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La Jerarquía de la Iglesia (comentario)

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Comentario al caso sobre la Jerarquía de la Iglesia:

El presente caso, a decir verdad, no admite demasiados comentarios, porque ya incluye en su planteamiento abundantes comentarios, los del padre de Ramón, y son bastante certeros.
A la Iglesia nunca se la podrá entender si se pierde de vista su carácter sobrenatural. Pretender introducir la democracia en la Iglesia —como en la sociedad civil—, acabaría, por la misma dinámica de la democracia, pretendiendo someter a elección al mismo Jesucristo (¿y cuál sería la alternativa?). Y eso es así porque se sometería a votación el modelo de sociedad que Jesucristo instauró en su Iglesia, su estructura misma. Y Jesucristo es Dios.
Por eso, lo que se pone en tela de juicio es la naturaleza misma de la Iglesia. Lo que es puramente humano es siempre criticable, cambiable, mejorable. Lo que es divino, no lo es. Y en la Iglesia se mezclan las dos cosas, lo humano y lo divino. Aquello es mudable y perfectible, esto no. No se trata de que en la Iglesia no haya nada mejorable, o que no pueda haber —por desgracia, las ha habido— ambiciones de poder o de honor. El problema aquí es que implícitamente se considera que todo es humano: por eso se pretende asimilar a la sociedad civil, sin restricción alguna, y se juzga con criterios con los que se juzga a cualquier otra sociedad. Prueba de ello es el efecto que produce en Ramón: provocan que su fe se tambalee por perder la Iglesia su autoridad. Pero es que, para que la fe sea verdaderamente fe, la autoridad debe ser divina. Si deja de serlo, y es puramente humana, sólo puede pretender una opinión: pretender otra cosa sería pretender una dictadura de las conciencias.
Pero la fe lo que pide es una adhesión a Dios, y por tanto a lo que Dios ha enseñado y establecido, y a quienes actúan como verdaderos portavoces de Dios. ¿Puede alguien arrogarse el título de portavoz de Dios? Si no existiera una asistencia del Espíritu Santo, sería algo muy discutible. Pero la hay, y quien habla en nombre de la Iglesia —en lo que pertenece al depósito de la fe, de conformidad con su cabeza y con su tradición— puede decir que habla en nombre de Dios. Y habla en nombre de la Iglesia quien ocupa alguno de los puestos que Jesucristo estableció y que llevaban consigo la función de enseñar. De ahí viene su autoridad. Y, si se examina lo que Cristo dispuso para Iglesia y a quién designó para que enseñara, se debe concluir que los maestros de la fe son en primer lugar los obispos —con el Papa a la cabeza: por tanto, en armonía (“comunión”) con él—, no los teólogos. Y el teólogo del programa se queja de que no se respeta su opinión, cuando lo que estaba haciendo no era opinar, sino enseñar —tenía una cátedra—. No tiene derecho a quejarse de que los responsables de esa enseñanza —el llamado “Magisterio” por esta razón— declaren que no se ajusta a lo que enseñó Jesucristo y la Iglesia conserva.
Pero, ¿y la sanción? ¿No es injusto sancionar a nadie por “delitos” de opinión? En principio sí lo es, pero hay un límite. Por ejemplo, los Estados suelen castigar la llamada “apología del terrorismo”, que no traspasa el ámbito de la opinión y la expresión de ideas. Pero lo hacen porque es subversivo, porque atenta contra el bien común, porque perjudica —aunque sea indirectamente— a ciudadanos inocentes, porque lo que propugna es un mal grave para la sociedad. La Iglesia es una sociedad de orden espiritual. Pero se pueden trasladar estos calificativos al orden espiritual cuando lo que alguien pretende es subvertir el fundamento mismo de la Iglesia, porque ese fundamento es su fe. Claro está, que también la sanción justa deberá pertenecer, como es aquí el caso, al orden espiritual. Por eso el Derecho Penal de la Iglesia habla de “suspensiones” (de ejercer como clérigo) o de “excomuniones” (se aparta del culto y los sacramentos), y no de cárcel.
En toda sociedad debe existir una autoridad; en caso contrario, se disgrega, es la anarquía. Consciente de ello, Jesucristo quiso que aquéllos designados para transmitir su enseñanza y su gracia, también tuvieran autoridad, pudieran gobernar a la Iglesia. (Es verdad que todos podemos y debemos transmitir su enseñanza, y en cierta medida su gracia, como también lo es que por eso precisamente todos los fieles participan de esa potestad de regir, y pueden ayudar a otros —hacer de buen Pastor—con su ejemplo y su palabra: es el llamado “sacerdocio común” de los bautizados). Por eso fundó una Iglesia con jerarcas, con jerarquía: una Iglesia jerárquica. Y la hizo “piramidal”: hay un vértice, una autoridad suprema, una “monarquía” (“gobierno de uno”), un sucesor de Pedro: el Papa. La jerarquía no está “para” sancionar —está sobre todo para guiar—, pero no podría cumplir bien su cometido si no tuviera ese poder sancionador. No es injusta por tanto esta sanción. Lo que sí sucede es que el programa es tendencioso, como lo sería un programa al que, para invitar a juzgar sobre la justicia de unas penas por robo, no se le ocurriera otra cosa que ir a la cárcel a entrevistar a los ladrones.
De paso, a la vista del caso podemos pensar que es una lástima que el padre de Ramón haya tardado tanto en dedicar a su hijo el tiempo que debería, por ocupado que estuviera. Muestra dos cosas muy positivas: una, que es muy buen educador; y dos, que sabe utilizar bien la televisión.

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Written by rsanzcarrera

octubre 25, 2007 a 2:39 pm

Publicado en Catequesis

2 comentarios

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