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La naturaleza de Dios (comentario)

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Comentario al caso sobre la naturaleza de Dios

 

Los misterios de la fe suelen aparecer como algo paradójico: incluyen dos aspectos que a primera vista son inconciliables entre sí. Quizá el caso más notable es el que se estudiará en el próximo caso. Pero lo mismo sucede con el conocimiento de Dios. Dios trasciende el universo, pero a la vez está en la profundidad más íntima de cada ser; Dios es infinitamente justo, pero también es infinitamente misericordioso; conocemos atributos de Dios —que es la suma bondad, la suma sabiduría, la suma vida, etc.—, pero a la vez no conocemos la naturaleza divina.

 

La tentación más fácil —y muy frecuente en la historia— es intentar resolver el problema eliminando uno de los términos. Es lo que hace el conferenciante. “Se queda” con la trascendencia, y pierde así el contacto con las criaturas, que es la vía por la que nuestro conocimiento puede ascender a Dios. El resultado es que, como bien ve el que le formula la objeción, al no poder ascender a Dios no podemos decir siquiera que existe. Esta posición tiene un nombre, “teología negativa”, que es de procedencia protestante. Esta manera de proceder puede dar una solución al problema que en un momento dado se esté considerando —así sucede con José Luis—, pero su desarrollo conduce a un callejón sin salida, como intuye acertadamente el protagonista del caso. Y no sirve de nada aquí que el conferenciante recurra a metáforas o signos: éstos se pueden emplear sólo cuando se sabe de antemano a qué se refieren.

 

La verdadera solución está en tomar todos los aspectos y mostrar que la contradicción es aparente. Lo primero nos lo proporciona la fe. Lo segundo es tarea de la teología. La fe nos señala desde el principio que estamos tratando de un misterio —en este caso, no es difícil comprender que sólo el entendimiento divino es capaz de conocer plenamente a Dios: un Dios que cupiera en nuestra cabeza sería un dios limitado, no sería Dios—: por lo tanto, es algo que “nos supera”. La teología muestra lo que sabemos a pesar de nuestra limitación, y resuelve las aparentes contradicciones; no es un asunto fácil si se quiere hacer con rigor, y por lo tanto requiere estudio. Y como el amor propio humano es reacio a admitir limitaciones, y siempre existen tentaciones de simplificar las cosas para hacerlas asequibles —lo malo es que a costa de la verdad—, es necesaria una rectitud y sencillez que difícilmente se obtiene sin rezar. De ahí la necesidad de una vida de piedad (que, además, gracias a los dones del Espíritu Santo va proporcionando un cierto conocimiento “connatural” de Dios). Esto explica la contestación del sacerdote, muy acertada, que parece desconcertar a José Luis.

 

La gran paradoja es que podemos decir que conocemos la esencia divina, y que no la conocemos, y ambas cosas son ciertas. Ya ha sido dicho que la solución no está en suprimir una de las dos afirmaciones. Tampoco en admitir una contradicción: sería admitir el absurdo. En resumidas cuentas, está en decir que sabemos el qué pero no el cómo. Conocemos que una serie de perfecciones son propias de Dios (en términos técnicos, las unidas al ser, no a la condición material de éste; p.ej., se le puede atribuir la bondad o la belleza, pero no la velocidad), por ser el Ser Supremo, causa de los demás seres. Cuando se hace algo se da de lo que se tiene, y por eso lo causado siempre dice algo de la causa. En el caso de Dios, lo causado es el ser, que abarca toda otra perfección. Por eso podemos decir que las criaturas participan del Ser de Dios, con sus perfecciones. Pero sólo conocemos esas perfecciones en las criaturas. Sabemos que en Dios están en grado supremo, pero no tenemos idea de cómo es cualquiera de esas perfecciones.

 

La misma solución, aunque con matices propios, tiene el problema del mal. Desde siempre el sufrimiento y el mal han sido “piedras de escándalo”: han puesto a las personas crudamente frente al sentido de la vida, y han acercado a los hombres a Dios, o los han alejado de Él. Han creado santos y apóstatas. Pero la única respuesta válida viene de la fe. Los matices propios vienen del hecho de que entra en juego una historia: la historia de la humanidad. Al principio de la creación sí que existía ese mundo sin dolor: el paraíso. Pero el pecado del hombre alteró todo: la muerte, el dolor, el desorden, vinieron como castigo; y vinieron por esa inclinación al pecado que produjo, que hace que los seres humanos se causen daño unos a otros. ¿Y por qué no eliminó Jesucristo todos esos males? Pues no lo quiso hacer porque, uniéndolos a su Obra Redentora, sacó de ellos bienes mayores y una mayor gloria eterna para el hombre al permitirle asociarse a su sufrimiento redentor. Sólo la fe, el sentido trascendente de la vida —la definitiva es la eterna—, y la buena voluntad hacen posible conocer esto, aceptarlo e incluso quererlo. Es uno de los más importantes “secretos” del cristianismo, uno de los pilares de la vida cristiana. Y permite ver, a través de ese sufrimiento —otra vez la paradoja— la inmensa bondad de Dios. Efectivamente, no es católico —ni cristiano— el llamado “deísmo” que piensa en un Dios que se ha desentendido del mundo.

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Written by rsanzcarrera

octubre 12, 2007 a 2:42 pm

Publicado en Catequesis

Una respuesta

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  1. La verdad, un texto con muchas luces a un tema tan complicado.

    Mimi

    marzo 11, 2008 at 2:27 pm


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