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Liberación de la simbiosis con la madre
Vivir en simbiosis resulta a la larga perjudicial tanto para la madre como para el hijo. En la mayoría de los casos de curación de los vínculos maternos se experimentan como una vivencia de muerte y desprendimiento interno, espiritual. El hijo, en cierto sentido, siente que muere a su antiguo rol y se despide de su identidad “como hijo único de su madre“. Este proceso de desprendimiento es doloroso, porque el hijo siente como si le faltase ese fundamento sobre el cual había vivido hasta ahora. Se debe desprender espiritualmente del nido en el cual estaba tan confortablemente instalado. Y siempre existe el riesgo de echarse atrás, cuando ven a la madre reaccionar de manera cariñosa y comprensiva, la tentación de retornar nuevamente al nido es fuerte. O no terminan de decidirse, quisieran partir pero no aún, no se animan y lo van dejando. Tienen quizás miedo a una caída fuera del nido que sea demasiado dolorosa y que no puedan soportarla en la dura realidad de la vida.
Pero no sólo el hijo siente dolor y temor de liberarse de la simbiosis con la madre. Es posible que la madre también reaccione intentando retenerlo en su rol a través del llanto. Es posible que inadvertidamente le transmita al hijo sentimientos de culpa: serás la causa de mi tristeza si te separas de mi. Con frecuencia el hijo cede, pues no soporta ver llorar a su madre, pero entonces vuelve a caer en su antiguo rol.
Esta decisión dolorosa es personal por parte del hijo, pues no existe ningún otro camino para curar una relación materna mal enfocada. Inclusive una vez fallecida la madre, algunos hombres continúan siendo hijitos de mamá. En primer lugar deben distanciarse de su madre para acercarse luego a las raíces positivas que su madre también les ha transmitido. Tales hijitos de mamá tienen dificultades para dominar los conflictos objetivamente y luchar contra ellos. Tienen miedo frente a hombres fuertes y ellos mismos se empequeñecen. O buscan madres sustitutas. Alguno puede quedar absorbido por esas madres sustitutas y en algún momento se sentirá agotado y extenuado; pensará que trabaja demasiado, y que la gente espera demasiado de él. Pero en realidad es él mismo quien se pone en esta situación. Cualquier grupo puede tener expectativas, a1 igual que la madre tiene su derecho a exteriorizar sus expectativas, pero siempre será mi decisión responder o no a esas expectativas.
Un ejemplo, la relación poco clara con la madre afecta también la relación espiritual con Dios. El afectado se siente como absorbido por Dios. No puede resistirse a Él porque de Él parten expectativas ilimitadas. La sensación es entonces: siento remordimientos si digo que no. Quizás sea la voluntad de Dios que yo continúe meditando, que me dedique más a los pobres, que haga más por la gente que necesita mi ayuda, que me comprometa más con la comunidad, etc…
Suponiendo que advierta que mi relación con Dios no es saludable porque aún estoy ligado a mi madre ¿qué se debe hacer? En principio advertir esto, no debe conducir a que abandone mi espiritualidad. Por el contrario, lo que se debe hacer es transformar mi espiritualidad. Por esta razón, la curación de la relación con la madre es un requisito para una sana espiritualidad y una relación con Dios que sane y libere. Jesús ha liberado nuestra imagen de Dios del vínculo materno. Él nos anuncia el Dios que nos da la vida, que nos libera, que nos envía a nuestro propio camino. Es el Dios que nos conduce hacia fuera de la dependencia y nos ordena andar el camino de la libertad.
Cfr. La sanación del Alma
La relación entre madre e hijo
En primer lugar leemos el texto del Evangelio que nos va a servir de guía y hacemos un planteamiento del problema. Se trata de hacer una reflexión positiva y sanadora, no de quedarse en lo negativo de las heridas, sino de transformarlas en perlas.
La acción sanadora de Jesús en esta relación madre-hijo, la vemos desarrollarse en tres etapas: en primer lugar cuando Jesús se dirige a la madre y le dice: ¡no llores!. A continuación cuando toca el féretro y dirigiéndose al joven muerto le dice: ¡Levantaté!. En un tercer momento se nos dice que el joven como primera manifestación de vida que: “Comenzó a hablar” y el Señor lo devuelve ya curado a su madre.
Y por último, vemos el desenlace tanto en el hijo como en la madre de este proceso de curación que les beneficia, también en el terreno espiritual en la relación con Dios.
Cfr. La sanación del Alma
“Comenzó a hablar” (Lc 7, 15)

La primera manifestación de vida del muchacho consiste en hablar. “Comenzó a hablar”. Emitir palabras, expresar sus necesidades, desahogarse… Es un nuevo comienzo para el muchacho. Cuando el muchacho despierta habla como un hombre. El término griego usado lalein, significa: “hablar entre sí en un tono familiar, conversar en confianza“, es como si el muchacho empezara a contar cosas personales, íntimas, cosas suyas; es decir el joven debe sincerarse. Se trata de abrir el corazón y abrirlo a los demás, garantizarle al otro acceso al propio corazón, hablar de modo que crezca una relación y surja confianza.
El término alemán sprechen (hablar) tiene relación con bersten, brechen (reventar, romper). Al hablar, el blindaje que recubre nuestro corazón se parte. Le damos participación al otro en nuestras emociones, en nuestra voz, en nuestro humor.
El muchacho sana y se vuelve íntegro al sincerarse, cuando sus palabras concuerdan con su corazón y cuando concede voz a sus sentimientos.
El hecho de que Jesús retorne el joven a su madre, parece a primera vista una regresión, un paso atrás al antiguo rol. Pero el hijo no se vuelve adulto por romper la relación con su madre. Éste sería únicamente un arranque violento, con el cual él mismo se arrancaría importantes fuentes de vida del alma.
Ser adulto significa estar en buenas relaciones con la madre. El árbol sólo puede crecer y desarrollar su copa cuando tiene raíces profundas. Los padres representan nuestras raíces. Inclusive cuando nuestro padre y nuestra madre nos hayan lastimado, ellos conforman las raíces que nos alimentan. Por esta razón tiene poco sentido que el hijo corte las raíces de su madre. Quedaría entonces sin raíces y su árbol se secaría.
Pero el árbol del hijo y el árbol de la madre no deben crecer juntos. La simbiosis con la madre quitaría espacio a su árbol, espacio necesario para su desarrollo. Sólo es adulto quien puede delimitarse de su madre, quien puede hablar con ella sin sentirse bajo su tutela, quien puede tratar con ella sin adecuarse constantemente. Existen hombres que se consideran adultos e independientes. Pero ni bien visitan a la madre caen nuevamente en el viejo papel. Son amables y considerados y niegan su propia vida. O discuten siempre con su madre. Si la madre pretende tratarlos como niños reaccionan como púberes, son testarudos y se encolerizan. No son soberanos. Siempre es mi responsabilidad si me dejo tratar como niño o no, aunque escuche las palabras y deseos de mi madre. Pero no me rijo por ellos. Los dejo en ella. Si debo resistirme a ellos a los gritos demuestro que mi madre aún tiene poder sobre mí, que aún no me he desprendido totalmente. La libertad del hijo frente a la madre se demuestra en una conducta adulta marcada por el respeto pero también por la delimitación y la independencia.
En todos nosotros existe una nostalgia por la madre, pero si toda nuestra vida la dirigimos hacia nuestra madre concreta permaneceremos infantiles. Pero si arrancamos la nostalgia por la madre cortaríamos un importante fundamento de raíz, una fuente fructífera de la cual podemos beber.
Una buena solución sería dirigir la nostalgia por la madre hacia un símbolo, por ejemplo a Dios, a la Iglesia, al Cielo, etc. Muchas construcciones de iglesias tienen la figura de un regazo materno. Muchos experimentan protección al sentarse en una iglesia romana y saberse rodeados de la presencia sanadora de Dios. En Dios y en la Virgen María se satisface plenamente nuestra nostalgia de madre.
Cfr. La sanación del Alma
¡Despierta! (Lc 7,14)
Jesús detiene el cortejo fúnebre, la comitiva hacia la tumba. Es menester detener la comitiva, parar y preguntar de qué se trata en realidad. Jesús toca el féretro en el cual yace el hijo, y lo para. Jesús va a poner término a un proceso que conduce a la tumba. Entonces le dice al hijo único: “Te ordeno, joven hombre: ¡Levántate!” (Lc 7,14). Es una frase formal que Jesús le dice al hijo. El término griego egertheti significa en primer lugar “despierta“. La curación del joven consiste también en un despertar del sueño de su ilusión, en este caso del supuesto vínculo negativo con la madre. Él mismo debe despertar, debe convertirse en adulto. Y una vez que despierte, también podrá levantarse, es decir, podrá vivir por sí mismo y no en la atención y cuidado de la madre. Quizá él no quería salir del tibio nido de la madre, por eso necesita una orden directa y enérgica: Jesús parece despertar también una fuerza que está como muerta dentro del joven. El término griego que se emplea neaniske, significa que en el joven hay algo nuevo, fresco, sin uso. Y Jesús quiere despertarlo a la vida.
A continuación se dice que el joven se sienta. Todavía no es levantarse. El muchacho aún no está sobre sus propias piernas. Pero es el comienzo para no ser llevado. Deja de estar acostado y comienza a estar activo. Se sienta derecho y comienza a hablar por sí mismo. Quizás hasta ahora había evaluado y visto todo a través de ojos de su madre y casi hasta repetía las mismas ideas y palabras, pero ahora una vez surgida la curación el joven comienza a hablar también por sí mismo.
Hay hombres que inclusive a los cuarenta años viven con su madre. Han interrumpido sus estudios y no encuentran trabajo. No existe trabajo que responda a sus fantasías de grandeza, a su genialidad. A menudo cayeron bajo el efecto del alcohol, esconden la cabeza bajo el ala y cierran sus ojos a la realidad de su vida. La madre continúa ocupándose de este hijo, tiene miedo de que su hijo sucumba e inconscientemente también necesita al hijo para no sentirse sola. Frecuentemente busca la culpa en sí misma de que el hijo no ha crecido como debería en la vida. Y estos sentimientos de culpa hacen que no se atreva a tratarlo con más dureza y lanzarlo a la lucha por la vida. Ella piensa que si tal vez hiciera más por su hijo, quizás sanaría y sería útil en la vida. Sus sentimientos de culpa la ciegan y permite que su hijo la utilice, incluso que la insulte o la lastime. Y de este modo surge un vínculo funesto: al sentirse culpable la madre, no se anima a abandonarlo a sí mismo y cuanto menos se anima, tanto más lo aferra a la dependencia y consiguientemente lo daña. La madre padece por el hijo que la utiliza y le hace difícil su vida. Y el hijo no llega a vivir porque permite que su madre cuide de él.
Efectivamente, este tipo de vida no es vida, hay que levantarse y ponerse de pie. Y finalmente deben comenzar a hablar y decir a la madre aquello que deberían haberle dicho en su pubertad, que finalmente desean vivir por sí mismos en lugar de estar bajo su tutela, solo entonces serán adultos, se levantarán de la muerte.
Cfr. La sanación del Alma
“¡No llores!” (Lc 7,13)
El hijo único de la viuda muere. Como muerto, lo llevan fuera de la ciudad. La ciudad es un símbolo del ámbito materno. El hijo yace en un féretro y es trasladado fuera del ámbito de acción de la madre. En la puerta de la ciudad se encuentran dos mundos, el mundo de la madre y el mundo de Jesús. Ambos tienen un gran grupo de gente a su alrededor. El mundo de Jesús es el mundo en el cual es posible la resurrección y la vida. El mundo de la madre está marcado por una comitiva fúnebre que lleva a la sepultura, a los muertos. Jesús ve a la mujer y siente compasión por ella. No muestra compasión al hijo sino a la madre. Advierte lo que sucede dentro de ella, cómo ella lleva a la tumba su única esperanza. Aquél, a quien se había aferrado, le ha sido quitado, ya no tiene sostén. Jesús siente que ella necesita ayuda para hallarse a sí misma, que debe construir una nueva existencia sin hijo. Y le dice: “¡No llores!” (Lc 7,13).
Son palabras de consuelo y también una llamada discreta a ir abriendo los ojos y reconocer la realidad, aunque sea doloroso, la madre debe ir poco a poco dejando de llorar porque con ello sólo giraría en torno a su autocompasión, y porque de este modo quedaría atrapada en su atadura al hijo. Sus lágrimas, ¿son lágrimas que liberan o son lágrimas que únicamente ofuscan la mirada porque giran en torno al propio dolor? Las lágrimas del luto son saludables, pero las lágrimas de la autocompasión nos hunden en nuestro propio dolor, estas lágrimas no liberan sino que nos inundan.
Quizás Jesús quiera con esta orden que se enfrente a preguntas como: ¿quién está de luto dentro de ella? ¿Está de luto la madre por el hijo muerto o está de luto la niña herida a quien le han quitado lo que más amaba? ¿Emergen en este luto todas sus experiencias pasadas del abandono? ¿Es acaso el luto por el hijo en última instancia el luto por la vida no vivida? ¿Siente ella que nunca ha vivido ella misma, que siempre se comprendió sólo como madre? ¿Está ella de luto para despedirse o se entierra en su autocompasión porque no quiere soltar a su hijo?
Cuando la madre cese de llorar puede despertar y abandonar la ilusión de que su hijo podría haberla hecho feliz. Sólo así tomará contacto con la auténtica realidad. Despertar significa simultáneamente soltar. La madre debe soltar al hijo. Ella debe dejar de verlo a través de los cristales de su propia necesidad. A través de su llanto ata al hijo con ella. De no tratase de lágrimas de despedida sino de lágrimas que quisieran retener al muerto, la madre debe dejar de llorar.
Quizás Jesús presienta en el encuentro con la viuda de Naín el dolor de su propia madre. Él mismo es hijo de una madre. Y a través de la búsqueda consecuente de su propio camino debe infligirle dolor. Quizás Jesús no dirija las palabras “¡No llores!” únicamente a la viuda sino también a su propia madre, que lo deja partir. Su camino conducirá a través de la cruz hacia la tumba. En este camino encuentra mujeres “que lamentan y lloran por él” (Lc 23,27). A ellas les dice: “Hijas de Jerusalén, no lloréis por mí, sino llorad por vosotras mismas y por vuestros hijos” (Lc 23,28). Jesús transita su camino acompañado del Padre. Será un camino a través de la muerte hacia la resurrección. No es necesario llorar por él. Las mujeres deben llorar por ellas mismas, por el destino que las espera. A través de su llanto deberán encontrar su propia verdad en lugar de permitir que las lágrimas turben su mirada. Deberán ser lágrimas de dolor que elaboren la pérdida del hijo y no lágrimas de autocompasión en las cuales se gira exclusivamente en torno a los propios deseos y conceptos infantiles, permaneciendo ciego para lo que verdaderamente sucede.
Cfr. La sanación del Alma
“Entonces se incorporó el que había muerto” (Lc 7,11-17)
“Aconteció después que Él iba a la ciudad que se llama Naín, e iban con Él muchos de sus discípulos y una gran multitud. Cuando llegó cerca de la puerta de la ciudad, he aquí que llevaban a enterrar a un difunto, hijo único de su madre, la cual era viuda; y había con ella mucha gente de la ciudad. Y cuando el Señor la vio, se compadeció de ella, y le dijo: “No llores”. Y acercándose, tocó el féretro; y los que lo llevaban se detuvieron. Y dijo: “Joven, a ti te digo: ¡levántate!”. Entonces se incorporó el que había muerto, y comenzó a hablar. Y Jesús lo dio a su madre. Y todos tuvieron miedo, y glorificaban a Dios, diciendo: “Un gran profeta se ha levantado entre nosotros; y Dios ha visitado a su pueblo”. Y se extendió la fama de Él por toda Judea y por toda la región de alrededor.”
Ella es viuda, y como viuda, en Israel carece de derechos. Necesita de su hijo como sustento y representante legal. Si tomamos la situación social de la viuda, advertimos que en aquel tiempo la madre sin su hijo se siente carente de valor, es decir ella se define como madre de su hijo. Ella sólo es alguien porque tiene un hijo. En este sentido está profundamente ligada al hijo. Él es para ella uno y todo. Y todo esto provoca que también el hijo esté profundamente unido a ella y permita que ella lo tenga en sus manos.
En el acompañamiento nos confrontamos con muchos hombres que son los únicos hijos varones de su madre. A menudo el padre se ha quedado en la guerra, a menudo existe también como trasfondo la historia de un divorcio. A veces el hijo es también el “único hijo de su madre” en una familia exteriormente intacta, en el sentido de que es el hijo favorito, de que la madre está apegada él y lo toma como confidente. A él le cuenta los problemas con el padre.
Un hombre joven cuenta que la madre lo había malacostumbrado. Leía de sus ojos todos sus deseos y lo colmaba de amor. Pero eso tenía su precio: le hablaba mal de su padre, le decía que no era de fiar, que frecuentaba bares y seguía a mujeres jóvenes. El hijo se siente incómodo en esta situación, por un lado se siente halagado por su madre: es el hijo favorito de su madre, el elegido. En cierto sentido, es más importante que el padre a quien siente a veces como competidor. Pero al mismo tiempo le falta el padre. No puede identificarse con él. No puede madurar junto a él. No es un modelo para él porque la madre lo desvaloriza. Entonces crece simultáneamente sin padre.
Si el hijo quiere salir de la estrecha relación con la madre y manifiesta alguna preferencia al padre, la madre lo amenaza con dejar de amarlo, lo presiona emocionalmente. A pesar de todo, él siente las raíces positivas del padre, advierte cosas buenas en él, pero como el hijo está interiormente ligado a la madre, no se anima a vivir su propia identidad, como varón, con la mirada puesta en su padre. En este sentido la excesiva proximidad a la madre le atrofia, o dificulta su desarrollo normal.
Existen muchas situaciones en las cuales las madres se aferran a sus hijos y los toman como un cierto reemplazo del marido. Así, por ejemplo, cuando pierden pronto al marido por una enfermedad o un accidente. O por una relación entre los cónyuges fría, o el hombre le es infiel… La mujer termina por unirse más a su hijo.
Otras veces la mujer toma revancha del esposo al elegir al hijo como confidente. A través de la difamación de su esposo, la mujer une aún más estrechamente a su hijo con ella. El hijo puede confiar en su madre. Ella es buena, cuida de él, satisface sus deseos y lo rodea de ternura y amor, le comprende. No necesita hacer nada, ella siempre le obsequia. Pero con esta postura él nunca llega a la vida. Su vida se parece a la muerte. Y algunos hombres que permiten que sus madres los malcríen de esta forma, descubren más tarde que aún no han vivido nunca.
La mujer con el flujo de sangre continuo
Entre la petición del padre y la sanación de su hija, Marcos intercala la curación de la mujer con el flujo de sangre continuo, (…) sería posible ver en la mujer con el flujo de sangre continuo una imagen de cómo la niña que padece de la herida paterna, se comporta como mujer adulta. ¿Cómo se manifiesta la herida paterna de una hija cuando una vez que llega a la adultez, se casa y tiene hijos? ¿Cómo se muestra esta herida en su profesión, en su trato con hombres, en su relación con su cuerpo?
Una mujer que padece de una herida paterna ansía ser finalmente vista por el padre, finalmente obtener una palabra de confirmación y de amor de él. Con el objeto de lograr dedicación del padre, ella se entrega toda. Brinda todo lo que tiene, su fuerza vital y su amor. La sangre representa la vida y su amor. El amor de la mujer se debilita cada vez más cuanto más entrega de ella. Ella es como la hija complaciente que desea despertar la atención de su padre. Pero cuanto más entrega, tanto menos recibe. Cierto refrán dice: “Quien mucho da, mucho necesita”. Esto se aplica para muchas personas que trabajan en profesiones sociales. Ellos se entregan a los demás no por altruismo sino porque ellas mismas necesitan dedicación y amor. Pero también se aplica para muchas esposas que hacen todo por su marido para lograr su atención.
Pero la mujer no entrega únicamente su sangre sino también sus bienes. Ella quisiera adquirir el amor a cambio de dinero y obsequios. Pero por “bienes” se entiende también sus aptitudes, su capacidad de servicio. Ella les da sus bienes a los médicos para que se ocupen de ella. Tiene por lo tanto la sensación de que sólo se le presta atención cuando da algo, cuando realiza algo. Existen muchas mujeres que ya de niñas debieron comprar su dedicación a través de un servicio. Ellas se sobreexigen haciendo todo por la familia, por la empresa, por la comunidad religiosa. Pero no reciben la confirmación que tanto anhelan. Tanto más entregan de sí, tanto peor les va. Finalmente se encuentran totalmente vacías, se sienten estafadas en su vida. Entregaron todo y no recibieron nada a cambio.
El primer paso de la curación consiste en que la mujer deje de entregar su sangre y sus bienes.
Ella ya no da, ella recibe algo. Simplemente toma el extremo de la túnica de Jesús. Todavía lo hace a escondidas, ya que su modelo de vida de entrega la ha marcado tanto que apenas se anima a tomar algo. Pero al tomar sencillamente el amor de. Jesús, cesa su flujo de sangre.
Si dejamos de entregarnos, si tomamos el amor que se nos ofrece, también se detendrá nuestro camino hacia la debilidad cada vez mayor y el vacío. Sólo necesitamos abrir los ojos. Muchas personas nos ofrecen amor y dedicación. Sólo debemos tomarlo. Debemos tomar el amor que nos obsequian nuestros padres. Cada uno de nosotros debería tomar del extremo de la vestidura de su padre o su madre. No existen padres que no brinden nada a sus hijos. También cuando el dar de nuestros padres sea limitado, todos hemos tomado algo. Y sólo porque hemos tomado, podemos dar.
Algunas personas han adoptado el modelo de vida de entrega y de darse todo en su relación con Dios. Ellas consideran que deben ganarse el amor de Dios cumpliendo todos los deberes religiosos o sacrificándose en lo posible por la gente. Pero no necesitamos adquirir el amor de Dios a través de un servicio. Dios nos ofrece su amor. En las personas, en la belleza de la creación, en las pequeñas cosas de todos los días podemos experimentar el amor de Dios, si simplemente lo tomamos. Entonces se detendría el flujo de la entrega. Nos sentiríamos mejor, podríamos disfrutar el momento sin preguntarnos qué debemos hacer todavía o cómo nos hemos merecido la belleza de este encuentro. Existen hombres y mujeres religiosos que sienten remordimientos cuando se sientan durante una hora en el banco y se dejan iluminar por el sol. Ellos consideran que en realidad deberían visitar a algún enfermo o rezar un rosario o realizar alguna otra actividad espiritual, olvidan y pasan por alto a causa de esta presión la belleza de la vida querida por Dios.
El segundo paso de la curación consiste en que la mujer se anime a decir toda su verdad.
Ella puede enfrentarse a sí misma y a su enfermedad. Seguramente no es fácil para esta mujer relatar acerca de su enfermedad y su sanación en medio de tantos hombres, que debido a su flujo de sangre se convirtieron en impuros según las concepciones judías. Por lo tanto tiembla de miedo. Pero evidentemente la irradiación de Jesús le brinda la confianza y el valor de reconocer también abiertamente su verdad. A ella le habría agradado que su sanación se produjera en secreto. En ese caso no habría tenido que contar a nadie de su enfermedad. Habría podido retornar sana a su casa sin enfrentar la verdad de su vida. Pero en ese caso sólo se habría curado su síntoma pero no su alma. No podemos esperar sanar nuestras heridas paternas si no nos confrontamos a la verdad completa de nuestras heridas. Y no es suficiente si admitimos esta verdad únicamente en el silencio de nuestro corazón, debemos exteriorizarla. No obstante, necesitamos para ello un ámbito de protección. Necesitamos confianza hacia una persona que nos enfrente plena de fuerza y amor de modo similar a Jesús. En la cercanía de tales personas podemos exteriorizar toda la verdad. Y entonces sentimos que somos totalmente aceptados, que no existe nada en nosotros que no deba ser. Todo puede ser. Todo en nosotros es bueno.
Jesús expresa el secreto de la sanación a través de la aceptación de la mujer con flujo continuo de sangre del siguiente modo: “Hija, tu fe te ha salvado; ve en paz, y queda sana de tu enfermedad” (Mc 5,34). Aquí se hacen visibles cuatro aspectos de la sanación: Jesús se dirige a la mujer como “hija“. Establece una relación especial con ella, una relación familiar. Jesús no trata a la mujer como a una paciente sino que se relaciona con ella porque la aprecia. Jesús se convierte para ella en una persona paternal que le presta atención y le informa sobre su fuerza. La experiencia de un padre sustituto que no utiliza a la mujer sino que le da participación en su sana paternidad, puede sanar la herida paterna. Entre Jesús y la mujer nace una relación de confianza.
Ambos se aprecian mutuamente. Ambos se admiten. Ambos se encuentran mutuamente en libertad. Jesús confirma la fe de la mujer. No es Jesús quien sanó a la mujer sino que su propia fe la ha salvado. Con la fe de la mujer, Jesús apela al propio recurso sano que la mujer tiene dentro de sí. Ella tiene dentro de sí un sano anhelo de sanación, un sano egoísmo al que no renuncia, una sana obstinación con la cual lucha por ella. Como tercera palabra Jesús le promete paz a la mujer. El término hebreo schalom no sólo significa “paz” sino también “plenitud de la vida, armonía, bienestar”. Schalom indica el estado del mundo o de una persona tal como debe ser. Jesús lo confirma con este deseo: “Está bien tal como eres. Es bueno que existas. Anda tu camino. Tienes fuerza suficiente dentro de ti. Vive tu vida en armonía con tu voz interior”. La última afirmación se refiere a la salud. La mujer está ahora sana, íntegra, y está libre del fantasma de la enfermedad. La herida paterna ya no la determina. Aún existe como cicatriz pero la mujer ya no padece por ella. Puede observarla, recordar el pasado a través de ella pero también reconocer en ella el afecto que experimentó de Jesús. La herida se convierte en símbolo de la transformación interior. La mujer está ahora en paz consigo misma. Ha experimentado el amor que tanto anheló, por el cual brindó todo de sí. Ahora ya no necesita dar todo de sí, es amada sin condicionamientos. Jesús la adoptó como hija. Le ha obsequiado la dedicación que tanto anheló. Ahora ya no está determinada por su necesidad de dedicación sino que puede vivir su propia vida.
Cfr. Sanación del alma
“¡Levántate!”
Jesús se dirige a la niña, la toma de la mano y le dice: “Niña, te lo digo levántate” (Mc 5,41). El término griego para “tomar” (krateo) significa también “ser poderoso, fuerte”. Jesús sostiene la mano de la hija y le manifiesta su fuerza. El padre la había retenido en su temor y quitado toda su fuerza. Jesús le da la mano a la niña y permite que su fuerza fluya hacia ella. Pero también le da confianza para pararse sobre sus propios pies y asumir la responsabilidad por su vida. La niña se levanta y se desplaza de aquí para allá. Transita sus propios caminos. Se libera de las ataduras que inconscientemente su padre le había colocado (…)
Lo aquí descrito con palabras sencillas es con frecuencia un proceso doloroso. En el camino hacia la libertad aparecen una y otra vez deseos de amor y dedicación del padre, que quisieran retener a la joven en su avance por el propio camino. Por lo tanto, se la tienta a retornar a los brazos llenos de amor pero también atrapantes del padre. La sanación de la hija no se verifica sin su propia intervención. Ella misma debe dar los pasos que la llevarán hacia la vida.
De la mano de Jesús la hija celebra la resurrección. Marcos emplea a tal fin las dos palabras con las cuales también describe la resurrección de Jesús: egeire significa “levántate” y aneste significa “ella se levantó”. Ella se levanta porque Jesús le da la mano y le habla. En la palabra de Jesús ella recibe la fuerza sanadora de Dios. Con esta fuerza ella puede levantarse por sí misma y ser ella misma. La hija no adquiere dependencia de Jesús como si fuera su terapeuta. Tampoco lo toma como padre sustituto. Jesús despierta en ella el valor de ser ella misma.
Jesús imparte dos órdenes más para completar la sanación. Por un lado está la orden que no le cuente a nadie de su sanación. Nadie debe enterarse de ella. La hija necesita un ámbito protector de silencio.
Por último, Jesús le recomienda a la gente dar de comer a la niña. Es menester fortalecer su vitalidad. Ella debe disfrutar (…) su propia vitalidad. Ella necesita el permiso de Jesús, inclusive su orden, para animarse a satisfacer sus necesidades vitales. Ahora puede ocuparse de sí misma y de su cuerpo. Dejar de preguntar constantemente si realmente puede disfrutar una buena comida. Pero la orden de darle de comer a la niña no se refiere exclusivamente al goce. La hija debe aprender a alimentarse por sí misma, a ser padre y madre para ella misma. Ella debe preocuparse por sí misma y ver que su cuerpo y su alma encuentren el alimento que necesitan para ser totalmente ella misma. Al alimentar a su cuerpo, se encariñará con él. Ella tiene el derecho de sentirse a gusto en su cuerpo como mujer y alegrarse de ser mujer.
Cfr. Sanación del alma
El “sueño de transformación”
Una vez que atendió al padre, Jesús se dirige a la niña. A la gente que llora en voz alta la muerte de la niña les responde: “¿Por qué gritáis y lloráis? La niña no ha muerto, sólo duerme” (Mc 5,39). Sólo murió en su antiguo rol de niña… Debió soltar la atadura con el padre. Y esto sólo se verifica a través de la muerte… Hacia afuera es una muerte, sin embargo hacia adentro es un sueño de transformación… La hija suelta al padre. Ella suelta aquello a lo cual se sostenía y aferraba hasta ahora. Y es que cuando el padre proyecta su temor dentro de la hija, surge un vínculo tan estrecho que la hija sólo puede liberarse de él a través de la muerte, a través de una muerte psíquica, al fallecer a su antigua identidad de “hijita del padre“.
El padre (…) a veces toma a su hija como compañera espiritual. Con ella comenta los libros que lee. Con ella va a los conciertos porque su esposa no muestra interés alguno en ellos. La trata como a una amiga, como una interlocutora en igualdad de derechos. Ella le presta gustosa su oído. Con ella puede compartir sus ideas. A ella puede moldearla como la mujer de sus sueños (…) Nace entonces un vínculo estrecho. La hija sólo puede liberarse de este vínculo cuando abandona este papel… A veces sucede que esta muerte a la antigua identidad tiene lugar a través de una prolongada separación del padre. Pero no es suficiente con una separación exterior, también debe llevarse a cabo en el alma. De lo contrario, el padre continúa determinando interiormente a la hija y no le permite encontrarse a sí misma. A menudo las hijas de este tipo de padres son incapaces de llegar a una sana relación con un hombre. No encuentran ningún compañero que alcance a su padre. Siempre tienen algo que objetar. Entonces permanecen solas. En algún momento se sienten en consecuencia usadas y estafadas en su vida.
La hija de Jairo tiene doce años de edad. En aquella época era la edad en que las jóvenes eran casaderas en Israel. Evidentemente la hija no puede crecer. Quizás es la atención excesiva del padre la que la obstaculiza en su crecimiento. O los ideales religiosos de pureza que llevan a la hija a temer su propia sexualidad. Quizás sea también el deseo inconsciente del padre que impide a la hija ser adulta, ya que el padre no quisiera perderla como compañera. Él siente temor a que ella elija otro hombre. Entonces inconscientemente la vincula a él y la torna incapaz de desarrollar su propia identidad.
Eugen D. compara, en su interpretación de esta historia, la situación de la hija con la de una anoréxica (…) En la anorexia la niña rechaza convertirse en mujer. Y en la anorexia se esconde un deseo de muerte. Este deseo de muerte no está únicamente dirigido contra sí misma sino también en última instancia contra el padre. La hija actúa en sí misma lo que realmente quisiera decirle a su padre: que se muera para que finalmente pueda vivir ella. Pero no se anima a dejar que su deseo llegue a su consciente porque significarían sentimientos de culpa imposibles de superar. Por temor a los sentimientos de culpa dirige la agresión contra ella misma y se castiga por sus propios deseos de muerte frente al padre, dejándose morir lentamente de hambre. Para Eugen D. se demuestra “que la anorexia es casi siempre una protesta frente a cierta forma de indulgencia y atención excesivas, contra la cual no es posible resistirse en una discusión abierta sin fuertes sentimientos de culpa” (Drewermann, TuE II, 300). Para algunas jóvenes mujeres, la anorexia se convierte en el único camino para liberarse de la omnipotencia del padre. Por haber sufrido bajo su poder, dejan al padre padecer su desamparo y debilidad. Inconscientemente se satisfacen con el pánico que llega a sentir el padre.
En su debilidad, Jairo corrió hacia Jesús y se echó a sus pies. Se mostró totalmente en su desesperación y desamparo, y reconoció que sólo otro podría ayudar allí.
Cfr. Sanación del alma
“El miedo” del padre
Cuando los amigos del jefe de la sinagoga vienen y le avisan que la niña ha muerto, que no tiene sentido molestar a Jesús, Él exhorta al padre: “¡No temas, sólo cree!” (Mc 5,36). En estas pocas palabras se manifiesta cómo Jesús comprende de inmediato el estado interior del hombre… Percibe el temor del padre como el problema propiamente dicho. La herida paterna propiamente dicha radica para la hija en el temor del padre.
El padre quiere controlar porque tiene temor. Por temor reprime la sexualidad de su hija. Por temor a su convertirse en mujer le impide desarrollar su propia identidad. Jesús reconoce intuitivamente la problemática más profunda de este hombre. Y lo recoge allí donde está atrapado dentro de sí mismo y de su temor. Dado que Jesús comprende al hombre, puede liberarlo de su vínculo temeroso con la hija y colocarlo sobre sus propios pies.
Muchos padres reconocen actualmente el problema del temor frente a sus hijas. (…) En el temor en torno a la hija, el padre manifiesta su propio temor. En última instancia siente temor frente a sí mismo: frente a su sexualidad, frente a las mujeres a quienes no comprende, frente al fracaso, frente a las propias necesidades y deseos, frente al caos en su alma. Cuanto más quiera proteger a su hija frente a los errores a causa del temor, tanto mayor será el peligro de que la induzca a caer precisamente en esos errores. Aquello que el padre quiere evitar por todos los medios, lo provoca en su hija. Cada vez está más contagiada de su temor. Inclusive, una vez fallecido el padre, el temor del padre puede continuar turbando la memoria de la hija. El temor se convierte en un demonio que se afianza dentro del alma de la hija.
Jesús atiende en primer término al padre. Lo libera de su fijación temerosa a la hija. Lo suelta de la desastrosa opresión que lo daña tanto a él como a la hija. Lo coloca sobre sus propios pies para que pueda desempeñar libre y confiadamente su rol de padre. Jesús se niega a atribuir al padre la culpa por la enfermedad de su hija. Él libera la maraña estrecha entre el padre y la hija para que ambos puedan ser ellos mismos. En ello consiste la salvación para Jesús. Una vez liberada la opresión, padre e hija pueden restablecerse y ser íntegros.
El primer paso de la terapia de Jesús consiste en permitirle al padre observar su temor. Él no lo juzga por su temor. Pero sólo al observar su temor podrá distanciarse de él. En muchos hombres existe un temor primitivo ante las mujeres, temor que lleva al hombre a desvalorizar a la mujer y querer dominarla.
El segundo paso terapéutico de Jesús consiste en su exhortación: “¡Simplemente ten fe!” Jairo debe confiar en que su hija, más allá de todas las crisis, encuentre su propio camino. Él no debe preocuparse temeroso por la niña y obstaculizarla así en su vida. Cuanto más ata a la niña a su temor, tanto menos puede vivir. Él debe crear un ámbito de confianza en el cual la niña pueda florecer. Tener fe significa soltar a su hija y confiarla a otro, en última instancia a Dios. Él no es responsable por todo lo que crece dentro de su hija. Dios le envía a sus ángeles. Éste es motivo suficiente para dejar a su hija en manos de los ángeles en lugar de colocarla en el corsé que creó para ella.
El término griego pisteuein no significa únicamente tener fe y soltar sino también “estar firme, afianzarse en Dios“. Jesús invita al padre a obtener su propia estabilidad, a estar en Dios. Cuando el padre tenga paz en sí mismo, también tendrá fe en su hija y le confiará algo a ella. Confiar tiene relación con firmeza. El padre que confía a la hija le confiere una posición firme, un fundamento sólido sobre el cual sostenerse. De tal modo ya no tiene necesidad de atarla a él o controlarla. Quien tiene paz en sí mismo como hombre, también permite a la mujer ser totalmente ella misma. Él se alegra de la naturaleza distinta de la mujer y confía en su desarrollo acorde a su ser.
Cfr. Sanación del alma