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Jesucristo (caso)

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Exposición del caso sobre Jesucristo:

Al poco de cumplir 16 años, Javier vio cómo todo se le venía abajo. Su padre, a quien él veía como un próspero hombre de negocios, era encarcelado a raíz de una sentencia por múltiple fraude; se enteró de repente, pues le habían estado ocultando el procedimiento judicial. Para resarcir a los acreedores, habían embargado sus pertenencias. De la amplia casa céntrica donde vivían, tuvo que trasladarse con su madre —era hijo único— a un apartamento pequeño de alquiler en una barriada periférica. Cambió de repente el colegio privado donde estudiaba por un instituto en la nueva zona; lo motivaba la imposibilidad de pagar el colegio, pero hubiera cambiado de todos modos a otro centro docente donde él no fuera conocido, ni, por lo tanto, su situación. Se les cerraron las puertas de sus familiares, y, sin ayuda, su madre tuvo que trabajar en lo que podía encontrar para salir adelante. A Javier, el nuevo ambiente escolar se le antojaba hostil, y se sentía abatido y solo.

En esta situación, al abrir el buzón de su nueva casa, Javier encontró una revista. Se titulaba “Camino, verdad y vida”. Era poco frecuente encontrar en el buzón algo distinto a alguna hoja publicitaria, y Javier lo leyó con avidez. Desde el principio se veía que era de carácter religioso. En los artículos, fueran comentarios de actualidad o reflexiones, la conclusión era que siguiendo a Jesucristo y haciendo caso del Evangelio se transformaba para bien la persona y la sociedad. Javier se dio cuenta de que no parecía proceder de ninguna institución católica, pero no contradecía lo que le habían enseñado siempre. Invitaban a asistir a un “oficio religioso” el sábado por la tarde, y la dirección que daban resultó estar cerca de su nueva casa. Sin nada pensado que hacer el sábado, y con una mezcla de curiosidad y ganas de “probar a ver”, decidió asistir.

El lugar era un templo nuevo, puesto con gusto. En el oficio había oraciones, cánticos, alguna lectura y un sermón más bien largo. Al acabar, se invitaba a los asistentes —no llegaban a cincuenta— a una cena. Javier entró en la sala donde tenía lugar la cena —con varias mesas, alrededor de las que se cenaba de pie, aunque había algún asiento— tímidamente. Enseguida se fijó en él el predicador, que con mucha simpatía le saludó y se interesó por él. Le fue presentando a otras personas, que respondieron amablemente. Le presentó a un chico, de quien dijo que había dejado la droga “al encontrar el verdadero camino”, a lo que él asintió. También presentó a una chica de la que dijo que por el mismo motivo “había dejado su mala vida”. Se quedó hablando con los dos. Al final, el predicador le preguntó si volvería. Javier contestó que si era incompatible con acompañar a su madre a Misa el domingo. Cuando le respondió que no había reparo en ello, él se comprometió a volver.

Al cabo de varias semanas de asistencia, Javier fue invitado a un “curso sobre el Evangelio” y aceptó. Participaban cinco personas. Les dieron un pequeño libro con los cuatro evangelios, y varios folletos. En las clases se empezaron a oír comentarios despectivos sobre “la superstición católica”, y en particular sobre la Eucaristía, a la que calificaban de “rito mágico”. Javier puso cara de pocos amigos, y cuando acabó la clase, el que la impartía le pidió que se quedara. Así lo hizo, y le preguntó qué pensaba de lo que había oído. Javier le dijo que lo que había aprendido siempre era que si Jesucristo era Dios podía hacer esas cosas. La réplica, en tono muy amable, consistió en decirle que había vivido engañado. Le fue leyendo varias citas del Evangelio, en las que se decía que Jesús iba creciendo en sabiduría, o en las que Jesús mismo decía que “no sabía el día ni la hora” del juicio final, que el Padre era mayor que Él, o el pasaje de la Cruz en el que dice “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” —”Y además —prosiguió—, mira a ver si encuentras un solo pasaje del Evangelio en el que Jesús diga que es Dios. Con todo esto, puedes tú juzgar por ti mismo”. En los días siguientes, Javier, en una Biblia de la biblioteca de su instituto, comprobó los pasajes citados, que coincidían. Leyó los evangelios en busca del pasaje en el que Jesucristo dijera que es Dios, pero no lo encontró. Repasó el texto de religión de 1º de bachillerato que allí se utilizaba, pero lo encontró bastante ambiguo.

Volvió la siguiente semana a la clase, y, como esperaba, le preguntó por el asunto pendiente. Javier le dio la razón, y, nervioso, le preguntó si tenía que dejar de ir a Misa. Le contestó que “no se puede servir a dos señores”, y que eligiera. A Javier no le hacía gracia ese paso, pero no tenía argumentos, y en ese momento se podía decir que los dos únicos amigos que tenía eran los jóvenes que había conocido en su primera cena tras el oficio, con los que se veía a menudo. Por eso manifestó que seguía, y, efectivamente, dejó de ir a Misa. A la vez, le empezaron a dar varios folletos dedicados a criticar la fe católica. Sobre Jesucristo, se decía que habían corrompido la fe primitiva con filosofías griegas, que se perdían en sutilezas inútiles con conceptos como “naturaleza” y “persona” (lo ponía también en griego: “físis” y “prósopon”), con distinciones totalmente ajenas a la Biblia y que contradecían el más elemental sentido común, que decía que no se podía ser Dios y hombre a la vez. Como ejemplo de “fábula” proponía el pasaje de la Anunciación: donde sólo se decía que una doncella tendría una particular ayuda del espíritu divino, los católicos habían inventado toda una leyenda de concepciones virginales, y eso que en el mismo evangelio se dice quién era el marido de esa mujer. Javier no se sentía tranquilo al leer eso, pero por otra parte le parecía razonable, y cuando decía lo que sentía en el local donde acudía le respondían que eso era normal que sucediera, y se le pasaría pronto.

La madre de Javier era ajena a todo este proceso. Cuando dejó de ir a Misa, lo atribuyó a la dejadez de la edad; ella misma, anteriormente, lo había descuidado algunas temporadas. Había sido una mujer bastante mundana, pero en su nueva situación había resurgido la devoción a la Virgen que le enseñó su madre y que había tenido de pequeña. Un día, pensó en enmarcar una estampa de la Virgen y ponerla en la habitación de Javier. Lo hizo, pero al poco desapareció. Preguntó a su hijo qué había hecho con ella, y, en un arranque, Javier le dijo altivamente que no quería ídolos en su cuarto, añadiendo que “la han convertido en una diosa, y no es más que una mujer como cualquier otra”. Oyendo aquello, la señora se alarmó. No dijo nada, pero, en ausencia de Javier, rebuscó por su habitación hasta encontrar los folletos que estaba leyendo su hijo. Esa noche, después de cenar, se sentó con Javier. —”Ahora me lo vas a contar todo”, le dijo. —”No tengo nada que contar”. —”Sí, sí que tienes” —replicó, mientras sacaba los folletos que había encontrado—. Javier se vio sin escape, y acabó por contarle toda la historia a su madre. Al acabar, esperaba una bronca, pero no fue así. Su madre se puso a llorar. Empezó a decir que ella tenía la culpa de todo, porque no había sabido educar a su hijo; que lo que había pasado con su marido era culpa suya, porque sólo pensaba en gastar y en gastar, y era ella la que no le había dejado en paz diciéndole que sacara dinero de donde fuera; que ahora iba a perder a su hijo también por su culpa, por no haberle dado un buen ejemplo y educación; y que era un fracaso completo, como mujer, como madre y como cristiana. Javier no sabía qué decir, pero esa escena motivó que tuviera confianza para hablar con su madre. Poco a poco, ésta le fue explicando cómo estaba poco preparado para defender su fe, cómo se iba aislando de todo lo que no fuera esa secta —o le iban aislando—, y, sobre todo, cómo en el fondo lo que pretendían era que la fe que se debe a la Iglesia que fundó Jesucristo pasara a dársela al que había fundado ese grupo que, consciente o inconscientemente, se ponía por encima del mismísimo Jesucristo.

Tras reflexionar un poco personalmente sobre el caso y para formarte en este punto puede venir bien leerte lo siguiente:

 

Y finalmente para no alargarnos más en este artículo lee cuando puedas y con calma el siguiente comentario al caso sobre Jesucristo (pinchando en este enlace) y me dices tu opinión: ¡Animo!

 

Written by rsanzcarrera

octubre 16, 2007 a 5:58 pm

Publicado en Catequesis

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