Génesis: etapa de complementación para la vida humana: 4º al 6º día
Este post es continuación del artículo: Astronomía y Creación, del P. Manuel Carreira, s.j.
ETAPA DE COMPLEMENTACIÓN PARA LA VIDA HUMANA: TRES DÍAS MÁS
Cuarto día: entorno astronómico
Si los tres primeros días establecen el marco general de la casa del Hombre, los tres siguientes muestran cómo se amuebla adecuadamente. Y si el primer día nos da la luz, el cuarto nos presenta con los astros.
Han sido descritos tres días –con día y noche- sin referencia a los astros como marcadores de tales períodos de luz y oscuridad. Como se ha dicho en forma un tanto jocosa, para los israelitas primitivos no era de día porque salía el Sol, sino porque correspondía tener luz en ese período, e incluso podría decirse que la Luna es más útil que el Sol, pues sale de noche, cuando nos hace falta. El papel de tales astros es, primariamente, decorativo, presidiendo en forma majestuosa todo cuanto ocurre bajo su presencia. Son lámparas incrustadas en el firmamento invisible, como lo estarían también las estrellas, y tienen la función útil –sobre todo la Luna desde el punto de vista del calendario religioso- de señalar claramente día y noche, estaciones y años, con los tiempos para fiestas que todavía hoy se determinan por el ritmo lunar.
Es este “ejército del cielo” el que sirve a Dios y al Hombre con su orden inmutable, como instrumentos hermosos, pero sin categoría divina en grado alguno. Así se distancia el relato bíblico de todas las religiones que adoran a los astros, como ocurría abiertamente en Egipto y en forma más o menos velada en otros muchos pueblos de aquel entorno y de otras culturas de todo el mundo. Incluso en salmos muy posteriores se hace necesario subrayar el papel de sirvientes del Sol y la Luna, acusando de ignorancia blasfema a quienes se dedican a observar desde las azoteas los aspectos cambiantes de los astros, en la astrología, una caricatura de la ciencia que aún perdura hoy en los pueriles horóscopos de los medios de comunicación de masas. El título bíblico de Dios como “el Señor de los Ejércitos” no es una proclamación belicosa, sino que se refiere precisamente al “ejército del cielo”, a los astros que se mueven según sus órdenes en un conjunto ordenado y perdurable.
Con nuestra ciencia moderna hemos conseguido establecer la situación de la Tierra en el sistema solar, y abrir panoramas de inmensidad abrumadora al descubrir que el Sol, con su cortejo de planetas es solamente un “ciudadano” de la gran ciudad cósmica que llamamos la “Vía Láctea”, conteniendo más de 100.000 millones de soles en un disco que la luz tarda 100.000 años en atravesar. En una órbita a unas tres quintas partes del radio, somos llevados alrededor del núcleo (sólo observable con telescopios de “luz invisible”, infra-roja, u ondas de radio) en un año galáctico que dura 250 millones de años de nuestra experiencia. Y a distancias que la luz recorre en miles de millones de años, se encuentran tantas “vías Lácteas” como estrellas en nuestra ciudad. Nadie podía haber soñado –ni a principios del siglo XX- tanta grandeza espacial ni tanta riqueza de soles y planetas, todos tan lejanos que ni los mayores telescopios han logrado todavía ver estrella alguna sino como un punto sin dimensiones.
Si esto es verdaderamente abrumador, es más maravilloso todavía el estudiar la evolución de la materia desde el comienzo explosivo del Big Bang. La Tierra –y, por tanto, nuestro cuerpo- es ceniza de estrellas, literalmente. De no haber existido generaciones previas de estrellas que sintetizaron, a partir del hidrógeno primitivo, el carbono, oxígeno, calcio, hierro, silicio… no existiría un entorno como el de nuestro planeta ni los materiales necesarios para una estructura viviente. Han sido los humildes servidores del plan divino en el “ejército del cielo” los que prepararon el barro terrestre, incluso el que fue el cuerpo de Dios hecho Hombre.
Hacia 1920 decía un gran físico inglés, Eddington, que deberíamos ser capaces de entender algo “tan sencillo como una estrella”. Es la teoría de la evolución estelar la parte más completa y satisfactoria de la Astronomía actual, aunque todavía quedan muchos detalles por elucidar, sobre todo cuando hablamos de las etapas finales de estrellas de gran masa. Es verdad que las estrellas pueden describirse en términos de un proceso de contracción dominado por la gravedad de una masa, suficientemente densa y fría, que al comprimir los gases en su centro los calienta. A los 10 millones de grados comienzan reacciones nucleares que producen energía suficiente para contrarrestar el peso de las capas externas. Mientras hay combustible, a temperaturas crecientes, la estrella evita su derrumbamiento gravitatorio, pero al final es la gravedad la que siempre vence.
Y si estrellas como el Sol tienen un final relativamente apacible, perdiendo sus capas exteriores y dejando un cadáver superdenso de carbono cristalizado, las de masa mucho mayor evolucionan más rápidamente hacia una inestabilidad interna que llega al derrumbe casi instantáneo de la mayor parte de la masa estelar, que se concentra en una esfera de pocos kilómetros de radio. El rebote explosivo lanza al espacio todos los materiales sintetizados en la evolución previa, y permite en pocas horas la síntesis de los elementos más pesados. Así se enriqueció con “metales” (elementos más pesados que el Helio) la nebulosa de la que hace 4.500 millones de años se formó el sistema solar.
No han sido en vano las etapas cósmicas de duración inimaginable ni es un derroche inútil la existencia de tantos astros que probablemente nunca serán visitados por el Hombre. Una vez más, es digna de corearse con entusiasmo la aprobación del Creador al terminar el día cuarto: “y vio Dios que era bueno” el cielo con toda la variedad de astros y el suelo fértil cubierto de vivientes aunque sólo en el nivel más inferior, el de la vida vegetativa.
Quinto día: vida animal en entornos sin control humano
En paralelo con el segundo día, en que se abre un espacio habitable dentro de las aguas, se coloca en el quinto día la vida animal en los océanos y la atmósfera. Con un ritmo de mayor rapidez y variedad creativa se nos describe una explosión de vida en el agua y en el aire, los dos elementos más cambiantes y –al mismo tiempo- menos cercanos al Hombre en cuanto a su capacidad de controlar y utilizar sus recursos. Una vez más se utilizan las potencialidades propias de la materia con una orden dada directamente a las aguas. “Hiervan de animales las aguas”, con formas tan increíblemente variadas como almejas y ballenas, pólipos y pulpos gigantes, humildes pescados de ríos y lagos o monstruos intuidos en las profundidades oscuras de los océanos. Y como otra explosión de agilidad, hermosura y variedad fantástica, el mundo de las aves, desde los gorriones -casi invisibles en su pequeño tamaño y color polvoriento- hasta las águilas que nos miran impávidas desde sus alturas. Un hervidero de vida que se perpetuará por la orden divina de fecundidad que es la primera bendición –no simple aprobación- dada por el Creador.
Tal vez es la comunicación de vida la idea más insistente de la Biblia al hablar de Dios como Vivo y así distinto de todos los ídolos inertes. Aun sin barruntar el misterio de la intimidad de Dios en su Trinidad, donde la comunicación de todo el Ser infinito es la actividad esencial de las divinas Personas, siempre se subraya el aspecto vital de quien existe sin tiempo, sin haber tenido principio ni poder tener fin, porque para Dios mil años son como un día, y Él es inmutable, plenitud esencial de toda perfección. Porque Dios es vida y comunica vida, la existencia de seres fecundos, activos, nos muestra una nueva faceta del Creador, que sólo muy veladamente se conoce en el mundo astronómico, aun con toda su belleza. Relaciones de familia, ya presentes en forma conmovedora en el cuidado de las aves hacia la prole en sus nidos, apuntan a relaciones más profundas y significativas cuando aparezca el nivel máximo de vida en la Tierra.
Hoy la ciencia nos presenta el panorama de vivientes como el resultado de un larguísimo proceso comenzado en las aguas de hace 3.500 millones de años. No sabemos dónde ni cuándo ni cómo apareció la primera célula: su complejidad desafía toda descripción en términos de un “azar” que no es fuerza física alguna ni puede ser causa de orden y estructuración complejísima. Tal vez en una charca litoral, o en fuentes termales o grietas volcánicas abisales, tal vez con la ayuda estructural de arcillas o minerales cristalizados, los aminoácidos que puede sintetizar el rayo en una atmósfera adecuada se unieron para producir la primera molécula con capacidad de reproducirse. Esa vida no era vegetal –que definimos por la síntesis de nuevo material orgánico – sino dependiente de moléculas ya presentes en el entorno en que aparecen las primeras células. El misterio se cubre con frases que afirman el hecho, pero no ofrecen una explicación satisfactoria.
Hace ya 50 años que, en Chicago, Urey y Miller simularon una posible atmósfera primitiva de la Tierra y consiguieron que chispas eléctricas formasen en ella los ladrillos básicos del organismo viviente. Otras simulaciones han dado resultados semejantes. Desde entonces no ha habido avance digno de mención. Aunque Sto. Tomás aceptaba la generación espontánea en términos filosóficos, como la actualización de potencialidades dadas por Dios a la materia para producir vida en las circunstancias adecuadas, sigue hoy vigente el dicho de la ciencia después de Pasteur y otros: “Omne vivum ex vivo”.
Aunque se da por supuesto frecuentemente que en una charca primitiva con todos los elementos necesarios debió necesariamente comenzar la vida, y que lo haría de nuevo en esas condiciones, estamos tan lejos de producir una célula viviente en el laboratorio como lo estaban en la Edad Media. En un huevo de gallina hay todo lo necesario para construir millones de células de diversas clases, y el pollito se construye a sí mismo en tres semanas, sin material externo (excepto el aire) y sin escombros. Pero si usamos una batidora para que aquel huevo se convierta en un puré sin estructura alguna, podemos estar seguros de que allí hay los materiales necesarios y nunca se forma espontáneamente una célula como debió ocurrir al comienzo de la evolución vital en la Tierra. De una manera más o menos implícita se reconoce esta incapacidad cuando se proponen soluciones basadas incluso en vida originada en circunstancias desconocidas, en otro planeta, para venir luego a establecerse y desarrollarse en el nuestro, trasladando a otro entorno no comprobable la posible solución del problema.
Toda la vida en la Tierra fue microscópica, unicelular, durante 3.000 millones de años, y casi todo ese tiempo apenas hubo oxígeno en la atmósfera. Solamente las plantas –algas unicelulares, cianofíceas o verdes, con clorofila– cubriendo grandes extensiones de los océanos, pudieron dar el entorno rico en oxígeno donde se observa la “explosión del Cámbrico”: un período breve a escala geológica (solamente unos millones de años) en que las capas sedimentarias muestran ya todas las formas básicas de seres vivientes que persisten hasta hoy.
Es un misterio el porqué de tal variedad de familias, géneros y especies, primero en las aguas y luego en la tierra cercana a ellas: peces, anfibios, reptiles y aves. Hubo evolución puntuada por cinco grandes extinciones de origen cósmico o geológico, que tan sólo permitieron sobrevivir a menos del 10% de las formas desarrolladas en miles de millones de años.
El parentesco básico de todas las formas de vida en la Tierra está bien establecido científicamente: los mismos aminoácidos, la misma simetría de moléculas orgánicas, el mismo modo de transmitir la información genética, son claras razones para afirmarlo. Pero no es menos cierto que el proceso evolutivo es muy difícil de explicar en detalle, y que la Biología no puede dar una razón suficiente para transformaciones específicas aunque deban ocurrir por cambios genéticos de apariencia fortuita.
Recordemos que el método científico no puede demostrar experimentalmente la ausencia ni la presencia de un plan finalístico, ni siquiera cuando analiza un producto de la técnica humana. La pregunta sobre finalidad o la alternativa azar-diseño inteligente es de orden filosófico y debe dirimirse por consideraciones metafísicas, ausentes en la descripción evolutiva que se mantiene dentro del ámbito de la biología. En ese campo sólo es posible intentar responder al cómo de la evolución, no a su razón de ocurrir como de hecho ocurrió.
El registro fósil del desarrollo de los vertebrados nos permite aceptar como los más primitivos a los peces, seguidos de los anfibios y reptiles que culminaron en la presencia abrumadora de los dinosaurios durante 150 millones de años. Una gran catástrofe ecológica- casi ciertamente relacionada con un impacto de un asteroide de unos 10 kilómetros de diámetro en la península del Yucatán- terminó su imperio hace 65 millones de años, dejando como sus descendientes más modestos a los reptiles actuales y a las aves. Y es en este mundo menos amenazante donde pudo continuar el desarrollo vital, que se hace especialmente evidente en los mamíferos que proliferan en las tierras continentales.
Sexto día: animales terrestres y vida humana
El tercer día nos había dado tierra seca, cubierta de plantas. El sexto puebla de animales los continentes, terminando el proceso de preparación para el Hombre.
Para el pueblo a quien se dirigía el Génesis, originalmente de vida nómada pastoril, la riqueza consistía sobre todo en sus ganados: ovejas y cabras, vacas y bueyes, asnos y camellos, valiosos todavía aun en entornos de granjas y ciudades estables. Estos ganados se mencionan en primer lugar entre los animales terrestres, aunque se incluyen también los reptiles (científicamente anteriores) que el nómada encuentra en el desierto, como lagartijas o serpientes, y tal vez como cocodrilos en Egipto o en otras cuencas fluviales. Porque no parecen ser útiles al Hombre, su mención –como sin darles importancia, pero reconociendo su presencia- puede indicar su impureza que les hace inadecuados para el consumo humano, y que puede estar relacionada con ritos paganos en que serpientes son símbolos de culto a diosas de la fecundidad, o que es un rescoldo despectivo de la reverencia idolátrica dada en Egipto a cocodrilos y otros animales ausentes en Palestina. Sin otra distinción más detallada se mencionan todas las otras bestias de la tierra, aun las fieras salvajes, para dejar claro que todo ser viviente tiene su origen en la palabra omnipotente de Dios.
La paleontología puede reconstruir parcialmente el desarrollo de los mamíferos, sobre todo después de la desaparición de los dinosaurios. Nuestro acervo de fósiles es siempre muy incompleto, pero permite encontrar formas progresivamente más cercanas a las actuales, por ejemplo para dar lugar al caballo, e incluso a los primates biológicamente más parecidos al Hombre. No es fácil encontrar formas intermedias ni procesos plausibles para ir desde un supuesto antecesor de la ballena –originalmente terrestre y del tamaño de un asno- hasta el enorme cetáceo de hoy, el animal más grande de toda la historia de la vida en nuestro planeta. Un mamífero que bucea a mayor profundidad que los submarinos nucleares y que puede estar sin respirar durante una hora, con un corazón que bombea mil litros de sangre en cada latido y con una capacidad insospechada de almacenar oxígeno en una espesa capa de grasa subcutánea. Realmente es necesario reconocer que tal evolución es un misterio.
También es un misterio la programación instintiva que determina cómo una araña teje su tela o la abeja sus panales o un pájaro hace su nido y busca su alimento. Hasta qué punto puede el instinto –la programación transmitida genéticamente– incluir tendencias de imitación y aprendizaje, como se observan en primates actuales, es difícil establecerlo con claridad. No hay en todo ese mundo animal ninguna cultura que se comunique con símbolos sistematizados, sean visibles o audibles, ni indicación de conciencia refleja o iniciativa libre. Es posible hablar de los animales como “robots biológicos” de una complejidad asombrosa, pero con las limitaciones inherentes a la falta de verdadera consideración de alternativas de proceder que den lugar a una elección libre. Por lo cual no es posible hablar en este nivel de derechos o deberes, de responsabilidad personal.
En esta narración bíblica Dios contempla su obra en este momento y -por última vez- da su aprobación a lo que no puede menos de ser como Él lo ha decretado: “Y vio Dios que era bueno” este mundo lleno de vida vegetal y animal.
Una vez preparado todo el entorno adecuado, el Padre providente -que ha hecho el hogar para sus hijos- culmina su obra con un nuevo acto de especial solemnidad. No va a pronunciar un “Hágase” distante, ni a ordenar que el agua o la tierra utilicen sus potencias innatas para dar lugar a una forma superior de vida. Va a tomar una parte directamente activa en la formación del Hombre, que va a ser “Imagen y Semejanza” suya, ser viviente en un grado de actividad propia del Creador inteligente y libre. Por tanto, “hijo” en una forma especial, pues un hijo es una imagen viviente de su padre.
Es una forma gramatical misteriosa la que hace de la palabra “Elohim” –Dios- un plural en esa lengua semítica del Génesis original, sobre todo cuando es tan obvia la insistencia en la unicidad exclusiva de Dios en todo el libro sagrado. También es plural el verbo que expresa ahora su acción, como si se diese una deliberación entre iguales de suprema majestad: “Hagamos al Hombre a nuestra imagen y semejanza”. Y se añade su especial dignidad como representante de Dios: “Para que domine” a todos los seres vivientes previamente creados, como lugarteniente del Creador, como hijo y heredero que no puede contarse entre las posesiones de un amo al enumerar sus riquezas.
Se recalca este nuevo orden de existencia, intermedio entre el Creador y su obras anteriores, con una insistencia significativa y casi de asombro: “Y creó Dios al Hombre a imagen suya, a imagen de Dios lo creó, y los creó Dios macho y hembra”. La distinción de sexos no es una distinción de naturaleza ni de dignidad, pues la pareja humana aparece desde el primer momento como salida de la mano de Dios con esa semejanza que da a todo ser humano su especial rango en la creación. No hay discriminación de castas ni de sexos en esta visión tan directamente positiva de lo que somos.
Al hacer que exista el género humano, no hay la acostumbrada aprobación que ratifica la bondad de la obra: una omisión que sugiere que la bondad del Hombre dependerá de nuestra libertad, no de nuestras estructuras biológicas. Sí hay, en cambio, la bendición de fecundidad que se invocó sobe los animales terrestres y que va unida a la reiteración de su dominio: “Procread y multiplicaos y henchid la tierra; sometedla y dominad sobre los peces del mar, sobre las aves del cielo y sobre los ganados y sobre todo cuanto vive y se mueve sobre la tierra”. Todo está hecho para el Hombre, y el Hombre sólo para su Creador: no hay nada en el orden creado que tenga derecho a arrebatar a un ser humano su dignidad, superior a cualquier consideración utilitaria.
La ciencia de hoy no puede menos de confesar que hay una diferencia cualitativa, no sólo cuantitativa, entre el Hombre y los demás seres vivientes del planeta. Todos los materialismos que quieren explicar lo que somos por razones de complejidad genética o estructuración cerebral se ven ante hechos innegables que contradicen esas explicaciones aparentes. Ni el tamaño del cerebro se relaciona directamente con la inteligencia ni se dan iguales comportamientos en mellizos univitelinos (con idéntico ADN), aun en casos de siameses, que no sólo tienen la misma genética, sino necesariamente el mismo entorno, por compartir parte de sus órganos sin posibilidad de independizarse.
Más positivamente, la actividad de pensamiento abstracto –la base de posibilidad de hacer ciencia, matemáticas, poesía- no puede atribuirse a ninguna de las cuatro fuerzas por las que la Física define a la materia. Ni es su resultado algo con propiedades físicas comprobables ni se admite su influencia en algo tangible fuera del pensante. Tampoco es una solución el apelar al éxito de la llamada “Inteligencia artificial”: aun en el supuesto de que hubiese los circuitos necesarios para un ordenador como resultado de evolución química al azar, necesitaríamos un “programa” para que se diesen actividades con algún resultado significativo. Y ese programa no puede atribuirse a la química ni tendría sentido sin un sistema arbitrario de simbolismos en términos de corrientes eléctricas transmitidas o bloqueadas por unidades equivalentes a los transistores.
Nuestra semejanza al Creador, tan elocuentemente afirmada en el Génesis, no puede ser atribuida a nuestra estructura corporal, sino solamente a nuestra capacidad discursiva y racional, y a nuestra voluntad libre. Y esto no se explica por evolución genética, aunque sea aceptable que Dios preparase evolutivamente a la materia para darle el espíritu, única razón suficiente de ese nivel de actividad. Manteniéndose en su propia metodología, nada puede decir la ciencia en contra de esto, aunque siga siendo un misterio para todos el cómo de la unión de espíritu y materia. Es la relación mente-cerebro el campo de mayor dificultad al hablar del ser humano, y apenas se pueden mencionar progresos en ese estudio durante siglos, excepto para hacer notar que enfermedades mentales pueden ser el efecto de desequilibrios químicos o tumores cerebrales.
Si queremos hablar con una comparación actual, también es un misterio –ciñéndonos sólo a la materia- el cómo compaginar los aspectos de partícula y onda en una realidad superior al hablar de las partículas elementales, o cómo hacer compatibles la Relatividad Generalizada y la Mecánica Cuántica en la cosmología. Hay datos abundantes e indudables que nos obligan a aceptar esas dualidades de comportamiento, pero realmente no entendemos cómo las cosas pueden ser así.
Termina este primer capítulo del Génesis con una poética afirmación de que la vida animal se sostendrá, en todos los ámbitos, mediante un régimen vegetariano de alimentación. Algo que no parece aplicable a los peces ni a animales claramente deficientes en su capacidad de procesar vegetales, como sería un león o un humilde mosquito o una sanguijuela.
No es lógico atribuir la necesidad de comer carne a los efectos del pecado humano, como si el sufrimiento de animales -víctimas de otros animales- fuese culpa nuestra: millones de años antes del Hombre encontramos los más terribles predadores carnívoros entre los grandes dinosaurios. No es correcto el antropomorfizar a todos los vivientes para exigirles derechos y deberes, en una implícita atribución ética que los divide en “buenos y malos”. Menos todavía es legítimo el suponer que animal alguno tenga una dignidad superior al Hombre, sea para adorarlo, o para anteponer su bienestar a las necesidades de una persona, aunque se quiera dar carácter humano -con la idea oriental de reencarnación- a cualquier forma de vida de nuestro entorno.
El relato de la Creación termina con una base lógica que justifica la institución del descanso sabático: es el día séptimo el especialmente bendito y santificado por el descanso del Creador. No porque su actividad le imponga la necesidad de recuperar fuerzas –un simple “Hágase” es lo que da origen a cuanto Él quiere- sino porque el Hombre va a necesitar ese reposo a intervalos regulares para no verse abrumado por su actividad hasta el punto de dejar de considerar su relación personal con el Creador.
Si los días de la semana se toman del entorno cultural en que siete astros se mueven contra el fondo de las “estrellas fijas” de constelaciones aparentemente inmutables, en el Génesis quiere dárseles un significado más profundo por una relación original –aun antes de existir los astros- a lo que se presenta como acción providente de Dios preparando al mundo entero para el hombre. Por eso puede decir Cristo más tarde que “el Hombre no está hecho para el Sábado, sino el Sábado para el Hombre”, una máxima aplicable a toda norma externa que puede convertirse en límite para hacer el bien en todo momento.