es_tu_dia

Just another WordPress.com weblog

El sacramento de la Eucaristía (comentario)

leave a comment »

 

Comentario al caso sobre el sacramento de la Eucaristía:

Tenía razón Irene al pensar que se tenía que haber ido. Es difícil reunir tanto desatino en una sola ceremonia. Y tiene razón, entre otros motivos, porque no se trataba tan sólo de que estuvieran desacertadas “algunas cosas”, como pensaba Clara. Había efectivamente “un algo” de fondo, y muy importante. Claro está que una visión superficial retiene sobre todo lo más llamativo, que no tiene por qué coincidir con lo más importante.
Aquí lo más importante es algo tan radical como el que no se trata de que se haya celebrado Misa con incorrecciones, sino el que a lo celebrado no se le puede siquiera llamar “Misa”. El motivo es porque falta lo central de la Misa: la consagración. Todos los indicios apuntan a que no había intención de consagrar, y por tanto que no se hizo. En la Santa Misa el pan y el vino se transforman, en la consagración, en el Cuerpo y Sangre del Señor, aunque mantengan las apariencias anteriores. Para el celebrante, por lo que dice en el ofertorio, sólo cambia el significado; y ese pan y ese vino, a tenor de sus palabras, no pasan a ser nada más allá del mero símbolo. Ya antes había dicho en la llamada “oración colecta” —aunque la empleada no figura en ningún libro litúrgico— que lo que celebraba era “un recuerdo”, y al parecer nada más. Y en la consagración todo parece indicar que pronuncia las palabras sin intención de consagrar —por eso no obedece a la norma litúrgica que señala que esas palabras deben pronunciarse de modo distinto a las demás, en tono y postura—, sino más bien como quien recuerda un hecho histórico pasado. Para entender esto bien, pensemos en una celebración normal de la Misa en una de cuyas lecturas figurase la institución de la Eucaristía (hay cuatro textos: Mt, Mc, Lc y I Cor). Las palabras de la consagración se pronunciarían en esa lectura y en la consagración. Pero en el primer caso serían ineficaces, porque la intención es leer, contar algo sucedido y transmitido en la Sagrada Escritura; mientras que en el segundo caso serían eficaces, transformarían el pan y el vino en el Cuerpo y Sangre de Jesucristo, porque la intención sería precisamente ésa. Y, aunque la diferencia esencial estaría en la intención, lo normal —y lo pedagógico para los asistentes— es que esa intención se notara exteriormente.
Si oímos en Misa que el pan será para nosotros pan de vida, y el vino bebida de salvación, no queremos decir que tendrá para nosotros un significado subjetivo sin que en realidad haya cambio alguno. Se está refiriendo a la comunión, no a la consagración. Cristo afirmó que lo que sería pan de vida era Él, su carne, no un trozo de pan (cfr. Jn 6, 35—59). En la consagración, lo que se afirma ha de ser entendido literalmente: el pan pasa a ser el Cuerpo de Cristo, y el vino su Sangre. Es la llamada “transustanciación”, ya que lo que cambia es la sustancia misma del pan y del vino; los accidentes —forma, color, sabor, etc.— es obvio que no cambian. Hay que añadir que, como Cristo está entero —Dios y hombre entero— en el cielo, cualquier parte es inseparable de las demás: con su Cuerpo está Cristo entero, y con su Sangre también. Por eso está el “Cristo total” en cada una de las especies eucarísticas.
Entonces, ¿por qué consagrar las dos especies? ¿No bastaría con una? Siempre cabe responder que se hace así porque el Señor lo hizo así cuando instituyó el sacramento en la Ultima Cena, pero se trasladaría la cuestión: ¿por qué lo hizo así? La respuesta es que la Eucaristía no es sólo un sacramento: es también un sacrificio, el de Jesucristo, el mismo de la Cruz que se renueva cada vez que se consagra, aunque ya sin padecimiento. Y en la Cruz el sacrificio fue completo: derramó hasta la última gota de su Sangre. Por eso, en la renovación del sacrificio, Cuerpo y Sangre van por separado, aunque cada uno “traiga consigo” al resto de Jesucristo, incluida la divinidad. Todo esto no parece tenerse en cuenta en la ceremonia del caso. Por supuesto que la Eucaristía es “Cena”: es el sacramento en el que nos da a comer a Él mismo. Pero resulta erróneo referirse a la Santa Misa en términos únicamente de “cena”, porque implícitamente se está dejando de lado el carácter de sacrificio que también tiene.
Conviene aclarar que, aunque el carácter de sacrificio se ponga de manifiesto en la consagración, y el de sacramento en la comunión —son las dos partes que nunca podrán faltar en la Santa Misa—, ambos aspectos están conectados entre sí, de modo que son inseparables. En la fórmula consecratoria, se invita a “comer”, a la vez que se indica que ese cuerpo que se come será “entregado”, o sea, sacrificado (en la antigüedad se sobreentendía que “entregar” a alguien era entregarlo a los verdugos).
Otra hecho que muestra la falta de fe en la transustanciación es el abandono en el que queda el sagrario. La presencia real de Jesucristo es —por su voluntad, no puede ser de otro modo— bajo la forma de pan y vino. Mientras subsistan éstas —las especies eucarísticas—, Cristo permanecerá en ellas. Por eso está realmente presente en los sagrarios. Así, quien no lo trata como Dios no demuestra estar muy convencido de que esto sea verdad. El tratamiento que se dé a Jesús Sacramentado es un buen termómetro de la fe.
La desvirtuación de la Misa que se observa en este caso es también el motivo de que el sacerdote no vista los ornamentos que suelen ser habituales. Es cierto que “el hábito no hace al monje”, pero también es cierto que lo viste. El vestido forma parte de los llamados “lenguajes no verbales”, tiene significados. Y es que si el sacerdote debe vestir de modo distinto a los asistentes, es porque debe distinguirse de ellos, y debe distinguirse de ellos porque su papel es diferente. Él es el único ministro del sacrificio, el único que puede consagrar. No se limita a presidir una asamblea, sino que actúa, como indica la expresión latina, in persona Christi. Puede decirse incluso que en el altar es Cristo mismo: virtualmente es así, ya que la virtud —el poder— de Cristo actúa mediante su persona. Por eso en el ofertorio no se refiere a “este sacrificio nuestro”, sino a “este sacrificio mío y vuestro”: no participan de la misma manera uno y otros. Por eso es obligatorio, salvo casos extremos, utilizar ornamentos (no entramos aquí en el significado preciso de cada ornamento, que lo tiene). Por eso la ceremonia está concebida de modo que sea un diálogo entre el celebrante y el pueblo, cosa que en este caso parece haberse olvidado. Por eso está dispuesto que el sacerdote hable en segunda persona al dirigirse a los fieles, lo que aquí no se cumple. Si se elimina lo sobrenatural de la Misa, no queda más que una asamblea, ni más papel del celebrante que presidirla.
Hablando de ministros, puede distinguirse entre la confección del sacramento —la consagración— y su distribución —la comunión—. En la Misa se da el único caso habitual de autoadministración de un sacramento: la comunión del celebrante. Sólo en este sacramento puede darse una “autoadministración” válida: no puede ser inválida porque Jesucristo mismo —no sólo su gracia— ya están “ahí”, en las especies consagradas. Pero ya hemos visto en casos anteriores que no todo lo válido es lícito. No es necesario que distribuya la comunión sólo el sacerdote celebrante: pueden ayudarle otros sacerdotes o diáconos. Éstos son los ministros ordinarios. Puede haber ministros extraordinarios laicos —deben estar bien preparados y nombrados—, pero, precisamente por ser extraordinarios, sólo cabe su actuación en la medida en que las necesidades no puedan ser cubiertas —podríamos precisar un poco y decir “razonablemente cubiertas”— por ministros ordinarios. Si no, sería un abuso. Y, desde luego, lo que es un abuso es lo que sucede aquí. Sólo en casos muy extraordinarios y expresamente autorizados pueden los fieles darse la comunión a sí mismos, y no parece, ni mucho menos, que estemos ante uno de ellos.
¿Y qué decir acerca de la comunión bajo las dos especies? Sobre esto el único error propiamente dicho es pensar que es necesaria. Salvo para el celebrante, que sí lo es, pero no por una mayor eficacia del sacramento, sino por la integridad del sacrificio. Para el resto, se recibe con igual eficacia el sacramento bajo una sola especie, pues, como más arriba se señalaba, en cada una está Jesucristo íntegramente. ¿Pero por qué sólo se suele comulgar bajo la especie de pan? Pues por razones prácticas, que van desde el respeto al sacramento hasta la sencillez, la rapidez y hasta la higiene. De todas formas, en bastantes ocasiones —normalmente, las más solemnes—está autorizada la distribución de la comunión bajo las dos especies. Pero lo más importante es mantener siempre, y más cuando se comulga también con la Sangre, la dignidad y delicadeza propias del sacramento, y lo que en este caso se ve no parece caracterizarse precisamente por eso.
Sobre la materia empleada aquí también hay algo que decir. Para que pueda haber consagración —materia válida— se debe emplear pan de trigo y vino de vid (no necesariamente un vino especial “de Misa”, aunque éste, claro está, ofrece garantías). Pero, por utilizar el Señor en la Ultima Cena paz ázimo por ser la pascua judía, en el rito latino —no así en los católicos orientales— está mandado que se utilice pan ázimo. Tampoco en esto hacen mucho caso, por lo que puede verse. Quizás sea por ese gusto que percibe Irene de cambiarlo todo, que no se explica muy bien salvo que se trate de una mezcla de “snobismo” y de gusto por desobedecer, lo que no es precisamente una virtud.
Se trata aquí asimismo de las condiciones para comulgar, o sea, para comulgar con fruto. Y en algo tan serio como recibir el Cuerpo del Señor no hay términos medios: o la comunión es fructuosa, o es sacrílega. El principal requisito es estar en gracia de Dios. La excusa que pone Elvira es frecuente oírla hoy en día, pero no por frecuente es menos falsa. Ni siquiera como excusa tiene la mínima consistencia: no es serio tomar como criterio de actuación, para algo serio, un sentimiento o una sensación. Y, desde luego, las palabras de San Pablo no admiten excusas: “Examínese pues el hombre a sí mismo, y entonces coma del pan y beba del cáliz; pues el que come y bebe sin discernir el Cuerpo, come y bebe su propia condenación” (I Cor 11, 29).
Es también requisito haber guardado el llamado “ayuno eucarístico”: no tomar nada (salvo agua) desde una hora antes de la comunión. Es verdad que el caso de Clara es el “mínimo” incumplimiento: sólo un chicle, y sólo por cinco minutos. Pero es incumplimiento: es “algo”, y no se cumple el plazo. Por eso, sólo se puede concluir que ha hecho mal: no debería haber comulgado.
A la vez, el no cumplir las condiciones requeridas no puede ser excusa para dejar pasar el tiempo sin recibir este sacramento. Lo que hay que hacer es quitar los obstáculos: recuperar la gracia si no se tiene, o sea, confesarse. Ya se vio en el caso sobre los Sacramentos que es necesario este sacramento, y por qué. Sólo cabe añadir que, por esa necesidad, existe el mandamiento de la Iglesia: comulgar al menos una vez al año, por pascua si ello es posible.
Aparecen también en el caso algunas corruptelas sobre la liturgia de la palabra. El motivo de fondo es el olvido de que esta liturgia está concebida no sólo como una preparación a lo que sigue, sino también como una enseñanza. Y enseñar con autoridad —como es el caso—, con la autoridad de la Iglesia, corresponde a los ministros ordenados. Por eso debe estar a su cargo la homilía, e incluso la lectura del Evangelio.
Podemos concluir con una consideración que en este caso se pone de manifiesto. La liturgia es, entre otras cosas, la celebración de la fe. Por ello la pone de manifiesto. La dignidad, incluido el vestido, exterioriza, manifiesta, lo que pasa por dentro. Aquí es un error medir las cosas por lo que son en sí mismas: hay que medirlas también por lo que significan y por lo que manifiestan. Demostraría poco sentido común quien despreciara las formas alegando que lo importante es lo interior, porque, en el ser humano, lo interior se exterioriza precisamente en esas formas. Descuidar la liturgia, aunque no sea en lo esencial, es manifestación de poca fe; al menos, es un obstáculo para ella.

Written by rsanzcarrera

octubre 28, 2007 a 6:58 pm

Publicado en Catequesis

Deja un comentario

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: