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El Sacramento del Matrimonio (caso)

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Exposición del caso sobre el Sacramento del Matrimonio:

A Inmaculada le cayó bien desde el primer momento la novia de su hermano Agustín, Estefanía, cuando la conoció en su casa. Tenía 20 años, sólo uno más que ella. Con quien no se llevaba tan bien era con su hermano: pensaba que “sólo iba a lo suyo”, y era antipático y frío, al menos con ella. Agustín había empezado a trabajar, tras haber terminado su carrera.
Un día Inmaculada se encontró a su madre llorando. Preguntó qué pasaba, y su madre contestó que su hermano se iba a vivir a un apartamento con su novia, sin casarse. Al parecer, todo intento de pararle había resultado inútil. Y, efectivamente, al cabo de unos días se fue.
Pasaron varios meses sin noticias de su hermano, e Inmaculada, a quien preocupaba la situación y el sufrimiento de sus padres, se preguntaba si ella podía hacer algo. Uno de los pocos días que oyó a sus padres hablar de esto, notó que tendían a echar la culpa a la chica: ella “le habría metido esas ideas”, “se lo había llevado”, etc. Inmaculada no dijo nada, pero de entrada le pareció injusto. Y entonces resolvió buscar a Estefanía y hablar con ella. La encontró en la Universidad, se saludaron cordialmente, y cuando le dijo que quería que hablasen, Estefanía la invitó a comer unos días más tarde, aprovechando que Agustín estaba de viaje profesional.
Inmaculada acudió a la cita, y vio el pequeño apartamento, instalado con gusto aunque con cierto desorden. Cuando empezaron a hablar, Inmaculada preguntó si pensaban casarse. Estefanía contestó que si de ella dependiera lo haría, pero que lo que quería él era ver primero “si lo nuestro funciona”. —”¿Y si tenéis un hijo?” —”No. No quiere. En eso es terminante: si me empeño, él se va. La verdad es que hasta que no acabe la carrera yo tampoco tengo muchas ganas”. —”¿Y después?” —”Después a mí sí me gustaría, pero a él no sé: dice que «ya veremos», y no quiere hablar más. Yo no le puedo cambiar, ya sabes tú cómo es”. Siguieron hablando. Inmaculada pensaba que Estefanía era “buena persona”, y que podía ser interesante cultivar lo que entendía claramente que podía ser una verdadera amistad. Propuso que se siguieran viendo, y Estefanía aceptó encantada. No dijeron nada al respecto, pero ambas entendieron que era mejor que no se enterase su hermano. Inmaculada tampoco dijo nada a su padres, porque pensaba que se enfadarían. Aprovechando viajes de Agustín, las dos chicas se citaban.
Meses después, apareció Agustín en casa de sus padres, diciendo que quería hablar con ellos a solas. Inmaculada no pudo resistir la tentación de poner el oído en la rendija de la puerta, y escuchó la conversación. Agustín necesitaba un aval para adquirir un piso —el apartamento actual era alquilado—, y, amablemente —a ella le pareció que cínicamente— ofrecía a cambio casarse. Parecía que iba la cosa bien, cuando Agustín tuvo que admitir que iba a ser “por lo civil”. Su padre le pidió explicaciones, y él dijo que no valía la pena discutir por una cuestión de trámites, ya que una ceremonia era un trámite; y que le parecía hipócrita ir a una iglesia a casarse cuando él no pisaba una iglesia: —”Es aparentar lo que no eres”. Su padre se enfureció: dijo que él no se prestaba a “esa pantomima”, que eso “ni es boda ni nada”. —”¿Por qué no? Haces lo mismo, pero en otro lado”. No quería entrar en discusiones su padre, y prácticamente le echó, no sin decirle que nadie de la familia asistiría al juzgado.
Cuando al cabo de unos días Inmaculada y Estefanía pudieron verse, aquélla contó la conversación con su padre a ésta. Estefanía dijo que el verdadero motivo por el que no quería casarse “por la Iglesia” era que no se podía rescindir. Entendía que se unían por su voluntad, y a voluntad podían dejarlo “si no resultaba”. Incluso, si una pareja así lo acordaba, podían tener su “vida sexual independiente”. Volvió a salir el tema de los hijos. —”Sigue igual”, dijo Estefanía. Ya tenían confianza entre sí, e Inmaculada preguntó: —”Pero, ¿qué haces…?” —”Te lo puedes imaginar. De todo”, contestó con un tono de suspiro. Inmaculada preguntó si se daba cuenta de que todo eso era inmoral. Resultó que sí se daba cuenta de que no estaba bien, aunque tampoco sabía muy bien por qué. Su familia se había roto, ella había vivido desde pequeña con unos tíos al irse su madre “a rehacer su vida”. En cuanto a su formación cristiana, no había hecho ni la primera comunión. —”¿Pero tú eres feliz así?”, acabó preguntando Inmaculada. —”Es lo que tengo…”, respondió Estefanía, con una mirada que parecía pedir comprensión.
Cuanto más pensaba Inmaculada en todo esto, más pena le daba Estefanía. Ya no se trataba solamente de sus padres, la quería como una amiga de verdad. Le propuso ir enseñándole el catecismo, y aceptó. Pudo ir comprobando que se interesaba, y hacía preguntas bastante inteligentes. —”Tienes suerte de que te hayan enseñado todo eso”, dijo alguna vez. Se sorprendió de que el matrimonio fuera un sacramento, y cuando le explicó la doctrina sobre la familia comentó que “es bonito, ¿pero de verdad se puede vivir eso?”. Inmaculada contestó que sí, tan resueltamente que se quedó ella misma sorprendida: ella se había preguntado alguna vez lo mismo, y dudaba un poco, pensando que “a lo mejor me están colando una novela rosa”.
Tras pensarlo bastante, Inmaculada llegó un día a la conclusión de que Estefanía ya estaba más preparada y ella estaba asqueada de la situación de su amiga. Fue a verla. Le preguntó que si de verdad deseaba llegar a tener su familia. Ante la respuesta afirmativa, continuó: —”Y dime la verdad, ¿esto que tienes de verdad es una familia?” —”No mucho, ¿verdad?” —”Y ése —prosiguió, sin querer llamarle por su nombre— no va a querer tener un hijo nunca, a estas alturas ya te has tenido que dar cuenta, ¿no?” —”No lo sé…” —”Se está aprovechando de ti, te está explotando, y cuando se canse de ti te dejará tirada, ¿es que no te das cuenta?” —”¿Y qué quieres que haga?” —”¡Irte de aquí! ¡Buscar un novio de verdad! ¡Y arreglar tu vida, y casarte…!” —”Inma, es tu hermano”. —”Y tú eres mi amiga”. —”¿Y a dónde voy a ir?” —”Bueno, te estaba buscando algo. Creo que puedo encontrar algo baratito, una habitación para estudiantes en una familia, y de paso te enteras de lo que es eso. Déjame unos días, y te lo consigo”. Estefanía se quedó pensativa. —”Inma —dijo al cabo de un rato—, creía que la gente como tú no existía”. Inmaculada se echó a reír. —”Alguna queda”, dijo antes de despedirse.
Decidieron días más tarde no dar más aviso de que se iba que una carta que quedaría en el apartamento. Inmaculada trajo el coche de su madre, e hicieron el traslado. Pensaba, y así lo dijo a su amiga, que ella por su parte estaba aturdida de lo que había sido capaz de hacer, y además de enseñar había aprendido mucho. Era, decía, “como si se hubiese hecho mayor de repente”, y conceptos como amistad, familia, amor y otros, habían cobrado nuevo significado. “¡Si es que antes era imbécil, de verdad!”, le decía a una Estefanía a la que se notaba un poco asustada, pero liberada de un buen peso y con ganas de encontrar el modo de devolver la ayuda que había recibido.

Tras reflexionar un poco personalmente sobre el caso y para formarte en este punto puede venir bien leerte lo siguiente:

Y finalmente para no alargarnos más en este artículo lee cuando puedas y con calma el siguiente comentario al caso sobre el sacramento del Matrimonio (pinchando en este enlace) y me dices tu opinión: ¡Animo!

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Written by rsanzcarrera

octubre 31, 2007 a 11:52 am

Publicado en Catequesis

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