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Archivo para la categoría "Familia"

Los hombres son de Marte, las mujeres de Venus

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En este post lo dedicaremos a hacer un estudio de las relaciones de pareja, atendiendo a la diversidad psicológica y estructural entre el hombre y la mujer. De algún modo esta en relación con algo que estudiamos en el post: “iguales pero diferentes”. Allí veíamos las diferencias de maduración y estructurales que desde la infancia (incluso ya desde el desarrollo embrionario) existe entre los sexos. Aquí veremos las diferencias en los adultos.

Los textos están sacados en su mayoría de un libro de Jonh Gray: “Los hombres son de Marte, las mujeres de Venus” que lleva por subtítulo: “Una guía práctica para mejorar la comunicación y obtener lo que desea de su pareja”. Muchos enlaces van redirigidos a otro blog (si os ocasiona alguna molestia me lo decís y lo adapto).

Espero que os sirva este trabajo, a mi me ha servido y de mucho. Empezamos:

A modo de Introducción:

El estudio de las diferencias:

Algunas cuestiones prácticas:

  • 9. Cómo evitar las discusiones
  • 10. Cómo conseguir puntos
  • 11. Cómo comunicar los sentimientos difíciles
  • 12. Cómo pedir apoyo
  • 13. Cómo mantener viva la magia del amor

Escrito por rsanzcarrera

Abril 13, 2009 a 4:51 pm

Escrito en Familia

Iguales pero diferentes: La precocidad verbal femenina

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El desarrollo cognitivo del varón es más lento en ciertos tramos de edad en relación, sobre todo, con las habilidades lingüísticas. El psiquiatra Jay Giedd, uno de los mayores expertos sobre el crecimiento del cerebro en los niños del Instituto Nacional de Salud de Washington, ha demostrado que la parte del cerebro destinada a tales habilidades, el hemisferio izquierdo, adquiere en las mujeres la madurez mucho antes que en el varón. La región de Wernicke, la parte del cerebro que coordina la función lingüística, es un 30% más pequeña en los hombres que en las mujeres. Y esta diferencia permanece hasta aproximadamente los treinta años, edad en la que alcanzan idéntico nivel de madurez. Y esto con total independencia de la cultura o raza. A los 20 meses de nacer las chicas tienen en su vocabulario casi el triple de palabras que los niños. Del segundo al quinto año de vida, las niñas superaban siempre a los niños en muchos aspectos del lenguaje. Estos, al final, las igualan en vocabulario pero no en velocidad.

En la misma línea, los neurocientíficos, Reuwen y Anat Achiron, mostraron cómo la parte dedicada a las destrezas verbales de una niña de cuatro años equivale en madurez a la de un varón de seis. Por esto, en cuanto empiezan a hablar articulan mejor las palabras; crean frases más largas y complejas; hablan más y con mayor fluidez. En el colegio, escriben antes y con mayor perfección; adquieren un mayor vocabulario y leen con más facilidad que los niños de su misma edad (Business Weeck, How the educational system bombs out for boys?). El cerebro femenino goza además de un mayor número de conexiones entre el hemisferio cerebral izquierdo y la parte del cerebro responsable de los sentimientos y la emotividad. Por ello, al hablar o escribir, las niñas añaden más detalles y calificativos, resultando sus descripciones mucho más plásticas y expresivas que las de los niños de su misma edad (Michael Gurian, en Learning and Gender; American School Borrad Journal).

Las ciencias cerebrales han demostrado que además la coordinación precisa de los dedos progresa más lentamente en los niños que en las niñas (Sarah-Jayne Blakemore, Uta Frith). Desde los tres años, mientras los muchachos controlan mejor la musculatura axial, es decir, la que está más cerca del tronco, como la que se utiliza para lanzar lejos objetos, las niñas controlan mejor la musculatura distal. El origen de estas diferencias se encuentra en nuestros antepasados. Hace miles de años, una de las habilidades más apreciadas entre los hombres era su capacidad para acertar al lanzar un objeto para cazar o defenderse, mientras las mujeres se dedicaban al entrelazando mimbres, recolectar pequeños frutos, tejiendo o metiendo cuentas de collares en finas ramas, destacando en labores de psicomotricidad fina (cfr. Doreen Kimura, en Sexo y capacidades mentales).

El hecho de que las niñas vayan por delante en destrezas verbales y en habilidades lingüísticas, en infantil y primaria tiene una enorme trascendencia. En estas etapas escolares las asignaturas más importantes y en las que se pone un mayor énfasis son precisamente las relacionadas con la lengua: lectura y escritura. Ignorar el ritmo más lento del varón y exigirle estar al mismo nivel que las niñas en estas materias es injusto, supone una enorme incomprensión para los muchachos y puede acabar provocando que estos, al no poder alcanzar el ritmo más precoz de sus compañeras, reduzcan su nivel de aspiraciones, se sientan frustrados, y decidan que estudiar es «cosa de chicas».

Escrito por rsanzcarrera

Enero 26, 2009 a 1:14 pm

Escrito en Familia, padres hijos

¿Niños malos; niñas buenas? Diferencias en el comportamiento

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Hasta ahora hemos podido comprobar cómo los niños y las niñas tienen una diferente estructura cerebral afectada por la influencia de distintas hormonas, lo que condiciona sus ritmos de maduración, así como sus formas de aprender, abstracción hecha de las múltiples diferencias que exteriorizan asimismo en sus juegos, relaciones, amistades, afectividad o sexualidad. Pero existe otra diferencia fundamental a tener muy en cuenta: el comportamiento…

Estudios diversos, investigaciones y estadísticas (de psicología, psiquiatría, neurología, pedagogía y antropología) demuestran cómo, a igual edad, los chicos son más impulsivos e inquietos; menos ordenados; se concentran menos; encuentran mayores dificultades para expresar sus sentimientos; se quedan atrás en destrezas verbales; muchos tienen problemas de disciplina; muchos sobresalen en agresividad, nivel de aspiraciones e inadaptación escolar.

Una investigación desarrollada por la universidad de Vermont, en 1997, en la que se estudiaron las reacciones y comportamientos de niños de doce países diferentes (con niveles de renta muy distintos para que el factor económico no fuera un elemento determinante del resultado) concluyó que los muchachos, como regla general, tienden más a pelearse, decir palabrotas, tener rabietas e insultar; concluyendo que un niño, por ejemplo, español, tiene mucho más en común con otros niños chinos o africanos que con su propia hermana.

Nuevamente la testosterona es la responsable de este comportamiento masculino, pues, entre otras cosas, favorece e impulsa el desarrollo muscular de los chicos. Esto hace que los varones sientan la necesidad casi irresistible de moverse como un efecto reflejo a esos profundos cambios interiores que están experimentando. Este fenómeno no se da en las niñas con tal intensidad pues no se ven afectadas en cantidades tan elevadas por la testosterona, siendo por ello, más disciplinadas, obedientes y, en general, tranquilas.

Los niños suelen mostrar en clase y en casa un comportamiento dominante en cuanto al espacio que ocupan. La razón se encuentra en que aprenden conforme a los parámetros espaciales de su cerebro. Muchas veces, sin darse cuenta, invaden el espacio de sus compañeros, lo que provoca conflictos y problemas. Como afirma Michael Gurian, «Si los profesores no tienen en cuenta que los chicos necesitan más espacio que las chicas para aprender, inevitablemente estos quedan como unos groseros e incorregibles» (cfr. Una opción por la diversidad). Un excelente lugar para observar este dinamismo masculino y la necesidad de movimiento casi constante, son los patios o recreos de las escuelas. Allí podemos ver cómo se impone una clara “hegemonía masculina”. Los niños «se comen» el recreo con sus juegos. Los partidos de fútbol, el pilla-pilla, policías y ladrones, son juegos que precisan de mucho espacio físico.

La realidad es que las niñas demandan mucho menos espacio en sus juegos, incluso a veces prefieren las esquinas de los patios para formar sus grupitos; allí encuentran la tranquilidad e intimidad necesaria para desarrollar el elemento clave en torno al cual gira su relación de amistad: la conversación… El recreo es importante para las niñas, pero para los niños es esencial. Es el lugar donde pueden por fin «estirar las piernas», saltar, dar patadas a un balón, trepar, correr desenfrenadamente, en definitiva, permitir a sus músculos -que están en pleno desarrollo- y a la testosterona que inunda sus cerebros desahogarse antes de volver a sentarse quietecitos en el pupitre, que se convertirá en auténtica «silla de tortura» si antes no les hemos dado la oportunidad de desarrollar y expresar al máximo sus capacidades físicas en el recreo… Existen estudios psicológicopedagógicos que demuestran cómo los niños necesitarían hasta ocho descansos a lo largo de la jornada escolar para poder estar tranquilos y concentrados en el aula. Mientras que a las niñas les basta con uno.

Se ha demostrado que el ejercicio, al incrementar la capacidad de los glóbulos para absorber oxígeno, mejora no sólo las funciones muscular, pulmonar y cardiaca, sino también la función cerebral. Los niños que hacen cinco minutos de ejercicio antes de ir a clase, rinden más. La actividad física aumenta la producción de serotonina en el cerebro, la cual ejerce un efecto antidepresivo y agudiza las funciones intelectuales.

Joanne Rodkey, directora de la Woodward Avenue Elementary School, considera evidentes estas diferencias cuando, según su experiencia, el primer día de colegio, en una clase mixta de niños y niñas de seis años, éstas se sientan rápidamente en sus pupitres esperando disciplinadas que se les indique lo que tienen que hacer, mientras los varones van de mesa en mesa explorando la habitación, teniendo que ser prácticamente «acorralados» para que tomen asiento.

Nuestros chicos tienen alma de «exploradores». La antropóloga Hellen Fisher nos recuerda cómo hace millones de años y durante otros tantos miles de años la tarea básica y principal de los varones era precisamente la de explorar el entorno, buscando un lugar seguro para todos al abrigo de las fieras y del frío, explorar zonas para cazar, explorar cuevas para dormir lejos de los peligros, explorar, explorar y explorar.

La época de los seis a los doce años significa, desde el punto de vista del desarrollo psicológico, la maduración de los chicos, el desarrollo continuo de la musculatura en los juegos deportivos y el ejercicio del «dominio activo del mundo». Pero nadie parece percatarse de esta necesidad de movimiento de los chicos (Christa Meves en “Las chicas son diferentes y los chicos más”).

Los chicos siempre serán más indisciplinados y violentos ya que les impulsa la testosterona y su cerebro les dirige hacia una «expresión espacial del estrés y tienden a desahogarse físicamente». Por esto necesitan más autoridad, disciplina y atención que las niñas…

Los niños se expresan con mucha más energía y suelen tratar de imponer su criterio por la fuerza física desde que apenas tienen dos años. Esto hace que provoquen en su entorno choques mucho más frecuentes que las chicas. Y por ello suelen estar más expuestos a la censura y al castigo.

Este mayor movimiento de los niños requiere por parte de profesores y padres enormes dosis de comprensión, ya que, si no somos conscientes de las diferencias en su comportamiento con las niñas, más tranquilas, obedientes y disciplinadas, tendemos a «criminalizar» su conducta, considerándolos «malos». Conozco algunos padres que después de haber tenido sólo hijas, cuando por fin llega el deseado varón, quedan perplejos ante su constante actividad, movimiento y dinamismo y al estar acostumbrados a la actitud más tranquila de las niñas, suelen tacharlo de malo o travieso. Esto sucede también con los docentes. La inmensa mayoría del profesorado en infantil y primaria está compuesto por mujeres que a veces no comprenden las actitudes de los chicos, castigándolos con mayor frecuencia que a las niñas, sencillamente por comportarse como chicos.

Por otro lado, para ser realmente justos con los niños, es imprescindible que al hablar de violencia nos estemos refiriendo a actos realmente negativos o dañinos. Muchas veces las mujeres, madres y profesoras, tienden a calificar como violencia actuaciones que no lo son desde el punto de vista masculino (peleas entre amigos, luchas ficticias, juegos de guerra, empujones bromeando). La profesora Barba Wilder-Smith, después de estudiar la conducta de los varones durante un año en la escuela, llegó a la conclusión de que lo que parece violento a algunas mujeres del comportamiento de los muchachos puede ser sin embargo «una valiosa herramienta para el niño, su manera de hacer frente al miedo y la forma de caer en cuenta de su pequeñez dentro del universo»”‘. Esto no significa que no se les deba vigilar y controlar mientras juegan.

También la falta de empatía masculina o la dificultad para interpretar las expresiones faciales tiene mucho que ver con el peor comportamiento de los niños. En un estudio científico se filmó a unos padres en una sala de espera con sus hijos. Los investigadores descubrieron que los padres reprimían mucho más a sus hijos varones que a las niñas. La razón: los niños intentaban tocar con mayor frecuencia lo que estaba prohibido; mientras que las niñas antes de tocar o hacer algo indebido miraban las caras de sus padres buscando en su mirada la desaprobación o aprobación en relación con sus pretensiones. Las niñas además miraban más a menudo a sus padres para captar esas señales y enseguida las decodificaban o interpretaban, en cambio los niños o no las leían o las ignoraban. También comprobaron que el niño no entendía que estaba haciendo algo no permitido hasta que el padre o la madre se lo decían verbalmente 171.

Desde que tienen pocas semanas de vida las niñas estudian cualquier rostro que se les ponga delante, el contacto visual es esencial para ellas. Sin embargo, los varones no tienen los circuitos cerebrales dispuestos para la observación mutua 171. Muchas madres se preocupan cuando comprueban lo poco que sus hijos las miran directamente a los ojos. Prefieren observar los objetos que les rodean con mucha más frecuencia que nuestro rostro. Esta actitud se acentuará aún más en la adolescencia, cuando será toda una hazaña lograr que nuestro hijo nos mantenga la mirada mientras le hablamos.

Por el contrario, las niñas nacen interesadas en la expresión emocional e interpretando las miradas de las personas que les rodean descubren si son queridas, admitidas, admiradas, amadas o molestas, ignoradas, malas o pesadas. Y actúan en consecuencia.

Escrito por rsanzcarrera

Enero 26, 2009 a 12:52 pm

La violencia física masculina y la violencia psíquica femenina

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Llegada la hora de defenderse o de enfrentarse a alguien, las diferencias en el comportamiento y forma de reaccionar de los niños y las niñas vuelven a aflorar de forma inevitable y muy marcada.La violencia de los niños es, como regla general, una violencia física y es mucho más fácil de despertar que la violencia femenina. Los empujones, patadas y puñetazos son la técnica usualmente utilizada para la resolución de conflictos. Desde que apenas se tienen en pie los varones utilizan la fuerza física para marcar su territorio. En un estudio llevado a cabo por Eleanor Maccoby y Carol Jacklin, en 1973, sobre diferencias entre hombres y mujeres, concluyeron que, por lo general, los chicos se enzarzan más en peleas y agresiones ficticias y reales; se insultan más y toman represalias más rápidamente cuando son atacados. Estas diferencias las encuentran tan pronto como se inicia el juego social, sobre los dos años y medio (cfr. The psichology of sex differences)

Basta con observar en cualquier patio infantil cuál es la reacción de los varones cuando entra en su territorio un niño nuevo y se aproxima «peligrosamente» a sus juguetes. Cuando todavía apenas saben articular una palabra, la primera reacción suele ser un empujón. Como afirma el psiquiatra y psicólogo Baron-Cohen, los niños pequeños son más «físicos» que las niñas. Intentarán apartar al que les estorba con empujones, ya que son menos empáticos y más egoístas. Sin embargo, como regla general, las niñas, si alguien les estorba, intentarán persuadirle con palabras para que se marche. Este ejemplo muestra que, como promedio, las niñas antes que la fuerza física prefieren utilizar la mente para manipular a la otra persona y llevarla hacia donde ellas quieren (cfr. La gran diferencia)

La tendencia a la violencia también en los juegos de los muchachos viene provocada en gran medida, como expone la revista médica Scientific American, por las hormonas masculinas. En esta publicación la psicóloga Doreen Kimura escribe lo siguiente: «Sabemos, por ejemplo, de la observación de humanos y no humanos, que los machos son más agresivos que las hembras, que los jóvenes se enzarzan en más actividades violentas… Parece que el factor más importante en la diferenciación de machos y hembras es el nivel de exposición a varias hormonas sexuales en su temprana edad» (cfr. Sex differences in the brain). En la misma línea, el doctor Rubia mantiene que la testosterona es la responsable de la agresividad y la violencia física que aumenta durante la adolescencia, llegando a ser veinte veces más alta en varones que en mujeres (cfr. El sexo del cerebro). Son mucho más frecuentes las reacciones violentas de los chicos pues es más fácil «apretar el botón de la cólera masculina». Esta falta de sensibilidad ante la aflicción o el miedo de los demás nos indica la necesidad especialmente importante en los muchachos de inculcarles normas de conducta moral y herramientas de autocontrol. Por el contrario, las niñas no suelen pegarse, salvo situaciones extremas y, si llega el caso, se sienten «avergonzadas» al pelearse en público… La agresividad femenina se manifiesta de manera diferente a la del varón. Ellas son más complicadas, poliédricas o abyectas. Sus armas suelen ser la murmuración, la mentira para desprestigiar a la rival, la crítica a veces increíblemente sutil, en definitiva, el ataque psicológico. Es lo que Louann Brizendine denomina «agresividad en rosa». Ignorar, no hablar, hacer el vacío o poner un mal gesto o una sonrisita irónica a una compañera al pasar puede tener un efecto tan devastador como un buen puñazo. Si nos acercamos a ese grupo de niñas que está en una esquina jugando tranquilamente a las muñecas o a ser princesas descubriremos un mundo lleno de intrigas, pasiones, traiciones, maquinaciones y murmuraciones. Recordemos el cuento de Blancanieves, la Cenicienta o la Bella Durmiente, donde son siempre mujeres (la madrastra, la bruja o las hermanastras) las que actúan contra otra mujer movidas por envidia a su belleza, inteligencia o dulzura, y siempre lo hacen de manera maquiavélica usando sus «armas de mujer». Según Daniel Goleman, hacia los trece años las niñas se vuelven más hábiles que los chicos en tácticas agresivas ingeniosas, como ostracismo, chismorreo cruel y venganzas indirectas. Los chicos, por lo general, simplemente siguen inclinándose por la confrontación directa cuando se enfadan, olvidándose de estas estrategias más disimuladas (cfr. Emotional intelligence: why it cam matter more than IQ).

Estos enfrentamientos femeninos llegan a su máxima expresión durante la pubertad, cuando surge la rivalidad sexual y niñas que antes eran amigas se encuentran compitiendo por un mismo chico. En estas situaciones las mujeres pueden llegar a ser increíblemente malignas y destructivas, usando herramientas muy sutiles como la difusión de rumores para desprestigiar a la rival. Los científicos mantienen que, aunque una mujer sea más lenta en actuar físicamente empujada por la cólera, una vez que se ponen en marcha sus circuitos verbales más rápidos, pueden desencadenar un aluvión de palabras insultantes que el hombre no puede igualar.

Escrito por rsanzcarrera

Enero 26, 2009 a 12:52 pm

La afectividad y los sentimientos: ¿Niños ariscos, niñas cariñosas?

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En el plano afectivo las diferencias también son destacables. En ellas la delicadeza, la atención a los detalles y el énfasis que ponen en lo emotivo fundamentarán más tarde su afectividad femenina. Las niñas son capaces de estudiar y comportarse bien en clase por cariño hacia su profesora a la que realmente quieren. Cosa que resulta impensable en los niños que, especialmente cuando se aproximan a la pubertad, se caracterizan por una aparente rudeza, dureza e insensibilidad, descalificando globalmente la vida afectiva, que es percibida en esta etapa evolutiva como algo secundario. De aquí no debe concluirse que en el mundo afectivo del varón no haya lugar más que para la violencia, sino que en estas edades la ternura está como escondida y no hace nada por exteriorizarse. Más tarde en la etapa adulta aparecerá la ternura masculina aunque manifestándose de forma muy diferente a como acontece en las chicas.

Perseguir por la casa a nuestro pequeño de cuatro años para que nos dé un beso es asimismo algo de lo más usual y no debe rompernos el corazón, ni debemos pensar que no nos quiere. Sencillamente la afectividad masculina tiene otras formas de expresión. Las niñas, sin embargo, necesitan recibir caricias, besos y abrazos, así como darlos, desde su más tierna infancia y durante toda su vida. Este es un dato importante a tener muy en cuenta. A veces, las madres cuando nuestras hijas comienzan a crecer y se figuran ya más como unas mujercitas que como unas niñas, dejamos de comérnoslas a besos y abrazos y comenzamos a tratarlas con mayor distancia física. Es, sin embargo, importante que esto no suceda demasiado pronto. Durante los inicios de la pubertad nuestras hijas siguen necesitando de los abrazos y besos maternos. Robarles este derecho puede provocar en ellas la sensación de falta de cariño y es muy posible que lo busquen en lugares, personas o formas inadecuadas o incluso perjudiciales… Necesitan sentirse muy queridas para elevar su autoestima, sentirse felices y seguras.

La capacidad de expresar los sentimientos ha sido también siempre otra de las grandes diferencias entre los niños y las niñas… A los chicos les horroriza exteriorizar sus sentimientos, lo asumen como un grave atentado a su intimidad. De hecho, suelen huir del contacto visual directo, incluso con sus padres… Esta reacción masculina tiene su explicación en la naturaleza, en concreto en la estructura de su cerebro y en la influencia sobre el mismo de las hormonas masculinas. Deborah Yurgelun-Todd y sus colaboradores en la Universidad de Harvard, utilizando sofisticadas resonancias magnéticas que ilustran cómo se procesan las emociones en el cerebro de los niños, encontraron que la parte del cerebro que actúa sobre el habla tiene pocas conexiones con la parte del cerebro donde se sitúan las emociones, en la amígdala. Forzar a un muchacho a exteriorizar sus sentimientos es, en resumidas cuentas, «antinatural»… El psiquiatra Rojas Marcos recomienda que respetemos ante todo su libertad, que no les presionemos para que se abran prematuramente (cfr. Nuestra incierta vida normal).

En la adolescencia sus niveles de testosterona empiezan a salirse de los gráficos y les impulsa a huir de la intimidad verbal, disminuye su interés por la conversación y el trato social, hasta el punto de que actividades como salidas en familia se convierten para él en un auténtico martirio. Simplemente quiere «que le dejen en paz». Esto provoca enorme frustración en muchas madres que no comprenden por qué su maravilloso hijo, con lo cariñoso y comunicativo que era de pequeño, al llegar a la pubertad no quiere tener largas y profundas conversaciones con ella.

Existe, sin embargo, para consuelo de las madres, una explicación antropológica y maravillosamente inteligente de la naturaleza humana a esta reacción masculina de los adolescentes. Este distanciamiento de los varones adolescentes nos lo impone la propia naturaleza a las madres, preparándonos para que la definitiva salida del nido de nuestros muchachos no sea excesivamente dolorosa. Cuando besamos o abrazamos a nuestros hijos, las mujeres generamos oxitocina en grandes cantidades, hormona que influye en el cerebro aumentando los lazos familiares, el cariño, la dependencia afectiva de nuestros hijos, la necesidad de acariciarlos y tenerlos cerca, en definitiva, nuestro cerebro «maternal». Un experimento sobre la conducta maternal de las ratas confirmó la necesidad del contacto físico para mantener los circuitos cerebrales correspondientes a la conducta maternal activa (L. Brizendine en El cerebro femenino). En estas condiciones, la separación de un hijo se haría casi insoportable… Se trata en definitiva de un mecanismo que nos proporciona la naturaleza y que prepara a las madres para la posterior separación definitiva de los hijos cuando estos comienzan a volar del nido. Es un increíble mecanismo que la naturaleza urdió hace miles de años para evitar el terrible sufrimiento de la separación de un hijo en épocas pasadas cuando los muchachos abandonaban el hogar a muy temprana edad, pero que sigue siendo necesario en la actualidad y surtiendo su maravilloso y mágico efecto.

Las niñas, al contrario que los chicos, necesitan rabiosamente expresar sus sentimientos. Sabemos que los niveles de estrógeno de las muchachas aumentan en la pubertad y disparan los interruptores de sus cerebros para hablar más, interactuar y ser más emotivas. Y lo hacen con palabras, gestos, lágrimas, gritos, o conversaciones telefónicas eternas con la amiga a la que acaban de ver hace cinco minutos en el colegio y a la que volverán a ver mañana. Pero no pueden esperar para contarlo todo, absolutamente todo.

La existencia de una inmensa pluralidad de conexiones entre los hemisferios cerebrales y de estos con la amígdala, junto con la madurez de la parte del cerebro femenino destinado a las destrezas verbales, hacen de la niñas, y de la mujer, en definitiva, una fuente de información y expresividad sentimental. Por otra parte, debemos recordar asimismo que las mujeres en situaciones de estrés generan oxitocina, una hormona que las impulsa a buscar ayuda, a exteriorizar y compartir sus sentimientos.

Los temas de conversación son también muy diferentes en los chicos o en las chicas. Basta con aproximarnos a un grupo de niños en el patio y escuchar de qué están hablando (la última película que vieron; el juego de vídeo de moda; el coche de su padre; el partido de fútbol de ayer…). Hacer lo mismo con un grupo de niñas y oír el tema de sus conversaciones (acontecimientos sucesos o anécdotas relacionadas con familiares, amigos, conocidos o sobre ellas mismas; la pelea de ayer de mis padres; lo que me dijo el chico que me gusta; lo guapa que estaba en la fiesta mi hermana…)… Sobre todo cuando están disgustados, los varones tienden a cerrarse en sí mismos y prefieren estar solos. Precisamente lo contrario de lo que hacen las mujeres y niñas que necesitan desahogarse y contar mil veces lo que les pasa (Leonard Sax en Why gender matters)…

Escrito por rsanzcarrera

Enero 26, 2009 a 12:52 pm

La sexualidad: Dos mundos diferentes

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Por lo que hace a la sexualidad, nos encontramos asimismo con dos mundos perfectamente distintos: el masculino y el femenino. En la pubertad, el sexo juega un papel central en la vida de nuestros jóvenes. Pero la forma de asumir esa nueva faceta vital es muy diferente en los chicos y en las chicas. Durante algunos años de la adolescencia el cerebro de la chica y el chico tienen prioridades hondamente diferentes en relación con la sexualidad. En cualquier caso es preciso tener en cuenta que el acto sexual no pone sólo en juego el aparato genital, sino que implica igualmente al corazón, la sensibilidad, la inteligencia y, en resumidas cuentas, a toda la persona (José María Barrio en “La educación diferenciada por sexos. Un apunte antropológico”).

Como regla general, los hombres tienen dos veces y medio más espacio cerebral destinado al impulso sexual. Los pensamientos sexuales flotan en el cerebro masculino varias veces al día. Tanto los hombres como las mujeres generan testosterona, pero aquellos producen diez veces más, lo que significa que su impulso sexual es otras tantas veces mayor que el de las mujeres. El sexo se convierte para un muchacho adolescente en una verdadera obsesión. Esto puede hacer que se sienta aislado y avergonzado en muchas ocasiones.

Las niñas tienden a unir la sexualidad a la afectividad, y buscan relaciones emocionales de largo plazo. Sin embargo, la mayor inmadurez hormonal masculina hace que estos a la misma edad no unan necesariamente la sexualidad a la afectividad y que busquen, por el contrario, relaciones experimentales de corta duración. Las consecuencias de las relaciones sexuales demasiado tempranas, inmaduras o sin que medie el pleno consentimiento libre y consciente de la persona son muy negativas en las chicas que se sienten objetos…

La neuropsiquiatra Louann Brizendine explica cómo cuando una relación está amenazada o perdida, caen en picado algunas de las sustancias neuroquímicas del cerebro femenino -como la serotonina, dopamina y oxitocina- y pasa a dominar la hormona de estrés, el cortisol. La chica empieza a sentirse angustiada, aislada y temerosa de verse rechazada. Pronto empieza a buscar cualquier relación en demanda de la beneficiosa droga de la intimidad, la oxitocina. Cuando hay problemas con la pareja en las chicas se produce un desequilibrio hormonal que desencadena la terrible fantasía de que la relación está acabada. Tal es la desazonante realidad en la que se plasma el cerebro femenino. Por eso las rupturas, sobre todo en la adolescencia, resultan angustiosas. El temor a sufrir estas sensaciones de ansiedad puede llevarla a tener relaciones sexuales por miedo a que el chico que ella quiere la abandone.

Como medida preventiva, es muy conveniente que las relaciones afectivas con nuestras hijas sean plenas para que ellas se sientan valoradas, lo que a su vez provoca la elevación de su autoestima y por lo tanto su autonomía, independencia y capacidad de tomar decisiones por sí misma.

Rohert Josephs, de la universidad de Texas, ha concluido tras años de investigación que la autoestima de los hombres deriva sobre todo de su capacidad para mantenerse independientes de los demás, mientras que en las mujeres la autoestima se sustenta, en parte, en su capacidad para conservar relaciones afectuosas. Los chicos por el contrario, en la adolescencia, no sólo no temen la soledad sino que les gusta. De manera que no buscan una pareja estable sino que por el contrario prefieren mantener relaciones sexuales de forma indiscriminada sin que medie una relación afectiva duradera.

(…) Al formar a nuestros hijos en el respeto hacia el sexo opuesto, estamos invirtiendo en felicidad personal a largo plazo…

Escrito por rsanzcarrera

Enero 26, 2009 a 12:52 pm

En el juego: niños guerreros, niñas negociadoras

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La diferente forma de jugar y la diferente manera de entender la amistad, hace que los niños se encuentren más a gusto jugando con otros niños y las niñas con otras niñas. Sólo tenemos que acercarnos y mirar un patio de cualquier colegio. Desde su más temprana edad, los chicos manifiestan una clara preferencia por el juego activo al aire libre, con una fuerte predilección por los juegos de contacto corporal, competitivos y con una clara definición de ganadores y perdedores (cfr. La Revista Chile Development 69, nº 3). Con dos años los niños están menos inclinados a compartir juguetes y a respetar los turnos que las niñas. La diferencia en fuerza física provoca en la infancia un distanciamiento de las niñas, inevitable y además voluntario y consciente. «Hacer el salvaje» solamente es posible con «ellos», de manera que rechazan a las chicas y, sin embargo, fortalecen la relación entre compañeros generándose a la vez un fuerte vínculo de exclusividad.

Hay estudios que demuestran que las niñas guardan turnos veinte veces más a menudo que los niños y que sus juegos de ficción tratan habitualmente de interacciones en el cuidado y atención de seres desvalidos. En este sentido Viviam Gussin Paley ha escrito: «El jardín de infancia es el triunfo de los estereotipos sexuales. Ninguna dosis de propaganda o subterfugio de los adultos desvía la pasión de los niños de cinco años por la segregación de sexos» (cfr. Boys and Girls: superheroes in the doll corner).

En todos los niveles académicos se verifica la tendencia de las chicas a buscar la cercanía de chicas y de los chicos la de chicos. La psicóloga Eleanor Maccoby señala que el hecho de que los niños escojan amigos del mismo sexo para compartir el tiempo libre no puede deberse a una mera imitación de los adultos porque, precisamente en el mundo adulto, estamos siempre (empezando en la propia casa el padre con la madre) interactuando con el sexo opuesto. Sin embargo, los niños con plena libertad, eligen conscientemente amigos de su mismo sexo a pesar de que el ejemplo de los adultos sea precisamente el contrario.

Escrito por rsanzcarrera

Enero 26, 2009 a 12:51 pm

La amistad: Los niños buscan respeto, las niñas aceptación

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En cualquier grupo los chicos enseguida establecen una «jerarquía de dominación». Los niños suelen tener grupos amplios de amigos en los que existe una clara y definida jerarquía. En estos grupos lo importante es ser respetado y harán lo que sea para elevar su estatus dentro del mismo. Para tener estabilidad en el grupo es preciso gozar de una identidad fuerte que en muchas ocasiones se logra con enfrentamientos. Como señala el sociólogo holandés Kool Neuvel, «los chicos juegan en grupos jerarquizados, en los que el rango y el poder cuenta mucho. Y forman su identidad de grupo enfrentándose a otros jóvenes, chicas o adultos» (en ¿Por qué los chicos no son chicas?).

A los chicos les preocupan mucho más las reglas. No se las saltan ni las suelen flexibilizar. A los amigos, como regla general, les une el gusto por una actividad o un juego en común. La mayoría se divierte con peleas ficticias, simulacros de combates, persecuciones aceleradas, juegos ruidosos y bruscos. Lo importante es la acción que realizan, sin quedar apenas espacio para la conversación que consideran perfectamente prescindible. La intimidad propia y la del compañero no tienen importancia, lo importante es la acción, no la conversación.

Las reglas y costumbres relativas a la amistad son, sin embargo, bien diferentes en el universo femenino. Las niñas forman grupos reducidos de amigas, donde se encuentran en un plano de mayor igualdad. Buscan ser aceptadas y queridas por sus amigas. Cuando juegan de manera informal, las niñas raramente entran en competencia abierta con ganadores y perdedores claros. Optan por el mantenimiento de la armonía social y prefieren evitar los conflictos. Al contrario que los chicos, ellas suelen organizarse en «pandillas planas», grupos no jerárquicos, sin líderes, de pocas niñas, sensibles a sus mutuas necesidades. Estos juegos encierran incesantes y recíprocas concesiones. Las niñas se turnan, hacen propuestas, apelan a la razón e intentan convencer. Casi nunca recurren a la fuerza. Si surge un conflicto, las niñas interrumpen el juego, dejan al lado las reglas, las cambian o hacen excepciones, porque lo que importa en esos momentos son los sentimientos de una persona. No es vital ganar, sino «caer bien». Es muy usual que los juegos estén llenos de propuestas interrogativas como ¿Jugamos a la comba? ¿Queréis que saltemos?, en las que la opinión de las otras cuenta en la búsqueda de un consenso final que evite la confrontación. Por el contrario, los niños utilizan más frases imperativas y dan órdenes a otros sin importarles demasiado si están o no realmente de acuerdo pues no les importa el peligro que entraña un conflicto o la ruptura de una relación social.

El centro de la vida social de una chica es su mejor amiga y la conversación es un componente esencial y la intimidad es la clave. A mayor grado de amistad, mayor comunicación de datos íntimos. Se cuentan sus aficiones, inquietudes, gustos, problemas, sufrimientos, en definitiva, sus sentimientos más profundos. El cerebro de las niñas es una máquina construida para relacionarse, ese es su principal quehacer y es lo que las impulsa desde el nacimiento. Mientras que el de los chicos es una máquina de precisión para el movimiento y la actividad.

Escrito por rsanzcarrera

Enero 26, 2009 a 12:51 pm

Igaules pero diferentes: Niños valientes; niñas precavidas

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En el ámbito de las actividades y ejercicio físico, los niños, normalmente, sobreestiman su capacidad. Esto, unido a la atracción que sienten los muchachos por las actividades arriesgadas y el gusto por las emociones fuertes, los convierte en los visitantes más asiduos de hospitales y ambulatorios. Los varones, desde que apenas comienzan a gatear, tienden más a realizar actos que implican cierto peligro. Se sienten muy capaces de llevar a cabo acciones arriesgadas como nadar contracorriente, bajar las escaleras con la bicicleta, salir de casa por la ventana o cruzar la vía segundos antes de que pase el tren. Las estadísticas nos muestran cómo la inmensa mayoría de accidentes y muertes violentas infantiles son de chicos. La realización de estas actividades arriesgadas aumenta cuando están con sus amigos o conocidos, ya que estos logros elevan su estatus dentro del grupo.

Por el contrario, las niñas huyen del riesgo, en ese sentido son más conservadoras. Son el sexo precavido. Además, la realización de actividades alocadas y arriesgadas está mal vista por el grupo de amigas que no comprenden esta actitud en una mujer. Por otra parte, su baja autoestima las conduce en ocasiones a no sentirse capaces de participar en ciertas actividades o deportes.

Por ello conviene animarlas, empujarlas y convencerlas de que ellas también pueden ser tan buenas futbolistas como cualquier chico; pueden subir las más altas montañas o ser grandes paracaidistas. Así, romperemos estereotipos pero, sobre todo, ampliaremos sus horizontes, permitiéndoles disfrutar de actividades que habían desechado por «ser de chicos» y se harán más fuertes y valientes. Asimismo, será conveniente «poner los pies en el suelo» a nuestros muchachos haciéndoles ver las consecuencias, muchas veces negativas, de un exceso de ímpetu en sus acciones.

Escrito por rsanzcarrera

Enero 26, 2009 a 12:51 pm

Otras diferencias: ¿caballeros y princesas?

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Escrito por rsanzcarrera

Enero 26, 2009 a 12:51 pm