Archivo para Marzo 2008
La relación entre madre e hija

Como siempre empezaremos con la lectura atenta y meditada del texto evangélico y siempre desde una perspectiva positiva y sanadora. En este caso se trata de sanar la relación entre madre e hija (toda mujer ha sido hija y muchas son madres).
La escena empieza cuando el Señor es asaltado por una madre que le pide sane a su hija que tiene un espíritu inmundo. Se trata pues de tres personajes. En primer lugar veremos la relación desde la perspectiva de la hija enferma. Después conoceremos la relación desde la madre como origen de la relación. En tercer lugar repararemos en el porqué de sus palabras y en el modo original de reaccionar de Jesús. Finalmente, comprenderemos mejor, la reacción de la mujer ante las palabras del Señor y el desenlace final de la escena.
Cfr. La sanación del Alma
Ofrecer sensación de hogar
Jesús envía a la mujer a su casa con las palabras: “Porque has dicho esto, te digo: ve a tu casa, el demonio ha abandonado a tu hija”. (Mc 7,29). Jesús no fundamenta la sanación de la hija con la fe de la mujer sino con su reconocimiento. Por haber reconocido la causa del enredo con su hija, la hija ha sanado. Pero aún necesita condiciones auxiliares para que la hija encuentre su sendero de vida. Una mujer en el grupo de la Biblia opinaba que la terapia de Jesús consistía en remitir a la madre a su casa. Quizás la mujer estaba muy poco en su casa. Quizás la mujer no le proporcionó a la hija la sensación de hogar que había deseado. Cuando la hija se siente en su hogar se libera de su obligación de reclamar por doquier la dedicación de la madre. Cuando la madre regresa a casa, ve a la hija en la cama. La cama es también la imagen de cobijo. La hija puede abandonarse. Está protegida y en paz consigo misma. Ya no es tironeada hacia uno y otro lado por el demonio. No necesita caminar inquieta de aquí para allá suplicando dedicación sino que puede quedarse consigo misma. La madre ve de inmediato que el demonio la ha abandonado. Cuando la madre sobrecarga a la hija con dedicación a fin de desprenderse de sus propios sentimientos de culpa, también provoca sentimientos de culpa en la hija. Los sentimientos de culpa provocarán entonces que la hija se mueva sin rumbo. Desde siempre, los hombres azotados por sentimientos de culpa son descriptos como caminantes inquietos, tal e1 caso de Caín y Ahasver. Cuando la madre se presenta frente a la hija sin sentimientos de culpa, también ella se libera de los mismos. Entonces puede estar consigo misma en casa.
En esta historia de sanación Jesús no vio siquiera el rostro de la hija. Él envía a la madre a su camino. Cuando la madre llega a casa en armonía consigo misma, también la hija puede hallar su propia identidad. El espíritu inmundo de la hija está condicionado por la óptica poco clara de la madre. La madre proyecta sus propios problemas hacia la hija. Ella no ve cómo es sino a través de los anteojos de sus temores, su envidia, sus necesidades, sus heridas de vida no elaboradas. Y dado que la madre proyectó sus problemas hacia la hija, tampoco la hija puede ver a la madre de manera objetiva. Ella transmitirá sus propias necesidades reprimidas hacia la madre. De este modo nace un círculo vicioso que mantiene atrapadas a ambas. La sanación no consiste en una elaboración de, las proyecciones sino en la expulsión del demonio que enturbia la visión. Cuando la madre puede ver a la hija y la hija a la madre tal como verdaderamente es, el demonio ya no tiene oportunidad.
Jesús no lucha aquí con el demonio que ocupa a la hija. Él no expulsa al demonio sino que le confirma a la madre que el demonio ya ha abandonado a la hija. Cuando la madre cesa de infectar a su hija con sus proyecciones, ya no existirá demonio alguno que maneje a la hija. Cuando la madre se haya encontrado a sí misma, no necesitará criticar constantemente a la hija, la encontrará en orden. En la sanación de la herida materna Jesús muestra el optimismo con que ve a los hombres. Él le transmite a la madre que su hija está en orden, que está libre de demonios que ella cree descubrir constantemente en ella. Cuando la madre retroceda un paso y observe a la hija desde una distancia saludable, reconocerá que no hay ningún demonio. La hija seguramente no es una santa pero tampoco un demonio. Es tal cual es. Ella experimenta sus evoluciones, realiza algunos desvíos y recorre también caminos equivocados. Pero hallará su camino. Entonces podríamos interpretar las palabras de Jesús a la mujer: “Tu hija está en orden. Ella es buena tal como es. Ella tiene derecho a ser así. Permítele ser así. Obsérvala en su unicidad. Confía en que un ángel la acompaña y que, a través de todos los oscurecimientos de su ser, la conduce finalmente hacia la forma que Dios ha ideado para ella”.”
Cfr. La sanación del Alma
Crecer en la resistencia
“Tal como lo hemos visto, Jesús no se permite ser absorbido por la mujer. Con su respuesta resiste al ruego de la mujer. La grandeza de la mujer consiste simplemente en aceptar esa resistencia por parte de Jesús. Ella no se ofende sino más bien se asombra de la conducta de Jesús, que había imaginado distinta. Pero crece con la resistencia de Jesús. Evidentemente reconoce que Jesús no va inmediatamente con ella tras su ruego por comodidad. Ella percibe en el diálogo con Jesús simultáneamente el amor y la delimitación. Éste es un reconocimiento importante. Tal vez haya visto el amor de manera excesivamente absoluta. Quien ama, debe estar siempre para el otro según la opinión corriente. En la conducta de Jesús, entiende de pronto que el amor y la delimitación van juntos. El psicoterapeuta Peter Schellenbaum habla del “No en el amor”. Sólo si puedo establecer un límite en el amor del otro, podrá existir a largo plazo el amor entre los cónyuges. Sin una sana delimitación, la agresión crecerá tanto en el inconsciente que en algún momento se separarán. Cuando la madre no establece un límite en su amor hacia la hija, su amor absorberá a la hija y la oprimirá. Y en algún momento la madre se sentirá sobreexigida en su amor y se apartará de su hija. Ya no puede amarla. Quizás la madre haya estado precisamente en esta situación. Probablemente haya tenido un ideal demasiado elevado del amor. Y en virtud de que ya no podía lograr ese amor sin limites durante las 24 horas del día, prefirió dedicarse al “perrillo”. Ahora aprende de Jesús que es posible amar al otro y al mismo tiempo separarse de él, que puede ocuparse de su hija sin negarse a sí misma y sus propias necesidades.
La mujer acepta la óptica de Jesús: “Sí, Tú tienes razón, Señor”. Ella admite que ha descuidado a su hija. Ella reconoce que su hija no ha podido saciarse con su amor. Pero no se humilla cargando sobre sí todas las culpas y despedazándose con sentimientos de culpa. Reconoce que su amor limitado también arroja algo para su hija y que su hija puede vivir de ello. De este modo amplía la óptica de Jesús al responderle: “Pero también para los perros bajo la mesa cae algo del pan que comen los niños“. Con estas palabras expresa su parecer. Ella reconoce: Si coloco a mi hija en primer lugar y le doy a ella lo que necesita, queda sin embargo o precisamente por ello, aún suficiente para mí. Este asombroso reconocimiento sana a la madre. Se le abren los ojos a la madre sobre sí misma y sobre la relación con la hija. Se libera del enredo enfermante con su hija. A través del encuentro con Jesús la mujer reconoce lo “embrujado” de la relación con su hija.
Presumiblemente, la madre estaba entregada al círculo vicioso que nace del sentimiento de culpa frente a la hija. Cuando una madre se dedica a la hija en virtud del sentimiento de culpa, no le sirve ni a ella ni a la hija. La madre se ve sobreexigida y la hija ya no entiende. Muchas madres realizan en la actualidad una experiencia similar. Sienten que deben prestarle mayor dedicación a la hija y eso ya les provoca un sentimiento de culpa. Se reprochan dedicar demasiado tiempo al negocio o al trabajo. Se despedazan con sentimientos de culpa. Quisieran abandonar esos sentimientos de culpa y al mismo tiempo saldar la culpa inundando a la hija con dedicación. Pero el cambio constante entre la carencia y la superabundancia de dedicación confunde a la hija. Ella enferma. La confusión es como un demonio que le turba el pensamiento. En la confusión no se sacia. Quien padece constantemente de hambre no puede satisfacerse cuando la mesa está servida en abundancia. La mujer reconoce su amor limitado hacia la hija. Pero al decirle Jesús en primer lugar que no, al demostrarle su límite, la libera de sus sentimientos de culpa que siempre tuvo al dedicarse a sus “perrillos”. Dado que ahora no actúa en virtud de un sentimiento de culpa, la relación con la hija puede ser distinta. La madre dejará de sobreexigirse cuando se dedique a la hija. Ella tiene el permiso interior para poder dedicarse también a sus necesidades. Este permiso interior le otorga la fuerza suficiente para darle también a la hija lo que necesita y la sacia. Ella no necesita expiar su culpa con su hija. Puede verla tal cual es. Y puede darle aquello que está en condiciones de brindar sin agotarse con ello.
En una ronda de conversación cierta mujer contó que tenía sentimientos de culpa frente a su madre. Ella había amado mucho a su madre pero, dado que vivía en otro pueblo, no pudo estar presente al momento de su muerte. Y ella se lo reprochaba una y otra vez. No podía manejar los sentimientos de culpa frente a su madre. El único camino para liberarse de ellos era expiar la culpa malcriando a su hija. Pero aun al sacrificarse de ese modo por su hija, no lograba desprenderse de sus sentimientos de culpa. Los sentimientos de culpa no pueden “pagarse con trabajo”. Es necesario otro camino para liberarse de ellos. La mujer recién tomó conciencia acerca de cómo actuaba respecto a su hija, cuando en el curso se habló sobre la historia de sanación en Marcos 7. En ese momento reconoció que gastaba todas sus fuerzas en su hija con el objeto de liberarse de sus sentimientos de culpa. Pero su sobrededicación no le hacía bien a la hija, dado que ella no podía percibir los límites de la madre. Por esta razón, durante toda la vida le resultó difícil establecer límites y observar sus propios límites. La sobrededicación que proviene de un remordimiento es igual de grave para la hija, figuradamente tan afilada, tan mortal, como la falta de amor. Para la madre fue existencialmente importante la historia de la mujer sirio-fenicia. Al igual que la mujer en la historia, aprendió de Jesús que no necesita dar todo sino sólo lo que está en condiciones de dar. La hija crece cuando aprende que la madre también tiene sus límites y que puede respetarlos.
Sea cual sea la manera en que se entienda la respuesta de la madre, de todos modos en sus palabras se refleja una transformación interior. La sanación de la madre consiste en el reconocimiento de su auténtica relación con la hija. Dado que a través del encuentro con Jesús ha comprendido qué sucede. entre ella y su hija, se libera de sus proyecciones inconscientes que hasta ese momento dirigió hacia su hija. La madre no le promete a Jesús cambiar totalmente. Tal promesa seguramente serviría de poco y a lo sumo podría calmar sus remordimientos. Inundaría a la hija con su amor y por ende la malcriaría. Pero al malcriarla únicamente perjudicaría a la hija. Algunas madres se sienten tironeadas entre el descuido y el excesivo consentimiento. Con el excesivo consentimiento no aluden a sus hijas sino a sí mismas que se sienten culpables. De este modo se enredan con la hija. El demonio que mantiene ocupada a la hija radica en última instancia en este enredo inmundo de la madre con la hija, en la mezcla de los sentimientos de culpa de la madre con las necesidades de la hija.
La mujer le da la razón a Jesús. Ha comprendido lo que quiso significar. Y ahora reconoce los mecanismos que intervienen entre ella y su hija. Jesús le ha abierto los ojos para que observe más detenidamente la relación con su hija sin evaluarla. A1 resistirse Jesús a acompañarla de inmediato y satisfacer sus expectativas, ha provocado que reflexione. Y esto es más beneficioso que la rápida acción que sólo apunta a disolver de inmediato los síntomas. El reconocimiento de la estrecha maraña entre los conflictos y los problemas de la hija libera a la madre de su atadura inconsciente a la psiquis de su hija. A la inversa, también libera a la hija del demonio. Dado que la madre sólo puede regresar a casa transformada, la hija la enfrentará de manera distinta. Dado que ya no reacciona inconscientemente a su conducta, la hija está libre para comportarse como lo indica su corazón. Jesús ha sanado el enredo inmundo entre la madre y la hija al colocar en primer lugar a la madre sobre sus propios pies y confrontarla consigo misma. Una vez que la madre es completamente ella, también la hija puede vivir su propia vida, estará libre de las turbaciones por los sentimientos de culpa y temores maternos, podrá ser totalmente ella misma. En Indonesia se expresa mediante un ritual al hecho de soltar a la hija. Antes del casamiento de la hija, la madre destruye una olla. Con ello expresa que la juventud de la hija ha pasado, que ella suelta a la hija para que esté sobre sus propios pies.”
Cfr. La sanación del Alma
Saciar al niño
“El primer paso de la terapia de Jesús consiste en la frase particular: “Deja primero que se sacien los hijos, porque no está bien tomar el pan de los hijos y echarlo a los perrillos” (Mc 7,27).
Muchos exégetas interpretan esta frase como si Jesús se sintiera únicamente enviado a los judíos y no a los paganos. Si interpretamos la historia de este modo, si bien resulta históricamente interesante, nos da entonces un panorama de la historia de la antigua Iglesia, pero no tendría ningún significado para nosotros. Una y otra vez experimentamos que la gente que aún no escuchó nada de esta interpretación histórica, se maneja mucho más libremente con esta frase. De inmediato introduce sus propias experiencias. Una mujer consideró espontáneamente que se sentía identificada en esta historia. Su madre tenía un negocio, con el cual estaba tan ocupada que su hija no recibió la dedicación que necesitaba. Sólo pudo vivir de las migajas que caían del negocio. Pero esto no la saciaba. Entonces buscó entre los clientes lo que necesitaba. A menudo concurría al negocio y hablaba con los clientes. De ellos recibió mucha dedicación. Entre ellos era querida y podía emplear su encanto para buscarse el amor que en realidad ansiaba de su madre.
Si comparamos la experiencia de esta mujer con el relato bíblico, sería posible ver en la palabra de Jesús una interpretación de la conducta enfermante de la mujer. La madre debe saciar a sus hijos en lugar de quitarles el pan a los niños y arrojárselo a los perros. En griego utilizan el término “perrillo”. Los griegos gustaban de tener estos “perrillos” como animales domésticos. Y a menudo se ocupaban algunas madres más de sus dulces “perrillos” que de los propios hijos. Evidentemente la mujer no aceptó a su hija en su unicidad y diversidad y prefirió dedicarse a los perros. Era más fácil cuidar de ellos, podía educarlos como quería, mientras que la hija demostraba su propia voluntad. Los perros pueden domesticarse, los niños deben aceptarse y tratar de entenderse. La hija no se sació. No recibió lo que necesitaba. No experimentó el amor que ansiaba. Se les dio preferencia a los perrillos. De tal modo, para ella sólo quedaban las migajas del amor materno.
Para los judíos, el perro representaba también la imagen del idólatra. Si partimos de esa interpretación, la palabra de Jesús podría contener el reproche, que para la mujer son más importantes los idólatras que el bienestar de su hija. Algunas madres persiguen a algunos idólatras, al idólatra de su propia carrera o de su negocio, de su profesión o de su reconocimiento entre la gente. No se ocupan de sus hijos sino de sí mismas. Su educación es más importante que la de las hijas. Todo su anhelo está dirigido a tener una buena imagen y llegada entre la gente. Quisieran ser mujeres atractivas y se resisten al rol de madres. O utilizan a las hijas como idólatras. Las hijas deben vivir todo lo que ellas no pudieron o no les fue permitido. Pero no ven a las hijas como son. Ven en las hijas el propio ideal que quisieran desarrollar en ellas. Entonces las sobrecargan con expectativas e ideales elevados que proyectan en ellas. Las hijas deben defenderse de esta sobreexigencia. Y a menudo, la enfermedad es el único camino para defenderse de las expectativas de la madre.”
cfr. La sanación del Alma
El “espíritu inmundo” de la hija

Marcos nos presenta en esta escena una historia de curación de la relación madre-hija. El Señor que se ha retirado hacia las tierras de Tiro y Sidón con sus discípulos para dedicarse más a fondo a su formación, es asaltado por una mujer sirio-fenicia pagana que tiene a su hija poseída de un espíritu inmundo y le busca para que expulsara de su hija al demonio.
En griego la palabra que se emplea para la hija es …. Que significa más exactamente: “hijita”. Es posible que con ello se quiera plantear quizás la posibilidad de que la madre siga tratando a la hija como a una niña pequeña y no la tome en serio o que la esté utilizando buscándose a ella misma, es decir para satisfacer sus necesidades de afecto, un afecto que ella misma no ha experimentado. De ser así, la niña siente que debe satisfacer las necesidades maternas y no vive su propia necesidad de afecto, esto la desorienta. Y no es para menos, porque siente que no es la madre quien cuida de la hija sino la hija quien debe cuidar de la madre… Cuando una hija o hijo asume “el rol de los padres”, esto no le hace bien y además provoca que de adulto se sienta estafado en su infancia.
Con el término espíritu inmundo (impuro) puede expresarse quizás la simbiosis o mezcolanza enmarañada de sentimientos entre la hija y la madre. Quizás la hija se aferra a la madre por temor a perderla o por el temor a tener que enfrentar la vida sin su madre. Cuando una hija vive en simbiosis con su madre la relación se suele presentar como una “relación sin límites precisos”, es decir, la hija no sabe si los sentimientos que tiene son suyos o de la madre; ella adopta inadvertidamente los sentimientos y deseos de la madre; por ejemplo, la hija piensa: “te quiero, pero esto te atemoriza; por lo tanto también me atemoriza a mi y por eso también reprimo este sentimiento en mi, como haces tu”. Esto es malo porque aplicará el mismo modelo (“no me toques y no me dejes”) a cada una de las relaciones afectivas que tenga: por un lado deseará ser amada y al mismo tiempo se resistirá al amor que se le ofrece, haciéndose incapaz para el amor. Esto es el resultado de un auténtico demonio. Al fin y al cabo esa es su misión, agitarnos de un extremo al otro para que dejemos de ser nosotros mismos y quitarnos la libertad de amar.
Un dato que puede ser importante: no se menciona el padre. Muchos padres están ausentes en la formación de sus hijos, dejando esta tarea a las madres, que se sienten solas en la educación de sus hijos. Pero cuando la madre debe educar sola, es más fácil que caiga en una “relación sin límites” con su hija. La hija necesita la presencia de hombres paternales para poder separase de la madre y edificar mejor su propia identidad.
Finalmente, el espíritu inmundo también podría ser la imagen de todo aquello que la hija no puede aceptar en sí misma, de todo lo que le resulta inmundo; por ejemplo: cuando la hija no acepta su cuerpo, le resulta espantoso; piensa que todos la miran y se ríen de ella; está deprimida y tiene miedo de ir al colegio porque imagina que todos están en su contra. Cree que su madre no la quiere de verdad. Todos los intentos de aclararle a la hija que sus padres la quieren sin ningún condicionamiento, de que ella tiene muchas aptitudes, que ya le irá bien en la escuela, son inútiles. La madre no logra imponerse sobre el demonio. Al contrario, cuanto más trata de convencer a la hija, tanto más fuerte parece dominarla el demonio.
Sea lo que sea, resulta que la relación madre-hija en sus pensamientos y sentimientos está enturbiada por algún oscuro y maléfico motivo… Y el hecho de no indicarse ningún motivo explícito en el texto permite a cada madre y cada hija adentrarse en la narración con su experiencia y situación particular.
Sigamos en La terapia para la madre
La terapia para la madre
El primer paso de la sanación de su hija consiste en que la madre se aleje de la hija. Ella no lleva a la hija hacia Jesús (como lo hará el padre con su hijo en Mc 9, 19-24). Y ella no trae a Jesús a su hogar como lo hiciera Jairo. Ella se va de casa. Necesita distancia con su hija para encontrar ayuda para ella. Se dirige a Jesús para rogarle ayuda. De este modo expresa su debilidad. Reconocer su propio desamparo es la condición que diluye la atadura entre la madre y la hija y permite así la expulsión del demonio.
Pero en la “caída a los pies” se evidencia también una tendencia absorbente por parte de la mujer. Evidentemente la mujer intenta no sólo absorber a su hija sino también a todos aquellos de los que espera ayuda. Si no puede ayudar a su hija, puede al menos aplicar su encanto femenino para movilizar a Jesús a que la ayude. Y calcula concienzudamente qué debe hacer para que Jesús responda a su ruego. Y según lo que escuchó de Jesús, ella cree que caer a sus pies convencerá a Jesús a ir con ella.
“Pero Jesús se separa de la mujer. No permite que lo absorba. Le muestra sus límites. Jesús no cumple aquí totalmente la imagen del Salvador dispuesto a ayudar en todo momento, que fue predicada con mucha frecuencia. Entonces se decía que simplemente había que rogarle a Jesús y Él vendría de inmediato para ayudar. Pero en este relato Jesús no muestra disposición alguna para ayudarla. Él se ha retirado con los discípulos para instruirlos. Esto es ahora más importante para Él. También Él tiene necesidades, y no permite que lo determinen de inmediato las necesidades de los demás. Evidentemente a la mujer le resulta de ayuda que alguien no responda inmediatamente a su primer deseo sino que se distancie. Quizás este distanciamiento de Jesús sea ya el primer paso para la madre para poder clarificar su relación con la hija. También ella puede establecer límites, puede tener y aceptar sus propias necesidades y no precisa leer de los labios de su hija todos sus deseos. Ella debe aprender a transformar la relación sin límites en la cual se entremezclan los sentimientos de la madre y la hija, en una relación clara en la cual cada una pueda ser ella misma.
En esta historia Jesús trata únicamente a la madre. La terapia para la madre no consiste en que Jesús sane a la madre porque está enferma. Jesús no utiliza la división entre sano y enfermo. Él no la valora. Él libera a la madre del enredo con su hija y las conduce a ambas hacia sí mismas. El demonio es una relación poco clara entre la madre y la hija, una complicación inmunda. Jesús la pone en contacto consigo misma. Enseña a la mujer a permitir vivir a la hija. Inicia una conversación con ella. No habla con ella acerca de la hija sino sobre su propio comportamiento. La confronta consigo misma para que aprenda a conocerse mejor…”
Cfr. La sanación del Alma
“El demonio ha abandonado a tu hija” (Mc 7,24-30)
“Y partiendo de allí, se fue a la región de Tiro, y entrando en una casa quería que nadie lo supiese, pero no logró pasar inadvertido, sino que, en seguida, habiendo oído hablar de él una mujer, cuya hija estaba poseída de un espíritu inmundo, vino y se postró a sus pies. Esta mujer era pagana, siro-fenicia de nacimiento, y le rogaba que expulsara de su hija al demonio. El le decía: «Espera que primero se sacien los hijos, pues no está bien tomar el pan de los hijos y echárselo a los perritos».
Pero ella le respondió: «Sí, Señor; que también los perritos comen bajo la mesa migajas de los niños». El, entonces, le dijo: «Por lo que has dicho, vete; el demonio ha salido de tu hija».
Volvió a su casa y encontró que la niña estaba echada en la cama y que el demonio se había ido.”
Es bueno reconocer y aceptar nuestras heridas, pues de lo contrario además de hacernos daño a nosotros mismos, es muy posible que nos lleven a lastimar a otros de la misma forma en que fuimos nosotros lastimados. Por eso con la ayuda del texto evangélico podemos contagiarnos de la fuerza sanadora que sale del Señor en ellos y por medio de la luz que sale de ellos ver mejor las propias heridas y experimentar la transformación de las heridas en perlas… Solo por la reconciliación y curación de nuestras heridas encontramos nuestro propio y verdadero estilo de caminar. Solo cuando dejemos de ser absorbidos por el dolor de las heridas, solo cuando dejemos de inyectarnos los sentimientos de culpa que originan los daños que por ellas hacemos a los demás, estaremos más libres para ser un poco más nosotros mismos.
Todas las mujeres son hijas y muchas también madres, por eso es bueno meditar tanto acerca de la relación con sus madres, como simultáneamente preguntarse cómo se comportan frente a sus hijas.
Sugiere Anselm Grün que “Si la mujer acompañada tuviera problemas con su hija, podría contarle a Jesús durante media hora cómo ve a su hija y por qué quisiera rogarle a Jesús. Pero si quisiera observar su herida materna, entonces podría imaginarse que su madre se dirige a Jesús y le cuenta a Jesús sobre ella como hija. ¿Qué podría haber contado su madre de ella? ¿Cómo ve su madre a la hija? Esta meditación libera a la hija de la presión de tener que entender a su madre. Pero también la protege de enfrascarse en una óptica excesivamente negativa de la madre. Algunas confunden terapia con observar la infancia de manera bastante negativa. Es importante no reprimir nada y observar todos los sentimientos que afloran en uno. Pero también debemos cuidarnos del error retrospectivo que siempre se introduce furtivamente cuando observamos nuestro pasado con nuestros conocimientos actuales. Quien lea literatura psicológica puede correr el riesgo de observar la infancia únicamente con enojo. La logoterapia advierte frente al agravamiento de nuestra enfermedad espiritual a causa de la estimación errónea de nuestra infancia (Lucas 169 y sigs.). A1 imaginarme que mi madre habla con Jesús sobre mí, tomo distancia de ella y puedo verla con mayor objetividad. Principalmente podría reconocer también que ella misma ha padecido su propia limitación.”
Hemos de procurar por medio de la observación más consciente de las posibles heridas maternas, procurar dejar fluir la gracia medicinal de Dios dentro de ellas, de modo que su curación transforme nuestra vida haciéndola más acorde con el querer de Dios.
Cfr. La sanación del Alma
El significado de la voluntad y del objetivo
A continuación quisiéramos hacer hincapié en dos aspectos importantes de la terapia de Jesús.
El primer aspecto llamativo es que Jesús pone en contacto al enfermo con su propia voluntad. Depende del enfermo en sí mismo sanar o no, si desea enterrarse en su autocompasión o si se pone de pie y transita su camino. Jesús le quita la ilusión al enfermo que desea endosarle la responsabilidad de su sanación, como si pudiera ser sanado sin su propia intervención. Durante mucho tiempo se. ha pasado por alto en la terapia la voluntad del paciente. Se ha hecho demasiada referencia a las heridas que lo enferman y perjudican su voluntad. Y se pensaba que el terapeuta debía tratar a su paciente en lugar de fortalecer en él su voluntad. Roberto Assagioli, el creador de la Psicosíntesis (†1974), adoptó una nueva visión del significado de la voluntad para la terapia. Para él, la voluntad es la capacidad esencial del individuo. Assagioli ha desarrollado métodos para enseñar la voluntad. Él está convencido de que toda persona tiene voluntad. Sólo debe aplicarla. Debe querer crecer, avanzar en su camino, trabajar en si mismo con paciencia y tenacidad.
También la terapia espiritual de Jesús se dirige conscientemente a la voluntad del individuo. Jesús atrae la fuerza que está dentro de cada uno. Él no deja a los enfermos con su pasividad sino que los motiva a levantarse por sí mismos y aventurar su propia vida. Y no mira hacia atrás sino hacia adelante. Si bien no debemos pasar por alto nuestro pasado, también debemos poder liberarnos de la presión de tener que averiguar y elaborar todos los secretos de nuestra historia de vida. Es decisivo que en todas nuestras heridas paternas y maternas optemos por la vida en lugar de girar siempre únicamente en torno a las lastimaduras del pasado.
Otro aspecto nos parece importante en la terapia espiritual de Jesús. Él muestra a las personas un objetivo para sus vidas. Él los invita a salir de las relaciones con los padres. No debemos ver nuestra misión más importante en clarificar la relación con nuestros padres sino en hallar nuestro propio sendero de vida. Debemos descubrir la tarea que nos fue encomendada. Se trata de reconocer nuestra misión. No debemos fijarnos a nuestra sanación sino reconocer la tarea que debemos llevar a cabo en este mundo. Entonces experimentaremos que nuestra vida tiene sentido. Esto responde a lo que la logoterapia ha puesto nuevamente en discusión en la actualidad. Victor E. Frankl, el creador de la logoterapia, hizo una y otra vez referencia a que muchas personas están enfermas en la actualidad porque no ven un sentido superior hacia el cual apuntar su mirada. El sentido que le damos a nuestra vida nos sana. Jesús abre nuestros ojos para poder ver allá de las relaciones concretas con los padres y dirigir la mirada hacia el objetivo propiamente dicho de nuestra vida.
En el sermón de la montaña Jesús nos invita a desprendernos de nuestras preocupaciones: “¿Qué habéis de comer o qué habéis de beber? ¿Qué habéis de vestir?” (Mt 7,31) No debemos por lo tanto, rompernos la cabeza permanentemente si hemos sido satisfechos en nuestra historia de vida o si hemos experimentado suficiente dedicación y ternura, si nos hemos quedado cortos, si tenemos una buena apariencia y respondemos a las expectativas de la gente. “Ya todo esto les importa a los paganos. A vosotros debe importarles en primer término su reino y su justicia; luego os será dado todo lo demás” (Mt 6,32 y sigs.). Únicamente si miramos más allá de nosotros hacia un objetivo superior que nos transciende, podremos tener una vida íntegra. “El reino de Dios” como objetivo de nuestra búsqueda significa que Dios reina en nosotros y no ya nuestros modelos de vida, no las voces de nuestros padres que hemos interiorizado en el super-yó. Si Dios reina dentro de nosotros, llegaremos a nuestro auténtico ser. El objetivo que debemos buscar en nuestra vida no consiste en una acción sino en un ser, en una misión. Dios nos envía a este mundo para que vivamos la imagen verdadera que Él se ha hecho de nosotros. De este modo, Dios se hace visible en este mundo a través de nosotros.
El trato de Jesús con la hija
En el caso de la hija, Jesús aplica una terapia respectivamente diferenciada, según se trate de la hija del padre o de la madre.
A la hija del padre la trata con mayor intensidad. La toma de la mano y la despierta. Dado que ella ha fallecido, está incomunicada y rígida, él la toca con su mano enérgica para que su fuerza pueda fluir dentro de ella. Y luego le ordena -de modo similar al hijo único de la madre- levantarse. Debe ponerse de pie sobre sí misma y liberarse de la relación con el padre. Jesús despierta en ella nueva vida y fortalece esta vida cuando le ordena que le den de comer. La hija no sólo debe ser independiente y transitar su propio camino. También debe, ante todo, sentirse a sí misma y vivir a gusto dentro de su cuerpo. Y a través de la comida deberá descubrir lo maternal dentro de ella. Aquí Jesús le confía algo a la niña. Ella debe ser partícipe de su sanación al levantarse y moverse de aquí para allá. Ella debe escudriñar sus posibilidades y debe alimentarse por sí misma. No se trata de la palabra como en el caso del hijo sino de la alimentación. A las niñas les resulta más fácil hablar de sí mismas, sobre sus sentimientos y sus heridas. Pero a menudo se preocupan poco de ellas mismas. No encuentran lo que realmente las alimenta. Dado que la relación padre-hijas precisamente apunta a agradar al padre o impresionarlo por su capacidad, pierden la relación consigo mismas. La terapia de Jesús para la hija apunta a que ella se sienta y cuide de sí misma, que tome contacto con su cuerpo y viva a gusto dentro de él.
Jesús trata la relación padre-hija como un terapeuta paternal donde la hija experimenta otro tipo de paternidad distinta a la relación obstaculizante y estrechante que tiene con su padre. Pero Jesús también se enfrenta a la hija como terapeuta maternal, al cuidar de que ella encuentre el alimento que necesita. Al poner en contacto a la hija con su raíz paternal y maternal, Jesús la habilita a marcar en este mundo su propio sendero de vida.
Jesús no trata directamente a la hija de la madre. Ni siquiera la ve personalmente. Jesús se limita a tratar a la madre. Cuando la madre vea a la hija con otros ojos, la hija sanará. Cuando la madre haya encontrado su propio centro, la hija podrá encontrar su propia identidad como mujer en ese análisis. La hija estará sana e íntegra cuando pueda estar en casa en sí misma. Entonces hallará su camino. La terapia de Jesús consiste en liberar a la hija del enredo con la madre y proporcionarle un espacio de confianza en el que encuentre valor para vivir su propia vida y desarrollar lo que le interese. Jesús pone en contacto a la madre-hija con el potencial de crecimiento de su propia alma. La deja vivir y crecer tal como es. Él confía en que pueda crear a partir de su fuente interior siempre que viva a una buena distancia de la madre y que entonces también descubra las raíces positivas que su madre le ofrece.
Cfr. La sanación del Alma
La sanación del hijo
También al hijo y a la hija Jesús los trata de manera respectivamente diferente. Jesús toma al hijo con mayor dureza. Lucha con él. Amenaza al demonio y le ordena salir de él (Mc 9,25). Él distingue al hijo del demonio que lo tiene poseído. Él siente que el hijo no vive a partir de sí mismo sino que está determinado por los complejos enredos con su padre. El hijo no puede pensar con claridad porque está dominado por los modelos inconscientes del padre. Y aún no ha desarrollado su propia identidad. Jesús conduce al hijo hacia sí mismo arrojando fuera de él al demonio. También con el joven de Naín, Jesús procede de manera vigorosa e imperativa. Le ordena: “Te ordeno, joven hombre: ¡levántate!” (Lc 7,14). En ambos casos Jesús se dirige a la voluntad de los hombres jóvenes. Él fortalece su voluntad. No permite la excusa de ser producto de su educación y que no pueden cambiar nada en ellos mismos. También está en su voluntad hacer algo para sí mismos. El hijo debe decidirse por la salud y por la vida. Él es responsable de su vida y debe tomar su vida en sus propias manos.
El método terapéutico de Jesús provoca confrontación y desilusión. Jesús no trabaja únicamente con la comprensión sino que confronta al hijo con una orden clara, la cual el hijo no puede esquivar. Con su mandato de levantarse, Jesús quita al joven hombre la ilusión de que sean los culpables de su estado. Es como si le dijera: “Tú puedes estar de pie. Por lo tanto, ¡levántate! No tiene sentido que le endoses la culpa de tu estado a tu padre o tu madre. Vive tu propia vida. Despréndete de tu madre. Tienes suficiente fuerza para ello.”
El hijo debe – según lo demuestran los relatos de la Biblia- participar activamente en su sanación: El joven poseído expulsa de sí al demonio con fuertes gritos y se libera vigorosamente de sus garras. Y se para por sí mismo. El joven de Naín debe sentarse por sí solo y comenzar a hablar. Levantarse y expresar aquello que está dentro de uno es la parte que puede aportar el hijo a la sanación. Para el hijo sería mortal permanecer en su pasividad, sentirse víctima del padre o de la madre. Él debe tomar contacto con su propia fuerza.
En ambos casos, Jesús actúa como el padre que le confía algo a su hijo. Él desafía al hijo. Lo hace partícipe de su fuerza. Le hace una oferta, para desarrollar en la confrontación con él como médico, su propia identidad masculina y madurar como hombre. Pero Jesús también trata al hijo con amor, como una madre. Le tiende la mano al muchacho poseído y lo levanta. Al joven de Naín le abre un ámbito de confianza de modo tal de poder hablar sobre él y sobre sus sentimientos. Y lo retorna a su madre. Por lo tanto, Jesús vincula al hijo con sus raíces positivas paternas y maternas. El hijo poseído experimenta su fuerza masculina, el “hijo de la madre” sus sentimientos. Al liberar Jesús al hijo de la esfera de influencia del padre y de la madre, le permite transitar su propio camino. Pero este camino sólo tendrá éxito si es consciente de sus raíces paternas y maternas, si es un hombre que integra animus y anima.
Cfr. La sanación del Alma