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Los Sacramentos (comentario)

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Comentario al caso sobre los Sacramentos:

 

Tienen razón Alejandro y su madre cuando, hojeando el libro, piensan que “faltan cosas importantes”. En realidad, falta casi todo lo importante. La manera más sencilla de definir un sacramento es decir que es un signo sensible y eficaz de la gracia. Para este responsable de la catequesis habría que suprimir en primer lugar la palabra “eficaz”: por lo que se ve, pensar que el signo sacramental pueda ser eficaz supone considerarlo como algo “mágico”, cosa que rechaza. La gracia tampoco aparece por ningún lugar: para él, la única eficacia que considera es la de la preparación, llámese “evangelización”, “catequesis” o como se quiera. Además, no se equivoca Alejandro cuando considera que el tono del catequista es altivo. ¿No es bastante orgullo creer que lo que ha hecho la Iglesia durante casi veinte siglos es un error, que no servía de nada, hasta que han llegado algunos como él para “descubrir” que lo único verdaderamente importante es el “compromiso”, no la gracia?
Al final, se queda con el signo. Aquí estamos todos de acuerdo: un sacramento es un signo. Pero signo ¿de qué? La doctrina de la Iglesia es clara al respecto: es signo de la gracia que confiere. Si se deja de lado la gracia —y decimos “dejar de lado”, porque explícitamente no se niega—, queda… la ambigüedad, como comprueban Alejandro y su madre en el libro. Y es que si se suprime de la doctrina y la vida de la Iglesia lo sobrenatural, lo que queda es una especie de humanitarismo de perfiles desdibujados, aunque pretenda ser, eso sí, muy comprometido.
Porque la realidad es que los sacramentos no tienen nada de mágico, pero sí de misterioso. No es que sean fórmulas que activen poderes ocultos de origen desconocido. Son fórmulas —palabras unidas a un signo externo— que activan el poder oculto… de Jesucristo, que los instituyó. Son el principal cauce de la gracia de Dios, que es un misterio. En cierto modo significan al mismo Jesucristo: lo visible significa lo invisible y es su cauce de transmisión, como en Jesucristo su humanidad visible revela su divinidad invisible, y es su instrumento para llevar la salvación a los hombres. Todo esto son misterios de la fe, como se manifiesta explícitamente en la Misa, que es la celebración de un sacramento. Si en el cristianismo se pretende suprimir lo misterioso, lo que acaba por suprimirse es a Dios mismo, cuyo ser mismo es un misterio, como lo son las principales verdades que nos ha revelado.
¿Quiere esto decir que la preparación no cuenta? No, eso sería irse al otro extremo, que tampoco es cierto. Los sacramentos confieren la gracia —en general, la llamada “gracia santificante”, de la que se hablaba en el caso sobre “la elevación y caída del ángel y el hombre”, y una ayuda específica de cada sacramento llamada “gracia sacramental”— por virtud propia, pero esa gracia alcanza a cada persona en la medida en que ésta no ponga obstáculos. En algún caso esto se consigue sin esfuerzo, como en el bautismo de un recién nacido (¿qué obstáculos podría poner?), pero en otros no, porque los pecados y sus consecuencias obstaculizan a la gracia; en los peores casos, impiden su recepción, y si se recibe un sacramento sabiendo conscientemente que hay un obstáculo que impide la recepción de la gracia, se comete un grave pecado: un sacrilegio. Para la recepción con fruto está la preparación, que tendrá que ser, en cada caso, la razonablemente adecuada, sobre todo cuando se recibe un sacramento que no puede reiterarse o es, como aquí, la primera vez que se recibe.
Los sacramentos son necesarios porque la gracia es necesaria. Lo que al final dice el catequista a Alejandro es una verdad a medias, que suelen ser las peores mentiras. Es cierto que lo principal para el cristiano es la caridad, pero esa caridad es imposible de lograr sin la gracia. No olvidemos que la mandamiento de Cristo es amarse como Él nos ha amado, es decir, con el mismo amor de Dios participado en nosotros, y esto es algo sobrenatural, alcanzable sólo por medios sobrenaturales. Acierta Alejandro cuando afirma que no puede quedar su hermano tanto tiempo sin la comunión. No se puede pretender tener una vida sana sin alimento, y la Eucaristía es el alimento del alma: “En verdad, en verdad os digo que si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tendréis vida en vosotros” (Jn 6, 53). Su necesidad, o en algún caso su gran conveniencia, es también el fundamento de que la ley de la Iglesia disponga la obligatoriedad de recibir varios: la ley debe conducir al súbdito a su bien, y en el caso de la Iglesia el bien en juego es la gracia y la salvación de los hombres.
La sabiduría de Dios no ha querido utilizar signos sin motivo. Lo que importa es lo espiritual, pero hasta lo más espiritual tiene que entrar de alguna manera por los sentidos; sin éstos, el hombre quedaría incomunicado. Y esto es así porque su naturaleza integra cuerpo y espíritu. Por eso los sacramentos “enseñan” la gracia que dan —se corresponden además con las funciones vitales—, y la Iglesia aprovecha sus ceremonias para enseñar la doctrina. Por eso, también, es conveniente exteriorizar el acontecimiento que supone la recepción de un sacramento. De ahí lo apropiado de celebrar una fiesta: ni ésta, ni el traje, ni la solemnidad de la ceremonia, sobran. No es un derroche ostentoso —podría serlo si se exageran las cosas o se aprovecha la ocasión para hacer ostentación—, sino una manifestación de fe. La pretensión de “espiritualizar” tanto la fe que se acaba suprimiendo toda manifestación externa —imágenes, fiestas, etc.— a lo único que conduce es a dejar la fe en algo ambiguo, sin contenidos definidos. Alejandro, sin ser plenamente consciente de todo esto, lo intuye, y tiene razón.
Signos son también los llamados “sacramentales”, de los que en este caso se cita uno, quizás el más conocido: el agua bendita. No son sacramentos, pero tampoco son meros signos intrascendentes: tienen efectos. Éstos se obtienen por la intercesión de la Iglesia. Como señala el catecismo, “no confieren la gracia del Espíritu Santo a la manera de los sacramentos, pero por la oración de la Iglesia preparan a recibirla (por eso es tan conveniente que encontremos uno precisamente a la entrada del templo) y disponen a cooperar con ella” (n. 1670).
¿Se comportó Alejandro correctamente? Aunque suele ser mejor esperar a tener “la cabeza fría” para tomar decisiones de este tipo, sabe contener su enfado, y sus respuestas son claras, aunque comedidas y no injuriosas. La decisión última, tal como él piensa después, debe corresponder a sus padres, pero también es verdad que los estaba representando, y que las cosas tomaron tal cariz y estaba tan clara la decisión a tomar, que podía considerarse que tenía el consentimiento tácito de sus padres para tomar una decisión —correcta, por lo demás— como la que tomó.

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Written by rsanzcarrera

octubre 28, 2007 a 6:52 pm

Publicado en Catequesis

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