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Archivo para Octubre 25th, 2007

La Iglesia y el Estado (comentario)

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Comentario al caso sobre la Iglesia y el Estado:

Tiene hasta gracia ver al director del Instituto haciendo una ferviente apología de la escuela “neutra”, y comprobar en qué consiste su “neutralidad”. No es difícil comprobar en este caso quién es el que trata de imponer sus convicciones, e incluso forzar las conciencias ajenas, mandando una literatura corrosiva… y pretendiendo que cualquier otra manera de ver las cosas “salga” fuera del —o de “su”— Instituto.
Pretender que la alternativa a su “neutralidad” es la escuela confesional es una falacia. Como también lo es decir que precisamente por ser la sociedad pluralista, la escuela debería ser… de modelo único: la “neutra”. Sería bastante más razonable decir que en una sociedad pluralista, la escuela debería de ser plural.
En el fondo de la cuestión late, por parte del director, una mentalidad socialista, que tiende a identificar “sociedad” con “Estado”, y para la que es el Estado el que debe asumir todo el protagonismo de la sociedad. Iglesia y Estado son sociedades de ámbito distinto: cada una tiene su fin propio, y deben ser independientes. Pero viven en un mismo mundo, en una misma sociedad, y para que se mantenga esa independencia, cada sociedad debe ceñirse a su ámbito. Y el del Estado es el de servir a la sociedad civil: sirve gobernando, no absorbiéndolo todo. Y sirve respetando los derechos de cada uno, sean sociedades o individuos.
Esto se pone de relieve especialmente en la educación —de ahí el tema elegido para el caso—. No consta que el padre de Carlos haya querido convertir el Instituto en un centro confesional, ni que quisiera imponer sus ideas a los demás. Lo que consta es que trataba de impedir que el director aprovechara su posición para imponer las suyas. Y es que la educación compete en primer término a los padres, y sólo en segundo término al Estado. Y el padre de Carlos no sólo habla con derecho de lo que quiere para Carlos, sino que además representa a los padres —al menos, a una mayoría—, que le han elegido para ello. Si ha habido que recurrir a un diario local para que los padres hicieran valer algo que, a fin de cuentas, es su derecho, queda claro quién trata de imponer algo contra derecho —lo cual es violentar—, y quién se limita a hacer valer el suyo. Por supuesto que el padre de Carlos es católico, pero los derechos que intenta hacer prevalecer son los suyos como ciudadano y como padre (y representante de los demás padres). Lo que nadie puede pretender es que actúe al margen de su fe, ya que eso atentaría contra sus derechos más fundamentales. Pretender, como lo hace el director, que esa fe sea algo que sólo afecte a la conciencia, sin trascender de ella, es no saber qué es la fe: una convicción que afecta a la vida entera de la persona —incluida su actuación pública—, y no una simple opinión intrascendente. E, incluso si se tratara de una opinión, no se comprende en virtud de qué se le niega a esa fe lo que se admite para cualquier otra idea en una sociedad libre: el derecho a expresarse libremente, a crear para ello las entidades que se deseen, a convencer, incluso —por medios legítimos— a influir. Precisamente la libertad de una sociedad se caracteriza porque, en vez de imponer, se pretende convencer. Las ideas que al respecto manifiesta ese director convertirían a los cristianos, por serlo, en ciudadanos de segunda, sin derechos que otros podrían disfrutar.
Pero es que también la Iglesia tiene sus derechos, como en la sociedad los tienen, no sólo los individuos aisladamente, sino también las entidades colectivas. Y el mismo atropello que sería encerrar la fe en la conciencia —cuidando de que no asome fuera—, lo sería encerrar a la Iglesia en los templos. La Iglesia tiene derecho, como cualquier entidad respetable, a hacerse oír en la sociedad, a ofrecer su doctrina como desee y mejor le parezca, y a crear para ello la organización que estime oportuna, incluyendo, lógicamente, el crear colegios. Decir que “la religión corresponde a la iglesia (con minúscula: al templo) y la enseñanza al centro docente” es una afirmación que contiene varios desenfoques. El primero se acaba de ver: encerrar a la Iglesia en el templo es una arbitrariedad injusta. El segundo, más sutil, consiste en dar a entender que lo que proporciona la escuela es simplemente “enseñanza”; no lo es: da —o al menos debe dar— educación, que es bastante más. De hecho no puede ser de otro modo, pero reconocerlo acerca más al reconocimiento de los derechos de los padres, puesto que en el mundo actual no pueden ser los principales “enseñantes”, pero sí son los principales educadores. El tercero consiste en separar “religión” de “enseñanza”: la religión queda así, como mucho, en una asignatura aislada que entra “con calzador” —si es que entra— en los planes de estudio, pero no como algo que tenga que ver con las demás disciplinas docentes. En realidad, la visión cristiana del mundo no se muestra sólo en la asignatura de religión, sino en muchas otras. Aquí tenemos un buen ejemplo con la literatura, aunque sea en sentido negativo.
La anécdota en torno al matrimonio nos sitúa ante otro aspecto importante de la relación Iglesia—Estado. ¿Pretende la Iglesia, como algunos piensan, imponer a todos los ciudadanos el modelo de matrimonio religioso? La respuesta es “no”, aunque el tema requiere alguna aclaración. Hay aspectos del matrimonio cristiano que son propios y exclusivos, y sólo pretenden obligar a los cristianos; el ejemplo más claro es el que aquí figura: el “ir a la iglesia”. La Iglesia nunca ha pretendido que el Estado sólo reconozca como tales los matrimonios de los que “han ido a la iglesia”. Pero hay otros aspectos que la Iglesia considera que pertenecen al Derecho Natural —o, si se prefiere decirlo así, que son exigencia de la misma dignidad humana—, y por eso declara —no sería correcto decir “impone”, pues, entre otras cosas, no tiene medios para ello— que deben vincular a todos, y que así lo deben disponer las leyes civiles. El mejor ejemplo de esto es la indisolubilidad, y la subsiguiente negativa al divorcio. Una vez más, por tanto, el director del Instituto atina poco en sus declaraciones (aunque, claro está, queda la posibilidad de que sus palabras escondan una situación más compleja).
Como puede verse en este caso, aunque la Iglesia y el Estado tienen ámbitos diferentes y por tanto deben ser independientes, hay también ámbitos de interés común. Los temas a que alude el caso no son casuales, ya que constituyen precisamente los dos asuntos más importantes de interés común: la enseñanza y el matrimonio. Y en estos temas, así como en otros, la independencia no es obstáculo —al revés, es un presupuesto— para que ambas partes se puedan poner de acuerdo. Y es ésta la mejor solución para resolver los conflictos que puedan surgir y, claro está, para coordinar esfuerzos, ya que ambas partes deben querer el bien de la sociedad y de cada uno de sus componentes.
En el caso estudiado, poco diálogo o entendimiento cabe con personas tan sectarias como el director del Instituto, y entonces no cabe sino intentar hacer valer los derechos, que como ciudadano tiene todo cristiano, por otros medios legítimos. En este sentido, todo lo que podemos decir del padre de Carlos se resume en que es un ejemplo a seguir. Y muestra que es la cobardía de los cristianos la que ha permitido que haya personas que sin verse molestadas hagan una labor tan destructiva desde puestos encumbrados.

Escrito por rsanzcarrera

Octubre 25, 2007 a 2:48 pm

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La Iglesia y el Estado (caso)

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Exposición del caso sobre la Iglesia y el Estado:

El padre de Carlos es el Presidente de la Asociación de Padres del Instituto donde estudia él. Es un buen católico, y son frecuentes sus choques con el Director del centro docente —un agnóstico—, a propósito de la orientación de la enseñanza. El conflicto ha tenido en más de una ocasión carácter personal, por cuanto el Director es también profesor de literatura, y la Asociación de Padres ha pedido en más de una ocasión, a instancias del padre de Carlos, que retirase varios títulos de la lista que pedía como lectura a los alumnos. En alguna ocasión lo consiguió, sobre todo tras aparecer alguna queja en un periódico local sobre el contenido inmoral o anticristiano de un libro.
En el nuevo curso que empezaba, una de las asignaturas de Carlos era Literatura. Para disgusto suyo, vio que la impartía el Director. Pronto comprobó que parecía dispuesto a cargar en él todo lo que sentía hacia su padre. Desde las primeras clases ya se dio cuenta de que cuando empezaba diciendo “hay gente que…”, se iba a referir a continuación a su padre, sin nombrarlo. Y con ese encabezamiento empezó a decir que hay quien quisiera convertir un instituto en una iglesia, cuando la religión corresponde a la iglesia y la enseñanza al centro docente; que hay quien quisiera obligar a todo el mundo a compartir sus creencias, cuando éstas son algo propio de la conciencia de cada cual y no tienen por qué limitar la libertad de los demás; que hay quien quisiera convertir el instituto en un centro confesional, cuando en una sociedad pluralista la escuela debe ser neutra en ese aspecto. Mandó hacer varios trabajos por equipos sobre novelas, y a Carlos le tocó el peor libro, corrosivamente anticristiano.
Los alumnos empezaron a darse cuenta de lo que pasaba y a comentar que “iba a por Carlos”, y empezaron a simpatizar con él. Uno de sus amigos le dijo que “ya verás cómo tarde o temprano aparece «lo suyo»: siempre pasa igual”. A los pocos días, en clase de literatura, con cierto tono de ira contenida el Director empezó a decir, a propósito de una novela, que “hay gente que tiene la hipocresía de pensar que sólo ellos y su grupito, que piensa como ellos, vive decentemente, y cree que sólo están casados ellos porque han ido a la iglesia y los demás son unos adúlteros; pues tendrían que leer un poco mejor su propio evangelio y ver lo del fariseo y el publicano”. En ese momento, su amigo le hizo un gesto a Carlos y le pasó un papelito. Carlos lo desdobló, y leyó la única palabra escrita en él: “apareció”. El profesor lo vio, pidió el papel, y dijo a los dos que esperasen a la salida. Le esperaron, y les vino a decir, indirecta y sutilmente, que sería muy difícil que aprobasen esa asignatura con él.
Carlos volvió abatido a su casa. Hasta entonces no había contado nada de estos incidentes a su padre porque no le hacía gracia tener que recurrir a su protección para resolver sus problemas. Pero ese día fue su padre quien se fijó en cómo estaba, y Carlos, que necesitaba un desahogo, se lo contó todo enseguida. Su padre, después de oírle, dijo sonriendo que era una magnífica ocasión para que su hijo aprendiera a luchar en la vida, y empezó a darle ideas.
Carlos volvió a clase más seguro y decidido. A partir del día siguiente, cada vez que el profesor de literatura decía que “hay gente que…”, Carlos replicaba: “oiga, ¿y no podría ser que…?”, y seguía la respetuosa réplica, acompañada de caras de satisfacción en el alumnado. Había elecciones a delegado; Carlos se presentó, y fue elegido. Por ser el más apoyado por su clase, consiguió ser delegado de todos los alumnos. Al cabo de pocos días, al entrar en el instituto por la mañana encontró un anuncio en el tablón: “por necesidades de organización”, el Director había cambiado la clase a la que impartía la asignatura de literatura.

Tras reflexionar un poco personalmente sobre el caso y para formarte en este punto puede venir bien leerte lo siguiente:

  • Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 1883, 1913-1917, 2234-2246, 2419-2426.

Y finalmente para no alargarnos más en este artículo lee cuando puedas y con calma el siguiente comentario al caso sobre la Iglesia y el Estado (pinchando en este enlace) y me dices tu opinión: ¡Animo!

Escrito por rsanzcarrera

Octubre 25, 2007 a 2:47 pm

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Historia de la Iglesia (comentario)

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Comentario al caso sobre la Historia de la Iglesia:

Dolores y su padre representan la evolución de un pensamiento, que va de un marxismo “ortodoxo”, pasando por una especie de marxismo “light” (son diversos los “apellidos”), hasta el llamado “socialismo liberal”, que no raramente desemboca en un verdadero escepticismo. A veces, a diferencia del caso aquí expuesto, no han hecho falta dos generaciones, sino que todo ese proceso se ha dado en la misma persona. Pero el caso es que se conserva el mismo rechazo hacia la religión. Dolores lo hereda, así como un desconocimiento hacia ésta que acaba por inquietarla, porque se da cuenta de que en realidad habla de lo que no sabe.
A Dolores la han educado con conceptos marxistas. Uno de ellos es que las ideas son un resultado de la configuración social: pura ideología, al servicio de los intereses de clase. El marxismo cae, sobre todo al caer en Rusia, y todo aquello ya es para Dolores “un fósil”. Pero sigue juzgando las cosas con el esquema mental heredado, el único que ha aprendido. Así, lo que se piensa debe ser pura ideología interesada, y por eso la doctrina acaba siendo “ideología al servicio del poder”. Por eso no puede entender que alguien sinceramente ponga su vida al servicio de lo que cree. Al ser eso una “comedura de coco”, en este aspecto no ve distinción entre un mártir y un terrorista, para asombro de Roberto.
Lo que piensa Dolores es un producto típico de una cabeza con una ideología dentro. Ésta, como sucede con las ideologías, proporciona un esquema previo —un prejuicio— en el que debe encajar la realidad. Y eso es lo que hace con la Iglesia y con su historia. No se trata, al estudiar la historia, de ver qué sucedió realmente, sino en ver cómo encajar los episodios en el esquema previo. Si para ello hay que desfigurar algo, se desfigura, aunque desde la ideología se dirá que se “desenmascara”, dando así la apariencia de que es una interpretación inteligente, que no se deja engañar por lo que las cosas parece que son. A la vez, de manera más consciente o más inconsciente, para que encaje con el esquema ideológico se toma de la riqueza de los hechos históricos lo que más conviene. Se toman así por anecdóticos aspectos esenciales, y viceversa: se colocan como centrales sucesos anecdóticos. Es, por ejemplo, el caso de Galileo, y en cierto modo también el de la Inquisición. Tiene bastante razón Ricardo cuando dice que en el fondo habla de lo que era Rusia, porque desde ese esquema —las ideas, las convicciones, como meros instrumentos para lograr o retener el poder—, el esquema que practicó el comunismo (y otras ideologías), juzga a la Iglesia y su doctrina. Y lo único que puede ser eficaz para mostrar a una persona como Dolores que carece de objetividad, no es tanto discutir los puntos concretos que se plantean, sino hacer ver que se juzga la realidad desde un esquema ideológico preestablecido.
Por lo demás, ¿qué nos enseña la historia de la Iglesia? Enseña una historia de santidades en medio de las miserias humanas, algunas en su mismo seno. Y eso sólo tiene una explicación donde entra lo sobrenatural. Enseña que hay quien da su vida por la fe; se dan casos de quien da su vida por otro ideal, pero sólo los mártires mueren perdonando, y eso sólo se explica desde lo sobrenatural. Enseña que ha mantenido su doctrina en medio de la compleja historia humana y ante grandes presiones para que la “adaptara” al gusto de la época —no ocurre sólo en nuestros días—, y eso sería imposible sin la asistencia divina. Enseña que se ha mantenido a lo largo de los siglos, ante constantes intentos de apoderarse de ella, someterla, desfigurarla o simplemente destruirla, y esa resistencia tampoco admite u a explicación puramente humana. Enseña también, por supuesto, que en las civilizaciones cristianas es donde más ha progresado la ciencia. En resumidas cuentas, la historia de la Iglesia es la historia de un milagro. Por eso es de gran ayuda conocerla bien.

Escrito por rsanzcarrera

Octubre 25, 2007 a 2:43 pm

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Historia de la Iglesia (caso)

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Exposición del caso sobre la Historia de la Iglesia:

A Ricardo no le hizo mucha ilusión oír que en Navidades unos tíos suyos iban a pasar casi una semana en la ciudad, y estarían con ellos. Le deshacía algunos planes, y a decir verdad tampoco sus padres parecían muy ilusionados con la visita, sobre todo su padre, probablemente porque el visitante era tío materno de Ricardo. Tenían los tíos una hija de la misma edad de Ricardo, y, como era de esperar, a éste le pidieron que entretuviera a su prima.
No se hablaba mucho en casa de esa rama de la familia, por lo que Ricardo apenas los conocía. Preguntó, y la respuesta de su padre le hizo entender otro de los motivos por los que su visita no era muy deseada: “Mira, tú sabes que comunistas, lo que se dice «comunistas-comunistas», apenas quedan; pues bien, tu tío es uno de ellos. Y de los de antes, los que achacaban a los curas y frailes todos los males habidos y por haber. Por cierto, que ese tema mejor no sacarlo”.
Por fin llegaron los visitantes. Presentaron a Ricardo a su prima, Dolores. Parecía simpática, y Ricardo se propuso averiguar si ella tenía las mismas ideas que su padre. Hablaron, jugaron con un videojuego, y en un momento dado, Ricardo preguntó a su prima si le acompañaba a Misa. —”No, no voy”, fue la respuesta. —”Pero…, ¿nunca?” —”No”. —”¿Cómo así? ¿Piensas lo mismo que tu padre?” —”¿Mi padre? Si es un fósil…” —”¿Qué?” —”Que está más anticuado que un dinosaurio. Pero en alguna cosa tiene razón”. —”¿En qué cosas?” —”En que la Iglesia es intragable. Lo único que han hecho es conservar su poder predicando a todo el mundo que tenían que tragarse lo que ellos dijeran, y si no, palo. Y siempre aliándose con el poder, o consiguiéndolo”. Ricardo se quedó desconcertado: nunca había visto a alguien que dijera eso con tanto convencimiento. Intentó replicar algo, pero en vano. Si se refería a la doctrina, Dolores contestaba que era una ideología al servicio del poder. Si hacía alusión a “tantos santos y mártires como ha habido”, la respuesta era que siempre había gente con el “coco comido” por la ideología, y ahí tenía como ejemplo a los terroristas. “Terroristas”, pensaba Ricardo; “terroristas: está comparando a los terroristas con los mártires, ¡alucina! Ya sólo falta que hable de la Inquisición y Galileo”. Y habló: “control ideológico de la ciencia”, “policía ideológica”, y otros términos parecidos fueron los que oyó Ricardo, que pensaba que hasta entonces había oído “pegas”, pero no “una cabeza al revés” como entonces.
Tras un buen rato de discusión, tuvieron que ir a cenar con los demás. —”¿De qué hablabais con tanto acaloramiento?”, preguntó ingenuamente la madre de Ricardo. —”De nada; de nada importante”, contestó Ricardo. Y entonces tuvo una idea. —”Bueno, sí. Hablábamos de… de Rusia; de lo que era Rusia antes”. —”¡Ah! ¿Y qué era Rusia antes?”, preguntó el padre de Dolores. —”Bueno, ésta —señaló a su prima— lo define muy bien: ideología al servicio del poder, control ideológico de la ciencia, represión policial de cualquier disidencia, y cosas así. Tiene una mentalidad muy independiente”. Dolores intentó protestar, pero la cara de enfado de su padre mostraba que no creía en sus protestas. Cuando, antes de despedirse, volvieron a estar a solas las dos, Dolores, enfadada, se dirigió a su primo: —”¿Por qué has mentido así?” —”Es que en el fondo es verdad. De lo que tú hablabas no era la Iglesia. La Iglesia no es así. Eso es lo que era Rusia, o sitios así. ¿Por qué no te enteras bien, que conoces la Iglesia sólo de oídas, y ya sabes de dónde proceden esas ideas? ¿No sabías que la gente suele proyectar sus propios fallos en los demás? ¡Anda, piénsalo! Y perdona…” Dolores se fue enfadada. Tardo las dio, fue llamando por teléfono: “¿Ricardo? ¿Te importa que vaya un día a verte y hablamos sobre lo de la otra vez…?”

Tras reflexionar un poco personalmente sobre el caso y para formarte en este punto puede venir bien leerte lo siguiente:

  • Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 765, 768, 827-828, 853-854.

Y finalmente para no alargarnos más en este artículo lee cuando puedas y con calma el siguiente comentario al caso sobre la Historia de la Iglesia (pinchando en este enlace) y me dices tu opinión: ¡Animo!

Escrito por rsanzcarrera

Octubre 25, 2007 a 2:42 pm

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La Jerarquía de la Iglesia (comentario)

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Comentario al caso sobre la Jerarquía de la Iglesia:

El presente caso, a decir verdad, no admite demasiados comentarios, porque ya incluye en su planteamiento abundantes comentarios, los del padre de Ramón, y son bastante certeros.
A la Iglesia nunca se la podrá entender si se pierde de vista su carácter sobrenatural. Pretender introducir la democracia en la Iglesia —como en la sociedad civil—, acabaría, por la misma dinámica de la democracia, pretendiendo someter a elección al mismo Jesucristo (¿y cuál sería la alternativa?). Y eso es así porque se sometería a votación el modelo de sociedad que Jesucristo instauró en su Iglesia, su estructura misma. Y Jesucristo es Dios.
Por eso, lo que se pone en tela de juicio es la naturaleza misma de la Iglesia. Lo que es puramente humano es siempre criticable, cambiable, mejorable. Lo que es divino, no lo es. Y en la Iglesia se mezclan las dos cosas, lo humano y lo divino. Aquello es mudable y perfectible, esto no. No se trata de que en la Iglesia no haya nada mejorable, o que no pueda haber —por desgracia, las ha habido— ambiciones de poder o de honor. El problema aquí es que implícitamente se considera que todo es humano: por eso se pretende asimilar a la sociedad civil, sin restricción alguna, y se juzga con criterios con los que se juzga a cualquier otra sociedad. Prueba de ello es el efecto que produce en Ramón: provocan que su fe se tambalee por perder la Iglesia su autoridad. Pero es que, para que la fe sea verdaderamente fe, la autoridad debe ser divina. Si deja de serlo, y es puramente humana, sólo puede pretender una opinión: pretender otra cosa sería pretender una dictadura de las conciencias.
Pero la fe lo que pide es una adhesión a Dios, y por tanto a lo que Dios ha enseñado y establecido, y a quienes actúan como verdaderos portavoces de Dios. ¿Puede alguien arrogarse el título de portavoz de Dios? Si no existiera una asistencia del Espíritu Santo, sería algo muy discutible. Pero la hay, y quien habla en nombre de la Iglesia —en lo que pertenece al depósito de la fe, de conformidad con su cabeza y con su tradición— puede decir que habla en nombre de Dios. Y habla en nombre de la Iglesia quien ocupa alguno de los puestos que Jesucristo estableció y que llevaban consigo la función de enseñar. De ahí viene su autoridad. Y, si se examina lo que Cristo dispuso para Iglesia y a quién designó para que enseñara, se debe concluir que los maestros de la fe son en primer lugar los obispos —con el Papa a la cabeza: por tanto, en armonía (“comunión”) con él—, no los teólogos. Y el teólogo del programa se queja de que no se respeta su opinión, cuando lo que estaba haciendo no era opinar, sino enseñar —tenía una cátedra—. No tiene derecho a quejarse de que los responsables de esa enseñanza —el llamado “Magisterio” por esta razón— declaren que no se ajusta a lo que enseñó Jesucristo y la Iglesia conserva.
Pero, ¿y la sanción? ¿No es injusto sancionar a nadie por “delitos” de opinión? En principio sí lo es, pero hay un límite. Por ejemplo, los Estados suelen castigar la llamada “apología del terrorismo”, que no traspasa el ámbito de la opinión y la expresión de ideas. Pero lo hacen porque es subversivo, porque atenta contra el bien común, porque perjudica —aunque sea indirectamente— a ciudadanos inocentes, porque lo que propugna es un mal grave para la sociedad. La Iglesia es una sociedad de orden espiritual. Pero se pueden trasladar estos calificativos al orden espiritual cuando lo que alguien pretende es subvertir el fundamento mismo de la Iglesia, porque ese fundamento es su fe. Claro está, que también la sanción justa deberá pertenecer, como es aquí el caso, al orden espiritual. Por eso el Derecho Penal de la Iglesia habla de “suspensiones” (de ejercer como clérigo) o de “excomuniones” (se aparta del culto y los sacramentos), y no de cárcel.
En toda sociedad debe existir una autoridad; en caso contrario, se disgrega, es la anarquía. Consciente de ello, Jesucristo quiso que aquéllos designados para transmitir su enseñanza y su gracia, también tuvieran autoridad, pudieran gobernar a la Iglesia. (Es verdad que todos podemos y debemos transmitir su enseñanza, y en cierta medida su gracia, como también lo es que por eso precisamente todos los fieles participan de esa potestad de regir, y pueden ayudar a otros —hacer de buen Pastor—con su ejemplo y su palabra: es el llamado “sacerdocio común” de los bautizados). Por eso fundó una Iglesia con jerarcas, con jerarquía: una Iglesia jerárquica. Y la hizo “piramidal”: hay un vértice, una autoridad suprema, una “monarquía” (“gobierno de uno”), un sucesor de Pedro: el Papa. La jerarquía no está “para” sancionar —está sobre todo para guiar—, pero no podría cumplir bien su cometido si no tuviera ese poder sancionador. No es injusta por tanto esta sanción. Lo que sí sucede es que el programa es tendencioso, como lo sería un programa al que, para invitar a juzgar sobre la justicia de unas penas por robo, no se le ocurriera otra cosa que ir a la cárcel a entrevistar a los ladrones.
De paso, a la vista del caso podemos pensar que es una lástima que el padre de Ramón haya tardado tanto en dedicar a su hijo el tiempo que debería, por ocupado que estuviera. Muestra dos cosas muy positivas: una, que es muy buen educador; y dos, que sabe utilizar bien la televisión.

Escrito por rsanzcarrera

Octubre 25, 2007 a 2:39 pm

Escrito en Catequesis

La Jerarquía de la Iglesia (caso)

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Exposición del caso sobre la Jerarquía de la Iglesia:

En casa de Ramón lo habitual era que durante las comidas estuviera la televisión enchufada. Daban las noticias. Ramón advirtió que cada vez que salía el Papa diciendo algo, no faltaba la coletilla final señalando que había en la Iglesia voces discrepantes. A veces se decía eso sin especificar más, y otras aparecía a continuación uno de los discrepantes, normalmente presentado como teólogo. Cuando el que aparecía en pantalla era un obispo, siempre —o casi siempre—, salía a continuación el discrepante de turno.
Lo comentó en el colegio con sus amigos. —”Normal —le contestó uno—: también cuando sale alguno del gobierno sacan después a uno de la oposición”. —”Sí, pero no sé… Los políticos que salen parecen muy normales, pero éstos tienen pinta de ser un poco «raritos»…” —”¡Anda! Ya estás tú juzgando a la gente por la pinta”. Ramón no dijo nada: sí —pensaba—, la verdad es que no está bien juzgar a la gente por la pinta.
Sin darse mucha cuenta, al pensar en ello despertó su interés, y empezó a fijarse en las noticias relativas a la Iglesia. Leía la sección de religión del periódico. Había que cubrir vacantes en puestos relevantes de la Jerarquía eclesiástica, y las noticias hablaban de “candidaturas conservadoras” y “candidaturas progresistas” —incluso en alguna ocasión de “derechas” e “izquierdas”—, y de presiones de unos y de otros. A Ramón estas cosas le decepcionaban: no era esa la idea que tenía, ni lo que le habían enseñado.
En otra ocasión, la televisión dedicó bastante espacio al hecho de que un profesor de una facultad eclesiástica de teología había sido desposeído de su cátedra porque sus enseñanzas eran contrarias a la fe católica, aunque el locutor no lo dijo así: dijo que era por contradecir a la “línea oficial”. El expulsado se descargó, con cierta amargura, diciendo que era un atropello que conculcaba no sólo el derecho a la libertad de cátedra, sino también el derecho a la libertad de expresión, elemental en cualquier sociedad que no sea una dictadura. Y añadió que pretendían amordazarle con amenazas de suspensión.
A Ramón todo esto le produjo una pequeña crisis. Le daba vueltas a la cabeza pensando si toda la doctrina que había aprendido como sostenida con firmeza en realidad no lo era tanto, y dependía del momento y de quién tuviera las riendas. Le empezaba a parecer atractiva una idea que hasta el momento había oído pero también rechazado: que cada uno “se quedara” con lo que le parecía bien, o le parecía convincente. Al fin y al cabo —pensaba—, con eso es con lo que uno queda si resulta que lo demás es “un montaje”. Estaba preocupado, y su padre se dio cuenta; no se le escapaba una cosa así, sobre todo porque era psiquiatra. Preguntó a Ramón qué pasaba, y éste se lo explicó. —”Ya —contestó su padre—. ¿Y… me acompañarías esta noche a ver un programa?” A Ramón le desconcertó algo esta salida, pero aceptó con gusto: su padre era una persona bastante ocupada, y le encantaba que le prestara esa atención y que le tratara —a diferencia de su madre— como una persona mayor.
Lo entendió cuando vio que el programa consistía en entrevistar al teólogo sancionado, con alguna canción por medio para hacer más llevadero el seguimiento del programa. Defendiendo su postura, dijo que en la Iglesia lo único considerado infalible eran los dogmas, y que por tanto se podía legítimamente discrepar del resto. —”A ver —el padre de Ramón se dirigió a éste—: ¿es verdad que lo único infalible son los dogmas?” —”Sí, ¿no?” —”Y los diez mandamientos, ¿los consideras infalibles?” —”Bueno, pero son dogma, ¿no?” —”Pues no, no lo son. Ahora fíjate bien en el tipo en cuestión, a ver si ves algo raro”. Ramón se fijó: un poco alterado ya parecía, pero lo atribuyó a que debía estar algo resentido, y así lo dijo a su padre. —”Rasgos obsesivos y algún síntoma paranoide. Bueno, eso es mi terreno”. —”¿Quieres decir que está «zumbado»?” —”Hum…, digamos que sería un buen cliente. ¿Y no te sugiere esto nada sobre lo que decías de los periódicos?” —”¿Qué? ¿Que también están «zumbados»?” —”¡No, hombre, no! «Zumbados» no; bueno, a lo mejor alguno sí. Pero…”. —”Ya, pero que hay que ver quién dice las cosas”. —”Eso sí. Hay que ver qué piensa el que las dice porque…” —”Porque a lo mejor te está “colando” su propia visión de las cosas…” —”Sí: su propia visión de las cosas, que puede ser la de quien no tiene fe, o incluso la del que deforma la realidad porque…” —”¿Porque está «zumbado»?” —”Bueno, a veces puede estar «zumbado», como dices tú. Pero me refería a que a veces detrás está la justificación de una vida que quizás no sea…, ¿cómo diría yo?, la más conveniente”. —”Ya, pero la falta de libertad…” —”Vamos a ver. Si ahora tú me vinieras diciendo que no me quieres aceptar a mí como padre ni a tu madre como madre, ¿qué tendría que responderte?” —”Pues… que me busque otra casa”. —”E incluso podría decir que si tan poco te gustamos, quedas libre para buscar otro lugar donde estés a gusto. ¿Entiendes?”
Al acabar el programa, Ramón se dirigió a su padre: —”Oye, se aprenden cosas aquí…” —”Sí…, y creo que no sólo tú”. —”¿Tú también? ¿Y qué has aprendido tú?” —”Pues… que esto hay que repetirlo”, contestó, diciendo con eso lo que su hijo no se había atrevido. —”Y que creo que no compensa tener la tele encendida durante las comidas. ¿A ti qué te parece?” —”¿A mí? Pues que bien, ¿no? Un poco más, y acabo «zumbado»”.

Tras reflexionar un poco personalmente sobre el caso y para formarte en este punto puede venir bien leerte lo siguiente:

  • Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 737-741, 861-862, 874-897, 901-913.

Y finalmente para no alargarnos más en este artículo lee cuando puedas y con calma el siguiente comentario al caso sobre la jerarquía de la Iglesia (pinchando en este enlace) y me dices tu opinión: ¡Animo!

Escrito por rsanzcarrera

Octubre 25, 2007 a 2:39 pm

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La Iglesia (comentario)

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Comentario al caso sobre la Iglesia:

Las ideas que expone Roberto sobre la Iglesia —comparando a las iglesias con los hospitales— están bastante extendidas. Nos encontramos con un planteamiento parecido al que veíamos en el caso de la lección sobre la Revelación. La diferencia es que aquí el ámbito es más restringido: las iglesias cristianas.
Una vez más se comete el error de medir —allí eran las creencias, aquí son las iglesias— en términos de pura utilidad, como un problema de oferta o de gustos. Las diferencias no se reducen a “aplicar técnicas distintas”, sino que son más profundas, y en último extremo consisten en creencias que afectan al modo de ver la vida en sus constitutivos más básicos y profundos: son diferencias de fe. Roberto trata de paliar este aspecto diciendo que todos creen “en lo fundamental” pero no es así en muchos casos. Lo es con los ortodoxos, pero no con los protestantes: en lecciones anteriores hemos podido ver ideas de origen protestante que difieren de la fe católica en puntos fundamentales.
En algunos ambientes protestantes se ha difundido la noción de Iglesia a que se refiere Roberto. Consiste en creer que Jesucristo fundó una Iglesia, que viene a servir como “modelo” o referencia. Las diferentes iglesias vendrían a ser distintos intentos de acercarse al modelo, al ideal. Ninguna alcanzaría el ideal, de forma que lo que más se acercaría a este “ideal” completo sería, no una de las iglesias cristianas en particular, sino el conjunto de todas ellas, que se complementarían entre sí.
La idea es sugestiva y parece despejar obstáculos para el ecumenismo. Pero no concuerda con lo que aparece en el Evangelio. Jesucristo funda una Iglesia: “un solo rebaño, con un solo Pastor” (Jn 10, 16). Los Hechos de los Apóstoles lo confirman: habría sido muy fácil —y parecía solucionar problemas— haber constituido una “iglesia judaizante” y otra “de los gentiles” con carácter complementario, pero todos sus esfuerzos eran en sentido contrario: mantener la unidad, como quería el Señor. Y esa Iglesia no sería “una aproximación”, sino exactamente la que Él quería, porque no sería una pura obra humana, ya que Él la asistiría hasta el final de los tiempos. San Pablo lo explica con más detalle y profundidad: la Iglesia es la Esposa de Cristo —y sólo se desposa a una—, y por ello es su mismo Cuerpo, del que Él es la Cabeza. Y así “sólo hay un cuerpo… sólo un Señor, una fe, un bautismo” (Ef. 4, 4-5). Este carácter determina la plenitud: la santidad, en medios —todos los que quiso Cristo— y en frutos. No podía ser de otra manera si se cuenta con la asistencia divina. Y, si es una, lo es en el tiempo: por tanto, la Iglesia fundada por Jesucristo debe remontarse, sin solución de continuidad, hasta los primeros tiempos, hasta los apóstoles sobre los que fue fundada: el Colegio de los Obispos con el Romano Pontífice como cabeza, sucede al Colegio de los Apóstoles con Pedro como cabeza: “tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia” (Mt 16, 18). Es apostólica, además, porque Todos los miembros de la Iglesia, por su misma vocación bautismal, están llamados por Jesucristo al apostolado (cfr. C.Ig.C., 863). La cuarta característica, o “nota”, figura también en el Evangelio: Jesucristo envió a sus Apóstoles “a todo el mundo” (Mc 16, 15), y por ello la Iglesia es universal sin restricciones ni exclusivismos: es católica.
Por todo eso, la Iglesia afirma que la Iglesia fundada por Jesucristo “subsiste en la Iglesia Católica” (C.Ig.C., n. 820). Esto no significa que ésta contemple a las demás meramente como “rivales”, y menos que vea a sus miembros como “destinados a la condenación”. Reconoce en ellas “muchos elementos de santificación y de verdad”. Por tanto, “el Espíritu de Cristo se sirve de estas Iglesias y comunidades eclesiales como medios de salvación”, pero no se ha de olvidar el motivo de ello: “cuya fuerza viene de la plenitud de gracia y de verdad que Cristo ha confiado a la Iglesia Católica” (C.Ig.C., n. 819). De modo que podemos decir que la Iglesia, “sacramento universal de salvación” (LG, 48), es asumida por Cristo como “instrumento de la unión íntima con Dios y de la unidad de todo el género humano” (LG, 1; cfr. C.Ig.C., 775-776).
¿Qué sucede entonces con el ecumenismo? Es la búsqueda de la unidad perdida, y en este sentido merece nuestra alabanza, nuestra oración y nuestro esfuerzo. Pero si se pretendiera recuperar esta unidad al precio de renunciar a las propias convicciones —”negociando” con ellas para buscar una especie de “término medio” consensuado—, dejaría de ser bueno. En realidad, sería perjudicial para todos, católicos o no, porque estar dispuesto a algo así supondría relativizar la fe misma, traicionando el depósito entregado por Cristo: ya no se dialogaría con alguien que tuviera discrepancias en las convicciones, sino con alguien sin convicciones.
Por último, habría que agregar que la Iglesia, precisamente por la conciencia que tiene de su misión materna respecto a sus fieles y el peligro de indiferentismo o de pérdida de la fe que suponen los matrimonios mixtos, prevé algunas condiciones para su celebración (cfr. C.I.C., cc. 1125 y 1086), sobre todo para garantizar la educación católica de los hijos.

Escrito por rsanzcarrera

Octubre 25, 2007 a 2:32 pm

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La Iglesia (caso)

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Exposición del caso sobre la Iglesia:

El hermano mayor de Natalia, Roberto, había estudiado medicina y, en consonancia con una trayectoria profesional brillante, partió al extranjero para especializarse en un prestigioso hospital. La estancia prevista era de dos años. Por fortuna para la familia, no se olvidaba de ellos, y escribía con frecuencia. Cuando se refirió a que salía con una chica no sorprendió a nadie. Más tarde dijo que se habían hecho novios, y sus padres empezaron a inquietarse: ¿cómo sería la chica? Hicieron todo tipo de preguntas, y parecían más calmados con las respuestas tranquilizadoras de Roberto. Por fin Roberto les dijo lo que hasta ese momento no parecía querer que se supiese: que su novia era protestante.
A sus padres no les gustó, y empezaron a intentar hacerle ver que eso podía ser fuente de problemas, a lo que Roberto contestaba que cada uno era muy respetuoso con las creencias del otro, por lo que no había ningún problema. Las cartas se fueron alargando a fuerza de razonamientos. Los padres le decían que si no se daba cuenta que eran dos maneras de entender la vida. Roberto contestaba que “en el fondo apenas había diferencias” porque los dos creían “en lo fundamental”, y que “había más diferencia entre un buen católico y una mala católica, que entre un buen católico y una buena protestante”. Con esto, parecía dar a entender que su novia era una convencida y practicante protestante. Preguntaron por su familia, y resultó que su padre era pastor protestante. Esto alarmó más a la familia de Natalia.
—”¿Pero es para tanto?”, preguntaba Natalia a su madre, al verla muy agitada. —”Que sí, hija, que sí. Si es que en estas cosas es ella siempre la que se impone. Y si se casan, ¿los hijos qué? Pues que siguen siempre a la madre. Si por lo menos fuese al revés…” —”Ya”, dijo Natalia, con gesto de desagrado al imaginarse ella en una situación así: no era ése el tipo de novio con el que soñaba. Y precisamente el argumento de los hijos fue el que apareció a continuación en las cartas. Ésta fue la réplica: “Creo que, quizás por las circunstancias, tenéis un concepto un tanto estrecho del cristianismo. Nos vendría mucho mejor a todos, católicos o no, si dejáramos de ver a las iglesias como rivales y las viéramos como complementarias. Es como los hospitales: todos vamos a lo mismo, a curar, y entre todos podemos proporcionar una oferta más completa. No siempre aplicamos las mismas técnicas, pero eso no significa que descalifiquemos a quien no trabaja como nosotros, y además aprendemos unos de otros”. Siguieron varias cartas en el mismo tono. Más tarde, Roberto empezó a sondear a sus padres sobre la posibilidad de que fuera a pasar una semana con su familia, acompañado de su novia; debía pensar que eso acabaría por convencer a sus padres. A éstos, ya cansados del asunto, no les pareció mala idea. Así, se concertó la fecha. Cuando se aproximaba, los padres de Natalia se dieron cuenta de un problema, y llamaron a su hija: —”Tú tendrás que enterarte bien de qué piensa y cómo es…” —”¿Yooo…?” —”Aquí eres tú la que sabes inglés, ¿no? Porque lo que es tu padre y yo…”
Natalia empezó a repasar su inglés, y acabó esperando con expectación la llegada de su hermano y su novia. Llegaron en la fecha prevista. La novia de Roberto, Rebeca, se alojó en la misma habitación de Natalia, y pronto comenzaron a conversar. La religión salió a escena, y Natalia no tardó en darse cuenta de que, al menos en este aspecto, la chica era bastante distinta a como la veía su hermano. Pertenecía a un sector protestante bastante hostil a la Iglesia Católica. Calificaba a ésta con términos despectivos: decía que eran arrogantes orgullosos que miran a los demás como destinados a la condenación, que habían puesto a un hombre —al Papa— en el lugar de Jesucristo, y que pretendían imponer una moral agobiante a base de amenazas. A Natalia eso le parecía insultante, y reaccionaba con genio. Le decía que ahí está la Iglesia desde el principio —desde Cristo— manteniendo la misma fe, a lo que Rebeca contestaba que los católicos la habían pervertido, y pretendían descalificar al “verdadero seguimiento de Cristo”. Natalia, ya enfadada, replicó que ella no vivía agobiada, y que estaba muy contenta de encontrar en la Iglesia todo lo que necesitaba para su espíritu; que no entendía esa animadversión hacia la Iglesia católica, salvo que no tuviera la conciencia tan tranquila al respecto y en el fondo tuviera envidia. Esta última afirmación rompió el diálogo entre ambas.
Durante los siguientes días Natalia trató de hacer ver a su hermano lo que pensaba su novia de verdad, pero fue infructuoso. —”Que ya te conozco. Seguro que te has puesto a discutir, ¿a que sí?” Tuvo que reconocer que sí; intentó convencerle de que una cosa era su culpa —que admitía—, y otra las ideas de Rebeca, pero fue inútil.
Faltaba un día para que se marcharan, y Natalia estaba apesadumbrada, pensando que “lo había vuelto a fastidiar todo” por culpa de su carácter. Buscaba una solución para hacer entrar en razón a su hermano, pero concluía que no había nada que hacer. “¡Un momento! —exclamó de repente—, ¿y si…?”
La víspera por la noche, esperaba a Rebeca en su habitación. Natalia, que no cesaba de dar vueltas al asunto, se dirigió a ella y le preguntó: —”Y cuando os caséis, ¿vas a seguir acompañando a Roberto a Misa?” —”¿Y a ti qué te importa?”, fue la fría respuesta. —”No, como me dijo que os acompañáis uno al otro los domingos…, me quedaría más tranquila si me dijeras que seguiréis…” —”Pues no te lo voy a decir”. —”Hija, con lo ecuménica que dice Roberto que eres…”. —”Roberto ha vivido engañado toda su vida”. —”Ya, y ¿no lo estarás engañando un poco dándole esperanzas falsas?” —”¡Déjame en paz!”. —”Sí, pero el pobre…”. —”El pobre, afortunadamente, se está quitando de encima esos horrorosos prejuicios católicos”, contestó, ya traspasado el umbral del enfado. —”¿Prejuiciooos?” —”¡Sí, prejuicios! Y espero no volver a soportar esto más”. —”¿Que nunca volverás a vernos?” —”No, nunca más”. —”¡Ay, qué pena!”. —”¡Mira…!”, dijo Rebeca, ya visiblemente irritada. Natalia la interrumpió, repentinamente: —”¿Y si se hace católico un hijo vuestro? ¿Y si opta por ser católico? ¿Cómo te va a sentar eso?” —”Nunca, ¿me oyes?, nunca será católico un hijo mío”, contestó con una ira contenida, y salió.
A la mañana siguiente, despidiéndose en el aeropuerto, Natalia pudo estar un momento a solas con su hermano, mientras sus padres y Rebeca se entretenían en la consigna. Le contó la conversación pormenorizadamente. Roberto, más callado que de costumbre, se despidió de sus padres y, al poco, partió el avión.
Pasaron varias semanas sin noticias de Roberto, lo que puso nerviosos a sus padres, que tampoco habían conseguido mucha información de Natalia. Un día llegó por fin la carta esperada. Sin dar muchas explicaciones, dijo que había roto con su novia. Tras la firma final añadía unas palabras: “PD. Para Natalia: gracias”. Ella, que dudaba si había hecho bien o no, pareció tranquilizarse. Los padres estaban intrigados por la posdata, intuyendo que tenía que ver con el otro asunto. Se dirigieron a ella: —”Oye, ¿tú qué has hecho?” —”¿Quién? ¿Yo? Nada…”

Tras reflexionar un poco personalmente sobre el caso y para formarte en este punto puede venir bien leerte lo siguiente:

  • Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 748-750, 763-776, 781-798, 811-865.

Y finalmente para no alargarnos más en este artículo lee cuando puedas y con calma el siguiente comentario al caso sobre la Iglesia (pinchando en este enlace) y me dices tu opinión: ¡Animo!


Escrito por rsanzcarrera

Octubre 25, 2007 a 2:32 pm

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