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La Redención (caso)

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Exposición del caso sobre la Redención (Pasión, Resurrección y Ascensión):

Marisol, a sus 16 años, es una chica que parece más preocupada por las injusticias que hay en el mundo que por cumplir sus propios deberes. Tiene un carácter exaltado, que se convierte en bastante explosivo cuando la regañan y piensa que es injusto. Esto no quiere decir que sea egoísta: sale también apasionadamente en defensa de los demás cuando le parece que han sido injustamente tratados. Sus padres han trabajado mucho para sacar la familia adelante, y están agotados. Marisol no parece darse cuenta de ello: más bien los valora como personas conformistas y apáticas, sin personalidad. En cambio, ve como todo lo contrario a su profesora de Historia del instituto. Tiene ésta la misma edad que su madre y es soltera. Explicando su materia solía hablar con bastante énfasis de la opresión de las clases trabajadoras, y con frecuencia se desviaba del tema y, en un tono propio de mitin, hablaba de los marginados y los oprimidos, echando en cara al alumnado su individualismo y falta de compromiso con los desfavorecidos. Por eso sus alumnos le habían puesto un mote: “la pasionaria”.

A Marisol le parecía injusta esta situación, y desde el principio se puso al lado de la profesora. Más aún, la simpatía pasó pronto a convertirse en admiración: la veía como una inconformista a favor de una causa justa, y que era capaz de luchar contra todo el mundo por lo que veía justo. En una palabra, la idealizó. Con cualquier motivo, buscaba su trato. Empezó preguntándole dudas a la salida de clase, y siguió con conversaciones en la cafetería de la esquina más próxima al instituto.

La profesora se convirtió en confidente de Marisol, y a su vez contaba a ésta cosas de su vida; impulsaba varias asociaciones: una de “mujeres progresistas”, una “comunidad de base” de “cristianos comprometidos”, y alguna otra. En una ocasión, hablando de esto, empezó a explicarle que la Iglesia jerárquica se había, más que aliado, fundido con “el sistema”, y habían acaparado el Evangelio para ponerlo a su servicio. Y que ella no podía seguir en una vida de “sumisión al sistema”, que la anulaba: la “alienaba”, llegó a decir. “¿Y qué quiere decir «acaparar el Evangelio»?” La respuesta a esta pregunta de Marisol fue otra explicación sobre la forma de ver la figura de Jesucristo, y la necesidad de una “relectura” del Evangelio, pues la existente proyectaba sobre un hipotético más allá todo el mensaje salvador de Jesucristo, haciendo por tanto a la gente resignada y conformista con su explotación, y poniendo por tanto la doctrina al servicio del dominio, de la “explotación del hombre sobre el hombre”. —”¿Te interesa todo esto?”, preguntó al final. —”Pues…sí”. —”Si quieres, te traigo algo para leer, que lo explica bien”. —”Bueno”.

Al cabo de dos días le trajo un par de folletos, de una colección denominada “El hombre emancipado”. El primero se titulaba “Para poner en libertad a los oprimidos”, palabras tomadas del evangelio de San Lucas —capítulo 4º, versículo 18, para ser exactos—. Intentaba explicar cómo en los evangelios, si se los depuraba de figuras retóricas y “proyecciones” de la comunidad primitiva de creyentes, se podía ver que Jesús fue un inconformista, que desafió a los poderes establecidos en su época, que vino a establecer un “reino de paz y justicia”, donde los hombres vivirían como hermanos, compartirían sus pertenencias, y una vez conseguido esto duraría indefinidamente. Para ello vivió, y por ello dio su vida, pues la “oligarquía dominante” no podía soportar ese mensaje y lo condenó a muerte, precisamente con un suplicio reservado a los esclavos y los que se levantaban “contra el sistema”. Seguía diciendo que fue un hombre de “ideas extraordinariamente avanzadas para su época”, y por eso entonces sólo fue parcialmente comprendido. En consecuencia, e influidos por las ideas de la época, proyectaron su recuerdo y su doctrina, vivos en sus corazones, como una resurrección, y su esperanza en un mundo nuevo como una ascensión al cielo.

El segundo folleto se titulaba “Un programa de liberación”. Pasaba revista a toda una serie de males de los que el hombre debía ser liberado: hambre, guerra, marginación, paro, etc. Explicaba que todo ello podía resumirse en liberación de la pobreza, el dolor y la desigualdad. Y señalaba que un cristiano auténtico no podía desentenderse de la lucha comprometida por la liberación, como lo había hecho Jesucristo. Invitaba a no dejarse llevar por ideologías “reaccionarias” o “inmovilistas”, ni por “teologías al servicio del poder”, y comprometerse activamente con movimientos “progresistas” y “colectivos que promueven la igualdad”.

A Marisol todo esto le parecía un tanto desconcertante, pero, viniendo de quien venía, pensaba: “¿y por qué no?” Se iba abriendo paso la idea de que a lo mejor tenía razón; además, ella sí luchaba por los demás, a diferencia del resto, que sólo iban a lo suyo.

Estando así las cosas, un día, de nuevo en la cafetería, la profesora anunció a Marisol que se iba: había pedido traslado a otro instituto, y se lo acababan de conceder. —”¿Pero por qué?”, preguntó Marisol, visiblemente afectada. —”Estoy cansada. No reacciona nadie, van a lo suyo. Es… como predicar en el desierto. Ya no puedo más. No sé si lo comprenderás”. Marisol pensaba que sí, que sí podía comprenderlo.

Días después de la partida de la profesora, Marisol comentaba con una amiga que le daba pena. —”¿Por qué?”, replicó. Como respuesta, le contó el diálogo de despedida. —”¡Pero tú eres tonta!”, dijo su amiga. —”¿Cómo que tonta?” —”¿Pero qué pasa? ¿Eres la única de todo el instituto que no se ha enterado?” —”¿Que no se ha enterado de qué?” —”De que hace unos meses se fue a vivir con ella el marido de “la Chelo” (era otra profesora del instituto, aunque no les daba clase a ellas), y no le dirigía la palabra ningún profesor; y ahí está la pobre, con tres niños pequeños.” —”¡Eso no es verdad!”. —”¿Que no es verdad? Pues hija, entérate, pregunta a cualquiera. Mira, y perdona que te lo diga, eres de esas idealistas que acaban en las nubes y dejan de pisar en el suelo. Y si quieres hacer algo por los pobres, acompáñame el sábado por la mañana”. —”No puede ser…”. —”Mira, hacemos una cosa: si resulta que es verdad, me acompañas; y si no, me mandas a paseo, ¿vale?” Marisol acabó aceptando la propuesta.

Resultó que era verdad. Marisol no tenía ganas de cumplir lo pactado, pero era fiel a su palabra, y acudió. Fueron a un comedor para pobres regentado por unas monjas. Trabajaron bastante, ayudando en lo que podían. Marisol se iba dando cuenta de lo alegres que estaban aquellas religiosas, a pesar de lo cansada y poco atractiva que parecía su vida. Cuando acabaron —bastante agotadas—, Marisol quiso hablar con los dos que les agradecieron su colaboración. —”¿Pero no se cansan ustedes de esto?”, preguntó. —”Bueno, un poquito sí, pero no es gran cosa al lado de lo que sufrió el Señor por nosotros”, contestó una, señalando un crucifijo. —”¿Pero se puede aguantar así toda la vida?” —”Si no fuera porque tenemos a Jesús con nosotras…”, contestó, señalando la puerta de la capilla. —”¿Jesús?” —”Sí, ¿no es bonito que el mismo Jesús que murió por nosotros, resucitó y está en el cielo quiera venir a nuestro sagrario?” —”Sí…, claro”, respondió, un poco aturdida al darse cuenta de la firmeza de su fe; “pero, aquí no pueden cambiar las injusticias…” —”Nos gustaría poder hacer más, pero hacemos lo que podemos: ayudamos a los necesitados, procuramos llevarles la alegría de encontrar a Cristo, y despertamos la generosidad de personas como vosotras y otras que hacen donaciones; por ejemplo, todo lo que habéis servido provenía de donaciones”. Marisol salió pensativa, pensando en volver… y quién sabe… quizás también en quedarse.

Tras reflexionar un poco personalmente sobre el caso y para formarte en este punto puede venir bien leerte lo siguiente:

Y finalmente para no alargarnos más en este artículo lee cuando puedas y con calma el siguiente comentario al caso sobre la Redención (pinchando en este enlace) y me dices tu opinión: ¡Animo!

 

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Written by rsanzcarrera

octubre 16, 2007 a 6:06 pm

Publicado en Catequesis

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