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La Iglesia (comentario)

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Comentario al caso sobre la Iglesia:

Las ideas que expone Roberto sobre la Iglesia —comparando a las iglesias con los hospitales— están bastante extendidas. Nos encontramos con un planteamiento parecido al que veíamos en el caso de la lección sobre la Revelación. La diferencia es que aquí el ámbito es más restringido: las iglesias cristianas.
Una vez más se comete el error de medir —allí eran las creencias, aquí son las iglesias— en términos de pura utilidad, como un problema de oferta o de gustos. Las diferencias no se reducen a “aplicar técnicas distintas”, sino que son más profundas, y en último extremo consisten en creencias que afectan al modo de ver la vida en sus constitutivos más básicos y profundos: son diferencias de fe. Roberto trata de paliar este aspecto diciendo que todos creen “en lo fundamental” pero no es así en muchos casos. Lo es con los ortodoxos, pero no con los protestantes: en lecciones anteriores hemos podido ver ideas de origen protestante que difieren de la fe católica en puntos fundamentales.
En algunos ambientes protestantes se ha difundido la noción de Iglesia a que se refiere Roberto. Consiste en creer que Jesucristo fundó una Iglesia, que viene a servir como “modelo” o referencia. Las diferentes iglesias vendrían a ser distintos intentos de acercarse al modelo, al ideal. Ninguna alcanzaría el ideal, de forma que lo que más se acercaría a este “ideal” completo sería, no una de las iglesias cristianas en particular, sino el conjunto de todas ellas, que se complementarían entre sí.
La idea es sugestiva y parece despejar obstáculos para el ecumenismo. Pero no concuerda con lo que aparece en el Evangelio. Jesucristo funda una Iglesia: “un solo rebaño, con un solo Pastor” (Jn 10, 16). Los Hechos de los Apóstoles lo confirman: habría sido muy fácil —y parecía solucionar problemas— haber constituido una “iglesia judaizante” y otra “de los gentiles” con carácter complementario, pero todos sus esfuerzos eran en sentido contrario: mantener la unidad, como quería el Señor. Y esa Iglesia no sería “una aproximación”, sino exactamente la que Él quería, porque no sería una pura obra humana, ya que Él la asistiría hasta el final de los tiempos. San Pablo lo explica con más detalle y profundidad: la Iglesia es la Esposa de Cristo —y sólo se desposa a una—, y por ello es su mismo Cuerpo, del que Él es la Cabeza. Y así “sólo hay un cuerpo… sólo un Señor, una fe, un bautismo” (Ef. 4, 4-5). Este carácter determina la plenitud: la santidad, en medios —todos los que quiso Cristo— y en frutos. No podía ser de otra manera si se cuenta con la asistencia divina. Y, si es una, lo es en el tiempo: por tanto, la Iglesia fundada por Jesucristo debe remontarse, sin solución de continuidad, hasta los primeros tiempos, hasta los apóstoles sobre los que fue fundada: el Colegio de los Obispos con el Romano Pontífice como cabeza, sucede al Colegio de los Apóstoles con Pedro como cabeza: “tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia” (Mt 16, 18). Es apostólica, además, porque Todos los miembros de la Iglesia, por su misma vocación bautismal, están llamados por Jesucristo al apostolado (cfr. C.Ig.C., 863). La cuarta característica, o “nota”, figura también en el Evangelio: Jesucristo envió a sus Apóstoles “a todo el mundo” (Mc 16, 15), y por ello la Iglesia es universal sin restricciones ni exclusivismos: es católica.
Por todo eso, la Iglesia afirma que la Iglesia fundada por Jesucristo “subsiste en la Iglesia Católica” (C.Ig.C., n. 820). Esto no significa que ésta contemple a las demás meramente como “rivales”, y menos que vea a sus miembros como “destinados a la condenación”. Reconoce en ellas “muchos elementos de santificación y de verdad”. Por tanto, “el Espíritu de Cristo se sirve de estas Iglesias y comunidades eclesiales como medios de salvación”, pero no se ha de olvidar el motivo de ello: “cuya fuerza viene de la plenitud de gracia y de verdad que Cristo ha confiado a la Iglesia Católica” (C.Ig.C., n. 819). De modo que podemos decir que la Iglesia, “sacramento universal de salvación” (LG, 48), es asumida por Cristo como “instrumento de la unión íntima con Dios y de la unidad de todo el género humano” (LG, 1; cfr. C.Ig.C., 775-776).
¿Qué sucede entonces con el ecumenismo? Es la búsqueda de la unidad perdida, y en este sentido merece nuestra alabanza, nuestra oración y nuestro esfuerzo. Pero si se pretendiera recuperar esta unidad al precio de renunciar a las propias convicciones —”negociando” con ellas para buscar una especie de “término medio” consensuado—, dejaría de ser bueno. En realidad, sería perjudicial para todos, católicos o no, porque estar dispuesto a algo así supondría relativizar la fe misma, traicionando el depósito entregado por Cristo: ya no se dialogaría con alguien que tuviera discrepancias en las convicciones, sino con alguien sin convicciones.
Por último, habría que agregar que la Iglesia, precisamente por la conciencia que tiene de su misión materna respecto a sus fieles y el peligro de indiferentismo o de pérdida de la fe que suponen los matrimonios mixtos, prevé algunas condiciones para su celebración (cfr. C.I.C., cc. 1125 y 1086), sobre todo para garantizar la educación católica de los hijos.

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Written by rsanzcarrera

octubre 25, 2007 a 2:32 pm

Publicado en Catequesis

2 comentarios

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