Archivo para Octubre 31st, 2007
El Sacramento del Matrimonio (comentario)
Comentario al caso sobre el Sacramento del Matrimonio:
En este caso vemos enfrentados el concepto de matrimonio y lo que podríamos llamar un “sucedáneo” de éste, algo que conserva cierta apariencia de un producto auténtico, pero que no lo es e intenta pasar por bueno a la sombra de lo auténtico. Se podrá decir que el ejemplo está bastante llevado al extremo, pero no es tan infrecuente, y además es a donde tienden a parar las falsificaciones del matrimonio.
Una primera aproximación a la noción de matrimonio es definir éste como la unión con la que se crea una familia. Como se ve en el caso, nadie —ni el mismo Agustín— piensa que lo que vive en ese apartamento sea una verdadera familia. Puede deducirse así que no puede considerarse un verdadero matrimonio.
La misma definición empleada deja ver que la palabra “matrimonio” puede emplearse en un doble sentido: como el acto que hace efectiva la unión —”contraer matrimonio”—, y como la institución o situación que éste genera —”X e Y son un matrimonio”—. Tratándose de seres humanos, el primero sólo puede realizarse por una mutua declaración de voluntad: es un contrato. Pero no todo “contrato de convivencia” es un matrimonio: lo es sólo el que da lugar a una familia. Y como la familia es algo natural, sus rasgos esenciales vienen dados por naturaleza, el contenido esencial de ese contrato es algo que no puede disponerse a voluntad, sino que viene naturalmente dado. Con esta aclaración se puede entender que el razonamiento de Agustín cuando dice que “entiende que se unen por su voluntad” tiene bastante de sofisma: una cosa es contratar voluntariamente, y otra muy distinta fijar las condiciones del contrato a voluntad. En casi todos los contratos ambas cosas equivalen; en éste, no. Entonces, ¿la naturaleza coarta la libertad? Los términos de la pregunta son un tanto equívocos. Desde luego, la limita, pero no por imposición, sino más bien porque es la naturaleza de un ser limitado. Por eso, violentar la naturaleza, aunque sea en nombre de la libertad, es dañar al ser mismo. No se “supera” la naturaleza: se daña. Es, objetivamente, un mal. En este caso tenemos un buen ejemplo.
Si la primera parte del razonamiento de Agustín no se ajusta a lo que es al matrimonio, la segunda —que pueda rescindirse a voluntad— tampoco se sostiene bien. Si la familia es algo estable por naturaleza, no puede romperse por la voluntad. Sólo la misma naturaleza puede disolver un matrimonio, lo que sucede al morir uno de los cónyuges. Pero el vínculo no se rompe por ninguna otra causa. Es cierto que a veces se hace imposible la convivencia familiar, y pueden separarse —en casos extremos, puede hasta ser un deber hacerlo—. Pero la convivencia de hecho no se identifica con el vínculo de derecho: éste es firme por naturaleza, aunque se malogre su puesta en práctica por las debilidades humanas. Por otra parte, conviene conocer bien la vida. Las palabras de Agustín cuando alude a la posibilidad de que la unión “no resulte”, no por ser frecuentes dejan de ser algo engañosas al utilizar el verbo de modo impersonal. No suelen ser las circunstancias adversas —que en un momento u otro nunca faltan a nadie— lo que malogra la convivencia familiar, sino más bien los egoísmos personales que se ponen de manifiesto cuando surgen esas circunstancias. En las separaciones y divorcios la culpa puede estar repartida entre los cónyuges en proporciones diversas, pero lo habitual es que esa culpa exista.
Nótese bien que toda esta argumentación parte de la naturaleza, no de la fe (que no deja de confirmar, claro está, lo que exige la naturaleza). El “no” al divorcio no es un asunto exclusivamente cristiano, ni un intento de imponer una forma religiosa de matrimonio a todos, creyentes o no. Es algo que puede no ser fácil de entender —por eso a los cristianos nos viene aquí muy bien la confirmación que hace la Revelación de las características naturales del matrimonio—, pero debe quedar claro que los cristianos hablamos aquí en nombre del Derecho Natural. Admitir un vínculo matrimonial soluble daña a las personas y a la sociedad. Y, si es verdad que puede ser difícil de comprender en sí, no lo resulta tanto ver sus consecuencias: el daño que ha producido esa permisividad es bastante visible para quien quiera verlo.
La estabilidad del matrimonio descarta asimismo cualquier tipo de “matrimonio a prueba”. O hay matrimonio —y éste es como es—, o simplemente no lo hay. ¿Pero en algo tan serio no es muy conveniente conocerse bien previamente? Lo es, y eso se llama “noviazgo”. Lo sensato es tenerlo, y conocer bien a la persona con quien se pretende compartir la vida antes de que llegue un enamoramiento “ciego”. Y lo insensato pretender que, buscando sólo lo agradable de la unión, se asegure la estabilidad futura. Y, además, como señalábamos antes, es asimismo insensato pretender quitarse de encima la responsabilidad pensando que la estabilidad dependa de las circunstancias o de una especie de “complementariedad” fortuita. Dependerá más bien del espíritu de sacrificio con que se avale la autenticidad del amor.
Cuando hay un contrato y dos partes contratantes no puede faltar la virtud que inclina a dar a cada parte lo que le corresponde: la justicia. La justicia exige en primer lugar que sólo quepa matrimonio de “uno con una”. Si hombre y mujer tienen la misma dignidad, en ningún caso puede haber desequilibrio entre lo dado y lo recibido. El amor postula también esa exclusividad. Es por tanto una propiedad del matrimonio llamada “unidad”. Y esa exclusividad no sólo excluye casarse con una tercera persona, sino también, como es lógico, otorgarle cosas que son debidas sólo al cónyuge. Se trata del deber de fidelidad. Lo que se otorgan hombre y mujer al casarse, por la naturaleza contractual del matrimonio, se convierten en derechos de uno sobre el otro, el más específico de los cuales —aunque no el único— es sobre su sexualidad. Por eso el adulterio es un pecado que no sólo atenta contra la castidad, sino también contra la justicia. Por eso dentro de un matrimonio ninguno tiene derecho a una “vida sexual independiente”, ni aunque así haya sido pactado: los derechos fundamentales de las personas son indisponibles, y el hecho de que haya un pacto de ese tipo no impide que se viole un derecho de este tipo. Sería algo análogo a un contrato de esclavitud: por atentar contra la dignidad de la persona, sería inmoral tanto proponer un contrato de este tipo como aceptarlo.
Los órganos sexuales constituyen lo que en biología se denomina “aparato reproductivo”. La diversidad sexual tiene como fin natural la reproducción —de la especie: por eso no es una obligación casarse para todo individuo, basta con que lo haga la mayoría—, y ésta no se limita estrictamente a engendrar, sino también a lo que podría llamarse “crianza”. Ésta, en los humanos, es particularmente prolongada y conforme con su naturaleza espiritual: necesita un clima moral y afectivo propicio. De ahí la exigencia natural de la familia y de su estabilidad. No cabe disociar familia y reproducción. Por eso el matrimonio puede denominarse un “contrato sexual”, y por ello sólo pueda ser contraído —técnicamente se diría que sólo son “sujetos hábiles”— entre un hombre y una mujer. No quiere eso decir que no hay matrimonio hasta que no hay hijos. Pero sí quiere decir que desde el primer momento, por su carácter sexual, tiende a los hijos. La generación —y posterior crianza: educación— de los hijos es fin específico del matrimonio. Si se excluye de la intención al contraer se habría prestado consentimiento a un contrato que no sería el matrimonial, y por tanto el matrimonio sería nulo.
La naturaleza espiritual del hombre también se pone de relieve en su comportamiento reproductivo. No es el instinto el que en último término une a hombre y mujer, sino la voluntad. Y ésta debe ser regida por la razón. Lo cual se traduce en que los matrimonios deben decidir prudentemente sobre su descendencia: es la llamada “paternidad responsable”. Decisión prudente no significa arbitrariedad, ni lo prudente es lo pasivo o lo cómodo. En la familia, precisamente por estar regida por el amor, es donde más se pueden pedir virtudes como el espíritu de sacrificio y la generosidad. En el caso estudiado, si Inmaculada y Agustín hubieran estado verdaderamente casados, el deseo de la primera de esperar un poco hasta acabar la carrera para tener un hijo podría ser prudente y manifestar una “paternidad responsable”; pero la postura del segundo sólo podría calificarse de egoísmo irresponsable. Y es ese egoísmo el principal responsable de la caída de la natalidad que observamos en nuestra sociedad.
Sin embargo, la vieja máxima moral de que el fin no justifica los medios conviene recordarla particularmente en este terreno. La decisión, aunque sea responsable, de retrasar un nacimiento no justifica el que, como dice Inmaculada, se haga para evitarlo “de todo”, aludiendo implícitamente a conductas que desvirtúan la unión sexual. Éstas, incluidas las que la hacen artificialmente infecundo, son inmorales: suponen violentar la naturaleza —en este caso la naturaleza de la unión sexual, lo que éste debe ser por naturaleza—, y eso siempre está mal, es un pecado. Eso no quiere decir que mientras haya causas serias que hagan prudente posponer la llegada de un nuevo hijo los cónyuges deban renunciar a tener vida sexual: pueden hacerlo —mantienen así la afectividad conyugal— utilizando para ello los periodos naturales de infecundidad: son los llamados “métodos naturales de regulación de la natalidad”. De esa diferencia de valoración moral entre una y otra cosa se dan cuenta las personas, aunque haya quien esté empeñado en pretender que no sea así. En el peor de los casos, como es el caso de Inmaculada debido a su muy escasa formación, carencia de familia y malos ejemplos, se dan cuenta de que lo inmoral “no está bien”, aunque no sepan explicar muy bien por qué.
Hasta el momento no se ha mencionado el sacramento. Pero, implícitamente, sí se ha tratado de él, porque es este mismo matrimonio del que venimos tratando el que es un sacramento. El sacramento no es algo que se añada al matrimonio: es el mismo matrimonio el que para los bautizados es sacramento. Lo que se añaden son los efectos sacramentales al matrimonio. Se recibe gracia santificante —se aumenta: es sacramento de vivos—, y gracia sacramental que, lógicamente, se referirá al cumplimiento de los deberes familiares en todos sus aspectos. Se da también una nueva dimensión a los fines del matrimonio: propagan la Iglesia, no sólo la especie humana, y son, por mandato eclesial (podría llamárselo “misión eclesial”), los educadores en la fe de sus hijos.
Hay un aspecto del matrimonio que conviene explicar, para poder entender lo que sigue. El matrimonio, como inicio de la familia, no interesa sólo a los contrayentes, sino también a la sociedad entera, ya que, en último término, la estabilidad y la paz de la sociedad depende mucho de la estabilidad y la paz de las familias. Esta sociedad es la sociedad civil, pero algo análogo puede decirse de la Iglesia. Por eso las dos sociedades, cada una en su ámbito, tienen derecho a legislar sobre el matrimonio. Y entre esta legislación, por el interés público y la llamada seguridad jurídica (certeza y constancia pública del contrato y de que se cumplen los requisitos, sobre todo), está el establecimiento de una forma, como por otra parte sucede con los contratos más importantes. Sin ella, el contrato no es válido. El principal motivo de que deba cumplirse una ceremonia eclesiástica no es tanto la necesidad de celebrar el sacramento en una iglesia (es más bien un fundamento: como corresponde a la Iglesia regular la celebración de los sacramentos, puede exigir estos requisitos), sino la exigencia de esa solemnidad y publicidad por el interés público (hay algún argumento más de conveniencia). Por poder, si no existiera esa legislación bastaría que los contrayentes manifestaran su consentimiento entre ellos mismos para casarse válidamente. Esto es así porque en este sacramento los ministros son los mismos contrayentes —uno del otro—, y no el sacerdote: este hace de “testigo oficial” de la Iglesia —necesario en situaciones ordinarias—, pero nada más: por eso, lo correcto es decir que “bendice la unión”, no que “los casa”. Con todo esto, ya se ve que no tiene razón Agustín cuando dice que la ceremonia es un “mero trámite”. Claro que no es extraño que piense eso desde su mentalidad insolidaria, que no sabe ver un interés más amplio que el suyo.
¿Pero no tiene razón en querer que casarse “por lo civil” si es verdad que no pisa una iglesia? ¿No es, como él dice, una pantomima? ¿No saca las cosas de sitio su padre? La respuesta es que Agustín tampoco aquí tiene la razón. Si antes señalábamos que es el mismo matrimonio el que entre bautizados es sacramento, no es difícil deducir, a sensu contrario, que si no hay sacramento tampoco hay matrimonio. Por eso es verdad que lo que pretende en este caso “no es matrimonio ni es nada”. Quizás su padre debería haberlo dicho más calmadamente, aunque no es sorprendente que se enfade cuando se da cuenta de que lo que estaba haciendo su hijo era chantajearle. Aún así, ¿no es intolerante al decirle que nadie de la familia asistiría a la “boda”? No, porque asistir a una boda es algo más que respetar una decisión: es otorgar un reconocimiento público. Y no se debe otorgar a algo que no pasa de ser un concubinato, o, si se quiere así, un “concubinato formalizado”. ¿Pero no es poco caritativo hacerle a alguien el vacío de ese modo? Disgusta, qué duda cabe, pero la caridad debe mover, por encima de todo, a buscar el bien para las personas, y respaldar una situación de ese tipo es ayudar a alguien a que “se instale” en una situación de permanente inmoralidad, lo cual no es precisamente la ayuda que necesita. No se trata de que los padres deban “cortar con el hijo” —si lo hacen, posiblemente se daba más al orgullo herido que a ninguna otra cosa—, sino que deben intentar por su bien que enderece una situación lamentable como ésta. No es falta de caridad, aunque de entrada duela, como no lo era aplicar a ese mismo hijo, cuando era pequeño, agua oxigenada sobre una raspadura: escocía, pero era lo que curaba. ¿Y no podría ocurrir que su asistencia evitara males mayores? Sí que podría ocurrir, y en ese caso —sólo en ese caso— habría que hacerlo, aunque habría que dejar bien claro a todos que con esa asistencia no se pretende reconocer esa unión.
La pregunta de Estefanía sobre si de verdad se puede vivir lo que la Iglesia enseña sobre el matrimonio es comprensible. Si se conoce bien la vida se concluye pronto que ésta tiene muy poco que ver con una novela rosa. La misma Inmaculada había tenido sus dudas sobre esto. Y es que, desde luego, si alguien tratara de presentarlo como una novela rosa, más que formar, deformaría a quien le oyera. La realidad es que es, efectivamente, muy bonito, pero con la belleza de lo que sabe superar dificultades, que no faltan. Si la Iglesia presenta el matrimonio cristiano como vocación y camino de santidad, implícitamente está diciendo que requerirá el heroísmo. Y con lo fácil no cabe heroísmo alguno. Pero precisamente por esto el matrimonio es un sacramento: es necesaria la gracia a los esposos cristianos para que puedan vivir cristianamente su matrimonio.
Por otra parte, el caso enseña cómo ayudando a los demás se ayuda uno a sí mismo. Para aprender no hay nada como enseñar, y no digamos cuando se trata de la fe, que se refuerza con el apostolado. Lo mismo cabe decir de la madurez que ha conseguido al asumir responsabilidades y ayudar a su amiga a madurar y encauzar correctamente su vida. Se ha portado muy bien: ha sabido ser comprensiva, ser paciente cuando hacía falta ser paciente, ser fuerte cuando ha hecho falta serlo, ser prudente, y tener una cabeza y un corazón cristiano. Claro que en esta vida, por santo que sea uno, siempre asoma algún defecto: ¡esa manía de arrimar la oreja a las rendijas para oír conversaciones ajenas…!
El Sacramento del Matrimonio (caso)
Exposición del caso sobre el Sacramento del Matrimonio:
A Inmaculada le cayó bien desde el primer momento la novia de su hermano Agustín, Estefanía, cuando la conoció en su casa. Tenía 20 años, sólo uno más que ella. Con quien no se llevaba tan bien era con su hermano: pensaba que “sólo iba a lo suyo”, y era antipático y frío, al menos con ella. Agustín había empezado a trabajar, tras haber terminado su carrera.
Un día Inmaculada se encontró a su madre llorando. Preguntó qué pasaba, y su madre contestó que su hermano se iba a vivir a un apartamento con su novia, sin casarse. Al parecer, todo intento de pararle había resultado inútil. Y, efectivamente, al cabo de unos días se fue.
Pasaron varios meses sin noticias de su hermano, e Inmaculada, a quien preocupaba la situación y el sufrimiento de sus padres, se preguntaba si ella podía hacer algo. Uno de los pocos días que oyó a sus padres hablar de esto, notó que tendían a echar la culpa a la chica: ella “le habría metido esas ideas”, “se lo había llevado”, etc. Inmaculada no dijo nada, pero de entrada le pareció injusto. Y entonces resolvió buscar a Estefanía y hablar con ella. La encontró en la Universidad, se saludaron cordialmente, y cuando le dijo que quería que hablasen, Estefanía la invitó a comer unos días más tarde, aprovechando que Agustín estaba de viaje profesional.
Inmaculada acudió a la cita, y vio el pequeño apartamento, instalado con gusto aunque con cierto desorden. Cuando empezaron a hablar, Inmaculada preguntó si pensaban casarse. Estefanía contestó que si de ella dependiera lo haría, pero que lo que quería él era ver primero “si lo nuestro funciona”. —”¿Y si tenéis un hijo?” —”No. No quiere. En eso es terminante: si me empeño, él se va. La verdad es que hasta que no acabe la carrera yo tampoco tengo muchas ganas”. —”¿Y después?” —”Después a mí sí me gustaría, pero a él no sé: dice que «ya veremos», y no quiere hablar más. Yo no le puedo cambiar, ya sabes tú cómo es”. Siguieron hablando. Inmaculada pensaba que Estefanía era “buena persona”, y que podía ser interesante cultivar lo que entendía claramente que podía ser una verdadera amistad. Propuso que se siguieran viendo, y Estefanía aceptó encantada. No dijeron nada al respecto, pero ambas entendieron que era mejor que no se enterase su hermano. Inmaculada tampoco dijo nada a su padres, porque pensaba que se enfadarían. Aprovechando viajes de Agustín, las dos chicas se citaban.
Meses después, apareció Agustín en casa de sus padres, diciendo que quería hablar con ellos a solas. Inmaculada no pudo resistir la tentación de poner el oído en la rendija de la puerta, y escuchó la conversación. Agustín necesitaba un aval para adquirir un piso —el apartamento actual era alquilado—, y, amablemente —a ella le pareció que cínicamente— ofrecía a cambio casarse. Parecía que iba la cosa bien, cuando Agustín tuvo que admitir que iba a ser “por lo civil”. Su padre le pidió explicaciones, y él dijo que no valía la pena discutir por una cuestión de trámites, ya que una ceremonia era un trámite; y que le parecía hipócrita ir a una iglesia a casarse cuando él no pisaba una iglesia: —”Es aparentar lo que no eres”. Su padre se enfureció: dijo que él no se prestaba a “esa pantomima”, que eso “ni es boda ni nada”. —”¿Por qué no? Haces lo mismo, pero en otro lado”. No quería entrar en discusiones su padre, y prácticamente le echó, no sin decirle que nadie de la familia asistiría al juzgado.
Cuando al cabo de unos días Inmaculada y Estefanía pudieron verse, aquélla contó la conversación con su padre a ésta. Estefanía dijo que el verdadero motivo por el que no quería casarse “por la Iglesia” era que no se podía rescindir. Entendía que se unían por su voluntad, y a voluntad podían dejarlo “si no resultaba”. Incluso, si una pareja así lo acordaba, podían tener su “vida sexual independiente”. Volvió a salir el tema de los hijos. —”Sigue igual”, dijo Estefanía. Ya tenían confianza entre sí, e Inmaculada preguntó: —”Pero, ¿qué haces…?” —”Te lo puedes imaginar. De todo”, contestó con un tono de suspiro. Inmaculada preguntó si se daba cuenta de que todo eso era inmoral. Resultó que sí se daba cuenta de que no estaba bien, aunque tampoco sabía muy bien por qué. Su familia se había roto, ella había vivido desde pequeña con unos tíos al irse su madre “a rehacer su vida”. En cuanto a su formación cristiana, no había hecho ni la primera comunión. —”¿Pero tú eres feliz así?”, acabó preguntando Inmaculada. —”Es lo que tengo…”, respondió Estefanía, con una mirada que parecía pedir comprensión.
Cuanto más pensaba Inmaculada en todo esto, más pena le daba Estefanía. Ya no se trataba solamente de sus padres, la quería como una amiga de verdad. Le propuso ir enseñándole el catecismo, y aceptó. Pudo ir comprobando que se interesaba, y hacía preguntas bastante inteligentes. —”Tienes suerte de que te hayan enseñado todo eso”, dijo alguna vez. Se sorprendió de que el matrimonio fuera un sacramento, y cuando le explicó la doctrina sobre la familia comentó que “es bonito, ¿pero de verdad se puede vivir eso?”. Inmaculada contestó que sí, tan resueltamente que se quedó ella misma sorprendida: ella se había preguntado alguna vez lo mismo, y dudaba un poco, pensando que “a lo mejor me están colando una novela rosa”.
Tras pensarlo bastante, Inmaculada llegó un día a la conclusión de que Estefanía ya estaba más preparada y ella estaba asqueada de la situación de su amiga. Fue a verla. Le preguntó que si de verdad deseaba llegar a tener su familia. Ante la respuesta afirmativa, continuó: —”Y dime la verdad, ¿esto que tienes de verdad es una familia?” —”No mucho, ¿verdad?” —”Y ése —prosiguió, sin querer llamarle por su nombre— no va a querer tener un hijo nunca, a estas alturas ya te has tenido que dar cuenta, ¿no?” —”No lo sé…” —”Se está aprovechando de ti, te está explotando, y cuando se canse de ti te dejará tirada, ¿es que no te das cuenta?” —”¿Y qué quieres que haga?” —”¡Irte de aquí! ¡Buscar un novio de verdad! ¡Y arreglar tu vida, y casarte…!” —”Inma, es tu hermano”. —”Y tú eres mi amiga”. —”¿Y a dónde voy a ir?” —”Bueno, te estaba buscando algo. Creo que puedo encontrar algo baratito, una habitación para estudiantes en una familia, y de paso te enteras de lo que es eso. Déjame unos días, y te lo consigo”. Estefanía se quedó pensativa. —”Inma —dijo al cabo de un rato—, creía que la gente como tú no existía”. Inmaculada se echó a reír. —”Alguna queda”, dijo antes de despedirse.
Decidieron días más tarde no dar más aviso de que se iba que una carta que quedaría en el apartamento. Inmaculada trajo el coche de su madre, e hicieron el traslado. Pensaba, y así lo dijo a su amiga, que ella por su parte estaba aturdida de lo que había sido capaz de hacer, y además de enseñar había aprendido mucho. Era, decía, “como si se hubiese hecho mayor de repente”, y conceptos como amistad, familia, amor y otros, habían cobrado nuevo significado. “¡Si es que antes era imbécil, de verdad!”, le decía a una Estefanía a la que se notaba un poco asustada, pero liberada de un buen peso y con ganas de encontrar el modo de devolver la ayuda que había recibido.
Tras reflexionar un poco personalmente sobre el caso y para formarte en este punto puede venir bien leerte lo siguiente:
Y finalmente para no alargarnos más en este artículo lee cuando puedas y con calma el siguiente comentario al caso sobre el sacramento del Matrimonio (pinchando en este enlace) y me dices tu opinión: ¡Animo!
El Sacramento del Orden Sacerdotal (comentario)
Comentario al caso sobre el sacramento del Orden Sacerdotal:
Aunque los términos suenen parecido, no es lo mismo cumplir una función que ser un funcionario. El sacerdocio cumple una función en la Iglesia, que le da su razón de ser. No es una necesidad para ningún individuo: lo es para la Iglesia que, para cumplir su misión, necesita que el sacerdocio de Cristo se perpetúe en la tierra, con su potestad espiritual. Ésta es la función. Puede verse en los Evangelios, ya que Jesucristo instituye este sacramento confiriendo estas potestades. No instituye este sacramento de un modo separado de los demás: al instituir éstos otorga a un grupo de sus discípulos —los apóstoles— el poder de conferirlos y administrarlos. No es difícil de advertir cuando se leen los textos de la institución de la Penitencia y la Eucaristía.
Por otra parte, también es fácil de apreciar que la potestad que Jesucristo transmite a ese grupo elegido de discípulos no es sólo sacramental. Abarca otros dos aspectos: la enseñanza de la doctrina —enseñar con autoridad— y el gobierno de la Iglesia que funda. Hay abundancia de palabras del Señor en los Evangelios que lo confirman. Así, queda configurada la llamada “triple potestad” (podría hablarse de la “triple función”) que abarca el sacerdocio: enseñar, santificar, regir.
Pero eso no identifica al sacerdote con la figura de un funcionario. No es que ser funcionario sea algo malo, sino que el sacerdocio es algo más que eso. A esta condición ha quedado reducido en ámbitos protestantes: funcionarios del culto (predicación incluida), o sea, funcionarios eclesiales a cargo de un templo. La Iglesia Católica no puede aceptar esto. De acuerdo con su doctrina, el sacerdocio es una participación, conferida por un sacramento, del sacerdocio de Cristo y por tanto de su misión como Cabeza de la Iglesia, y por tanto debe ser vivido de modo semejante a como Cristo vivió el suyo: no limitándose a oficiar un culto, sino poniendo la vida entera al servicio de esa misión. Estamos en las antípodas de una “estructura de poder”; más bien se trata de una “estructura de servicio”, incluido el gobierno de la Iglesia, ya que cuando se entiende y se vive correctamente el gobierno es un servicio a la comunidad. Este rasgo esencial del sacerdocio es el fundamento de todas las demás cuestiones planteadas aquí.
La primera de estas cuestiones es la vocación. Vocación significa en primer lugar que el sacerdocio está destinado a aquellos que “son llamados” para ello, como sucedió con los Apóstoles, que fueron tales por ser llamados por Jesucristo. Esto quiere decir que no puede nunca invocarse un derecho al sacerdocio. Hay que entender además el significado de “vocación”. En la Sagrada Escritura se pone de manifiesto que consiste más en una llamada “desde fuera” —por parte de Dios, aunque con frecuencia por medio de mediadores—, que en algo que el interesado pudiera “sentir”. Son una serie de circunstancias, también subjetivas, las que deben ser apreciadas para poder concluir que existe una verdadera vocación al sacerdocio, pero la más decisiva es precisamente el hecho de ser llamado “desde fuera”, por la autoridad eclesiástica, que debe juzgar sobre la idoneidad del interesado. Marcelino y sus amigos —así como la llamada “teóloga”— tienen una visión bastante superficial de lo que es una vocación. No es que se deba despreciar el “sentir algo”: puede tratarse del inicio de una vocación, pero nada más.
La noción correcta de vocación nos permite tratar sobre el sujeto de este sacramento, y en concreto sobre la limitación de éste al varón, excluyendo a la mujer. No se trata de un problema de discriminación, ni de desigualdad de derechos —ya hemos visto que ningún hombre puede esgrimir un supuesto derecho al sacerdocio—, ni de pensar que la mujer esté menos dotada para la tarea sacerdotal. Es una cuestión de vocación: Jesucristo sólo llamó al sacerdocio a varones. Y desde el principio la Iglesia ha entendido que ésa era la voluntad permanente de Dios, que a fin de cuentas es el que llama. ¿Y no podría haberse tratado de una concesión a la mentalidad de la época? No, ya que cuando era necesario romper moldes, así se hizo (aparte de que no era algo tan ajeno a la época: bastantes cultos paganos tenían sacerdotisas). ¿Y por qué lo quiso así Cristo? Es una cuestión secundaria respecto a la anterior, en cuya respuesta hay una menor certeza. Pero lo que parece ser la respuesta más adecuada es que es porque al ser el sacerdocio una configuración con Cristo que abarca incluso algún aspecto corporal —piénsese en las palabras de la Consagración en la Eucaristía—, y ser Jesucristo varón, conviene que el sacerdote también lo sea.
Parecida cuestión a contemplar al sacerdote como “funcionario” es verlo como un “especialista”. Lo es, por supuesto, pero la cuestión es si es sólo eso o es algo más. Ya hemos visto que es algo más: es una persona consagrada para dedicar su vida entera a su misión. Esto le hace vivir entre los hombres: a ellos es a quienes tiene que servir. Pero también hace que no sea “uno más”, al menos en el sentido habitual del término. No se trata tanto de que se “separa” como de que se “distingue”. Y como esta distinción tiene como fin el servicio, conviene que se exteriorice: de ahí la conveniencia de vestir un traje propio. No es algo ajeno a este mundo: en muchas profesiones con carácter de servicio público, se viste uniforme cuando se trabaja. Aquí la peculiaridad principal es que el sacerdote está de servicio siempre. Esa necesaria distinción tiene otras manifestaciones, que configuran un cierto estilo de vida sacerdotal: evitar lo que divide a las personas —por ejemplo, “meterse” en política—, lo que puede limitar su disponibilidad, lo excesivamente mundano, etc.
La cuestión del celibato sacerdotal hay que verla desde esta perspectiva. No se trata de que sacerdocio y matrimonio sean de por sí incompatibles, porque no lo son. Pero si vemos, por un lado, la peculiar configuración con Cristo que otorga el sacramento del orden; y, por otro, la conveniencia de estar libre de vínculos terrenos precisamente para servir a todos, entenderemos la gran conveniencia de que el sacerdote sea célibe. Además, su matrimonio podría acabar imponiendo al cónyuge cargas muy onerosas si el sacerdote sigue su misión de servir y estar disponible sin restricciones (la intuición de esto puede explicar la cara que pone la hermana de Marcelino cuando se alude a ello). ¿Pero no es el de casarse un derecho fundamental? Sí lo es, y por eso no se puede suprimir coactivamente. Pero sí se puede renunciar a él libremente, y el sacerdocio debe ser abrazado libremente: cuando así se hace, se acepta todo lo que lleva consigo. ¿Y no priva del “desarrollo afectivo normal de la persona”? Si por “normal” se entiende lo más frecuente, hay que responder que sí, para añadir que se sustituye por otro más elevado y profundo. Si se quiere entender que sin matrimonio se trunca el desarrollo afectivo, la respuesta es un poco más compleja, aunque basta ver la figura de Jesucristo para responder que no. La naturaleza humana está hecha para querer, y la sexualidad muestra este carácter “esponsal” del ser humano. Pero puede tener otras manifestaciones distintas al matrimonio y, sobre todo, puede, como en este caso, la gracia de Dios “sobrenaturalizar” este carácter: sin perder esta inclinación a la entrega, sublimarla para darse a los demás como Jesucristo, al servicio, valga la redundancia, del mejor servicio que puede prestarse a los hombres: hacerles partícipes de la Redención distribuyendo sus beneficios y conduciéndolos a la vida eterna. Por eso, “si se les ve a veces tan solos”, la explicación puede estar en que falta entrega en el ministerio, o en que se les mira con unos ojos demasiado poco sobrenaturales y demasiado sentimentales, como parece ser el caso de la madre de Marcelino. De todos modos, la soledad humana es algo que debe procurarse evitar siempre, lo cual no significa que el único medio para ello sea casarse.
La configuración con Cristo —en su sacerdocio— de que hemos tratado se traduce en que este sacramento —como sucedía con el Bautismo y la Confirmación— imprime carácter. Y el carácter sacramental es imborrable. Por eso, aunque alguien que lo haya recibido no ejerza el sacerdocio —e incluso haya llegado a casarse—, no es que “algo queda”, es que queda todo. Sin entrar en las posibles causas de la secularización, el caso es que cuando ésta se da lo que hay es una prohibición de ejercer el sacerdocio —salvo casos muy extremos—, pero éste permanece. Por lo demás, este sacramento tiene también los habituales efectos: aumento de la gracia santificante (debe recibirse en gracia), y gracia sacramental, que lógicamente se referirá al cumplimiento de los deberes sacerdotales.
En este caso aparecen un obispo y un sacerdote. Lo cual nos pone en contacto con una de las peculiaridades de este sacramento: la gradación en su recepción. La plenitud se recibe en el episcopado y, en orden descendente, están el presbiterado (el presbítero es a quien ordinariamente se designa “sacerdote”) y el diaconado. Lo que caracteriza principalmente el sacerdocio del primero es que sólo él puede conferir este sacramento a otros. Y, claro está, esta gradación se traduce en una jerarquía. Por lo demás, la materia y forma de este sacramento, así como otros requisitos y características, están expuestas en el Catecismo.
Por lo demás, se puede apreciar en el caso que el padre de Marcelino es una persona sensata, con sentido común. Pero también puede verse que le falta formación para atinar completamente. En las cosas sobrenaturales, la mera sensatez humana difícilmente llegará a comprender todo lo que el sentido cristiano bien formado alcanza a entender.
El Sacramento del Orden Sacerdotal (caso)
Exposición del caso del caso sobre el Sacramento del Orden Sacerdotal:
Una de las costumbres fijas del padre de Marcelino era ver el martes después de cenar un debate televisivo. Él hubiese preferido ver una película en otro canal, pero sabía que era inútil intentarlo, y se quedó al debate con sus padres. El tema de esa noche era “sacerdotes del siglo XXI”, y podía verse en el plató a un obispo y varias personas más. Cuando hicieron las presentaciones, su padre comentó: —”Se ve venir: todos contra el obispo”.
En realidad, salvo un participante que divagaba, así fue. Uno, presentado como teólogo, empezó a hablar de que la jerarquía era una “estructura de poder”, un “resto medieval” y una afrenta a la igualdad de los cristianos en un mundo democratizado. —”Ése dice eso porque a él le han echado” (de su cátedra, Marcelino supo después), comentó su padre. Otro empezó a decir que el celibato obligatorio iba en contra de un derecho fundamental de la persona y privaba del desarrollo afectivo normal de la personalidad. Era un sacerdote secularizado, y su padre, que era médico, comentó: —”Dirá lo que quiera, pero un poco tocado sí se le ve”. Marcelino intervino: —”Papá, pero ése ya no es sacerdote, ¿verdad?” —”No, ya no”. —”Entonces, ¿por qué aparece como si lo siguiera siendo?” —”Bueno, de eso yo no entiendo mucho, pero por lo visto algo siempre queda”. Tomó la palabra una mujer —como teóloga fue presentada— y empezó a defender el sacerdocio femenino: dejar fuera a la mujer sería discriminatorio, privarla de algo a lo que puede tener tanto derecho como un hombre; si una mujer sintiera un impulso hacia el sacerdocio, ¿en virtud de qué se le podría negar el acceso a él? El último participante, sociólogo —”sociólogo y vete a saber qué más”, comentó el padre de Marcelino—, habló de lo que él denominaba “la función sacerdotal en el mundo contemporáneo”: pensaba que el mundo actual era de especialistas, y en ese sentido podía verse al sacerdote como uno más, cumpliendo su función; eso es lo que esperaba el hombre de hoy, y podría ejercerla siendo uno más en la sociedad, sin separaciones que antes tenían su sentido pero ya no. Marcelino pudo ver cómo el obispo se defendía como podía, pero no entendía algunas palabras, y no pudo seguir bien el hilo de su argumentación.
Cuando acabó, hubo comentarios. La madre de Marcelino empezó: —”Yo otras cosas no, pero eso de que se puedan casar no lo veo tan mal; se les ve a veces tan solos, los pobres…” —”Ya, ¿y tú casarías a ésta con uno de esos?”, respondió el padre señalando a la hermana de Marcelino, que puso cara de horrorizada. —”La verdad —prosiguió— es que el único serio era ése que hablaba de la función. ¡Claro!, es como ser uno más, pero con tu función. Eso habría que pensárselo bien”.
Lo que sorprendió a Marcelino fue encontrar al día siguiente a sus amigos hablando del debate, y un tanto acaloradamente por parte de alguno. Sólo que allí la discusión estaba centrada en lo del acceso de la mujer al sacerdocio. —”Si tienes vocación, pues la tienes igual seas chico o chica. Yo he leído algún artículo donde había alguna chica contando la suya. ¿Y por qué no?”. Parecían bastante de acuerdo con ese comentario de su amiga Esmeralda. Marcelino no intervino, pero se quedó pensando y diciéndose para sus adentros “si lo sientes de verdad…” Ese día se entretuvo bastante imaginando cómo se podría sentir una cosa así, y viéndose en el papel. Al final, se cansó del asunto, y lo zanjó pensando que se ocuparan de él quienes se interesaran, lo cual, evidentemente, no era su caso.
Tras reflexionar un poco personalmente sobre el caso y para formarte en este punto puede venir bien leerte lo siguiente:
Y finalmente para no alargarnos más en este artículo lee cuando puedas y con calma el siguiente comentario al caso sobre el sacramento del Orden Sacerdotal (pinchando en este enlace) y me dices tu opinión: ¡Animo!
El Sacramento de la Unción de enfermos (comentario)
Comentario al caso sobre el sacramento de la Unción de enfermos:
En este sacramento, quizás el aspecto doctrinal más relevante es que debe quedar clara la naturaleza del sacramento, y con ella su finalidad y el sujeto apropiado para su recepción. La madre de Miguel, aparte de un escaso sentido sobrenatural, conserva unos anticuados prejuicios que se deben superar. La Unción de enfermos, aunque prepara para el momento de la muerte, no está concebida para ser administrada en ese momento, sino bastante antes: cuando se da la enfermedad grave, o la vejez permite pensar que ese momento puede no estar muy lejano. De ahí que, en primer lugar, conviene llamar siempre a este sacramento “Unción de enfermos” en vez de “Extremaunción”. Pensar que debe de ser tan “extrema” conduce con facilidad a pensar que la llegada del sacerdote a la cabecera del enfermo constituye una especie de certificado de defunción inminente, lo cual, entre otras consecuencias, trae la de dificultar que se administre este sacramento, con lo que supone de negar una ayuda que tanta falta hace en unos momentos tan importantes. En otras palabras, y acudiendo a la referencia bíblica de este sacramento, la Epístola de Santiago (5, 14: “¿Alguno entre vosotros enferma? Haga llamar a los presbíteros de la Iglesia y oren sobre él, ungiéndole con óleo en el nombre del Señor”) se refiere al caso de que uno enferme (se sobreentiende que gravemente), no de que se esté muriendo, aunque si éste es el caso se le debe administrar la Unción con más motivo.
Otro error bastante frecuente —en el que probablemente incurre la madre de Miguel, aunque aquí no se explicita— es pensar que sólo se puede conferir una vez, o que sólo se puede volver a conferir una segunda vez al cabo de mucho tiempo y si la enfermedad es otra. No es así: se puede reiterar, y durante la misma enfermedad si ésta se agrava. Al no imprimir carácter, no hay ningún inconveniente para ello. Y cumple así mejor su finalidad: ayudar espiritualmente en el difícil trance de la enfermedad y preparar para una buena muerte —que siempre es dura, aunque el cristiano debe verla esperanzadamente como el tránsito a la vida eterna—. Es el sacramento que de modo particular infunde esperanza, en unos momentos en que resulta más peligrosa la tentación de la desesperación. Además, secundariamente, puede curar o aliviar físicamente al enfermo, si Dios así lo quiere por convenir a su alma (a veces, puede por ejemplo limitarse a una mejora transitoria para permitir preparar adecuadamente el momento final de la vida terrena).
Por supuesto, estos efectos acompañan al aumento de la gracia santificante, que no puede faltar en ningún sacramento. Decimos aumento porque éste es, de por sí, un sacramento de vivos. Y decimos en este caso “de por sí”, porque accidentalmente puede hacer recuperar la gracia perdida: son casos en los que no hay capacidad para recibir la confesión —por ejemplo, por estar el individuo en coma—, pero sí queda una disposición habitual de querer estar en paz con Dios rechazando los pecados cometidos. De la gracia sacramental ya hemos tratado: es esa ayuda espiritual arriba señalada.
El párroco aplica lo que se ha venido en llamar el “rito continuado”, administrando, en primer lugar, el sacramento de la penitencia (es el primero en orden por ser la Unción sacramento de vivos). Puede hacerlo aunque el enfermo no pueda hablar, si éste, conscientemente, da algún signo externo de arrepentimiento —a requerimiento del sacerdote—: ya se vio en el caso anterior que la integridad de la confesión es necesaria hasta donde sea posible; por eso, si resulta imposible, puede considerarse dispensada. En segundo lugar viene la Unción, que además de su efecto propio supone una preparación óptima para recibir el principal sacramento, la Eucaristía, que en este caso recibe el nombre de “viático”, porque prepara para el tránsito —la “vía”— definitivo. Es el orden lógico, y el previsto.
Aparecen algunas dudas sobre la materia del sacramento. El óleo que se utiliza es uno específico bendecido para ello. Pero falla —es el único fallo del párroco, que subsana rápidamente—, y entonces está previsto que pueda bendecirse aceite sobre la marcha y que se emplee éste. No tiene que ser necesariamente de oliva, sino sólo vegetal; por eso, el de cacahuete vale. Actualmente se ungen cabeza y manos, y nada más: como dice el sacerdote, ungir otras partes del cuerpo “era antes”. La forma también cambió recientemente —como no aparece ninguna concreta en la Escritura, puede cambiarse, aunque siempre reflejando la naturaleza de este sacramento—, y puede encontrarse en el nº 1513 del Catecismo. En cambio, sobre lo que sí es explícita la Escritura es sobre el ministro: “los presbíteros”.
La situación que narra el caso no es infrecuente. Suele suceder que quien está sereno es el enfermo —la intranquilidad viene muchas veces de la incertidumbre, no de otra cosa— y quienes están nerviosos son los que le rodean. De todas formas, lo más importante no es que esté tranquilo o que no se disguste, sino que se prepare adecuadamente para ese momento final. Por eso hay que avisar con tiempo al enfermo del próximo desenlace. Lo suelen aceptar serenamente, contra lo que a veces piensan los familiares. El tutor de Miguel le aconseja bien, y Miguel actúa bien: se pone firme cuando no queda más remedio que ponerse firme, y no queda más remedio porque aquí el poner los medios para facilitar que el abuelo alcance la vida eterna es prioritario sobre cualquier otra consideración. Al final resulta que con ello hace un favor a todos, incluida su madre, a la que quita un peso que gravaba su conciencia.
El Sacramento de la Unción de enfermos (caso)
Exposición del caso sobre el Sacramento de la Unción de enfermos:
Tras varias semanas de malestar, llevan por fin los padres de Miguel al abuelo materno de ésta, que vive con ellos, al médico. Miguel nota cierto nerviosismo. Pero la situación parece normalizarse: el abuelo vuelve a casa tras varios días en el hospital. Con todo, Miguel nota cierta afectación cuando tratan con su abuelo. Le parece un poco tonto que le digan cosas como “¡pero si estás maravillosamente bien!”, cuando se le ve pálido y desmejorado. Pero no le da mucha importancia.
Un día, al volver a casa, Miguel se encuentra con su abuelo solo en la sala de estar. Le pregunta cómo está. —”Me estoy muriendo, pero no me lo quieren decir”. —”Vamos, abuelo…” —”Es verdad. Te lo digo a ti porque tú nunca me has engañado. Con ellos no se puede hablar”. Miguel se quedó sin habla, haciendo esfuerzos por no llorar. Luego buscó a su madre, y le preguntó qué pasaba con el abuelo. Intentó decir que nada serio, pero Miguel se le enfrentó, dijo que a él no le engañaba, y que si no se lo decía diría lo que pensaba con voz bien alta. Al final, su madre cedió: el abuelo tenía un cáncer avanzado, con reproducciones por todo el cuerpo, y no había nada que hacer.
En el colegio de Miguel no pasó inadvertido que estaba afectado por algo, y al poco le llamó su tutor. Con él se podía hablar del asunto con tranquilidad. El tutor le explicó que lo más importante era prepararle para el momento de la muerte, y que debía hacer todo lo posible para que fuera el sacerdote, para atenderle y administrarle la Unción de enfermos. Miguel lo entendió muy bien.
Quien no lo entendió tan bien fue su madre. —”¡Ni hablar! Es pronto”. —”Pero ¿por qué?”, contestó Miguel. —”Que no, que no, que se va a asustar”. Miguel insistió. La respuesta no cambiaba: —”Mira, tú quieres al abuelo, y no quieres que se asuste y lo pase mal, ¿verdad?” Al cabo de unos días se agravó la situación: el enfermo tuvo que guardar cama, y ya casi no podía hablar ni tragar. Miguel volvía una y otra vez a la carga, y se repetía la escena. Hasta que un día perdió la paciencia, y le gritó a su madre: —”¡Aquí la única asustada eres tú! ¡Si no lo haces tú, lo hago yo! ¡Voy a llamar al sacerdote ahora mismo!”. Su madre, con rabia contenida, le dijo en voz baja que si lo quería matar del disgusto. Miguel contestó que no se iba a morir nadie de ningún disgusto, y que si se moría del disgusto le echara a él de casa, o mejor, se iría él mismo; pero que iba a llamar al sacerdote. Dicho esto, se puso el abrigo y salió.
Volvió con el párroco, que fue recibido con frialdad. Tras saludar al enfermo, le preguntó si quería confesarse. Respondió con un gesto afirmativo, y el sacerdote pidió a los asistentes que salieran un momento. Intervino la madre de Miguel: —”Pero si no puede, ¿no ve que no puede hablar?” El párroco contestó amablemente que no importaba. —”¿Pero no vale sólo con la Extremaunción?” —”Conviene hacerlo así, señora”. Salieron con desgana. Poco después comenzó la Unción. El sacerdote abrió un pequeño frasco, y al ver que contenía sólo un algodón reseco, pidió que le trajeran aceite de la cocina. —”Es de cacahuete”, señaló la madre de Miguel. —”No importa”. Se lo trajeron. Lo bendijo y lo aplicó en frente y manos. —”¿Y en los pies no?”, volvió a decir la madre. —”No, señora, eso era antes”. Cuando acabó la Unción, el sacerdote dijo que “ahora la comunión”. —”Si no puede tragar”. —”Si me trae un vaso con agua, verá cómo sí, señora”. A regañadientes lo trajo. Colocó un trozo muy pequeño de una Hostia en él, y lo pudo beber. Al final, el párroco se despidió amablemente. Cuando se fue, Miguel se dirigió a su madre: —”¿Ves qué contento está ahora?”. Su madre calló. Miguel también, no sin darse cuenta de que, aunque no lo quisiera reconocer, su madre también estaba aliviada.
Tras reflexionar un poco personalmente sobre el caso y para formarte en este punto puede venir bien leerte lo siguiente:
Y finalmente para no alargarnos más en este artículo lee cuando puedas y con calma el siguiente comentario al caso sobre el sacramento de la Unción de enfermos (pinchando en este enlace) y me dices tu opinión: ¡Animo!
El sacramento de la Penitencia (comentario)
Comentario al caso sobre el sacramento de la Penitencia:
De una manera o de otra, aparecen aquí todos los puntos importantes acerca de este sacramento. Examinamos cada uno.
La primera objeción que encontramos cuestiona la naturaleza misma del sacramento —el porqué de la mediación eclesial para el perdón de los pecados—, y es bastante corriente escucharla. Como en este caso, también es corriente que esconda otras razones, pero eso no quiere decir que no haya que saber darle respuesta. Fijarnos en la situación descrita nos ayuda a ello. Oyendo a Eva parece que se siente ofendida. Pero está hablando de sus pecados, de sus ofensas. Cualquiera lo diría, porque está poniendo las condiciones para ser perdonada. Pero las condiciones para el perdón las pone el ofendido, no el ofensor. Por tanto, hay que atenerse a la voluntad de Dios; o sea, a la institución de este sacramento por Jesucristo, que confirió a los Apóstoles la facultad de perdonar —y retener, si fuera el caso— los pecados. O sea, lo instituyó como un juicio en el que juzga un ministro de la Iglesia. ¿Por qué quiso establecerlo así? Esta es otra cuestión, posterior a la primera. Y la primera es que podía hacerlo como quisiera, y así lo ha hecho. Luego se puede examinar la conveniencia de haberlo establecido así, ya que hay muchas razones: la seguridad de haber sido perdonado, la conveniencia y justicia de establecer una pena —la penitencia— para satisfacer por los pecados, la formación moral del penitente, los consejos y el ánimo que se reciben, incluso la conveniencia de descargar la conciencia contando los pecados y de la humillación que esto supone como garantía del arrepentimiento, etc. Razones no faltan, desde luego.
Superada esta primera objeción —así al menos lo parece—, encontramos la segunda: la “falta de arrepentimiento”. Se equivocaría pensara que en la confesión se perdonan los pecados con sólo decirlos. El requisito más importante para el perdón es el arrepentimiento, el dolor de los pecados. Y, como queda de manifiesto en el diálogo entre Eva y Blanca, está muy unido a otro de los requisitos: el propósito de enmienda. No hay que confundir éste con una previsión de futuro. Es distinto no querer volver a hacer algo, que pensar que se va a volver. Esto se ve con más claridad, por ejemplo, cuando se trata de un vicio. Éste no se suele quitar de la noche a la mañana con sólo querer, pero este querer es el primer paso para erradicarlo, aunque se prevea que la lucha no será sin contratiempos. Y al revés: lo que no sirve para nada es abandonar ese querer por pensar que no se va a poder. No hay manera más segura y cierta de perder una guerra que rindiéndose al enemigo. Si en el propósito de enmienda Eva confundía un querer con un prever, en el dolor de los pecados confunde un querer con un sentimiento. Cree que como no siente nada, carece de dolor. Pero el dolor de los pecados, aunque puede tener manifestaciones en el sentimiento, consiste sobre todo en un rechazo de la voluntad al pecado; incluso bastaría, para confesarse, con formas imperfectas de dolor, como el dolor, no ya por haber ofendido a Dios, sino por la fealdad de lo hecho, o incluso por el castigo divino que lleva consigo.
De todas formas, Blanca intuye acertadamente que el problema de su amiga tiene más que ver con cierta desesperanza que con un planteamiento sentimental, y que éste es más una excusa que otra cosa.
Otro de los requisitos necesarios es decir los pecados al confesor. La misma naturaleza de juicio exige conocer la causa. Aquí nos encontramos con la celebración comunitaria; téngase en cuenta que el problema no consiste en que la celebración sea comunitaria, ni en que se dé la absolución a varios a la vez, sino en que se dispensa de la llamada confesión auricular: no se dicen los pecados al confesor. Y es verdad el comentario de Blanca: no vale. Este proceder sólo está autorizado en casos de verdadera imposibilidad de hacer otra cosa, y lleva consigo la necesidad de acudir a la confesión auricular en cuanto sea posible. Otra cosa supondría negar el carácter de juicio que debe tener este sacramento: y negar su misma naturaleza, que es lo que sucede en este caso, supone negar el sacramento mismo: no sería válido. Parece razonable la objeción de Eva: el cura era cura, y la absolvió. Pero no tiene en cuenta que para la validez de este sacramento —es el único caso, y precisamente por su carácter judicial—, no basta con el orden sacerdotal —necesario, por otra parte, pues el único ministro posible es el sacerdote u obispo—, sino que es necesaria también la jurisdicción, y ésta se concede con arreglo a la normativa que la concede.
En el diálogo final, Eva pregunta qué tiene que decir exactamente, o más bien pide que se lo confirme su amiga. Las respuestas de ésta, sin una excesiva precisión que no vendría muy a cuento, son las acertadas. Debe decirse todo pecado grave —los leves pueden decirse, es muy recomendable decirlos, pero no hay obligación de decirlos—, desde la última confesión bien hecha. “Contar las cosas, pero sin echarles rollo” quiere decir que hay que especificar los pecados —decir qué se ha hecho, de forma que quede claro el tipo concreto de pecado: la especie—, pero no hay necesidad de más, aunque precisar circunstancias pueda en algún caso ser útil para la dirección espiritual. ¿Y en caso de olvido? También es acertada la respuesta, aunque lleva implícita una condición: de lo que uno se acuerde… tras un diligente examen de conciencia. La extensión de éste será la razonable, dependiendo de las circunstancias, tales como el tiempo que se lleva sin recibir este sacramento. Pero siempre teniendo en cuenta que lo más importante no es un examen exhaustivo, sino una contrición verdadera. Por lo demás, en caso de que un pecado grave se recuerde con posterioridad, la integridad del sacramento —ese carácter judicial del que hemos tratado— pide que se diga en la próxima confesión, aunque ya esté perdonado.
¡Ah! ¿Y qué podríamos contestar si alguien nos dice que no se siente capaz de decir algo? Pues que probablemente se sentirá capaz si hace un esfuerzo; y si no, que pida ayuda: en primer lugar, a Dios; y si es necesario, también al sacerdote. Pero una cosa es el olvido y otra muy distinta es la vergüenza. Por eso Eva juzga, con razón, que esas confesiones pasadas eran inválidas, y por tanto sacrílegas, como las comuniones que siguieron.
El quinto requisito de este sacramento, cumplir la penitencia impuesta, no plantea problemas en el caso, como no suele plantearlos en la realidad: hoy en día las penitencias que se imponen son por lo general bastante asequibles.
Lo que sí se plantea en el caso, aunque sea indirectamente, es el lugar apropiado para la confesión. Salvo situaciones extraordinarias —que aquí no se dan—, y sobre todo para mujeres, la respuesta es “el confesonario”. No se trata en este caso de un requisito de validez, pero hay obligación, como en todo sacramento, de cumplir lo dispuesto. Por eso, utilizar el despacho parroquial está mal. ¿Y qué se debe entender por “confesonario”? La respuesta la debe dar, para cada país, la respectiva Conferencia Episcopal. Pero en todo caso debe incluir una rejilla que garantice el anonimato del penitente. Tiene derecho a él. Por eso Eva está en su perfecto derecho de querer que no sea conocida. A la vez, debe también comprender que, si quiere recibir una verdadera dirección espiritual —muy útil para ella y para cualquiera—, no viene nada mal que el sacerdote sepa quién es. Pensar cosas como que “se va a asustar” o “me va a reñir” suelen ser tonterías sin fundamento.
En los diálogos entre las dos amigas salen también a relucir los efectos de este sacramento, que no se limitan estrictamente a perdonar los pecados (aunque quede una pena temporal que depende de la gravedad de lo cometido y del grado de contrición). Como bien señala Blanca, si hay algo que cambiar costará menos con confesión que sin ella. El motivo es la gracia sacramental, que es una ayuda para vivir bien precisamente aquellas virtudes a que se refieren los pecados acusados. Esta gracia se añade a la gracia santificante —que confiere todo sacramento—, aumentada o recuperada —según los casos— junto con los pasados méritos. Por esto es tan conveniente la confesión frecuente, y es un error pensar que no tiene mucha utilidad confesarse si no se han cometido pecados mortales. Y si se han cometido, no sólo hay necesidad de confesarlos tarde o temprano; hay también obligación de no tardar mucho: en concreto, la ley eclesiástica dispone que sea al menos una vez al año.
Por lo demás, tenemos en este caso un buen ejemplo del valor apostólico de la amistad. Sólo una profunda amistad como la que une a estas dos chicas hace posible la ayuda que una presta a la otra. Ayuda que está bien prestada, pues sabe ser enérgica cuando debe —cuando falta voluntad, no queda más remedio que “suplirla”—, a la vez que también sabe no humillar. A su vez, esa amistad justifica ese comportamiento de Blanca, que de otra forma podría calificarse de injustificada intromisión en la intimidad ajena. Es asimismo un buen ejemplo de que la amistad más auténtica busca los bienes más auténticos para el amigo. Por otra parte, también se hace aquí patente algo que sucede con mucha frecuencia cuando se trata de asuntos como éste: que los verdaderos motivos no son siempre los que aparecen, o al menos los que aparecen en primer lugar. No es raro, a su vez, que con el tiempo se acaben dando “pistas” sobre las verdaderas causas del comportamiento —a veces, son verdaderas peticiones de ayuda que no se atreven a hacerse más explícitas—, y entonces hay que tener, como tiene aquí Blanca, la agudeza necesaria para saber captar ese tipo de “mensajes”.
El sacramento de la Penitencia (caso)
Exposición del caso sobre el sacramento de la Penitencia:
Blanca y Eva son amigas desde hace varios años; las dos están en la misma clase y tienen 16 años. Algún domingo han ido juntas a Misa, y Eva, al contrario que Blanca, no comulgaba nunca. Esto había dado pie a ésta para recomendar a su amiga que se confesara. Pero la respuesta era siempre más o menos la misma: —”¿Por qué le tengo yo que contar mis pecados a nadie? ¿No es Dios el que me tiene que perdonar? ¿Entonces por qué no le puedo pedir perdón directamente? Yo ya me entiendo con Él”. No conseguía que saliera de ese planteamiento. Si le decía, por ejemplo, que “si es un juicio, tiene que decirse la causa, ¿no?”, contestaba con un “Él ya lo sabe, y ya se lo digo yo”.
Un día una de sus compañeras de clase, conduciendo su ciclomotor, resultó atropellada por un coche, y tras estar tres días en coma, falleció. Este suceso produjo una gran conmoción en el colegio. Casi todas se confesaron en los días siguientes, incluidas algunas a las que hacía mucho tiempo que no se veía hacerlo. Blanca pensó que era una buena ocasión para volver a la carga con su amiga Eva. En un momento en que sólo estaban las dos, se lo volvió a proponer. La respuesta fue la de siempre, pero dicha con menos convencimiento, y un añadido final: “y además, es imposible”. Esta coletilla final dejó intrigada a Blanca, que se propuso insistir tomando pie de ella.
Al día siguiente, tomando como pretexto un trabajo escolar, se presentó en casa de Eva. Tras un par de horas de trabajo, Blanca abordó directamente la cuestión: —”Oye, ¿se puede saber por qué decías ayer que era imposible que te pudieras confesar?” Eva vaciló un poco, y al final contestó: —”Pues… porque no me iba a servir de nada”. —”¿Cómo que no te va a servir de nada?”. La respuesta salió un poco acelerada: —”Pues de nada. Si hay cosas de las que te puedes confesar y sabes (recalcó esta palabra) que lo vas a volver a hacer al día siguiente, entonces no sirve para nada, ¿verdad?” —”¿Y cómo sabes que lo vas a volver a hacer al día siguiente?” —”Pues porque lo sé”. Blanca intentó explicar que a pesar de todo podía hacerlo, o por lo menos intentarlo. Estaba en ello cuando fue interrumpida, de modo más acelerado que antes: —”Mira. Te voy a decir una cosa. Además, creo que no es ningún secreto, y todo el mundo lo hace. Además de lo dicho, pues resulta que cuando salgo con Pedro hay veces que nos pasamos de la raya. Y no estoy arrepentida porque le quiero. A lo mejor tendría que estar arrepentidísima, pero lo siento, no lo estoy. ¿De acuerdo? Pues resulta que ni tengo propósito de enmienda ni hay cosas que me duelen, y no lo puedo remediar. Lo siento, pero no puedo”. Sorprendida por esa reacción, Blanca volvía a su casa pensando cómo podría dar respuesta a lo oído.
Dos días más tarde se celebraba en el colegio el funeral por la alumna fallecida. Aunque a primera vista no se apreciaba, si alguien fijara su atención en Eva notaría que estaba inquieta y nerviosa; y Blanca se fijaba. Eva no comulgó. A la salida, Blanca la abordó; ya tenía alguna respuesta preparada: —”Si hay que cambiar algo, te costará más sin confesión que con ella, ¿no? Algo de ayuda te dará, ¿verdad? A mí, cada vez que voy me anima mucho y me ayuda; no sé cómo explicarlo, pero se nota…”. Tras un rato de insistencia, al fin Eva pareció decidirse: —”De acuerdo, voy a ir. Te has salido con la tuya, ¿estás contenta?”. Blanca le animó a que fuera en ese mismo momento. —”¡Ah, no!, pero aquí no”, fue la contestación. —”¿Pero por qué?” —”Porque no”. No era una razón muy convincente, y Blanca insistió, pero fue inútil: —”Te he dicho que no, y es que no. Lo haré, pero a mi manera. Y ya te lo diré, y te quedas contenta” (“y me dejas en paz”, estuvo a punto de añadir).
Semana y media después, Blanca preguntó a su amiga si por fin había ido ya a confesarse. Eva contestó afirmativamente, pero en un tono muy poco convincente. —”¿Pero has ido o no has ido?” —”Bueno, deja que te explique”. Contó que había ido en primer lugar a una iglesia, a la hora en que estaba anunciado el horario de confesiones. No vio confesonario alguno, y cuando preguntó en el despacho parroquial, le contestaron que la gente se confesaba allí mismo. Cuando Eva relató cómo había huido despavorida, Blanca empezó a sospechar que el motivo por el cual no quería confesarse en el colegio era para evitar que el sacerdote, aunque no pudiera verla, la reconociera. Siguió hablando Eva: había hecho lo mismo con una segunda iglesia, pero lo que allí se encontró fue una celebración comunitaria, en la que no había confesión individual, que se sustituía por unos ritos penitenciales, tras los que se daba la absolución a los asistentes.
—”¡Pues no vale!” Se inició así una nueva discusión. —”¿Por qué no va a valer?” —”Pues porque eso está prohibido”. —”Bueno, pero el cura es cura, ¿no? Y me ha absuelto, ¿no? Pues si me ha absuelto, absuelta quedo”. Blanca hizo una pausa, al cabo de la cual empezó a hablar con más firmeza. —”Mira, ya está bien. No sé a quién pretendes engañar, porque eso no te lo crees ni tú. ¿Se puede saber qué demonios pasa contigo?”. Eva hizo también una pausa, y contestó con voz débil: —”Es que… viene de lejos”. —”¡Viene de lejos…¿qué?!” —”Mira, te prometo que me lo había propuesto varias veces, pero nunca había sido capaz; podía conmigo”. —”Pero ¿por qué?” Eva acabó contando, en líneas generales, el motivo de todo. Había habido un episodio lamentable cuando tenía 9 años, y cuando había ido a confesarse le pudo la vergüenza y lo calló. Había acudido a un confesonario alguna vez más, pero había ocurrido lo mismo, con el agravante de que había comulgado alguna vez. Conforme pasaba el tiempo se daba cuenta del daño que le hacía esa situación, y cada vez que pensaba en ello se atormentaba. Por eso procuraba borrarlo de su cabeza, pero la muerte de esa chica de su clase había abierto de nuevo la herida. Blanca la animó: dijo que eso se arreglaba enseguida, que pensara en lo feliz que se iba a sentir cuando lo arreglase, y que los últimos acontecimientos eran una oportunidad que Dios le daba. Acabó diciendo que no fuera tonta, y que se confesara en el colegio: ella podía darle el “empujón final”. Eva esta vez aceptó.
Al día siguiente, en el recreo, estaban las dos en la capilla. Eva tenía en la mano un impreso de preguntas para un examen de conciencia. De vez en cuando se dirigía a su amiga. —”¿Pero tengo que decirle todo desde siempre?” —”Pues creo que sí”. —”¿Y no basta con decir contra qué mandamiento? ¿Hay que contárselo?” —”Sin echarle rollo, pero creo que sí”. —”Pero si no me voy a acordar de todo”. —”Bueno, pues lo que te acuerdes, y vale”. —”¿Y si no soy capaz?” —”Venga, no seas idiota”. —”Oye, se va a asustar”. —”No creo”. —”Oye, ¿y si lo dejamos para otro día?” —”No”. —”Pero es que hoy…” —”Que no”. —”Mira, que no, que no soy capaz”. —”Pues como no entres, entro yo y le digo que ahí afuera hay una estúpida llamada Eva que no se atreve a pasar”. —”Ni se te ocurra”. —”Mira, o pasas, o montamos aquí el numerito”. Por fin, acabó entrando en el confesonario. Tardó un rato en salir. A la salida, Eva se arrodilló. Blanca se inclinó sobre ella, diciendo: —”Bien, ¿no?”. Eva sólo contestó con un suave “gracias”. Se dio cuenta Blanca entonces que lo mejor era dejar sola a su amiga un rato, y se fue. Como esperaba, su amiga parecía otra persona, desde luego más alegre que la anterior.
Tras reflexionar un poco personalmente sobre el caso y para formarte en este punto puede venir bien leerte lo siguiente:
Y finalmente para no alargarnos más en este artículo lee cuando puedas y con calma el siguiente comentario al caso sobre el sacramento de la Penitencia (pinchando en este enlace) y me dices tu opinión: ¡Animo!