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Los fines del matrimonio

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1. Los fines y la esencia del matrimonio

a) El matrimonio es como es por razón de sus fines

Por la concisión y capacidad de síntesis vamos a exponer este tema siguiendo de cerca el libro ya citado de Matrimonio y familia de Miras-Bañares y así para empezar tenemos la precisión en negativo, de que la expresión fines del matrimonio no indica cualquier finalidad que pudieran proponerse una mujer y un varón que deciden unir o compartir sus vidas, sino aquellas a las que está ordenada la unión marital por su propia naturaleza.

El fin al que una realidad se ordena es, ciertamente una meta que se ha de alcanzar; pero en cierto modo está ya presente en la configuración de esa realidad, si es obra de una causa inteligente.

Por ejemplo, un martillo; su fin está presente ya desde el principio, en la fabricación de la herramienta, determinando su estructura y sus características: es así precisamente para servir a ese fin. Aunque sus cualidades permitirían usarlo para otros fines (por ejemplo, como pisapapeles), es evidente que la perfecta aptitud del martillo para clavar clavos no es una utilidad casual: es, por el contrario, su razón de ser.

Quizá este ejemplo ayude a entender en qué sentido los fines, del mismo modo que las propiedades esenciales o bienes, pertenecen a la esencia del matrimonio. No se añaden desde fuera, ni son realmente distintos de la esencia, sino que estos constituyen su estructura teleológica (del griego ‘télos’ = fin, finalidad), su orientación operativa natural. Si las propiedades esenciales muestran estáticamente la esencia del matrimonio (lo que es en sí), los fines la muestran en perspectiva dinámica (en movimiento, actuando), es decir, en cuanto que la esencia es principio del obrar propio del matrimonio para realizar el bien que le corresponde como unión personal de varón y mujer

Esto es lo que quiere expresar el Código de Derecho canónico (CIC c. 1055 & 1; cfr. Gaudium et spes, 48 ) cuando afirma —recogiendo la terminología del Concilio— que el consorcio de toda la vida que establecen los cónyuges por la alianza matrimonial está “ordenado por su propia índole natural al bien de los cónyuges y a la generación y educación de la prole” (del latín ‘prolis’ = descendencia), fines que se dan íntimamente relacionados y coordinados entre sí, sin que sea posible separarlos.

CEC 2363. Por la unión de los esposos se realiza el doble fin del matrimonio: el bien de los esposos y la transmisión de la vida. No se pueden separar estas dos significaciones o valores del matrimonio sin alterar la vida espiritual de los cónyuges ni comprometer los bienes del matrimonio y el porvenir de la familia.

Así, el amor conyugal del hombre y de la mujer queda situado bajo la doble exigencia de la fidelidad y la fecundidad.

b) Los fines son del matrimonio: de los cónyuges en cuanto “son” matrimonio

Para entender esta ordenación del matrimonio a sus fines propios, conviene tener presente que el bien de los cónyuges no se identifica simplemente con el bien individual que puedan obtener conjunta o solidariamente dos personas: se trata del bien que corresponde objetivamente al peculiar consorcio en que consiste el matrimonio, pues es el consorcio el que está “ordenado por su propia índole natural”.

Ese consorcio se establece, como hemos visto, por la donación comprometida de toda la dimensión conyugable de la persona en el pacto conyugal. La mutua donación-aceptación, sobre la base de la complementariedad sexual, establece una relación personal entre el varón y la mujer (de dedicación amorosa, ayuda y perfeccionamiento recíprocos), que tiene como elemento específico, por naturaleza, la potencia de generar nuevas vidas. No cabe, por tanto, una unión matrimonial que no contenga ambas referencias: el bien de los esposos y los hijos. Evidentemente, no habría plena entrega y aceptación mutua en la dimensión conyugal si se excluye al otro como consorte (como aquel a quien está unida la propia suerte, y a quien se debe en justicia el amor conyugal), o si se le rechaza en su potencial paternidad o maternidad, que son dimensión natural primaria de la complementariedad sexual.

En consecuencia, “la dimensión natural esencial [del matrimonio] implica por exigencia intrínseca la fidelidad, la indisolubilidad, la paternidad y maternidad potenciales, como bienes que integran una relación de justicia” (Cfr Familiaris consortio, 14).Es la misma unión, la comunidad de los dos, la que tiende, por la propia fuerza de su naturaleza, a ambos fines. El ser esposos supone y significa esa ordenación.

2. Tres aclaraciones sobre los fines del matrimonio

a) Coordinación y jerarquía de los fines

La intención del Concilio Vaticano II que simplemente evitó los términos técnicos de fines primario y secundario del anterior Código de derecho Canónico, era usar así un lenguaje más pastoral.

De hecho, los textos conciliares confirman la ordenación natural del matrimonio y del amor conyugal a la procreación y educación de los hijos (Gaudium et spes, 50).

Juan Pablo II aclaró que, aunque la Constitución Gaudium et spes y la Encíclica Humanae vitae, de Pablo VI, no utilicen ya la terminología del fin primario-fin secundario, “sin embargo, tratan de aquello mismo a lo que se refieren las expresiones tradicionales. El amor (…) lleva consigo una correcta coordinación de los fines,”. Las expresiones de esos dos documentos —continuaba— “clarifican el mismo orden moral con respecto al amor, como fuerza superior que confiere adecuado contenido y valor a los actos conyugales según la verdad de los dos significados, el unitivo y el procreador, respetando su indivisibilidad. Con este renovado planteamiento, la enseñanza sobre los fines del matrimonio (y sobre su jerarquía) queda confirmada” (Juan Pablo II, Alocución, 10.X.1984, n. 3.)Cabe hablar, por tanto, de una jerarquía de naturaleza entre los fines. Ciertamente, desde el punto de vista vital y subjetivo, con frecuencia se percibe primero el amor como deseo del bien del otro, y posteriormente —como algo que cualifica a ese amor y lo culmina—, la ordenación a la prole. Sin embargo, desde el punto de vista antropológico, parece clara la prioridad natural de la ordenación a la prole, ya que ese es el fin que determina lo específico del amor entre varón y mujer en la unión matrimonial (lo que la distingue de la amistad, del compañerismo o de la cohabitación con intimidad sexual).

Pero esta jerarquía natural de los fines no supone excluir o infravalorar el bien de los cónyuges respecto a la procreación: expresa simplemente la ordenación intrínseca del amor propiamente conyugal, que se falsearía si se concibieran los fines como paralelos o alternativos. La generación y educación de los hijos solo se realiza de modo plenamente personal integrada en el bien de los cónyuges..

En definitiva, el matrimonio es más que una simple unión procreativa; y la comunidad de vida y amor de los esposos es más que un simple contexto conveniente para la generación y educación de los hijos. Ambos fines tienen consistencia y dignidad propias, y nunca pueden separarse: no cabe la ausencia o la exclusión radical de uno de ellos sin que el otro se desnaturalice.

b) Inseparabilidad de los fines

Juan Pablo II reforzó la idea de la mutua relación e inseparablidad ante algunas ideas que iban intentando remarcar el bien de los cónyuges como a expensas de la procreación : “la ordenación a los fines naturales del matrimonio —el bien de los esposos y la generación y educación de la prole— está intrínsecamente presente en la masculinidad y en la feminidad (…) El matrimonio y la familia son inseparables, porque la masculinidad y la feminidad de las personas casadas están constitutivamente abiertas al don de los hijos. Sin esta apertura ni siquiera podría existir un bien de los esposos digno de este nombre” ( Juan Pablo II, Discurso a la Rota Romana, 2001, n. 5.)

Por tanto, los fines del matrimonio son inseparables en su realización plena y verdaderamente conyugal. Cada fin incluye al otro, lo exige, y contribuye a realizarlo: la relación propia de los esposos, procurando cada uno el bien total del otro, exige la donación y aceptación íntegra de la dimensión sexuada de cada uno de ellos, y en consecuencia de su paternidad o maternidad potencial.

c) La ordenación natural a los fines y su obtención efectiva

Los fines, puesto que son ordenaciones de la esencia, como flechas disparadas, ya salidas del arco, están siempre presentes en el matrimonio verdadero, con independencia de que en la vida de cada matrimonio concreto se lleguen a alcanzar en mayor o menor medida. Sin embargo, no ha faltado quien sostuviera que si, por fracaso de la vida matrimonial, no se consiguiera en la práctica el bien de los cónyuges, entendido como la comunidad de vida y amor entre ellos dos, el matrimonio sería nulo, porque no se habría cumplido su fin, y la Iglesia debería declararlo nulo por el bien de las personas. Y esta pretensión se amparaba en un supuesto personalismo conciliarista

A esas interpretaciones, que en realidad relativizan la indisolubilidad del matrimonio verdadero, aludía Juan Pablo II al afirmar que, “en una perspectiva de auténtico personalismo, la enseñanza de la Iglesia implica afirmar la posibilidad de constituir el matrimonio como vínculo indisoluble entre las personas de los cónyuges, esencialmente orientado al bien de los cónyuges mismos y de los hijos. En consecuencia, contrastaría con una verdadera dimensión personalista la concepción de la unión conyugal que, poniendo en duda esa posibilidad, llevara a negar la existencia del matrimonio cada vez que surgen problemas en la convivencia” ( Juan Pablo II, Discurso a la Rota Romana, 1997, n. 1.).

Para contraer matrimonio válidamente, por tanto, no se requiere la obtención efectiva de los fines (que solo se puede dar después de estar ya casados), sino que los contrayentes no excluyan positivamente, con un acto de voluntad, ninguno de ellos al prestar el consentimiento

3. El amor y el matrimonio

a) El matrimonio tiene todo él que ver con el amor

El matrimonio nace del amor, se expresa en el amor, desarrolla el amor. Y este amor esponsal —que luego se transforma en conyugal— es específico, como hemos visto. No se trata de un genérico amor de amistad o de benevolencia, o de pasar un rato: la esencia misma del amor conyugal reclama unirse al otro en una totalidad perpetua y exclusiva, que abraza también su paternidad o maternidad potencial.

Por amor se establece que esa unión en el ser sea para desarrollarla, para darle cuerpo, a lo largo del tiempo, mediante las apropiadas obras de amor, de querer querer.

No hay, pues, contradicción entre el amor y el ser del matrimonio: entre el amor y el acto de casarse, entre el amor y el vínculo conyugal, entre el amor y la vida matrimonial y familiar. Pero tampoco existe una simple “identidad”, sino que el papel y, por así decir, la “fórmula, la forma cualitativa” del amor varían en las diversas fases.

Sin duda, la atracción sensible, afectiva y física —eros—, hacia una persona es uno de los componentes importantes de esa fórmula cualitativa, pero no el único, ni el más decisivo. Ante todo porque se trata de un amor eminentemente pasivo: algo que “le pasa” a la persona, más o menos intensamente, y que le puede dejar de “pasar”, aparentemente sin motivo. Es un amor del que el sujeto no se puede responsabilizar: se suele decir de él que “no se sabe cómo ha venido” y que “se va sin saber cómo”.

Si ese componente fuera el único en la fórmula del amor, sería absurdo hablar de deberes relacionados con él: tan absurdo como hablar de obligaciones del enfermo en relación con la fiebre. Pero el amor no es solo, ni principalmente, algo pasivo, padecido (el famoso mal de amores). Es fundamentalmente obra de la voluntad libre: la persona no es solo víctima, sino sobre todo protagonista de su amor (y de su desamor). Por eso no solo no hay contradicción entre deber y amor, sino que el amor, al madurar, busca transformarse en deber, como manera humana de obligarse a durar para siempre, en querer querer, en compromiso de amar

b) El compromiso de amar y su realización

El amor es, en efecto, el motor de la decisión de contraer matrimonio. Y es también acto de amor el acto de consentimiento matrimonial (Pedro-Juan Viladrich, El modelo antropológico del matrimonio) evidentemente, como nos estamos refiriendo al amor en cuanto acto de la voluntad, no en cuanto mero sentimiento, ese acto de amor se concreta en su específico contenido: darse y recibirse como esposos en orden a los fines del matrimonio Al constituirse como cónyuges, los dos esposos se entregan mutuamente las obras futuras debidas al desarrollo de su “ser conyugal”. En el momento del pacto conyugal, por tanto, se anticipan —comprometiéndolas— todas las obras del amor conyugal El amor que hasta entonces era gratuito, de promesa, se hace deuda de justicia, se convierte en debido: del “deseo ser tu esposo o tu esposa porque te quiero”, se pasa al “te quiero, y te querré siempre, porque eres mi esposo o mi esposa” (Javier Hervada, Diálogos sobre el amor y el matrimonio, pg 198 )

Esta es la entraña de la naturaleza jurídica del vínculo conyugal, que no implica, por tanto, que el trato entre los esposos se convierta en un árido conjunto de derechos y obligaciones. Las obras del amor deben provenir lo más inmediatamente posible del amor mismo, antes que del mero sentido del deber. Por eso, una vez iniciada la vida conyugal, el amor debe ser el motor de los actos y conductas de los esposos en los acontecimientos cotidianos. Y a veces también su consideración ayuda a mantener vivas las obras del amor cuando resulta costoso en una determinada época o circunstancia: de ese modo, defienden el amor, impulsando a la fidelidad.

En efecto, el amor conyugal (el obrar debido a la condición de esposos) no se realiza automáticamente, por el mero hecho de ser esposos. Su grandeza y su dignidad van en paralelo con la grandeza y dignidad de la libertad humana. Y también, sin duda, su riesgo y su debilidad son tan reales como la debilidad y el riesgo propios de la libertad. La grandeza del amor conyugal reside en que, con la ayuda de Dios, los esposos pueden hacerlo realidad.

Su debilidad implica que también pueden fallar, si bien ese hecho no destruye la unión conyugal que forman los dos, y precisamente por eso pueden restaurar el amor que su debilidad deterioró: esa es, sin duda, una de las obras más grandes y necesarias del amor.

Se entenderá ahora que la afirmación de que el amor no es la esencia del matrimonio no significa que sea irrelevante o meramente circunstancial: es lo más importante para que surja la voluntad matrimonial, para que nazca el matrimonio y para la vida matrimonial y familiar. Sin embargo, no debe confundirse el amor con la condición de cónyuges, ni cualquier modo de amar con el amor conyugal.

Conyugalidad y amor deben ir siempre juntos, pero no se identifican, como no se identifican paternidad, maternidad, o filiación con amor paterno, materno o filial. Al ser padre, madre o hijo —que son rasgos de la identidad de la persona— le corresponde un particular deber ser: se debe al otro, en las obras, el amor de padre, de madre, de hijo; pero el cumplimiento de ese deber, de esas obras propias del amor, tiene que ser querido y ejecutado por la voluntad libre de la persona, que puede actuar o no en conformidad con lo que es.

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Written by rsanzcarrera

mayo 29, 2008 at 9:45 am

Publicado en Catequesis

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