Génesis: situación inicial
Este post es continuación del artículo: Astronomía y Creación, del P. Manuel Carreira, s.j.
Génesis: Situación inicial
Si bien la traducción más frecuente de las palabras iniciales: “En el principio creó Dios el Cielo y la Tierra…” nos presenta ya la idea de creación –que entendemos bajo la luz de veinte siglos de Teología- es posible que sea más exacta la fórmula “Cuando al principio hizo Dios el Cielo y la Tierra…” sin una referencia clara a creación propiamente dicha, aunque tal significado es el común de la palabra bará que sólo se usa para Dios y como creación, que parece estrictamente afirmada más tarde (Libro II de los Macabeos). Pero no era un tema preocupante en la sociedad hebrea primitiva el que el mundo fuese o no eterno, sino que tuviese una dependencia unilateral con respecto a Dios, de quien recibe el ser morada adecuada del Hombre. Por eso el relato comienza con la idea central de ver a Dios como causa de orden, de estructuración inteligente para que el ser humano pueda existir y desarrollarse.
La parábola implícita nos presenta a Dios como un Padre que quiere preparar una casa para sus hijos, y lo hace en forma sistemática, desde la estructuración general del edificio hasta el decorarlo y amueblarlo de la forma más atrayente y adecuada para que en ella pueda vivir y desarrollarse el Hombre. Es éste imagen viviente del Creador, su representante y colaborador en el perfeccionamiento de la obra que se le ofrece con Amor desinteresado. Nada se pide a cambio, sino la actitud lógica de agradecimiento y reverencia por tanto bien recibido, como dirá más tarde S. Ignacio en su Contemplación de la Creación providente con que terminan los Ejercicios Espirituales.
Es ya significativo que el Dios bíblico no tiene nombre especial excepto el que afirma su divinidad. Es implícitamente único, por lo que no es necesario identificarlo con nombre especial como sería de esperar en el caso de una pluralidad de deidades. Y no se habla de un origen para explicar su existencia: antes de toda otra realidad está Él presente en el verdadero Principio de todo ser, no sólo en un principio de orden temporal, sino más profundamente en el orden lógico de causalidad y razón suficiente.
El estado más primitivo de lo que no es Dios se describe como un “caos” en que confusión, oscuridad y vacío resumen la total negación de propiedad alguna positiva independiente de Dios. Aun el agua -condición básica de toda vida orgánica- se ve solamente como abismo sin límites, lugar inasequible para el Hombre, en turbulencia tenebrosa y aterradora. Es un modo de pensar que perdura en el subconsciente de ese pueblo originalmente de nómadas del desierto, que no se atreven a aventurarse lejos de la tierra firme y segura, y que se refleja en numerosos lugares de los Salmos.
Pero sobre ese océano inabarcable se cierne, como potencia capaz de dominarlo, el Espíritu de Dios. Espíritu que es aliento vital y que significa también la inteligencia y voluntad poderosa del Dios bíblico, Dios vivo, no como los ídolos de los pueblos del entorno pagano.