Archivo para Abril 2008
Liberación de la simbiosis con la madre
Vivir en simbiosis resulta a la larga perjudicial tanto para la madre como para el hijo. En la mayoría de los casos de curación de los vínculos maternos se experimentan como una vivencia de muerte y desprendimiento interno, espiritual. El hijo, en cierto sentido, siente que muere a su antiguo rol y se despide de su identidad “como hijo único de su madre“. Este proceso de desprendimiento es doloroso, porque el hijo siente como si le faltase ese fundamento sobre el cual había vivido hasta ahora. Se debe desprender espiritualmente del nido en el cual estaba tan confortablemente instalado. Y siempre existe el riesgo de echarse atrás, cuando ven a la madre reaccionar de manera cariñosa y comprensiva, la tentación de retornar nuevamente al nido es fuerte. O no terminan de decidirse, quisieran partir pero no aún, no se animan y lo van dejando. Tienen quizás miedo a una caída fuera del nido que sea demasiado dolorosa y que no puedan soportarla en la dura realidad de la vida.
Pero no sólo el hijo siente dolor y temor de liberarse de la simbiosis con la madre. Es posible que la madre también reaccione intentando retenerlo en su rol a través del llanto. Es posible que inadvertidamente le transmita al hijo sentimientos de culpa: serás la causa de mi tristeza si te separas de mi. Con frecuencia el hijo cede, pues no soporta ver llorar a su madre, pero entonces vuelve a caer en su antiguo rol.
Esta decisión dolorosa es personal por parte del hijo, pues no existe ningún otro camino para curar una relación materna mal enfocada. Inclusive una vez fallecida la madre, algunos hombres continúan siendo hijitos de mamá. En primer lugar deben distanciarse de su madre para acercarse luego a las raíces positivas que su madre también les ha transmitido. Tales hijitos de mamá tienen dificultades para dominar los conflictos objetivamente y luchar contra ellos. Tienen miedo frente a hombres fuertes y ellos mismos se empequeñecen. O buscan madres sustitutas. Alguno puede quedar absorbido por esas madres sustitutas y en algún momento se sentirá agotado y extenuado; pensará que trabaja demasiado, y que la gente espera demasiado de él. Pero en realidad es él mismo quien se pone en esta situación. Cualquier grupo puede tener expectativas, a1 igual que la madre tiene su derecho a exteriorizar sus expectativas, pero siempre será mi decisión responder o no a esas expectativas.
Un ejemplo, la relación poco clara con la madre afecta también la relación espiritual con Dios. El afectado se siente como absorbido por Dios. No puede resistirse a Él porque de Él parten expectativas ilimitadas. La sensación es entonces: siento remordimientos si digo que no. Quizás sea la voluntad de Dios que yo continúe meditando, que me dedique más a los pobres, que haga más por la gente que necesita mi ayuda, que me comprometa más con la comunidad, etc…
Suponiendo que advierta que mi relación con Dios no es saludable porque aún estoy ligado a mi madre ¿qué se debe hacer? En principio advertir esto, no debe conducir a que abandone mi espiritualidad. Por el contrario, lo que se debe hacer es transformar mi espiritualidad. Por esta razón, la curación de la relación con la madre es un requisito para una sana espiritualidad y una relación con Dios que sane y libere. Jesús ha liberado nuestra imagen de Dios del vínculo materno. Él nos anuncia el Dios que nos da la vida, que nos libera, que nos envía a nuestro propio camino. Es el Dios que nos conduce hacia fuera de la dependencia y nos ordena andar el camino de la libertad.
Cfr. La sanación del Alma
La relación entre madre e hijo
En primer lugar leemos el texto del Evangelio que nos va a servir de guía y hacemos un planteamiento del problema. Se trata de hacer una reflexión positiva y sanadora, no de quedarse en lo negativo de las heridas, sino de transformarlas en perlas.
La acción sanadora de Jesús en esta relación madre-hijo, la vemos desarrollarse en tres etapas: en primer lugar cuando Jesús se dirige a la madre y le dice: ¡no llores!. A continuación cuando toca el féretro y dirigiéndose al joven muerto le dice: ¡Levantaté!. En un tercer momento se nos dice que el joven como primera manifestación de vida que: “Comenzó a hablar” y el Señor lo devuelve ya curado a su madre.
Y por último, vemos el desenlace tanto en el hijo como en la madre de este proceso de curación que les beneficia, también en el terreno espiritual en la relación con Dios.
Cfr. La sanación del Alma
“Comenzó a hablar” (Lc 7, 15)

La primera manifestación de vida del muchacho consiste en hablar. “Comenzó a hablar”. Emitir palabras, expresar sus necesidades, desahogarse… Es un nuevo comienzo para el muchacho. Cuando el muchacho despierta habla como un hombre. El término griego usado lalein, significa: “hablar entre sí en un tono familiar, conversar en confianza“, es como si el muchacho empezara a contar cosas personales, íntimas, cosas suyas; es decir el joven debe sincerarse. Se trata de abrir el corazón y abrirlo a los demás, garantizarle al otro acceso al propio corazón, hablar de modo que crezca una relación y surja confianza.
El término alemán sprechen (hablar) tiene relación con bersten, brechen (reventar, romper). Al hablar, el blindaje que recubre nuestro corazón se parte. Le damos participación al otro en nuestras emociones, en nuestra voz, en nuestro humor.
El muchacho sana y se vuelve íntegro al sincerarse, cuando sus palabras concuerdan con su corazón y cuando concede voz a sus sentimientos.
El hecho de que Jesús retorne el joven a su madre, parece a primera vista una regresión, un paso atrás al antiguo rol. Pero el hijo no se vuelve adulto por romper la relación con su madre. Éste sería únicamente un arranque violento, con el cual él mismo se arrancaría importantes fuentes de vida del alma.
Ser adulto significa estar en buenas relaciones con la madre. El árbol sólo puede crecer y desarrollar su copa cuando tiene raíces profundas. Los padres representan nuestras raíces. Inclusive cuando nuestro padre y nuestra madre nos hayan lastimado, ellos conforman las raíces que nos alimentan. Por esta razón tiene poco sentido que el hijo corte las raíces de su madre. Quedaría entonces sin raíces y su árbol se secaría.
Pero el árbol del hijo y el árbol de la madre no deben crecer juntos. La simbiosis con la madre quitaría espacio a su árbol, espacio necesario para su desarrollo. Sólo es adulto quien puede delimitarse de su madre, quien puede hablar con ella sin sentirse bajo su tutela, quien puede tratar con ella sin adecuarse constantemente. Existen hombres que se consideran adultos e independientes. Pero ni bien visitan a la madre caen nuevamente en el viejo papel. Son amables y considerados y niegan su propia vida. O discuten siempre con su madre. Si la madre pretende tratarlos como niños reaccionan como púberes, son testarudos y se encolerizan. No son soberanos. Siempre es mi responsabilidad si me dejo tratar como niño o no, aunque escuche las palabras y deseos de mi madre. Pero no me rijo por ellos. Los dejo en ella. Si debo resistirme a ellos a los gritos demuestro que mi madre aún tiene poder sobre mí, que aún no me he desprendido totalmente. La libertad del hijo frente a la madre se demuestra en una conducta adulta marcada por el respeto pero también por la delimitación y la independencia.
En todos nosotros existe una nostalgia por la madre, pero si toda nuestra vida la dirigimos hacia nuestra madre concreta permaneceremos infantiles. Pero si arrancamos la nostalgia por la madre cortaríamos un importante fundamento de raíz, una fuente fructífera de la cual podemos beber.
Una buena solución sería dirigir la nostalgia por la madre hacia un símbolo, por ejemplo a Dios, a la Iglesia, al Cielo, etc. Muchas construcciones de iglesias tienen la figura de un regazo materno. Muchos experimentan protección al sentarse en una iglesia romana y saberse rodeados de la presencia sanadora de Dios. En Dios y en la Virgen María se satisface plenamente nuestra nostalgia de madre.
Cfr. La sanación del Alma
¡Despierta! (Lc 7,14)
Jesús detiene el cortejo fúnebre, la comitiva hacia la tumba. Es menester detener la comitiva, parar y preguntar de qué se trata en realidad. Jesús toca el féretro en el cual yace el hijo, y lo para. Jesús va a poner término a un proceso que conduce a la tumba. Entonces le dice al hijo único: “Te ordeno, joven hombre: ¡Levántate!” (Lc 7,14). Es una frase formal que Jesús le dice al hijo. El término griego egertheti significa en primer lugar “despierta“. La curación del joven consiste también en un despertar del sueño de su ilusión, en este caso del supuesto vínculo negativo con la madre. Él mismo debe despertar, debe convertirse en adulto. Y una vez que despierte, también podrá levantarse, es decir, podrá vivir por sí mismo y no en la atención y cuidado de la madre. Quizá él no quería salir del tibio nido de la madre, por eso necesita una orden directa y enérgica: Jesús parece despertar también una fuerza que está como muerta dentro del joven. El término griego que se emplea neaniske, significa que en el joven hay algo nuevo, fresco, sin uso. Y Jesús quiere despertarlo a la vida.
A continuación se dice que el joven se sienta. Todavía no es levantarse. El muchacho aún no está sobre sus propias piernas. Pero es el comienzo para no ser llevado. Deja de estar acostado y comienza a estar activo. Se sienta derecho y comienza a hablar por sí mismo. Quizás hasta ahora había evaluado y visto todo a través de ojos de su madre y casi hasta repetía las mismas ideas y palabras, pero ahora una vez surgida la curación el joven comienza a hablar también por sí mismo.
Hay hombres que inclusive a los cuarenta años viven con su madre. Han interrumpido sus estudios y no encuentran trabajo. No existe trabajo que responda a sus fantasías de grandeza, a su genialidad. A menudo cayeron bajo el efecto del alcohol, esconden la cabeza bajo el ala y cierran sus ojos a la realidad de su vida. La madre continúa ocupándose de este hijo, tiene miedo de que su hijo sucumba e inconscientemente también necesita al hijo para no sentirse sola. Frecuentemente busca la culpa en sí misma de que el hijo no ha crecido como debería en la vida. Y estos sentimientos de culpa hacen que no se atreva a tratarlo con más dureza y lanzarlo a la lucha por la vida. Ella piensa que si tal vez hiciera más por su hijo, quizás sanaría y sería útil en la vida. Sus sentimientos de culpa la ciegan y permite que su hijo la utilice, incluso que la insulte o la lastime. Y de este modo surge un vínculo funesto: al sentirse culpable la madre, no se anima a abandonarlo a sí mismo y cuanto menos se anima, tanto más lo aferra a la dependencia y consiguientemente lo daña. La madre padece por el hijo que la utiliza y le hace difícil su vida. Y el hijo no llega a vivir porque permite que su madre cuide de él.
Efectivamente, este tipo de vida no es vida, hay que levantarse y ponerse de pie. Y finalmente deben comenzar a hablar y decir a la madre aquello que deberían haberle dicho en su pubertad, que finalmente desean vivir por sí mismos en lugar de estar bajo su tutela, solo entonces serán adultos, se levantarán de la muerte.
Cfr. La sanación del Alma
“¡No llores!” (Lc 7,13)
El hijo único de la viuda muere. Como muerto, lo llevan fuera de la ciudad. La ciudad es un símbolo del ámbito materno. El hijo yace en un féretro y es trasladado fuera del ámbito de acción de la madre. En la puerta de la ciudad se encuentran dos mundos, el mundo de la madre y el mundo de Jesús. Ambos tienen un gran grupo de gente a su alrededor. El mundo de Jesús es el mundo en el cual es posible la resurrección y la vida. El mundo de la madre está marcado por una comitiva fúnebre que lleva a la sepultura, a los muertos. Jesús ve a la mujer y siente compasión por ella. No muestra compasión al hijo sino a la madre. Advierte lo que sucede dentro de ella, cómo ella lleva a la tumba su única esperanza. Aquél, a quien se había aferrado, le ha sido quitado, ya no tiene sostén. Jesús siente que ella necesita ayuda para hallarse a sí misma, que debe construir una nueva existencia sin hijo. Y le dice: “¡No llores!” (Lc 7,13).
Son palabras de consuelo y también una llamada discreta a ir abriendo los ojos y reconocer la realidad, aunque sea doloroso, la madre debe ir poco a poco dejando de llorar porque con ello sólo giraría en torno a su autocompasión, y porque de este modo quedaría atrapada en su atadura al hijo. Sus lágrimas, ¿son lágrimas que liberan o son lágrimas que únicamente ofuscan la mirada porque giran en torno al propio dolor? Las lágrimas del luto son saludables, pero las lágrimas de la autocompasión nos hunden en nuestro propio dolor, estas lágrimas no liberan sino que nos inundan.
Quizás Jesús quiera con esta orden que se enfrente a preguntas como: ¿quién está de luto dentro de ella? ¿Está de luto la madre por el hijo muerto o está de luto la niña herida a quien le han quitado lo que más amaba? ¿Emergen en este luto todas sus experiencias pasadas del abandono? ¿Es acaso el luto por el hijo en última instancia el luto por la vida no vivida? ¿Siente ella que nunca ha vivido ella misma, que siempre se comprendió sólo como madre? ¿Está ella de luto para despedirse o se entierra en su autocompasión porque no quiere soltar a su hijo?
Cuando la madre cese de llorar puede despertar y abandonar la ilusión de que su hijo podría haberla hecho feliz. Sólo así tomará contacto con la auténtica realidad. Despertar significa simultáneamente soltar. La madre debe soltar al hijo. Ella debe dejar de verlo a través de los cristales de su propia necesidad. A través de su llanto ata al hijo con ella. De no tratase de lágrimas de despedida sino de lágrimas que quisieran retener al muerto, la madre debe dejar de llorar.
Quizás Jesús presienta en el encuentro con la viuda de Naín el dolor de su propia madre. Él mismo es hijo de una madre. Y a través de la búsqueda consecuente de su propio camino debe infligirle dolor. Quizás Jesús no dirija las palabras “¡No llores!” únicamente a la viuda sino también a su propia madre, que lo deja partir. Su camino conducirá a través de la cruz hacia la tumba. En este camino encuentra mujeres “que lamentan y lloran por él” (Lc 23,27). A ellas les dice: “Hijas de Jerusalén, no lloréis por mí, sino llorad por vosotras mismas y por vuestros hijos” (Lc 23,28). Jesús transita su camino acompañado del Padre. Será un camino a través de la muerte hacia la resurrección. No es necesario llorar por él. Las mujeres deben llorar por ellas mismas, por el destino que las espera. A través de su llanto deberán encontrar su propia verdad en lugar de permitir que las lágrimas turben su mirada. Deberán ser lágrimas de dolor que elaboren la pérdida del hijo y no lágrimas de autocompasión en las cuales se gira exclusivamente en torno a los propios deseos y conceptos infantiles, permaneciendo ciego para lo que verdaderamente sucede.
Cfr. La sanación del Alma
“Entonces se incorporó el que había muerto” (Lc 7,11-17)
“Aconteció después que Él iba a la ciudad que se llama Naín, e iban con Él muchos de sus discípulos y una gran multitud. Cuando llegó cerca de la puerta de la ciudad, he aquí que llevaban a enterrar a un difunto, hijo único de su madre, la cual era viuda; y había con ella mucha gente de la ciudad. Y cuando el Señor la vio, se compadeció de ella, y le dijo: “No llores”. Y acercándose, tocó el féretro; y los que lo llevaban se detuvieron. Y dijo: “Joven, a ti te digo: ¡levántate!”. Entonces se incorporó el que había muerto, y comenzó a hablar. Y Jesús lo dio a su madre. Y todos tuvieron miedo, y glorificaban a Dios, diciendo: “Un gran profeta se ha levantado entre nosotros; y Dios ha visitado a su pueblo”. Y se extendió la fama de Él por toda Judea y por toda la región de alrededor.”
Ella es viuda, y como viuda, en Israel carece de derechos. Necesita de su hijo como sustento y representante legal. Si tomamos la situación social de la viuda, advertimos que en aquel tiempo la madre sin su hijo se siente carente de valor, es decir ella se define como madre de su hijo. Ella sólo es alguien porque tiene un hijo. En este sentido está profundamente ligada al hijo. Él es para ella uno y todo. Y todo esto provoca que también el hijo esté profundamente unido a ella y permita que ella lo tenga en sus manos.
En el acompañamiento nos confrontamos con muchos hombres que son los únicos hijos varones de su madre. A menudo el padre se ha quedado en la guerra, a menudo existe también como trasfondo la historia de un divorcio. A veces el hijo es también el “único hijo de su madre” en una familia exteriormente intacta, en el sentido de que es el hijo favorito, de que la madre está apegada él y lo toma como confidente. A él le cuenta los problemas con el padre.
Un hombre joven cuenta que la madre lo había malacostumbrado. Leía de sus ojos todos sus deseos y lo colmaba de amor. Pero eso tenía su precio: le hablaba mal de su padre, le decía que no era de fiar, que frecuentaba bares y seguía a mujeres jóvenes. El hijo se siente incómodo en esta situación, por un lado se siente halagado por su madre: es el hijo favorito de su madre, el elegido. En cierto sentido, es más importante que el padre a quien siente a veces como competidor. Pero al mismo tiempo le falta el padre. No puede identificarse con él. No puede madurar junto a él. No es un modelo para él porque la madre lo desvaloriza. Entonces crece simultáneamente sin padre.
Si el hijo quiere salir de la estrecha relación con la madre y manifiesta alguna preferencia al padre, la madre lo amenaza con dejar de amarlo, lo presiona emocionalmente. A pesar de todo, él siente las raíces positivas del padre, advierte cosas buenas en él, pero como el hijo está interiormente ligado a la madre, no se anima a vivir su propia identidad, como varón, con la mirada puesta en su padre. En este sentido la excesiva proximidad a la madre le atrofia, o dificulta su desarrollo normal.
Existen muchas situaciones en las cuales las madres se aferran a sus hijos y los toman como un cierto reemplazo del marido. Así, por ejemplo, cuando pierden pronto al marido por una enfermedad o un accidente. O por una relación entre los cónyuges fría, o el hombre le es infiel… La mujer termina por unirse más a su hijo.
Otras veces la mujer toma revancha del esposo al elegir al hijo como confidente. A través de la difamación de su esposo, la mujer une aún más estrechamente a su hijo con ella. El hijo puede confiar en su madre. Ella es buena, cuida de él, satisface sus deseos y lo rodea de ternura y amor, le comprende. No necesita hacer nada, ella siempre le obsequia. Pero con esta postura él nunca llega a la vida. Su vida se parece a la muerte. Y algunos hombres que permiten que sus madres los malcríen de esta forma, descubren más tarde que aún no han vivido nunca.
Jesucristo y las religiones

Se trata de un tema ciertamente complejo por la extensión de la temática y por la delicadeza con que ha de ser tratado. Esto solo pretende ser una introducción a la cuestión.
En primer lugar expondremos el problema en sí y la respuesta que nos parece más adecuada: ¿Es el cristianismo la auténtica fe?
En un segundo paso, expondremos los documentos que al respecto nos parecen más interesantes. Especialmente nos centraremos en la Declaración Dominus Iesus, sobre la unicidad y la universalidad salvífica de Jesucristo y de la Iglesia
Declaración Dominus Iesus, sobre la unicidad y la universalidad salvífica de Jesucristo y de la Iglesia
1. PLENITUD Y DEFINITIVIDAD DE LA REVELACIÓN DE JESUCRISTO
2. EL LOGOS ENCARNADO Y EL ESPÍRITU SANTO EN LA OBRA DE LA SALVACIÓN
3. UNICIDAD Y UNIVERSALIDAD DEL MISTERIO SALVÍFICO DE JESUCRISTO
4. UNICIDAD Y UNIDAD DE LA IGLESIA
5. IGLESIA, REINO DE DIOS Y REINO DE CRISTO
6. LA IGLESIA Y LAS RELIGIONES EN RELACIÓN CON LA SALVACIÓN
CONGREGACIÓN PARA LA DOCTRINA DE LA FE
DECLARACIÓN
DOMINUS IESUS
SOBRE LA UNICIDAD Y LA UNIVERSALIDAD SALVÍFICA
DE JESUCRISTO Y DE LA IGLESIA
INTRODUCCIÓN
1. El Señor Jesús, antes de ascender al cielo, confió a sus discípulos el mandato de anunciar el Evangelio al mundo entero y de bautizar a todas las naciones: “Id al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación. El que crea y se bautice, se salvará; el que se resista a creer, será condenado” (Mc 16,15-16); “Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra. Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado. Y he aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo” (Mt 28,18-20; cf. también Lc 24,46-48; Jn 17,18; 20,21; Hch 1,8).
La misión universal de la Iglesia nace del mandato de Jesucristo y se cumple en el curso de los siglos en la proclamación del misterio de Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo, y del misterio de la encarnación del Hijo, como evento de salvación para toda la humanidad. Es éste el contenido fundamental de la profesión de fe cristiana: “Creo en un solo Dios, Padre todopoderoso, Creador de cielo y tierra [...]. Creo en un solo Señor, Jesucristo, Hijo único de Dios, nacido del Padre antes de todos los siglos: Dios de Dios, Luz de Luz, Dios verdadero de Dios verdadero, engendrado, no creado, consustancial con el Padre, por quien todo fue hecho; que por nosotros los hombres y por nuestra salvación bajó del cielo, y por obra del Espíritu Santo se encarnó de María, la Virgen, y se hizo hombre; y por nuestra causa fue crucificado en tiempos de Poncio Pilato: padeció y fue sepultado, y resucitó al tercer día según las Escrituras, y subió al cielo, y está sentado a la derecha del Padre; y de nuevo vendrá con gloria para juzgar a vivos y muertos, y su reino no tendrá fin. Creo en el Espíritu Santo, Señor y dador de vida, que procede del Padre, que con el Padre y el Hijo recibe una misma adoración y gloria, y que habló por los profetas. Creo en la Iglesia, que es una, santa, católica y apostólica. Confieso que hay un solo Bautismo para el perdón de los pecados. Espero la resurrección de los muertos y la vida del mundo futuro”.1
2. La Iglesia, en el curso de los siglos, ha proclamado y testimoniado con fidelidad el Evangelio de Jesús. Al final del segundo milenio, sin embargo, esta misión está todavía lejos de su cumplimiento.2 Por eso, hoy más que nunca, es actual el grito del apóstol Pablo sobre el compromiso misionero de cada bautizado: “Predicar el Evangelio no es para mí ningún motivo de gloria; es más bien un deber que me incumbe. Y ¡ay de mí si no predicara el Evangelio!” (1 Co 9,16). Eso explica la particular atención que el Magisterio ha dedicado a motivar y a sostener la misión evangelizadora de la Iglesia, sobre todo en relación con las tradiciones religiosas del mundo.3
Teniendo en cuenta los valores que éstas testimonian y ofrecen a la humanidad, con una actitud abierta y positiva, la Declaración conciliar sobre la relación de la Iglesia con las religiones no cristianas afirma: “La Iglesia católica no rechaza nada de lo que en estas religiones hay de santo y verdadero. Considera con sincero respeto los modos de obrar y de vivir, los preceptos y las doctrinas, que, por más que discrepen en mucho de lo que ella profesa y enseña, no pocas veces reflejan un destello de aquella Verdad que ilumina a todos los hombres”.4 Prosiguiendo en esta línea, el compromiso eclesial de anunciar a Jesucristo, “el camino, la verdad y la vida” (Jn 14,6), se sirve hoy también de la práctica del diálogo interreligioso, que ciertamente no sustituye sino que acompaña la missio ad gentes, en virtud de aquel “misterio de unidad”, del cual “deriva que todos los hombres y mujeres que son salvados participan, aunque en modos diferentes, del mismo misterio de salvación en Jesucristo por medio de su Espíritu”.5 Dicho diálogo, que forma parte de la misión evangelizadora de la Iglesia,6 comporta una actitud de comprensión y una relación de conocimiento recíproco y de mutuo enriquecimiento, en la obediencia a la verdad y en el respeto de la libertad.7
3. En la práctica y profundización teórica del diálogo entre la fe cristiana y las otras tradiciones religiosas surgen cuestiones nuevas, las cuales se trata de afrontar recorriendo nuevas pistas de búsqueda, adelantando propuestas y sugiriendo comportamientos, que necesitan un cuidadoso discernimiento. En esta búsqueda, la presente Declaración interviene para llamar la atención de los Obispos, de los teólogos y de todos los fieles católicos sobre algunos contenidos doctrinales imprescindibles, que puedan ayudar a que la reflexión teológica madure soluciones conformes al dato de la fe, que respondan a las urgencias culturales contemporáneas.
El lenguaje expositivo de la Declaración responde a su finalidad, que no es la de tratar en modo orgánico la problemática relativa a la unicidad y universalidad salvífica del misterio de Jesucristo y de la Iglesia, ni el proponer soluciones a las cuestiones teológicas libremente disputadas, sino la de exponer nuevamente la doctrina de la fe católica al respecto. Al mismo tiempo la Declaración quiere indicar algunos problemas fundamentales que quedan abiertos para ulteriores profundizaciones, y confutar determinadas posiciones erróneas o ambiguas. Por eso el texto retoma la doctrina enseñada en documentos precedentes del Magisterio, con la intención de corroborar las verdades que forman parte del patrimonio de la fe de la Iglesia.
4. El perenne anuncio misionero de la Iglesia es puesto hoy en peligro por teorías de tipo relativista, que tratan de justificar el pluralismo religioso, no sólo de facto sino también de iure (o de principio). En consecuencia, se retienen superadas, por ejemplo, verdades tales como el carácter definitivo y completo de la revelación de Jesucristo, la naturaleza de la fe cristiana con respecto a la creencia en las otra religiones, el carácter inspirado de los libros de la Sagrada Escritura, la unidad personal entre el Verbo eterno y Jesús de Nazaret, la unidad entre la economía del Verbo encarnado y del Espíritu Santo, la unicidad y la universalidad salvífica del misterio de Jesucristo, la mediación salvífica universal de la Iglesia, la inseparabilidad —aun en la distinción— entre el Reino de Dios, el Reino de Cristo y la Iglesia, la subsistencia en la Iglesia católica de la única Iglesia de Cristo.
Las raíces de estas afirmaciones hay que buscarlas en algunos presupuestos, ya sean de naturaleza filosófica o teológica, que obstaculizan la inteligencia y la acogida de la verdad revelada. Se pueden señalar algunos: la convicción de la inaferrablilidad y la inefabilidad de la verdad divina, ni siquiera por parte de la revelación cristiana; la actitud relativista con relación a la verdad, en virtud de lo cual aquello que es verdad para algunos no lo es para otros; la contraposición radical entre la mentalidad lógica atribuida a Occidente y la mentalidad simbólica atribuida a Oriente; el subjetivismo de quien, considerando la razón como única fuente de conocimiento, se hace “incapaz de levantar la mirada hacia lo alto para atreverse a alcanzar la verdad del ser”;8 la dificultad de comprender y acoger en la historia la presencia de eventos definitivos y escatológicos; el vaciamiento metafísico del evento de la encarnación histórica del Logos eterno, reducido a un mero aparecer de Dios en la historia; el eclecticismo de quien, en la búsqueda teológica, asume ideas derivadas de diferentes contextos filosóficos y religiosos, sin preocuparse de su coherencia y conexión sistemática, ni de su compatibilidad con la verdad cristiana; la tendencia, en fin, a leer e interpretar la Sagrada Escritura fuera de la Tradición y del Magisterio de la Iglesia.
Sobre la base de tales presupuestos, que se presentan con matices diversos, unas veces como afirmaciones y otras como hipótesis, se elaboran algunas propuestas teológicas en las cuales la revelación cristiana y el misterio de Jesucristo y de la Iglesia pierden su carácter de verdad absoluta y de universalidad salvífica, o al menos se arroja sobre ellos la sombra de la duda y de la inseguridad.
1. PLENITUD Y DEFINITIVIDAD DE LA REVELACIÓN DE JESUCRISTO
5. Para poner remedio a esta mentalidad relativista, cada vez más difundida, es necesario reiterar, ante todo, el carácter definitivo y completo de la revelación de Jesucristo. Debe ser, en efecto, firmemente creída la afirmación de que en el misterio de Jesucristo, el Hijo de Dios encarnado, el cual es “el camino, la verdad y la vida” (cf. Jn 14,6), se da la revelación de la plenitud de la verdad divina: “Nadie conoce bien al Hijo sino el Padre, ni al Padre le conoce bien nadie sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar” (Mt 11,27). “A Dios nadie lo ha visto jamás: el Hijo único, que está en el seno del Padre, él lo ha revelado” (Jn 1,18); “porque en él reside toda la Plenitud de la Divinidad corporalmente” (Col 2,9-10).
Fiel a la palabra de Dios, el Concilio Vaticano II enseña: “La verdad íntima acerca de Dios y acerca de la salvación humana se nos manifiesta por la revelación en Cristo, que es a un tiempo mediador y plenitud de toda la revelación”.9 Y confirma: “Jesucristo, el Verbo hecho carne, “hombre enviado a los hombres”, habla palabras de Dios (Jn 3,34) y lleva a cabo la obra de la salvación que el Padre le confió (cf. Jn 5,36; 17,4). Por tanto, Jesucristo —ver al cual es ver al Padre (cf. Jn 14,9)—, con su total presencia y manifestación, con palabras y obras, señales y milagros, sobre todo con su muerte y resurrección gloriosa de entre los muertos, y finalmente, con el envío del Espíritu de la verdad, lleva a plenitud toda la revelación y la confirma con el testimonio divino [...]. La economía cristiana, como la alianza nueva y definitiva, nunca cesará; y no hay que esperar ya ninguna revelación pública antes de la gloriosa manifestación de nuestro Señor Jesucristo (cf. 1 Tm 6,14; Tit 2,13)”.10
Por esto la encíclica Redemptoris missio propone nuevamente a la Iglesia la tarea de proclamar el Evangelio, como plenitud de la verdad: “En esta Palabra definitiva de su revelación, Dios se ha dado a conocer del modo más completo; ha dicho a la humanidad quién es. Esta autorrevelación definitiva de Dios es el motivo fundamental por el que la Iglesia es misionera por naturaleza. Ella no puede dejar de proclamar el Evangelio, es decir, la plenitud de la verdad que Dios nos ha dado a conocer sobre sí mismo”.11 Sólo la revelación de Jesucristo, por lo tanto, “introduce en nuestra historia una verdad universal y última que induce a la mente del hombre a no pararse nunca”.12
6. Es, por lo tanto, contraria a la fe de la Iglesia la tesis del carácter limitado, incompleto e imperfecto de la revelación de Jesucristo, que sería complementaria a la presente en las otras religiones. La razón que está a la base de esta aserción pretendería fundarse sobre el hecho de que la verdad acerca de Dios no podría ser acogida y manifestada en su globalidad y plenitud por ninguna religión histórica, por lo tanto, tampoco por el cristianismo ni por Jesucristo.
Esta posición contradice radicalmente las precedentes afirmaciones de fe, según las cuales en Jesucristo se da la plena y completa revelación del misterio salvífico de Dios. Por lo tanto, las palabras, las obras y la totalidad del evento histórico de Jesús, aun siendo limitados en cuanto realidades humanas, sin embargo, tienen como fuente la Persona divina del Verbo encarnado, “verdadero Dios y verdadero hombre”13 y por eso llevan en sí la definitividad y la plenitud de la revelación de las vías salvíficas de Dios, aunque la profundidad del misterio divino en sí mismo siga siendo trascendente e inagotable. La verdad sobre Dios no es abolida o reducida porque sea dicha en lenguaje humano. Ella, en cambio, sigue siendo única, plena y completa porque quien habla y actúa es el Hijo de Dios encarnado. Por esto la fe exige que se profese que el Verbo hecho carne, en todo su misterio, que va desde la encarnación a la glorificación, es la fuente, participada mas real, y el cumplimiento de toda la revelación salvífica de Dios a la humanidad,14 y que el Espíritu Santo, que es el Espíritu de Cristo, enseña a los Apóstoles, y por medio de ellos a toda la Iglesia de todos los tiempos, “la verdad completa” (Jn 16,13).
7. La respuesta adecuada a la revelación de Dios es “la obediencia de la fe (Rm 1,5: Cf. Rm 16,26; 2 Co 10,5-6), por la que el hombre se confía libre y totalmente a Dios, prestando “a Dios revelador el homenaje del entendimiento y de la voluntad”, y asistiendo voluntariamente a la revelación hecha por Él”.15 La fe es un don de la gracia: “Para profesar esta fe es necesaria la gracia de Dios, que previene y ayuda, y los auxilios internos del Espíritu Santo, el cual mueve el corazón y lo convierte a Dios, abre los ojos de la mente y da “a todos la suavidad en el aceptar y creer la verdad”“.16
La obediencia de la fe conduce a la acogida de la verdad de la revelación de Cristo, garantizada por Dios, quien es la Verdad misma;17 “La fe es ante todo una adhesión personal del hombre a Dios; es al mismo tiempo e inseparablemente el asentimiento libre a toda la verdad que Dios ha revelado”.18 La fe, por lo tanto, “don de Dios” y “virtud sobrenatural infundida por Él”,19 implica una doble adhesión: a Dios que revela y a la verdad revelada por él, en virtud de la confianza que se le concede a la persona que la afirma. Por esto “no debemos creer en ningún otro que no sea Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo”.20
Debe ser, por lo tanto, firmemente retenida la distinción entre la fe teologal y la creencia en las otras religiones. Si la fe es la acogida en la gracia de la verdad revelada, que “permite penetrar en el misterio, favoreciendo su comprensión coherente”,21 la creencia en las otras religiones es esa totalidad de experiencia y pensamiento que constituyen los tesoros humanos de sabiduría y religiosidad, que el hombre, en su búsqueda de la verdad, ha ideado y creado en su referencia a lo Divino y al Absoluto.22
Non siempre tal distinción es tenida en consideración en la reflexión actual, por lo cual a menudo se identifica la fe teologal, que es la acogida de la verdad revelada por Dios Uno y Trino, y la creencia en las otras religiones, que es una experiencia religiosa todavía en búsqueda de la verdad absoluta y carente todavía del asentimiento a Dios que se revela. Este es uno de los motivos por los cuales se tiende a reducir, y a veces incluso a anular, las diferencias entre el cristianismo y las otras religiones.
8. Se propone también la hipótesis acerca del valor inspirado de los textos sagrados de otras religiones. Ciertamente es necesario reconocer que tales textos contienen elementos gracias a los cuales multitud de personas a través de los siglos han podido y todavía hoy pueden alimentar y conservar su relación religiosa con Dios. Por esto, considerando tanto los modos de actuar como los preceptos y las doctrinas de las otras religiones, el Concilio Vaticano II —como se ha recordado antes— afirma que “por más que discrepen en mucho de lo que ella [la Iglesia] profesa y enseña, no pocas veces reflejan un destello de aquella Verdad que ilumina a todos los hombres”.23
La tradición de la Iglesia, sin embargo, reserva la calificación de textos inspirados a los libros canónicos del Antiguo y Nuevo Testamento, en cuanto inspirados por el Espíritu Santo.24 Recogiendo esta tradición, la Constitución dogmática sobre la divina Revelación del Concilio Vaticano II enseña: “La santa Madre Iglesia, según la fe apostólica, tiene por santos y canónicos los libros enteros del Antiguo y Nuevo Testamento con todas sus partes, porque, escritos bajo la inspiración del Espíritu Santo (cf. Jn 20, 31; 2 Tm 3,16; 2 Pe 1,19-21; 3,15-16), tienen a Dios como autor y como tales se le han entregado a la misma Iglesia”.25 Esos libros “enseñan firmemente, con fidelidad y sin error, la verdad que Dios quiso consignar en las sagradas letras de nuestra salvación”.26
Sin embargo, queriendo llamar a sí a todas las gentes en Cristo y comunicarles la plenitud de su revelación y de su amor, Dios no deja de hacerse presente en muchos modos “no sólo en cada individuo, sino también en los pueblos mediante sus riquezas espirituales, cuya expresión principal y esencial son las religiones, aunque contengan “lagunas, insuficiencias y errores”“.27 Por lo tanto, los libros sagrados de otras religiones, que de hecho alimentan y guían la existencia de sus seguidores, reciben del misterio de Cristo aquellos elementos de bondad y gracia que están en ellos presentes.
2. EL LOGOS ENCARNADO Y EL ESPÍRITU SANTO EN LA OBRA DE LA SALVACIÓN
9. En la reflexión teológica contemporánea a menudo emerge un acercamiento a Jesús de Nazaret como si fuese una figura histórica particular y finita, que revela lo divino de manera no exclusiva sino complementaria a otras presencias reveladoras y salvíficas. El Infinito, el Absoluto, el Misterio último de Dios se manifestaría así a la humanidad en modos diversos y en diversas figuras históricas: Jesús de Nazaret sería una de esas. Más concretamente, para algunos él sería uno de los tantos rostros que el Logos habría asumido en el curso del tiempo para comunicarse salvíficamente con la humanidad.
Además, para justificar por una parte la universalidad de la salvación cristiana y por otra el hecho del pluralismo religioso, se proponen contemporaneamente una economía del Verbo eterno válida también fuera de la Iglesia y sin relación a ella, y una economía del Verbo encarnado. La primera tendría una plusvalía de universalidad respecto a la segunda, limitada solamente a los cristianos, aunque si bien en ella la presencia de Dios sería más plena.
10. Estas tesis contrastan profundamente con la fe cristiana. Debe ser, en efecto, firmemente creída la doctrina de fe que proclama que Jesús de Nazaret, hijo de María, y solamente él, es el Hijo y Verbo del Padre. El Verbo, que “estaba en el principio con Dios” (Jn 1,2), es el mismo que “se hizo carne” (Jn 1,14). En Jesús “el Cristo, el Hijo de Dios vivo” (Mt 16,16) “reside toda la Plenitud de la Divinidad corporalmente” (Col 2,9). Él es “el Hijo único, que está en el seno del Padre” (Jn 1,18), el “Hijo de su amor, en quien tenemos la redención [...]. Dios tuvo a bien hacer residir en él toda la plenitud, y reconciliar con él y para él todas las cosas, pacificando, mediante la sangre de su cruz, lo que hay en la tierra y en los cielos” (Col 1,13-14.19-20).
Fiel a las Sagradas Escrituras y refutando interpretaciones erróneas y reductoras, el primer Concilio de Nicea definió solemnemente su fe en “Jesucristo Hijo de Dios, nacido unigénito del Padre, es decir, de la sustancia del Padre, Dios de Dios, Luz de Luz, Dios verdadero de Dios verdadero, engendrado, no hecho, consustancial al Padre, por quien todas las cosas fueron hechas, las que hay en el cielo y las que hay en la tierra, que por nosotros los hombres y por nuestra salvación descendió y se encarnó, se hizo hombre, padeció, y resucitó al tercer día, subió a los cielos, y ha de venir a juzgar a los vivos y a los muertos”.28 Siguiendo las enseñanzas de los Padres, también el Concilio de Calcedonia profesó que “uno solo y el mismo Hijo, nuestro Señor Jesucristo, es él mismo perfecto en divinidad y perfecto en humanidad, Dios verdaderamente, y verdaderamente hombre [...], consustancial con el Padre en cuanto a la divinidad, y consustancial con nosotros en cuanto a la humanidad [...], engendrado por el Padre antes de los siglos en cuanto a la divinidad, y el mismo, en los últimos días, por nosotros y por nuestra salvación, engendrado de María Virgen, madre de Dios, en cuanto a la humanidad”.29
Por esto, el Concilio Vaticano II afirma que Cristo “nuevo Adán”, “imagen de Dios invisible” (Col 1,15), “es también el hombre perfecto, que ha devuelto a la descendencia de Adán la semejanza divina, deformada por el primer pecado [...]. Cordero inocente, con la entrega libérrima de su sangre nos mereció la vida. En Él Dios nos reconcilió consigo y con nosotros y nos liberó de la esclavitud del diablo y del pecado, por lo que cualquiera de nosotros puede decir con el Apóstol: El Hijo de Dios “me amó y se entregó a sí mismo por mí” (Gal 2,20)”.30
Al respecto Juan Pablo II ha declarado explícitamente: “Es contrario a la fe cristiana introducir cualquier separación entre el Verbo y Jesucristo [...]: Jesús es el Verbo encarnado, una sola persona e inseparable [...]. Cristo no es sino Jesús de Nazaret, y éste es el Verbo de Dios hecho hombre para la salvación de todos [...]. Mientras vamos descubriendo y valorando los dones de todas clases, sobre todo las riquezas espirituales que Dios ha concedido a cada pueblo, no podemos disociarlos de Jesucristo, centro del plan divino de salvación”.31
Es también contrario a la fe católica introducir una separación entre la acción salvífica del Logos en cuanto tal, y la del Verbo hecho carne. Con la encarnación, todas las acciones salvíficas del Verbo de Dios, se hacen siempre en unión con la naturaleza humana que él ha asumido para la salvación de todos los hombres. El único sujeto que obra en las dos naturalezas, divina y humana, es la única persona del Verbo.32
Por lo tanto no es compatible con la doctrina de la Iglesia la teoría que atribuye una actividad salvífica al Logos como tal en su divinidad, que se ejercitaría “más allá” de la humanidad de Cristo, también después de la encarnación.33
11. Igualmente, debe ser firmemente creída la doctrina de fe sobre la unicidad de la economía salvífica querida por Dios Uno y Trino, cuya fuente y centro es el misterio de la encarnación del Verbo, mediador de la gracia divina en el plan de la creación y de la redención (cf. Col 1,15-20), recapitulador de todas las cosas (cf. Ef 1,10), “al cual hizo Dios para nosotros sabiduría de origen divino, justicia, santificación y redención” (1 Co 1,30). En efecto, el misterio de Cristo tiene una unidad intrínseca, que se extiende desde la elección eterna en Dios hasta la parusía: “[Dios] nos ha elegido en él antes de la fundación del mundo, para ser santos e inmaculados en su presencia, en el amor” (Ef 1,4); En él “por quien entramos en herencia, elegidos de antemano según el previo designio del que realiza todo conforme a la decisión de su voluntad” (Ef 1,11); “Pues a los que de antemano conoció [el Padre], también los predestinó a reproducir la imagen de su Hijo, para que fuera él el primogénito entre muchos hermanos; y a los que predestinó, a ésos también los justificó; a los que justificó, a ésos también los glorificó” (Rm 8,29-30).
El Magisterio de la Iglesia, fiel a la revelación divina, reitera que Jesucristo es el mediador y el redentor universal: “El Verbo de Dios, por quien todo fue hecho, se encarnó para que, Hombre perfecto, salvará a todos y recapitulara todas las cosas. El Señor [...] es aquel a quien el Padre resucitó, exaltó y colocó a su derecha, constituyéndolo juez de vivos y de muertos”.34 Esta mediación salvífica también implica la unicidad del sacrificio redentor de Cristo, sumo y eterno sacerdote (cf. Eb 6,20; 9,11; 10,12-14).
12. Hay también quien propone la hipótesis de una economía del Espíritu Santo con un carácter más universal que la del Verbo encarnado, crucificado y resucitado. También esta afirmación es contraria a la fe católica, que, en cambio, considera la encarnación salvífica del Verbo como un evento trinitario. En el Nuevo Testamento el misterio de Jesús, Verbo encarnado, constituye el lugar de la presencia del Espíritu Santo y la razón de su efusión a la humanidad, no sólo en los tiempos mesiánicos (cf. Hch 2,32‑36; Jn 20,20; 7,39; 1 Co 15,45), sino también antes de su venida en la historia (cf. 1 Co 10,4; 1 Pe 1,10-12).
El Concilio Vaticano II ha llamado la atención de la conciencia de fe de la Iglesia sobre esta verdad fundamental. Cuando expone el plan salvífico del Padre para toda la humanidad, el Concilio conecta estrechamente desde el inicio el misterio de Cristo con el del Espíritu.35 Toda la obra de edificación de la Iglesia a través de los siglos se ve como una realización de Jesucristo Cabeza en comunión con su Espíritu.36
Además, la acción salvífica de Jesucristo, con y por medio de su Espíritu, se extiende más allá de los confines visibles de la Iglesia y alcanza a toda la humanidad. Hablando del misterio pascual, en el cual Cristo asocia vitalmente al creyente a sí mismo en el Espíritu Santo, y le da la esperanza de la resurrección, el Concilio afirma: “Esto vale no solamente para los cristianos, sino también para todos los hombres de buena voluntad, en cuyo corazón obra la gracia de modo invisible. Cristo murió por todos, y la vocación suprema del hombre en realidad es una sola, es decir, la divina. En consecuencia, debemos creer que el Espíritu Santo ofrece a todos la posibilidad de que, en la forma de sólo Dios conocida, se asocien a este misterio pascual”.37
Queda claro, por lo tanto, el vínculo entre el misterio salvífico del Verbo encarnado y el del Espíritu Santo, que actúa el influjo salvífico del Hijo hecho hombre en la vida de todos los hombres, llamados por Dios a una única meta, ya sea que hayan precedido históricamente al Verbo hecho hombre, o que vivan después de su venida en la historia: de todos ellos es animador el Espíritu del Padre, que el Hijo del hombre dona libremente (cf. Jn 3,34).
Por eso el Magisterio reciente de la Iglesia ha llamado la atención con firmeza y claridad sobre la verdad de una única economía divina: “La presencia y la actividad del Espíritu no afectan únicamente a los individuos, sino también a la sociedad, a la historia, a los pueblos, a las culturas y a las religiones [...]. Cristo resucitado obra ya por la virtud de su Espíritu [...]. Es también el Espíritu quien esparce “las semillas de la Palabra” presentes en los ritos y culturas, y los prepara para su madurez en Cristo”.38 Aun reconociendo la función histórico-salvífica del Espíritu en todo el universo y en la historia de la humanidad,39 sin embargo confirma: “Este Espíritu es el mismo que se ha hecho presente en la encarnación, en la vida, muerte y resurrección de Jesús y que actúa en la Iglesia. No es, por consiguiente, algo alternativo a Cristo, ni viene a llenar una especie de vacío, como a veces se da por hipótesis, que exista entre Cristo y el Logos. Todo lo que el Espíritu obra en los hombres y en la historia de los pueblos, así como en las culturas y religiones, tiene un papel de preparación evangélica, y no puede menos de referirse a Cristo, Verbo encarnado por obra del Espíritu, “para que, hombre perfecto, salvara a todos y recapitulara todas las cosas”“.40
En conclusión, la acción del Espíritu no está fuera o al lado de la acción de Cristo. Se trata de una sola economía salvífica de Dios Uno y Trino, realizada en el misterio de la encarnación, muerte y resurrección del Hijo de Dios, llevada a cabo con la cooperación del Espíritu Santo y extendida en su alcance salvífico a toda la humanidad y a todo el universo: “Los hombres, pues, no pueden entrar en comunión con Dios si no es por medio de Cristo y bajo la acción del Espíritu”.41
3. UNICIDAD Y UNIVERSALIDAD DEL MISTERIO SALVÍFICO DE JESUCRISTO
13. Es también frecuente la tesis que niega la unicidad y la universalidad salvífica del misterio de Jesucristo. Esta posición no tiene ningún fundamento bíblico. En efecto, debe ser firmemente creída, como dato perenne de la fe de la Iglesia, la proclamación de Jesucristo, Hijo de Dios, Señor y único salvador, que en su evento de encarnación, muerte y resurrección ha llevado a cumplimiento la historia de la salvación, que tiene en él su plenitud y su centro.
Los testimonios neotestamentarios lo certifican con claridad: “El Padre envió a su Hijo, como salvador del mundo” (1 Jn 4,14); “He aquí el cordero de Dios, que quita el pecado del mundo” (Jn 1,29). En su discurso ante el sanedrín, Pedro, para justificar la curación del tullido de nacimiento realizada en el nombre de Jesús (cf. Hch 3,1-8), proclama: “Porque no hay bajo el cielo otro nombre dado a los hombres por el que nosotros debamos salvarnos” (Hch 4,12). El mismo apóstol añade además que “Jesucristo es el Señor de todos”; “está constituido por Dios juez de vivos y muertos”; por lo cual “todo el que cree en él alcanza, por su nombre, el perdón de los pecados” (Hch 10,36.42.43).
Pablo, dirigiéndose a la comunidad de Corinto, escribe: “Pues aun cuando se les dé el nombre de dioses, bien en el cielo bien en la tierra, de forma que hay multitud de dioses y de señores, para nosotros no hay más que un solo Dios, el Padre, del cual proceden todas las cosas y para el cual somos; y un solo Señor, Jesucristo, por quien son todas las cosas y por el cual somos nosotros” (1 Co 8,5-6). También el apóstol Juan afirma: “Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna. Porque Dios no ha enviado a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él” (Jn 3,16-17). En el Nuevo Testamento, la voluntad salvífica universal de Dios está estrechamente conectada con la única mediación de Cristo: “[Dios] quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento pleno de la verdad. Porque hay un solo Dios, y también un solo mediador entre Dios y los hombres, Cristo Jesús, hombre también, que se entregó a sí mismo como rescate por todos” (1 Tm 2,4-6).
Basados en esta conciencia del don de la salvación, único y universal, ofrecido por el Padre por medio de Jesucristo en el Espíritu Santo (cf. Ef 1,3-14), los primeros cristianos se dirigieron a Israel mostrando que el cumplimiento de la salvación iba más allá de la Ley, y afrontaron después al mundo pagano de entonces, que aspiraba a la salvación a través de una pluralidad de dioses salvadores. Este patrimonio de la fe ha sido propuesto una vez más por el Magisterio de la Iglesia: “Cree la Iglesia que Cristo, muerto y resucitado por todos (cf. 2 Co 5,15), da al hombre su luz y su fuerza por el Espíritu Santo a fin de que pueda responder a su máxima vocación y que no ha sido dado bajo el cielo a la humanidad otro nombre en el que sea posible salvarse (cf. Hch 4,12). Igualmente cree que la clave, el centro y el fin de toda la historia humana se halla en su Señor y Maestro”.42
14. Debe ser, por lo tanto, firmemente creída como verdad de fe católica que la voluntad salvífica universal de Dios Uno y Trino es ofrecida y cumplida una vez para siempre en el misterio de la encarnación, muerte y resurrección del Hijo de Dios.
Teniendo en cuenta este dato de fe, y meditando sobre la presencia de otras experiencias religiosas no cristianas y sobre su significado en el plan salvífico de Dios, la teología está hoy invitada a explorar si es posible, y en qué medida, que también figuras y elementos positivos de otras religiones puedan entrar en el plan divino de la salvación. En esta tarea de reflexión la investigación teológica tiene ante sí un extenso campo de trabajo bajo la guía del Magisterio de la Iglesia. El Concilio Vaticano II, en efecto, afirmó que “la única mediación del Redentor no excluye, sino suscita en sus criaturas una múltiple cooperación que participa de la fuente única”.43 Se debe profundizar el contenido de esta mediación participada, siempre bajo la norma del principio de la única mediación de Cristo: “Aun cuando no se excluyan mediaciones parciales, de cualquier tipo y orden, éstas sin embargo cobran significado y valor únicamente por la mediación de Cristo y no pueden ser entendidas como paralelas y complementarias”.44 No obstante, serían contrarias a la fe cristiana y católica aquellas propuestas de solución que contemplen una acción salvífica de Dios fuera de la única mediación de Cristo.
15. No pocas veces algunos proponen que en teología se eviten términos como “unicidad”, “universalidad”, “absolutez”, cuyo uso daría la impresión de un énfasis excesivo acerca del valor del evento salvífico de Jesucristo con relación a las otras religiones. En realidad, con este lenguaje se expresa simplemente la fidelidad al dato revelado, pues constituye un desarrollo de las fuentes mismas de la fe. Desde el inicio, en efecto, la comunidad de los creyentes ha reconocido que Jesucristo posee una tal valencia salvífica, que Él sólo, como Hijo de Dios hecho hombre, crucificado y resucitado, en virtud de la misión recibida del Padre y en la potencia del Espíritu Santo, tiene el objetivo de donar la revelación (cf. Mt 11,27) y la vida divina (cf. Jn 1,12; 5,25-26; 17,2) a toda la humanidad y a cada hombre.
En este sentido se puede y se debe decir que Jesucristo tiene, para el género humano y su historia, un significado y un valor singular y único, sólo de él propio, exclusivo, universal y absoluto. Jesús es, en efecto, el Verbo de Dios hecho hombre para la salvación de todos. Recogiendo esta conciencia de fe, el Concilio Vaticano II enseña: “El Verbo de Dios, por quien todo fue hecho, se encarnó para que, Hombre perfecto, salvara a todos y recapitulara todas las cosas. El Señor es el fin de la historia humana, “punto de convergencia hacia el cual tienden los deseos de la historia y de la civilización”, centro de la humanidad, gozo del corazón humano y plenitud total de sus aspiraciones. Él es aquel a quien el Padre resucitó, exaltó y colocó a su derecha, constituyéndolo juez de vivos y de muertos”.45 “Es precisamente esta singularidad única de Cristo la que le confiere un significado absoluto y universal, por lo cual, mientras está en la historia, es el centro y el fin de la misma: “Yo soy el Alfa y la Omega, el Primero y el Último, el Principio y el Fin” (Ap 22,13)”.46
4. UNICIDAD Y UNIDAD DE LA IGLESIA
16. El Señor Jesús, único salvador, no estableció una simple comunidad de discípulos, sino que constituyó a la Iglesia como misterio salvífico: Él mismo está en la Iglesia y la Iglesia está en Él (cf. Jn 15,1ss; Ga 3,28; Ef 4,15-16; Hch 9,5); por eso, la plenitud del misterio salvífico de Cristo pertenece también a la Iglesia, inseparablemente unida a su Señor. Jesucristo, en efecto, continúa su presencia y su obra de salvación en la Iglesia y a través de la Iglesia (cf. Col 1,24-27),47 que es su cuerpo (cf. 1 Co 12, 12-13.27; Col 1,18).48 Y así como la cabeza y los miembros de un cuerpo vivo aunque no se identifiquen son inseparables, Cristo y la Iglesia no se pueden confundir pero tampoco separar, y constituyen un único “Cristo total”.49 Esta misma inseparabilidad se expresa también en el Nuevo Testamento mediante la analogía de la Iglesia como Esposa de Cristo (cf. 2 Cor 11,2; Ef 5,25-29; Ap 21,2.9).50
Por eso, en conexión con la unicidad y la universalidad de la mediación salvífica de Jesucristo, debe ser firmemente creída como verdad de fe católica la unicidad de la Iglesia por él fundada. Así como hay un solo Cristo, uno solo es su cuerpo, una sola es su Esposa: “una sola Iglesia católica y apostólica”.51 Además, las promesas del Señor de no abandonar jamás a su Iglesia (cf. Mt 16,18; 28,20) y de guiarla con su Espíritu (cf. Jn 16,13) implican que, según la fe católica, la unicidad y la unidad, como todo lo que pertenece a la integridad de la Iglesia, nunca faltaran.52
Los fieles están obligados a profesar que existe una continuidad histórica —radicada en la sucesión apostólica—53 entre la Iglesia fundada por Cristo y la Iglesia católica: “Esta es la única Iglesia de Cristo [...] que nuestro Salvador confió después de su resurrección a Pedro para que la apacentara (Jn 24,17), confiándole a él y a los demás Apóstoles su difusión y gobierno (cf. Mt 28,18ss.), y la erigió para siempre como “columna y fundamento de la verdad” (1 Tm 3,15). Esta Iglesia, constituida y ordenada en este mundo como una sociedad, subsiste [subsistit in] en la Iglesia católica, gobernada por el sucesor de Pedro y por los Obispos en comunión con él”.54 Con la expresión “subsitit in”, el Concilio Vaticano II quiere armonizar dos afirmaciones doctrinales: por un lado que la Iglesia de Cristo, no obstante las divisiones entre los cristianos, sigue existiendo plenamente sólo en la Iglesia católica, y por otro lado que “fuera de su estructura visible pueden encontrarse muchos elementos de santificación y de verdad”,55 ya sea en las Iglesias que en las Comunidades eclesiales separadas de la Iglesia católica.56 Sin embargo, respecto a estas últimas, es necesario afirmar que su eficacia “deriva de la misma plenitud de gracia y verdad que fue confiada a la Iglesia católica”.57
17. Existe, por lo tanto, una única Iglesia de Cristo, que subsiste en la Iglesia católica, gobernada por el Sucesor de Pedro y por los Obispos en comunión con él.58 Las Iglesias que no están en perfecta comunión con la Iglesia católica pero se mantienen unidas a ella por medio de vínculos estrechísimos como la sucesión apostólica y la Eucaristía válidamente consagrada, son verdaderas iglesias particulares.59 Por eso, también en estas Iglesias está presente y operante la Iglesia de Cristo, si bien falte la plena comunión con la Iglesia católica al rehusar la doctrina católica del Primado, que por voluntad de Dios posee y ejercita objetivamente sobre toda la Iglesia el Obispo de Roma.60
Por el contrario, las Comunidades eclesiales que no han conservado el Episcopado válido y la genuina e íntegra sustancia del misterio eucarístico,61 no son Iglesia en sentido propio; sin embargo, los bautizados en estas Comunidades, por el Bautismo han sido incorporados a Cristo y, por lo tanto, están en una cierta comunión, si bien imperfecta, con la Iglesia.62 En efecto, el Bautismo en sí tiende al completo desarrollo de la vida en Cristo mediante la íntegra profesión de fe, la Eucaristía y la plena comunión en la Iglesia.63
“Por lo tanto, los fieles no pueden imaginarse la Iglesia de Cristo como la suma —diferenciada y de alguna manera unitaria al mismo tiempo— de las Iglesias y Comunidades eclesiales; ni tienen la facultad de pensar que la Iglesia de Cristo hoy no existe en ningún lugar y que, por lo tanto, deba ser objeto de búsqueda por parte de todas las Iglesias y Comunidades”.64 En efecto, “los elementos de esta Iglesia ya dada existen juntos y en plenitud en la Iglesia católica, y sin esta plenitud en las otras Comunidades”.65 “Por consiguiente, aunque creamos que las Iglesias y Comunidades separadas tienen sus defectos, no están desprovistas de sentido y de valor en el misterio de la salvación, porque el Espíritu de Cristo no ha rehusado servirse de ellas como medios de salvación, cuya virtud deriva de la misma plenitud de la gracia y de la verdad que se confió a la Iglesia”.66
La falta de unidad entre los cristianos es ciertamente una herida para la Iglesia; no en el sentido de quedar privada de su unidad, sino “en cuanto obstáculo para la realización plena de su universalidad en la historia”.67
5. IGLESIA, REINO DE DIOS Y REINO DE CRISTO
18. La misión de la Iglesia es “anunciar el Reino de Cristo y de Dios, establecerlo en medio de todas las gentes; [la Iglesia] constituye en la tierra el germen y el principio de este Reino”.68 Por un lado la Iglesia es “sacramento, esto es, signo e instrumento de la íntima unión con Dios y de la unidad de todo el género humano”;69 ella es, por lo tanto, signo e instrumento del Reino: llamada a anunciarlo y a instaurarlo. Por otro lado, la Iglesia es el “pueblo reunido por la unidad del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo”;70 ella es, por lo tanto, el “reino de Cristo, presente ya en el misterio”,71 constituyendo, así, su germen e inicio. El Reino de Dios tiene, en efecto, una dimensión escatológica: Es una realidad presente en el tiempo, pero su definitiva realización llegará con el fin y el cumplimiento de la historia.72
De los textos bíblicos y de los testimonios patrísticos, así como de los documentos del Magisterio de la Iglesia no se deducen significados unívocos para las expresiones Reino de los Cielos, Reino de Dios y Reino de Cristo, ni de la relación de los mismos con la Iglesia, ella misma misterio que no puede ser totalmente encerrado en un concepto humano. Pueden existir, por lo tanto, diversas explicaciones teológicas sobre estos argumentos. Sin embargo, ninguna de estas posibles explicaciones puede negar o vaciar de contenido en modo alguno la íntima conexión entre Cristo, el Reino y la Iglesia. En efecto, “el Reino de Dios que conocemos por la Revelación, no puede ser separado ni de Cristo ni de la Iglesia… Si se separa el Reino de la persona de Jesús, no es éste ya el Reino de Dios revelado por él, y se termina por distorsionar tanto el significado del Reino —que corre el riesgo de transformarse en un objetivo puramente humano e ideológico— como la identidad de Cristo, que no aparece como el Señor, al cual debe someterse todo (cf. 1 Co 15,27); asimismo, el Reino no puede ser separado de la Iglesia. Ciertamente, ésta no es un fin en sí misma, ya que está ordenada al Reino de Dios, del cual es germen, signo e instrumento. Sin embargo, a la vez que se distingue de Cristo y del Reino, está indisolublemente unida a ambos”.73
19. Afirmar la relación indivisible que existe entre la Iglesia y el Reino no implica olvidar que el Reino de Dios —si bien considerado en su fase histórica— no se identifica con la Iglesia en su realidad visible y social. En efecto, no se debe excluir “la obra de Cristo y del Espíritu Santo fuera de los confines visibles de la Iglesia”.74 Por lo tanto, se debe también tener en cuenta que “el Reino interesa a todos: a las personas, a la sociedad, al mundo entero. Trabajar por el Reino quiere decir reconocer y favorecer el dinamismo divino, que está presente en la historia humana y la transforma. Construir el Reino significa trabajar por la liberación del mal en todas sus formas. En resumen, el Reino de Dios es la manifestación y la realización de su designio de salvación en toda su plenitud”.75
Al considerar la relación entre Reino de Dios, Reino de Cristo e Iglesia es necesario, de todas maneras, evitar acentuaciones unilaterales, como en el caso de “determinadas concepciones que intencionadamente ponen el acento sobre el Reino y se presentan como “reinocéntricas”, las cuales dan relieve a la imagen de una Iglesia que no piensa en sí misma, sino que se dedica a testimoniar y servir al Reino. Es una “Iglesia para los demás” —se dice— como “Cristo es el hombre para los demás”… Junto a unos aspectos positivos, estas concepciones manifiestan a menudo otros negativos. Ante todo, dejan en silencio a Cristo: El Reino del que hablan se basa en un “teocentrismo”, porque Cristo —dicen— no puede ser comprendido por quien no profesa la fe cristiana, mientras que pueblos, culturas y religiones diversas pueden coincidir en la única realidad divina, cualquiera que sea su nombre. Por el mismo motivo, conceden privilegio al misterio de la creación, que se refleja en la diversidad de culturas y creencias, pero no dicen nada sobre el misterio de la redención. Además el Reino, tal como lo entienden, termina por marginar o menospreciar a la Iglesia, como reacción a un supuesto “eclesiocentrismo” del pasado y porque consideran a la Iglesia misma sólo un signo, por lo demás no exento de ambigüedad”.76 Estas tesis son contrarias a la fe católica porque niegan la unicidad de la relación que Cristo y la Iglesia tienen con el Reino de Dios.
6. LA IGLESIA Y LAS RELIGIONES EN RELACIÓN CON LA SALVACIÓN
20. De todo lo que ha sido antes recordado, derivan también algunos puntos necesarios para el curso que debe seguir la reflexión teológica en la profundización de la relación de la Iglesia y de las religiones con la salvación.
Ante todo, debe ser firmemente creído que la “Iglesia peregrinante es necesaria para la salvación, pues Cristo es el único Mediador y el camino de salvación, presente a nosotros en su Cuerpo, que es la Iglesia, y Él, inculcando con palabras concretas la necesidad del bautismo (cf. Mt 16,16; Jn 3,5), confirmó a un tiempo la necesidad de la Iglesia, en la que los hombres entran por el bautismo como por una puerta”.77 Esta doctrina no se contrapone a la voluntad salvífica universal de Dios (cf. 1 Tm 2,4); por lo tanto, “es necesario, pues, mantener unidas estas dos verdades, o sea, la posibilidad real de la salvación en Cristo para todos los hombres y la necesidad de la Iglesia en orden a esta misma salvación”.78
La Iglesia es “sacramento universal de salvación”79 porque, siempre unida de modo misterioso y subordinada a Jesucristo el Salvador, su Cabeza, en el diseño de Dios, tiene una relación indispensable con la salvación de cada hombre.80 Para aquellos que no son formal y visiblemente miembros de la Iglesia, “la salvación de Cristo es accesible en virtud de la gracia que, aun teniendo una misteriosa relación con la Iglesia, no les introduce formalmente en ella, sino que los ilumina de manera adecuada en su situación interior y ambiental. Esta gracia proviene de Cristo; es fruto de su sacrificio y es comunicada por el Espíritu Santo”.81 Ella está relacionada con la Iglesia, la cual “procede de la misión del Hijo y la misión del Espíritu Santo”,82 según el diseño de Dios Padre.
21. Acerca del modo en el cual la gracia salvífica de Dios, que es donada siempre por medio de Cristo en el Espíritu y tiene una misteriosa relación con la Iglesia, llega a los individuos no cristianos, el Concilio Vaticano II se limitó a afirmar que Dios la dona “por caminos que Él sabe”.83 La Teología está tratando de profundizar este argumento, ya que es sin duda útil para el crecimiento de la compresión de los designios salvíficos de Dios y de los caminos de su realización. Sin embargo, de todo lo que hasta ahora ha sido recordado sobre la mediación de Jesucristo y sobre las “relaciones singulares y únicas”84 que la Iglesia tiene con el Reino de Dios entre los hombres —que substancialmente es el Reino de Cristo, salvador universal—, queda claro que sería contrario a la fe católica considerar la Iglesia como un camino de salvación al lado de aquellos constituidos por las otras religiones. Éstas serían complementarias a la Iglesia, o incluso substancialmente equivalentes a ella, aunque en convergencia con ella en pos del Reino escatológico de Dios.
Ciertamente, las diferentes tradiciones religiosas contienen y ofrecen elementos de religiosidad que proceden de Dios85 y que forman parte de “todo lo que el Espíritu obra en los hombres y en la historia de los pueblos, así como en las culturas y religiones”.86 De hecho algunas oraciones y ritos pueden asumir un papel de preparación evangélica, en cuanto son ocasiones o pedagogías en las cuales los corazones de los hombres son estimulados a abrirse a la acción de Dios.87 A ellas, sin embargo no se les puede atribuir un origen divino ni una eficacia salvífica ex opere operato, que es propia de los sacramentos cristianos.88 Por otro lado, no se puede ignorar que otros ritos no cristianos, en cuanto dependen de supersticiones o de otros errores (cf. 1 Co 10,20-21), constituyen más bien un obstáculo para la salvación.89
22. Con la venida de Jesucristo Salvador, Dios ha establecido la Iglesia para la salvación de todos los hombres (cf. Hch 17,30-31).90 Esta verdad de fe no quita nada al hecho de que la Iglesia considera las religiones del mundo con sincero respeto, pero al mismo tiempo excluye esa mentalidad indiferentista “marcada por un relativismo religioso que termina por pensar que “una religión es tan buena como otra”“.91 Si bien es cierto que los no cristianos pueden recibir la gracia divina, también es cierto que objetivamente se hallan en una situación gravemente deficitaria si se compara con la de aquellos que, en la Iglesia, tienen la plenitud de los medios salvíficos.92 Sin embargo es necesario recordar a “los hijos de la Iglesia que su excelsa condición no deben atribuirla a sus propios méritos, sino a una gracia especial de Cristo; y si no responden a ella con el pensamiento, las palabras y las obras, lejos de salvarse, serán juzgados con mayor severidad”.93 Se entiende, por lo tanto, que, siguiendo el mandamiento de Señor (cf. Mt 28,19-20) y como exigencia del amor a todos los hombres, la Iglesia “anuncia y tiene la obligación de anunciar constantemente a Cristo, que es “el Camino, la Verdad y la Vida” (Jn 14, 6), en quien los hombres encuentran la plenitud de la vida religiosa y en quien Dios reconcilió consigo todas las cosas”.94
La misión ad gentes, también en el diálogo interreligioso, “conserva íntegra, hoy como siempre, su fuerza y su necesidad”.95 “En efecto, “Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento pleno de la verdad” (1 Tm 2,4). Dios quiere la salvación de todos por el conocimiento de la verdad. La salvación se encuentra en la verdad. Los que obedecen a la moción del Espíritu de verdad están ya en el camino de la salvación; pero la Iglesia, a quien esta verdad ha sido confiada, debe ir al encuentro de los que la buscan para ofrecérsela. Porque cree en el designio universal de salvación, la Iglesia debe ser misionera”.96 Por ello el diálogo, no obstante forme parte de la misión evangelizadora, constituye sólo una de las acciones de la Iglesia en su misión ad gentes.97 La paridad, que es presupuesto del diálogo, se refiere a la igualdad de la dignidad personal de las partes, no a los contenidos doctrinales, ni mucho menos a Jesucristo —que es el mismo Dios hecho hombre— comparado con los fundadores de las otras religiones. De hecho, la Iglesia, guiada por la caridad y el respeto de la libertad,98 debe empeñarse primariamente en anunciar a todos los hombres la verdad definitivamente revelada por el Señor, y a proclamar la necesidad de la conversión a Jesucristo y la adhesión a la Iglesia a través del bautismo y los otros sacramentos, para participar plenamente de la comunión con Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo. Por otra parte, la certeza de la voluntad salvífica universal de Dios no disminuye sino aumenta el deber y la urgencia del anuncio de la salvación y la conversión al Señor Jesucristo.
CONCLUSIÓN
23. La presente Declaración, reproponiendo y clarificando algunas verdades de fe, ha querido seguir el ejemplo del Apóstol Pablo a los fieles de Corinto: “Os transmití, en primer lugar, lo que a mi vez recibí” (1 Co 15,3). Frente a propuestas problemáticas o incluso erróneas, la reflexión teológica está llamada a confirmar de nuevo la fe de la Iglesia y a dar razón de su esperanza en modo convincente y eficaz.
Los Padres del Concilio Vaticano II, al tratar el tema de la verdadera religión, han afirmado: “Creemos que esta única religión verdadera subsiste en la Iglesia católica y apostólica, a la cual el Señor Jesús confió la obligación de difundirla a todos los hombres, diciendo a los Apóstoles: “Id, pues, y enseñad a todas las gentes, bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, enseñándoles a observar todo cuanto yo os he mandado” (Mt 28,19-20). Por su parte todos los hombres están obligados a buscar la verdad, sobre todo en lo referente a Dios y a su Iglesia, y, una vez conocida, a abrazarla y practicarla”.99
La revelación de Cristo continuará a ser en la historia la verdadera estrella que orienta a toda la humanidad: 100 “La verdad, que es Cristo, se impone como autoridad universal”. 101 El misterio cristiano supera de hecho las barreras del tiempo y del espacio, y realiza la unidad de la familia humana: “Desde lugares y tradiciones diferentes todos están llamados en Cristo a participar en la unidad de la familia de los hijos de Dios [...]. Jesús derriba los muros de la división y realiza la unificación de forma original y suprema mediante la participación en su misterio. Esta unidad es tan profunda que la Iglesia puede decir con san Pablo: “Ya no sois extraños ni forasteros, sino conciudadanos de los santos y familiares de Dios” (Ef 2,19)”. 102
El Sumo Pontífice Juan Pablo II, en la Audiencia del día 16 de junio de 2000, concedida al infrascrito Cardenal Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, con ciencia cierta y con su autoridad apostólica, ha ratificado y confirmado esta Declaración decidida en la Sesión Plenaria, y ha ordenado su publicación.
Dado en Roma, en la sede de la Congregación para la Doctrina de la Fe, el 6 de agosto de 2000, Fiesta de la Transfiguración del Señor.
Joseph Card. Ratzinger
Prefecto
Tarcisio Bertone, S.D.B.
Arzobispo emérito de Vercelli
Secretario
Notas
(1) Conc. de Constantinopla I, Symbolum Costantinopolitanum: DS 150.
(2) Cf. Juan Pablo II, Enc. Redemptoris missio, 1: AAS 83 (1991) 249-340.
(3) Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Decr. Ad gentes y Decl. Nostra aetate; cf. también Pablo VI, Exhort. ap. Evangelii nuntiandi: AAS 68 (1976) 5-76; Juan Pablo II, Enc. Redemptoris missio.
(4) Conc. Ecum. Vat.II, Decl.Nostra aetate, 2.
(5) Pont. Cons. para el Diálogo Interreligioso y la Congr. para la Evangelización de los Pueblos, Instr. Diálogo y anuncio, 29; cf. Conc.Ecum. Vat II, Const. past. Gaudium et spes, 22.
(6) Cf. Juan Pablo II, Enc. Redemptoris missio, 55.
(7) Cf. Pont.Cons. para el Diálogo Interreligioso y la Congr. para la Evangelización de los Pueblos, Instr. Diálogo y anuncio, 9: AAS 84 (1992) 414-446.
(8) Juan Pablo II,Enc. Fides et ratio, 5: AAS 91 (1999) 5‑88.
(9) Conc. Ecum Vat. II, Const. dogm.Dei verbum, 2.
(10) Ibíd., 4.
(11) Juan Pablo II, Enc. Redemptoris missio, 5.
(12) Juan Pablo II, Enc. Fides et ratio, 14.
(13) Conc. Ecum. de Calcedonia, DS 301. Cf. S. Atanasio de Alejandría, De Incarnatione, 54,3: SC 199,458.
(14) Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm.Dei verbum, 4
(15) Ibíd., 5.
(16) Ibíd.
(17) 3 Cf. Catecismo de la Iglesia Católica, 144.
(18) Ibíd., 150.
(19) Ibíd., 153.
(20) Ibíd., 178.
(21) Juan Pablo II, Enc. Fides et Ratio, 13.
(22) Cf. ibíd., 31-32.
(23) Conc. Ecum. Vat.II, Decl.Nostra aetae, 2. Cf. también Conc.Ecum. Vat. II, Decr. Ad gentes, 9, donde se habla de todo lo bueno presente “en los ritos y en las culturas de los pueblos”; Const. dogm. Lumen gentium, 16, donde se indica todo lo bueno y lo verdadero presente entre los no cristianos, que pueden ser considerados como una preparación a la acogida del Evangelio.
(24) Cf. Conc. de Trento, Decr. de libris sacris et de traditionibus recipiendis: DS 1501; Conc. Ecum. Vat. I, Const. dogm.Dei Filius, cap. 2: DS 3006.
(25) Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm.Dei verbum, 11.
(26) Ibíd.
(27) Juan Pablo II, Enc. Redemptoris missio, 55; cf. también 56. Pablo VI, Exhort. ap. Evangelii nuntiandi, 53.
(28) Conc. Ecum. de Nicea I, DS 125.
(29) Conc. Ecum de Calcedonia, DS 301.
(30) Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Gaudium et spes, 22.
(31) Juan Pablo II, Enc. Redemptoris missio, 6.
(32) Cf. San León Magno, Tomus ad Flavianum: DS 269.
(33) Cf. San León Magno, Carta “Promisisse me memini” ad Leonem I imp: DS 318: “In tantam unitatem ab ipso conceptu Virginis deitate et humanitate conserta, ut nec sine homine divina, nec sine Dio agerentur humana”. Cf. también ibíd.: DS 317.
(34) Conc. Ecum. Vat. II, Const. past. Gaudium et spes, 45. Cf. también Conc. de Trento, Decr. De peccato originali, 3: DS 1513.
(35) Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium, 3-4.
(36) Cf. ibíd., 7.Cf. San Ireneo, el cual afirmaba que en la Iglesia “ha sido depositada la comunión con Cristo, o sea, el Espíritu Santo” (Adversus Haereses III, 24, 1: SC 211, 472).
(37) Conc. Ecum. Vat. II, Const. past. Gaudium et spes, 22.
(38) Juan Pablo II, Enc. Redemptoris missio, 28.Acerca de “las semillas del Verbo” cf. también San Justino, 2 Apologia, 8,1-2,1-3; 13, 3-6: ed. E. J. Goodspeed, 84; 85; 88-89.
(39) Cf. ibíd., 28-29.
(40) Ibíd., 29.
(41) 3 Ibíd., 5.
(42) Conc. Ecum. Vat. II, Const. past.Gaudium et spes, 10; cf. San Agustín, cuando afirma que fuera de Cristo, “camino universal de salvación que nunca ha faltado al género humano, nadie ha sido liberado, nadie es liberado, nadie será liberado”: De Civitate Dei 10, 32, 2: CCSL 47, 312.
(43) Conc. Ecum. Vat.II, Const. dogm. Lumen gentium, 62.
(44) Juan Pablo II, Enc. Redemptoris missio, 5.
(45) Conc. Ecum. Vat. II, Const. past. Gaudium et spes, 45. La necesidad y absoluta singularidad de Cristo en la historia humana está bien expresada por San Ireneo cuando contempla la preeminencia de Jesús como Primogénito: “En los cielos como primogénito del pensamiento del Padre, el Verbo perfecto dirige personalmente todas las cosas y legisla; sobre la tierra como primogénito de la Virgen, hombre justo y santo, siervo de Dios, bueno, aceptable a Dios, perfecto en todo; finalmente salvando de los infiernos a todos aquellos que lo siguen, como primogénito de los muertos es cabeza y fuente de la vida divina” (Demostratio, 39: SC 406, 138).
(46) Juan Pablo II, Enc. Redemptoris missio, 6.
(47) Cf. Conc. Ecum. Vat.II, Const. dogm. Lumen gentium, 14.
(48) Cf. ibíd., 7.
(49) Cf. San Agustín, Enarrat.In Psalmos, Ps 90, Sermo 2,1: CCSL 39, 1266; San Gregorio Magno, Moralia in Iob, Praefatio, 6, 14: PL 75, 525; Santo Tomás de Aquino, Summa Theologicae, III, q. 48, a. 2 ad 1.
(50) Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm.Lumen gentium, 6.
(51) Símbolo de la fe: DS 48.Cf. Bonifacio VIII, Bula Unam Sanctam: DS 870-872; Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium, 8.
(52) Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Decr. Unitatis redintegratio, 4; Juan Pablo II, Enc. Ut unum sint, 11: AAS 87 (1995) 921-982.
(53) 3 Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium, 20; cf. también San Ireneo, Adversus Haereses, III, 3, 1-3: SC 211, 20-44; San Cipriano, Epist. 33, 1: CCSL 3B, 164-165; San Agustín, Contra advers. legis et prophet., 1, 20, 39: CCSL 49, 70.
(54) Conc. Ecum Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium, 8.
(55) Ibíd., Cf. Juan Pablo II, Enc. Ut unum sint, 13. Cf. también Conc.Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium, 15, y Decr.Unitatis redintegratio, 3.
(56) Es, por lo tanto, contraria al significado auténtico del texto conciliar la interpretación de quienes deducen de la fórmula subsistit in la tesis según la cual la única Iglesia de Cristo podría también subsistir en otras iglesias cristianas. “El Concilio había escogido la palabra “subsistit” precisamente para aclarar que existe una sola “subsistencia” de la verdadera Iglesia, mientras que fuera de su estructura visible existen sólo “elementa Ecclesiae“, los cuales —siendo elementos de la misma Iglesia— tienden y conducen a la Iglesia católica” (Congr. para la Doctrina de la Fe, Notificación sobre el volumen “Iglesia: carisma y poder” del P. Leonardo Boff, 11-III-1985: AAS 77 (1985) 756-762).
(57) Cf. Conc. Ecum. Vat.II, Decr. Unitatis redintegratio, 3.
(58) Cf. Congr. para la Doctrina de la Fe, Decl. Mysterium ecclesiae, n. 1: AAS 65 (1973) 396-408.
(59) Cf. Conc. Ecum. Vat.II, Decr. Unitatis redintegratio, 14 y 15; Congr. para Doctrina de la Fe, Carta Communionis notio, 17 AAS 85 (1993) 838-850.
(60) Cf. Conc. Ecum Vat. I, Const. Pastor aeternus: DS 3053-3064; Conc. Ecum. Vat. II, Const dogm. Lumen gentium, 22.
(61) Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Decr.Unitatis redintegratio, 22.
(62) Cf. ibíd., 3.
(63) Cf. ibíd., 22.
(64) Congr. para la Doctrina de la Fe, Decl. Mysterium ecclesiae, 1.
(65) Juan Pablo II, Enc. Ut unum sint, 14.
(66) Conc. Ecum. Vat. II, Decr.Unitatis redintegratio, 3.
(67) Congr. para la Doctrina de la Fe, Carta Communionis notio, 17.Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Decr. Unitatis redintegratio, n. 4.
(68) Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium, 5.
(69) 3 Ibíd., 1.
(70) 3 Ibíd., 4. Cf. San Cipriano, De Dominica oratione 23: CCSL 3A, 105.
(71) Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium, 3.
(72) Cf. ibíd., 9. Cf. También la oración dirigida a Dios, que se encuentra en la Didaché 9, 4: SC 248, 176: “Se reúna tu Iglesia desde los confines de la tierra en tu reino”, e ibíd., 10, 5: SC 248, 180: “Acuérdate, Señor, de tu Iglesia… y, santificada, reúnela desde los cuatro vientos en tu reino que para ella has preparado”.
(73) Juan Pablo II, Enc. Redemptoris missio, 18; cf. Exhort. ap. Ecclesia in Asia, 6-XI-1999, 17: L’Osservatore Romano, 7-XI-1999. El Reino es tan inseparable de Cristo que, en cierta forma, se identifica con él (cf. Orígenes, In Mt. Hom., 14, 7: PG 13, 1197; Tertuliano, Adversus Marcionem, IV, 33, 8: CCSL 1, 634.
(74) Juan Pablo II, Enc. Redemptoris missio, 18.
(75) Ibíd., 15.
(76) Ibíd., 17.
(77) Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium, 14. Cf. Decr. Ad gentes, 7; Decr. Unitatis redintegratio, 3.
(78) Juan Pablo II,Enc. Redemptoris missio, 9. Cf. Catecismo de la Iglesia Católica, 846‑847.
(79) 3 Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm., Lumen gentium, 48.
(80) Cf. San Cipriano, De catholicae ecclesiae unitate, 6: CCSL 3, 253-254; San Ireneo, Adversus Haereses, III, 24, 1: SC 211, 472-474.
(81) Juan Pablo II, Enc. Redemptoris missio, 10.
(82) Conc. Ecum. Vat. II, Decr.Ad gentes, 2. La conocida fórmula extra Ecclesiam nullus omnino salvatur debe ser interpretada en el sentido aquí explicado (cf. Conc.Ecum. Lateranense IV, Cap. 1. De fide catholica: DS 802). Cf. también la Carta del Santo Oficio al Arzobispo de Boston: DS 3866-3872.
(83) Conc. Ecum. Vat.II, Decr. Ad gentes, 7.
(84) 3 Juan Pablo II, Enc.Redemptoris missio, 18.
(85) Son las semillas del Verbo divino (semina Verbi), que la Iglesia reconoce con gozo y respeto (cf. Conc.Ecum. Vat. II, Decr. Ad gentes, 11, Decl. Nostra aetate, 2).
(86) Juan Pablo II, Enc. Redemptoris missio, 29.
(87) Cf. Ibíd.; Catecismo de la Iglesia Católica, 843.
(88) Cf. Conc. de Trento, Decr. De sacramentis, can. 8 de sacramentis in genere: DS 1608.
(89) Cf. Juan Pablo II, Enc. Redemptoris missio, 55.
(90) Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium, 17; Juan Pablo II, Enc. Redemptoris missio, 11.
(91) Juan Pablo II, Enc. Redemptoris missio, 36.
(92) Cf. Pío XII, Enc. Myisticis corporis, DS 3821.
(93) Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium, 14.
(94) Conc. Ecum. Vat. II, Decl. Nostra aetate, 2.
(95) Conc.Ecum. Vat. II, Decr. Ad gentes, 7.
(96) Catecismo de la Iglesia Católica, 851; cf. también, 849-856.
(97) Cf. Juan Pablo II, Enc. Redemptoris missio, 55; Exhort. ap. Ecclesia in Asia, 31, 6-XI-1999.
(98) Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Decl. Dignitatis humanae, 1.
(99) Ibíd.
(100) Cf. Juan Pablo II, Enc. Fides et ratio, 15.
(101) Ibid., 92.
(102) Ibíd., 70.
¿Es el cristianismo la auténtica fe?
¿Qué pensarías si alguien te dijera que tu religión no es la verdadera, si te aseguraran con toda franqueza que estás completamente equivocado y que te engañas al seguir cada día unos dogmas y preceptos que, en realidad, no son los queridos por Dios?
Seguramente no te lo tomarías muy en serio o, quizás intentarías dar tus mejores y más convincentes razones para demostrar la veracidad de tus creencias, y si te fuera bien, incluso intentarías manifestar al otro que en realidad el equivocado en materia religiosa no eres tu sino él.
Pero, volviendo al tema ¿qué te hace pensar que tu religión es la “buena” y no la de otros tantos millones de personas que profesan credos distintos al tuyo? Todos y cada uno de ellos piensan firmemente que su fe es la única y verdadera; lo piensan los judíos, los musulmanes, los hinduistas, los taoístas, los budistas… y también los cristianos. Es lógico pensar así, pues si mi religión es la única religión verdadera, las otras, en consecuencia, no lo son.
Nos encontremos ante un dilema: 1) si solo hay una religión verdadera, la mía, ¿Por qué la mía precisamente? ¿Y si acaso la mía no fuera la auténtica y genuina?. Y la 2) opción es pensar que, por el contrario, que todas las religiones son igualmente válidas, pero ¿es posible que todas las religiones sean válidas? Pero, si lo son todas, parece como si no lo fuera en realidad ninguna ¿Y no es esto, entonces, relativismo?
Efectivamente, se ha puesto de moda decir que, en el fondo, todas las religiones son igualmente válidas ya que defienden ideales semejantes y creen en un mismo Dios; serían como diversos caminos de llegar al mismo lugar ¿Es esto correcto? Veamos.
¿Es correcta la tesis de que cualquier religión, por el hecho de serlo, puede considerarse válida y verdadera? No; ésta es una solución fácil que ningún teólogo daría por satisfactoria.
“Es un error pensar que todas las religiones creen en el mismo Dios y que se diferencian únicamente en la forma diferente de nombrarlo. Es evidente que no es lo mismo la divinidad impersonal de la que hablan budistas e hinduistas, que el Dios personal de judíos y cristianos. Como tampoco es lo mismo el Dios grande del Islam, que el Dios Trinitario del cristianismo, comunión de vida y amor, Padre, Hijo y Espíritu Santo” (cfr. José Rico Pavés, secretario de la Comisión Episcopal Española para la Doctrina de la Fe).
¿Está entonces justificada la tesis contraria de que ni todas las religiones valen lo mismo, ni todas pueden ser consideradas como poseedoras del mismo grado de verdad? Si, las grandes y numerosas diferencias que existen entre las diversas religiones justifican la teoría de que ni todas valen lo mismo ni todas pueden ser consideradas como poseedoras del mismo grado de verdad. Efectivamente: “El mundo de lo religioso es enormemente variado en todo: en sus elementos doctrinales, en la dimensión moral, en sus elementos organizativos o institucionales, en su historia, en sus plasmaciones artísticas… Si las religiones son tan variadas, aunque también haya entre ellas algunas semejanzas importantes, está indicando que no todas valdrán lo mismo, que no tendrán en todos los aspectos los mismos niveles de calidad, o sea de verdad religiosa, de verdad sobre Dios y de verdad sobre el hombre”. (Cfr. Gonzalo Tejerina Arias, decano de la facultad de Teología de la Universidad Pontifica de Salamanca).
Vale, de acuerdo, no todas las religiones son iguales, pero entonces ¿cómo saber cuál es la más verdadera y la más válida?
Imaginemos una escena en la un rabino, un imán y un sacerdote católico están conversando vivamente sobre cuál de sus tres religiones es la verdadera. Y en plena discusión, llega un joven que hasta entonces no ha oído nunca hablar de Abraham, de Mahoma o de Jesucristo, y tras escucharles ¿Por cuál de las tres confesiones se decantaría si todas ellas aseguran ser la única verdadera? Resulta evidente que “en su pretensión de verdad, todas las religiones están en lo mismo; así que la diferencia se encuentra en el modo en que cada una de ellas puede sustentar esa pretensión de verdad” (cfr: Gonzalo Tejerina Arias)
Sin entrar en grandes demostraciones ¿Cómo sustenta y legitima esta pretensión de ser la única y verdadera religión la fe cristiana? Bernardo Estrada, profesor en la Pontificia Universidad de la Santa Cruz de Roma, explica exactamente en qué se sustenta la fe cristiana para decir que es la única y verdadera religión: “En la historia de la humanidad han aparecido muchos mensajeros y profetas de diversas religiones, y todos (o casi todos) se han presentado como enviados por Dios y poseedores de un mensaje único. La diferencia con nuestra fe cristiana es que Jesucristo no sólo ha dicho que viene de parte de Dios, sino que lo ha demostrado: no sólo por los milagros sino sobre todo por la resurrección, que es el hecho central de la fe. Si Cristo no hubiera resucitado y no viviera hoy, como vive presente en la Iglesia, su mensaje habría sido igual al de los otros. Ésta es la gran diferencia y por eso creemos que nuestra revelación procede realmente de Dios“.
Conviene advertir esto claramente, en todas sus consecuencias. Si Jesús hubiera sido como todos los demás fundadores de religiones, un maestro más, un filósofo más, un profeta más, o el último o el más profundo de ellos, etc., no habría realmente una diferencia cualitativa y esencial, entre el cristianismo y las demás religiones; la pretensión del cristianismo tan solo sería cuantitativa o de grado. Pero la resurrección lo cambia todo, lo hace único, le otorga una diferencia esencial. Debemos advertir con toda claridad que el cristianismo sin la resurrección no se explica: un líder muerto, fracasado y negado en todas sus pretensiones, junto con unos discípulos traidores y cobardes sería el resultado final lógico.
Efectivamente, con el acontecimiento de la Resurrección, el cristianismo no se presenta como “una expresión más del esfuerzo honesto del ser humano por llegar hasta Dios, sino como la proclamación gozosa de que ha sido Dios quien ha venido al encuentro del hombre” (cfr. José Rico Pavés). Hace tiempo vi un dibujo en el que muchas flechas de distintas longitudes salían desde la tierra hacia el cielo sin alcanzarlo (eran las religiones naturales) y luego aparecía una gran flecha que bajaba del cielo y alcanzaba la tierra (era la religión Revelada), todo un Dios que se Encarnaba y se hacía uno de nosotros. La Encarnación y la Resurrección son el fundamento de la pretensión del cristianismo como la única religión verdadera. Solo el cristianismo (y el judaísmo, en cuanto que advierten el origen divino de la Revelación) tiene mártires, y, por favor, no apliquemos este término al que odia hasta tal punto de llegar a matar, sino al que ama el tesoro divino que ha recibido hasta tal punto que está dispuesto a perder la vida por conservarlo.
Pero aquí no queda todo. “Para el cristiano, la comprobación definitiva de que nuestra fe es la religión verdadera se hace bajo la Gracia de Dios” (Gonzalo Tejerina Arias). En este sentido, me atrevería a afirmar que actualmente el gran testimonio de la verdad de la religión cristiana lo dan los santos, la vida y la obra de estos hombres y mujeres que llevados por el Espíritu, han sido capaces de heroísmo, y de confirmar con sus vidas la verdad de la acción del Espíritu Santo, de la Gracia de Dios, en ellos.
Además de todo esto, tenemos nuestro propio sentir religioso: “al final, la seguridad última de la verdad de nuestra fe se tiene gracias a la acción de la Gracia divina que nos ilumina de una manera que permite que veamos con certeza que la fe en Jesucristo es la verdadera experiencia religiosa” (cfr. Gonzalo Tejerina). Comprendo que para quien no haya tenido esta experiencia le resulte difícil, al igual que resulta difícil comprender la belleza de una vidriera gótica de una catedral, vista desde el interior, en sus miles de colores al ser iluminada por el sol, del que solo la ve desde fuera y le parece un conjunto de cristales y de piedras grises y entreveradas.
Una última cuestión ¿Qué pasa entonces con las demás religiones? ¿Son todas falsas, son mentira? No, todas las religiones tienen algo de verdad. Efectivamente, aunque la fe cristiana se considere a sí misma como la única religión verdadera, nunca catalogaría al resto de confesiones como falsas o radicalmente erróneas. La Iglesia católica reconoce que también en ellas puede haber -y de hecho hay- algunos “destellos” o “huellas” de la Verdad. Así lo expresa claramente la declaración “Nostra Aetate” del Concilio Vaticano II: “La Iglesia católica no rechaza nada de cuanto hay de verdadero y santo en estas religiones. Considera con sincero respeto esos modos de obrar y de vivir, esos preceptos y esas doctrinas que si bien en muchos puntos difieren de lo que ella cree y propone, no pocas veces reflejan un destello de aquella Verdad que ilumina a todos los hombres”.
El sacerdote y doctor en Teología Moral, Andrés Bernar, añade que si en otras religiones hay “elementos” de verdad es porque “surgen de la Ley Natural que todo hombre tiene grabada en su naturaleza. El sentimiento religioso, el deseo de un Dios, la conciencia de la necesidad de ser redimido, la creencia en el más allá… son aspectos naturales que toda civilización ha intentado plasmar en su vida religiosa. Para nosotros, Dios mismo se ha revelado y a través de Cristo nos ha mostrado con mucha mayor claridad esos elementos. Las demás religiones, en la medida en que participan de esos elementos o de sus consecuencias prácticas (una vida recta, amor al prójimo, etc.) en el fondo están participando de Cristo, aunque no lo sepan“.
Antes de terminar, solo decir que somos conscientes de que muchos piensan, y seguirán pensando, que no se puede hablar de verdad en términos absolutos; todavía menos, si el debate se circunscribe a las múltiples religiones que se extienden por todo el globo. En este sentido recogemos aquí estas palabras de Benedicto XVI: “Nada mejor que el amor a la verdad logra impulsar la inteligencia humana hacia horizontes inexplorados. Jesucristo, que es la plenitud de la verdad, atrae hacia sí el corazón de todo hombre, lo dilata y lo colma de alegría. En efecto, sólo la verdad es capaz de invadir la mente y hacerla gozar en plenitud. Esta alegría ensancha las dimensiones del alma humana, librándola de las estrecheces del egoísmo y capacitándola para un amor auténtico. La experiencia de esta alegría conmueve, atrae al hombre a una adoración libre, no a un postrarse servil, sino a inclinar su corazón ante la Verdad que ha encontrado”. (cfr. Asamblea Plenaria de la Congregación para la Doctrina de la Fe celebrada el 10 de febrero de 2006).
Cfr. De un artículo de Isis Barajas.
Algunas preguntas breves sobre las religiones
¿Todas las religiones son válidas y creen en lo mismo?
José Rico Pavés asegura que esta afirmación es un flagrante error: “Toda religión quiere dar respuesta a los enigmas recónditos de la condición humana, pero no todas las confesiones ofrecen respuestas igualmente válidas. No es lo mismo la divinidad impersonal de los budistas que el Dio,, personal de judíos y cristianos”.
Si todas dicen ser “la fe verdadera”, ¿cómo elijo?
El criterio está “en el modo en que cada religión puede sustentar esa pretensión, su modo de legitimar la convicción de que son y plantean la más genuina experiencia humana de lo divino”, señala Gonzalo Tejerina.
Bernard Estrada añade: “Jesucristo no sólo ha dicho que viene de parte de Dios, sino que lo ha demostrado por la resurrección”.
¿Es un acto de soberbia que la fe católica se considere la única religión verdadera?
La pretensión cristiana de ser la verdadera fe no puede escandalizar a ninguna religión: toda tradición religiosa comparte esa pretensión. Nadie está seria y sinceramente en una religión sin creer que esa es la verdadera”, afirma Tejerina.
¿Si sólo hay una verdadera, las demás son falsas…?
La declaración “Nostra Aetate”, del Concilio Vaticano II, asegura que “La Iglesia católica no rechaza nada de cuanto hay de verdadero y santo en otras religiones. Considera con sincero respeto esos modos de obrar y vivir, esos preceptos y esas doctrinas que (…) no pocas veces reflejan un destello de aquella Verdad que ilumina a todos los hombres”.
¿Mi pertenencia a un credo depende de mi educación?
“No se puede ignorar que el contexto social y religioso en que nacemos y nos educamos influye mucho, pero una experiencia religiosa exige que el hombre asuma de manera personal la fe en la que ha sido educado. Lo que se ha recibido no es algo definitivo o inamovible”, subraya Gonzalo Tejerina.