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El Sacramento del Matrimonio (comentario)

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Comentario al caso sobre el Sacramento del Matrimonio:

(La naturaleza del matrimonio)

En este caso vemos enfrentados el concepto de matrimonio y lo que podríamos llamar un “sucedáneo” de éste, algo que conserva cierta apariencia de un producto auténtico, pero que no lo es e intenta pasar por bueno a la sombra de lo auténtico. Se podrá decir que el ejemplo está bastante llevado al extremo, pero no es tan infrecuente, y además es a donde tienden a parar las falsificaciones del matrimonio.

1) Una primera aproximación a la noción de matrimonio es definir éste como la unión con la que se crea una familia. Como se ve en el caso, nadie —ni el mismo Agustín— piensa que lo que vive en ese apartamento sea una verdadera familia. Puede deducirse así que no puede considerarse un verdadero matrimonio.
La misma definición empleada deja ver que la palabra “matrimonio” puede emplearse en un doble sentido: como el acto que hace efectiva la unión —”contraer matrimonio“—, y como la institución o situación que éste genera —”X e Y son un matrimonio“—. Tratándose de seres humanos, el primero sólo puede realizarse por una mutua declaración de voluntad: al modo de un contrato.

  • Pero no todo “contrato de convivencia” es un matrimonio: lo es sólo el que da lugar a una familia. Y como la familia es algo natural, sus rasgos esenciales vienen dados por naturaleza, el contenido esencial de ese contrato es algo que no puede disponerse a voluntad, sino que viene naturalmente dado. Con esta aclaración se puede entender que el razonamiento de Agustín cuando dice que “entiende que se unen por su voluntad” tiene bastante de sofisma: una cosa es contratar voluntariamente, y otra muy distinta fijar las condiciones del contrato a voluntad.
  • En casi todos los contratos ambas cosas equivalen; en éste, no. Entonces, ¿la naturaleza coarta la libertad? Los términos de la pregunta son un tanto equívocos. Desde luego, la limita, pero no por imposición, sino más bien porque es la naturaleza de un ser limitado. Por eso, violentar la naturaleza, aunque sea en nombre de la libertad, es dañar al ser mismo. No se “supera” la naturaleza: se daña. Es, objetivamente, un mal. En este caso tenemos un buen ejemplo.

2) Si la primera parte del razonamiento de Agustín no se ajusta a lo que es al matrimonio, la segunda —que pueda rescindirse a voluntad— tampoco se sostiene bien. Si la familia es algo estable por naturaleza, no puede romperse por la voluntad. Sólo la misma naturaleza puede disolver un matrimonio, lo que sucede al morir uno de los cónyuges. Pero el vínculo no se rompe por ninguna otra causa. Es cierto que a veces se hace imposible la convivencia familiar, y pueden separarse —en casos extremos, puede hasta ser un deber hacerlo—. Pero la convivencia de hecho no se identifica con el vínculo de derecho: éste es firme por naturaleza, aunque se malogre su puesta en práctica por las debilidades humanas.

  • Por otra parte, conviene conocer bien la vida. Las palabras de Agustín cuando alude a la posibilidad de que la unión “no resulte”, no por ser frecuentes dejan de ser algo engañosas al utilizar el verbo de modo impersonal. No suelen ser las circunstancias adversas —que en un momento u otro nunca faltan a nadie— lo que malogra la convivencia familiar, sino más bien los egoísmos personales que se ponen de manifiesto cuando surgen esas circunstancias. En las separaciones y divorcios la culpa puede estar repartida entre los cónyuges en proporciones diversas, pero lo habitual es que esa culpa exista.

Nótese bien que toda esta argumentación parte de la naturaleza, no de la fe (que no deja de confirmar, claro está, lo que exige la naturaleza). El “no” al divorcio no es un asunto exclusivamente cristiano, ni un intento de imponer una forma religiosa de matrimonio a todos, creyentes o no. Es algo que puede no ser fácil de entender —por eso a los cristianos nos viene aquí muy bien la confirmación que hace la Revelación de las características naturales del matrimonio—, pero debe quedar claro que los cristianos hablamos aquí en nombre del Derecho Natural. Admitir un vínculo matrimonial soluble daña a las personas y a la sociedad. Y, si es verdad que puede ser difícil de comprender en sí, no lo resulta tanto ver sus consecuencias: el daño que ha producido esa permisividad es bastante visible para quien quiera verlo. 

La estabilidad del matrimonio descarta asimismo cualquier tipo de “matrimonio a prueba”. O hay matrimonio —y éste es como es—, o simplemente no lo hay.

  • ¿Pero en algo tan serio no es muy conveniente conocerse bien previamente? Lo es, y eso se llama “noviazgo”. Lo sensato es tenerlo, y conocer bien a la persona con quien se pretende compartir la vida antes de que llegue un enamoramiento “ciego”.
  • Y lo insensato pretender que, buscando sólo lo agradable de la unión, se asegure la estabilidad futura. Y, además, como señalábamos antes, es asimismo insensato pretender quitarse de encima la responsabilidad pensando que la estabilidad dependa de las circunstancias o de una especie de “complementariedad” fortuita. Dependerá más bien del espíritu de sacrificio con que se avale la autenticidad del amor.

(Unidad-Fidelidad matrimonial)

3) Cuando hay un contrato y dos partes contratantes no puede faltar la virtud que inclina a dar a cada parte lo que le corresponde: la justicia. La justicia exige en primer lugar que sólo quepa matrimonio de “uno con una”. Si hombre y mujer tienen la misma dignidad, en ningún caso puede haber desequilibrio entre lo dado y lo recibido. El amor postula también esa exclusividad. Es por tanto una propiedad del matrimonio llamada “unidad”.

  • Y esa exclusividad no sólo excluye casarse con una tercera persona, sino también, como es lógico, otorgarle cosas que son debidas sólo al cónyuge. Se trata del deber de fidelidad. Lo que se otorgan hombre y mujer al casarse, por la naturaleza contractual del matrimonio, se convierten en derechos de uno sobre el otro, el más específico de los cuales —aunque no el único— es sobre su sexualidad. Por eso el adulterio es un pecado que no sólo atenta contra la castidad, sino también contra la justicia. Por eso dentro de un matrimonio ninguno tiene derecho a una “vida sexual independiente”, ni aunque así haya sido pactado: los derechos fundamentales de las personas son indisponibles, y el hecho de que haya un pacto de ese tipo no impide que se viole un derecho de este tipo. Sería algo análogo a un contrato de esclavitud: por atentar contra la dignidad de la persona, sería inmoral tanto proponer un contrato de este tipo como aceptarlo.

(Causas de nulidad)

Los órganos sexuales constituyen lo que en biología se denomina “aparato reproductivo”. La diversidad sexual tiene como fin natural la reproducción —de la especie: por eso no es una obligación casarse para todo individuo, basta con que lo haga la mayoría—, y ésta no se limita estrictamente a engendrar, sino también a lo que podría llamarse “crianza”. Ésta, en los humanos, es particularmente prolongada y conforme con su naturaleza espiritual: necesita un clima moral y afectivo propicio. De ahí la exigencia natural de la familia y de su estabilidad. No cabe disociar familia y reproducción. Por eso el matrimonio puede denominarse un “contrato sexual”, y por ello sólo pueda ser contraído —técnicamente se diría que sólo son “sujetos hábiles”— entre un hombre y una mujer. No quiere eso decir que no hay matrimonio hasta que no hay hijos. Pero sí quiere decir que desde el primer momento, por su carácter sexual, tiende a los hijos. La generación —y posterior crianza: educación— de los hijos es fin específico del matrimonio. Si se excluye de la intención al contraer se habría prestado consentimiento a un contrato que no sería el matrimonial, y por tanto el matrimonio sería nulo.

La naturaleza espiritual del hombre también se pone de relieve en su comportamiento reproductivo. No es el instinto el que en último término une a hombre y mujer, sino la voluntad. Y ésta debe ser regida por la razón. Lo cual se traduce en que los matrimonios deben decidir prudentemente sobre su descendencia: es la llamada “paternidad responsable”. Decisión prudente no significa arbitrariedad, ni lo prudente es lo pasivo o lo cómodo. En la familia, precisamente por estar regida por el amor, es donde más se pueden pedir virtudes como el espíritu de sacrificio y la generosidad. En el caso estudiado, si Inmaculada y Agustín hubieran estado verdaderamente casados, el deseo de la primera de esperar un poco hasta acabar la carrera para tener un hijo podría ser prudente y manifestar una “paternidad responsable”; pero la postura del segundo sólo podría calificarse de egoísmo irresponsable. Y es ese egoísmo el principal responsable de la caída de la natalidad que observamos en nuestra sociedad.

Sin embargo, la vieja máxima moral de que el fin no justifica los medios conviene recordarla particularmente en este terreno. La decisión, aunque sea responsable, de retrasar un nacimiento no justifica el que, como dice Inmaculada, se haga para evitarlo “de todo”, aludiendo implícitamente a conductas que desvirtúan la unión sexual. Éstas, incluidas las que la hacen artificialmente infecundo, son inmorales: suponen violentar la naturaleza —en este caso la naturaleza de la unión sexual, lo que éste debe ser por naturaleza—, y eso siempre está mal, es un pecado.

Eso no quiere decir que mientras haya causas serias que hagan prudente posponer la llegada de un nuevo hijo los cónyuges deban renunciar a tener vida sexual: pueden hacerlo —mantienen así la afectividad conyugal— utilizando para ello los periodos naturales de infecundidad: son los llamados “métodos naturales de regulación de la natalidad”. De esa diferencia de valoración moral entre una y otra cosa se dan cuenta las personas, aunque haya quien esté empeñado en pretender que no sea así. En el peor de los casos, como es el caso de Inmaculada debido a su muy escasa formación, carencia de familia y malos ejemplos, se dan cuenta de que lo inmoral “no está bien”, aunque no sepan explicar muy bien por qué.

(Dimensión social y eclesial del matrimonio)

Hasta el momento no se ha mencionado el sacramento. Pero, implícitamente, sí se ha tratado de él, porque es este mismo matrimonio del que venimos tratando el que es un sacramento. El sacramento no es algo que se añada al matrimonio: es el mismo matrimonio el que para los bautizados es sacramento. Lo que se añaden son los efectos sacramentales al matrimonio. Se recibe gracia santificante —se aumenta: es sacramento de vivos—, y gracia sacramental que, lógicamente, se referirá al cumplimiento de los deberes familiares en todos sus aspectos. Se da también una nueva dimensión a los fines del matrimonio: propagan la Iglesia, no sólo la especie humana, y son, por mandato eclesial (podría llamárselo “misión eclesial”), los educadores en la fe de sus hijos.

Hay un aspecto del matrimonio que conviene explicar, para poder entender lo que sigue. El matrimonio, como inicio de la familia, no interesa sólo a los contrayentes, sino también a la sociedad entera, ya que, en último término, la estabilidad y la paz de la sociedad depende mucho de la estabilidad y la paz de las familias.

Esta sociedad es la sociedad civil, pero algo análogo puede decirse de la Iglesia. Por eso las dos sociedades, cada una en su ámbito, tienen derecho a legislar sobre el matrimonio. Y entre esta legislación, por el interés público y la llamada seguridad jurídica (certeza y constancia pública del contrato y de que se cumplen los requisitos, sobre todo), está el establecimiento de una forma, como por otra parte sucede con los contratos más importantes. Sin ella, el contrato no es válido.

  • El principal motivo de que deba cumplirse una ceremonia eclesiástica no es tanto la necesidad de celebrar el sacramento en una iglesia (es más bien un fundamento: como corresponde a la Iglesia regular la celebración de los sacramentos, puede exigir estos requisitos), sino la exigencia de esa solemnidad y publicidad por el interés público (hay algún argumento más de conveniencia). Por poder, si no existiera esa legislación bastaría que los contrayentes manifestaran su consentimiento entre ellos mismos para casarse válidamente. Esto es así porque en este sacramento los ministros son los mismos contrayentes —uno del otro—, y no el sacerdote: este hace de “testigo oficial” de la Iglesia —necesario en situaciones ordinarias—, pero nada más: por eso, lo correcto es decir que “bendice la unión”, no que “los casa”. Con todo esto, ya se ve que no tiene razón Agustín cuando dice que la ceremonia es un “mero trámite”. Claro que no es extraño que piense eso desde su mentalidad insolidaria, que no sabe ver un interés más amplio que el suyo.

 

(Matrimonio civil)

¿Pero no tiene razón en querer que casarse “por lo civil” si es verdad que no pisa una iglesia? ¿No es, como él dice, una pantomima? ¿No saca las cosas de sitio su padre? La respuesta es que Agustín tampoco aquí tiene la razón. Si antes señalábamos que es el mismo matrimonio el que entre bautizados es sacramento, no es difícil deducir, a sensu contrario, que si no hay sacramento tampoco hay matrimonio. Por eso es verdad que lo que pretende en este caso “no es matrimonio ni es nada”. Quizás su padre debería haberlo dicho más calmadamente, aunque no es sorprendente que se enfade cuando se da cuenta de que lo que estaba haciendo su hijo era chantajearle.

  • Aún así, ¿no es intolerante al decirle que nadie de la familia asistiría a la “boda”? No, porque asistir a una boda es algo más que respetar una decisión: es otorgar un reconocimiento público. Y no se debe otorgar a algo que no pasa de ser un concubinato, o, si se quiere así, un “concubinato formalizado”.
  • ¿Pero no es poco caritativo hacerle a alguien el vacío de ese modo? Disgusta, qué duda cabe, pero la caridad debe mover, por encima de todo, a buscar el bien para las personas, y respaldar una situación de ese tipo es ayudar a alguien a que “se instale” en una situación de permanente inmoralidad, lo cual no es precisamente la ayuda que necesita. No se trata de que los padres deban “cortar con el hijo” —si lo hacen, posiblemente se deba más al orgullo herido que a ninguna otra cosa—, sino que deben intentar por su bien que enderece una situación lamentable como ésta. No es falta de caridad, aunque de entrada duela, como no lo era aplicar a ese mismo hijo, cuando era pequeño, agua oxigenada sobre una raspadura: escocía, pero era lo que curaba. ¿Y no podría ocurrir que su asistencia evitara males mayores? Sí que podría ocurrir, y en ese caso —sólo en ese caso— habría que hacerlo, aunque habría que dejar bien claro a todos que con esa asistencia no se pretende reconocer esa unión.

La pregunta de Estefanía sobre si de verdad se puede vivir lo que la Iglesia enseña sobre el matrimonio es comprensible. Si se conoce bien la vida se concluye pronto que ésta tiene muy poco que ver con una novela rosa. La misma Inmaculada había tenido sus dudas sobre esto. Y es que, desde luego, si alguien tratara de presentarlo como una novela rosa, más que formar, deformaría a quien le oyera. La realidad es que es, efectivamente, muy bonito, pero con la belleza de lo que sabe superar dificultades, que no faltan. Si la Iglesia presenta el matrimonio cristiano como vocación y camino de santidad, implícitamente está diciendo que requerirá el heroísmo. Y con lo fácil no cabe heroísmo alguno. Pero precisamente por esto el matrimonio es un sacramento: es necesaria la gracia a los esposos cristianos para que puedan vivir cristianamente su matrimonio.
Por otra parte, el caso enseña cómo ayudando a los demás se ayuda uno a sí mismo. Para aprender no hay nada como enseñar, y no digamos cuando se trata de la fe, que se refuerza con el apostolado. Lo mismo cabe decir de la madurez que ha conseguido al asumir responsabilidades y ayudar a su amiga a madurar y encauzar correctamente su vida. Se ha portado muy bien: ha sabido ser comprensiva, ser paciente cuando hacía falta ser paciente, ser fuerte cuando ha hecho falta serlo, ser prudente, y tener una cabeza y un corazón cristiano. Claro que en esta vida, por santo que sea uno, siempre asoma algún defecto: ¡esa manía de arrimar la oreja a las rendijas para oír conversaciones ajenas…!

Written by rsanzcarrera

octubre 31, 2007 a 11:52 am

Publicado en Catequesis

7 comentarios

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  1. Os podiais enrollar menos,y contestar sin mas a la pregunta que hemos hecho? ::POR QUÉ SE LLAMA ASI EL SACRAMENTO DEL MATRIMONIO?
    Hoy es 17 de mayo de 2008 ,quisiera tener la respuesta el dia 20 de mayo de 2008,gracias
    gema.

    gema

    mayo 17, 2008 at 11:56 am

  2. Hola Gema:
    Si te refieres al significado etimológico de la palabra matrimonio: parece que en castellano hace referencia a la madre o maternidad. La palabra matrimonio deriva de los vocablos latinos “matrem” y “munium” que significaría algo así como “oficio de madre”, es como si se dijera que según su etimología, el matrimonio tiene como objetivo “engendrar, alimentar y educar a los hijos” que es lo que hacen las madres.
    Esto no ocurre en otros idiomas como el francés: mariage (usada también en inglés como marriage), cuyo origen significaría más bien “marido”.
    Un saludo cordial

    rsanzcarrera

    mayo 17, 2008 at 1:10 pm

  3. muchas gracias por contestarme tan pronto,no lo he leido hasta hoy,ya que no he tenido mucho tiempo,pero gracias por su respuesta:).Me ha servido de mucho,otra vez,gracias.
    Un saludo,gema.

    gema

    mayo 29, 2008 at 4:31 pm

  4. Me podríais decir tambien,antes del MARTES,que ocurre en él?esque tengo que entregar un trabajo muy importante el MARTES y no se esa pregunta!por favor,contesten,si puede ser el sábado:)
    Un saludo.
    Gema.

    gema

    mayo 29, 2008 at 4:39 pm

  5. Hola Gema: Aquí te copio esto por si te viene bien:
    e) Efectos del sacramento Puesto que se trata de uno de los siete sacramentos de la Nueva Alianza, en el matrimonio pueden estudiarse los elementos de todo sacramento: sujeto, ministro, signo sacramental y efectos. Brevemente, puede recordarse que los esposos son sujetos y a la vez ministros del sacramento.(CEC 1621-1623) El signo sacramental es, como acabamos de ver, el matrimonio mismo: la unidad de marido y mujer, desde el momento en que nace por el pacto conyugal. Y la realidad significada por el signo es la unión salvífica, indisolublemente fiel, de Cristo con su Iglesia.

    El efecto propio e inmediato del sacramento del matrimonio no es la gracia sobrenatural, sino el vínculo conyugal cristiano,(Familiaris consortio, 13) que es como el título permanente por el que los cónyuges se hacen acreedores a la gracia propia del sacramento, que los fortalece y los capacita para vivir su matrimonio como vocación y camino eclesial de santidad, en la nueva dimensión que supone su elevación al orden de la gracia (CEC 1641). “En su modo y estado de vida, (los cónyuges cristianos) tienen su carisma propio en el Pueblo de Dios” (LG 11).

    Esta gracia propia del sacramento del matrimonio está destinada a perfeccionar el amor de los cónyuges, a fortalecer su unidad indisoluble. Por medio de esta gracia “se ayudan mutuamente a santificarse con la vida matrimonial conyugal y en la acogida y educación de los hijos” (LG 11; cf LG 41).El vínculo conyugal cristiano es el vínculo matrimonial mismo, elevado y santificado por la gracia, de manera que constituye “una comunión de dos típicamente cristiana, porque representa el misterio de la encarnación de Cristo y su misterio de alianza.

    En efecto, en virtud de su sacramentalidad, el vínculo conyugal se convierte en un vínculo sagrado, ya no meramente natural. Por esta razón, las propiedades esenciales del vínculo quedan dotadas de una peculiar firmeza, congruente con su significación sacramental (la unión indisoluble de Cristo con la Iglesia); y sus fines trascienden también el ámbito meramente natural.

    rsanzcarrera

    mayo 31, 2008 at 10:20 am

  6. muucHas gRaciias:) Siempree que teenga aLguna duda,visitare estaa pagina:)
    graciias de nuevo=)
    gemaa.

    gema

    junio 1, 2008 at 7:58 pm

  7. Es un buen artículo y le felicito al autor.
    El revalorar este hermoso sacramento del matrimonio, es una de las tareas de “La nueva evangelización”. La Iglesia debe salir a los “nuevos areópagos”, a los “nuevos escenarios”que se nos ofrece, para poder decir que la vocación y el camino a la santidad es posible en el Sacramento del Matrimonio

    EFRÉN VIVAR

    abril 8, 2011 at 11:09 pm


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