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Afectividad y sexualidad (caso)

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Exposición del caso sobre la afectividad y sexualidad:

Juan tiene 15 años, y es el segundo de tres hermanos. La mayor es una chica, Paz, que tan sólo le lleva año y medio en edad. Aparentemente no se llevaban demasiado bien, pero la realidad era algo distinta de las apariencias. Desde hacía algunos años, parecía que uno de las diversiones favoritas de Juan, sobre todo cuando se aburría, era hacer rabiar a su hermana, con procedimientos que iban variando según la edad. Últimamente el “argumento” favorito de Juan era “meterse” con las chicas y el mundillo femenino, sobre todo con las amigas de Paz, lo que solía provocar que ésta se enfadase, y acabaran a insultos. Sin embargo, un examen más atento revelaba que había afecto entre los dos. Daba la impresión de que reivindicaban el monopolio del enfrentamiento, pues cuando intervenían terceras personas siempre se defendían mutuamente, sobre todo si el otro o la otra no estaban presentes. Quien más lo notaba era su madre, que a veces quedaba desconcertada de que a solas parecieran el perro y el gato, pero si intentaba intervenir hacían frente común. Además, se ayudaban bastante. Paz era más brillante en los estudios, y explicaba cosas a Juan; éste era más habilidoso, y le arreglaba cosas a su hermana —desde la bicicleta hasta algún aparato eléctrico—, a la vez que también le explicaba a manejar algún programa de ordenador y le enseñaba a “navegar” por internet.
Además, a veces hablaban bastante. Ambos tenían cualidades que el otro admiraba, y, pese al aparente desprecio, Juan tenía cierta curiosidad por conocer la mentalidad con que las chicas enfocaban las cosas. No parecía ser recíproca esa curiosidad, pues Paz parecía conocer las cosas mejor, aunque alguna vez también se interesaba por algo.
Juan era consciente de estar en la “edad del pavo”. Pese a las protestas cuando se lo recordaba alguien de su familia, en el fondo le gustaba oírlo, aunque sólo fuera para llamar la atención y sentirse más mayor e independiente que antes. No podía decirse estrictamente que el “despertar sexual” le llegase con la adolescencia; ya antes había cierta curiosidad y cierto atractivo, espoleado en buena parte por un ambiente escolar bastante tosco al respecto. A sus doce años era frecuente, por ejemplo, que alguno que quería “dárselas de hombre” apareciera por el colegio con una revista pornográfica oculta, fingiendo una cierta resistencia a enseñarla a los demás cuando en realidad para eso la había llevado, y excitando así la curiosidad de los demás.
En su casa no parecía haber interés en enseñarle nada sobre estos temas. Aunque no pensaba en ello, intuía que el principal motivo era que había discrepancia entre sus padres. Su padre parecía tomárselo más a la ligera, pues cuando estaba sólo él presente era bastante menos estricto con la televisión que cuando también estaba su madre; también hablaba con más desenfado que ella, y alguna vez había oído cómo discrepaban en asuntos como las uniones no matrimoniales. Su padre pensaba que cada uno podía hacer lo que mejor le pareciera, mientras que a su madre eso le parecía “una barbaridad”. De todas formas, a Juan le parecía que su madre no era del todo congruente con su visión, por lo aficionada que era a las llamadas “revistas de corazón”. Había ojeado alguna a escondidas, sobre todo para fijarse en algún físico agraciado, pero a la vez albergaba un curioso desprecio por todo eso, que le parecía un mundo de cotilleo insustancial, y despreciaba a la mayoría de los personajes que allí aparecían. El desprecio se dirigía preferentemente a las mujeres, ya tenía la impresión de que eran idiotas que se dejaban engañar: “cuanto más guapas, más tontas”, pensaba.
De todas formas, con la llegada de la adolescencia cambiaron algunas cosas. De visita en casa de un amigo conoció a su hermana de 13 años. Estaba bastante crecida, aunque su mentalidad seguía siendo la de una chiquilla con bastante más interés en jugar con sus amigas que en salir con ningún chico. Pero, aparte de parecerle guapa, notó en aquella chica una cierta simpatía discreta e ingenua, además de buen tono y buen gusto. La idealizó, y empezó a soñar con ella. No se daba mucha cuenta, pero había una curiosa dicotomía en su interior. Cuando pensaba en esa chica, caía en una especie de amor platónico, espiritualizado y romántico. Cuando algún estímulo, interior o exterior, apelaba al instinto sexual, cambiaba la actitud, que era egoísta y dominadora; pero aquí lo que aparecían eran imágenes sacadas de cualquier mirada malintencionada, nunca la de “ella”.
La hermana de Juan, Paz, empezó a salir con un chico. Parecía tomárselo con ilusión. Más de una vez, al volver a casa después de estar juntos, a los diez minutos ya estaba llamándole por teléfono, y, como no paraba, sus padres tuvieron que intervenir para frenar lo que a su juicio iba a disparar la factura telefónica. Sin embargo, la ilusión pareció disminuir al cabo de unas semanas, y un día Paz llegó a casa visiblemente enfadada: había roto con el chico. Juan quiso enterarse de lo que había pasado, pero sus intentos fueron rechazados con brusquedad, aunque al final se le escapó a Paz, ya bastante alterada, algo así como que ya se lo había avisado una amiga suya, que “’eso buscan todos”, y que “son asquerosos”. Como primera reacción, Juan adoptó una reacción de indignación, más fingida que real. “¿Todos, eh? Pero vamos… con que ¡todos! ¡Es que no se salva ni uno! Claro, supongo que yo tampoco. ¡Venga, dime que soy asqueroso!”. “Tú sabrás lo que eres”, contestó Paz en tono cortante, y se metió en su habitación. Estaba claro que no quería discutir. Juan no le habría dado más importancia al incidente, salvo porque la oyó sollozar desde el pasillo. Entendió que ese chico sólo había querido aprovecharse de ella, divertirse a su costa. Luego pensó que él no era así: no trataría así a su soñado amor cuando saliera con ella. Además, pensó que tenía que disculparse; como era incierto lo que ocurriría si intentaba decir algo, escribió en un papelito “He estado borde. Perdona”, y lo pasó por la ranura de la habitación de su hermana.
No hubo contestación explícita por parte de Paz, pero empezó a sentirse más unida a su hermano. A la vez, hubo alguna circunstancia que despertó cierta admiración de Juan por su hermana. Su madre sufrió un día una caída y se fracturó la muñeca. Paz tuvo que suplirla en bastantes cosas, y parecía crecerse con esas tareas. Mostraba una abnegación y un cuidado de los detalles que no se había visto anteriormente. Juan admiraba en ella una madurez que él no tenía, o que todavía no tenía. No mucho después, invitaron un día a toda la familia a una boda de un pariente. Cuando, antes de salir, apareció ella con su traje nuevo y arreglada, Juan quedó deslumbrado. Normalmente Paz era bastante descuidada, sobre todo con el uniforme del colegio, pero parecía haber ganado varios años de repente, y parecía una mujer auténtica y auténticamente guapa. Con él pasaba al revés. Su hermana lo llamó, y Juan soportó estoicamente que le pusiera bien la raya del pelo y el nudo de la corbata, mientras le decía que iba hecho un desastre. En el banquete de boda, Juan notaba cómo su hermana se desenvolvía mejor que él, y con más elegancia; de hecho, empezaba a sentirse algo incómodo: sus padres le habían llamado la atención más de una vez por zafiedad en la mesa, se veía algo tímido y retraído, sobre todo con chicas, lo que no coincidía con sus fantasías y le daba cierta rabia. Al final, miraba con envidia a su hermana en el baile, mientras se quedaba en una esquina. Pasado un buen rato, ella se le acercó, y con un tono de indignación fingida le dijo: “¿Qué? ¿No piensas sacarme?”. Salió a bailar una pieza con su hermana, y por un momento se sentía el amo del universo, y desde luego orgulloso de Paz.
Pasaban las semanas. Un día Juan llegó algo alterado a casa, pero no quiso decir nada, a pesar de que parecía más abatido conforme pasaban los días. Al final, Paz le preguntó qué le pasaba. Juan tenía ganas de que llegase esta pregunta. A solas se lo contó. Habían descubierto en su clase que un compañero era homosexual: se le cayeron de su carpeta unas fotos procedentes de una revista poco recomendable, y cuando hurgaron en sus cosas apareció una entrada a un cine conocido por su particular clientela; total, que tuvo que reconocerlo. Las fotos le resultaban repelentes, y por eso se había unido a una parte considerable de su clase que reaccionó hostigando al chico. Pero la cosa iba en aumento, y Juan se desligó del grupo, porque le empezaba a hastiar lo que ya era manifiesta crueldad y le empezaba a dar pena el chico acosado. Quería hablar de esto con alguien sensato, pero descartó a sus amigos porque no se estaban portando bien; a su padre por pensar que reaccionaría de modo poco considerado; y a su madre porque haría un drama de algo que no era un problema suyo. Por eso sólo quedaba su hermana mayor. Tras el relato a su hermana, hubo un breve diálogo:
— Y además es que no lo entiendo. ¿Cómo le ha podido pasar una cosa así?
— No sé… —replicó Paz—. Bueno, entre las chicas a veces pasa. Se encariña una con una amiga, y si se descuidan se enamoran. Y son sensibleras, pero normales.
— No, no, no es eso. Eso es una, no todas. Quiero decir, también a uno le puede gustar otro, sobre todo si tiene cara de niño. Pero eso puede pasar con uno que tienes cerca, pero no llegar a eso de las revistas, o el cine; o sea, que no es en general. Eso, además, se pasa. Y lo de éste, no parece. ¿O se puede arreglar…?
— Vaya, si le ayudáis así, seguro que no. Pobrecillo…
— Bueno, a lo mejor no es tan pobrecillo. A lo mejor encuentra otro igual y son felices…
— No creo que se pueda ser feliz así. Si tienes un problema, no creo que seas feliz simplemente con hundirte en el problema. Y si tienes un complejo…
— A lo mejor el complejo se lo hemos creado nosotros…
— ¿Seguro?
— Bueno, ya era raro antes de que nadie se metiera con él. Pero tenía problemas en su casa, y pensábamos que era por eso.
— A lo mejor todo tiene que ver.
— Vale, ¿y cómo se le puede ayudar?
— Bueno, de entrada puedes decirle que todavía le queda un amigo en clase.
— ¿Y no me va a tomar por otro…?
— No. Dile claro que no. Que al revés, que si puedes hacer algo para ayudarle… A lo mejor puedes aconsejarle que hable con alguna persona sensata que le ayude a salir.
— ¿Y si no quiere salir?
— Eso ya es asunto suyo. Allá él. Tú has hecho lo que has podido.
Pero, a pesar de su intención, Juan no pudo llegar, pues el chico no tardó en dejar el colegio. Al cabo de varias semanas, otro episodio iba a alterarle. Sus padres le dijeron que les esperara a la salida del colegio, pues tenían que dejar unos papeles en la Secretaría. Juan los vio llegar y entrar. Paz se quedó mientras en el coche. Ella estudiaba en otro colegio. Al cabo de un rato, ella se cansó de esperar dentro del coche y salió fuera a estirar las piernas. Juan estaba con varios compañeros, que no conocían a su hermana. Cuando la vieron, saltó el comentario: “¡Jo, qué tía!” Y lo que siguió fueron comentarios obscenos, que subían progresivamente de tono: parecía que jugaban a ver quién decía la mayor burrada. Juan se desconcertó, no se atrevió a decirles quién era, y se descolgó de ellos, de forma que no le vieron subir al coche de sus padres cuando éstos acabaron las gestiones. Volvió silencioso y con cara de pocos amigos. A la pregunta de qué le pasaba, contestaba invariablemente en un tono cortante: “nada”.
Juan se encerró en su habitación. Paz no se atrevía a intentar entrar, pero a veces pasaba junto a la puerta, como si esperara oír no se sabía qué. Poco antes de cenar, lo que pudo oír es que Juan estaba llorando. Juan no fue a cenar. Ya entrada la noche, Paz intentó entrar. Juan no dijo nada, pero la dejó pasar. Le llevó un yogur de fresa —sabía que era de lo que más gustaba—, e intentó preguntar algo: si tenía que ver con ella, si era por el episodio que le había contado anteriormente, si había reñido con los amigos o con alguien, si le había salido mal algún examen o algo, si le habían castigado, si había quedado en evidencia… La respuesta fue invariable: “no”. “¿Entonces?”. Hubo silencio por un momento. Por fin, Juan dijo algo: “Tenías razón. Ya sé lo que soy. Soy un asqueroso, como todos. Yo tengo otra manera de decirlo”. “Oye, ¿te enfadaste por aquello…?”. “Ya te he dicho que no tiene nada que ver contigo. Déjame en paz”. Pero no la echó de su habitación. Por un momento permaneció silencioso, y entonces parecía que iba a volver a echarse a llorar; pudo contenerse unos segundos, pero acabó llorando. Paz estaba desconcertada, pero al cabo de un rato intuyó algo. Cambió a un tono más serio, y dijo: “Oye, vosotros que os gusta dároslas de hombres. Pues si tienes un problema, resuelve tu problema”. “Vale, gracias”. “Oye, va en serio”. “¿Y tú qué sabes si se puede?” “Sí que puedes”. Dicho esto, Paz salió.
Al cabo de unos días Juan cambió de cara. En un momento dado, hizo un leve gesto de asentimiento a Paz. Como el siguiente domingo fue a Misa y comulgó, su hermana dedujo que había ido a confesarse. Empezó a estudiar más. Por las llamadas que se recibían, al parecer había cambiado de amigos. Se iba disipando la actitud “pasota” que con frecuencia había tenido. Hablaba más y mejor. Parecía interesarse más por los demás. Estaba más contento.
Días después, la que volvía especialmente contenta a casa era Paz. Juan preguntó el motivo, y resulta que había empezado a salir con otro chico. “¿Pero éste está bien?”. “¡Ay, sí! Éste es de verdad”. “¡Anda ya…! Será asqueroso como todos”. “¡Idiota!”. “¡Eso! ¡Y asqueroso!”. “¡Vete a…”. Se acaloraron, y al reclamo de los gritos llegó su madre, alterada. “¿Ya estáis otra vez?”. La réplica fue de Juan: “Anda, déjanos, que estamos hablando”. “¿Ah, sí? ¿Y esos gritos?”. “No es nada, mamá —contestó Paz—. Es eso, que estábamos hablando”. Tras comprobar que era inútil insistir, la madre los dejó, con cara de no entender nada, y un poco enfadada porque, al ver la cara de desconcierto que había puesto, notó que sus dos hijos contenían la risa. Al final, ya calmados los ánimos, Paz se dirigió a su hermano: “No sé, a lo mejor yo también tenía un problema y no me daba cuenta”.
No mucho tiempo después, Juan volvió del colegio con un aspecto lamentable: varios moratones, la camisa con algún roto y algún botón arrancado, sucio y sudado. Su madre, que le abrió la puerta, se alteró. “¿Qué ha pasado? Te has pegado con alguno…”. “No me pasa nada”. “Me vas a decir ahora qué ha pasado, o no sales de casa este fin de semana”. “Nada. No me pasa nada”. Al reclamo de las voces, apareció su padre. Lo examinó, y con un tono más serio dijo: “¿Por qué te has pegado?”. Juan pareció vacilar un momento, pero al final contestó: “¡Es que con mi hermana no se mete nadie!”. Su madre intentó replicar: “¿Pero estás tonto? ¿Cómo puedes…?”. Pero en ese momento miró a su marido, y enseguida notó que éste miraba a su hijo con orgullo. Se dio cuenta de que no tenía nada que hacer, y se alejó, algo enfadada porque le parecía que en aquella casa todo el mundo iba contra ella.

Tras reflexionar un poco personalmente sobre el caso y para formarte en este punto puede venir bien leerte lo siguiente:

  • Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 2333, 2337-2340, 2343, 2346, 2354, 2358.

Y finalmente para no alargarnos más en este artículo lee cuando puedas y con calma el siguiente comentario al caso sobre la afectividad y sexulidad (pinchando en este enlace) y me dices tu opinión: ¡Animo!

 


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Written by rsanzcarrera

octubre 22, 2007 a 4:38 pm

Publicado en Catequesis

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