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Pensamiento Científico y Metodología

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Este post es continuación del artículo: Astronomía y Creación, del P. Manuel Carreira, s.j.
Pensamiento Científico y Metodología:

Tales afirmaciones se pueden concretar en los tres grandes principios del pensar racional: el de Identidad, el de No-contradicción y el de Razón Suficiente. Merecen una explicación detallada, aunque muy breve.

El principio de Identidad, “Lo que es, es”, puede parecer una tautología sin valor alguno. Pero afirma la naturaleza real de las cosas, y -como consecuencia- su modo de actuar: las cosas hacen lo que hacen porque son lo que son, independientemente de mis gustos o prejuicios. Con un lenguaje más elegante y abstracto, el obrar es consecuencia del ser. Y en eso se basa el modo científico de definir sus objetos: se dan definiciones “operativas” indicando modos de comprobar la identidad de una partícula atómica por su masa, su carga eléctrica, su spin; o se define una estrella por su modo de producir energía, o un ser vivo por su metabolismo, auto-ensamblaje y reproducción. Y esto será aplicable en todo el ámbito del Universo, con la consecuencia importantísima de que el modo de proceder constante se enuncia como una “Ley de la Naturaleza”, inmutable y universal, porque no es una imposición externa sino la constatación de lo que la materia hace en unas determinadas circunstancias. El Oxígeno y el Hidrógeno en las mismas condiciones de presión y temperatura, aquí y en cualquier lugar del cosmos, siempre formarán la molécula de agua. No  tienen libre albedrío ni “espontaneidad” para actuar de otra manera.

Esto significa que no se admiten como válidas Físicas distintas según los condicionamientos culturales  a lo largo de la historia. Ni se da valor de credibilidad científica a supuestos datos experimentales que no pueden ser obtenidos igualmente por otros científicos usando los mismos métodos y materiales del investigador que los publica. Solamente en plan humorístico se presentan tales casos en la Revista de Resultados no-reproducibles, que aparece como tal en Estados Unidos.

El principio de No-Contradicción es el más básico del pensar racional: ante una cuestión propuesta en términos inequívocos, desde el mismo punto de vista y para un momento concreto, no es posible que valgan igualmente como respuesta el SI y el NO. Ni hay término medio entre ambos.  Lo contrario define al absurdo, cuya exclusión es el modo típico de llevar a término una demostración filosófica o matemática, no sólo científica. La idea, tan extendida hoy, de que todas las opiniones valen lo mismo, de que todo es “relativo”, es incompatible con la ciencia y con toda racionalidad. Ni vive nadie de acuerdo con ella: se quiere siempre encontrar el diagnóstico médico del mejor especialista, el cálculo correcto de un buen ingeniero, la respuesta legal del mejor abogado. Por eso Einstein, ya citado, exigía para hacer Ciencia la convicción de que el Universo es cognoscible porque no es absurdo.

Historiadores de la Ciencia han hecho notar la falta de verdadero conocimiento científico en las grandes culturas del Oriente: China, Japón, la India. Tuvieron inventos importantes (la imprenta, la pólvora, la simbología matemática…) y arte maravilloso, pero no una explicación racional de la naturaleza. La razón que se propone es doble: en esas culturas hay una filosofía que menosprecia a la materia, ahogando el impulso de conocerla. Y, más básico, se piensa con una obsesión de que todo debe unirse en una síntesis en que hasta el SI y el NO contradictorios tienen que terminar fundiéndose en un único saber superior. Con tal actitud, la ciencia es imposible. En cambio pudo desarrollarse adecuadamente en el ámbito greco-romano, en que la racionalidad y el orden eran valores supremos, donde luego el Cristianismo añade la convicción de un Dios sapientísimo que hizo buena a la materia y la dotó de leyes que permiten estudiarla y describirla lógicamente.

El tercer principio, el de Razón Suficiente, determina la metodología a seguir en toda ciencia. Ante un hecho indudable, un proceso que ocurre en nuestra experiencia, sea sólo de observación o un experimento, no basta decir cómo ocurre, sino que debemos preguntarnos por qué ocurre. No vale cualquier respuesta, ni –menos aún- el “porque sí”, evasivo irracional que no satisface ni a un niño de tres años. Lo que se aduce como respuesta debe constituir una razón suficiente por tener una conexión lógica con el resultado final que se intenta explicar, sea ya conocida tal relación o se proponga como una teoría coherente con el conocimiento científico del momento, aunque lo desarrolle tal vez en una dirección insospechada. Por falta de tal conexión no tiene crédito alguno como ciencia la Astrología, con sus supuestos influjos misteriosos de los astros sobre el comportamiento y la vida del Hombre. Por un simple cálculo matemático se demostró hace un siglo que el Sol no debe su brillo a la combustión química (del carbón, por ejemplo) ya que se habría agotado su combustible en menos tiempo que la duración de las civilizaciones humanas. La única razón suficiente para la longevidad el Sol se encontró al descubrirse la energía nuclear.

Debemos ser exigentes cuando a nuestras preguntas se responde con un “porque sí” camuflado de “Azar”. El azar no es una fuerza física, ni puede medirse en un experimento ni puede probarse que influye en un proceso, ni puede introducirse en una ecuación, aunque se utilice el cálculo de probabilidades cuando no puede predecirse un resultado concreto. El único uso legítimo de ese término es para indicar que intentamos establecer una relación entre hechos que no tienen relación alguna, pero que ocurren tal vez simultáneamente en un lugar concreto. Me encuentro a un conocido, tras años sin contacto, al ir a tomar el tren a una estación y hora en que el amigo llega independientemente de un viaje que no tiene nada que ver con el mío. Es un encuentro por azar, pero ambos tenemos razones independientes para estar allí en ese momento. Como tal coincidencia no es previsible, expresamos la falta de conexión con esa palabra, que no tiene contenido explicativo sino que niega que haya una explicación. Es un “porque sí” disfrazado. Lo mismo vale cuando se pregunta por qué un rayo cósmico de una energía concreta impacta un cromosoma determinado en una célula viviente, causando una mutación genética, o cuando un meteorito elimina una forma de vida en un ambiente específico.

En Ciencia se buscan razones explicativas de la máxima aplicabilidad a los diversos niveles de la naturaleza material. En el último siglo se ha llegado a la convicción de que toda la actividad de la materia se realiza de cuatro maneras, cuatro interacciones o fuerzas, y sólo cuatro: dos de alcance ilimitado (la gravitatoria y la electromagnética) y dos de alcance mínimo, la nuclear fuerte y la nuclear débil. Todo cuanto ocurre en la materia debe explicarse en términos de una o varias de esas fuerzas, de modo que, con la obvia definición operativa, podemos decir que materia es todo y sólo aquello que puede ser afectado por esas fuerzas. Tal concepto abarca partículas, energía, vacío físico, espacio y tiempo. La materia es cambiante y está sujeta al flujo temporal, que implica evolución. Leyes de conservación -del acervo total de masa-energía, de carga eléctrica neta, de momento lineal y angular, y de otras propiedades más misteriosas del mundo subatómico- limitan las posibilidades de la actividad de todo aquello que es accesible a nuestro estudio.

Y aquí es, finalmente, donde debemos poner el test más exigente de la Ciencia tal como hoy se entiende: solamente tiene carta de ciudadanía científica aquello que al menos en principio puede ser comprobado experimentalmente. Es posible que falte la tecnología o los recursos económicos para hacerlo, pero tiene que ser conceptualmente posible la comprobación experimental. Una muestra de tal modo de pensar es que ningún avance teórico, por atrayente que sea, se premia con un Nobel hasta que sus predicciones se someten a la verificación directa en un experimento de indudable fuerza probativa y que tiene una conexión lógica con las ideas propuestas.

Por tal criterio, es solamente ciencia ficción el hablar de “otros Universos”, que se definen como hipotéticas realidades materiales sin interacción alguna con el universo observable. Esto es así tanto si los supuestos universos deben coexistir con el único que podemos conocer como si deben aparecer misteriosamente como una consecuencia necesaria de su posibilidad matemática (en la Mecánica Cuántica) o por el eterno reciclaje de sistemas físicos en evolución.

Es igualmente a-científico el afirmar como real cualquier parámetro de valor infinito, pues ningún instrumento puede medir nada por encima de un “techo” de respuesta que depende de las características finitas de sus componentes. Ni siquiera es posible un cálculo matemático si hay un factor infinito en una fórmula, y se toma como indicación de error conceptual el que una teoría lleve a la predicción de infinitos reales de cualquier tipo. Solamente aparece el infinito como un límite inalcanzable para un proceso cuyo final lógico no puede predecirse, como sería el caso en la simple suma de números enteros o en un colapso gravitatorio de suficiente masa en un agujero negro. Ni vale decir que tal estado sólo se alcanzaría en un tiempo infinito, ya que nunca sería posible decir que se ha logrado ya. Un ejemplo en sentido opuesto lo tenemos si se afirma que al comienzo del Universo (en el tiempo cero del Big Bang) la materia tenía densidad y temperatura infinitas: si comenzamos con esos valores, resulta imposible obtener ningún valor finito tras un tiempo arbitrariamente determinado, pues el infinito no puede disminuir ni por división ni por sustracción.

Escrito por rsanzcarrera

Octubre 24, 2009 a 11:27 am

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