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El sacramento de la Penitencia (comentario)

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Comentario al caso sobre el sacramento de la Penitencia:

 

De una manera o de otra, aparecen aquí todos los puntos importantes acerca de este sacramento. Examinamos cada uno.
La primera objeción que encontramos cuestiona la naturaleza misma del sacramento —el porqué de la mediación eclesial para el perdón de los pecados—, y es bastante corriente escucharla. Como en este caso, también es corriente que esconda otras razones, pero eso no quiere decir que no haya que saber darle respuesta. Fijarnos en la situación descrita nos ayuda a ello. Oyendo a Eva parece que se siente ofendida. Pero está hablando de sus pecados, de sus ofensas. Cualquiera lo diría, porque está poniendo las condiciones para ser perdonada. Pero las condiciones para el perdón las pone el ofendido, no el ofensor. Por tanto, hay que atenerse a la voluntad de Dios; o sea, a la institución de este sacramento por Jesucristo, que confirió a los Apóstoles la facultad de perdonar —y retener, si fuera el caso— los pecados. O sea, lo instituyó como un juicio en el que juzga un ministro de la Iglesia. ¿Por qué quiso establecerlo así? Esta es otra cuestión, posterior a la primera. Y la primera es que podía hacerlo como quisiera, y así lo ha hecho. Luego se puede examinar la conveniencia de haberlo establecido así, ya que hay muchas razones: la seguridad de haber sido perdonado, la conveniencia y justicia de establecer una pena —la penitencia— para satisfacer por los pecados, la formación moral del penitente, los consejos y el ánimo que se reciben, incluso la conveniencia de descargar la conciencia contando los pecados y de la humillación que esto supone como garantía del arrepentimiento, etc. Razones no faltan, desde luego.
Superada esta primera objeción —así al menos lo parece—, encontramos la segunda: la “falta de arrepentimiento”. Se equivocaría pensara que en la confesión se perdonan los pecados con sólo decirlos. El requisito más importante para el perdón es el arrepentimiento, el dolor de los pecados. Y, como queda de manifiesto en el diálogo entre Eva y Blanca, está muy unido a otro de los requisitos: el propósito de enmienda. No hay que confundir éste con una previsión de futuro. Es distinto no querer volver a hacer algo, que pensar que se va a volver. Esto se ve con más claridad, por ejemplo, cuando se trata de un vicio. Éste no se suele quitar de la noche a la mañana con sólo querer, pero este querer es el primer paso para erradicarlo, aunque se prevea que la lucha no será sin contratiempos. Y al revés: lo que no sirve para nada es abandonar ese querer por pensar que no se va a poder. No hay manera más segura y cierta de perder una guerra que rindiéndose al enemigo. Si en el propósito de enmienda Eva confundía un querer con un prever, en el dolor de los pecados confunde un querer con un sentimiento. Cree que como no siente nada, carece de dolor. Pero el dolor de los pecados, aunque puede tener manifestaciones en el sentimiento, consiste sobre todo en un rechazo de la voluntad al pecado; incluso bastaría, para confesarse, con formas imperfectas de dolor, como el dolor, no ya por haber ofendido a Dios, sino por la fealdad de lo hecho, o incluso por el castigo divino que lleva consigo.
De todas formas, Blanca intuye acertadamente que el problema de su amiga tiene más que ver con cierta desesperanza que con un planteamiento sentimental, y que éste es más una excusa que otra cosa.
Otro de los requisitos necesarios es decir los pecados al confesor. La misma naturaleza de juicio exige conocer la causa. Aquí nos encontramos con la celebración comunitaria; téngase en cuenta que el problema no consiste en que la celebración sea comunitaria, ni en que se dé la absolución a varios a la vez, sino en que se dispensa de la llamada confesión auricular: no se dicen los pecados al confesor. Y es verdad el comentario de Blanca: no vale. Este proceder sólo está autorizado en casos de verdadera imposibilidad de hacer otra cosa, y lleva consigo la necesidad de acudir a la confesión auricular en cuanto sea posible. Otra cosa supondría negar el carácter de juicio que debe tener este sacramento: y negar su misma naturaleza, que es lo que sucede en este caso, supone negar el sacramento mismo: no sería válido. Parece razonable la objeción de Eva: el cura era cura, y la absolvió. Pero no tiene en cuenta que para la validez de este sacramento —es el único caso, y precisamente por su carácter judicial—, no basta con el orden sacerdotal —necesario, por otra parte, pues el único ministro posible es el sacerdote u obispo—, sino que es necesaria también la jurisdicción, y ésta se concede con arreglo a la normativa que la concede.
En el diálogo final, Eva pregunta qué tiene que decir exactamente, o más bien pide que se lo confirme su amiga. Las respuestas de ésta, sin una excesiva precisión que no vendría muy a cuento, son las acertadas. Debe decirse todo pecado grave —los leves pueden decirse, es muy recomendable decirlos, pero no hay obligación de decirlos—, desde la última confesión bien hecha. “Contar las cosas, pero sin echarles rollo” quiere decir que hay que especificar los pecados —decir qué se ha hecho, de forma que quede claro el tipo concreto de pecado: la especie—, pero no hay necesidad de más, aunque precisar circunstancias pueda en algún caso ser útil para la dirección espiritual. ¿Y en caso de olvido? También es acertada la respuesta, aunque lleva implícita una condición: de lo que uno se acuerde… tras un diligente examen de conciencia. La extensión de éste será la razonable, dependiendo de las circunstancias, tales como el tiempo que se lleva sin recibir este sacramento. Pero siempre teniendo en cuenta que lo más importante no es un examen exhaustivo, sino una contrición verdadera. Por lo demás, en caso de que un pecado grave se recuerde con posterioridad, la integridad del sacramento —ese carácter judicial del que hemos tratado— pide que se diga en la próxima confesión, aunque ya esté perdonado.
¡Ah! ¿Y qué podríamos contestar si alguien nos dice que no se siente capaz de decir algo? Pues que probablemente se sentirá capaz si hace un esfuerzo; y si no, que pida ayuda: en primer lugar, a Dios; y si es necesario, también al sacerdote. Pero una cosa es el olvido y otra muy distinta es la vergüenza. Por eso Eva juzga, con razón, que esas confesiones pasadas eran inválidas, y por tanto sacrílegas, como las comuniones que siguieron.
El quinto requisito de este sacramento, cumplir la penitencia impuesta, no plantea problemas en el caso, como no suele plantearlos en la realidad: hoy en día las penitencias que se imponen son por lo general bastante asequibles.
Lo que sí se plantea en el caso, aunque sea indirectamente, es el lugar apropiado para la confesión. Salvo situaciones extraordinarias —que aquí no se dan—, y sobre todo para mujeres, la respuesta es “el confesonario”. No se trata en este caso de un requisito de validez, pero hay obligación, como en todo sacramento, de cumplir lo dispuesto. Por eso, utilizar el despacho parroquial está mal. ¿Y qué se debe entender por “confesonario”? La respuesta la debe dar, para cada país, la respectiva Conferencia Episcopal. Pero en todo caso debe incluir una rejilla que garantice el anonimato del penitente. Tiene derecho a él. Por eso Eva está en su perfecto derecho de querer que no sea conocida. A la vez, debe también comprender que, si quiere recibir una verdadera dirección espiritual —muy útil para ella y para cualquiera—, no viene nada mal que el sacerdote sepa quién es. Pensar cosas como que “se va a asustar” o “me va a reñir” suelen ser tonterías sin fundamento.
En los diálogos entre las dos amigas salen también a relucir los efectos de este sacramento, que no se limitan estrictamente a perdonar los pecados (aunque quede una pena temporal que depende de la gravedad de lo cometido y del grado de contrición). Como bien señala Blanca, si hay algo que cambiar costará menos con confesión que sin ella. El motivo es la gracia sacramental, que es una ayuda para vivir bien precisamente aquellas virtudes a que se refieren los pecados acusados. Esta gracia se añade a la gracia santificante —que confiere todo sacramento—, aumentada o recuperada —según los casos— junto con los pasados méritos. Por esto es tan conveniente la confesión frecuente, y es un error pensar que no tiene mucha utilidad confesarse si no se han cometido pecados mortales. Y si se han cometido, no sólo hay necesidad de confesarlos tarde o temprano; hay también obligación de no tardar mucho: en concreto, la ley eclesiástica dispone que sea al menos una vez al año.
Por lo demás, tenemos en este caso un buen ejemplo del valor apostólico de la amistad. Sólo una profunda amistad como la que une a estas dos chicas hace posible la ayuda que una presta a la otra. Ayuda que está bien prestada, pues sabe ser enérgica cuando debe —cuando falta voluntad, no queda más remedio que “suplirla”—, a la vez que también sabe no humillar. A su vez, esa amistad justifica ese comportamiento de Blanca, que de otra forma podría calificarse de injustificada intromisión en la intimidad ajena. Es asimismo un buen ejemplo de que la amistad más auténtica busca los bienes más auténticos para el amigo. Por otra parte, también se hace aquí patente algo que sucede con mucha frecuencia cuando se trata de asuntos como éste: que los verdaderos motivos no son siempre los que aparecen, o al menos los que aparecen en primer lugar. No es raro, a su vez, que con el tiempo se acaben dando “pistas” sobre las verdaderas causas del comportamiento —a veces, son verdaderas peticiones de ayuda que no se atreven a hacerse más explícitas—, y entonces hay que tener, como tiene aquí Blanca, la agudeza necesaria para saber captar ese tipo de “mensajes”.

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Written by rsanzcarrera

octubre 31, 2007 a 11:46 am

Publicado en Catequesis

3 comentarios

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  1. Hola:
    Suele suceder que olvidamos lo importante que es apoyar y alentar a las personas que nos rodean, así sean amistades o familiares.
    Con frecuencia conocemos personas que dudan en acercarse al confesionario, las razón casi siempre son las mismas en todos……y generalmente solo necesitan de un empujoncito de nuestra parte…
    Cuando salen del confesionario, a veces es común escucharles decir que sienten como si les hubiesen quitado un gran peso de encima.
    Claro, el peso del pecado, del remordimiento, esto suele pesar más que cualquier preocupación económica o monetaria.
    Recuerdo que en una ocasión hace años mi esposo dijo…”Para que voy con un sacerdote?…si el no ha vivido la vida como yo, el solo esta dentro de la Iglesia, y dentro de ese confesionario, ¿Qué consejos me puede dar un hombre así?”……….y un sacerdote amigo y hermano de la familia le contesto….”Tal vez yo nunca viva las experiencias de toda tu vida o la vida de las demás personas….pero, si tu escucharas lo que yo he escuchado tras ese confesionario, encontrarías que en ese rinconcito de la iglesia llegamos a aprender y conocer mas de la vida, que tu en toda tu vida, además no olvides que en ese rinconcito no me encontraras a mi, si no que te escuchara Dios y será él quien hablara atreves de mis labios para ti.”
    Sobra decir que mi media naranja, no pudo replicar más.

    Saludos
    Liz

    Liz

    noviembre 3, 2007 at 10:19 pm

  2. quien puede recibir el sacramento de la confesion?

    alejandro

    enero 25, 2008 at 2:25 pm

  3. Hola Alejandro:
    Supongo que te refieres al requisito más importante ¿no? El requisito más importante para el perdón es el arrepentimiento, el dolor de los pecados. Y a mi me parece que el simple gesto de ponerse delante del confesor ya implica este arrepentimiento y deseo de perdón
    Te encomiendo. Recibe un saludo cordial.
    Rafael

    rsanzcarrera

    enero 25, 2008 at 3:36 pm


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