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Archivo para Abril 12th, 2008

La relación entre padre e hija

sin comentarios

Como siempre empezaremos con la lectura atenta y meditada del texto evangélico y siempre desde una perspectiva positiva y sanadora. En este caso se trata de sanar la relación entre padre e hija.

La escena empieza cuando al Señor que va acompañado de una muchedumbre se le acerca Jairo, el jefe de la sinagoga para que cure a su hija que está muy enferma. En trascurso del relato aparece otro personaje: la mujer hemorroisa. Se trata pues de cuatro personajes.

Empezaremos por la figura de la hija en este tipo de relaciones. Un primer punto de luz aparece cuando vemos al padre que no puede ya hacer nada más y debe dejar actuar a otro, esto lo vemos en la muerte de” la hija”. A continuación pasamos a ver la situación del padre en esta relación que se ha de sanar: el padre tiene miedo. Una vez atendido el padre, Jesús se dirige a la casa donde se encuentra la gente que llora la muerte de la niña, pero el Señor les dice que no ha muerto que solo duerme; lo vemos en el sueño de transformación. Una vez ya Jesús con la niña, le dice: ¡levántate!

Ya hemos dicho que Marcos intercala en el milagro una figura entrañable por su humildad: la mujer con flujo de sangre, a la que el Señor denomina: hija. En este relato se da también como una explicación general de la situación de esta relación padre-hija.

Cfr. La sanación del Alma

Escrito por rsanzcarrera

Abril 12, 2008 a 10:41 am

Escrito en Catequesis

La mujer con el flujo de sangre continuo

con un comentario

Entre la petición del padre y la sanación de su hi­ja, Marcos intercala la curación de la mujer con el flujo de sangre continuo, (…) sería posible ver en la mujer con el flujo de sangre continuo una imagen de cómo la niña que padece de la herida paterna, se comporta como mu­jer adulta. ¿Cómo se manifiesta la herida paterna de una hija cuando una vez que llega a la adultez, se casa y tiene hijos? ¿Cómo se muestra esta heri­da en su profesión, en su trato con hombres, en su relación con su cuerpo?

Una mujer que padece de una herida paterna an­sía ser finalmente vista por el padre, finalmente ob­tener una palabra de confirmación y de amor de él. Con el objeto de lograr dedicación del padre, ella se entrega toda. Brinda todo lo que tiene, su fuerza vi­tal y su amor. La sangre representa la vida y su amor. El amor de la mujer se debilita cada vez más cuanto más entrega de ella. Ella es como la hija complaciente que desea despertar la atención de su padre. Pero cuanto más entrega, tanto menos recibe. Cierto refrán dice: “Quien mucho da, mucho necesi­ta”. Esto se aplica para muchas personas que traba­jan en profesiones sociales. Ellos se entregan a los demás no por altruismo sino porque ellas mismas necesitan dedicación y amor. Pero también se aplica para muchas esposas que hacen todo por su marido para lograr su atención.

Pero la mujer no entrega únicamente su sangre sino también sus bienes. Ella quisiera adquirir el amor a cambio de dinero y obsequios. Pero por “bie­nes” se entiende también sus aptitudes, su capacidad de servicio. Ella les da sus bienes a los médicos pa­ra que se ocupen de ella. Tiene por lo tanto la sensa­ción de que sólo se le presta atención cuando da al­go, cuando realiza algo. Existen muchas mujeres que ya de niñas debieron comprar su dedicación a través de un servicio. Ellas se sobreexigen haciendo todo por la familia, por la empresa, por la comuni­dad religiosa. Pero no reciben la confirmación que tanto anhelan. Tanto más entregan de sí, tanto peor les va. Finalmente se encuentran totalmente vacías, se sienten estafadas en su vida. Entregaron todo y no recibieron nada a cambio.

El primer paso de la curación consiste en que la mujer deje de entregar su sangre y sus bienes.

Ella ya no da, ella recibe algo. Simplemente toma el ex­tremo de la túnica de Jesús. Todavía lo hace a escon­didas, ya que su modelo de vida de entrega la ha marcado tanto que apenas se anima a tomar algo. Pero al tomar sencillamente el amor de. Jesús, cesa su flujo de sangre.

Si dejamos de entregarnos, si tomamos el amor que se nos ofrece, también se detendrá nuestro ca­mino hacia la debilidad cada vez mayor y el vacío. Sólo necesitamos abrir los ojos. Muchas personas nos ofrecen amor y dedicación. Sólo debemos to­marlo. Debemos tomar el amor que nos obsequian nuestros padres. Cada uno de nosotros debería to­mar del extremo de la vestidura de su padre o su ma­dre. No existen padres que no brinden nada a sus hi­jos. También cuando el dar de nuestros padres sea limitado, todos hemos tomado algo. Y sólo porque hemos tomado, podemos dar.

Algunas personas han adoptado el modelo de vi­da de entrega y de darse todo en su relación con Dios. Ellas consideran que deben ganarse el amor de Dios cumpliendo todos los deberes religiosos o sa­crificándose en lo posible por la gente. Pero no ne­cesitamos adquirir el amor de Dios a través de un servicio. Dios nos ofrece su amor. En las personas, en la belleza de la creación, en las pequeñas cosas de todos los días podemos experimentar el amor de Dios, si simplemente lo tomamos. Entonces se de­tendría el flujo de la entrega. Nos sentiríamos mejor, podríamos disfrutar el momento sin preguntarnos qué debemos hacer todavía o cómo nos hemos me­recido la belleza de este encuentro. Existen hombres y mujeres religiosos que sienten remordimientos cuando se sientan durante una hora en el banco y se dejan iluminar por el sol. Ellos consideran que en realidad deberían visitar a algún enfermo o rezar un rosario o realizar alguna otra actividad espiritual, ol­vidan y pasan por alto a causa de esta presión la be­lleza de la vida querida por Dios.

El segundo paso de la curación consiste en que la mujer se anime a decir toda su verdad.

Ella puede enfrentarse a sí misma y a su enfermedad. Segura­mente no es fácil para esta mujer relatar acerca de su enfermedad y su sanación en medio de tantos hom­bres, que debido a su flujo de sangre se convirtieron en impuros según las concepciones judías. Por lo tanto tiembla de miedo. Pero evidentemente la irra­diación de Jesús le brinda la confianza y el valor de reconocer también abiertamente su verdad. A ella le habría agradado que su sanación se produjera en secreto. En ese caso no habría tenido que contar a na­die de su enfermedad. Habría podido retornar sana a su casa sin enfrentar la verdad de su vida. Pero en ese caso sólo se habría curado su síntoma pero no su alma. No podemos esperar sanar nuestras heridas paternas si no nos confrontamos a la verdad comple­ta de nuestras heridas. Y no es suficiente si admiti­mos esta verdad únicamente en el silencio de nues­tro corazón, debemos exteriorizarla. No obstante, necesitamos para ello un ámbito de protección. Ne­cesitamos confianza hacia una persona que nos en­frente plena de fuerza y amor de modo similar a Je­sús. En la cercanía de tales personas podemos exteriorizar toda la verdad. Y entonces sentimos que somos totalmente aceptados, que no existe nada en nosotros que no deba ser. Todo puede ser. Todo en nosotros es bueno.

Jesús expresa el secreto de la sanación a través de la aceptación de la mujer con flujo continuo de sangre del siguiente modo: “Hija, tu fe te ha salva­do; ve en paz, y queda sana de tu enfermedad” (Mc 5,34). Aquí se hacen visibles cuatro aspectos de la sanación: Jesús se dirige a la mujer como “hija“. Es­tablece una relación especial con ella, una relación familiar. Jesús no trata a la mujer como a una pa­ciente sino que se relaciona con ella porque la apre­cia. Jesús se convierte para ella en una persona pa­ternal que le presta atención y le informa sobre su fuerza. La experiencia de un padre sustituto que no utiliza a la mujer sino que le da participación en su sana paternidad, puede sanar la herida paterna. En­tre Jesús y la mujer nace una relación de confianza.

Ambos se aprecian mutuamente. Ambos se admiten. Ambos se encuentran mutuamente en libertad. Jesús confirma la fe de la mujer. No es Jesús quien sanó a la mujer sino que su propia fe la ha sal­vado. Con la fe de la mujer, Jesús apela al propio re­curso sano que la mujer tiene dentro de sí. Ella tie­ne dentro de sí un sano anhelo de sanación, un sano egoísmo al que no renuncia, una sana obstinación con la cual lucha por ella. Como tercera palabra Je­sús le promete paz a la mujer. El término hebreo schalom no sólo significa “paz” sino también “ple­nitud de la vida, armonía, bienestar”. Schalom indi­ca el estado del mundo o de una persona tal como debe ser. Jesús lo confirma con este deseo: “Está bien tal como eres. Es bueno que existas. Anda tu camino. Tienes fuerza suficiente dentro de ti. Vive tu vida en armonía con tu voz interior”. La última afirmación se refiere a la salud. La mujer está ahora sana, íntegra, y está libre del fantasma de la enfer­medad. La herida paterna ya no la determina. Aún existe como cicatriz pero la mujer ya no padece por ella. Puede observarla, recordar el pasado a través de ella pero también reconocer en ella el afecto que experimentó de Jesús. La herida se convierte en símbolo de la transformación interior. La mujer está ahora en paz consigo misma. Ha experimentado el amor que tanto anheló, por el cual brindó todo de sí. Ahora ya no necesita dar todo de sí, es amada sin condicionamientos. Jesús la adoptó como hija. Le ha obsequiado la dedicación que tanto anheló. Aho­ra ya no está determinada por su necesidad de dedi­cación sino que puede vivir su propia vida.

Cfr. Sanación del alma

Escrito por rsanzcarrera

Abril 12, 2008 a 10:39 am

Escrito en sanacion del alma

“¡Levántate!”

sin comentarios

Jesús se dirige a la niña, la toma de la mano y le dice: “Niña, te lo digo levántate” (Mc 5,41). El término griego para “tomar” (krateo) significa también “ser poderoso, fuerte”. Jesús sostiene la mano de la hija y le mani­fiesta su fuerza. El padre la había retenido en su te­mor y quitado toda su fuerza. Jesús le da la mano a la niña y permite que su fuerza fluya hacia ella. Pero también le da confianza para pararse sobre sus pro­pios pies y asumir la responsabilidad por su vida. La niña se levanta y se desplaza de aquí para allá. Tran­sita sus propios caminos. Se libera de las ataduras que inconscientemente su padre le había colocado (…)

Lo aquí descrito con palabras sencillas es con frecuencia un proceso doloroso. En el camino hacia la libertad aparecen una y otra vez deseos de amor y dedicación del padre, que quisieran retener a la joven en su avance por el propio camino. Por lo tanto, se la tienta a retornar a los brazos llenos de amor pero tam­bién atrapantes del padre. La sanación de la hija no se verifica sin su propia intervención. Ella misma debe dar los pasos que la llevarán hacia la vida.

De la mano de Jesús la hija celebra la resurrec­ción. Marcos emplea a tal fin las dos palabras con las cuales también describe la resurrección de Jesús: egeire significa “levántate” y aneste significa “ella se levantó”. Ella se levanta porque Jesús le da la ma­no y le habla. En la palabra de Jesús ella recibe la fuerza sanadora de Dios. Con esta fuerza ella puede levantarse por sí misma y ser ella misma. La hija no adquiere dependencia de Je­sús como si fuera su terapeuta. Tampoco lo toma co­mo padre sustituto. Jesús despierta en ella el valor de ser ella misma.

Jesús imparte dos órdenes más para completar la sanación. Por un lado está la orden que no le cuente a nadie de su sanación. Nadie debe enterarse de ella. La hija necesita un ámbito protector de silencio.

Por último, Jesús le recomienda a la gente dar de comer a la niña. Es menester fortalecer su vitalidad. Ella debe disfrutar (…) su propia vitalidad. Ella necesita el permiso de Jesús, inclusive su or­den, para animarse a satisfacer sus necesidades vita­les. Ahora puede ocuparse de sí misma y de su cuer­po. Dejar de preguntar constantemente si realmente puede disfrutar una buena comida. Pero la orden de darle de comer a la niña no se refiere exclusivamente al goce. La hija debe aprender a alimentarse por sí misma, a ser padre y madre para ella misma. Ella debe preocuparse por sí misma y ver que su cuerpo y su alma encuentren el alimento que necesitan pa­ra ser totalmente ella misma. Al alimentar a su cuer­po, se encariñará con él. Ella tiene el derecho de sentirse a gusto en su cuerpo como mujer y alegrar­se de ser mujer.

Cfr. Sanación del alma

Escrito por rsanzcarrera

Abril 12, 2008 a 10:31 am

Escrito en sanacion del alma

El “sueño de transformación”

sin comentarios

Una vez que atendió al padre, Jesús se dirige a la niña. A la gente que llora en voz alta la muerte de la niña les responde: “¿Por qué gritáis y lloráis? La ni­ña no ha muerto, sólo duerme” (Mc 5,39). Sólo mu­rió en su antiguo rol de niña… Debió soltar la atadura con el padre. Y esto sólo se verifica a través de la muerte… Hacia afuera es una muerte, sin embargo hacia adentro es un sueño de transformación… La hija suelta al padre. Ella suelta aquello a lo cual se sostenía y afe­rraba hasta ahora. Y es que cuando el padre proyecta su temor den­tro de la hija, surge un vínculo tan estrecho que la hija sólo puede liberarse de él a través de la muerte, a través de una muerte psíquica, al fallecer a su an­tigua identidad de “hijita del padre“.

El padre (…) a veces toma a su hija como compañera espiritual. Con ella comenta los libros que lee. Con ella va a los conciertos por­que su esposa no muestra interés alguno en ellos. La trata como a una amiga, como una interlocutora en igualdad de derechos. Ella le presta gustosa su oí­do. Con ella puede compartir sus ideas. A ella pue­de moldearla como la mujer de sus sueños (…) Nace entonces un vín­culo estrecho. La hija sólo puede liberarse de este vínculo cuando abandona este papel… A veces sucede que esta muerte a la antigua identidad tiene lugar a través de una prolongada separación del padre. Pero no es suficiente con una separación exterior, tam­bién debe llevarse a cabo en el alma. De lo contra­rio, el padre continúa determinando interiormente a la hija y no le permite encontrarse a sí misma. A me­nudo las hijas de este tipo de padres son incapaces de llegar a una sana relación con un hombre. No en­cuentran ningún compañero que alcance a su padre. Siempre tienen algo que objetar. Entonces permane­cen solas. En algún momento se sienten en conse­cuencia usadas y estafadas en su vida.

La hija de Jairo tiene doce años de edad. En aquella época era la edad en que las jóvenes eran ca­saderas en Israel. Evidentemente la hija no puede crecer. Quizás es la atención excesiva del padre la que la obstaculiza en su crecimiento. O los ideales religiosos de pureza que llevan a la hija a temer su propia sexualidad. Quizás sea también el deseo in­consciente del padre que impide a la hija ser adulta, ya que el padre no quisiera perderla como compañe­ra. Él siente temor a que ella elija otro hombre. En­tonces inconscientemente la vincula a él y la torna incapaz de desarrollar su propia identidad.

Eugen D. compara, en su interpretación de esta historia, la situación de la hija con la de una anoré­xica (…) En la anorexia la niña rechaza convertirse en mujer. Y en la anorexia se es­conde un deseo de muerte. Este deseo de muerte no está únicamente dirigido contra sí misma sino tam­bién en última instancia contra el padre. La hija ac­túa en sí misma lo que realmente quisiera decirle a su padre: que se muera para que finalmente pueda vivir ella. Pero no se anima a dejar que su deseo lle­gue a su consciente porque significarían sentimien­tos de culpa imposibles de superar. Por temor a los sentimientos de culpa dirige la agresión contra ella misma y se castiga por sus propios deseos de muer­te frente al padre, dejándose morir lentamente de hambre. Para Eugen D. se demuestra “que la anorexia es casi siempre una protesta frente a cierta forma de indulgencia y atención excesivas, contra la cual no es posible resistirse en una discusión abierta sin fuertes sentimientos de culpa” (Drewermann, TuE II, 300). Para algunas jóvenes mujeres, la anorexia se convierte en el único camino para liberarse de la omnipotencia del padre. Por haber sufrido bajo su poder, dejan al padre padecer su desamparo y debi­lidad. Inconscientemente se satisfacen con el pánico que llega a sentir el padre.

En su debilidad, Jairo co­rrió hacia Jesús y se echó a sus pies. Se mostró to­talmente en su desesperación y desamparo, y reco­noció que sólo otro podría ayudar allí.

Cfr. Sanación del alma

Escrito por rsanzcarrera

Abril 12, 2008 a 10:21 am

Escrito en sanacion del alma

“El miedo” del padre

sin comentarios

Cuando los amigos del jefe de la sinagoga vienen y le avisan que la niña ha muerto, que no tiene sen­tido molestar a Jesús, Él exhorta al padre: “¡No te­mas, sólo cree!” (Mc 5,36). En estas pocas palabras se manifiesta cómo Jesús comprende de inmediato el estado interior del hombre… Percibe el temor del padre como el problema propiamente dicho. La herida paterna propiamente dicha radica para la hija en el temor del padre.

El padre quiere controlar porque tiene temor. Por temor reprime la sexualidad de su hija. Por te­mor a su convertirse en mujer le impide desarrollar su propia identidad. Jesús reconoce intuitivamente la problemática más profunda de este hombre. Y lo recoge allí donde está atrapado dentro de sí mismo y de su temor. Dado que Jesús comprende al hombre, puede liberarlo de su vínculo temeroso con la hija y colocarlo sobre sus propios pies.

Muchos padres reconocen actualmente el proble­ma del temor frente a sus hijas. (…) En el temor en tor­no a la hija, el padre manifiesta su propio temor. En última instancia siente temor frente a sí mismo: frente a su sexualidad, frente a las mujeres a quienes no comprende, frente al fracaso, frente a las propias necesidades y deseos, frente al caos en su alma. Cuanto más quiera proteger a su hija frente a los errores a causa del temor, tanto mayor será el peli­gro de que la induzca a caer precisamente en esos errores. Aquello que el padre quiere evitar por todos los medios, lo provoca en su hija. Cada vez está más contagiada de su temor. Inclusive, una vez fallecido el padre, el temor del padre puede continuar turban­do la memoria de la hija. El temor se convierte en un demonio que se afianza dentro del alma de la hija.

Jesús atiende en primer término al padre. Lo li­bera de su fijación temerosa a la hija. Lo suelta de la desastrosa opresión que lo daña tanto a él como a la hija. Lo coloca sobre sus propios pies para que pue­da desempeñar libre y confiadamente su rol de pa­dre. Jesús se niega a atribuir al padre la culpa por la enfermedad de su hija. Él libera la maraña estrecha entre el padre y la hija para que ambos puedan ser ellos mismos. En ello consiste la salvación para Je­sús. Una vez liberada la opresión, padre e hija pue­den restablecerse y ser íntegros.

El primer paso de la terapia de Jesús consiste en permitirle al padre observar su temor. Él no lo juzga por su temor. Pero sólo al observar su temor podrá dis­tanciarse de él. En muchos hombres existe un temor primitivo ante las mujeres, temor que lleva al hom­bre a desvalorizar a la mujer y querer dominarla.

El segundo paso terapéutico de Jesús consiste en su exhortación: “¡Simplemente ten fe!” Jairo debe confiar en que su hija, más allá de todas las crisis, encuentre su propio camino. Él no debe preocupar­se temeroso por la niña y obstaculizarla así en su vi­da. Cuanto más ata a la niña a su temor, tanto menos puede vivir. Él debe crear un ámbito de confianza en el cual la niña pueda florecer. Tener fe significa sol­tar a su hija y confiarla a otro, en última instancia a Dios. Él no es responsable por todo lo que crece dentro de su hija. Dios le envía a sus ángeles. Éste es motivo suficiente para dejar a su hija en manos de los ángeles en lugar de colocarla en el corsé que creó para ella.

El término griego pisteuein no signi­fica únicamente tener fe y soltar sino también “estar firme, afianzarse en Dios“. Jesús invita al padre a obtener su propia estabilidad, a estar en Dios. Cuando el padre tenga paz en sí mismo, también tendrá fe en su hija y le confiará algo a ella. Confiar tiene relación con firmeza. El padre que confía a la hija le confiere una posición firme, un fundamento sólido sobre el cual sostenerse. De tal modo ya no tiene necesidad de atarla a él o contro­larla. Quien tiene paz en sí mismo como hombre, también permite a la mujer ser totalmente ella mis­ma. Él se alegra de la naturaleza distinta de la mujer y confía en su desarrollo acorde a su ser.

Cfr. Sanación del alma

Escrito por rsanzcarrera

Abril 12, 2008 a 10:14 am

Escrito en sanacion del alma

La muerte de “la hija”

sin comentarios

La hija de Jairo se estaba muriendo. El padre ya no podía ayudarla. En su desamparo se dirige a Je­sús: “Ven y colócale las manos encima para que sa­ne y siga viviendo” (Mc 5,23). Los implicados ya no pueden resolver el conflicto. El padre no puede ser el sanador de su hija. Debe venir otro y desplegar sus manos curadoras sobre la hija para que vuelva a respirar y pueda hablar…

Si el padre le da buenos consejos a la hija, ella nunca sanará, permanecerá siendo la niña in­fectada por él, que no puede crecer. Si el padre in­tenta sanar a la hija y no se da cuenta de que él mis­mo es el problema, la hija no sanará porque está demasiado ligada al padre, tanto en el sentido posi­tivo como en el negativo. O bien lo admira tanto que no puede desprenderse de él, o es permanentemente desvalorizada por él y ridiculizada en su desarrollo como mujer. En ambos casos se crea una unión que el padre no puede liberar ni a través de la modifica­ción de la conducta ni poniendo buena voluntad.

Es necesario un liberador externo, que la suelte de la mano del padre.

El hecho de que el padre reconozca su impotencia y confié a su hija a las manos y la pro­tección de Jesús, ya es el primer paso de la curación. Esto se aplica también para muchos padres aun cuando signifique para ellos una ofensa narcisista, que a pesar de todo su conocimiento psicológico, su amor y dedicación bienintencionados no pueden ayudar a su hija.

Cuando la hija ingresa al ámbito sanador de un hombre reposado o de una mujer madura y puede permanecer allí, puede sanar. Lo trágico es que la hija busca con frecuencia un amigo, un terapeuta, un ayudante espiritual o un acompañante que continúe el rol del padre. En ese caso no se verifica una sanación y en cambio se afianza el modelo enfermante. El terapeuta o ayudante espiritual se rodea igual que el padre de una aureola divina, que evidentemente atrae a la hija. Es como una trampa en la que cae. Y luego continúa la herida. Por esta razón, es impor­tante para la evolución sanadora que la hija también enfrente la herida paterna. Únicamente al atreverse a ello podrá confiar en su sentimiento y reconocer a quién puede dirigirse y a quién no. De lo contrario caerá una y otra vez en aquellas personas que repi­tan las heridas del padre.

Es un gran peligro para todo ayudante espiritual y terapeuta, que se identifiquen con imágenes arquetí­picas y, por ende, que lastimen una vez más a las per­sonas que buscan su acompañamiento.

Si una mujer con una herida paterna busca el diálogo con un ayu­dante espiritual masculino, aparece fácilmente en él el arquetipo del padre: “Podría ser para ella el padre que nunca pudo experimentar”. Si el acompañante se deja guiar por esto, no notará que él mismo despliega su propia necesidad de cercanía con la mujer. Y así no ayuda a la mujer. O cuando la mujer se queja de sus heridas y cuenta que hasta ahora nadie pudo ayu­darla, se presenta en el acompañante el arquetipo del sanador: “Yo podría sanarla. Si me dejo guiar por Dios podré sanar sus heridas”. Tampoco entonces no­tará que actúa sus propias necesidades, sus fantasías narcisistas de grandeza o su necesidad de ser algo es­pecial, o de poder transmitir la salvación de Dios.

Cfr. Sanación del alma

Escrito por rsanzcarrera

Abril 12, 2008 a 9:45 am

Escrito en sanacion del alma

Tres roles de las hijas

sin comentarios

El padre (Jairo) es un jefe de la sinagoga. Ocupa por lo tanto una función directiva. Quizás se haya iden­tificado tanto con su rol de jefe que ha pasado por alto a su hija.

La psicóloga Julia Onken describió cómo padecen por eso las hijas. Parte de su vida de­ben pelear con la falta de confianza en sí mismas. No están seguras de su apariencia, de su valor y de su identidad. Según Julia Onken existen tres mane­ras de reacción de las hijas frente al padre que las pasa por alto:

1) “La variante más habitual es la hija seductora”. Ella trata de seducir al padre ya sea ha­ciéndose notar mediante su encanto femenino y vis­tiéndose especialmente bonita o adecuándose al pa­dre y leyendo de sus labios todos sus deseos. Pero las hijas seductoras buscarán durante toda su vida agradar a los hombres. Ellas se definen a través de la experiencia de ser admiradas. Si esto desaparece, puede crecer una amenaza mortal para algunas mu­jeres. En casos extremos, no encuentran otra salida que despedirse de la vida.

2) La segunda posibilidad es la “hija servicial”. Ella trata de impresionar a su padre a través de su activi­dad. Ella observa exactamente cuáles son las áreas importantes para el padre. Especialmente en estas áreas intenta realizar mucho. Pero en todo momento va en desmedro de su propia identidad. La hija ser­vicial va más allá de sus sentimientos y del senti­miento interno de qué correspondería para ella. Ella niega su propia debilidad. De ningún modo quisie­ra aparecer como débil. Entonces aprieta sus dien­tes y desarrolla una disciplina inmensa. Desvalori­za a su madre que muy a menudo es subestimada por su marido obsesionado por el servicio. El pre­cio por este modelo de vida es un vacío interior. La hija sacrifica sus sentimientos en el altar del éxito.

3) La tercera posibilidad es la “hija obstinada”. Ella opone resistencia frente al padre, lucha contra sus opiniones, con frecuencia es irónica y aguda en su observación. Ella le arranca a su padre “su atención, lucha por lograr su interés, lo obliga a tomar cono­cimiento de su existencia y a batirse a duelo con ella: siento resistencia, por ende soy yo” (Onken 84). Ella puede argumentar en forma brillante y se trenza en discusiones interminables con el padre de modo tal que él debe atenderla.

Quizás también la hija de Jairo haya sido pasada por alto por su padre… El nombre Jairo significa en rea­lidad: “Dios ilumina” o “Dios despierta”… Quizás en el nombre se encuentra la pista para la curación de la hija. No es el padre quien la iluminará o despertará. La iluminación debe provenir de otro la­do, de su auténtico ser, de su ser hija de Dios.

Probablemente nunca llegue a ser vista por su padre como ella quisiera. Siempre percibirá con dolor el déficit de la herida paterna. Deberá finalmente abandonar su necesidad de ser reconocida por su padre en su dignidad y exclusividad, y a cambio de ello lo­grar la atención de su padre a través de seducción, servicio u obstinación.

El nombre del padre, Jairo, indicaría el camino en el cual la hija podría liberarse de su fijación a la dedicación del padre. Debe ver más allá de él. Necesita otro motivo que su padre (…) debe hallar el motivo de su existencia (…) en Dios… Sólo cuando la hija ad­mita que su padre nunca la verá y apreciará como ella anhela, se liberará de su fijación. Y entonces podrá dirigir sus ojos hacia aquello que realmente la soporta, (…) a su propia dignidad de hija de Dios, quien la obser­va en su exclusividad, quien la llama por su nombre.

Efectivamente, en la historia, la hija de Jairo no tiene nombre. Quizás también pueda ser una referencia a que aún debe descubrir su propio nombre, el nombre exclu­sivo por el cual la ha llamado Dios y que le dice qué secreto de su vida debe desarrollar.

Cfr. La sanación del Alma

Escrito por rsanzcarrera

Abril 12, 2008 a 9:38 am

Escrito en sanacion del alma

“Niña, te lo digo: ¡levántate!” Mc 5,21-43

con un comentario

21 Jesús pasó de nuevo en la barca a la otra orilla y se aglomeró junto a él mucha gente; él estaba a la orilla del mar. 22 Llega uno de los jefes de la sinagoga, llamado Jairo, y al verle, cae a sus pies, 23 y le suplica con insistencia diciendo: «Mi hija está a punto de morir; ven, impón tus manos sobre ella, para que se salve y viva.»
24 Y se fue con él. Le seguía un gran gentío que le oprimía.
25 Entonces, una mujer que padecía flujo de sangre desde hacía doce años, 26 y que había sufrido mucho con muchos médicos y había gastado todos sus bienes sin provecho alguno, antes bien, yendo a peor, 27 habiendo oído lo que se decía de Jesús, se acercó por detrás entre la gente y tocó su manto. 28 Pues decía: «Si logro tocar aunque sólo sea sus vestidos, me salvaré.»
29 Inmediatamente se le secó la fuente de sangre y sintió en su cuerpo que quedaba sana del mal.
30 Al instante, Jesús, dándose cuenta de la fuerza que había salido de él, se volvió entre la gente y decía: «¿Quién me ha tocado los vestidos?»
31 Sus discípulos le contestaron: «Estás viendo que la gente te oprime y preguntas: “¿Quién me ha tocado?”»
32 Pero él miraba a su alrededor para descubrir a la que lo había hecho.
33 Entonces, la mujer, viendo lo que le había sucedido, se acercó atemorizada y temblorosa, se postró ante él y le contó toda la verdad.
34 El le dijo: «Hija, tu fe te ha salvado; vete en paz y queda curada de tu enfermedad.»
35 Mientras estaba hablando llegan de la casa del jefe de la sinagoga unos diciendo: «Tu hija ha muerto; ¿a qué molestar ya al Maestro?» 36 Jesús que oyó lo que habían dicho, dice al jefe de la sinagoga: «No temas; solamente ten fe.» 37 Y no permitió que nadie le acompañara, a no ser Pedro, Santiago y Juan, el hermano de Santiago.
38 Llegan a la casa del jefe de la sinagoga y observa el alboroto, unos que lloraban y otros que daban grandes alaridos. 39 Entra y les dice: «¿Por qué alborotáis y lloráis? La niña no ha muerto; está dormida.» 40 Y se burlaban de él. Pero él después de echar fuera a todos, toma consigo al padre de la niña, a la madre y a los suyos, y entra donde estaba la niña.
41 Y tomando la mano de la niña, le dice: «= Talitá kum =», que quiere decir: «Muchacha, a ti te digo, levántate.»
42 La muchacha se levantó al instante y se puso a andar, pues tenía doce años. Quedaron fuera de sí, llenos de estupor.
43 Y les insistió mucho en que nadie lo supiera; y les dijo que le dieran a ella de comer.

Marcos nos describe un milagro de curación y resurrección por medio de la relación entre el padre y la hija. Jairo era jefe de la sinagoga, te­nía una función religiosa y era jefe de una comuni­dad. A veces, estas personas corren a menudo el riesgo de identificarse con su rol profesional o social y conti­nuar representando ese rol también en la familia. El jefe piensa que puede proceder con sus hijos de igual modo que con sus súbditos. Les transmite que él tiene conocimientos de educación de los hijos. Los funcionarios religiosos mezclan a veces su fun­ción de padre con las ideas religiosas (…) Tal mezcla de rol de padre con rol de jefe siempre provoca irri­tación en los hijos. Y si además la autoridad del padre está fundamentada y sostenida religiosamente, la hija apenas puede resistirse a ello. El padre es entonces algo absoluto. Aunque la hija descubra su humani­dad, sus defectos y sus debilidades, ella prefiere ce­rrar los ojos ante ello (…) Es difícil tanto para el padre como para la hi­ja separar lo puramente humano de lo religioso y ver al otro en su función de padre o de hija.

Cfr. La sanación del Alma

Escrito por rsanzcarrera

Abril 12, 2008 a 9:26 am

Escrito en sanacion del alma