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La oración (comentario)

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Comentario del caso sobre la oración:

Lo primero que cabe decir a la vista de este caso es que Jaime no ha tenido una buena escuela en su casa. Sus padres son lo que podríamos llamar “voluntaristas”: todo depende de la pura fuerza de voluntad. No ven otra cosa. Y hay “otra cosa”: la gracia. La gracia es algo sobrenatural, y se adquiere, como es de suponer, por medios sobrenaturales que nos ponen en contacto por Dios, pues es un don de Dios. Ya se vio que la gracia es necesaria para acceder a los bienes sobrenaturales, sobre todo la vida eterna. ¿Pero es también necesaria para vivir en este mundo correctamente? Ya se ve que en la mente de los padres de Jaime la respuesta es negativa. Se equivocan. En primer lugar, no tienen en cuenta que el pecado original ha dejado al hombre en una situación de debilidad, moral e incluso psíquica muchas veces: hay voluntades que “no llegan”, voluntades que se quiebran. No se puede pedir lo mismo a todo el mundo. Pero hay algo más, y más importante. El cristianismo pide una vida íntegra en lo humano, y pide cosas que podríamos calificar de sobrehumanas: querer al prójimo con el amor de Dios mismo, perdonar y rezar incluso por los enemigos y los que nos hacen o desean mal. Los padres de Jaime son conscientes, al menos parcialmente, de esta exigencia, pero como no tienen en cuenta para nada la gracia, que es precisamente lo que hace posible responder a esas exigencias, concluyen que se piden cosas imposibles, y las rechazan por parecerles irreales.
Por eso, para el cristiano, los medios para conseguir la gracia resultan imprescindibles. Y los principales son los sacramentos y la oración. Ya se han dedicado varios casos a ver los primeros. La oración es el trato personal con Dios. Se busca en ella el amor de Dios y su gracia. Lo cual no tiene nada que ver con “autorrealizarse”. Mal empieza Jaime. Y mal sigue, porque lo que busca no es a Dios: se busca a sí mismo. Busca sentirse bien, busca emociones, busca disfrutar con la novedad.
Esto le lleva a situaciones extrañas. No es ahora el momento de hablar sobre el espiritismo. Tampoco parece claro que lo que intente el grupo de chicos sea propiamente espiritismo: todo depende de si la “energía oculta” sea considerada un fenómeno natural que sólo requiere concentración, o si se busca en misteriosos seres espirituales. Porque si se trata de esto último está claro que los espíritus del entorno divino no se prestan a ese tipo de juegos. ¿Qué espíritus quedan, entonces? Quedan aquéllos con los que bajo ningún pretexto se puede mantener trato.
No podemos detenernos mucho en comentar las técnicas orientales que prueba Jaime. Dependen de una visión religiosa mucho más alejada del cristianismo de lo que parece. El llamado “éxtasis sensorial” consiste en autoanular los sentidos e imágenes, para “fundirse con el absoluto”. Esta expresión indica un fondo panteísta —todo es Dios—, en el que se pide al hombre que se anule a sí mismo para “fundirse” con ese todo que todo engloba: unirse íntimamente a Dios supondría anular la propia personalidad. Nada más ajeno a la visión cristiana, que nos levanta a la categoría de hijos, elevando en vez de anular. ¿Y cómo es que esas técnicas consiguen calmar al nervioso Jaime? Pues muy sencillo: porque seguramente incluyen técnicas de relajación. Esa es la única utilidad que pueden tener. Pero de eso a pensar que eso puede ser una oración válida media un abismo.
Las excusas de Jaime para no rezar —que eso son: excusas— se sostienen mal. En su visión, parece que tiene que sentir algo, o sentirse “inspirado”, o movido, para rezar. Lo cual supone, entre otras cosas, pretender tener un dios a medida de sus gustos, y el subordinar un deber al estado de ánimo. ¿Qué le parecería si sus padres sólo le hiciesen caso cuando “sintieran algo” en ese sentido, o cuando se “sintieran movidos a ello”? Porque no parece darse cuenta de que Dios es su Padre. La oración—modelo que Jesucristo nos enseñó es lo primero que nos recuerda, y su nombre mismo lo señala: el Padrenuestro.
Lo más importante de la oración, y la oración más importante, es la que nace del corazón, que no tiene necesidad de expresarse en palabras externas. Pero eso no permite descartar la oración vocal. ¿Quién se dirige a Dios? El hombre, el hombre entero. Éste es cuerpo y alma, y en cuerpo y alma conviene que se dirija a Dios. Es persona singular y ser social, y conviene así dirigirse a Dios tanto individual como socialmente. No se trata por tanto de meros convencionalismos, sino de dirigir toda la existencia a Dios.
Y, pese a las ironías de Jaime, la oración también es diálogo. Otra cosa es que Dios no conteste como a nosotros nos gustaría que contestara, o como lo imagináramos. Dios contesta, pero es una contestación suave, lenta, discreta… y eficaz. Produce resultados: unos no se ven, como el aumento de la gracia, pero otros sí, como los frutos de esa gracia: el refuerzo de las virtudes sobrenaturales y una inteligencia para las cosas de Dios que podemos llamar “visión sobrenatural”. ¿Y es verdad lo que dice Jaime, que el mundo sigue su curso actual aunque se rece? Más bien habría que decir que el mundo sigue su curso actual gracias a que se reza: lo que hubiera podido ocurrir si en el mundo se hubiera abandonado del todo la oración…
Por lo demás, para hacer verdadera oración hacen falta algunos requisitos humanos. Hace falta saber tener la cabeza centrada y vencer la pereza mental, tan peligrosa como la física. Para quien cae en este tipo de pereza, cualquier cosa seria que requiera dominio interior de sí y concentración parecerá un aburrimiento, como ocurre tantas veces. No parece por tanto Jaime estar en óptimas condiciones para la oración mientras no se resuelva a luchar por mejorar en estos aspectos. Si no lo hace, seguirá siendo una persona inmadura que va por la vida dando bandazos y sin rumbo fijo.

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Written by rsanzcarrera

octubre 22, 2007 a 4:41 pm

Publicado en Catequesis

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