con la hermana de Juan, y era ese egoísmo manifiesto —”sólo buscaba aprovecharse”— lo que provoca la fuerte decepción de la chica. También se intuye el carácter falsario de ese chico: finge un aprecio que no tiene. La timidez se nota en el propio Juan, que, viviendo en un mundo imaginario centrado en sí mismo, no ha aprendido a desenvolverse con carácter en el mundo real, como se ve en la boda y en que en un primer momento no sepa hacer frente a sus amigos; y le da cierta rabia, porque no quiere ser así y sabe en el fondo que es falta de personalidad. La crueldad se pone de manifiesto en el comportamiento con el compañero al que descubren su homosexualidad: crueldad sin traza alguna de ayudar a quien lo necesita. Lo positivo se puede ver en el propio Juan cuando reacciona: se va haciendo más íntegro en todos los aspectos: trabajo, trato, etc.: en una palabra, madurez.
Catecismo Iglesia Católica n. 2339. La castidad implica un aprendizaje del dominio de sí, que es una pedagogía de la libertad humana. La alternativa es clara: o el hombre controla sus pasiones y obtiene la paz, o se deja dominar por ellas y se hace desgraciado. “La dignidad del hombre requiere, en efecto, que actúe según una elección constante y libre, es decir, movido e inducido personalmente desde dentro y no bajo la presión de un ciego impulso interior o de la mera coacción externa. El hombre logra esta dignidad cuando, liberándose de toda esclavitud de las pasiones, persigue su fin en la libre elección del bien y se procura con eficacia y habilidad los medios adecuados” (GS 17).
En el caso, el diálogo entre los dos hermanos en la habitación de Juan refleja esta afirmación. La esclavitud no es total, porque Juan sigue teniendo voluntad, pero es real, ya que está disminuida: por eso no se ve capaz de superar la situación. Necesita ayuda, y por una parte la quiere, aunque por otra parte se resista porque le humilla, o así le parece. En aquella tarde, lo que le apesadumbra es ver algo que en realidad venía de bastante atrás: la profunda insatisfacción que queda en lo más profundo de sí tras una vida de descuido, la baja estimación de sí mismo que tiene tras ver el deterioro que ha producido en su vida. “Parece como si el ‘espíritu’ se fuera reduciendo, empequeñeciendo, hasta quedar en un puntito… Y el cuerpo se agranda, se agiganta, hasta dominar. —Para ti escribió San Pablo: ‘castigo mi cuerpo y lo esclavizo, no sea que, habiendo predicado a otros, venga yo a ser reprobado” (Surco, 841). Y el “cuerpo” no se refiere tan sólo a la sexualidad: el “pasotismo” y la tosquedad de formas a que se alude en el caso son manifestaciones de una vida en la que domina la apetencia corporal en general, ahogando valores humanos.
Por contraste, es apreciable la mejoría general de Juan cuando toma la decisión de cambiar y pone los medios para ello. El resultado es una vida más humana en todos los sentidos, una vida más alegre y una vida de la que puede sentirse satisfecho, aunque no deje de haber fallos.
Catecismo Iglesia Católica n. 2340. El que quiere permanecer fiel a las promesas de su bautismo y resistir las tentaciones debe poner los medios para ello: el conocimiento de sí, la práctica de una ascesis adaptada a las situaciones encontradas, la obediencia a los mandamientos divinos, la práctica de las virtudes morales y la fidelidad a la oración. “La castidad nos recompone; nos devuelve a la unidad que habíamos perdido dispersándonos” (S. Agustín, conf. 10, 29; 40).
En el combate por la castidad se puede vencer, aunque el primer requisito es proponérselo decididamente, ya que ser posible no quiere decir que sea fácil, sobre todo si el comportamiento anterior no ha sido muy bueno. Por eso el consejo de la hermana de Juan es acertado: si hay un problema, lo propio de un hombre —o de un hombre con un mínimo de fortaleza— es encararlo y ver cómo se soluciona, y no, en cambio, actitudes como la desesperanza, el dejarlo para más adelante, o el huir no queriendo pensar en ello. Hay que contar también con el tiempo: tiempo ha costado adquirir un vicio, tiempo debe costar recuperar la virtud.
Por lo demás, este punto del Catecismo de la Iglesia Católica enumera someramente los medios. También se encuentra una breve enumeración en Camino: “Todos sabemos por experiencia que podemos ser castos, viviendo vigilantes, frecuentando los Sacramentos y apagando los primeros chispazos de la pasión sin dejar que tome cuerpo la hoguera” (n. 124). Hay que notar, en primer lugar, que se incluyen los medios sobrenaturales. En el Catecismo se menciona la oración, en Camino los sacramentos. Podríamos añadir, como una baza muy importante, la devoción a la Virgen. Son necesarios, ya que nuestra naturaleza caída necesita de la gracia de Dios para sanar sus heridas y elevarse. De todas formas, hay que poner además medios humanos. Los que enumera aquí el Catecismo se podrían resumir en dos grupos. El primero es lo que designa por “ascesis”, que incluye un esfuerzo sostenido por vivir la reciedumbre, combatir la pereza, trabajar seriamente, ocupar bien el tiempo, y huir con decisión de las ocasiones de pecado —o sea, vivir en este aspecto la prudencia—. Al segundo grupo podríamos denominarlo “formación”; en el Catecismo se menciona uno de sus principales frutos: el conocimiento de sí mismo. Pero hay algún aspecto más, como la ayuda práctica y estimulante para emprender una vida espiritualmente sana. Aquí la dirección espiritual juega un importante papel. Y en el caso se ve cómo Juan pone los medios seriamente, y cómo empieza a dar frutos. Acude a los sacramentos —Penitencia y Eucaristía—, se notan los resultados de una verdadera lucha ascética —en la laboriosidad y diligencia—, y toma decisiones prudentes, en este caso una que puede ser heroica pero que en ocasiones puede ser necesaria: cambiar de amistades.
La cita de San Agustín recogida en ese punto del Catecismo de la Iglesia Católica se ilustra también en este caso. Posiblemente el aspecto más positivo de Juan era que, a pesar de las formas, tenía buen corazón, y eso era algo que en el fondo apreciaba mucho. Parece que lo que le acaba abriendo los ojos es darse cuenta que una vida sin castidad marchitaba el buen corazón, y comprobar el deterioro que se estaba produciendo en el suyo. También se da cuenta de la ruptura entre el corazón y el instinto (o la pasión). Según prevalezca en un determinado momento una cosa u otra, Juan es distinto. Se podría decir que, según el momento y el ambiente, en cierto modo hay dos Juan. Esa ruptura de la personalidad es lo que había perdido por dispersarse, y la que había que recomponer.
Catecismo Iglesia Católica n. 2343. La castidad tiene unas leyes de crecimiento; éste pasa por grados marcados por la imperfección y, muy a menudo, por el pecado. “Pero el hombre, llamado a vivir responsablemente el designio sabio y amoroso de Dios, es un ser histórico que se construye día a día con sus opciones numerosas y libres; por esto él conoce, ama y realiza el bien moral según las diversas etapas de crecimiento” (FC 34).
Esta afirmación se pone claramente en evidencia en el caso estudiado. Juan está en plena adolescencia. Es una etapa en la que se da un despertar de la sexualidad, pero de una forma aún inmadura. Falta sobre todo integrar armónicamente todos los aspectos indicados. De ahí que se encuentren paralelamente —sin unidad— una tendencia al “amor platónico”, idealizado e irreal, y una pura atracción física “deshumanizada”. Podríamos decir que por un lado hay un “espíritu con poco cuerpo”, y por otro distinto “cuerpos con poco espíritu”. Esto no es sólo culpa de Juan, sino lo característico de una edad y una etapa de crecimiento, y consecuencia del desorden que ha dejado el pecado original en nuestras pasiones (concupiscencia). Ahora bien, esta inmadurez no puede presentarse como excusa que justifique pecados. Cada edad tiene sus características y sus luchas, como también tiene aspectos distintos la lucha de un soltero y de un casado, pero ambos tienen que luchar, y ambos pueden vencer si ponen los medios adecuados. Además, es importante tener en cuenta la importancia de la adolescencia, pues es la edad en la que más se configura la personalidad, lo que incluye su vertiente sexual. No se trata de que más tarde no se pueda recuperar lo perdido, pero sí de que encarrilar bien la personalidad en la adolescencia facilita mucho la madurez y la lucha en etapas posteriores de la vida.
La alusión al pecado que hace el Catecismo de la Iglesia Católica no significa que haya caídas inevitables. Lo que sí quiere decir es que, sobre todo en la etapa adolescente, suele haber bastante insensatez e inconsciencia, de forma que puede no valorarse suficientemente las cosas hasta que se comprueban las consecuencias de su descuido. Como sucedió con Adán y Eva, el pecado con frecuencia abre los ojos (aunque en este caso el pecado no se refiere a la castidad). Hay que evitar el pecado. Pero una vez cometido, ya no se puede evitar; lo que sí se puede —además de arrepentirse y confesarse— es aprender y escarmentar. Hay que evitar el mal, pero no se debe perder de vista que se puede sacar bien del mal. Un requisito es imprescindible para ello: la humildad. Hay que distinguir bien el desaliento y el enfado con uno mismo, de la auténtica contrición. Aquél procede del orgullo —del orgullo herido—, ésta de la humildad; aquél es estéril, ésta es fecunda. En un primer momento, la reacción de Juan es de orgullo, aunque ni él se dé cuenta. Pero la primera reacción no suele ser la más interesante. Lo importante es que se abre paso una reacción más noble, y acaba dando sus frutos. La humildad lleva a reconocernos pecadores y a ser conscientes de que, si no somos peores, es por la gracia de Dios que nos sostiene. Y así, “la santa pureza la da Dios cuando se pide con humildad” (Camino, 118).
Catecismo Iglesia Católica n. 2346. La caridad es la forma de todas las virtudes. Bajo su influencia, la castidad aparece como una escuela de donación de la persona. El dominio de sí está ordenado al don de sí mismo. La castidad conduce al que la practica a ser ante el prójimo un testigo de la fidelidad y de la ternura de Dios.
Todas las virtudes se ordenan a la caridad, pero en el caso de la castidad se puede apreciar quizás con más claridad que en otros casos. Si no se vive, la afectividad, que bien entendida está en la base de cosas tan nobles como la amistad, acaba reducida a instinto, y se marchita la capacidad de querer y de ser fiel al auténtico amor. Por eso, bien sea para seguir una vocación al matrimonio o bien para seguir una vocación al celibato, la castidad es siempre una preparación necesaria para ello.
“¡Qué hermosa es la santa pureza! Pero no es santa, ni agradable a Dios, si la separamos de la caridad. La caridad es la semilla que crecerá y dará frutos sabrosísimos con el riego, que es la pureza. Sin caridad, la pureza es infecunda, y sus aguas estériles convierten las almas en un lodazal, en una charca inmunda, de donde salen vaharadas de soberbia” (Camino, 119). Esto se pone de relieve en varios aspectos del caso, pero quizás de manera particular en uno que puede pasar inadvertido: es el “problema” que tenía la hermana de Juan. Ha sufrido un desengaño, y, sin darse demasiada cuenta de ello, su reacción había sido replegarse en sí misma y despreciar lo que antes la había ilusionado. Adopta una postura orgullosa que se parece a la del fariseo de la parábola del fariseo y el publicano, sobre todo en su juicio sobre el prójimo: “todos” son igualmente perversos. Hay aquí también orgullo herido, aunque sea distinto del de Juan. Por fortuna, lo acaba superando. No se trata, por supuesto, que haya una necesidad de buscar novio/a con 16 ó 17 años; se trata de que había una actitud soberbia que debía rectificarse.
Catecismo Iglesia Católica n. 2354. La pornografía consiste en dar a conocer actos sexuales, reales o simulados, puesto que queda fuera de la intimidad de los protagonistas, exhibiéndolos ante terceras personas de manera deliberada. Ofende la castidad porque desnaturaliza la finalidad del acto sexual. Atenta gravemente a la dignidad de quienes se dedican a ella (actores, comerciantes, público), pues cada uno viene a ser para otro objeto de un placer rudimentario y de una ganancia ilícita. Introduce a unos y a otros en la ilusión de un mundo ficticio. Es una falta grave. Las autoridades civiles deben impedir la producción y la distribución de material pornográfico.
Se transcribe este punto como ejemplo de pecado contra la castidad. Se elige éste por ser el que aparece en el caso. Hay, por supuesto, bastantes más —y algunos peores—, pero la causa de que constituyan un pecado es bastante parecida en todos los casos. Es un buen ejemplo del género de pecados contra la castidad, la lujuria, pues muestra claramente que se busca únicamente un placer desnaturalizado y egoísta, con total desprecio de la persona y de su valor. En el caso se pone de manifiesto que las personas pasan a ser consideradas sólo como objetos. De hecho, sobre la pornografía se acuñaron hace algunos años unos términos bastante expresivos: “mujer-objeto”, “mujeres de papel”, etc. Y quien se acostumbra a la pornografía también se acostumbra a mirar con la misma mentalidad a las personas, ya no “de papel” sino de carne y hueso, como sucede en el caso con la hermana de Juan. Si Juan no se había dado cuenta del todo es porque, como señala este punto del Catecismo de la Iglesia Católica, estaba metido “en la ilusión de un mundo ficticio”, pero abre los ojos a la realidad cuando aquello afecta a un ser querido, su hermana. Todo esto pone de manifiesto un serio deterioro en quienes caen en este pecado, que dificulta seriamente no sólo el querer, sino incluso la capacidad de relacionarse con los demás como personas. La timidez que muestra el protagonista del caso no es ajena a esto. El caso pone así en evidencia que “hace falta una cruzada de virilidad y de pureza que contrarreste y anule la labor salvaje de quienes creen que el hombre es una bestia” (Camino, 121).
A la vez, este ejemplo muestra la gravedad que tienen los pecados de lujuria cuando se consienten deliberadamente. Precisamente por constituir la sexualidad un componente importante de la persona y la personalidad, lo que la degrada es un grave daño a la persona —en todo caso, a la persona del pecador— y a la personalidad. Dicho de otra manera, la gravedad del pecado no proviene de un cierto desprecio de lo sexual, sino más bien al contrario: de su aprecio. Si en otras épocas quizás se pudo tratar despectivamente a la sexualidad, el principal error al respecto en nuestros días consiste en trivializarla, quitándole su auténtico valor, que en el cristianismo se refuerza por ser el cuerpo humano templo del Espíritu Santo. “¡Si supieras lo que vales!…— Es San Pablo quien te lo dice: has sido comprado ‘pretio magno’ –a gran precio. Y luego te dice: ‘glorificate et portate Deum in corpore vestro’ –glorifica a Dios y llévale en tu cuerpo” (Camino, 135).
Catecismo Iglesia Católica n. 2333. Corresponde a cada uno, hombre y mujer, reconocer y aceptar su identidad sexual. La diferencia y la complementariedad físicas, morales y espirituales, están orientadas a los bienes del matrimonio y al desarrollo de la vida familiar. La armonía de la pareja humana y de la sociedad depende en parte de la manera en que son vividas entre los sexos la complementariedad, la necesidad y el apoyo mutuos.
El aprecio al que se ha aludido debe por tanto tenerse con las personas del sexo contrario. No facilita vivir la castidad un cierto desprecio de las mujeres por parte de los hombres, o viceversa, como tampoco facilita vivir el celibato un desprecio del matrimonio. Más bien al contrario, esas actitudes acercan a la postura de ver a la persona atractiva como un puro objeto, y en ese sentido constituyen un obstáculo.
En el caso estudiado, a Juan le viene muy bien reconocer y apreciar las cualidades de su hermana. “La mujer está llamada a llevar a la familia, a la sociedad civil, a la Iglesia, algo característico, que le es propio y que sólo ella puede dar: su delicada ternura, su generosidad incansable, su amor por lo concreto, su agudeza de ingenio, su capacidad de intuición, su piedad profunda y sencilla, su tenacidad” (Conversaciones, n. 87). Cuando las circunstancias demandan a la hermana de Juan crecerse dejando de ser una chiquilla para convertirse en una mujer, y responde bien, él se queda deslumbrado, y sin ser muy consciente de ello empieza a ver la feminidad de un modo más completo que antes, y a valorarla. Le sirve a él también para crecerse, pues por contraste se empieza a dar cuenta de carencias en su personalidad; o, dicho de otro modo, se da más cuenta de que tiene que hacerse un hombre y se conforma a menudo con ser un crío, al igual que alguno de sus amigos, que quieren dárselas precisamente de aquello que no son. También se aprecia que ese reconocimiento contribuye a la armonía familiar.
Catecismo Iglesia Católica n. 2358. Un número apreciable de hombres y mujeres presenta tendencias homosexuales profundamente radicadas. Esta inclinación, objetivamente desordenada, constituye para la mayoría de ellos una verdadera prueba. Deben ser acogidos con respeto, compasión y delicadeza. Se evitará, respecto a ellos, todo signo de discriminación injusta. Estas personas están llamadas a realizar la voluntad de Dios en su vida, y, si son cristianas, a unir al sacrificio de la cruz del Señor las dificultades que pueden encontrar a causa de su condición.
La sexualidad tiene sus trastornos. Por afectar a la personalidad, algunos no son un puro trastorno fisiológico, sino un verdadero trastorno de personalidad. La homosexualidad es quizás el más frecuente. Sus causas son diversas y en parte poco conocidas. Lo más habitual es la confluencia de algunos rasgos que la propician, y unas circunstancias, internas y externas, que la motivan más inmediatamente. Es un asunto que no se resuelve simplemente con la respuesta a la pregunta sobre si “se nace” o “se hace”. En el caso se intuyen algunas circunstancias que han podido contribuir: algunos problemas de carácter, y algunos problemas familiares.
Da la impresión de que ha sido poco habitual situar este asunto en sus justos términos. Muchas veces se ha considerado como una degeneración execrable y culpable. Hoy en día muchos lo ven como una “sexualidad alternativa”, tan normal como la heterosexualidad, sólo que distinta. No es ni lo uno ni lo otro. A veces se puede caer en la homosexualidad por una vida degradada, pero muchas otras veces no hay culpa personal. Y no es una “normalidad distinta”, sino una anormalidad. Es falsa la visión de que la moral cristiana les impide alcanzar la felicidad de una vida sexual normal y satisfactoria con su pareja. Las prácticas homosexuales son gravemente desordenadas. Pero además hay que pensar que no se accede a la felicidad a través de la inmoralidad. Las normas morales no son arbitrarias: responden a la verdad del hombre. Y, en este terreno, la verdad es que la satisfacción —en sentido más profundo, no sólo el placer efímero—, y la felicidad, no pueden llegar a través de las relaciones homosexuales. Y la realidad, propagandas aparte, así lo confirma. Pensar otra cosa sería algo parecido a pensar que uno puede andar tranquila y agradablemente con dos zapatos del mismo pie.
No precisa mucho comentario el comportamiento de los compañeros que aparece en el caso: exactamente lo contrario de lo que señala este punto del Catecismo de la Iglesia Católica. Y eso cuando quizás se podía ayudar de verdad. Porque la adolescencia es el periodo donde más de configura la personalidad, también en la vertiente sexual, y por tanto puede ser el momento en el que se puede superar ese posible trastorno, o dejar que arraigue definitivamente. La ayuda que hace falta supera las posibilidades de Juan, porque se precisa una asistencia más cualificada, pero su papel puede ser decisivo en cuanto a animar al afectado a buscar esa ayuda. Lo que, por el contrario, sería muy dañino, es aconsejar —como hacen algunos— que asuma su condición de homosexual como algo definitivo y normal, y “desarrolle” su sexualidad en ese sentido. Las inclinaciones homosexuales son objetivamente desordenadas, y en consecuencia es inmoral realizarlas, pero eso no quita que el homosexual como persona merece todo respeto. Nunca debe olvidarse eso: que un ser humano no puede ser caracterizado sólo como “homosexual”; es, ante todo, una persona.
Afectividad y sexualidad (caso)
Exposición del caso sobre la afectividad y sexualidad:
Juan tiene 15 años, y es el segundo de tres hermanos. La mayor es una chica, Paz, que tan sólo le lleva año y medio en edad. Aparentemente no se llevaban demasiado bien, pero la realidad era algo distinta de las apariencias. Desde hacía algunos años, parecía que uno de las diversiones favoritas de Juan, sobre todo cuando se aburría, era hacer rabiar a su hermana, con procedimientos que iban variando según la edad. Últimamente el “argumento” favorito de Juan era “meterse” con las chicas y el mundillo femenino, sobre todo con las amigas de Paz, lo que solía provocar que ésta se enfadase, y acabaran a insultos. Sin embargo, un examen más atento revelaba que había afecto entre los dos. Daba la impresión de que reivindicaban el monopolio del enfrentamiento, pues cuando intervenían terceras personas siempre se defendían mutuamente, sobre todo si el otro o la otra no estaban presentes. Quien más lo notaba era su madre, que a veces quedaba desconcertada de que a solas parecieran el perro y el gato, pero si intentaba intervenir hacían frente común. Además, se ayudaban bastante. Paz era más brillante en los estudios, y explicaba cosas a Juan; éste era más habilidoso, y le arreglaba cosas a su hermana —desde la bicicleta hasta algún aparato eléctrico—, a la vez que también le explicaba a manejar algún programa de ordenador y le enseñaba a “navegar” por internet.
Además, a veces hablaban bastante. Ambos tenían cualidades que el otro admiraba, y, pese al aparente desprecio, Juan tenía cierta curiosidad por conocer la mentalidad con que las chicas enfocaban las cosas. No parecía ser recíproca esa curiosidad, pues Paz parecía conocer las cosas mejor, aunque alguna vez también se interesaba por algo.
Juan era consciente de estar en la “edad del pavo”. Pese a las protestas cuando se lo recordaba alguien de su familia, en el fondo le gustaba oírlo, aunque sólo fuera para llamar la atención y sentirse más mayor e independiente que antes. No podía decirse estrictamente que el “despertar sexual” le llegase con la adolescencia; ya antes había cierta curiosidad y cierto atractivo, espoleado en buena parte por un ambiente escolar bastante tosco al respecto. A sus doce años era frecuente, por ejemplo, que alguno que quería “dárselas de hombre” apareciera por el colegio con una revista pornográfica oculta, fingiendo una cierta resistencia a enseñarla a los demás cuando en realidad para eso la había llevado, y excitando así la curiosidad de los demás.
En su casa no parecía haber interés en enseñarle nada sobre estos temas. Aunque no pensaba en ello, intuía que el principal motivo era que había discrepancia entre sus padres. Su padre parecía tomárselo más a la ligera, pues cuando estaba sólo él presente era bastante menos estricto con la televisión que cuando también estaba su madre; también hablaba con más desenfado que ella, y alguna vez había oído cómo discrepaban en asuntos como las uniones no matrimoniales. Su padre pensaba que cada uno podía hacer lo que mejor le pareciera, mientras que a su madre eso le parecía “una barbaridad”. De todas formas, a Juan le parecía que su madre no era del todo congruente con su visión, por lo aficionada que era a las llamadas “revistas de corazón”. Había ojeado alguna a escondidas, sobre todo para fijarse en algún físico agraciado, pero a la vez albergaba un curioso desprecio por todo eso, que le parecía un mundo de cotilleo insustancial, y despreciaba a la mayoría de los personajes que allí aparecían. El desprecio se dirigía preferentemente a las mujeres, ya tenía la impresión de que eran idiotas que se dejaban engañar: “cuanto más guapas, más tontas”, pensaba.
De todas formas, con la llegada de la adolescencia cambiaron algunas cosas. De visita en casa de un amigo conoció a su hermana de 13 años. Estaba bastante crecida, aunque su mentalidad seguía siendo la de una chiquilla con bastante más interés en jugar con sus amigas que en salir con ningún chico. Pero, aparte de parecerle guapa, notó en aquella chica una cierta simpatía discreta e ingenua, además de buen tono y buen gusto. La idealizó, y empezó a soñar con ella. No se daba mucha cuenta, pero había una curiosa dicotomía en su interior. Cuando pensaba en esa chica, caía en una especie de amor platónico, espiritualizado y romántico. Cuando algún estímulo, interior o exterior, apelaba al instinto sexual, cambiaba la actitud, que era egoísta y dominadora; pero aquí lo que aparecían eran imágenes sacadas de cualquier mirada malintencionada, nunca la de “ella”.
La hermana de Juan, Paz, empezó a salir con un chico. Parecía tomárselo con ilusión. Más de una vez, al volver a casa después de estar juntos, a los diez minutos ya estaba llamándole por teléfono, y, como no paraba, sus padres tuvieron que intervenir para frenar lo que a su juicio iba a disparar la factura telefónica. Sin embargo, la ilusión pareció disminuir al cabo de unas semanas, y un día Paz llegó a casa visiblemente enfadada: había roto con el chico. Juan quiso enterarse de lo que había pasado, pero sus intentos fueron rechazados con brusquedad, aunque al final se le escapó a Paz, ya bastante alterada, algo así como que ya se lo había avisado una amiga suya, que “’eso buscan todos”, y que “son asquerosos”. Como primera reacción, Juan adoptó una reacción de indignación, más fingida que real. “¿Todos, eh? Pero vamos… con que ¡todos! ¡Es que no se salva ni uno! Claro, supongo que yo tampoco. ¡Venga, dime que soy asqueroso!”. “Tú sabrás lo que eres”, contestó Paz en tono cortante, y se metió en su habitación. Estaba claro que no quería discutir. Juan no le habría dado más importancia al incidente, salvo porque la oyó sollozar desde el pasillo. Entendió que ese chico sólo había querido aprovecharse de ella, divertirse a su costa. Luego pensó que él no era así: no trataría así a su soñado amor cuando saliera con ella. Además, pensó que tenía que disculparse; como era incierto lo que ocurriría si intentaba decir algo, escribió en un papelito “He estado borde. Perdona”, y lo pasó por la ranura de la habitación de su hermana.
No hubo contestación explícita por parte de Paz, pero empezó a sentirse más unida a su hermano. A la vez, hubo alguna circunstancia que despertó cierta admiración de Juan por su hermana. Su madre sufrió un día una caída y se fracturó la muñeca. Paz tuvo que suplirla en bastantes cosas, y parecía crecerse con esas tareas. Mostraba una abnegación y un cuidado de los detalles que no se había visto anteriormente. Juan admiraba en ella una madurez que él no tenía, o que todavía no tenía. No mucho después, invitaron un día a toda la familia a una boda de un pariente. Cuando, antes de salir, apareció ella con su traje nuevo y arreglada, Juan quedó deslumbrado. Normalmente Paz era bastante descuidada, sobre todo con el uniforme del colegio, pero parecía haber ganado varios años de repente, y parecía una mujer auténtica y auténticamente guapa. Con él pasaba al revés. Su hermana lo llamó, y Juan soportó estoicamente que le pusiera bien la raya del pelo y el nudo de la corbata, mientras le decía que iba hecho un desastre. En el banquete de boda, Juan notaba cómo su hermana se desenvolvía mejor que él, y con más elegancia; de hecho, empezaba a sentirse algo incómodo: sus padres le habían llamado la atención más de una vez por zafiedad en la mesa, se veía algo tímido y retraído, sobre todo con chicas, lo que no coincidía con sus fantasías y le daba cierta rabia. Al final, miraba con envidia a su hermana en el baile, mientras se quedaba en una esquina. Pasado un buen rato, ella se le acercó, y con un tono de indignación fingida le dijo: “¿Qué? ¿No piensas sacarme?”. Salió a bailar una pieza con su hermana, y por un momento se sentía el amo del universo, y desde luego orgulloso de Paz.
Pasaban las semanas. Un día Juan llegó algo alterado a casa, pero no quiso decir nada, a pesar de que parecía más abatido conforme pasaban los días. Al final, Paz le preguntó qué le pasaba. Juan tenía ganas de que llegase esta pregunta. A solas se lo contó. Habían descubierto en su clase que un compañero era homosexual: se le cayeron de su carpeta unas fotos procedentes de una revista poco recomendable, y cuando hurgaron en sus cosas apareció una entrada a un cine conocido por su particular clientela; total, que tuvo que reconocerlo. Las fotos le resultaban repelentes, y por eso se había unido a una parte considerable de su clase que reaccionó hostigando al chico. Pero la cosa iba en aumento, y Juan se desligó del grupo, porque le empezaba a hastiar lo que ya era manifiesta crueldad y le empezaba a dar pena el chico acosado. Quería hablar de esto con alguien sensato, pero descartó a sus amigos porque no se estaban portando bien; a su padre por pensar que reaccionaría de modo poco considerado; y a su madre porque haría un drama de algo que no era un problema suyo. Por eso sólo quedaba su hermana mayor. Tras el relato a su hermana, hubo un breve diálogo:
— Y además es que no lo entiendo. ¿Cómo le ha podido pasar una cosa así?
— No sé… —replicó Paz—. Bueno, entre las chicas a veces pasa. Se encariña una con una amiga, y si se descuidan se enamoran. Y son sensibleras, pero normales.
— No, no, no es eso. Eso es una, no todas. Quiero decir, también a uno le puede gustar otro, sobre todo si tiene cara de niño. Pero eso puede pasar con uno que tienes cerca, pero no llegar a eso de las revistas, o el cine; o sea, que no es en general. Eso, además, se pasa. Y lo de éste, no parece. ¿O se puede arreglar…?
— Vaya, si le ayudáis así, seguro que no. Pobrecillo…
— Bueno, a lo mejor no es tan pobrecillo. A lo mejor encuentra otro igual y son felices…
— No creo que se pueda ser feliz así. Si tienes un problema, no creo que seas feliz simplemente con hundirte en el problema. Y si tienes un complejo…
— A lo mejor el complejo se lo hemos creado nosotros…
— ¿Seguro?
— Bueno, ya era raro antes de que nadie se metiera con él. Pero tenía problemas en su casa, y pensábamos que era por eso.
— A lo mejor todo tiene que ver.
— Vale, ¿y cómo se le puede ayudar?
— Bueno, de entrada puedes decirle que todavía le queda un amigo en clase.
— ¿Y no me va a tomar por otro…?
— No. Dile claro que no. Que al revés, que si puedes hacer algo para ayudarle… A lo mejor puedes aconsejarle que hable con alguna persona sensata que le ayude a salir.
— ¿Y si no quiere salir?
— Eso ya es asunto suyo. Allá él. Tú has hecho lo que has podido.
Pero, a pesar de su intención, Juan no pudo llegar, pues el chico no tardó en dejar el colegio. Al cabo de varias semanas, otro episodio iba a alterarle. Sus padres le dijeron que les esperara a la salida del colegio, pues tenían que dejar unos papeles en la Secretaría. Juan los vio llegar y entrar. Paz se quedó mientras en el coche. Ella estudiaba en otro colegio. Al cabo de un rato, ella se cansó de esperar dentro del coche y salió fuera a estirar las piernas. Juan estaba con varios compañeros, que no conocían a su hermana. Cuando la vieron, saltó el comentario: “¡Jo, qué tía!” Y lo que siguió fueron comentarios obscenos, que subían progresivamente de tono: parecía que jugaban a ver quién decía la mayor burrada. Juan se desconcertó, no se atrevió a decirles quién era, y se descolgó de ellos, de forma que no le vieron subir al coche de sus padres cuando éstos acabaron las gestiones. Volvió silencioso y con cara de pocos amigos. A la pregunta de qué le pasaba, contestaba invariablemente en un tono cortante: “nada”.
Juan se encerró en su habitación. Paz no se atrevía a intentar entrar, pero a veces pasaba junto a la puerta, como si esperara oír no se sabía qué. Poco antes de cenar, lo que pudo oír es que Juan estaba llorando. Juan no fue a cenar. Ya entrada la noche, Paz intentó entrar. Juan no dijo nada, pero la dejó pasar. Le llevó un yogur de fresa —sabía que era de lo que más gustaba—, e intentó preguntar algo: si tenía que ver con ella, si era por el episodio que le había contado anteriormente, si había reñido con los amigos o con alguien, si le había salido mal algún examen o algo, si le habían castigado, si había quedado en evidencia… La respuesta fue invariable: “no”. “¿Entonces?”. Hubo silencio por un momento. Por fin, Juan dijo algo: “Tenías razón. Ya sé lo que soy. Soy un asqueroso, como todos. Yo tengo otra manera de decirlo”. “Oye, ¿te enfadaste por aquello…?”. “Ya te he dicho que no tiene nada que ver contigo. Déjame en paz”. Pero no la echó de su habitación. Por un momento permaneció silencioso, y entonces parecía que iba a volver a echarse a llorar; pudo contenerse unos segundos, pero acabó llorando. Paz estaba desconcertada, pero al cabo de un rato intuyó algo. Cambió a un tono más serio, y dijo: “Oye, vosotros que os gusta dároslas de hombres. Pues si tienes un problema, resuelve tu problema”. “Vale, gracias”. “Oye, va en serio”. “¿Y tú qué sabes si se puede?” “Sí que puedes”. Dicho esto, Paz salió.
Al cabo de unos días Juan cambió de cara. En un momento dado, hizo un leve gesto de asentimiento a Paz. Como el siguiente domingo fue a Misa y comulgó, su hermana dedujo que había ido a confesarse. Empezó a estudiar más. Por las llamadas que se recibían, al parecer había cambiado de amigos. Se iba disipando la actitud “pasota” que con frecuencia había tenido. Hablaba más y mejor. Parecía interesarse más por los demás. Estaba más contento.
Días después, la que volvía especialmente contenta a casa era Paz. Juan preguntó el motivo, y resulta que había empezado a salir con otro chico. “¿Pero éste está bien?”. “¡Ay, sí! Éste es de verdad”. “¡Anda ya…! Será asqueroso como todos”. “¡Idiota!”. “¡Eso! ¡Y asqueroso!”. “¡Vete a…”. Se acaloraron, y al reclamo de los gritos llegó su madre, alterada. “¿Ya estáis otra vez?”. La réplica fue de Juan: “Anda, déjanos, que estamos hablando”. “¿Ah, sí? ¿Y esos gritos?”. “No es nada, mamá —contestó Paz—. Es eso, que estábamos hablando”. Tras comprobar que era inútil insistir, la madre los dejó, con cara de no entender nada, y un poco enfadada porque, al ver la cara de desconcierto que había puesto, notó que sus dos hijos contenían la risa. Al final, ya calmados los ánimos, Paz se dirigió a su hermano: “No sé, a lo mejor yo también tenía un problema y no me daba cuenta”.
No mucho tiempo después, Juan volvió del colegio con un aspecto lamentable: varios moratones, la camisa con algún roto y algún botón arrancado, sucio y sudado. Su madre, que le abrió la puerta, se alteró. “¿Qué ha pasado? Te has pegado con alguno…”. “No me pasa nada”. “Me vas a decir ahora qué ha pasado, o no sales de casa este fin de semana”. “Nada. No me pasa nada”. Al reclamo de las voces, apareció su padre. Lo examinó, y con un tono más serio dijo: “¿Por qué te has pegado?”. Juan pareció vacilar un momento, pero al final contestó: “¡Es que con mi hermana no se mete nadie!”. Su madre intentó replicar: “¿Pero estás tonto? ¿Cómo puedes…?”. Pero en ese momento miró a su marido, y enseguida notó que éste miraba a su hijo con orgullo. Se dio cuenta de que no tenía nada que hacer, y se alejó, algo enfadada porque le parecía que en aquella casa todo el mundo iba contra ella.
Tras reflexionar un poco personalmente sobre el caso y para formarte en este punto puede venir bien leerte lo siguiente:
- Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 2333, 2337-2340, 2343, 2346, 2354, 2358.
Y finalmente para no alargarnos más en este artículo lee cuando puedas y con calma el siguiente comentario al caso sobre la afectividad y sexulidad (pinchando en este enlace) y me dices tu opinión: ¡Animo!
El pecado (comentario)
Comentario al caso sobre el pecado:
Ya lo decía el Señor: “Todo árbol bueno da buenos frutos, y todo árbol malo da frutos malos. No puede el árbol bueno dar malos frutos, ni el árbol malo frutos buenos. (…) Por los frutos, pues, los conoceréis” (Mt. 7, 17—20). Aquí ya se ve que falla algo, y José María se da cuenta.
Esto pone ante nuestros ojos que el pecado no consiste en una prohibición: es un mal. Y por eso está prohibido, y no al revés. Es también una ofensa a Dios. Pero esto hay que saberlo entender bien. No quiere decir que tenga necesariamente que haber una intención ofensiva hacia Dios. Algunos piensan que sí, al menos para que el pecado sea grave; o, de modo parecido, piensan que lo que es verdaderamente importante, en realidad lo único grave —para mal o para bien—, es la llamada “opción fundamental”: la opción de dirigir la existencia hacia un sitio u otro, hacia el mal o hacia el bien. Eso sería una buena moral para ángeles, para espíritus puros, pero no para hombres. La nuestra es una existencia continuada en el tiempo, y tenemos que decidir nuestro comportamiento muchas veces, y podemos, en un momento dado, elegir de forma contraria a lo que nos hemos propuesto como fin. Basta pensar en un estudiante que decide tomarse en serio su estudio; pero, a la hora de la verdad, tiene que renovar esa voluntad cada día de trabajo, porque puede suceder que a la hora de la verdad la pereza “le pudiese”, a pesar de su buena intención inicial.
La verdad es que pocos pecados se cometen con la intención explícita de ofender a Dios. Pero se ofende a Dios contrariando sus planes. Somos imagen de Dios, y se ofende a Dios desfigurando esa imagen en nuestras vidas. Podemos ver alguna semejanza en esta vida, como cuando un padre se siente ofendido si su hijo desaprovecha toda la educación que le ha dado y todo lo que se ha gastado en sus estudios. Y nuestra dependencia de Dios es mucho mayor que la de cualquier hijo a su padre. Dios es un Padre que espera de sus hijos que se comporten como tales. En esta misma vida, si Pablo pensara que es buen hijo por el simple hecho de que no se mete con su padre, sería difícil darle la razón; más bien pensaríamos algo así como “¡sólo faltaba eso!”. Y sobre lo de “no hacer daño a nadie” ya se contestaba al comentar la postura de Cristina en el caso sobre “La moralidad del los actos humanos”. Aquí no está de más añadir que conviene no olvidar que el pecado es, antes que nada, ofensa a Dios. En la parábola del hijo pródigo que enseñó Jesucristo, cuando el hijo, arrepentido de lo que le había hecho a su padre, vuelve a pedirle perdón, lo hace con estas palabras: “Padre, he pecado contra el cielo y contra ti” (Lc. 15, 21). El cielo estaba primero.
El núcleo de la argumentación de Pablo puede encontrarse en la frase “si no haces mal a nadie no tiene por qué estar mal”. No parece darse cuenta que a quien en primer lugar hace daño cuando comete algún mal es a sí mismo. Él, como todo ser humano, es libre al obrar. ¿Puede hacer lo que quiera? En cierto sentido sí, pero lo que haga no es indiferente para él mismo. Por ser libre, es responsable. Es responsable de su propia vida, y por ello en su mano está utilizarla para mejorar o echarla a perder, que es lo que parece que está ocurriendo en este caso. El ser humano viene al mundo “por hacer”, y no sólo en cuanto al desarrollo físico, sino también al moral. Éste, a diferencia de aquél, no acaba nunca en esta vida. Y este “hacerse” es una responsabilidad primariamente de cada cual. ¡Tendría gracia que fuéramos responsables de la vida de los demás, y no de la propia! Porque esto es lo que se concluiría de las palabras de Pablo.
En este “hacerse”, las acciones libres de la persona no son algo que repercute sólo en el exterior. Para bien o para mal, “quedan” dentro del sujeto. Así, por ejemplo, si uno dice la verdad se hace veraz, y si miente se hace mentiroso. Hoy día bastantes olvidan esto. En el nivel teórico, está bastante de moda el llamado “consecuencialismo”, que consiste en medir la moralidad de los actos solamente por las repercusiones —consecuencias— externas. Olvida que uno mismo no es indiferente a la propia conducta. Y ésta puede ser mala, gravemente mala, sin que trascienda necesariamente al exterior. Basta pensar, por ejemplo, en el odio para darse cuenta de ello.
En cuanto al daño al prójimo, es evidente que con algunas conductas se le causa directamente, lo cual, lógicamente, agrava el mal. Pero tampoco hay que olvidar que indirectamente se le causa un daño siempre si se obra mal. Todos vivimos con los demás y también para los demás. Por tanto, un deterioro propio siempre repercutirá en el prójimo: les negamos algo que cabe esperar de nosotros. Es lo que nota José María: a él no le había hecho nada directamente, pero… sí indirectamente. La razón es sencilla. Al suponer siempre un daño en el alma del pecador, lo que éste puede dar a los demás queda comprometido. De ahí esos cambios bruscos de carácter en Pablo, ese mal humor, ese egoísmo, que no puede menos que afectar al prójimo. Incluso convierte ese egoísmo en “filosofía”: pone por encima de todo y de todos el divertirse, y al parecer todo lo que los demás van a poder esperar de él es que les deje en paz. De un amigo cabe esperar más.
El pecado es, sencillamente, el mal moral, toda conducta inmoral. Esto es fácil de entender. Quizás no lo sea tanto el que suponga una ofensa a Dios. Pablo, desde luego, no lo entiende así: él “no se mete con Dios”. Pero no hace falta meterse directamente con Dios para ofenderle. Para ofender a un Padre basta con ofender a sus hijos, y trastocar el orden que, buscando su bien, ha establecido para ellos.
El bien, por serlo, parece que tendría que presentarse siempre como lo más atractivo. Pero no siempre es así: muchas veces el mal se presenta como algo divertido y el bien como algo más bien aburrido. Esto necesita una explicación. De entrada, hay que decir que “atractivo” y “divertido” no son dos palabras con el mismo significado. Lo divertido es más inmediato y más superficial; lo que atrae en lo más profundo de nosotros mismos suele a la vez presentarse como algo difícil de conseguir. Un ejemplo muy generalizado son los títulos académicos. En realidad, en el fondo de Pablo y muchos otros con su misma mentalidad es que identifican felicidad con diversión. Es un serio error. La felicidad es algo profundo y estable, justo lo contrario que la diversión. Ésta no es mala de por sí, pero ponerla como fin de la vida lleva a evitar esfuerzos a toda costa, y, con ello, renunciar a adquirir virtudes —conseguirlas es trabajoso—, con lo que, tarde o temprano, se desemboca en un serio fracaso personal, lo que produce una profunda insatisfacción e infelicidad. Se acaba así… hasta con la propia diversión, pues se produce un hastío en el que ya nada divierte.
En gran parte de los pecados lo que se busca es “divertirse”: la satisfacción propia. Podría pensarse que eso no es algo malo, o por lo menos “muy” malo. Y en principio es verdad: no lo es. Lo malo es a costa de qué. Si eso se pone por encima de Dios, de los demás, de los deberes propios —en suma, del bien—, sólo puede desembocar en el mal, en el pecado. Éste se suele presentar como algo atractivo; al menos aparentemente, como algo divertido o que va a proporcionar satisfacción. Pero una cosa son las apariencias y otra la realidad. Acaba ocurriendo algo parecido a lo que ocurre con el sueño: si alguien, cuando se acuesta, se obsesiona pensando en que debe dormir, el resultado más probable será el insomnio. Aquí conviene distinguir el placer de la alegría, que es algo más estable, profundo y espiritual que aquél. Si uno sólo busca la diversión, no tardará en pensar que su felicidad estriba en acumular cosas placenteras. Las conseguirá, pero el resultado es —y en el caso se aprecia— que la alegría se le escapa. Queda un placer que pronto hastía, y una sensación de vacío en la vida, porque el corazón humano está hecho para el amor, no para el placer. Y el amor verdadero, lo único que realmente llena un corazón y por tanto alegra una vida, requiere olvido de sí para darse a los demás, y a Dios. No es de extrañar que José María note que se está enfriando su amistad con Pablo. No es culpa suya: es que en el planteamiento de Pablo, en su corazón, algo como la amistad no tiene sitio.
De todos modos, ya señalábamos que divertirse no es un mal. Al contrario. Tiene que ser la expresión natural de la alegría. Es una gran mentira que en el cristianismo esté prohibido divertirse, o casi. Por ello, una tarea que incumbe a los cristianos es enseñar a divertirse, un verdadero “apostolado de la diversión”. Aquí entra en juego un don de Dios, que hay que saber emplear apropiadamente: la imaginación. Pero, sobre todo, debe entrar en juego un verdadero corazón cristiano que oriente adecuadamente el entretenimiento, el ocio, la diversión.
Para entender bien esta cuestión hay que tener una clara idea de quién es el hombre, incluido el pecado original, pues éste explica su actual situación. La herida que produjo alcanza a la inteligencia, que en muchas ocasiones entiende mejor el atractivo de lo agradable que la belleza de los bienes más radicales. También alcanza a la voluntad, lo que hace que conseguir los bienes verdaderos sea con frecuencia arduo. Esta vida es una lucha continua —debe serlo— para conseguir el bien, y no es extraño que lo arduo de los medios oscurezca la bondad del fin perseguido y la alegría y felicidad que lleva consigo.
Lo que dice el sacerdote católico citado a Pablo es lamentable, aunque alguna vez han sucedido cosas así. De todas formas, nos sirve para hacer algunas distinciones, para clasificar los distintos tipos de pecados.
El pecado admite varias clasificaciones. La más importante, con diferencia, es la que distingue entre pecado mortal y pecado venial (sin que quepan estados intermedios). Es la distinción más importante, porque el primero supone una ruptura total con Dios: quita la gracia, nos hace merecedores de la pena eterna; mientras que el segundo se limita a obstaculizar los efectos de la gracia y hacernos merecedores de una pena temporal. No corresponde a este caso examinar por qué este pecado concreto es grave. Basta decir que la materia lo es, porque la sexualidad es un elemento importante de nuestra personalidad y de nuestro ser. A Pablo le dicen que es pecado venial —leve— lo que es pecado mortal —grave—.
Sólo el pecado grave es pecado en su sentido más pleno. Requiere que la acción sea gravemente mala y sea cometida con plena libertad —en advertencia y consentimiento—. Es decir, para que un pecado sea mortal, tiene que haber materia importante —”grave”—, clara conciencia de que está mal y expreso consentimiento. Si se da, desvía a la persona de su fin, y pierde así la gracia de Dios. Si falta esa llamada “materia grave” o falta esa plena libertad —la advertencia no es clara o el consentimiento no es pleno— el pecado es venial. Es verdadero pecado, pero imperfecto como pecado. No aparta del fin, y no se pierde la gracia de Dios; tampoco se disminuye, aunque lo que sí disminuyen son sus efectos: se enfría la caridad, y es una traba para obrar bien. Por eso no se debe despreciar nunca, sobre todo cuando se trata de actos deliberados: nos irían colocando a la puerta de cosas peores.
Ahora bien, si alguna de esas tres cosas no existe en absoluto, lo que no hay es pecado. O, al menos, no lo hay “formalmente”: puede haberlo “materialmente” —una conducta mala pero sin culpa ninguna por parte de quien la hace—, pero el llamado “pecado material” no es propiamente pecado. Esta es una segunda distinción. Y pueden quedarse tranquilos los protagonistas del caso: lo que se sueña no es pecado mortal; no es ni siquiera pecado, se acuerde uno o no después.
Una tercera distinción es entre los llamados “pecados internos” —los que no han salido de la mente del que lo comete— y “externos”. Para alguien que como Pablo tiene como criterio de lo que está bien o mal el no hacer daño a nadie, no es de extrañar que los pecados internos carezcan de importancia. Pero no es difícil entender que eso está mal planteado, porque lo meritorio y lo reprobable requieren que lo que se haga sea voluntariamente. Es en la voluntad donde radica el bien y el mal. El Evangelio lo dice bien claro: “porque del corazón provienen los malos pensamientos… (sigue una lista de pecados). Esto es lo que contamina al hombre” (Mt. 15, 19-20). De todas maneras, los externos suelen tener la malicia añadida de mostrar una voluntad más decidida en el mal, que llega a la acción.
Unas palabras del Señor —”cualquier pecado o blasfemia les será perdonado a los hombres, pero la blasfemia contra el Espíritu Santo no les será perdonada” (Mt. 12, 31)— han dado paso a considerar, dentro de los pecados, los llamados “pecados contra el Espíritu Santo”, que son aquéllos que se hacen imposibles de perdonar —mientras persistan— porque se trata de pecados que en sí mismos impiden a quien los comete acudir al perdón divino, cerrando la acción del Espíritu Santo en su alma. Se suelen distinguir seis, de los que aquí vemos en Pablo tres: la presunción de salvarse sin merecimientos, la impugnación de la verdad conocida, y la obstinación en los pecados.
En un caso concreto como éste no es fácil juzgar lo sucedido con Pablo con absoluta certeza. Pero tampoco está de más decir que lo más frecuente en casos como éste es que esas ideas sean, no tanto la causa de una conducta desordenada, sino más bien la consecuencia. A nadie le gusta quedar mal ante uno mismo, y, una vez decidido hacer el mal, el amor propio tiende a buscar justificaciones. Si esa voluntad de hacer las cosas mal es firme, se puede llegar, y se llega, a buscar razonamientos excusantes, por los cuales resulta que no es tan malo lo que se hace; si la soberbia es de gran envergadura, incluso se llega a buscar teorías por las que está bien lo que se hace, hasta es una virtud —y en nuestros días, como siempre, apoyos “intelectuales” no faltan para quien los busca—, y los “malos” son precisamente los que procuran evitar el pecado.
No conviene olvidar, por último, que este caso trata del pecado, y por eso la exposición se centra en él. Pero la vida cristiana debe ser positiva. No se trata tan sólo de evitar el pecado. Se trata de adquirir las virtudes, sobre todo la caridad, que mueve a todas las demás. Cuando se ve así, es mucho más fácil darse cuenta de que luchar para evitar el pecado es algo que vale la pena. Como la santificación es obra de la gracia, y nuestra parte consiste en quitar los obstáculos a la acción de esa gracia, podría decirse que la ascética cristiana se resume en evitar el pecado, pero esta realidad puede y debe ser presentada de una manera más positiva. Combatir de verdad el pecado —incluidos los veniales— sólo puede ser fruto del amor de Dios. Y este amor hace que el llamado “temor de Dios” se convierta en el temor a ofender a quien queremos con todo el corazón. La lucha del cristiano no es una lucha áspera y asfixiante contra el pecado que acecha por todas partes. Debe ser la lucha de quien, por amor a su Padre celestial —y, por Él, al prójimo—, se esfuerce con ilusión en quitar de su vida lo que desmerece de su condición de hijo de Dios.
El pecado (caso)
Exposición del caso sobre el pecado:
Los padres de Pablo deciden que vaya un año al extranjero para aprender bien un idioma, a la vez que sigue con los estudios de bachillerato. Tras vivir con una familia que no era católica, vuelve al cabo de un año.
Un día, charlando con los amigos en el colegio, sale el tema de la televisión. Alguno comenta que hay tanta inmoralidad en la programación, “que no hay quien la vea; es que no se salvan ni los anuncios”.
Pablo reacciona de forma brusca. Dice que ven pecados por todas partes; que les han dado una educación “en la que está prohibido divertirse: todo lo que es divertido acaba siendo pecado”. Añade que una cosa es respetar a los demás y no hacer daño, y otra es saber disfrutar de esta vida —que para eso está—, “que si no haces mal a nadie no tiene por qué estar mal”; al revés, el daño lo harían los que crean en la gente remordimientos de conciencia cada vez que sólo quieren pasárselo bien. Los ve como gente “estrecha e intolerante”. “Hay que ir a otros sitios y conocer otras mentalidades para darse cuenta. Yo no me meto con Dios viendo lo que quiero en la tele o pasándomelo bien: ni con Dios ni con nadie. Además, yo entiendo a Dios como bueno y misericordioso, y no me va a mandar a ningún infierno por esas cosas. Y no vengáis diciendo que si la Iglesia manda o no manda, porque donde vivía estuve una vez con el cura católico de esa zona y me dijo que eso de los pensamientos impuros, que decís que es una porquería, era algo de egoísmo, eso sí, pero algo inofensivo: no estaba bien, pero no era una cosa grave. Si por vosotros fuera, hasta soñar sería un pecado mortal; o, por lo menos, lo sería si te acuerdas de lo que has soñado”.
Llegó la hora de volver a clase y ahí acabó la conversación. Uno de los amigos, José María, se quedó pensativo. Por una parte, los argumentos de Pablo parecían tener algo de atractivo. Por otro lado, tras el año de ausencia, veía a Pablo cambiado: más brusco de carácter, más altanero, peor estudiante, y, lo que más le afectaba, iba mucho más “a lo suyo”. Parecía que no le importaba lo que le pasara al prójimo. Y, sintiéndolo mucho, notaba que su amistad se iba enfriando.
Tras reflexionar un poco personalmente sobre el caso y para formarte en este punto puede venir bien leerte lo siguiente:
- Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 386-387, 402-412, 1846-1869.
Y finalmente para no alargarnos más en este artículo lee cuando puedas y con calma el siguiente comentario al caso sobre el pecado (pinchando en este enlace) y me dices tu opinión: ¡Animo!
El fin último. Filiación divina. Virtudes y dones (comentario)
Comentario al caso sobre: el fin último; la filiación divina; las virtudes y dones
Concha es prudente cuando dice que necesita tiempo para pensar las cosas y dar una respuesta. La precipitación es mala consejera. Si medita —que es algo más que pensar— en la situación, quizás vería que es una buena oportunidad para darle la vuelta al planteamiento de su amiga.
En el caso anterior veíamos que todos los hombres tienen una dignidad, conforme a la cual deben vivir, por tener una naturaleza que les hace ser personas. Pero resulta que tenemos una dignidad aún mayor, que nos viene por el bautismo: la condición de hijos de Dios. Es una dignidad de la que puede decirse que es más divina que humana, ya que no se trata sólo de un título —el de adopción—, sino de una verdadera participación de la naturaleza y la vida divinas. La gracia, infundida en nuestras almas, hace posible esta realidad. Claro está que esto trae consigo nuevas responsabilidades: el deber de vivir como hijos de Dios. Esto hace que la moral cristiana añada una nueva dimensión a la que podríamos llamar “moral natural”, sin negar ninguna de las exigencias de ésta, pues la condición de hijos de Dios no anula —al revés, dignifica— nuestra condición humana.
La adopción es un hecho singular, como singular es para cada uno el bautismo, por el cual Dios nos adopta. Esto quiere decir que Dios nos acoge, nos acepta, nos llama, uno a uno: es la llamada divina para cada hombre y mujer, la vocación cristiana. Es singular… y es universal, porque a todos invita a ser hijos. En el caso expuesto, habría que explicar a Dori que ese rechazo hacia su padre es comprensible, pero que no puede extenderlo a todo padre; al revés, no tendría ese rechazo tan fuerte de haberse tratado de un extraño, precisamente porque de un padre cabía esperar otro tipo de comportamiento.
Con otras palabras, la aversión no nace por tratarse de su padre, sino por haber defraudado como padre. Pues bien, gracias a la fe que conserva —se nota que la conserva—, debe entender que Dios es un Padre que no defrauda, que no puede defraudar, que tiene preparado lo mejor para sus hijos; que, como buen Padre, nos va divinizando con la gracia y nos reserva lugar en su propia casa —el cielo—, para disfrutar eternamente, sobre todo de Él mismo: algo que sólo un hijo podría esperar. El que un mal padre haya podido causarle tanto daño pone de manifiesto la necesidad que tenía de un buen padre. Y lo mismo sucede en la vida espiritual, sólo que en este caso no se debe a unas lamentables circunstancias exteriores, sino al abandono propio. Si un padre poco ejemplar puede hacerle mal, cuánto bien podrá hacerle un buen padre. Y si ese padre es nada menos que Dios…
A primera vista, puede parecer que el título de “padre” aplicado a Dios corresponde al Creador con respecto a sus criaturas, al menos cuando éstas tienen, como el hombre, espíritu. Pero esto no es a lo que se refiere el cristianismo cuando habla de Dios como Padre. Hay algo más, y aun más importante. Se trata de la adopción divina, y su consecuencia en el hombre: la filiación adoptiva. Dios nos ha adoptado como hijos. Pero el concepto de “adopción” puede dar lugar a equívocos. No se trata de una adopción como las que hay en el mundo. En éstas, no cabe más que algo externo: se considera a una persona como hija de otra, cuando en realidad no lo es. Dios puede hacer más, y nos hace verdaderamente hijos: recibimos en lo más íntimo una realidad divina, que nos da una semejanza con Dios mismo: es la gracia santificante, que recibimos por primera vez en el Bautismo. Jesucristo nos la consiguió.
La condición de hijos nos permite darnos cuenta de la confianza que debemos poner en Dios y la confianza con la que debemos tratarle: la propia de hijos. También nos explica la exigencia de la vida cristiana: la propia de hijos de Dios. Así, el “sed, pues, vosotros perfectos como vuestro Padre Celestial es perfecto” (Mt. 5, 48) no indica sólo un término de comparación, sino también el motivo: los hijos se deben parecer a su Padre. La condición de hijos es la razón de la llamada universal a la santidad.
Pues bien, alcanzar esta plenitud de vida divina, destino eterno del hombre, pasa a ser para los hijos de Dios su fin último, lo que da sentido a sus vidas.
Dori replica que si Dios es su padre no puede comprender cómo permite que le suceda lo que le ha sucedido. Es comprensible. No nos detendremos mucho en este problema, porque ya fue examinado al estudiar el caso sobre la naturaleza de Dios. Para intentar entenderlo, hay que pensar en primer lugar en la desproporción entre el sufrimiento que pueda haber aquí y la gloria que nos espera; aunque sólo fuera por la eternidad de esta última, ya nos podemos dar cuenta de que lo que se puede padecer aquí es poco en comparación con el gozo sin fin. Cuando se sufre por alcanzar algo que vale la pena, una vez alcanzado se olvida uno de lo que le ha costado, o, si se acuerda, suele ser para estar orgulloso de ello. Piénsese, por ejemplo, en una asignatura difícil. Y ya hemos tratado anteriormente del valor redentor del sufrimiento humano: es una invitación a asociarnos a la Cruz del Señor… para asociarnos después a su gloria. Además, la providencia divina aprovecha esas situaciones difíciles para acercar a las almas hacia Sí: una invitación a buscar en Dios el refugio y la fortaleza que necesitamos. Se podrá contestar que todo esto es cierto, pero que también lo es que eso no se suele pensar en el trance del sufrimiento, sino después, cuando ha acabado. Es verdad, pero aquí es donde hay que pedir —a Dori, en el caso expuesto— un voto de confianza: de fe y de esperanza.
Dori, con todo, piensa que eso, dada su situación, es imposible, y que además no se puede decir que no lo haya intentado. ¿Y no es verdad? ¿Remontar esa situación no es algo que supera sus fuerzas humanas? Sí… y no. Tal como se formula la pregunta, sí: supera sus fuerzas humanas. Pero no son las únicas con las que cuenta. Dios nos pide vivir como hijos suyos —nos pide que seamos santos: “sed pues perfectos como perfecto es vuestro Padre celestial” (Mt. 5, 48)—, y eso supera nuestras posibilidades humanas. Sin embargo, junto con la nueva meta nos proporciona los medios para conseguirla: la gracia lleva consigo una ayuda divina, que se concreta en las virtudes infusas y en los dones del Espíritu Santo. Y “fiel es Dios, que no permitirá que seáis tentados sobre vuestras fuerzas” (I Cor. 10, 13). O sea, que lo que resulta inalcanzable con las solas fuerzas humanas, resulta asequible si se ponen los medios sobrenaturales. Éstos son sobre todo la frecuencia de sacramentos y la oración. Lo que dice Concha es cierto: lo que parece insuperable, acudiendo a la gracia y con un poco de paciencia, acaba por “no ser para tanto”. Y esto, claro está, no depende de las circunstancias.
De todas formas, tampoco hay que olvidar que entre los medios con que cuenta la providencia divina se encuentran “los demás”: Dios cuenta con nosotros como instrumentos suyos, la ayuda que podemos dar forma parte de los planes divinos de salvación. De ahí la responsabilidad que tenemos de responder a nuestra llamada divina, pues no sólo abarca nuestra vida, sino también las vidas ajenas. Lo que Dori oía en el confesonario era, sin lugar a dudas, correcto. Pero resultaba insuficiente: era indicarle qué tenía que hacer, pero no cómo debía hacerlo. Y el resultado era aumentar su desasosiego. Por fortuna, su amiga Concha resultó ser más positiva. Aunque, claro está, deberá saber seguir bien lo que tan bien ha comenzado. Por ser amiga y plantear las cosas de un modo tan esperanzador, ganó la confianza de su amiga, y con ello el primer paso para salir del problema. Porque ese encerrarse en sí misma sin confiar en nadie sólo podía conducir a donde estaba conduciendo: un progresivo deterioro, no sólo de lo sobrenatural, sino también de lo humano. Quizás fuera un poco inmodesto que Concha lo dijera a su amiga, pero lo cierto es que en esa “ayuda de Dios que nunca falta” estaba incluida… ella.
Es claro, por tanto, que la vida cristiana es exigente, muy exigente; carecería de sentido negarlo. Ahora bien, ¿tiene razón Concha al decir que, aunque a primera vista sea muy costoso, “al final resulta que no es para tanto”? Sí: bien interpretado, es la verdad. De entrada aparece como muy costoso, porque se ve con más facilidad lo que se nos pide que la ayuda que se nos proporciona para conseguirlo. Con esa ayuda, aunque no sea fácil siempre está al alcance de la mano. Esa ayuda es invisible, pero eficaz: esa misma gracia que nos hace hijos de Dios, nos proporciona también ayuda para portarnos como tales. Por eso, entre otras razones, es importantísimo vivir en gracia de Dios: sin ella, la vida cristiana se hace inasequible; con ella, si no falta el esfuerzo por nuestra parte, se avanza. Por eso Dori puede ver en su amiga que cada vez va mejor. Lo que no entiende es que no es un asunto de puras fuerzas humanas, de pura voluntad. Le falta “ver” la gracia: falta visión sobrenatural.
Hay, sin lugar a dudas, obstáculos; en esta lucha hay también enemigos. Tradicionalmente se los enumeraba como “mundo, demonio y carne”. No son “las circunstancias”, de modo impersonal, lo que dificulta la vida de la gracia. El enemigo es siempre personal: las palabras citadas corresponden al demonio, a los demás y a uno mismo.
La palabra “mundo” puede tomarse con varios significados. En el caso que nos ocupa tiene un sentido bastante negativo, y se refiere al ambiente humano que incita al pecado, algo, por desgracia, muy frecuente en todas las épocas. Es el ambiente que nos rodea, que debería incitar al bien, pero muchas veces incita al mal. En este caso viene representado por uno de los ambientes más influyentes en las personas: el familiar. Salta a la vista la diferencia entre una y otra de las chicas en este aspecto. Y las distintas consecuencias.
El demonio existe, y actúa. Lo suyo es tentar al mal, sobre todo con imágenes, porque tiene acceso —el que Dios le permite— a la imaginación, pero no a la voluntad. El demonio, como ya se ha visto en otro caso, es un ser personal, un ángel caído. Tiene el poder que Dios le permite tener. Lo que puede hacer es tentar, presentar en nuestra imaginación un mal. Es difícil medir su actuación, pues entran en juego otros factores que también invitan al mal, pero lo cierto es que cumple su papel, y tienta: ¡tentó al mismísimo Jesucristo! No es fácil calibrar en qué medida actúa y en qué medida es nuestra propia inclinación al mal la causante de nuestras tentaciones. Normalmente actúa con el suficiente disimulo como para no dejarse reconocer, pero en este caso, sin embargo, se ha incluido algo que difícilmente puede achacarse a nuestra concupiscencia y tiene en cambio un típico “tufillo” satánico: esa imagen que aparece bruscamente en la fila de la comunión justo después de la confesión, a que alude Dori.
Queda “la carne”, que no tiene el exclusivo sentido de sensualidad: se refiere a ese desorden interior, herencia del pecado original, que empuja hacia el mal. Nuestras pasiones, después del pecado original tienden al descontrol, y con él al mal. Aquí la pasión es el odio, que parece incontrolado. Lo es hasta cierto punto. Porque el caso es que Dori parece tener poco en cuenta la distinción entre sentir y consentir, y que el mal —lo inmoral— es lo segundo, pero no lo primero. De lo primero es responsable la pasión, de lo segundo la voluntad. Distinguir ambas cosas hubiera ayudado bastante a Dori, pues no se hubiera atormentado tanto y así hubiera sido más fácil superar la situación. De todas formas, en la formulación clásica de los obstáculos de la vida cristiana, éste es el peor formulado. No toda inclinación al mal proviene de las tendencias corporales. Peor que ellas es la soberbia, el orgulloso deseo de anteponer la afirmación del “yo” a toda otra cosa, a los demás y a Dios. También es patente cómo el ambiente, en este caso el familiar, repercute negativamente.
Es de particular interés, tanto para la formación como para la tranquilidad de conciencia, distinguir entre una tentación y un pecado. La primera “se siente”, el segundo “se consiente”. No hay pecado sin consentimiento —y, para que sea grave, se requiere clara advertencia y pleno consentimiento: un acto plenamente libre—, por tremendo que pueda ser lo que se nos pueda pasar por la cabeza. Equivocarse en este sentido —normalmente, es por falta de formación—, puede traer muy malas consecuencias, como lo puede ser rendirse ante la tentación por considerar que el pecado es inevitable. Es lo que le ha ocurrido a Dori, en este caso con el odio. Para que éste sea un pecado no basta “sentir” odio, sino aceptarlo voluntariamente, que no es lo mismo. Lo primero puede ser incontrolable, pero no así lo segundo. Formarse bien en este sentido no sólo es moralmente bueno, sino también psicológicamente: como se ve en el caso de Dori, errores de este tipo pueden propiciar fácilmente ideas obsesivas.
Por lo demás, es claro que Concha lo hizo muy bien. Además, fue prudente: en una situación tan delicada como la que oye, si no se sabe muy bien qué decir, más vale pensar un poco las cosas y contestar más adelante que precipitarse diciendo lo primero que viene a la cabeza, con el riesgo de que resulte contraproducente. En realidad, no es muy difícil de contestar la cuestión. Lo que debe explicar es lo mismo que le había dicho antes, sólo que con algo más de detalle y aplicado a sus circunstancias. E insistir. Por supuesto, huelga decir que recomendar una buena dirección espiritual es —al menos en este caso— más una necesidad que una simple conveniencia.
Una última consideración nos permitirá ver aún mejor cómo Dios es un Padre que quiere y se preocupa por sus hijos. Dori necesita ayuda, pero está cerrada a la gracia. Se queja de que Dios no la ayuda. Pero no tiene razón. No sólo le envía ayudas interiores (las llamadas “gracias actuales”). Necesita a alguien, y por eso Dios le envía… a Concha.
Fin último. Filiación divina. Virtudes y dones (caso)
Exposición del caso sobre: el fin último; la filiación divina; las virtudes y dones
Concha tiene una amiga, Dori, bastante alejada de la práctica cristiana. Algunas veces ha intentado que cambie, pero no sólo no le hacía caso, sino que parecía enfadarse al oír hablar de esos temas.
Un día, tras estudiar las dos varias horas en casa de Concha, hablan de muchas cosas, y acaban por tratar del sentido de la vida. Concha le dice que nunca ha querido molestar ni ser pelma, sino que habla de esto porque es amiga suya y quiere para ella lo mejor. Le explica que cree de verdad que sólo Dios da sentido a la vida, que estamos hechos para amar a Dios, que es nuestro Padre; que sólo viviendo en gracia y esforzándonos por quererle somos felices; y que, aunque a primera vista sea muy costoso, la ayuda de Dios nunca falta y “al final resulta que no es para tanto”.
Dori le agradeció de verdad el interés que se tomaba por ella y le dijo que le iba a contar lo que le pasa por ser su amiga, pues nunca lo había hablado con nadie. Resulta que su padre era una persona insoportable, y durante años había hecho insufrible la convivencia familiar, hasta que al fin se fue de casa, dejando a su madre mal de los nervios. Cada vez que pensaba en su padre, “sentía un rechazo, que no podía evitar por mucho que lo intentara”. Pensaba que le odiaba. Había intentado olvidarlo algunas veces, e incluso había ido a confesarse, pero sólo le decían que perdonase, y entonces el tema volvía a su cabeza, si cabe con más fuerza, y sólo había conseguido empeorar la situación. Incluso recordaba una vez que, yendo a comulgar inmediatamente después de confesarse, de repente le apareció en la imaginación la cara de su padre, y acabó por salirse de la fila. Por eso había acabado “mandándolo todo a paseo”.
Añadió que comprendía que Concha viviese como lo hacía, con una familia normal y sin problemas, pero que para ella era imposible, y no se le podía acusar de no haberlo intentado. Además, cuando le había dicho que Dios es nuestro Padre le había dado un escalofrío al oír la palabra “padre”: “fíjate, que hasta a veces pienso que no me quiero casar nunca para que mis hijos, si es que tengo, no tengan padre”. Si Dios de verdad quería y esperaba de ella lo que Concha decía, no entendía por qué permitía que le pasara eso y no la ayudaba: “a ti ya se ve que cada vez vas mejor, pero lo que es a mí…; y no me quiero proponer nada serio porque no tengo fuerzas para nada, ni para estudiar: la cabeza se me va a otro sitio”. Total, que por eso estaba así: ya no se fiaba de nada ni de nadie.
Concha se quedó helada cuando oyó todo eso. No se esperaba una cosa así, y no supo qué decir. Al final, le comentó que necesitaba pensar en todo lo que le había dicho, y ya le contestaría más adelante.
Tras reflexionar un poco personalmente sobre el caso y para formarte en este punto puede venir bien leerte lo siguiente:
- Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 407-412, 460, 654, 897-913, 1716-1724, 1803-1804, 1812-1813, 1830-1832, 2012-2016.
Y finalmente para no alargarnos más en este artículo lee cuando puedas y con calma el siguiente comentario al caso sobre: el fin último; la filiación divina y las virtudes y dones (pinchando en este enlace) y me dices tu opinión: ¡Animo!