es_tu_dia

Just another WordPress.com weblog

La creación (comentario)

leave a comment »

Comentario al caso sobre la Creación:


La primera cuestión que surge con este caso es precisamente su tema: ¿trata este caso sobre la Creación, o del hombre? La Creación abarca todo el universo creado. Por encima del ser humano están los ángeles, pero de estos nos ocuparemos en el próximo caso. Por debajo están los seres irracionales, pero éstos no presentan problema alguno, salvo en su relación con el hombre. Por eso, este caso está centrado en el hombre.

La conferenciante no se refiere a Dios ni a si el mundo es creado o no por Él, pero implícitamente lo niega. Tal como lo concibe, en su visión del universo Dios no tiene cabida. Si volvemos al primer caso, vemos que la agnóstica Bárbara dice que el orden del universo “puede deberse a Dios, o puede deberse al azar, o a otra cosa”. Esta conferenciante, afirmando lo segundo, niega implícitamente lo primero. Para ella la explicación última está en la materia. La materia no es inteligente, y por tanto su evolución no obedece a un plan, sino al azar. La materia en sí misma es uniforme, y sólo varía en cantidad y extensión: de ahí que los cambios queden reducidos a puras combinaciones “de lo mismo”. Y eso nos da lo que para ella es la clave del universo: la “combinatoria del azar”.

¿No cabe por tanto admitir la evolución? Sí que cabe, pero el cristianismo ve, más allá de las leyes de la evolución —que corresponde a la ciencia investigar, y sobre lo que hoy por hoy hay muchas incógnitas por despejar— el plan creador, más perfecto en cuanto incluye en los seres vivos un dinamismo perfeccionador. Desde la perspectiva cristiana, lo que sucede es que la evolución sin Dios sería un absurdo, pues de lo inferior, por sí sólo, no puede salir lo superior: nadie da lo que no tiene.

Pero la evolución tiene un límite: el espíritu. Éste no puede salir de la materia, sino sólo de un acto creador de Dios. Por eso, en el hombre, aunque el componente material puede ser resultado de una evolución, no lo puede ser el componente espiritual, el alma. De ahí que negar a Dios conduce a negar el alma espiritual. ¿Qué sería entonces el hombre? Un animal más, que sólo se distinguiría del resto por haber evolucionado más deprisa. Esto es lo que piensa la conferenciante. Decir que es la especie más evolucionada puede no ser concluyente en este sentido, pero queda claro cuando afirma que el comportamiento humano viene determinado por su “dotación instintiva”: puro instinto, que, por ser lo único determinante, no deja sitio para la inteligencia y la voluntad, ni siquiera para la propiedad fundamental de la voluntad: la libertad. Es una curiosa liberación la que apoya esta mujer, que nos rebaja al nivel de los animales: puro instinto, y determinado, sin libertad. Por eso dice que propiamente no hay culpables de la “injusticia” (otro concepto que indirectamente excluye a Dios: si el creador es Dios, difícilmente se puede concebir un Dios “injusto”): para que exista culpa debe haber libertad.

Aquí radica la principal contradicción de la conferenciante, que se pone de manifiesto en la primera de las intervenciones que se mencionan. Si todo es una línea evolutiva ciega, y el comportamiento mera función del instinto, no hay cabida para proponerse cambiar nada. Ni siquiera tendría sentido intentar convencer —la conferencia misma—, pues sólo cabe dejarse llevar. Tampoco tendría sentido hablar de “derechos”. Sólo los tienen las personas, los seres con inteligencia y voluntad, que tienen un valor en sí mismos. Los animales no tienen derechos —por mucho que algunos se empeñen en concedérselos, al menos en algunos casos—y en el mundo animal el individuo se subordina completamente a la especie. Es lo mismo que ha sucedido en las sociedades que han pretendido hacer un “paraíso” partiendo de una ideología que sólo veía en el hombre a una especie más evolucionada que otras: en nombre de “la utopía” han sacrificado muchas vidas. El marxismo ha sido un claro ejemplo de ello.

Lo que dice Miriam a Paz en el último párrafo es muy sensato, y nos pone en contacto con un tema que va cobrando una creciente importancia: la ecología. En un sentido amplio, significa respeto a la naturaleza. El hombre es el rey de la Creación. Es el dueño del mundo. Pero eso no significa que sea el dueño absoluto del universo. En primer lugar, no llega a abarcarlo, por mucho que cada vez sepa más de él y amplíe su dominio. En segundo lugar, debe cuidar de él, respetando su naturaleza. No se trata sólo de pensar que hay que legar a las generaciones futuras un lugar habitable. Hay que pensar también que la naturaleza misma se resiste a ser cambiada: cada vez que se intenta, no sale una naturaleza nueva, sino una degeneración de la que había. Esto debe hacer pensar al hombre, que debe verse como un administrador de la naturaleza, situación que remite a un Dueño que nos la ha dado. La ecología, bien entendida, conduce a aceptar un Dios Creador.

Pero el “homo sapiens”, a diferencia de los animales, no siempre escarmienta. Cuando pretender sustituir a la naturaleza por la técnica —cosa distinta de desarrollar la técnica cuidando la naturaleza— está mostrando su fracaso en el mundo, hay quien quiere repetir la experiencia con el hombre mismo, quizá pensando en que ese tipo de experimentos “no contaminan”. La conferenciante no lo disimula: quiere cambiar la naturaleza humana. Y deja entrever que uno de los aspectos de la naturaleza que quiere cambiar es la sexualidad misma: quiere eliminar la diferencia sexual. Aciertan las amigas de Paz en comparar esta pretensión con la historia de Frankestein: un producto fantástico inventado en el siglo pasado, cuando el descubrimiento de la electricidad podía hacer pensar que serviría para fabricar una especie de “superhombre”. El resultado fue un monstruo. La conferenciante también pretende fabricar —el medio propuesto lo confirma: ingeniería genética— un “nuevo” ser humano. Si se le hiciera caso, se harían monstruosidades, y saldrían monstruos.

Hay por tanto también una ecología humana. La misma ley natural es ecología humana: pide al hombre que se comporte respetando su misma naturaleza. Y esta ecología humana proporciona fundamentos para entender correctamente el feminismo. La naturaleza misma nos enseña la igualdad hombre—mujer en dignidad y derechos. Pero también enseña que hay una diversidad sexual por naturaleza. Y, para lograr plenamente lo primero, el camino no pasa por pretender ignorar lo segundo, y menos aún por pretender cambiarlo. Bien lo entienden las amigas de Paz cuando consideran la maternidad como una riqueza —para la conferenciante era sólo una carga—, y su sustitución por una fabricación como una aberración. Quieren hacerse valer como son, y es ése el auténtico feminismo: hacerse valer como mujeres, y no en la medida en que dejen de serlo, en su comportamiento, su actitud y su misma naturaleza, complementaria —o sea, con riquezas propias— de la del varón.

El caso debe servir también para aprender a no dejarse deslumbrar por quienes se presentan con un cuidado atuendo de intelectualidad, porque a veces lo que se esconde tras toda esa apariencia puede ser… una monstruosidad.

Anuncios

Written by rsanzcarrera

octubre 12, 2007 a 3:06 pm

Publicado en Catequesis

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: