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Archivo para Noviembre 2007

Noveno y Décimo Mandamientos (caso)

sin comentarios

Noveno y Décimo mandamientos

Exposición del caso sobre el Noveno y Décimo Mandamientos:

Belén es una chica de temperamento tranquilo. Es, y ha sido siempre, apática y poco comunicativa. Se esfuerza poco en el estudio, y es bastante perezosa. Su comportamiento pone muy nerviosa a su madre —ya muy nerviosa de por sí—, que no aguanta verla sin hacer nada, encerrada en su habitación, tumbada sobre la alfombra o medio tumbada en un sofá, viendo la televisión todo el día si no se lo impiden. Suele reaccionar mal: empieza diciendo que “no sé a quién has salido tú, porque ni tu padre ni yo somos así”, para seguir con cosas como “ya no sé qué hay que hacer para que espadilles”; “contigo no sé qué vamos a hacer en la vida”; “eres un desastre sin remedio”; “¡mírala!, otra vez haciendo lo de siempre: nada”; o “yo ya te doy por imposible, mira que lo he intentado todo para que levantes cabeza”. Y los comentarios casi siempre suelen acabar con una referencia comparativa a su hermana mayor: “¿No podrías aprender algo de Conchi?, a ver si el ejemplo es contagioso”; “qué habré hecho mal para que salierais tan distintas, con lo bien que lo hace todo Conchi”; “Conchi lo deja todo ordenado…”; “mira tu hermana, cómo estudia…”

El primer tipo de comentarios había hecho concluir a Belén que, efectivamente, en la vida real no tenía mucho que hacer. Incluso, cuando su madre decía que “lo había intentado” todo, recordaba que incluso la había llevado a un psicólogo. Ella pensaba que si ella era “un caso”, pues “a alguno tenía que salir”. Todo ello, sumado a que no se sentía muy querida ni muy aceptada, respaldaba el que se refugiase en su mundo interior: los mundos fantásticos eran más gratos que el real. Pero, además, iba acumulando cierto resentimiento hacia su hermana: las continuas comparaciones, el que ella siempre acaparase los elogios —y los premios—, el que ella no le hiciera mucho caso —y menos desde que salía con un chico bien plantado—, y el que efectivamente era bastante mejor dotada en todos los aspectos, era en conjunto algo que podía con Belén. Por eso, uno de sus entretenimientos favoritos era imaginarse a su hermana humillada: su hermana llorando porque la despreció el chico, mientras ella tenía al “chico perfecto” rendido a sus pies, o incluso al que salía con su hermana, prefiriéndola a ella; su hermana hundida soportando “la gran bronca” por haber destrozado el coche de su padre a causa de la torpeza más tonta; su hermana maltratada por un hipotético marido mientras ella triunfaba como actriz.

Pero no era eso precisamente lo que sucedía, sino más bien que a Conchi le seguían saliendo bien las cosas, lo que Belén tomaba como una contrariedad. La única excepción fue que una vez atracaron a su hermana, y Belén no desaprovechó la oportunidad: lo pasaba muy bien imaginando la cara de susto de muerte que debía tener Conchi, y recordando la de rabia que pudo ver después.

En el mundo fantástico de Belén abundaban las “novelas rosas”, que a menudo eran prolongaciones imaginarias de la última película vista, en las que ella sustituía a la protagonista de turno. Lo malo es que, también con bastante frecuencia, encontraba en ella una tendencia a que lo “rosa” acabara en “verde”. Belén no quería en principio caer en eso, pero había momentos en los que la cabeza y la voluntad estaban aletargadas, y lo instintivo, libre de frenos, se adueñaba de la situación. Solía suceder sobre todo los fines de semana, en los que había más tiempo a su disposición. Y sucedía cuando no se levantaba por la mañana —se hacía la dormida si su madre se acercaba—, y entraba así en un estado en el que vigilia y sueño se mezclaban en una proporción variable y difícil de determinar. Lo mismo ocurría después de comer: comía demasiado, se tumbaba después en cualquier sitio, y pronto quedaba más o menos adormilada. Cuando —tarde o temprano— se despejaba, si lo que tenía en la cabeza eran escenas obscenas, entre la poca voluntad que encontraba en sí misma para acabar con ello y la consideración de que ya estaba enfangada con pensamientos impuros, concluía que “ya de perdidos…”, y lo dejaba continuar. En ocasiones, aparecía en esas escenas el novio —o lo que fuera, si todavía no era la cosa tan formal— de su hermana, que, a decir verdad, también le gustaba a ella. Pensaba Belén que eso era peor, porque ya no eran pensamientos sino deseos, pero el “revanchismo” hacia su hermana podía y no cambiaba de escenario.

El tiempo no parecía arreglar nada de esta situación; si acaso, iba a peor. Una de las ventajas que apreciaba su familia respecto de Belén era que raramente se enfadaba: tan sólo cuando se estropeaba la televisión o alguno de los juguetes electrónicos a los que tanto tiempo dedicaba. Pero empezaba a enfadarse con más frecuencia. Nadie entendía los motivos, y nadie parecía darse cuenta de que coincidían con las ocasiones en que su hermana se compraba —o le regalaban— algo. Cuando se trató de un pequeño automóvil, el enfado pasó a ser más periódico; sin que lo atenuara el que fuera el modelo más barato y de segunda mano, ni que el 80% del precio lo hubiera costeado su hermana gracias a algunos trabajos que hizo, no podía ver cómo se iba en coche mientras que ella tenía que ir en autobús a todos los sitios.

Belén se iba dando más cuenta de que así no podía seguir, de que “se estaba amargando la vida” y que el enfado que crecía en ella tenía bastante de frustración: o sea, que se enfadaba con ella misma, aunque lo proyectase con los demás. Pero no se veía con fuerzas para superar esa situación, y, repasando quién podría ayudarla, iba descartando a todo el mundo, por razones varias según los casos. Al final, un atisbo de solución vino de donde menos lo esperaba: de su padre. Belén no tenía nada contra él, pero pensaba que “pasaba de ella”. La llamó, y lo que siguió resultó sorprendente para ella. Le dijo que era cierto que su madre se ponía nerviosa con facilidad, pero que lo que no había visto eran las veces que había llorado pensando qué podía hacer para sacarla de esa pasividad. Y tampoco había oído a su hermana decir a sus padres que le preocupaba cómo estaba y preguntar si podía ayudar, ni se había dado cuenta de que había pasado por alto toda una serie de fastidios causados por ella: desde probarse todo lo que su hermana se compraba —como no sabía doblarlo bien, se notaba—, hasta quitarle alguna foto de su novio, y otros incordios. Añadió que creía de verdad que Belén no tenía nada de anormal y sí mucho de dejadez, y que no veía por qué no se podía confiar en ella, aunque tenía que ser a cambio de que se resolviese a no conformarse y a esforzarse en adelante. Belén le contó todo lo que le pasaba pero, para su sorpresa, su padre se ratificó en lo que había dicho, y le ofreció su apoyo, aunque no iba a ser cómodo: todos los días iba a comprobar si luchaba contra la vagancia. Belén contestó que sí, que “de verdad que sí”, aunque no acababa de confiar en que fuera capaz de ello.

Tras reflexionar un poco personalmente sobre el caso y para formarte en este punto puede venir bien leerte lo siguiente:

Y finalmente para no alargarnos más en este artículo lee cuando puedas y con calma el siguiente comentario al caso sobre el noveno y décimo mandamientos (pinchando en este enlace) y me dices tu opinión: ¡Animo!

Escrito por rsanzcarrera

Noviembre 25, 2007 a 12:17 pm

Escrito en Catequesis

Noveno y Décimo Mandamientos (comentario)

con un comentario

Comentario al caso sobre el Noveno y Décimo Mandamientos:

Como ya se dijo anteriormente, en este mandamiento se contemplan los pecados internos —sin acción exterior— referentes a los mandamientos y . En este caso se aprecian con nitidez los dos ejemplos más característicos de incumplimiento del mandamiento: los llamados “pensamientos impuros” y la envidia, respectivamente.

Las conductas humanas suelen tener explicaciones, aunque eso no quiere decir que, si son malas, sirvan de eximentes, ni siquiera muchas veces de atenuantes. Aquí uno se explica muy bien la conducta de Belén. Su temperamento apático es una primera explicación. Tampoco es muy animante tener a una “doña perfecta” de hermana, siendo bastante más limitativa. Y, para acabar de echar a perder la situación, está su madre. Sus nervios le traicionan, y comete demasiados errores que no debe cometer una madre: descalificaciones globales, comparaciones con la hermana —siempre desfavorables para Belén, por supuesto— y declarar repetidamente que la daba por imposible. Al final resulta que todos la querían, pero tendrían todos que haberse tomado la molestia de demostrárselo alguna vez por lo menos. Pero todo esto junto no puede justificar esa pasividad de Belén, que le lleva a desaprovechar la vida, y a albergar en su interior cosas que le hacen daño y conducen a pecados serios. Su propia conciencia se lo advierte, más claramente cuanto más claramente aparece el perjuicio. Aquí no vamos a detenernos en los posibles pecados de omisión de Belén, sino en los internos cometidos.

Pero, si bien las circunstancias en las que se desenvuelve Belén no le benefician mucho, tampoco su falta de formación es precisamente una ayuda. Esto se aprecia con bastante claridad si examinamos lo relativo al noveno mandamiento. Es cierto que, como se explicaba al tratar del sexto mandamiento, no hay materia leve en lo que atenta directamente contra la castidad. Pero “materia grave” no es lo mismo que “pecado grave”. Para que se dé este último hay otros factores además de la materia: la advertencia y el consentimiento. Si éstos simplemente no existen, como en el caso del sueño profundo, simplemente no hay pecado. Si existen en un estado imperfecto, lo hay, pero no es aún grave. Es difícil calibrar el grado de advertencia y consentimiento en estados de semisueño—semivigilia, pero lo cierto es que es esos estados el pecado que se puede producir es en todo caso venial. Por eso se equivoca Belén cuando piensa que, en ese estado, “ya estaba enfangada”. No lo estaba todavía, a pesar de las apariencias. Lo empieza a estar cuando, ya despierta, “lo dejaba continuar”. Una mayor formación de la conciencia por su parte la hubiera ayudado a no caer en ese tipo de tentaciones. Aparte de que, aunque haya existido un pecado grave, la mentalidad de rendirse a la primera caída, el “ya de perdidos…”, nunca es bueno: en vez de reaccionar, da paso a nuevos pecados; y de hecho puede suponer que, una vez dado paso a la caída, se dé también luz verde al vicio.

Tampoco es cierta la apreciación de Belén con respecto a los deseos. No entiende bien la cuestión. “Deseo” añade al “pensamiento” la voluntad de ponerlo en práctica; no es un “me gustaría hacerlo”, sino más bien un “quiero hacerlo”. Esa voluntad de poner en práctica lo pensado es lo que añade malicia y con ello gravedad cuando lo pensado es un pecado. Pero no parece ser éste el caso. “Individualizar” un pensamiento no es algo que lo convierta automáticamente en deseo. También aquí la formación de la conciencia ayuda a poner cada cosa en su sitio.

Si pasamos del 9º al 10º mandamiento, se nos complica más la apreciación de las cosas. ¿Por qué? Porque, en principio, desear tener cosas que no se tienen no es en sí algo malo; el problema moral es cuando se desean desordenadamente, y peor aún cuando se desean injustamente (o sea, se desea lo que sería injusto tener: no por casualidad se define el mandamiento como “no codiciarás los bienes ajenos”). ¿Y cómo se puede medir la codicia? Quizás la manera más clara es viendo si hay envidia. Codicia y envidia no son lo mismo, y hay puede haber personas con mucha codicia y poca envidia. Pero ésta suele ir pareja a aquélla, y la envidia es más fácil de detectar, y su maldad aparece con más claridad en la conciencia. Y, a decir verdad, es bastante evidente que en Belén la envidia había llegado a unos niveles muy considerables. Merece también atender a la relación que hay entre estas conductas y la dependencia que Belén tiene de los aparatos de todo tipo: televisión, videojuegos, etc. No es difícil de entender que el excesivo amor a las cosas propicia el progresivo distanciamiento de las personas: o sea, al revés de lo que debería ser. Y, en ese clima mundano, resulta bastante fácil caer en verdaderos pecados como son la codicia y la envidia.

Solucionar los problemas humanos suele tener como condición previa reconocer el problema en sus justos límites. Aceptar las situaciones y, todavía más importante, aceptarse a uno mismo, es la condición previa para mejorar la situación y mejorarse a uno mismo. Belén se da cuenta, aunque… ¡ya podría haberse dado cuenta antes! Lo mismo puede decirse de su padre. A lo que él dice habría que añadir los medios sobrenaturales —Belén tendría que proponerse vivir en gracia habitualmente, cueste lo que cueste, se tenga que confesar las veces que haga falta—, pero por lo demás lo que dice es plenamente acertado, y la ayuda que ofrece es la adecuada. En esos términos, y aclarando a Belén que ese remontar que necesita no va a ser cosa de un día precisamente, se puede y se debe salir adelante. Belén debería confiar en ello. Lo único que se puede objetar es que… ¡ya podría haber tenido el buen señor esa intervención mucho antes!

Escrito por rsanzcarrera

Noviembre 25, 2007 a 12:16 pm

Escrito en Catequesis

Octavo mandamiento (caso)

sin comentarios

Exposición del caso sobre el Octavo Mandamiento:

A la salida del colegio, Mónica espera, con una amiga, a que las recoja su padre en su coche nuevo. Llega éste, y pronto advierte que las dos están alteradas. Lo que ha sucedido es que una de las profesoras había expulsado a ambas de clase.

Cuando el padre de Mónica preguntó qué pasaba, dieron su versión de los hechos. Decían que, sucediera lo que sucediera, “siempre les tenía que tocar a ellas”, pero “que ya sabían que no las podía ni ver”. Añadían que “si está frustrada nosotras no tenemos la culpa”, y que estaban seguras (ya casi no se distinguía cuál de las dos hablaba, o si hablaban ambas a la vez) de que lo que pasaba con ella es que estaba frustrada y que su marido no la quería. “La oímos hablar con él por teléfono y era más seca que un palo, y eso es porque no se quieren”. El padre de Mónica intentaba apaciguar los ánimos con un “vamos, no será para tanto”, pero daba la impresión de que eso las incitaba más todavía. “Y seguro —continuaban— que está resentida porque ella llevaba más años en el colegio, y han hecho jefa de estudios a la de Lengua. Está resentida y lo tenemos que pagar nosotras. Es una resentida y una guarra”. Un intento más de calmar los ánimos vuelve a acabar mal, con una serie de insultos: se empezó con “es una imbécil y una cara de sapo”, y se llegó pronto a calificativos malsonantes.

El tono subido, el volumen y el contenido de la conversación empezaron a poner nervioso al padre de Mónica, que casi se olvida al llegar un cruce que tenía que girar, y hace una maniobra brusca sin avisar. El resultado es que una señora mayor que venía por detrás, sin los reflejos suficientes para reaccionar a tiempo, embiste al coche por un lateral. Conteniendo el enfado a duras penas, el padre de Mónica manda callar a las chicas y hace el necesario papeleo.

Días después, Mónica es llamada por su padre, que le explica que va a haber un juicio por el accidente, que ella va a ser llamada como testigo y que el coche no tenía seguro a todo riesgo, lo que supone que si pierde el juicio tendrá que pagar él la reparación, bastante costosa. Después de recordar a Mónica que buena parte de la culpa es suya por haberle desquiciado ese día, y de añadir que la señora también tiene su parte —”por torpe y por inútil; no sé como dejan conducir a esa gente”—, le indica que en el juicio debe decir que él puso el intermitente con antelación. Mónica contesta que eso no es verdad, y que cómo va a decir una mentira. “Te pasas el día mintiendo —replica su padre—, a tu madre y a mí, y ahora sales con ésas. Hasta me has llegado a decir más de una vez que no habían dado las notas, y tuve que llamar al colegio para que me dijeran que eso era mentira. Siempre dices que has estudiado, que has hecho tus deberes, que tienes ordenado tu cuarto, que vas a llegar a cenar, que no te has peleado con tus hermanos, que no has cogido nada de la nevera, y al final todo mentira. Y te lo soportamos. Y total, para una vez que puedes ayudar algo, y encima tú tuviste que ver con lo que pasó, ahora no quieres. Pues vas a pagar tú el taller, ya me encargo yo de eso”. Mónica intenta replicar diciendo que “esto es distinto; en lo otro no es que quiera mentir, pero es que me sale solo, sin querer, no lo puedo evitar”. Sin embargo, no consigue convencer a su padre.

Mónica se queda apesadumbrada. No sabe cómo salir esta vez del paso. Se pregunta una y otra vez si tanta importancia tendrá decir si puso o no el intermitente, y, sobre todo, por qué le ha tenido que suceder esto a ella, y si es que “su forma de ser” tenía que acabar necesariamente en un lío como el que le había caído encima.

Tras reflexionar un poco personalmente sobre el caso y para formarte en este punto puede venir bien leerte lo siguiente:

Y finalmente para no alargarnos más en este artículo lee cuando puedas y con calma el siguiente comentario al caso sobre el Octavo mandamiento (pinchando en este enlace) y me dices tu opinión: ¡Animo!

Escrito por rsanzcarrera

Noviembre 25, 2007 a 12:14 pm

Escrito en Catequesis

Octavo Mandamiento (comentario)

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Comentario al caso sobre el Octavo Mandamiento:

Podríamos decir, de entrada, que este mandamiento no es en realidad uno sino dos; o sea, dos reunidos en uno. Pues, aunque tengan relación entre sí, los dos aspectos son distintos. El primero de ellos se refiere a una noble virtud, la veracidad: “no mentirás”. El segundo se refiere una vez más al respeto a la persona, esta vez en su fama.

Con la veracidad, la exigencia es muy sencilla: decir la verdad. No quiere decir que haya que “soltar” todo lo que en un momento dado tenemos en la cabeza, sino más bien que lo que se diga sea verdad. Las mentiras no suelen ser un pecado grave —salvo que causen un perjuicio serio, lo cual es poco frecuente—, pero son un pecado. No suelen ser malintencionadas, pero no existen las “piadosas”: si algo es mentira, es mentira. Suelen decirse para quedar bien —o evitar quedar mal, que es lo mismo— o para salir de apuros, pero eso no es disculpa válida. Todas las que le achaca a Mónica su padre son de este tipo. Aisladamente, no tienen demasiada importancia. Pero una tras otra… se acumulan, y acaban en vicio. Mónica parece no darse cuenta de que ese “me sale solo” y “no lo puedo evitar” significan que ha caído en un vicio. Quizás no sea de los peores vicios, pero un vicio siempre es un deterioro de la persona, y éste, si no se ataja, predispone a cosas peores. En cierto modo, puede decirse que una persona vale lo que vale su palabra. En un mundo mentiroso, que parece no apreciar la veracidad si no va avalada por la firma escrita, un cristiano debe tener en mucho su palabra. La sinceridad no es una virtud sólo para ser ejercida en ocasiones particulares, sino una virtud que debe presidir toda nuestra relación con el prójimo.

Sin embargo, lo que pide el padre de Mónica a ésta sí que es algo gravemente inmoral. Supone declarar públicamente en algo que está en litigio, y por tanto la mentira sí está destinada a causar un daño importante, aunque la intención personal no sea ésa. Por estas características peculiares, el pecado no recibe el nombre de “mentira” sin más, sino el de “falso testimonio”. Parece que se trata de algo que sólo aparece en las películas… hasta que uno se lo encuentra. Mónica se pregunta al final si un lío como ése se lo ha buscado con su forma de ser. Aparte de que no es “su forma de ser” sino más bien sus defectos lo que propicia esta situación, y de que indudablemente no puede decirse que sea ella la que provoca a su padre, puede responderse que sí. Cuando por mentir habitualmente se ha perdido credibilidad y prestigio, es bastante más fácil encontrarse, aunque sea sin querer, en líos como éste.

Un buen ejemplo de atentar contra la fama del prójimo lo dan Mónica y su amiga. Se empieza con juicios temerarios —o sea, sin fundamento suficiente—, y se acaba… en el insulto y la murmuración, y, probablemente, en la calumnia. Decimos “probablemente” porque la diferencia entre una y otra es que sea cierto lo que se atribuye, y en este caso no conocemos a la profesora en cuestión para poder aclarar dónde acaba una y empieza la otra. Pero, en cualquier caso, está mal. ¿Y es grave? Pues depende de lo que se atribuya; en menor medida, depende también de ante quién: no se daña por igual la fama diciendo lo mismo ante unos o ante otros o… publicándolo en un periódico. En este caso, como suele ocurrir tantas veces, se empieza por lo pequeño —”nos tiene manía”—, y se acaba con cosas de importancia y con descalificaciones globales de la persona. En cualquier caso, como el sentido común indica, la calumnia, por su falsedad, es siempre más grave.

Hay que aclarar que la difamación, para que sea pecado, debe ser injusta. Suele serlo, y aquí lo es. Pero a veces puede ser justa. Lo es, por ejemplo, la que lleva consigo una sentencia del juez, o la que indirectamente —no se busca directamente la difamación, sino la verdad— se da cuando se informa a quien tiene derecho e incluso deber de conocer la verdad. Sería el caso, por ejemplo, del director del colegio que llama a unos padres para decirles que el comportamiento de su hijo no está siendo precisamente ejemplar…

La mención de la palabra “justicia” nos trae algo que se estudió en el caso anterior, pero que tiene también aquí su papel: la necesidad de restablecer la justicia cuando ésta ha sido dañada, y, por tanto, la necesidad de restitución ante una lesión injusta de la fama. El problema aquí es el cómo: suele resultar más fácil devolver una cantidad de dinero que devolver la fama perjudicada. A veces es sencillo, pero otras es complicado. ¿Y entonces? Pues entonces… hay que hacer lo que se pueda y como se pueda. Detallar esto llevaría un libro entero.

Escrito por rsanzcarrera

Noviembre 25, 2007 a 12:14 pm

Escrito en Catequesis

Séptimo mandamiento (caso)

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Exposición del caso sobre el Séptimo Mandamiento:

Un sábado por la tarde Claudio queda con dos amigos, sin saber muy bien qué van a hacer. Aburridos a media tarde por la calle, deciden entrar en unos grandes almacenes. Después de hacer un recorrido, a Claudio se le ocurre que “podrían mangar algo, para darle emoción a la cosa”. Los otros dos no se deciden a hacerlo, y al final acuerdan que “taparán” a Claudio para que no la vean, mientras él “actúa”. Va así sustrayendo algunas cosas, pensando que nadie la ve, pero al final, cuando va a irse, es parado por un detective del establecimiento, y llevado a una oficina. Allí llaman a su casa, y su madre debe acudir, abochornada, y abonar el importe de todo lo que se llevaba Claudio: en total, unas 25.000 pesetas.

Una vez en casa, además de la regañina, la madre de Claudio le dice que el dinero gastado va a salir de su paga, y que no va a recibir nada, salvo lo justo para pagar el autobús, hasta que cubra con ello lo gastado. Al cabo de dos días, Claudio, que ve que es inútil tratar de que cambie de postura su madre, habla con su padre, y en tono quejoso le dice que no puede vivir así “sin un duro”, y que no puede ni salir con sus amigos, y que eso es una injusticia. Su padre le responde escuetamente que “aquí la única injusticia es lo poco que estudias y las calabazas que te dan”.

Desolado, Claudio piensa que “así no puede vivir”, y que tiene que sacar dinero de alguna parte. Un amigo le da una primera idea, que pone en práctica: con cartulina y tijeras, se fabrica unas tarjetas del mismo tamaño que las que se utilizan para viajar en autobús, y las colorea para que parezcan como éstas. Con habilidad, el conductor no se dará cuenta y sólo se fijará en que suena la máquina de picar tarjetas. Se hace así una provisión para tres meses. En las semanas sucesivas utiliza poco a poco estas tarjetas. Va además al trastero de su casa y, sin que le vean, se lleva un par de lámparas, que vende en un mercadillo. En alguna ocasión, apremiado por ir con sus amigos al cine, busca dinero en el bolso o el escritorio de su madre, y se lleva el equivalente al precio de la entrada y de la previsible consumición en la cafetería. Coloca asimismo en las tiendas de los alrededores que se lo permiten unos cartelitos ofreciendo clases particulares. Llama una señora solicitando unas clases de matemáticas para una hija suya, dos años menor que Claudio, bien pagadas. Claudio es consciente de lo mal que anda en matemáticas —el aprobado en esta asignatura es más bien la excepción, y a veces ha tenido que copiar para conseguirlo—, y por tanto de que lo solicitado supera sus posibilidades, pero necesita dinero a toda costa, “y ya se apañará”. Acepta, e imparte esas clases durante mes y medio, al cabo de los cuales piensa que ya ha ganado bastante, se ha cansado de ellas, y cree que lo mejor en estos casos es “retirarse a tiempo, antes de que se den cuenta”.

Algún tiempo después, en el colegio, varios amigos de Claudio acuden a confesarse. Claudio estima que “ya va siendo hora”, y también tiene la intención de hacerlo. Sin embargo, cuando llega su turno, viene a su mente —incluso se le oye decirlo en voz baja— la idea de que “como me diga que tengo que devolver, me muero”. Acuden a su cabeza posibles excusas: el precio del autobús “es un robo” y lo había pagado siempre hasta entonces; lo que había cogido a su madre “era poca cosa”; las lámparas “nadie las quería para nada, ni se han dado cuenta de que faltaban”; y la clase “la he dado, ¿no?, y no se ha quejado nadie”. Con todo, no está nada seguro de que le acepten esas excusas, y al final no se atreve a pasar al confesonario.

Tras reflexionar un poco personalmente sobre el caso y para formarte en este punto puede venir bien leerte lo siguiente:

Y finalmente para no alargarnos más en este artículo lee cuando puedas y con calma el siguiente comentario al caso sobre el séptimo mandamiento (pinchando en este enlace) y me dices tu opinión: ¡Animo!

Escrito por rsanzcarrera

Noviembre 25, 2007 a 12:11 pm

Escrito en Catequesis

Séptimo Mandamiento (comentario)

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Comentario al caso sobre el Séptimo Mandamiento:

Son innumerables los aspectos que puede presentar el cumplimiento de este mandamiento, que pide respetar a las personas en sus bienes. Y es que las personas necesitan tener bienes para poder vivir con las necesidades cubiertas y la libertad necesaria para cumplir su fin en este mundo. Son muchos aspectos, pero todos ellos giran alrededor de una sola palabra: la justicia. Es muy fácil de definir: consiste en la voluntad de dar a cada uno lo suyo. Lo que no es a veces tan fácil es aplicarla. Aquí se traen unos ejemplos sencillos, que, lógicamente, sólo abarcan algunos aspectos. Queda fuera, por ejemplo, todo lo referente al llamado daño, consistente en dañar la propiedad ajena.

La manera más sencilla de incumplir el mandamiento es tomar la cosa ajena. Es lo que hace Claudio en los almacenes. Se llama “hurto” porque no hay violencia en personas ni cosas; si la hubiera, se llamaría robo. Hay poco que comentar aquí: es todo evidente.

El problema de las tarjetas de autobús no es si hay hurto o no, sino el número de pecados con el que nos encontramos. ¿Hay un solo pecado, o uno distinto cada vez que utiliza una tarjeta falsa? El problema no es puramente académico. Si hay un solo pecado, es por la cantidad total, que es considerable, y por tanto el pecado es mortal. Si hay uno distinto cada vez que utiliza el “ingenioso” método, la cantidad es pequeña, y se trataría entonces de un pecado venial. La respuesta válida es la primera: hay un solo pecado, y grave. ¿Por qué? Porque desde el principio la intención es utilizar todas las tarjetas y por tanto defraudar el total; sólo la ejecución es paulatina. Igual que al comprar algo a plazos se compra todo desde el principio, cuando como aquí se defrauda a plazos se puede considerar que desde el principio se busca defraudarlo todo. Es lo que podría denominarse “hurto —o fraude— continuado”. Se peca con la voluntad, y aquí la de Claudio es clara: desde el primer momento quiere utilizar todas las tarjetas que fabrica.

Lo que hace Claudio en su casa —la venta de las lámparas y las “recaudaciones” en las cosas de su madre— está mal, pero un cierto instinto nos lleva a pensar que no está tan mal que si hubiera hecho eso mismo con las pertenencias de sus vecinos. Es cierto. La razón es que lo que es de su familia en cierto modo es también de Claudio, al menos lo es más que lo de otros. Pero no tiene derecho a disponer de ello, y por eso no está bien. Esto se debe tener en cuenta a la hora de considerar la posible restitución, pero no quiere decir sin más que Claudio se deba olvidar del asunto.

El asunto de la clase particular nos pone en relación con la justicia en las relaciones laborales. Porque lo que realiza Claudio es un verdadero trabajo, aunque sea poco duradero. Aquí la justicia consiste básicamente en que el empleador debe pagar lo convenido, y el empleado debe realizar bien su trabajo. Lo uno por lo otro. Si no se está en condiciones de cumplir lo convenido, y se sabe, se está cometiendo una injusticia. Claudio mismo es consciente de que está engañando a la señora, y, efectivamente, estamos ante otra modalidad de fraude.

En el caso aparece la palabra “injusticia” en otro momento, con ocasión de las quejas de Claudio a su padre: “aquí la única injusticia es lo poco que estudias y las calabazas que te dan”. ¿Tiene razón el padre de Claudio? Pues sí. Para un estudiante, su profesión es estudiar. Por eso le mantienen sin esperar que realice otro tipo de trabajos. Que pague la familia, el Estado o cualquier otra entidad es irrelevante a estos efectos: no se vive del aire, y por lo tanto alguien paga. Quizás habría que decir mejor que alguien invierte, preparando al estudiante para que rinda en el futuro. Por eso, cuando no se rinde, ocurre lo mismo que cuando no se trabaja y se cobra: se defrauda. Si se llegan a inclumplir, sin causa excusante, las obligaciones básicas referentes a los estudios, la injusticia es grave, y por lo tanto el pecado también. Esto es algo que deberían tener muy en cuenta todos los estudiantes.

No tiene mucho sentido comentar las excusas que Claudio esgrime al final del caso. Sí merece algo de comentario la necesidad de restitución. El planteamiento es sencillo: la injusticia hay que repararla. Lo que se toma injustamente, debe devolverse; el daño debe ser reparado. ¿A quién? Muy sencillo: al perjudicado. ¿Y si no se puede, por el motivo que sea? Pues a quien lo necesite, pues sigue siendo injusto retener algo que no nos pertenece. Lo que no es necesario es difamarse con la restitución, señalarse a sí mismo como causante de un hurto, fraude o lo que sea. Por eso se puede hacer anónimamente. De todo esto se puede deducir que, efectivamente, el sacerdote le tendría que decir a Claudio que devuelva. Pero debe quedar claro que eso no sería parte de la penitencia, sino un requisito para poder recibir la absolución pues sin él la contrición no sería auténtica: quien se arrepiente de haber cometido una injusticia, debe querer, al menos en la medida de sus posibilidades, arreglarla.

A primera vista, parece que el dicho evangélico de “no podéis servir a Dios y a las riquezas” (Mt. 6, 24) va dirigido a gente “forrada” de dinero, y no a un chico como Claudio. Pero el desenlace del caso nos dice que no es así. Pudo más el amor al dinero, y por eso no entró en el confesonario. Es un ejemplo más de que el verdadero cristianismo está reñido con la mundanidad. Un ejemplo que debe hacer pensar…

Escrito por rsanzcarrera

Noviembre 25, 2007 a 12:11 pm

Escrito en Catequesis

Sexto mandamiento (caso)

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Exposición del caso al caso sobre el Sexto Mandamiento:

En la clase de Sofía (casi todas la alumnas tienen 16 años) anuncian unos días de reflexión religiosa, en régimen de convivencia, para la siguiente semana. Se apuntan muchas, aunque Sofía sospecha que en algún caso el motivo es perderse dos días de clase más que otra cosa. Ella no tiene muchas ganas de ir, pero viendo que van varias amigas suyas, que se iba a aburrir quedándose, y pensando que también le puede venir bien, decide asimismo apuntarse.

Una de las actividades de esos días es una charla sobre la castidad. En ella, una profesora de Religión (de las más mayores del Instituto, por cierto), pasa revista a una serie exhaustiva de comportamientos. Sofía va oyendo cosas tales como que “ponerse una minifalda es ir provocando”; “comprarse un bikini es una indecencia”; “un cristiano decente no puede ir a la playa”; “entrar en una discoteca es anunciar que se pueden pasar contigo”; “la tele prácticamente no hay que verla, se acaba siempre con malos pensamientos o cosas peores”; “hay que tener mucho cuidado si se sale con chicos, y procurar no quedarse a solas”; “ir por la calle sin la vista recogida es exponerse a que entre mucha porquería”.

Sofía, aunque intentaba aparentar serenidad, se iba poniendo nerviosa e indignando progresivamente. Todo eso le parecía una exageración. Pensaba que había mucha gente normal que hacía cosas de esas. Se le ocurría que veía la tele y no había acabado la cosa con malos pensamientos: una cosa eran determinadas películas y otra la programación normal, que podía incluir a veces alguna “escena”, pero que no se había fijado mucho en eso; que había “bikinis y bikinis”, y “discotecas y discotecas”, y que no se podía generalizar así; y, en fin, que cómo quería que fuera por la calle, ¿con gafas negras? Le disgustaba además lo que se le antojaba un tono recriminatorio y hasta un poco desafiante, como si en el fondo fueran todas unas cochinas aunque lo disimularan. Asimismo, pensaba que si tan contundentemente sentenciaba, tendría que explicar los porqués. Y le parecía que proponía un tono de vida agobiante, en el que una se acabaría obsesionando porque todo eran peligros.

Por la noche, Sofía se juntó en una habitación con el grupo que pensaba que iba a comentar esa charla, y más negativamente. No era difícil acertar. Se oyó de todo. Descalificaciones aparte, cada una expuso sus argumentos. Para Loreto había “machismo”: ¿por qué iban a ser ellas las que “iban provocando”, y los chicos no, vistieran como vistieran y fueran como fueran? Diana pensaba que eso era “puritanismo”, pues “no te dejan hacer nada, todo está mal, todo es pecado; sólo te puedes poner una falda hasta el tobillo y quedarte en casa, pero sin tele, y mejor también sin la radio, que vete a saber qué dicen, y sin poner música, que sueltan cada barbaridad en las letras, y sin leer, que con lo que se escribe…” La que más habló fue Gloria. Dijo que trataba de estas cosas a menudo con su hermana mayor, que estaba en el último curso de Psicología. Para ella, el sexo tenía que dejar de ser una especie de tabú, porque en realidad era algo natural. Y así, tan natural era, por ejemplo, el que el sexo esté unido a la afectividad, como por tanto que fuera lógico ejercerlo con quien se estuviera unido afectivamente —el novio, por ejemplo—. La masturbación era una posibilidad, asimismo natural porque así estamos hechos, de descarga de tensiones físicas y anímicas. Y también, por ejemplo, la homosexualidad era una tendencia que se encontraba, no se elegía, y que por tanto para cada cual lo natural era seguir la inclinación que encontraba en sí mismo. Lo que pasaba era que había que dejar conceptos antiguos que agobiaban, y ver las cosas con una mentalidad nueva libre de prejuicios.

Sofía siguió pensando en esto. Si lo que había oído por la mañana le había parecido una exageración, tampoco quedaba satisfecha con lo oído por la noche. Algunos argumentos le parecían más fruto del enfado que otra cosa. Si era sincera, tenía que reconocer que alguna vez “había metido la pata”, y normalmente al principio había algún descuido en cosas que no parecían tener mucha importancia; que a veces se excusaba diciendo que algunas cosas “no le afectaban”, pero eso era una verdad a medias: en el momento no, pero en un momento de vagancia o aburrimiento le venían a la cabeza, a veces “en tromba”. Y, desde luego, no habían sido experiencias “liberadoras” ni habían descargado tensión; más bien había estado tensa hasta que por fin se había confesado, que su trabajo le había costado. Al final, intuía que esas cosas debían ser más serias de lo que había pensado. A su vez, se daba cuenta de que había aspectos que no comprendía bien, y se propuso aprender bien, porque se jugaba más de lo que antes pensaba.

Tras reflexionar un poco personalmente sobre el caso y para formarte en este punto puede venir bien leerte lo siguiente:

Y finalmente para no alargarnos más en este artículo lee cuando puedas y con calma el siguiente comentario al caso sobre el sexto mandamiento (pinchando en este enlace) y me dices tu opinión: ¡Animo!

Escrito por rsanzcarrera

Noviembre 25, 2007 a 12:07 pm

Escrito en Catequesis

Sexto Mandamiento (comentario)

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Comentario al caso sobre el Sexto Mandamiento:

Cuando se trata de la castidad, la principal cuestión es entender bien su sentido. El resto se deduce solo, completándose con la aplicación a este terreno de lo que se ha explicado sobre la prudencia en algunos casos anteriores. Por eso el caso aborda directamente los fundamentos, sin perderse en la multiplicidad de conductas que pueden atentar contra este mandamiento; de todas formas, algunas han ido apareciendo incidentalmente en otros casos.

De las opiniones expresadas por las compañeras de Sofía, la más interesante es la de Gloria. En la historia ha habido dos grandes errores sobre este tema que, como suele ocurrir, se contraponen entre sí. El primero es despreciar lo sexual. No entraremos aquí en la explicación de las posturas filosóficas que han sustentado esta visión, sino en su resultado. Éste era ver al sexo como algo malo, o al menos vergonzoso, que se “toleraba” en determinadas condiciones —en el matrimonio— por pura necesidad: hay que perpetuar la especie. Más o menos a esto se refiere considerarlo como un “tabú”. Pero una visión serena de las cosas debe desbaratar esa visión. El sexo, como parte de la naturaleza humana, es un don de Dios, destinado a cumplir una función que no tiene nada de vergonzosa —la reproducción—, y a configurar un amor —el esponsal— que cuando es auténtico es de las cosas humanas más nobles, y así ha sido reconocido siempre.

Es demasiado frecuente en la historia de la humanidad pasar de un extremo erróneo al extremo contrario, también erróneo, como si no hubiera más posibilidades. Es lo que sucede con Gloria, y con tanta gente en nuestros días. El resultado es trivializar lo sexual. Alega para ello que es algo “natural”, y la verdad es que podemos llamar a su postura “naturalismo”. ¿Qué falla en ella? Dos cosas.

La primera, y con esto contestamos también a Diana, es el estado de esa naturaleza. Quienes no conozcan o no crean en el pecado original, al menos tendrían que tener ojos para ver sus consecuencias. La naturaleza humana está, desde entonces, herida. Tiene una tendencia al descontrol, a dejarse llevar por las pasiones las apetencias, y con ello al mal. Y el instinto sexual es fuerte, de forma que se descontrola con facilidad. De ahí que, por mucho que proteste Diana con ejemplos claramente exagerados, resulta obvio que es necesario cuidarse y tomar medidas para evitar males, a la vez que se protege la intimidad ante una situación que se presta a su desprecio o “cosificación”: tomar a una persona como cosa apetecible, y nada más. Hay que aceptar las cosas como son. Cuando el ser humano tenía una naturaleza íntegra, nos cuenta el Génesis que Adán y Eva iban desnudos sin avergonzarse por ello. Tras la caída, lo primero que hicieron fue… vestirse. Sería sin duda maravilloso que tuviéramos una naturaleza íntegra, perfectamente dominada por la razón, pero esa no es la que tenemos. Siempre ha sido un sueño de la humanidad una naturaleza perfecta, pero sería un funesto error confundir la realidad con un sueño o con un deseo.

El segundo error de la postura de Gloria es lo que ésta parece entender por naturaleza humana. Es incompleto. El ser humano es un único ser, con cuerpo y espíritu, en el que se entrelazan ambas realidades. En el sexo esto se puede ver bien. No es algo puramente fisiológico. Es también anímico, y tiene una vertiente espiritual. Es algo que abarca la persona entera: el “yo” personal no es asexuado, sino el de un hombre o una mujer. El sexo está en lo físico, en lo psíquico y en lo espiritual. Pero, y seguimos sin salirnos de lo sexual, como en todo lo que concierne al hombre, el escalón inferior debe subordinarse y orientarse al superior. Y así, resulta que el sexo, en el ser humano, está hecho para vivirse en el amor auténtico, un amor que compromete a la persona entera y apto para transmitir la vida de forma humana, creando una familia donde pueda desarrollarse la descendencia como corresponde a la dignidad humana. Ése es el amor conyugal, el de los esposos. La “unión afectiva” de la que habla Gloria parece que no llega tan alto; suena a la tan cacareada actualmente “unión sentimental”, término bastante expresivo, pues parece que no se alcanza a comprender que el amor auténtico va más allá del sentimiento. A un nivel más bajo, se puede decir algo parecido de lo que piensa Gloria sobre la masturbación: podrá descargar tensiones físicas —¡como si no hubiera otros modos de descargarlas!— pero crea otras espirituales más profundas. Sofía es sincera reconociéndolo.

La sexualidad hace referencia a todos los aspectos de la persona humana. Y el ser humano es complejo. Por tanto, la sexualidad también lo es, más de lo que puede parecer a simple vista. Esta es la razón por la que pueden darse trastornos con cierta facilidad. Pueden ser constitutivos, de desarrollo, motivados por vivencias negativas —”traumáticas”—, etc. Uno de los más conocidos es la homosexualidad. Como puede deducirse de lo dicho, no puede señalarse una causa única que explique el fenómeno, pero lo que sí puede decirse es que es un trastorno de la sexualidad, y, por eso, de la personalidad. Un trastorno en sí mismo no es algo culpable, y en su génesis puede serlo o puede no serlo, o a medias. Por eso es necesario distinguir entre el estado y el ejercicio. Éste último no sólo es un pecado, sino también algo aberrante, por ser una sexualidad ejercida de modo antinatural. Lo mismo sucede, en menor grado, con la masturbación: el sexo no está hecho para ejercerlo en solitario. Lo “natural”, no es, como Gloria parece creer, lo que “naturalmente” apetece, sino la configuración de las cosas tal como viene dada por la naturaleza.

Si la sexualidad se refiere a toda la persona, también se deberá referir a la personalidad. Por eso las diferencias hombre—mujer no sólo son las físicas. También las hay anímicas, y espirituales. No se trata, por supuesto, de ser “más” ni “menos”, sino sencillamente distintos. En el caso, eso es algo que no parece tener en cuenta Loreto. O, al menos, ignora todas sus consecuencias. “Provocar”, por supuesto, es algo que pueden hacer tanto los chicos como las chicas. Pero lo hacen de modo diferente. Ellos, “provocando” directamente; ellas, “haciéndose provocativas”. Son diferencias de matiz, pero que deben ser tenidas en cuenta. No se trata aquí de explicar los rasgos psicológicos predominantes de cada uno, sino más bien de dejar constancia de que existen. Por eso, ellos deben tener más cuidado con su conducta, y ellas con su aspecto. No se trata de disminuir la elegancia; al contrario, lo digno de la persona es cuidar su estética —y es un favor que hacemos al prójimo—, pero cuidarla de forma que se sea contemplado como persona, no como objeto. Diciéndolo de modo expresivo, hay que procurar que se nos mire como personas, dirigiendo la mirada a lo más personal y significativo que tenemos: el rostro.

El amor, bien entendido, es entrega. Cuando la sexualidad está por medio, la entrega es de la propia intimidad, y de una dimensión muy personal. Por eso el único amor que se ajusta a la sexualidad y que alcanza lo que requiere es el amor conyugal. Por eso el sexo, en los hombres, está hecho para el matrimonio y sólo para él. Ni siquiera el noviazgo llega a la altura requerida. Puede que sea un noviazgo comprometido…, pero no con el suficiente compromiso: éste no se alcanza hasta el matrimonio. De ahí que la educación sexual —incluida la etapa del noviazgo, la última previa al matrimonio— sea educación para el amor. Consiste en enseñar a reservar esa capacidad de amar para el único amor que verdaderamente lo merece, sin que se estropee con otras cosas que podrán ser atractivas, incluso afectivamente atractivas, pero que en comparación al amor conyugal, al que la naturaleza llama a los hombres —por eso es verdadera vocación humana, que la gracia eleva y convierte en vocación cristiana—, no es más que una degeneración. Por eso la intuición final de Sofía es muy cierta: estamos ante algo serio. Por eso, también, su transgresión directa es siempre objetivamente grave —aunque el pecado pueda ser venial por falta de advertencia o consentimiento adecuados—.

¿Y tiene razón Sofía al indignarse por lo que oye de la profesora? ¿Es exagerado? Habría que oír la sesión completa para juzgar bien, pero lo que da la impresión es de que el fallo no está tanto en el contenido como en las formas. Lo importante no es tanto “sentenciar” comportamientos de manera drástica, sino explicar el sentido de la sexualidad y de la virtud de la castidad. Y, por supuesto, también es necesario sacar conclusiones prácticas, si es necesario detalladas. Gente como Sofía lo necesita, ya que está más influida por el ambiente de relajación general de lo que ella es consciente. Pero, si se quiere enseñar con los ejemplos, hay que saber explicarlos bien. Y hay que ser positivos: si se piden esfuerzos, es por conseguir algo que valga la pena el esfuerzo.

¿Y es tanto el esfuerzo? ¿Es agobiante? A veces puede se costoso, pero no debe ser en ningún caso agobiante; si lo es, puede deducirse que hay algo mal planteado en ese esfuerzo. Como para todo esfuerzo, el cristiano debe contar con la gracia (oración, sacramentos…). Por lo demás, no es tan difícil si se cuidan los medios que la sensatez aconseja: evitar la pereza —física y mental—, y cuidar, una vez más, la prudencia: evitar las ocasiones de pecado. Y con una añadidura que puede tener su importancia: que una caída no es una catástrofe irreparable, sino un tropiezo del que hay que levantarse enseguida, con una lucha renovada y reforzada por la contrición.

Escrito por rsanzcarrera

Noviembre 25, 2007 a 12:07 pm

Escrito en Catequesis

Quinto mandamiento (caso)

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Exposición del caso sobre el Quinto Mandamiento:

Victoria es una chica de 17 años desenfadada y, en apariencia, segura de sí misma; ella misma dice que “ya tiene edad para saber lo que quiere”. Es orgullosa y discute con facilidad. Se sabe atractiva, y adopta un estilo ligero en el vestir, hablar y comportarse, aunque de hecho mantiene las distancias. Piensa que se divierte así, y juega con ello.

Un día, uno de sus amigos le dice que, como sus padres van a estar fuera el fin de semana, piensa organizar una fiesta el sábado por la noche y cuenta con ella. Acude, y van transcurriendo las horas entre música a alto volumen, baile, conversación y copas. El anfitrión saca las botellas del mueble—bar de sus padres, y se va consumiendo alegremente por unos asistentes que no están acostumbrados a tenerlo gratis. Victoria, que piensa que tiene buen “aguante” y conoce dónde está su límite —”ponerse alegre sin perder control”—, se sienta junto al anfitrión y hablan. La elegancia y la simpatía del chico hacen que no se dé realmente cuenta de lo que, poco a poco, está bebiendo. Los demás invitados se van yendo, y al final se quedan los dos solos, en un estado que delata su locuacidad, volumen de voz, mirada perdida y alternancia de momentos quietos con otros de movimientos bruscos. Cerca ya de la madrugada, él se ofrece a llevarla a su casa en coche. Victoria acepta, y salen, algo mareados.

Ya en el coche, el chico empieza a hablar de las excelencias del modelo: “lo que tira”, “lo que se agarra”, y por las calles, que aparecen vacías, pretende hacer una demostración: va muy aprisa, hace sonar los neumáticos en algunas curvas y apenas disminuye la velocidad en los cruces. Victoria quiere dar a entender que no se impresiona, pero progresivamente se iba mareando más. Al cabo de un rato, e intentando aparentar un dominio que ya no tiene, le pide que pare donde sea. Él lo entiende como si insinuara con ello que da vía libre para otro tipo de excesos, y de hecho eso es lo que acaba ocurriendo.

Cuando Victoria se da cuenta de lo que ha sucedido, le invade un sentimiento mezcla de desconcierto, tristeza y rabia. Parece que se va sobreponiendo conforme pasan los días, pero al cabo de pocas semanas percibe algún indicio que le lleva a creer que está embarazada. Alarmada, va a ver al chico y se lo cuenta. Con gran cinismo, le contesta que “eso es asunto suyo”, y que él “ni se acuerda de lo que pasó ese día”. Victoria vuelve a su casa abatida, sintiéndose humillada y utilizada, lo que motiva que esté asimismo rencorosa.

Al final, no ve otra salida que decírselo a su madre: piensa que le echará “la bronca del siglo”, pero que le ayudará, y está dispuesta a sufrir lo primero con tal de encontrar ayuda y comprensión. Se lo dice, pero no sucede la reacción esperada. Su madre casi no dice nada, pero pone una cara de alarma. Durante ese día y el siguiente está callada, seria y pensativa, a la vez que nerviosa. Al cabo de ese tiempo llama a Victoria, y le dice que lo más importante es arreglar las cosas cuanto antes. Adopta, para sorpresa de Victoria, un tono amable y cariñoso, y le dice que debe tomarse unas pastillas que le “normalizan” y gracias a las cuales se comprueba si todo ha sido una falsa alarma o no. Victoria, aturdida, no contesta. Pero más tarde, dándole vueltas al asunto, le intriga esa amabilidad, el que no se fuera hasta verla tomar la primera pastilla, el que la caja no tuviera prospecto, y en general la reacción de su madre, que no comprendía. Decide investigar, y, cuando llaman a su madre por teléfono, hurga en su bolso sin que lo vea. Encuentra el prospecto de la caja de pastillas, lo lee apresuradamente, y descubre que se trata de píldoras abortivas.

Esta vez, la reacción de Victoria es de hundimiento. Piensa que ha vuelto a ser utilizada, y se ve desesperadamente sola, sin nadie en quien realmente confiar: sus amistades son más bien superficiales, y ni su madre la quiere de verdad, o, por lo menos, ha demostrado querer más el “no quedar mal” que a ella; mejor dicho, lo ha querido a costa de ella. Entonces ve una posibilidad de venganza. Empieza a pensar que “si no quiere escándalos, pues va a tener escándalo, y éste va a ser sonado”, que “si quería pastillas, pues va a tener pastillas”, y que si nadie la quiere y no tiene ganas de seguir viviendo, ¿para qué seguir viviendo? Además, su vida es suya, y ella es quien puede disponer de ella. Sin pensárselo más, va hacia el cajón que hace de botiquín, toma una caja de pastillas —sin saber muy bien de qué tipo son—, y la traga entera.

Por fortuna, su hermana pequeña ve lo sucedido, y lo dice a sus padres. Apresuradamente, llevan a Victoria a un hospital. Consiguen salvarla, aunque debe permanecer hospitalizada varios días. Al principio, estaba seria y deprimida: la única vez que esbozó una sonrisa fue cuando se enteró de que el chico causante de sus problemas había tenido un accidente que le había costado la rotura de un brazo, la pérdida del coche y un procesamiento judicial. Victoria se alegró, pensando que se lo merecía, y que ojalá fuera a la cárcel. También fue un alivio comprobar que lo del posible embarazo se había quedado en una falsa alarma.

Sin embargo, tuvo otras sorpresas mejores. Comprobó que bastantes amigas y compañeras iban a verla —en algún caso, quien menos esperaba— y querían ayudarla. Pero lo más increíble era que su compañera de habitación en el hospital, una chica de su edad que tenía un tumor grave e iba a ser operada en breve, se interesaba por ella e intentaba animarla. Además, parecía estar alegre. Se puso a reflexionar, pensando si todo lo que le había ocurrido no se lo “habría ganado por egoísta”, y se puso a llorar. Pensó luego en quién podría confiar más, y al final la elección recayó en una compañera suya con quien no se había llevado bien hasta entonces —incluso la había insultado varias veces—. Ahora veía claro que lo que había calificado de estupidez y “formalismo” correspondía en realidad a una persona con entereza; más aún, se dio cuenta que esa postura de enfado escondía una cierta admiración. Resolvió pedirla perdón y confiarle lo que le pasaba. La llamó a la hora de la cena, diciendo que necesitaba que le dedicara bastante tiempo. Tras vacilar un poco, contestó resueltamente que por una vez “pasaba de clases”, que iría al día siguiente y estaría toda la mañana. Victoria apenas pudo darle las gracias: empezó a llorar, esta vez por otro motivo mejor.

Tras reflexionar un poco personalmente sobre el caso y para formarte en este punto puede venir bien leerte lo siguiente:

Y finalmente para no alargarnos más en este artículo lee cuando puedas y con calma el siguiente comentario al caso sobre el quinto mandamiento (pinchando en este enlace) y me dices tu opinión: ¡Animo!

Escrito por rsanzcarrera

Noviembre 25, 2007 a 12:04 pm

Escrito en Catequesis

Quinto Mandamiento (comentario)

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Comentario al caso sobre el Quinto Mandamiento:

Lo primero que cabe poner de relieve, a la vista del caso, es que el contenido de este mandamiento es bastante más amplio que lo que la formulación corriente —”no matarás”— expresa. En realidad, se refiere al respeto a la persona en su vida. Lo que implica que hay una gran variedad de aspectos. En este caso se recogen bastantes, pero con todo no dejan de ser una muestra, significativa, pero limitada al fin y al cabo.

El primer aspecto es el respeto de la vida como tal: “no matarás”. Aquí nos encontramos con un intento de suicidio. Cuando se ha formulado el mandamiento se ha hecho aludiendo al respeto a la persona, y no al prójimo. La razón es que incluye el respeto a la propia vida. La primera vida que hay que querer es la propia. Y este amor —amor propio en el buen sentido— va a constituir la referencia del amor al prójimo: “amarás a tu prójimo como a ti mismo”. Si uno se odia, se desprecia o se maltrata a sí mismo, entonces al prójimo… El suicidio tiene además una especial gravedad porque, al ser un pecado mortal y pretender ser el último acto de esta vida, dirige a la persona no sólo a la pérdida de esta vida, sino también de la eterna, más importante que ésta. Claro que esto no permite afirmar que todo suicida se condena: por una parte, siempre queda un último instante de vida para poder arrepentirse de lo hecho; por otra parte, es frecuente que medien en el suicidio trastornos psíquicos de diversa índole que hacen que el acto sea total o parcialmente exento de responsabilidad.

¿Y la excusa de que “mi vida es mía, y puedo hacer con ella lo que quiera”? No es cierta. La vida es fundamentalmente un don, algo que nadie se da a sí mismo, y que procede de Dios. De Dios venimos… y a Él vamos. Por eso hay que darle cuenta de cómo se ha aprovechado la vida. En términos absolutos, pues, no es nuestra. Hay libertad para autodestruirse, en el sentido de que podemos hacerlo. Pero ello no deja de ser un mal, y, por tanto, un pecado.

El atentado contra la vida del prójimo está representado por el aborto que se pretende —no por parte de Victoria, sino de su madre—. Esa pretensión es ya un pecado —”pues del corazón proceden los malos pensamientos, homicidios… (Mt. 15, 19)—, aunque luego resultara que no existía a quien matar. Porque abortar voluntariamente es sencillamente un asesinato: matar a un ser humano inocente privándole de la vida —desde el principio: se le impide vivir su vida—, y de la gracia —antes de que sea posible el bautismo—: por eso es gravísimo. Pretender eliminar de esa manera un problema angustioso para Victoria, además de injustificable, crea un problema aún peor: la conciencia de haber matado a un hijo (aunque, en este caso, no es Victoria la que pretende una cosa así). Por su gravedad lleva aparejada una excomunión, aunque no ocurre así en este caso. Para que se dé esa pena, el aborto tiene que ser consumado —efectivamente realizado— y cierto —que se sepa con certeza que así ha ocurrido—, y en este caso no es ni siquiera lo primero.

En un escalón inferior a la vida tenemos la integridad física. Aquí está representado por la conducción temeraria. No es un atentado directo, sino indirecto: es una imprudencia. Ya apareció un ejemplo de imprudencia temeraria, grave, al tratar el primer mandamiento. Pero, al igual que en aquel ejemplo, en éste también acaba la cosa con daños reales: los resultantes del accidente que acaba teniendo. Como puede verse, la imprudencia no es algo que se deba despreciar…

Pero la vida que se protege no se limita tan sólo a la vida física. El hombre no es un simple animal, y la vida digna que le corresponde es una vida humana, racional. Lo que trunca este tipo de vida está mal, y es por tanto un pecado. Aquí el ejemplo es el abuso del alcohol. Merece subrayarse que el daño producido no es solamente el daño corporal —que lo hay, sobre todo con las drogas, y cuando el abuso del alcohol se vuelve crónico—, sino también el daño a la racionalidad que debe presidir la vida humana. Animalizar la vida humana es siempre un mal. Y esto, sin contar los males que indirectamente causan estas conductas —aquí, el alcohol inmoderado—, pues bajan las defensas morales y con ellas la resistencia a cualquier tipo de pasión o instinto que pueda surgir. En este caso tenemos un claro ejemplo de ello.

Queda un aspecto por tratar de esa vida que protege el mandamiento: el espiritual. Aquí el mal tiene un nombre: el pecado. Cuando uno lo comete, la conducta misma hace referencia a un mandamiento u otro. Pero en este mandamiento se engloba el daño que se hace al prójimo por incitarle al pecado. Es lo que en moral se conoce como “escándalo” —en el lenguaje corriente con frecuencia el término tiene otro significado—. Es un pecado grave si a lo que se incita es a un pecado grave, y más grave aún cuando se busca el pecado como tal, pues entonces es malicioso. Es, por otra parte, más frecuente de lo que a primera vista parece; téngase en cuenta, por ejemplo, que el los pecados en los que interviene más de una persona alguien suele ser el instigador, que anima a los demás. El caso anterior proporciona un buen ejemplo de escándalo. En este caso, Victoria, cuando se da cuenta de lo que ha hecho su madre con ella, utiliza la palabra “escándalo”, pero en su sentido vulgar, no moral. Y es que aquí no se puede hablar propiamente de escándalo, pues es la madre la que comete directamente el pecado engañando a su hija con las pastillas, en vez de incitar a la hija a pecar, comete ella el pecado directamente. Aquí, el único escándalo detectable es el que se supone que comete el anfitrión seduciendo a Victoria.

Claro está que a grandes pecados se contraponen grandes virtudes. Si está muy mal incitar al mal, lo mejor que se puede hacer en relación a este mandamiento es incitar a hacer el bien: el apostolado. La amiga de Victoria hace bien. Saltarse clases no es precisamente una virtud, pero algunas veces en la vida se pueden presentar motivos para hacerlo. Aquí encontramos uno de ellos. Cuando de verdad te necesitan, debes ir.

Hay otro aspecto de este mandamiento que trata el caso estudiado. En los dos mandamientos siguientes, el 6º y el 7º, hay un “desglose” entre lo externo y lo meramente interno, que se contempla en otros dos mandamientos: el 9º y el 10º respectivamente. Con el 5º no sucede esto: abarca tanto la conducta externa como la meramente interna. Incluye también por tanto los pecados internos contra las personas. Y el principal es desear mal al prójimo: el odio. Hay que saber distinguir entre el “caer mal” y el “querer mal”: propiamente el pecado es lo segundo. ¿Lo comete Victoria? Parece que sí, puesto que se la ve rencorosa primero, y después se alegra del mal del prójimo, y no parece que sea tanto un deseo de justicia como una consecuencia de la sed de venganza. Motivos no le faltan para llevarla a ese estado, pero nadie dice que la virtud sea fácil ni que el pecado sea tal sólo cuando se hace sin motivos que impulsen a ello. Lo que sí se puede ver con este ejemplo es la necesidad de la gracia para vivir la virtud, pues es cierto que hace falta bastante fuerza de voluntad —heroísmo— para que Victoria reaccione como pide el cristianismo: perdonando. En este caso encontramos también un ejemplo muy simpático de lo contrario, de desear el bien ajeno y ayudar en consecuencia, en la compañera de habitación de Victoria, y en menor medida en las que la visitaban y se interesaban por ella. Y es que no hay que perder de vista que el cariño no sólo proporciona ayuda para la enfermedad física, sino también para la enfermedad moral, para salir de las lamentables situaciones a donde puede conducir el pecado.

Escrito por rsanzcarrera

Noviembre 25, 2007 a 12:04 pm

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