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Archivo para Noviembre 2008

¿Qué se ha de transmitir a los hijos?

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Para ayudar a ese discernimiento, y los padres tengan presente en todo momento, la finalidad de esta formación a la vida del espíritu de su hijos, podemos señalar TRES OBJETIVOS que se pretende que los hijos consigan alcanzar paso a paso.

  • El primero, es que se les está enseñando a adquirir hábitos, modos de actuar que cuajarán con el tiempo en verdaderas virtudes, hábitos de hacer el bien. Como para este desarrollo es necesaria la constancia, y la constancia requiere una cierta motivación, vale la pena no olvidar que esos hábitos de oración, de piedad, al surgir del amor a Dios, son verdaderos compromisos voluntarios y libres que los muchachos se van exigiendo a sí mismos. Así los vivirán por encima de apetencias o inapetencias temporales y circunstanciales.

De esta forma, la vida del espíritu desarrollada con la ayuda de sus padres tiene para el niño, para la niña, un significado de seriedad que le servirá para no dejarlos. Inculcar a los hijos el amor a Dios es una verdadera y maravillosa tarea en la que vale la pena empeñarse a fondo. Si al llegar a la noche, el niño se retira un momento a su habitación, porque no le ha dicho a Jesús algo durante muchas horas del día, la vida espiritual ya está echando raíces en su espíritu.

  • El segundo objetivo que los padres han de tener presente es que no se trata de que los niños aprendan muchas oraciones y vivan muchas prácticas de piedad, sino de que lleguen a adquirir personalmente una cierta intimidad, confianza, amistad con Dios, con Jesucristo.

Es preciso, por tanto, animarles a que vayan tomando la iniciativa, sostenerles en el empeño cuando veamos que flaquean, retirarnos cuando comprobamos que los hábitos comienzan a echar raíces y ellos gozan con esos encuentros personales, y amistosos, con Jesucristo, con la Virgen María, queridos por ellos mismos.

Si la niña termina el día diciendo a la Virgen una frase, apenas tres palabras, «Qué bonita eres», que ella misma ha inventado, vamos por buenos caminos.

  • El tercero es el de conseguir que los niños vayan desarrollando un claro sentido de responsabilidad personal en lo que están haciendo. No sería suficiente con que pongan un cierto grado de libertad, iniciativa y amor, si no crece en su espíritu la responsabilidad de estar realizando algo que vale realmente la pena, de que de su actuación dependen cosas importantes, y de que a él le compete llevarlas a cabo.

Si el padre encarga una tarea al hijo, y el hijo comienza a desarrollarla y se da cuenta de que es del agrado del padre ver los resultados poco a poco, se empeñará más el día siguiente para llevar a término lo encargado, y un poco más. Ese sentido de responsabilidad, que crece humanamente con los años, ha de crecer sobrenaturalmente con la oración, con el conocimiento de Cristo, con el saberse importante para el Señor, con descubrir que Dios «cuenta» con el hombre, con cada uno de nosotros.

Cuando el niño diga, y con una cierta alegría: «hoy he rezado yo», y comience a olvidarse de que es un encargo de sus padres, de que es una cierta obligación que se ha impuesto, quiere decir que el rezar, el dirigirse a Dios, ha pasado a ser un asunto personal, que cae casi exclusivamente sobre el ámbito de su propia y exclusiva responsabilidad.

Escrito por rsanzcarrera

Noviembre 14, 2008 a 5:21 pm

Escrito en Catequesis

Acercar los hijos a Dios: nunca mostrar el rostro severo de Dios

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Para que el niño aprenda a vivir con Dios, a dirigirse a Dios, con naturalidad, confianza filial y afecto lleno de cariño con Dios, de considerar siempre a Jesucristo como un verdadero Amigo, es mejor no atemorizar al niño con una imagen justiciera o iracunda de Dios: le conviene no crecer en lo que podríamos llamar «falso temor de Dios».

No olvidemos que subrayar la severidad por parte de Dios, consigue que el hombre vea a Dios solamente como un ser insoportable. Y que la reacción más humana ante lo insoportable además de la huida, es negarse a admitir que lo «insoportable» existe.

Ya se dará cuenta, más adelante, que su padre está serio cuando él hace algo mal, y que el padre se pone serio para animarle a hacer el bien y descubrirle el daño que él mismo se causa haciendo el mal. La seriedad tiene entonces un sentido que el niño aprecia: su padre está serio porque le ama, y quiere su bien. Consciente de todo esto, ya se encuentra en condiciones de comprender que si hace algo mal, también Dios, porque le ama, se puede poner un poco serio con él.

Es también necesario no caer en considerar a Dios como una especie de ser bondadoso, sin rostro, lejano, que ni siquiera se preocupa de las ofensas que los hombres le hacemos, y nos hacemos a nosotros mismos, con nuestros pecados.

El episodio de la mujer adúltera nos puede ayudar a todos a entender el sentido de lo que decimos. Es evidente que la mujer ha pecado, que según la ley puede ser castigada; y de hecho, los fariseos la presentan al Señor con la esperanza de que corrobore la sentencia legal y que, al darle el visto bueno, fuera mirado con desconfianza por parte del pueblo, que siempre mantiene alguna comprensión honda con el pecado. El Señor, después de la marcha de los acusadores, ni siquiera recrimina a la mujer; se limita a manifestarle su perdón, e indicarle «que no vuelva a pecar». Es muy probable que Jesucristo despidiese a esta mujer con una sonrisa.


Escrito por rsanzcarrera

Noviembre 14, 2008 a 5:11 pm

Escrito en Familia

Acercar los hijos a Dios: nunca con dureza

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Aun en esos momentos en los que vale la pena comenzar a hablarles de «compromisos», las palabras y los gestos de los padres han de estar llenos de caridad y amabilidad. Exigir con rostro serio y enfadado puede significar, la mayor parte de las veces, que lo que se exige no vale realmente la pena de ser amado.

  • Cuando una madre se esfuerza para que el niño acepte abrir la boca y comer la sopa que no quiere comer, procura sonreírle, decirle mil sugerencias cariñosas, hasta que el niño acaba alimentándose con lo que necesita, y se convence de que aquello no es tan malo.
  • Acompañar con un castigo el abandono de alguna oración, de un buen propósito formulado, un detalle cualquiera de piedad, es algo que siempre vale la pena evitar. Como tampoco conviene caer en airarse, enfadarse, reñir agriamente porque al niño, a la niña se le han olvidado las oraciones de la mañana antes de salir al colegio.
  • Esto no es obstáculo, obviamente, para que en algún momento, y más cuando el niño comienza a crecer, recordarle con una cierta seriedad que es importante que se dirija a Dios, como es importante que salude a sus padres al llegar y al salir de casa… Pero ve entonces que es más un compromiso de amor que una obligación a secas.

Escrito por rsanzcarrera

Noviembre 14, 2008 a 5:03 pm

Escrito en Familia

Acercar los hijos a Dios: sin imponer obligaciones

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Que el rezar, el dirigirse a Dios, a Jesucristo, a Santa María, a los Santos, sea una obligación más de las muchas que el niño debe desarrollar a lo largo del día, puede ser fácil de conseguir. Esa facilidad es, sin embargo, engañosa.

Convertir una relación de tú a Tú, que debe ser amistosa, llena de confianza, desarrollada desde el fondo del corazón, en un imperativo del que hay que dar cuenta al final de la jornada, puede llegar a desvirtuar la verdadera realidad de la relación.

Si, como ya hemos recordado en varias ocasiones, la imagen y semejanza de Dios, y el ser hijo de Dios, que todos llevamos con nosotros desde el primer instante de nuestra concepción son el fundamento de nuestra relación con Dios, que es la oración, no es preciso imponer una serie de obligaciones para conseguir que los niños recen.

Eso no obsta, es lógico, para que en algunos momentos sea conveniente sostenerles en su libertad, animarles a dar el paso, recordarles que eso de «comprometerse con los amigos», también es bueno con Dios. De ordinario, sin embargo, es preciso invitarles, sugerirles, que vean, incluso por el tono de las palabras, que al rezar, al dirigirse a Jesucristo, a la Virgen, van a hacer algo bueno. Y no solamente porque se va a alegrar papá y mamá, sino también porque quien de verdad se alegra es el mismo Dios.

Escrito por rsanzcarrera

Noviembre 14, 2008 a 4:54 pm

Escrito en Familia

Acercar los hijos a Dios: cariñosamente, manifestando el rostro alegre de Dios

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Donde por vez primera pueden ver los niños la sonrisa de Dios, es en la sonrisa de su madre y de su padre. Nunca insistiremos bastante en subrayar la importancia del padre en la formación religiosa de sus hijos.

A veces se quiere animar a los niños prometiéndoles regalos de Dios si hacen esto, o si hacen lo otro; y hasta se les concede algún premio por recitar un Padrenuestro, un Avemaría. No es buen método, y es peor solución. En la vida de oración, en las relaciones con Dios, con Jesucristo, todo es cuestión de Amor, de cariño; y vale la pena que desde sus primeros años vayan aprendiendo a rezar. Y el amor se transmite naturalmente en y con alegría.

¿La razón? Ven a sus padres contentos cuando rezan con ellos. Un día llegarán a descubrir que Dios está también gozoso cuando ellos rezan; que dan una alegría a Jesucristo cuando besan un crucifijo; que la Santísima Virgen sonríe al oír de los labios de un niño, de una niña, un Avemaría.

La alegría de la madre contemplando a su hijo pequeño mientras lo alimenta soñando, en la esperanza de que sea un hombre de bien, «rico, honrado, famoso, santo», hace presente a sus hermanos mayores la profunda, materna y paterna alegría de Dios; y como descubren la alegría de ser hijos de aquella madre, de aquel padre, un día descubrirán también la alegría de ser hijos de Dios.

Los pedagogos saben que la educación vivida con alegría, en alegría, es la que echa raíces más hondas en el espíritu.

Escrito por rsanzcarrera

Noviembre 14, 2008 a 4:45 pm

Escrito en Catequesis

Acercar los hijos a Dios: con alegría

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La experiencia nos va enseñando que todo lo que se consigue a la fuerza, violentamente, sometiendo la voluntad de los demás, lleva a resultados efímeros, y al final forma esclavos, personas sometidas, jamás hombres responsables.

Si nos fijamos en Jesús vemos nos ha dado muy buenos ejemplos de la necesidad de enseñar con amabilidad los misterios y los mandamientos de Dios. Hasta a quienes no le quieren recibir en su camino a Jerusalén, los defiende de la reacción airada de los Apóstoles, que sugirieron enviar sobre ellos fuego del cielo. Fue amabilísimo con quienes se alejaron de Él al oírle hablar de la Eucaristía.

Cristo anhela que el hombre le Quiera; no que le Tema.

En la Escritura se nos da una enseñanza muy útil, con motivo de esta «transmisión de la fe» que estamos considerando, como de tantas otras tareas que llenan los días y las horas de las familias cristianas: «En vuestra paciencia poseeréis vuestras almas» (Lc 21, 19); y poco antes en el mismo evangelista, leemos a propósito del grano que cae en buen campo: «los que después de haber oído, conservan la Palabra con corazón bueno y recto, y dan fruto en la paciencia» (Lc 8, 15).

En tantos momentos de la vida hemos descubierto la grandeza de ese fruto del Espíritu Santo en nuestras almas, que es la Paciencia. Quizá en ninguna otra actividad es más necesario que en la de llevar adelante a los hijos por los caminos de Fe, de Oración, de amistad con Dios. La Paciencia nos hará comprender que el Espíritu Santo va actuando en la persona de cada hijo a su manera, con sus propios tiempos, según su carácter y cualidades. El Espíritu «sopla donde quiere» (Jn 3, 8); y Él conoce mejor el corazón de cualquier ser humano, también el de los niños, que sus propios padres.

Escrito por rsanzcarrera

Noviembre 14, 2008 a 4:41 pm

Escrito en Familia

Acercar los hijos a Dios: En libertad

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Para que el niño vaya adquiriendo un sentido profundo del buen uso de su libertad, es mejor no atosigarles para que recen.

El verdadero triunfo de la educación de la persona, y de manera muy particular en estos campos que estamos considerando, es el de provocar que cada uno se mueva libremente desde el fondo de su ser personal. Esto variará, lógicamente, según la edad de los niños.

Al comenzar es natural que se les acompañe, rezando con ellos. El niño rezará con libertad y cariño las oraciones que su madre y que su padre recen con él. Se debe insistir en la importancia que tiene que los hijos vean rezar a su padre.

Puede ocurrir alguna vez que el niño trate de utilizar su libertad sencillamente para llevar a cabo el último capricho que se le ha ocurrido. En esos momentos, el niño necesita el testimonio de autoridad de sus padres; y aunque en ese preciso instante su reacción sea de enfado y de rabia, al cabo del tiempo crecerá su agradecimiento a su madre o a su padre… Se trata de una ayuda necesaria a su libertad

Anécdota del maño que recordaba a su padre cuando el no quería tomar la comida… (“no ha de ser”)

Escrito por rsanzcarrera

Noviembre 14, 2008 a 4:35 pm

Escrito en Familia

¿Cómo se ha de acrecar los hijos a Dios?

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Una vez resuelto el problema de cuándo comenzar, y considerado brevemente el qué queremos trasmitir, ahora consideraremos el cómo: el mejor modo de encauzar la preocupación de los padres que quieren formar en la piedad a sus hijos, de forma que el aprendizaje consiga enraizarse hondamente en la inteligencia, en la voluntad, en la memoria del niño.  Empecemos:

  • Paso a paso, paulatinamente, con alegría y serenidad

Lo primero que conviene es tener presente los tiempos normales de crecimiento intelectual y afectivo del niño. No sería ni lógico ni siquiera sensato, pretender que los niños vivan todas las prácticas de piedad, todas las formas de dirigirse a Dios, de oración, que resultan normales para sus padres.

Como preámbulo general vamos a recordar ahora a los padres una serie de maneras de actuar que vale la pena tener muy en cuenta en esta misión de transmitir la fe, de abrir la mente a la enseñanza religiosa, y muy especialmente, en la invitación a la oración. Lógicamente se aplicarán de manera distinta según las edades y las etapas de la vida. En la tarea de introducir a los hijos en la oración es muy oportuno actuar:

Escrito por rsanzcarrera

Noviembre 14, 2008 a 4:23 pm

Escrito en Familia

Textos del Evangelio sobre los niños

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«Dejad a los niños que vengan a mí, porque de los que son como estos es el Reino de los Cielos. Después, les impuso las manos, y se fue de allí» (Mt 19, 14). Marcos, siempre el más entrañablemente humano de los evangelistas, escribe: «Y abrazaba a los niños, y los bendecía imponiendo las manos sobre ellos» (10, 16).

Además de ese texto, hay otros tres pasajes muy significativos:

  • «Yo te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a sabios y prudentes, y se las has revelado a pequeños» (10, 21).
  • «Él llamó a un niño y lo puso en medio de ellos, y les dijo: Y el que reciba a un niño como este, en mi nombre, a mí me recibe» (18, 2-5).
  • «De la boca de los niños, y de los que aún maman, te preparaste la alabanza», que Jesús recuerda explícitamente a los fariseos que se indignaban al oír a los muchachos que en el Templo ensalzaban al Señor cantando «¡Hosanna al Hijo de David (Mt 21, 16).

De estos tres párrafos queda claro que Dios no deja de enviar su luz a las mentes de los niños y que, a la vez, de la inteligencia de los niños se eleva un canto de alabanza a Dios. Un canto con alma, ni anónimo, ni manipulado. Como si Dios tuviera siempre delante de Sí, al hombre en su plenitud, independientemente de la edad de desarrollo humano que haya adquirido.

Escrito por rsanzcarrera

Noviembre 14, 2008 a 4:03 pm

Escrito en Familia

Dios cuenta con los niños: Antonietta «Nennolina» Meo

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Antonietta Meo

Antonietta Meo

Aunque se trata de una historia algo excepcional, marcada por un proceso de enfermedad que lleva a una madurez más honda, vale la pena recoger la historia de una niña italiana, Antonietta «Nennolina» Meo (15-XII-1930. 3-VII-1937).

Falleció a los seis años y medio de un osteosarcoma, diagnosticado cuando apenas tenía cinco años. Su último año fue de grandes sufrimientos -«los dolores eran atroces»-, declarará su médico. Y los dolores continuaron siendo atroces no obstante la amputación de una pierna, y el aparato ortopédico que le colocaron. La traumatología no había hecho todavía los grandes avances que vemos hoy en día, y la medicina de cuidados paliativos simplemente no existía.

Al conocer el diagnóstico, sus padres hicieron todo lo posible para adelantar los tiempos de la Primera Confesión y de la Primera Comunión. Su madre le enseñó el Catecismo por las tardes, al regresar a casa de la escuela. Coincidiendo con el esfuerzo de ir aprendiendo preguntas y respuestas, Antonietta comenzó a escribir unas cartas -las llamaba sus poesías-, que cada tarde ponía bajo una imagen del Niño Jesús a los pies de su cama, «para que Él de noche viniese a leerlas ».

La primera carta es del 15 de septiembre de 1936. Contiene muchas expresiones simples de afecto que, en su sencillez, se hace difícil comprender que hayan salido del corazón de una niña de cinco años:

«Jesús amoroso, te dono mi corazón; Jesús, dame almas»; «¡Querido Jesús, dame almas! ¡Te lo pido con mucho gusto, y Tú dame muchas, muchas! ¡Te lo pido para que Tú las hagas ser buenas! (…), porque yo quisiera que fuesen todas al Paraíso contigo».

¿Cómo era posible que su inteligencia infantil le ayudara a ver con claridad que Jesús quisiese la salvación de todas las almas?

«Haré sacrificios para salvar muchas almas». «Querido Jesús Eucaristía, yo hoy Te vuelvo a ofrecer mi sacrificio de la pierna; Te doy gracias porque nos has dado la fuerza de soportar con paciencia nuestra cruz». «Querido Jesús crucificado, yo Te quiero mucho y Te amo mucho. Quiero estar en el Calvario contigo ». «Querido Jesús, dame la fuerza necesaria para soportar los dolores, que te ofrezco por los pecadores».

¿Cómo podemos explicar la capacidad de esta niña para saberse amada así por Jesucristo?:

«Querido Jesús, y me quiero abandonar en Tus manos». «Jesús, ven a jugar conmigo». Todas sus cartas terminaban con abrazos, caricias y besos a sus destinatarios celestes, destilando una dulce familiaridad.

Al hablar sobre ella, su madre manifestó con toda sencillez que Antonietta rezaba sus breves oraciones de la mañana y de la tarde; que al atardecer dirigía su plegaria al Ángel Custodio; y que después de recibir la Primera Comunión, buscó acercarse a la Eucaristía con renovado amor. Las horas después de comulgar fueron siempre apacibles, como si estuvieran libres de dolores, hasta el punto que daba la impresión de haberse recuperado de su enfermedad.

Cuando ya se acercaba el final de su vida, Antonietta recibió la Unción de los Enfermos. Respondió con serenidad a todas las oraciones, recitó el acto de contrición y besó con ternura el crucifijo. Su madre, consciente de la cercanía de Dios en su hija, le pidió la bendición, y la pequeña le hizo la señal de la cruz sobre la frente. Sus últimas palabras fueron:

«¡Dios!…, ¡mamá!, ¡papá!».

Aquí veras un vídeo breve sobre su vida:

Así se comprende que haya habido santos que han visto clara su vocación, y que han movido a sus padres para que les dejaran libres de seguirla, ya desde los cinco años, como es el caso de Santa Teresita del Niño Jesús. Que haya habido no pocos casos de niños mártires en la historia de la Iglesia, entre otros los recientemente beatificados pastores de Fátima.

Y no faltan tampoco testimonios de santos, que expresan su profundo agradecimiento a sus padres, porque de su mano comenzaron a recorrer los caminos del Señor:

  • La Madre Teresa de Calcuta confesaba con sencillez: «Sí, mi madre era una santa mujer. Trataba de educar a sus hijos en el amor de Dios y del prójimo. Ponía todo su esfuerzo en que creciésemos unidos y en que amásemos a Jesús. Era ella misma la que nos preparaba para la Primera Comunión. Fue nuestra propia madre quien nos enseñó a amar a Dios sobre todas las cosas».
  • San Josemaría Escrivá no sentía vergüenza alguna en decir que, por la mañana y por la noche, repetía las oraciones vocales que su madre y su padre le habían enseñado de niño; y que eran: «pocas, breves y piadosas». De esta forma, el recuerdo de sus padres le llevaba a Dios, y le hacía sentirse muy unido, a la vez que a su familia de sangre, a la familia de Nazaret -Jesús, María y José-, y a la familia del Cielo: Dios Uno y Trino: Padre, Hijo y Espíritu Santo.

Concluimos, ante un ejemplo tan patente y ante los testimonios de personas santas que hemos señalado, confirmando lo que ya sabíamos:

  • - Que los niños no tienen ninguna dificultad para meterse por caminos de oración, ni para seguirlos, una vez iniciados.
  • - Que el desarrollo de esa vida de oración va más allá de lo que las familias pueden enseñar; y a la vez, se alimenta de las enseñanzas que el niño recibe en su entorno familiar.
  • - Que hasta las enfermedades y contradicciones de cada día, en la oración y en la familia, se convierten en auténticos caminos de unión con Cristo para quien las sufre, y para quienes le acompañan en el dolor.

Escrito por rsanzcarrera

Noviembre 14, 2008 a 1:00 pm

Escrito en Familia

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