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La naturaleza del matrimonio

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1. La realidad natural del matrimonio

Hemos visto que los rasgos esenciales del matrimonio corresponde a la naturaleza del hombre y, por ello, la recta razón puede comprender su lógica interna propia –en la misma medida que puede comprender la naturaleza humana- y descubrir sus exigencias intrínsecas.

Vamos a estudiar ahora esos rasgos esenciales que hacen y definen el matrimonio como tal. Pero antes conviene aclarar que el término matrimonio designa corrientemente tanto el acto de casarse, (nos casamos, hacemos nuestra boda, o en el lenguaje más técnico celebración del matrimonio, pacto conyugal, o matrimonio in fieri), como -en sentido mas propio- la unidad del varón y la mujer constituida por el acto conyugal (sociedad o comunidad conyugal, o matrimonio in facto esse).

Se trata de dos realidades inseparables, ya que entre ellas se da una relación de causa _ efecto. Sin embargo conviene distinguir lo que corresponde al nacimiento del matrimonio de lo que pertenece a la vivencia del matrimonio ya nacido. Mientras que las vicisitudes que afectan a la celebración del matrimonio pueden determinar su nulidad, (es decir que sus contrayentes no queden vinculados), las que se producen en la vida matrimonial una vez celebrado validamente el matrimonio, ya no afectan por sí mismas al vínculo matrimonial –que por su propia naturaleza permanece mientras vivan ambos-, sino a la realización más o menos lograda, o frustrada, del destino común como cónyuges.

2. El pacto conyugal, causa eficiente del matrimonio.

a) El consentimiento matrimonial

El amor esponsal, como vimos en la lección anterior es el que se determina a elegir los medios idóneos para establecer una unión personal que tiene dos elementos:

La persona escogida, en cuanto sexualmente diferenciada y por tanto, complementaria

El tipo de unión que permite y ofrece esa complementariedad natural: una unión total con esa mujer (en cuanto que es esta y es mujer) o con un varón (en cuanto es este y es varón).

¿Cómo se llega a realizar esta unión? La Gaudium et spes dice un su número 48 que “la íntima comunidad conyugal de vida y de amor se establece sobre la alianza de los cónyuges, es decir, sobre su consentimiento personal e irrevocable”

Este específico acto de voluntad, actual, de presente, es insustituible, porque expresa y realiza la mutua entrega y aceptación de las propias personas de los contrayentes, de las que nadie, fuera de ellos puede disponer. Nadie, ningún poder humano puede suplir este acto de voluntad.

Para ser eficaz y dar lugar a un matrimonio valido el consentimiento debe reunir ciertas condiciones que expone el CEC n. 1625.

Los protagonistas de la alianza matrimonial son un hombre y una mujer bautizados, libres para contraer el matrimonio y que expresan libremente su consentimiento. “Ser libre” quiere decir:— no obrar por coacción; — no estar impedido por una ley natural o eclesiástica. Unas son de derecho natural y otras, las establece el derecho de la Iglesia para los católicos para proteger así a las personas y a la institución matrimonial

Otros puntos del Catecismo enseñan lo fundamental de cómo ha de ser tal consentimiento:

1628. El consentimiento debe ser un acto de la voluntad de cada uno de los contrayentes, libre de violencia o de temor grave externo (cf CIC, can. 1103). Ningún poder humano puede reemplazar este consentimiento (CIC, can. 1057, 1). Si esta libertad falta, el matrimonio es inválido.

1629. Por esta razón (o por otras razones que hacen nulo e inválido el matrimonio; cf. CIC, can. 1095-1107), la Iglesia, tras examinar la situación por el tribunal eclesiástico competente, puede declarar “la nulidad del matrimonio”, es decir, que el matrimonio no ha existido. En este caso, los contrayentes quedan libres para casarse, aunque deben cumplir las obligaciones naturales nacidas de una unión precedente (cf CIC, can. 1071).

1630. El sacerdote (o el diácono) que asiste a la celebración del matrimonio, recibe el consentimiento de los esposos en nombre de la Iglesia y da la bendición de la Iglesia. La presencia del ministro de la Iglesia (y también de los testigos) expresa visiblemente que el matrimonio es una realidad eclesial.

1631. Por esta razón, la Iglesia exige ordinariamente para sus fieles la forma eclesiástica de la celebración del matrimonio (cf Cc. de Trento: DS 1813-1816; CIC, can. 1108). Varias razones concurren para explicar esta determinación:— El matrimonio sacramental es un acto litúrgico. Por tanto, es conveniente que sea celebrado en la liturgia pública de la Iglesia. — El matrimonio introduce en un ordo eclesial, crea derechos y deberes en la Iglesia entre los esposos y para con los hijos. — Por ser el matrimonio un estado de vida en la Iglesia, es preciso que exista certeza sobre él (de ahí la obligación de tener testigos).— El carácter público del consentimiento protege el “Sí” una vez dado y ayuda a permanecer fiel a él.

b) Objeto del consentimiento matrimonial

Lo que los contrayentes quieren al expresar su voluntad para que esta produzca su efecto propio es precisamente contraer matrimonio: no sería suficiente querer establecer otro tipo d2text-align: justify”>El consentimiento por el que los esposos se dan y se reciben mutuamente es sellado por el mismo Dios (cf Mc 10,9). De su alianza “nace una institución estable por ordenación divina, también ante la sociedad” (GS 48,1).

La alianza de los esposos está integrada en la alianza de Dios con los hombres: “el auténtico amor conyugal es asumido en el amor divino” (GS 48,2).

Lo que se origina no es un consentimiento para el intercambio de ciertas no es un consentimiento para el intercambio de ciertas prestaciones recíprocas de servicios, económicas, sociales, etc, sino de una mutua entrega y aceptación que comprende a toda la persona. En cuanto a su bien personal como cónyuge y en cuanto a su potencial paternidad o maternidad como fruto de la mutua entrega conyugal. Por tanto no sólo están casados, sino que son cónyuges y, por serlo se deben el uno al otro perpetuamente y en exclusiva las obras propias del amor conyugal.

3. Ya no son dos, sino una sola carne

a) la esencia del matrimonio

Al exponer la doctrina del matrimonio, el Concilio Vaticano II indicó con precisión la característica que lo distingue esencialmente de cualquier otra posible relación entre mujer y varón: “ el marido y la mujer (…) por el pacto conyugal ya no son dos, sino una sala carne (Mt 19,6) (Gaudium et spes, 48)

La expresión bíblica una sola carne( Gen 2, 24), recordada por Jesús en el pasaje evangélico que cita el Concilio, apunta efectivamente a la esencia del matrimonio: esta es la realidad estable y permanente –esencial- que constituye el ser del matrimonio. De ella proviene el obrar, el desarrollar la existencia, siendo matrimonio: en un consorcio (compartiendo la misma suerte) de toda la vida, para realizar una comunidad de vida y amor.

Y ese ser “los dos una sola carne” se realiza por el vínculo jurídico que une a los esposos en virtud del consentimiento matrimonial. Un vinculo “superior a cualquier otro tipo de vinculo interhumano, incluido el vínculo con los padres: ‘por eso deja el hombre a su padre y a su madre y se une a su mujer, y se hacen una sola carne (Gen 2, 24) (Juan pablo II Discurso a la Rota Romana 1991, n. 2)

b) Una unidad en la naturaleza

Para evitar malentendidos, antes de seguir adelante aclaremos qué significa que se trate en este caso de un vínculo jurídico, no vaya a ser que después de todo el preámbulo antropológico del que hemos hablado vengamos a pensar que esto del vinculo conyugal es un añadido legal impuesto desde fuera de él, como si fuera un recurso de “leyes” o de los “papeles”

Nada más lejos de la realidad. El sentido de la afirmación es el siguiente: como sabemos la complementariedad natural de los sexos permite que un varón y una mujer, mediante su libre entrega matrimonial se otorguen el uno al otro una participación en el dominio que cada uno, por ser persona, tiene sobre su propio ser en los aspectos conyugales (es decir, en todo aquello en que son complementarios como varón y mujer).

Pero esa participación no consiste en una fusión personal (de modo que de dos personas venga a ser una tercera que las sustituya: no es este el sentido de una sola caro), ya que nadie puede ser otra persona distinta. Se trata precisamente de otorgarse una participación jurídica, por la que ambos se hacen coparticipes y coposesores mutuos.

Por el pacto conyugal, en efecto, cada cónyuge en todo lo conyugal ya no se pertenece, sino que forma parte del ser del otro y se debe a él. En frase de Juan Pablo II “el amor conyugal no es tan solo ni sobre todo un sentimiento; es, por el contrario, y esencialmente, compromiso que se asume mediante un acto de la voluntad bien determinado. Precisamente esto califica dicho amor haciéndolo conyugal(…) entrando en juego la fidelidad del amor. Mi antecesor el Papa Pablo VI afirmaba sintéticamente (…): ‘el amor pasa, de ser un sentimiento mutuo de afecto a convertirse en deber vinculante’ ((Discurso a la Rota Romana, 1999, n. 3)

Por tanto, que el vínculo sea jurídico no significa que se trate de una obligación establecida por la ley, o por un poder ajeno a los esposos, sino que la copertenencia mutua entre los cónyuges es, por naturaleza una relación de justicia y, por tanto, debida. Se trata pues de una deuda personal que nace del libre compromiso dado, pero que, una vez nacida, ya no puede revocarse, siempre será debido, debito conyugal

CEC 1638. “Del matrimonio válido se origina entre los cónyuges un vínculo perpetuo y exclusivo por su misma naturaleza; además, en el matrimonio cristiano los cónyuges son fortalecidos y quedan como consagrados por un sacramento peculiar para los deberes y la dignidad de su estado” (CIC, can. 1134)

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Written by rsanzcarrera

octubre 28, 2007 a 7:22 pm

Publicado en Familia

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