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Archivo para Abril 28th, 2008

La relación entre madre e hijo

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En primer lugar leemos el texto del Evangelio que nos va a servir de guía y hacemos un planteamiento del problema. Se trata de hacer una reflexión positiva y sanadora, no de quedarse en lo negativo de las heridas, sino de transformarlas en perlas.

La acción sanadora de Jesús en esta relación madre-hijo, la vemos desarrollarse en tres etapas: en primer lugar cuando Jesús se dirige a la madre y le dice: ¡no llores!. A continuación cuando toca el féretro y dirigiéndose al joven muerto le dice: ¡Levantaté!. En un tercer momento se nos dice que el joven como primera manifestación de vida que: “Comenzó a hablar” y el Señor lo devuelve ya curado a su madre.

Y por último, vemos el desenlace tanto en el hijo como en la madre de este proceso de curación que les beneficia, también en el terreno espiritual en la relación con Dios.

Cfr. La sanación del Alma

Escrito por rsanzcarrera

Abril 28, 2008 a 4:42 pm

Escrito en sanacion del alma

“Comenzó a hablar” (Lc 7, 15)

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La primera manifestación de vida del muchacho consiste en hablar. “Comenzó a hablar”. Emitir palabras, expresar sus necesidades, desahogarse… Es un nuevo comienzo para el muchacho. Cuando el muchacho despierta habla como un hombre. El término griego usado lalein, significa: “ha­blar entre sí en un tono familiar, conversar en con­fianza“, es como si el muchacho empezara a contar cosas per­sonales, íntimas, cosas suyas; es decir el joven debe sincerarse. Se trata de abrir el corazón y abrirlo a los demás, garantizarle al otro acceso al propio co­razón, hablar de modo que crezca una relación y surja confianza.

El término alemán sprechen (ha­blar) tiene relación con bersten, brechen (reventar, romper). Al hablar, el blindaje que recubre nuestro corazón se parte. Le damos par­ticipación al otro en nuestras emociones, en nuestra voz, en nuestro humor.

El muchacho sana y se vuel­ve íntegro al sincerarse, cuando sus palabras concuerdan con su cora­zón y cuando concede voz a sus sentimientos.

El hecho de que Jesús retorne el joven a su ma­dre, parece a primera vista una regresión, un paso atrás al antiguo rol. Pero el hijo no se vuelve adulto por romper la relación con su madre. Éste sería úni­camente un arranque violento, con el cual él mismo se arrancaría importantes fuentes de vida del alma.

Ser adulto significa estar en buenas relaciones con la madre. El árbol sólo puede crecer y desarrollar su copa cuando tiene raíces profundas. Los padres re­presentan nuestras raíces. Inclusive cuando nuestro padre y nuestra madre nos hayan lastimado, ellos conforman las raíces que nos alimentan. Por esta ra­zón tiene poco sentido que el hijo corte las raíces de su madre. Quedaría entonces sin raíces y su árbol se secaría.

Pero el árbol del hijo y el árbol de la madre no deben crecer juntos. La simbiosis con la madre quitaría espacio a su árbol, espacio necesario para su desarrollo. Sólo es adulto quien puede delimitarse de su madre, quien puede hablar con ella sin sentir­se bajo su tutela, quien puede tratar con ella sin ade­cuarse constantemente. Existen hombres que se consideran adultos e independientes. Pero ni bien visitan a la madre caen nuevamente en el viejo pa­pel. Son amables y considerados y niegan su propia vida. O discuten siempre con su madre. Si la madre pretende tratarlos como niños reaccionan como pú­beres, son testarudos y se encolerizan. No son sobe­ranos. Siempre es mi responsabilidad si me dejo tra­tar como niño o no, aunque escuche las palabras y deseos de mi madre. Pero no me rijo por ellos. Los dejo en ella. Si debo resistirme a ellos a los gritos demuestro que mi madre aún tiene poder sobre mí, que aún no me he desprendido totalmente. La liber­tad del hijo frente a la madre se demuestra en una conducta adulta marcada por el respeto pero tam­bién por la delimitación y la independencia.

En todos nosotros exis­te una nostalgia por la madre, pero si toda nuestra vida la dirigimos hacia nuestra madre concreta per­maneceremos infantiles. Pero si arrancamos la nostalgia por la madre cortaríamos un importante fundamento de raíz, una fuente fructífera de la cual podemos beber.

Una buena solución sería dirigir la nostalgia por la ma­dre hacia un símbolo, por ejemplo a Dios, a la Igle­sia, al Cielo, etc. Muchas construc­ciones de iglesias tienen la figura de un regazo materno. Muchos experimentan protección al sen­tarse en una iglesia romana y saberse rodeados de la presencia sanadora de Dios. En Dios y en la Virgen María se satisfa­ce plenamente nuestra nostalgia de madre.

Cfr. La sanación del Alma

Escrito por rsanzcarrera

Abril 28, 2008 a 4:31 pm

Escrito en sanacion del alma

¡Despierta! (Lc 7,14)

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Jesús detiene el cortejo fúnebre, la comitiva hacia la tumba. Es menester detener la comitiva, parar y preguntar de qué se tra­ta en realidad. Jesús toca el féretro en el cual yace el hijo, y lo para. Jesús va a poner término a un proceso que conduce a la tumba. Entonces le dice al hijo único: “Te ordeno, joven hom­bre: ¡Levántate!” (Lc 7,14). Es una frase formal que Jesús le dice al hijo. El término griego egertheti significa en primer lugar “despierta“. La curación del joven consis­te también en un despertar del sueño de su ilusión, en este caso del supuesto vínculo negativo con la madre. Él mis­mo debe despertar, debe convertirse en adulto. Y una vez que despierte, también podrá levantarse, es decir, podrá vivir por sí mismo y no en la atención y cuidado de la madre. Quizá él no quería salir del tibio nido de la madre, por eso necesita una orden directa y enérgica: Jesús parece despertar también una fuerza que está como muerta dentro del joven. El término griego que se emplea nea­niske, significa que en el joven hay algo nuevo, fresco, sin uso. Y Jesús quiere despertarlo a la vida.

A continuación se dice que el joven se sienta. Todavía no es levantarse. El muchacho aún no está sobre sus propias piernas. Pero es el comienzo para no ser llevado. Deja de estar acostado y comienza a es­tar activo. Se sienta derecho y comienza a hablar por sí mismo. Quizás hasta ahora había evaluado y visto todo a través de ojos de su madre y casi hasta repetía las mismas ideas y palabras, pero ahora una vez surgida la curación el joven comienza a hablar también por sí mismo.

Hay hombres que inclusive a los cuarenta años viven con su madre. Han interrumpido sus estudios y no en­cuentran trabajo. No existe trabajo que responda a sus fantasías de grandeza, a su genialidad. A menu­do cayeron bajo el efecto del alcohol, esconden la cabeza bajo el ala y cierran sus ojos a la realidad de su vida. La madre continúa ocupándose de este hijo, tie­ne miedo de que su hijo sucumba e inconsciente­mente también necesita al hijo para no sentirse sola. Frecuentemente busca la culpa en sí misma de que el hijo no ha crecido como debería en la vida. Y estos sentimientos de culpa hacen que no se atreva a tratarlo con más dureza y lanzarlo a la lucha por la vida. Ella piensa que si tal vez hiciera más por su hijo, quizás sanaría y sería útil en la vida. Sus sentimientos de culpa la ciegan y per­mite que su hijo la utilice, incluso que la insulte o la lastime. Y de este modo surge un vínculo funesto: al sentirse culpable la madre, no se anima a abandonar­lo a sí mismo y cuanto menos se anima, tanto más lo aferra a la dependencia y consiguientemente lo daña. La madre padece por el hijo que la utiliza y le hace difícil su vida. Y el hijo no llega a vivir por­que permite que su madre cuide de él.

Efectivamente, este tipo de vida no es vida, hay que levantarse y ponerse de pie. Y finalmente deben comenzar a hablar y decir a la madre aquello que deberían haberle dicho en su pubertad, que finalmente desean vivir por sí mismos en lugar de estar bajo su tutela, solo entonces serán adultos, se levanta­rán de la muerte.

Cfr. La sanación del Alma

Escrito por rsanzcarrera

Abril 28, 2008 a 4:09 pm

Escrito en sanacion del alma

“¡No llores!” (Lc 7,13)

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El hijo único de la viu­da muere. Como muer­to, lo llevan fuera de la ciudad. La ciudad es un sím­bolo del ámbito materno. El hijo yace en un féretro y es trasladado fuera del ámbito de acción de la ma­dre. En la puerta de la ciudad se encuentran dos mundos, el mundo de la madre y el mundo de Jesús. Ambos tienen un gran grupo de gente a su alrededor. El mundo de Jesús es el mundo en el cual es posible la resurrección y la vida. El mundo de la madre está marcado por una comitiva fúnebre que lleva a la sepultura, a los muertos. Jesús ve a la mujer y siente compasión por ella. No muestra com­pasión al hijo sino a la madre. Advierte lo que sucede dentro de ella, cómo ella lleva a la tumba su única esperanza. Aquél, a quien se había aferrado, le ha sido quitado, ya no tiene sostén. Jesús siente que ella necesita ayuda para hallarse a sí misma, que de­be construir una nueva existencia sin hijo. Y le dice: “¡No llores!” (Lc 7,13).

Son palabras de consuelo y también una llamada discreta a ir abriendo los ojos y reconocer la realidad, aunque sea doloroso, la madre debe ir poco a poco dejando de llorar porque con ello sólo giraría en torno a su autocompa­sión, y porque de este modo quedaría atrapada en su ata­dura al hijo. Sus lágrimas, ¿son lágrimas que liberan o son lágrimas que úni­camente ofuscan la mirada porque giran en torno al propio dolor? Las lágrimas del luto son saludables, pero las lágrimas de la autocompasión nos hunden en nuestro propio dolor, estas lágrimas no liberan sino que nos inundan.

Quizás Jesús quiera con esta orden que se enfrente a preguntas como: ¿quién está de luto dentro de ella? ¿Está de luto la madre por el hijo muerto o está de luto la niña herida a quien le han quitado lo que más amaba? ¿Emergen en este luto todas sus experiencias pasadas del abandono? ¿Es acaso el luto por el hijo en última instancia el luto por la vi­da no vivida? ¿Siente ella que nunca ha vivido ella misma, que siempre se comprendió sólo como ma­dre? ¿Está ella de luto para despedirse o se entierra en su auto­compasión porque no quiere soltar a su hijo?

Cuando la madre cese de llorar puede despertar y abandonar la ilusión de que su hijo podría haberla hecho feliz. Sólo así tomará contacto con la auténtica rea­lidad. Despertar significa simultáneamente soltar. La madre debe soltar al hijo. Ella debe dejar de verlo a través de los cristales de su propia necesidad. A través de su llanto ata al hijo con ella. De no tratase de lágrimas de despedida sino de lágrimas que quisieran retener al muerto, la ma­dre debe dejar de llorar.

Quizás Jesús presienta en el encuentro con la viuda de Naín el dolor de su propia madre. Él mis­mo es hijo de una madre. Y a través de la búsqueda consecuente de su propio camino debe infligirle do­lor. Quizás Jesús no dirija las palabras “¡No llores!” únicamente a la viuda sino también a su propia ma­dre, que lo deja partir. Su camino conducirá a través de la cruz hacia la tumba. En este camino encuentra mujeres “que lamentan y lloran por él” (Lc 23,27). A ellas les dice: “Hijas de Jerusalén, no lloréis por mí, sino llorad por vosotras mismas y por vuestros hijos” (Lc 23,28). Jesús transita su camino acompa­ñado del Padre. Será un camino a través de la muer­te hacia la resurrección. No es necesario llorar por él. Las mujeres deben llorar por ellas mismas, por el destino que las espera. A través de su llanto deberán encontrar su propia verdad en lugar de permitir que las lágrimas turben su mirada. Deberán ser lágrimas de dolor que elaboren la pérdida del hijo y no lágri­mas de autocompasión en las cuales se gira exclusi­vamente en torno a los propios deseos y conceptos infantiles, permaneciendo ciego para lo que verda­deramente sucede.

Cfr. La sanación del Alma

Escrito por rsanzcarrera

Abril 28, 2008 a 3:34 pm

Escrito en sanacion del alma

“Entonces se incorporó el que había muerto” (Lc 7,11-17)

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“Aconteció después que Él iba a la ciudad que se llama Naín, e iban con Él muchos de sus discípulos y una gran multitud. Cuando llegó cerca de la puer­ta de la ciudad, he aquí que llevaban a enterrar a un difunto, hijo único de su madre, la cual era viuda; y había con ella mucha gente de la ciudad. Y cuando el Señor la vio, se compadeció de ella, y le dijo: “No llores”. Y acercándose, tocó el féretro; y los que lo llevaban se detuvieron. Y dijo: “Joven, a ti te digo: ¡levántate!”. Entonces se incorporó el que había muer­to, y comenzó a hablar. Y Jesús lo dio a su madre. Y todos tuvieron miedo, y glorificaban a Dios, dicien­do: “Un gran profeta se ha levantado entre nosotros; y Dios ha visitado a su pueblo”. Y se extendió la fa­ma de Él por toda Judea y por toda la región de alre­dedor.”

Ella es viuda, y como viuda, en Israel carece de derechos. Necesita de su hijo como sustento y representante legal. Si tomamos la situación social de la viuda, advertimos que en aquel tiempo la madre sin su hi­jo se siente carente de valor, es decir ella se define como madre de su hijo. Ella sólo es alguien porque tiene un hijo. En este sentido está profundamente ligada al hijo. Él es para ella uno y todo. Y todo es­to provoca que también el hijo esté profundamente unido a ella y permita que ella lo tenga en sus manos.

En el acompañamiento nos confrontamos con muchos hombres que son los únicos hijos varones de su madre. A menudo el padre se ha quedado en la guerra, a menudo existe también como trasfondo la historia de un divorcio. A veces el hijo es también el “único hijo de su madre” en una familia exterior­mente intacta, en el sentido de que es el hijo favorito, de que la madre está apegada él y lo toma como confidente. A él le cuenta los problemas con el padre.

Un hombre joven cuenta que la madre lo había malacostumbrado. Leía de sus ojos todos sus deseos y lo colmaba de amor. Pero eso tenía su precio: le ha­blaba mal de su padre, le decía que no era de fiar, que frecuen­taba bares y seguía a mujeres jóvenes. El hijo se siente incómodo en esta situación, por un lado se siente halagado por su madre: es el hi­jo favorito de su madre, el elegido. En cierto sentido, es más impor­tante que el padre a quien siente a veces como competidor. Pero al mismo tiempo le falta el padre. No puede identificarse con él. No puede madurar junto a él. No es un modelo para él porque la madre lo desva­loriza. Entonces crece simultáneamente sin padre.

Si el hijo quiere salir de la estrecha relación con la madre y manifiesta alguna preferencia al padre, la madre lo amenaza con dejar de amarlo, lo presiona emo­cionalmente. A pesar de todo, él siente las raíces positivas del padre, advierte cosas buenas en él, pero como el hijo está interiormente ligado a la ma­dre, no se anima a vivir su propia identidad, como varón, con la mirada puesta en su padre. En este sentido la excesiva proximidad a la madre le atrofia, o dificulta su desarrollo normal.

Existen muchas situaciones en las cuales las ma­dres se aferran a sus hijos y los toman como un cierto reem­plazo del marido. Así, por ejemplo, cuando pierden pronto al marido por una enfermedad o un accidente. O por una relación entre los cónyuges fría, o el hom­bre le es infiel… La mujer termina por unirse más a su hi­jo.

Otras veces la mujer toma revancha del esposo al elegir al hijo como confidente. A través de la difamación de su espo­so, la mujer une aún más estrechamente a su hijo con ella. El hijo puede confiar en su madre. Ella es buena, cuida de él, satisface sus de­seos y lo rodea de ternura y amor, le comprende. No necesita hacer nada, ella siempre le obsequia. Pero con esta postura él nunca llega a la vida. Su vida se parece a la muerte. Y al­gunos hombres que permiten que sus madres los malcríen de esta forma, descubren más tarde que aún no han vivido nunca.

Cfr.La sanación del Alma

Escrito por rsanzcarrera

Abril 28, 2008 a 3:24 pm

Escrito en sanacion del alma