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Afectividad y sexualidad (comentario)

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Comentario al caso sobre afectividad y sexualidad:

Catecismo Iglesia Católica n. 2337. La castidad significa la integración lograda de la sexualidad en la persona, y por ello en la unidad interior del hombre en su ser corporal y espiritual. La sexualidad, en la que se expresa la pertenencia del hombre al mundo corporal y biológico, se hace personal y verdaderamente humana cuando está integrada en la relación de persona a persona, en el don mutuo total y temporalmente ilimitado del hombre y de la mujer. La virtud de la castidad, por tanto, entraña la integridad de la persona y la integridad del don.
Catecismo Iglesia Católica n. 2338. La persona casta mantiene la integridad de las fuerzas de vida y amor depositadas en ella. Esta integridad asegura la unidad de la persona; se opone a todo comportamiento que pueda lesionar. No tolera ni la doble vida ni el doble lenguaje.
Si la sexualidad es importante es porque es algo más que una función fisiológica y reproductiva. No es pura sexualidad animal —aunque se asume—, sino humana: forma parte de la persona y de la personalidad. Podría decirse que en el hombre no hay simple “reproducción”, sino más bien “procreación”, en el sentido de que los padres al traer hijos al mundo colaboran con el amor creador de Dios. Y el hombre está hecho para querer, es feliz y se desarrolla plenamente cuando hay amor de verdad en su corazón. El amor es algo más profundo que el simple sentimiento, y se manifiesta en el don de sí: en la entrega, que es lo contrario del egoísmo. Integrar la sexualidad en la personalidad humana quiere decir vivirla en el amor y entrega que, en este aspecto, se orienta a la formación de una familia, y por tanto al matrimonio.
Si se desvincula de ese sentido humano, la sexualidad se queda en lo que tiene de animal, en un instinto que, de por sí, sólo busca su satisfacción. Eso en los animales cumple una función, pero en el ser humano lo animaliza, le hace centrarse en la satisfacción del propio instinto, y por tanto egoísta: mata el amor. Por eso “precisamente entre los castos se cuentan los hombres más íntegros, por todos los aspectos. Y entre los lujuriosos dominan los tímidos, egoístas, falsarios y crueles, que son características de poca virilidad” (Camino, 124). Se puede ver en el caso estudiado. En el aspecto negativo, el egoísmo se aprecia claramente en el primer chico que salía con la hermana de Juan, y era ese egoísmo manifiesto —”sólo buscaba aprovecharse”— lo que provoca la fuerte decepción de la chica. También se intuye el carácter falsario de ese chico: finge un aprecio que no tiene. La timidez se nota en el propio Juan, que, viviendo en un mundo imaginario centrado en sí mismo, no ha aprendido a desenvolverse con carácter en el mundo real, como se ve en la boda y en que en un primer momento no sepa hacer frente a sus amigos; y le da cierta rabia, porque no quiere ser así y sabe en el fondo que es falta de personalidad. La crueldad se pone de manifiesto en el comportamiento con el compañero al que descubren su homosexualidad: crueldad sin traza alguna de ayudar a quien lo necesita. Lo positivo se puede ver en el propio Juan cuando reacciona: se va haciendo más íntegro en todos los aspectos: trabajo, trato, etc.: en una palabra, madurez.
Catecismo Iglesia Católica n. 2339. La castidad implica un aprendizaje del dominio de sí, que es una pedagogía de la libertad humana. La alternativa es clara: o el hombre controla sus pasiones y obtiene la paz, o se deja dominar por ellas y se hace desgraciado. “La dignidad del hombre requiere, en efecto, que actúe según una elección constante y libre, es decir, movido e inducido personalmente desde dentro y no bajo la presión de un ciego impulso interior o de la mera coacción externa. El hombre logra esta dignidad cuando, liberándose de toda esclavitud de las pasiones, persigue su fin en la libre elección del bien y se procura con eficacia y habilidad los medios adecuados” (GS 17).
En el caso, el diálogo entre los dos hermanos en la habitación de Juan refleja esta afirmación. La esclavitud no es total, porque Juan sigue teniendo voluntad, pero es real, ya que está disminuida: por eso no se ve capaz de superar la situación. Necesita ayuda, y por una parte la quiere, aunque por otra parte se resista porque le humilla, o así le parece. En aquella tarde, lo que le apesadumbra es ver algo que en realidad venía de bastante atrás: la profunda insatisfacción que queda en lo más profundo de sí tras una vida de descuido, la baja estimación de sí mismo que tiene tras ver el deterioro que ha producido en su vida. “Parece como si el ‘espíritu’ se fuera reduciendo, empequeñeciendo, hasta quedar en un puntito… Y el cuerpo se agranda, se agiganta, hasta dominar. —Para ti escribió San Pablo: ‘castigo mi cuerpo y lo esclavizo, no sea que, habiendo predicado a otros, venga yo a ser reprobado” (Surco, 841). Y el “cuerpo” no se refiere tan sólo a la sexualidad: el “pasotismo” y la tosquedad de formas a que se alude en el caso son manifestaciones de una vida en la que domina la apetencia corporal en general, ahogando valores humanos.
Por contraste, es apreciable la mejoría general de Juan cuando toma la decisión de cambiar y pone los medios para ello. El resultado es una vida más humana en todos los sentidos, una vida más alegre y una vida de la que puede sentirse satisfecho, aunque no deje de haber fallos.
Catecismo Iglesia Católica n. 2340. El que quiere permanecer fiel a las promesas de su bautismo y resistir las tentaciones debe poner los medios para ello: el conocimiento de sí, la práctica de una ascesis adaptada a las situaciones encontradas, la obediencia a los mandamientos divinos, la práctica de las virtudes morales y la fidelidad a la oración. “La castidad nos recompone; nos devuelve a la unidad que habíamos perdido dispersándonos” (S. Agustín, conf. 10, 29; 40).
En el combate por la castidad se puede vencer, aunque el primer requisito es proponérselo decididamente, ya que ser posible no quiere decir que sea fácil, sobre todo si el comportamiento anterior no ha sido muy bueno. Por eso el consejo de la hermana de Juan es acertado: si hay un problema, lo propio de un hombre —o de un hombre con un mínimo de fortaleza— es encararlo y ver cómo se soluciona, y no, en cambio, actitudes como la desesperanza, el dejarlo para más adelante, o el huir no queriendo pensar en ello. Hay que contar también con el tiempo: tiempo ha costado adquirir un vicio, tiempo debe costar recuperar la virtud.
Por lo demás, este punto del Catecismo de la Iglesia Católica enumera someramente los medios. También se encuentra una breve enumeración en Camino: “Todos sabemos por experiencia que podemos ser castos, viviendo vigilantes, frecuentando los Sacramentos y apagando los primeros chispazos de la pasión sin dejar que tome cuerpo la hoguera” (n. 124). Hay que notar, en primer lugar, que se incluyen los medios sobrenaturales. En el Catecismo se menciona la oración, en Camino los sacramentos. Podríamos añadir, como una baza muy importante, la devoción a la Virgen. Son necesarios, ya que nuestra naturaleza caída necesita de la gracia de Dios para sanar sus heridas y elevarse. De todas formas, hay que poner además medios humanos. Los que enumera aquí el Catecismo se podrían resumir en dos grupos. El primero es lo que designa por “ascesis”, que incluye un esfuerzo sostenido por vivir la reciedumbre, combatir la pereza, trabajar seriamente, ocupar bien el tiempo, y huir con decisión de las ocasiones de pecado —o sea, vivir en este aspecto la prudencia—. Al segundo grupo podríamos denominarlo “formación”; en el Catecismo se menciona uno de sus principales frutos: el conocimiento de sí mismo. Pero hay algún aspecto más, como la ayuda práctica y estimulante para emprender una vida espiritualmente sana. Aquí la dirección espiritual juega un importante papel. Y en el caso se ve cómo Juan pone los medios seriamente, y cómo empieza a dar frutos. Acude a los sacramentos —Penitencia y Eucaristía—, se notan los resultados de una verdadera lucha ascética —en la laboriosidad y diligencia—, y toma decisiones prudentes, en este caso una que puede ser heroica pero que en ocasiones puede ser necesaria: cambiar de amistades.
La cita de San Agustín recogida en ese punto del Catecismo de la Iglesia Católica se ilustra también en este caso. Posiblemente el aspecto más positivo de Juan era que, a pesar de las formas, tenía buen corazón, y eso era algo que en el fondo apreciaba mucho. Parece que lo que le acaba abriendo los ojos es darse cuenta que una vida sin castidad marchitaba el buen corazón, y comprobar el deterioro que se estaba produciendo en el suyo. También se da cuenta de la ruptura entre el corazón y el instinto (o la pasión). Según prevalezca en un determinado momento una cosa u otra, Juan es distinto. Se podría decir que, según el momento y el ambiente, en cierto modo hay dos Juan. Esa ruptura de la personalidad es lo que había perdido por dispersarse, y la que había que recomponer.
Catecismo Iglesia Católica n. 2343. La castidad tiene unas leyes de crecimiento; éste pasa por grados marcados por la imperfección y, muy a menudo, por el pecado. “Pero el hombre, llamado a vivir responsablemente el designio sabio y amoroso de Dios, es un ser histórico que se construye día a día con sus opciones numerosas y libres; por esto él conoce, ama y realiza el bien moral según las diversas etapas de crecimiento” (FC 34).
Esta afirmación se pone claramente en evidencia en el caso estudiado. Juan está en plena adolescencia. Es una etapa en la que se da un despertar de la sexualidad, pero de una forma aún inmadura. Falta sobre todo integrar armónicamente todos los aspectos indicados. De ahí que se encuentren paralelamente —sin unidad— una tendencia al “amor platónico”, idealizado e irreal, y una pura atracción física “deshumanizada”. Podríamos decir que por un lado hay un “espíritu con poco cuerpo”, y por otro distinto “cuerpos con poco espíritu”. Esto no es sólo culpa de Juan, sino lo característico de una edad y una etapa de crecimiento, y consecuencia del desorden que ha dejado el pecado original en nuestras pasiones (concupiscencia). Ahora bien, esta inmadurez no puede presentarse como excusa que justifique pecados. Cada edad tiene sus características y sus luchas, como también tiene aspectos distintos la lucha de un soltero y de un casado, pero ambos tienen que luchar, y ambos pueden vencer si ponen los medios adecuados. Además, es importante tener en cuenta la importancia de la adolescencia, pues es la edad en la que más se configura la personalidad, lo que incluye su vertiente sexual. No se trata de que más tarde no se pueda recuperar lo perdido, pero sí de que encarrilar bien la personalidad en la adolescencia facilita mucho la madurez y la lucha en etapas posteriores de la vida.
La alusión al pecado que hace el Catecismo de la Iglesia Católica no significa que haya caídas inevitables. Lo que sí quiere decir es que, sobre todo en la etapa adolescente, suele haber bastante insensatez e inconsciencia, de forma que puede no valorarse suficientemente las cosas hasta que se comprueban las consecuencias de su descuido. Como sucedió con Adán y Eva, el pecado con frecuencia abre los ojos (aunque en este caso el pecado no se refiere a la castidad). Hay que evitar el pecado. Pero una vez cometido, ya no se puede evitar; lo que sí se puede —además de arrepentirse y confesarse— es aprender y escarmentar. Hay que evitar el mal, pero no se debe perder de vista que se puede sacar bien del mal. Un requisito es imprescindible para ello: la humildad. Hay que distinguir bien el desaliento y el enfado con uno mismo, de la auténtica contrición. Aquél procede del orgullo —del orgullo herido—, ésta de la humildad; aquél es estéril, ésta es fecunda. En un primer momento, la reacción de Juan es de orgullo, aunque ni él se dé cuenta. Pero la primera reacción no suele ser la más interesante. Lo importante es que se abre paso una reacción más noble, y acaba dando sus frutos. La humildad lleva a reconocernos pecadores y a ser conscientes de que, si no somos peores, es por la gracia de Dios que nos sostiene. Y así, “la santa pureza la da Dios cuando se pide con humildad” (Camino, 118).
Catecismo Iglesia Católica n. 2346. La caridad es la forma de todas las virtudes. Bajo su influencia, la castidad aparece como una escuela de donación de la persona. El dominio de sí está ordenado al don de sí mismo. La castidad conduce al que la practica a ser ante el prójimo un testigo de la fidelidad y de la ternura de Dios.
Todas las virtudes se ordenan a la caridad, pero en el caso de la castidad se puede apreciar quizás con más claridad que en otros casos. Si no se vive, la afectividad, que bien entendida está en la base de cosas tan nobles como la amistad, acaba reducida a instinto, y se marchita la capacidad de querer y de ser fiel al auténtico amor. Por eso, bien sea para seguir una vocación al matrimonio o bien para seguir una vocación al celibato, la castidad es siempre una preparación necesaria para ello.
“¡Qué hermosa es la santa pureza! Pero no es santa, ni agradable a Dios, si la separamos de la caridad. La caridad es la semilla que crecerá y dará frutos sabrosísimos con el riego, que es la pureza. Sin caridad, la pureza es infecunda, y sus aguas estériles convierten las almas en un lodazal, en una charca inmunda, de donde salen vaharadas de soberbia” (Camino, 119). Esto se pone de relieve en varios aspectos del caso, pero quizás de manera particular en uno que puede pasar inadvertido: es el “problema” que tenía la hermana de Juan. Ha sufrido un desengaño, y, sin darse demasiada cuenta de ello, su reacción había sido replegarse en sí misma y despreciar lo que antes la había ilusionado. Adopta una postura orgullosa que se parece a la del fariseo de la parábola del fariseo y el publicano, sobre todo en su juicio sobre el prójimo: “todos” son igualmente perversos. Hay aquí también orgullo herido, aunque sea distinto del de Juan. Por fortuna, lo acaba superando. No se trata, por supuesto, que haya una necesidad de buscar novio/a con 16 ó 17 años; se trata de que había una actitud soberbia que debía rectificarse.
Catecismo Iglesia Católica n. 2354. La pornografía consiste en dar a conocer actos sexuales, reales o simulados, puesto que queda fuera de la intimidad de los protagonistas, exhibiéndolos ante terceras personas de manera deliberada. Ofende la castidad porque desnaturaliza la finalidad del acto sexual. Atenta gravemente a la dignidad de quienes se dedican a ella (actores, comerciantes, público), pues cada uno viene a ser para otro objeto de un placer rudimentario y de una ganancia ilícita. Introduce a unos y a otros en la ilusión de un mundo ficticio. Es una falta grave. Las autoridades civiles deben impedir la producción y la distribución de material pornográfico.
Se transcribe este punto como ejemplo de pecado contra la castidad. Se elige éste por ser el que aparece en el caso. Hay, por supuesto, bastantes más —y algunos peores—, pero la causa de que constituyan un pecado es bastante parecida en todos los casos. Es un buen ejemplo del género de pecados contra la castidad, la lujuria, pues muestra claramente que se busca únicamente un placer desnaturalizado y egoísta, con total desprecio de la persona y de su valor. En el caso se pone de manifiesto que las personas pasan a ser consideradas sólo como objetos. De hecho, sobre la pornografía se acuñaron hace algunos años unos términos bastante expresivos: “mujer-objeto”, “mujeres de papel”, etc. Y quien se acostumbra a la pornografía también se acostumbra a mirar con la misma mentalidad a las personas, ya no “de papel” sino de carne y hueso, como sucede en el caso con la hermana de Juan. Si Juan no se había dado cuenta del todo es porque, como señala este punto del Catecismo de la Iglesia Católica, estaba metido “en la ilusión de un mundo ficticio”, pero abre los ojos a la realidad cuando aquello afecta a un ser querido, su hermana. Todo esto pone de manifiesto un serio deterioro en quienes caen en este pecado, que dificulta seriamente no sólo el querer, sino incluso la capacidad de relacionarse con los demás como personas. La timidez que muestra el protagonista del caso no es ajena a esto. El caso pone así en evidencia que “hace falta una cruzada de virilidad y de pureza que contrarreste y anule la labor salvaje de quienes creen que el hombre es una bestia” (Camino, 121).
A la vez, este ejemplo muestra la gravedad que tienen los pecados de lujuria cuando se consienten deliberadamente. Precisamente por constituir la sexualidad un componente importante de la persona y la personalidad, lo que la degrada es un grave daño a la persona —en todo caso, a la persona del pecador— y a la personalidad. Dicho de otra manera, la gravedad del pecado no proviene de un cierto desprecio de lo sexual, sino más bien al contrario: de su aprecio. Si en otras épocas quizás se pudo tratar despectivamente a la sexualidad, el principal error al respecto en nuestros días consiste en trivializarla, quitándole su auténtico valor, que en el cristianismo se refuerza por ser el cuerpo humano templo del Espíritu Santo. “¡Si supieras lo que vales!…— Es San Pablo quien te lo dice: has sido comprado ‘pretio magno’ –a gran precio. Y luego te dice: ‘glorificate et portate Deum in corpore vestro’ –glorifica a Dios y llévale en tu cuerpo” (Camino, 135).
Catecismo Iglesia Católica n. 2333. Corresponde a cada uno, hombre y mujer, reconocer y aceptar su identidad sexual. La diferencia y la complementariedad físicas, morales y espirituales, están orientadas a los bienes del matrimonio y al desarrollo de la vida familiar. La armonía de la pareja humana y de la sociedad depende en parte de la manera en que son vividas entre los sexos la complementariedad, la necesidad y el apoyo mutuos.
El aprecio al que se ha aludido debe por tanto tenerse con las personas del sexo contrario. No facilita vivir la castidad un cierto desprecio de las mujeres por parte de los hombres, o viceversa, como tampoco facilita vivir el celibato un desprecio del matrimonio. Más bien al contrario, esas actitudes acercan a la postura de ver a la persona atractiva como un puro objeto, y en ese sentido constituyen un obstáculo.
En el caso estudiado, a Juan le viene muy bien reconocer y apreciar las cualidades de su hermana. “La mujer está llamada a llevar a la familia, a la sociedad civil, a la Iglesia, algo característico, que le es propio y que sólo ella puede dar: su delicada ternura, su generosidad incansable, su amor por lo concreto, su agudeza de ingenio, su capacidad de intuición, su piedad profunda y sencilla, su tenacidad” (Conversaciones, n. 87). Cuando las circunstancias demandan a la hermana de Juan crecerse dejando de ser una chiquilla para convertirse en una mujer, y responde bien, él se queda deslumbrado, y sin ser muy consciente de ello empieza a ver la feminidad de un modo más completo que antes, y a valorarla. Le sirve a él también para crecerse, pues por contraste se empieza a dar cuenta de carencias en su personalidad; o, dicho de otro modo, se da más cuenta de que tiene que hacerse un hombre y se conforma a menudo con ser un crío, al igual que alguno de sus amigos, que quieren dárselas precisamente de aquello que no son. También se aprecia que ese reconocimiento contribuye a la armonía familiar.
Catecismo Iglesia Católica n. 2358. Un número apreciable de hombres y mujeres presenta tendencias homosexuales profundamente radicadas. Esta inclinación, objetivamente desordenada, constituye para la mayoría de ellos una verdadera prueba. Deben ser acogidos con respeto, compasión y delicadeza. Se evitará, respecto a ellos, todo signo de discriminación injusta. Estas personas están llamadas a realizar la voluntad de Dios en su vida, y, si son cristianas, a unir al sacrificio de la cruz del Señor las dificultades que pueden encontrar a causa de su condición.
La sexualidad tiene sus trastornos. Por afectar a la personalidad, algunos no son un puro trastorno fisiológico, sino un verdadero trastorno de personalidad. La homosexualidad es quizás el más frecuente. Sus causas son diversas y en parte poco conocidas. Lo más habitual es la confluencia de algunos rasgos que la propician, y unas circunstancias, internas y externas, que la motivan más inmediatamente. Es un asunto que no se resuelve simplemente con la respuesta a la pregunta sobre si “se nace” o “se hace”. En el caso se intuyen algunas circunstancias que han podido contribuir: algunos problemas de carácter, y algunos problemas familiares.
Da la impresión de que ha sido poco habitual situar este asunto en sus justos términos. Muchas veces se ha considerado como una degeneración execrable y culpable. Hoy en día muchos lo ven como una “sexualidad alternativa”, tan normal como la heterosexualidad, sólo que distinta. No es ni lo uno ni lo otro. A veces se puede caer en la homosexualidad por una vida degradada, pero muchas otras veces no hay culpa personal. Y no es una “normalidad distinta”, sino una anormalidad. Es falsa la visión de que la moral cristiana les impide alcanzar la felicidad de una vida sexual normal y satisfactoria con su pareja. Las prácticas homosexuales son gravemente desordenadas. Pero además hay que pensar que no se accede a la felicidad a través de la inmoralidad. Las normas morales no son arbitrarias: responden a la verdad del hombre. Y, en este terreno, la verdad es que la satisfacción —en sentido más profundo, no sólo el placer efímero—, y la felicidad, no pueden llegar a través de las relaciones homosexuales. Y la realidad, propagandas aparte, así lo confirma. Pensar otra cosa sería algo parecido a pensar que uno puede andar tranquila y agradablemente con dos zapatos del mismo pie.
No precisa mucho comentario el comportamiento de los compañeros que aparece en el caso: exactamente lo contrario de lo que señala este punto del Catecismo de la Iglesia Católica. Y eso cuando quizás se podía ayudar de verdad. Porque la adolescencia es el periodo donde más de configura la personalidad, también en la vertiente sexual, y por tanto puede ser el momento en el que se puede superar ese posible trastorno, o dejar que arraigue definitivamente. La ayuda que hace falta supera las posibilidades de Juan, porque se precisa una asistencia más cualificada, pero su papel puede ser decisivo en cuanto a animar al afectado a buscar esa ayuda. Lo que, por el contrario, sería muy dañino, es aconsejar —como hacen algunos— que asuma su condición de homosexual como algo definitivo y normal, y “desarrolle” su sexualidad en ese sentido. Las inclinaciones homosexuales son objetivamente desordenadas, y en consecuencia es inmoral realizarlas, pero eso no quita que el homosexual como persona merece todo respeto. Nunca debe olvidarse eso: que un ser humano no puede ser caracterizado sólo como “homosexual”; es, ante todo, una persona.

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Written by rsanzcarrera

octubre 22, 2007 at 4:38 pm

Publicado en Catequesis

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