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Propiedades o bienes esenciales del Matrimonio

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1. Sentido de la “esencialidad” de estas propiedades o bienes

El Código de Derecho canónico afirma concisamente que “las propiedades esenciales del matrimonio son la unidad y la indisolubilidad, que en el matrimonio cristiano alcanzan una particular firmeza por razón del sacramento” (CIC c. 1056). Indica de este modo que, las mencionadas son las propiedades —o modos propios de ser— que pertenecen a la esencia del matrimonio y, por tanto, la identifican.

La calificación de esenciales que se da a esas propiedades ha de entenderse, pues, en sentido estricto: no como si significara que son características “muy importantes” en la práctica, y que por eso se proponen como ideales. Se trata de las propiedades que corresponden por naturaleza al vínculo matrimonial, y sin las cuales no se puede dar. Verdaderamente el amor autentico y sereno es el que se prueba y se fortalece en la unidad y la fidelidad de toda una vida. Ese es el ejemplo de tantos matrimonios que han superado mil dificultades y en ellas se han hecho irrompibles y unidos: es el bien más preciado de su vida como cónyuges. Es un bien que se sienten impulsados a celebrar por todo lo alto en sus bodas de Plata y de Oro. Por eso el Catecismo de la Iglesia Católica le llama también “bienes” en este sentido de que son naturales y propios y sin esos Bienes no existiría verdadero matrimonio Los bienes y las exigencias del amor conyugal

CEC 1643. “El amor conyugal comporta una totalidad en la que entran todos los elementos de la persona -reclamo del cuerpo y del instinto, fuerza del sentimiento y de la afectividad, aspiración del espíritu y de la voluntad-; mira una unidad profundamente personal que, más allá de la unión en una sola carne, conduce a no tener más que un corazón y un alma; exige la indisolubilidad y la fidelidad de la donación recíproca definitiva; y se abre a fecundidad. En una palabra: se trata de características normales de todo amor conyugal natural, pero con un significado nuevo que no sólo las purifica y consolida, sino las eleva hasta el punto de hacer de ellas la expresión de valores propiamente cristianos” (FC 13).

No existe un vínculo matrimonial verdadero que no sea, por eso mismo, exclusivo (unidad) y perpetuo (indisolubilidad), que no tenga esta bondad y belleza: este autentico bien.

CEC 1644. El amor de los esposos exige, por su misma naturaleza, la unidad y la indisolubilidad de la comunidad de personas que abarca la vida entera de los esposos: “De manera que ya no son dos sino una sola carne” (Mt 19,6; cf Gn 2,24). “Están llamados a crecer continuamente en su comunión a través de la fidelidad cotidiana a la promesa matrimonial de la recíproca donación total” (FC 19)

En consecuencia, no cabe querer contraer un verdadero matrimonio despojado de alguna de esas propiedades: “las propiedades esenciales, la unidad y la indisolubilidad, se inscriben en el ser mismo del matrimonio, dado que no son de ningún modo leyes extrínsecas a él” ( Juan Pablo II, Discurso a la Rota Romana, 2001, n. 5). Forman parte, en efecto, de la verdad original sobre el matrimonio transmitida en la Sagrada Escritura y en la Tradición; y por eso han sido definidas como doctrina de fe en el Concilio de Trento ( Sess. XXIV (DS, 1797 ss.), y recordadas constantemente por el Magisterio posterior ( Cfr., p. ej., Gaudium et spes, 48).

Pero, además, precisamente por ser naturales, las propiedades esenciales están al alcance de la recta razón, que es capaz de conocer en lo fundamental la verdad del matrimonio, cuando se interroga con buena voluntad ( Cfr. Juan Pablo II, Discurso a la Rota Romana, 2002, n. 3). La pregunta sobre por qué la unión entre varón y mujer —para ser verdadero matrimonio, y no otra cosa— exige exactamente esas propiedades, nos remite a los fundamentos que hemos estudiado: a la verdad de la persona. La dignidad ontológica de la persona es la que exige estas propiedades como integrantes de la dimensión de justicia propia del vínculo conyugal: “solo si se lo considera como una unión que implica a la persona poniendo en juego su estructura relacional natural, que sigue siendo esencialmente la misma durante toda su vida personal, el matrimonio puede situarse por encima de los cambios de la vida, de los esfuerzos e incluso de las crisis que atraviesa a menudo la libertad humana al vivir sus compromisos” ( Juan Pablo II, Discurso a la Rota Romana, 2001, n. 5).

2. La unidad del vínculo conyugal

La unidad implica que el vínculo conyugal solamente puede ser único, es decir, de un varón con una mujer, y no cabe multiplicarlo —ni simultánea ni sucesivamente— mientras el vínculo permanezca: es exclusivo. Esto es consecuencia directa de la verdad del matrimonio, que solo nace por la mutua entrega y aceptación totales de los cónyuges.

En efecto, esa totalidad —que debe ser igualmente plena en el varón y en la mujer, ya que su dignidad personal es igual— no se daría si uno o ambos se reservaran el derecho de entregarse también, en lo conyugal, a otros. No pueden darse en una misma persona dos vínculos de justicia distintos, en la dimensión conyugal, que sean a la vez plenos: al menos uno de ellos no sería conyugal. No es posible ni vivirse como cónyuge por duplicado, ni ser vivido como tal, porque la condición de esposo o esposa, como hemos visto, implica una plena copertenencia con el otro cónyuge. De ahí que la unidad del matrimonio exija la monogamia y la fidelidad ( Cfr. Familiaris consortio, 19).

CEC 1645. “La unidad del matrimonio aparece ampliamente confirmada por la igual dignidad personal que hay que reconocer a la mujer y el varón en el mutuo y pleno amor” (GS 49,2). La poligamia es contraria a esta igual dignidad de uno y otro y al amor conyugal que es único y exclusivo.

3. La indisolubilidad del vínculo conyugal

La indisolubilidad significa que, por la propia naturaleza de la unión matrimonial, los cónyuges quedan vinculados mientras ambos vivan. No es, simplemente, que el matrimonio no pueda disolverse por razones morales o por disposición del Derecho canónico, sino que es indisoluble.

Se trata de una consecuencia directa de la entrega propiamente conyugal entre varón y mujer. Si, por el consentimiento, los cónyuges son una sola carne, la ruptura del vínculo (de la propia carne) se opone a la misma naturaleza (esencia) del matrimonio.

Esa es la conclusión que extrajo Jesús al responder a la cuestión sobre el repudio que le plantearon maliciosamente unos fariseos. Después de recordar el texto del Génesis como fundamento de la verdad del principio, que había quedado oscurecida por la dureza de corazón de los hombres, añadió: “Luego ya no son dos, sino una sola carne. Así pues, lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre” (Mt 19,6).

Es decir, una vez que el consentimiento matrimonial ha desencadenado (ha puesto en acto) entre un varón y una mujer concretos el bien de la unión, la potencia de unión que existe en su misma naturaleza sexuada (naturaleza que remite, en definitiva, al designio de Dios, a la voluntad creadora de Dios que ha querido así la naturaleza y la naturaleza de este matrimonio), ya no depende de la voluntad de los esposos romper y volver a hacer dos lo que es uno: solo la misma naturaleza puede romperlo con la muerte.

No es posible entregarse conyugalmente reservándose el poder de decidir sobre la duración del vínculo. Como hemos señalado, el pacto conyugal hace nacer entre los cónyuges una relación que los vincula en el plano del ser y ser comunión, (el mismo plano en que se sitúan las relaciones directas de parentesco, como la filiación o la maternidad y paternidad). La voluntad de contraer matrimonio consiste en querer, no simplemente “hacer de esposo”, sino “ser esposo”, y las relaciones instauradas en el orden del ser se asientan en la persona y perduran con ella (en rigor, no se puede ser ex-esposo, de modo análogo a como no se puede ser ex-hijo).

Por otra parte, la persona necesariamente existe y se desarrolla durando en el tiempo de modo que la mutua entrega no sería total (no sería matrimonial) si no se entregara también el futuro, comprometiéndolo definitivamente. No cabe una entrega-aceptación total de la persona por un tiempo. (Cfr Familiaris consortio. 11)

La entrega solo del momento presente (o de una sucesión de momentos presentes) no vincula, porque es simplemente un hecho que pasa —no un compromiso— y por tanto no puede constituirse en una relación de justicia, , en un vínculo jurídico como es el matrimonio.

CEC 1646. El amor conyugal exige de los esposos, por su misma naturaleza, una fidelidad inviolable. Esto es consecuencia del don de sí mismos que se hacen mutuamente los esposos. El auténtico amor tiende por sí mismo a ser algo definitivo, no algo pasajero. “Esta íntima unión, en cuanto donación mutua de dos personas, como el bien de los hijos exigen la fidelidad de los cónyuges y urgen su indisoluble unidad” (GS 48,1).

El Catecismo de la Iglesia Católica hace a continuación una serie de afirmaciones fuertes y profundas donde se manifiesta al mismo tiempo la fuerza de la ayuda de Dios, la imposibilidad con las solas fuerzas humanas y la acción esperanzadora y maternal para aquellos casos en los que ha habido o bien una separación de los cónyuges o uno de estos separados ha vuelto a intentar una falsa unión. La sociedad actual –y una manifestación es el tema tan frecuente de la infidelidad en las películas- tiene que superar la tendencia al divorcio, tan trivial en ocasiones, para afirmar la condición natural y propia de un compromiso de por vida, ya que este es el que refleja el verdadero amor:

CEC 1648. Puede parecer difícil, incluso imposible, atarse para toda la vida a un ser humano. Por ello es tanto más importante anunciar la buena nueva de que Dios nos ama con un amor definitivo e irrevocable, de que los esposos participan de este amor, que les conforta y mantiene, y de que por su fidelidad se convierten en testigos del amor fiel de Dios. Los esposos que, con la gracia de Dios, dan este testimonio, con frecuencia en condiciones muy difíciles, merecen la gratitud y el apoyo de la comunidad eclesial (cf FC 20).

CEC 1649. Existen, sin embargo, situaciones en que la convivencia matrimonial se hace prácticamente imposible por razones muy diversas. En tales casos, la Iglesia admite la separación física de los esposos y el fin de la cohabitación. Los esposos no cesan de ser marido y mujer delante de Dios; ni son libres para contraer una nueva unión. En esta situación difícil, la mejor solución sería, si es posible, la reconciliación. La comunidad cristiana está llamada a ayudar a estas personas a vivir cristianamente su situación en la fidelidad al vínculo de su matrimonio que permanece indisoluble (cf FC; 83; CIC, can. 1151-1155).

CEC 1650. Hoy son numerosos en muchos países los católicos que recurren al divorcio según las leyes civiles y que contraen también civilmente una nueva unión. La Iglesia mantiene, por fidelidad a la palabra de Jesucristo (“Quien repudie a su mujer y se case con otra, comete adulterio contra aquella; y si ella repudia a su marido y se casa con otro, comete adulterio”: Mc 10,11-12), que no puede reconocer como válida esta nueva unión, si era válido el primer matrimonio. Si los divorciados se vuelven a casar civilmente, se ponen en una situación que contradice objetivamente a la ley de Dios. Por lo cual no pueden acceder a la comunión eucarística mientras persista esta situación, y por la misma razón no pueden ejercer ciertas responsabilidades eclesiales. La reconciliación mediante el sacramento de la penitencia no puede ser concedida más que aquellos que se arrepientan de haber violado el signo de la Alianza y de la fidelidad a Cristo y que se comprometan a vivir en total continencia.

CEC 1651. Respecto a los cristianos que viven en esta situación y que con frecuencia conservan la fe y desean educar cristianamente a sus hijos, los sacerdotes y toda la comunidad deben dar prueba de una atenta solicitud, a fin de aquellos no se consideren como separados de la Iglesia, de cuya vida pueden y deben participar en cuanto bautizados:

Se les exhorte a escuchar la Palabra de Dios, a frecuentar el sacrificio de la misa, a perseverar en la oración, a incrementar las obras de caridad y las iniciativas de la comunidad en favor de la justicia, a educar sus hijos en la fe cristiana, a cultivar el espíritu y las obras de penitencia para implorar de este modo, día a día, la gracia de Dios (FC 84).

 

Pienso que, precisamente para ayudar a algunos esposos que sin llegar a estas situaciónes tan extremas, pudieran tener problemas difíciles de comunicación y convivencia, les podría venir bien leer el libro del psicólogo Paulino Castells Fidelidad conyugal, en el cual hace una reflexión y acercamiento al fenómeno de la fidelidad de la pareja y su enorme repercusión en la persona misma, en la familia y en la sociedad.

 

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Written by rsanzcarrera

octubre 28, 2007 a 7:37 pm

Publicado en Familia

Una respuesta

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  1. bbbbuuueeeennnooo esta chido excelent

    jenyfer l

    junio 30, 2009 at 9:47 pm


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