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El Sacramento de la Unción de enfermos (comentario)

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Comentario al caso sobre el sacramento de la Unción de enfermos:

En este sacramento, quizás el aspecto doctrinal más relevante es que debe quedar clara la naturaleza del sacramento, y con ella su finalidad y el sujeto apropiado para su recepción. La madre de Miguel, aparte de un escaso sentido sobrenatural, conserva unos anticuados prejuicios que se deben superar. La Unción de enfermos, aunque prepara para el momento de la muerte, no está concebida para ser administrada en ese momento, sino bastante antes: cuando se da la enfermedad grave, o la vejez permite pensar que ese momento puede no estar muy lejano. De ahí que, en primer lugar, conviene llamar siempre a este sacramento “Unción de enfermos” en vez de “Extremaunción”. Pensar que debe de ser tan “extrema” conduce con facilidad a pensar que la llegada del sacerdote a la cabecera del enfermo constituye una especie de certificado de defunción inminente, lo cual, entre otras consecuencias, trae la de dificultar que se administre este sacramento, con lo que supone de negar una ayuda que tanta falta hace en unos momentos tan importantes. En otras palabras, y acudiendo a la referencia bíblica de este sacramento, la Epístola de Santiago (5, 14: “¿Alguno entre vosotros enferma? Haga llamar a los presbíteros de la Iglesia y oren sobre él, ungiéndole con óleo en el nombre del Señor”) se refiere al caso de que uno enferme (se sobreentiende que gravemente), no de que se esté muriendo, aunque si éste es el caso se le debe administrar la Unción con más motivo.
Otro error bastante frecuente —en el que probablemente incurre la madre de Miguel, aunque aquí no se explicita— es pensar que sólo se puede conferir una vez, o que sólo se puede volver a conferir una segunda vez al cabo de mucho tiempo y si la enfermedad es otra. No es así: se puede reiterar, y durante la misma enfermedad si ésta se agrava. Al no imprimir carácter, no hay ningún inconveniente para ello. Y cumple así mejor su finalidad: ayudar espiritualmente en el difícil trance de la enfermedad y preparar para una buena muerte —que siempre es dura, aunque el cristiano debe verla esperanzadamente como el tránsito a la vida eterna—. Es el sacramento que de modo particular infunde esperanza, en unos momentos en que resulta más peligrosa la tentación de la desesperación. Además, secundariamente, puede curar o aliviar físicamente al enfermo, si Dios así lo quiere por convenir a su alma (a veces, puede por ejemplo limitarse a una mejora transitoria para permitir preparar adecuadamente el momento final de la vida terrena).
Por supuesto, estos efectos acompañan al aumento de la gracia santificante, que no puede faltar en ningún sacramento. Decimos aumento porque éste es, de por sí, un sacramento de vivos. Y decimos en este caso “de por sí”, porque accidentalmente puede hacer recuperar la gracia perdida: son casos en los que no hay capacidad para recibir la confesión —por ejemplo, por estar el individuo en coma—, pero sí queda una disposición habitual de querer estar en paz con Dios rechazando los pecados cometidos. De la gracia sacramental ya hemos tratado: es esa ayuda espiritual arriba señalada.
El párroco aplica lo que se ha venido en llamar el “rito continuado”, administrando, en primer lugar, el sacramento de la penitencia (es el primero en orden por ser la Unción sacramento de vivos). Puede hacerlo aunque el enfermo no pueda hablar, si éste, conscientemente, da algún signo externo de arrepentimiento —a requerimiento del sacerdote—: ya se vio en el caso anterior que la integridad de la confesión es necesaria hasta donde sea posible; por eso, si resulta imposible, puede considerarse dispensada. En segundo lugar viene la Unción, que además de su efecto propio supone una preparación óptima para recibir el principal sacramento, la Eucaristía, que en este caso recibe el nombre de “viático”, porque prepara para el tránsito —la “vía”— definitivo. Es el orden lógico, y el previsto.
Aparecen algunas dudas sobre la materia del sacramento. El óleo que se utiliza es uno específico bendecido para ello. Pero falla —es el único fallo del párroco, que subsana rápidamente—, y entonces está previsto que pueda bendecirse aceite sobre la marcha y que se emplee éste. No tiene que ser necesariamente de oliva, sino sólo vegetal; por eso, el de cacahuete vale. Actualmente se ungen cabeza y manos, y nada más: como dice el sacerdote, ungir otras partes del cuerpo “era antes”. La forma también cambió recientemente —como no aparece ninguna concreta en la Escritura, puede cambiarse, aunque siempre reflejando la naturaleza de este sacramento—, y puede encontrarse en el nº 1513 del Catecismo. En cambio, sobre lo que sí es explícita la Escritura es sobre el ministro: “los presbíteros”.
La situación que narra el caso no es infrecuente. Suele suceder que quien está sereno es el enfermo —la intranquilidad viene muchas veces de la incertidumbre, no de otra cosa— y quienes están nerviosos son los que le rodean. De todas formas, lo más importante no es que esté tranquilo o que no se disguste, sino que se prepare adecuadamente para ese momento final. Por eso hay que avisar con tiempo al enfermo del próximo desenlace. Lo suelen aceptar serenamente, contra lo que a veces piensan los familiares. El tutor de Miguel le aconseja bien, y Miguel actúa bien: se pone firme cuando no queda más remedio que ponerse firme, y no queda más remedio porque aquí el poner los medios para facilitar que el abuelo alcance la vida eterna es prioritario sobre cualquier otra consideración. Al final resulta que con ello hace un favor a todos, incluida su madre, a la que quita un peso que gravaba su conciencia.

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Written by rsanzcarrera

octubre 31, 2007 a 11:49 am

Publicado en Catequesis

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