Archivo para septiembre 20th, 2011
Casualidades
Si no esperas lo inesperado,
no lo reconocerás cuando llegue.
Heráclito
Durante cinco años —cuenta el filósofo francés Jean Guitton— fui prisionero de guerra en un campo de concentración destinado a oficiales, cuyo número ascendía a cinco o seis mil hombres.
»Aquellos hombres, obligados a la reclusión, privados de la familia que habían formado o esperaban formar, no podían evitar las reflexiones sobre la condición humana. Recuerdo que, durante un triste atardecer, no sabíamos qué hacer y uno de nosotros imaginó un extraño juego: cada uno debía contar de qué modo su padre había conocido a su madre.
»Como fácilmente se adivinará, todas las historias, pese a ser muy distintas, se parecían. Lo que había provocado el amor del hombre por la mujer o de la mujer por el hombre era, a menudo, un pequeño detalle: el hecho de perder un tren, una mirada, una simple palabra, un silencio más prolongado…
»Tras estas confidencias, en el barracón de los prisioneros se produjo un silencio metafísico. Cada uno de nosotros comprendía que aquello en virtud de lo cual uno mismo existía, había sido originado por algo insignificante, por un encuentro, por un rasgo en un rostro, por el color de unas pupilas. Cada uno de nosotros comparaba la desproporción entre el origen de su ser –una casualidad, un movimiento emotivo– y su propio ser, y comprendía que estaba ante un misterio, ante la desproporción entre algo fugaz y aleatorio, por una parte, y el universo espiritual, surgido de este hecho accidental, por otra».
El desarrollo de un amor, o de la lealtad a una decisión, suele comenzar de modo tan modesto y casual como el recogido por Guitton en este recuerdo autobiográfico. Hay frecuentemente una notable desproporción entre los inicios sencillos, y en apariencia quizá intrascendentes, de un afecto, y el amor ardiente e incondicionado que, después, ese afecto está llamado a ser. El amor humano, como el sobrenatural, ha de atravesar necesariamente un conjunto de etapas e incidencias, que son parte de la biografía de la persona y forman la historia de la fidelidad a lo que Dios le pide. Sucede con el amor, y sucede también, por ejemplo, con el proceso de muchas conversiones. Se podrían contar miles de casos.
«Me llegó una carta –contaba la Madre Teresa de Calcuta– de un brasileño muy rico. Me decía que había perdido la fe; pero no solo la fe en Dios, sino también la fe en los hombres. Estaba harto de su situación y de todo lo que le rodeaba, y había adoptado una decisión radical: suicidarse. Un día, en que aquel hombre iba de paso por una abarrotada calle del centro, vio un televisor en el escaparate de una tienda. El programa que estaban transmitiendo en aquel momento había sido rodado en nuestro Hogar del Moribundo Abandonado de Calcuta. Se veía a nuestras Hermanas cuidando a los enfermos y moribundos. El remitente me aseguraba que, al ver aquello, se sintió empujado a caer de rodillas y rezar, tras muchos años en que no había hecho ninguna de ambas cosas: orar arrodillado. A partir de aquel día recobró su fe en Dios y en la humanidad, y se convenció de que Dios lo seguía amando».
Las llamadas de Dios son distintas para cada uno. Y no faltan ocasiones en que la llamada se presenta bajo la apariencia de un error. Un día del año 1588, un joven napolitano llamado Ascanio Caracciolo recibe por error una carta de Agostino Adorno, pidiéndole consejo acerca de la idea de fundar una nueva comunidad religiosa y proponiendo su colaboración. En realidad, la carta estaba dirigida a otra persona, que tenía idéntico nombre y apellido, pero él, al leerla, comprende que eso era precisamente lo que había deseado desde hacía años. Fue a entregar la carta a su destinatario, estuvo charlando con él y decidió formar parte de esa nueva institución, los Clérigos Regulares Menores, de la que fue prácticamente su cofundador. Dios se sirvió de aquel error humano para dar a conocer su vocación a aquel joven, que acabaría siendo San Francesco Caracciolo.
Dios habla a cada alma con un lenguaje distinto, personal. Tiene una llave distinta, un«password» personal para el alma de cada uno. Y evoca recuerdos y situaciones que solo cobran sentido para cada uno. A Natanael le dice: «Antes que Felipe te llamase, te vi yo, cuando estabas debajo de la higuera». Nunca sabremos qué sucedió exactamente en su interior, pero aquello fue lo que le movió a seguir al Señor. Por eso, no debemos menospreciar las pequeñas insinuaciones de Dios que provienen de cosas que leemos, o que se nos ocurren, o que recordamos, o que nos dicen. Pueden ser pequeños oleajes interiores, bajo la superficie aparentemente calmada de nuestra vida, un mar de fondo con el que quizá Dios esté queriendo decirnos algo.
—¿Crees entonces que en el descubrimiento de la propia vocación son frecuentes las casualidades…?
Se puede ver de otro modo, pensando no tanto en casualidades, sino en buscar el designio de Dios a través de las cosas ordinarias que la Providencia pone en nuestro camino. Y eso ya no es tanto « casualidad» como « causalidad».
No es propiamente casualidad, por ejemplo, que San Maximiliano Kolbe escuchara en una homilía de domingo de 1906 la noticia de que se abría un nuevo seminario franciscano en Lvovy que aquello removiera sus inquietudes vocacionales y se decidiera a ingresar allí a los pocos meses. O que San Juan de Dios escuchara en Granada en 1539 la predicación de San Juan de Avila y que aquello le hiciera cambiar de vida por completo. O que San Camilo de Lelis tuviera que acudir en 1582 al Hospital de Santiago, en Roma, para curar una herida, y que allí descubriera su llamada a fundar una congregación dedicada al cuidado de los enfermos. Podrían citarse multitud de aparentes casualidades de las que Dios se sirvió para hacer ver sus designios a una persona.
Un día de agosto de 1930, un joven ingeniero industrial llamado Isidoro Zorzano viaja de Málaga a Madrid. Pasea por la calle Nicasio Gallego mientras hace tiempo hasta la salida del tren que le llevará a pasar unos días de vacaciones en Logroño. San Josemaría Escrivá, antiguo compañero suyo del colegio, vuelve en ese momento a casa por un recorrido que no era el habitual. Al doblar una esquina, se encuentra con Isidoro, cuya llegada a Madrid ignoraba. Charlan un rato e Isidoro le cuenta enseguida sus inquietudes de entrega a Dios, que arrancan de unos años atrás pero que no sabe cómo orientar. San Josemaría le habla del Opus Dei, recién fundado y en el que se encuentra todavía prácticamente solo. Isidoro queda muy impresionado y ve en todo aquello un claro designio de Dios. Desde aquel día tiene total seguridad de su vocación, a la que es ejemplarmente fiel hasta que fallece, en 1943, con fama de santidad.
—Pero no todas las casualidades que nos acontecen en la vida serán un designio de Dios, porque entonces podríamos ver signos por todas partes.
No debemos interpretar cada pequeña cosa como una señal divina que nos indica qué debemos hacer. Pero también es cierto que nada de lo que nos sucede es simple casualidad. Todo sucede por algo y para algo. Dios no dispone las cosas, la vida de una persona, para que esté ahí, sin más, sin sentido: nacer, vivir, morir, sin un porqué ni un para qué.
Dios acompaña cada uno de nuestros pasos, tantas veces vacilantes. Nos descubre lo necesario para que, a su vez, nosotros descubramos el sentido de nuestra vida. Suele hacerlo poco a poco, sin avasallar, buscando en nosotros una respuesta paulatina, un diálogo de generosidad entre sus llamadas y nuestras respuestas. Quizá ha esperado durante mucho tiempo y ahora empieza a descubrirte su querer, o quizá lo intenta desde hace tiempo y ahora empiezas a verlo. Lo decisivo es la resonancia que esos sucesos alcanzan en nuestra alma, despertando una sensibilidad nueva.
— Pero esas casualidades pueden ser simplemente medios de los que se sirve Dios para hacernos ver cuestiones en las que mejorar.
Sí. Y si respondemos con generosidad, seremos cada vez mejores, y quizá Dios nos irá haciendo nuevas llamadas hasta desvelar cada vez más su designio para con nosotros.
— ¿Y a Dios no le basta con que seamos «buenas personas», nada más?
Toda persona con un mínimo de formación tiene sus proyectos de futuro, su ilusión profesional, sus deseos de mejorar el mundo, de hacer algo por luchar contra la pobreza, contra la ignorancia, contra la injusticia. Cuando alguien dice que se conforma con ser buena persona, sin más, da la impresión de que pone unos límites bastante cortos a esos horizontes; que alberga buenos deseos, pero no está dispuesto a perder comodidades.
Toda vocación comporta una llamada a desprenderse del pequeño horizonte de la vida actual, para comprometerse en una obra más grande. Es cierto que la concreción de esos grandes ideales se presenta a veces como algo incómodo, con demasiadas responsabilidades y exigencias, y lo vemos como algo lejano. Pero quizá un día, de repente, casi sin darte cuenta, en el momento y en el lugar más insospechados, te encuentras delante de un Dios que quiere decirte algo, no sabes bien qué.
Autor: Alfonso Aguiló en “La llamada de Dios”, apartado I. DIOS LLAMA A QUIEN QUIERE
¿Dejarse aconsejar?
Poca observación y muchas teorías llevan al error.
Mucha observación y pocas teorías llevan a la verdad.
Alexis Carrel
La vocación suele presentarse al principio como una serie de pequeñas inquietudes, de conmociones interiores. Quieres hacer algo grande en tu vida. Sientes que Dios espera algo más de ti. Te preocupa el dolor de los hombres. Te gusta la vida que ahora llevas, pero sientes que falta algo. Son signos que parecen el oleaje de un mar interior, como susurros lejanos de una llamada más clara, que llegará a su hora.
—¿A qué hora?
A la mejor hora, a la que Dios haya pensado. Son atisbos de amor que preparan el alma hacia la generosidad de la entrega. Esas inquietudes quizá son indicios de la vocación, señales que sirven para alertar el corazón y urgirle a luchar, a rezar, a esperar con el oído atento a lo que Dios quiera decirnos. Cada uno debe asegurarse de que actúa con diligencia, que no se duerme mientras Dios habla, que no hace oídos sordos a sus llamadas.
—¿Y puede que esos indicios sean un poco cambiantes, que «vayan y vengan»?
Cuenta Santa Teresa cómo en su alma adolescente le venían «estos buenos pensamientos de ser monja», pero «luego se quitaban, y no podía persuadirme a serlo». Es un fenómeno natural.
Quizá hemos oído hablar ya muchas veces sobre la entrega a Dios y nunca hemos visto claro que sea nuestro camino, pero tampoco lo hemos descartado. Se trata de algo habitual en la mayoría de las decisiones de cierta relevancia en cualquier persona. ¿Debo orientar en este sentido mi vida profesional? Será esta la persona con quien debo casarme? ¿No debería cortar con esta mala costumbre que se ha introducido en mi vida?
Es frecuente que la voz de Dios tarde en esclarecerse, que no se escuche al principio con nitidez, quizá porque precisamos de una mejora en nuestra sensibilidad interior, y eso a veces lleva su tiempo. Debemos hablarlo con Dios en la oración, y mejorar nuestras condiciones personales para que esa semilla pueda germinar, quizá intensificando nuestra vida sacramental. Y quizá también pedir consejo a quien realmente nos ayude a exigirnos y nos oriente para descubrir la voluntad de Dios, y no a quien siempre nos dice que no nos compliquemos la vida.
—Pero hay que escuchar los consejos de unos y de otros, no solo los que nos animan en un sentido.
Es bueno escuchar a todos, y debemos tener la madurez necesaria para escuchar opiniones a favor o en contra. Pero el acierto en una decisión no proviene de la media aritmética de las opiniones de los que están a favor o en contra. Por eso, hay que estar en guardia, tanto contra el entusiasmo precipitado o ingenuo, como contra el sutil engaño de ampararnos en lo que justifica las decisiones cómodas y egoístas.
—Quizá es mejor entonces no consultar con nadie y decidir por uno mismo.
Es una opción respetable. Pero las personas con cierto nivel de responsabilidad en la vida profesional, o social, o política, suelen buscar el consejo de personas experimentadas. Para llegar a buen puerto es buena cosa contar con un buen guía, tanto si es puerto de montaña, o de mar, o de la vida espiritual.
A veces, ante la perplejidad de la duda, nos refugiamos en el aturdimiento de la frivolidad, de los días vacíos o del vértigo del atolondramiento. Y quizá entonces, aunque casi inconscientemente, eludimos las conversaciones o las lecturas que nos hacen afrontar esas inquietudes.
No es un fenómeno nuevo ni extraño. Así ha sucedido a los santos. San Juan Bosco quería ser franciscano, pero en el fondo lo que le movía a pensarlo era el temor a no perseverar en otro lugar. Y escuchó, durante uno de sus sueños: «Otra mies te prepara Dios». Se lo contó a su confesor, que le dijo que en esos temas él no entraba. Bosco quedó sumido en la perplejidad. Pero Dios no abandona nunca a los que le buscan con sincero corazón, y un herrero amigo suyo le sugirió consultarlo con don Cafasso, un sacerdote conocido por su buen juicio y su sentido sobrenatural. Don Chafase le dio un consejo decisivo para su vida, pues le animó a seguir con sus estudios en el seminario y a esperar una luz del Cielo que no le habría de faltar, como no le faltó. Y fue un gran santo, fundador de una de las órdenes religiosas que mayores servicios ha prestado a la Iglesia.
—Pero es importante asegurar que el consejo que pedimos sobre la vocación no resulte ser un consejo interesado.
Por supuesto. Es muy grande la responsabilidad de los que aconsejan a las personas que se plantean la posibilidad de entregarse a Dios. Quienes aconsejan sobre estos temas deben cuidar mucho su rectitud, para no confundir sus propios deseos con los del Espíritu Santo.
—¿Y crees entonces que una persona puede aconsejar con rectitud sobre la vocación a su propia institución?
Pienso que sí. Si esa persona es sensata, no querrá orientar hacia su camino a alguien equivocadamente, pues ese deseo no recto haría daño al interesado, a sí mismo y a la institución a la que teóricamente favorece.
Los grandes fundadores han solido recomendar mucha prudencia a la hora de aconsejar sobre la vocación. Por ejemplo, San José de Calasanz decía: «No temáis abrir cien puertas en lugar de una para que salgan todos y cerrar noventa y nueve y media para permitir la entrada a los que se presenten». Y el propio San Pablo, en su primera carta a Timoteo, recalca la importancia del discernimiento: «No te precipites en imponer a nadie las manos, no te hagas partícipe de los pecados ajenos».
Me parece que no hace falta mucha perspicacia para advertir si una persona nos aconseja con rectitud o no. Y estar siguiendo un camino no invalida para aconsejar sobre él, sino que quizá es al revés, como lo demuestra el hecho de que la mayoría de las vocaciones fieles y felices han nacido del consejo de alguien que ha servido de referencia para seguir ese mismo camino. Igual sucede, por ejemplo, con la vocación profesional, donde es muy normal que el testimonio de la vida de una persona sirva para despertar ese mismo deseo en otra y para ayudar a discernir si se trata o no de su camino. No puede olvidarse que Dios, para dar a conocer su voluntad, se sirve ordinariamente de las personas que tenemos a nuestro alrededor.
Como es lógico, lo que nadie puede atribuirse es ningún tipo de exclusiva, o de infalibilidad, o de iluminaciones especiales sobre el discernimiento de la vocación de los demás. Como decía Benedicto XVI en un encuentro con sacerdotes: «No pretendo ser aquí ahora como un “oráculo” que responda de modo satisfactorio a todas las cuestiones. San Gregorio Magno dice que cada uno debe conocer sus limitaciones, y esas palabras valen también para el Papa. O sea, que también el Papa, día tras día, debe conocer y reconocer sus límites. Debe reconocer que solo colaborando todos, en el diálogo, en la cooperación común, en la fe, como cooperadores de la Verdad, de la Verdad que es Jesucristo, podemos cumplir juntos nuestro servicio, cada uno en la parte que le corresponde. En este sentido, mis respuestas no serán exhaustivas, sino fragmentarias».
Cuando alguien aconseja sobre la vocación de otro, no debe seguir sus propias opiniones ni sus propios deseos, sino que, porencima de todo, debe ayudar a averiguar el deseo de Dios. Así loexplicaba también Benedicto XVI en la homilía de inicio de su pontificado, aludiendo a que no tenía programa propio de gobierno, y a que su papel no era imponer sus ideas: «Mi verdadero programa de gobierno es no hacer mi voluntad, no seguir mis propias ideas, sino ponerme, junto con toda la Iglesia, a la escucha de la palabra y de la voluntad del Señor y dejarme conducir por Él».
Nadie puede asegurar o negar con rotundidad sobre el discernimiento de una determinada vocación en otra persona. Pero sí puede ayudar en ese discernimiento. Puede realizar una labor de acompañamiento espiritual que arroje luz en esa tarea personal de encontrar el camino que marca Dios. Porque Dios tiene pensado algo para cada uno, y tiene pensado también un modo de hacérnoslo saber, y da igual el modo por el que Dios siembre en nuestra alma esa inquietud.
Autor: Alfonso Aguiló en “La llamada de Dios”, apartado I. DIOS LLAMA A QUIEN QUIERE