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Génesis: la estructuración básica: los tres primeros días

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Este post es continuación del artículo: Astronomía y Creación, del P. Manuel Carreira, s.j.

ESTRUCTURACIÓN BÁSICA: los tres primeros días

Primer día: luz y ritmo diario

La primera etapa lógica de la labor de estructuración que se nos describe es el hacer que haya luz, pues nadie piensa en trabajar a oscuras. No se conoce la naturaleza física de la luz ni se habla de procesos que puedan producirla usando un combustible, ni se asocia necesariamente con la existencia de astros luminosos. La luz es una realidad previa a ellos y comienza a existir por un mandato escueto de Dios: “Haya luz”, y hubo luz. Con la alegría del artista que contempla su obra, “vio Dios que la luz era buena, y la separó de las tinieblas”. Así comienza el ordenado ciclo de día y noche, base del vivir normal del Hombre en las latitudes en que se escribía este relato.  Ha transcurrido el día primero.

Nuestra ciencia del siglo XX ha llegado, laboriosamente, a descubrir la luz primera, antes del Sol y las estrellas, en un “Principio” que podríamos describir como caótico, rebosante de energía increíblemente densa y potente, capaz de sintetizar partículas y átomos de hidrógeno y helio en los primeros 20 minutos de existencia del Universo. Contra todo prejuicio que exigía un Universo eterno, es la Ciencia la que nos obliga a aceptar un comienzo antes del cual “no hubo antes”. Pero esa materia inicial, dotada de propiedades extremadamente bien ajustadas (en algunos casos hasta con la precisión de 50 decimales), se expande vertiginosamente en un “primer día” cósmico en que a la luz del Big Bang sigue la oscuridad de un cielo sin estrellas durante millones de años. Todavía podemos detectar y analizar el tenue calor de aquella gran hoguera que marca el comienzo de la historia cósmica hace 13.700 millones de años, y hemos encontrado sus cenizas en la abundancia prevista de hidrógeno, deuterio y helio. “Día y noche” en una escala inimaginable… porque Dios no está en el tiempo y no tiene períodos de espera cuando crea.

El descubrimiento más fundamental e inesperado de la Cosmología moderna es el de Einstein en sus ecuaciones y de Hubble en su observatorio de Monte Wilson. Fue la “Teoría de la Relatividad Generalizada” la que obligó a admitir un Universo “finito pero ilimitado, en expansión o en contracción” en lugar del Universo estático, inmutable y eterno aceptado sin crítica por la casi totalidad de los astrónomos de hace un siglo.

Podemos decir “sin crítica” porque se dejaban a un lado las objeciones obvias: un Universo infinito con infinita masa en todas direcciones, tendría potencial gravitatorio infinito en todos sus puntos, negando la posibilidad de fuerzas gravitatorias netas. Y un Universo eterno sólo contendría cadáveres de estrellas, pues todas habrían agotado sus combustibles.   Sólo una estricta “creación continua” de nueva materia podría resolver la segunda objeción, como se propuso en la década de 1950 por Hoyle, Bondi y Gold. Pero el descubrimiento de la radiación de fondo –el rescoldo del Big Bang- en 1965 por Penzias y Wilson (Premio Nobel por ese descubrimiento) y de cuasares solamente existentes en edades muy primitivas, avalaron la consecuencia lógica de la expansión descubierta por Hubble y anunciada en 1929: el Universo comenzó en un estado de altísima densidad y temperatura.  Y sus condiciones iniciales, con los parámetros de partículas y fuerzas, imponen una evolución hasta el presente, desde aquel “caos” primordial hasta la estructura majestuosa que hoy estudiamos con nuestros instrumentos de la tecnología espacial.

Segundo día: entorno libre de agua

En el relato bíblico tenemos a continuación una manera de describir el segundo día que nos hace sonreír por su trasfondo cultural casi infantil. Solamente se ha hablado de una masa ingente de agua, indomable y estéril, como si fuese una inmensa gota sin recipiente ni barreras.  Es necesario abrir un hueco en ese entorno, para que pueda darse una especie de caverna con aire y suelo donde edificar.

La experiencia sencilla de lluvias que proceden de las alturas, y de aguas que afloran en pozos y manantiales, sugerían una división entre “aguas superiores e inferiores” que exigiría algún tipo de bóveda separando ambas zonas. Esta es la obra del segundo día: crear el “firmamento”, algo que contenga a esas aguas superiores siempre dispuestas, naturalmente, a caer y anegar los recintos inferiores. Tal firmamento cristalino, invisible pero resistente –el cielo- lo encontramos también en las cosmologías de Egipto y otros países cercanos.  Su importancia es previa a la existencia de astros, y el “abrir las compuertas del cielo” es la causa del Diluvio narrado más tarde. No es claro hasta qué punto esta concepción era aceptada como real o simplemente usada en términos poéticos: podía observarse la lluvia cayendo de nubes cercanas al suelo, sin un origen en las alturas de los astros, no –por tanto- tras un firmamento remoto. Pero la imagen era común.

Naturalmente, no hay nada equivalente en nuestra descripción científica del Universo o del planeta Tierra. Podemos decir, en cambio, que es plausible pensar que la Tierra más primitiva era una roca seca y cubierta de cráteres –como la Luna- y que fue la caída de millones de cometas (bloques de hielo condensados en la nube pre-planetaria hace unos 4.500 millones de años) lo que dio a nuestro planeta sus océanos, que posiblemente cubrían toda su superficie durante muchos millones de años.  Esas “aguas superiores”, y la emisión de gases volcánicos del interior terrestre -con una cierta abundancia de vapor de agua-  han dado a la Tierra la posibilidad de tener vida, como el único entorno del Sistema Solar en que el agua existe en los tres estados durante miles de millones de años.

Tal vez la sustancia más inesperadamente fecunda por sus propiedades físico-químicas es el agua, que actúa como el entorno fértil ideal, por ser un disolvente casi universal –incluso hay oro en el agua de los océanos- y por tener, bajo presiones normales, un estado sólido de menor densidad que la forma líquida. Gracias a este comportamiento inesperado el hielo flota, y los océanos no terminan siendo un bloque congelado desde el fondo hasta la superficie, impidiendo toda vida. Ni hay otro medio comparable en su adecuación para que se desarrolle la química del carbono (la Química Orgánica) cuya riqueza y complejidad verdaderamente única es la base de la genética y de todo metabolismo viviente.

Es así lógico el seguir pensando que la abundancia cósmica del agua, en los cielos de la nebulosa solar y en las entrañas de la Tierra, establece el entorno privilegiado de nuestra casa habitable.  No vemos al agua como amenaza, siempre que se establezcan límites precisos a su presencia y actividad.  La intuición bíblica no es anticuada si la entendemos en términos de nuestra ciencia astronómica y biológica. Este sería el significado de nuestro segundo día científico, cuya labor recibe de nuevo la aprobación del Creador:”Y vio Dios que el firmamento era bueno”:

Tercer día: suelo fértil y vida vegetal

El tercer día nos presenta ya con un terreno habitable, con tierra firme y seca. Separa Dios las aguas, confinándolas en sus cuencas oceánicas, y como consecuencia tenemos los continentes. No conociendo geología, el confinar las aguas se ve como resultado de una orden divina, que restringe el ámbito de los mares señalándoles límites jurídicos, más que físicos. Tales fronteras, que se consideran y son perpetuas a escala temporal humana, garantizan un espacio habitable indefinidamente, con una sensación de alivio de no temer que ese océano –siempre temible y a punto de volverse caótico- se lance sobre la morada de la vida humana con efectos devastadores, como ocurre en el caso de un tsunami, aunque el escritor bíblico no conociese ese fenómeno.

La geología reciente, confirmando la hipótesis audaz de Wegener, nos explica la formación de cuencas cambiantes a lo largo de eones, con placas continentales movidas por corrientes de convección de roca caliente y un tanto pastosa por efecto del calor del núcleo metálico (de hierro y níquel) del planeta. La presión de esas rocas del manto fractura la corteza rígida y delgada (de sólo unos 30 km. de espesor) dividiéndola en placas continentales, que chocan dando lugar a la formación de montañas y causando volcanismo y movimientos sísmicos en las zonas donde una placa se introduce por debajo de otra.

Hace 220 millones de años todas las placas formaban un único continente –Pangea- que luego se dividió en dos (Laurasia y Gondwana) continuando su evolución para dar lugar al Himalaya por el choque de la India contra el sur de Asia, mientras el océano Atlántico se abrió con una gran brecha desde Islandia hasta la Antártida. Todavía podemos hoy medir (con la ayuda de espejos retro-reflectores dejados en la Luna) el lento crecimiento de unos tres cm. por año de la cuenca Atlántica.

Y es, precisamente, este proceso tan lento e inexorable el que permite renovar tanto las rocas de la corteza como los gases atmosféricos, que reaccionan químicamente con los minerales de origen volcánico. El desgaste de rocas por erosión recicla esos materiales en un dinamismo que no parece haberse dado en una escala comparable en los otros planetas de tipo terrestre de nuestro sistema. Sin ese intercambio de materiales y fuerzas, no sería habitable nuestra casa común, la joya azul del Sistema Solar.

Una vez hecha la estructura material donde Dios quiere colocar al Hombre, empieza el trabajo más minucioso de dotarla de todas las cosas más claramente necesarias para la vida humana. Y lo más obvio es que necesitamos alimento, que solamente puede encontrarse en niveles inferiores de vida. Con los datos de la experiencia sensorial –sin microscopios- vemos como la forma más elemental de vida la de nivel vegetativo. Así es lógico que Dios comience creando plantas en la tierra ya librada de la opresión de un océano ilimitado. Con una nueva forma de realizar sus fines, Dios exige a su creación que con sus operaciones propias contribuya al desarrollo de sus planes: “Haga brotar la tierra hierba verde, hierba con semilla y árboles frutales, cada uno con su fruto”.

Tenemos de nuevo un modo de hablar que subraya el orden y la jerarquía de seres creados. La hierba verde será pasto para el ganado y alimento para los animales terrestres más útiles para el Hombre. La “hierba con semilla” nos indica la aparición de cereales que permiten que haya pan, el alimento por excelencia. Y los árboles con fruto, también con semilla que es garantía de su perpetuidad, ofrecen la variedad de utilizaciones que incluyen el vino, el aceite, los dátiles e higos que eran parte constante de la alimentación de los nómadas y seguían siendo alimento diario de los judíos ya en pueblos y granjas.

Todo ello es resultado de esa orden que permite a la materia inanimada estructurarse en la maravilla que es una planta, capaz de utilizar minerales, agua, anhídrido carbónico y luz solar para sintetizar hidratos de carbono, azúcares, aminoácidos y lípidos cuya variedad sigue siendo motivo de asombro y nuevos descubrimientos, aun en nuestro tiempo.

No sabían los escritores bíblicos que son las plantas verdes las que han enriquecido con oxígeno la atmósfera primitiva, ni que, sin su intervención continuada, en muy poco tiempo sería imposible habitar en nuestro planeta. Es la presencia de algas verdes en los terrenos sedimentarios de hace unos 2.000 millones de años la clave que explica que hace 600 millones de años haya habido una explosión de formas vivientes, cuando el nivel de oxígeno, ya comparable al actual, permitió el desarrollo de vida pluricelular, macroscópica.

Dos pasos evolutivos -imprevisibles y tal vez de una probabilidad infinitesimal aun en edades cósmicas- dieron, primero, la capacidad de la función clorofílica a seres unicelulares anaeróbicos (para quienes el oxígeno era un veneno) y luego, al aumentar el nivel de ese gas con reacciones energéticas de enorme eficiencia, la capacidad de usarlo como clave de un metabolismo que permite la vida pluricelular, tanto vegetal como animal

Por la imposibilidad aun de calcular que tales pasos evolutivos se den, hay científicos serios que consideran plausible la vida solamente microscópica en muchos otros planetas del universo, pero prácticamente imposible que se dé el desarrollo de algo tan complejo como un ratón, para no hablar ya de la vida humana.

Con la alfombra viviente verde y fecunda cubriendo los continentes, termina el día tercero, que se cierra de nuevo con el juicio aprobador de Dios.

Escrito por rsanzcarrera

Octubre 24, 2009 a 11:40 am

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