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El Sacramento del Orden Sacerdotal (comentario)

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Comentario al caso sobre el sacramento del Orden Sacerdotal:

Aunque los términos suenen parecido, no es lo mismo cumplir una función que ser un funcionario. El sacerdocio cumple una función en la Iglesia, que le da su razón de ser. No es una necesidad para ningún individuo: lo es para la Iglesia que, para cumplir su misión, necesita que el sacerdocio de Cristo se perpetúe en la tierra, con su potestad espiritual. Ésta es la función. Puede verse en los Evangelios, ya que Jesucristo instituye este sacramento confiriendo estas potestades. No instituye este sacramento de un modo separado de los demás: al instituir éstos otorga a un grupo de sus discípulos —los apóstoles— el poder de conferirlos y administrarlos. No es difícil de advertir cuando se leen los textos de la institución de la Penitencia y la Eucaristía.
Por otra parte, también es fácil de apreciar que la potestad que Jesucristo transmite a ese grupo elegido de discípulos no es sólo sacramental. Abarca otros dos aspectos: la enseñanza de la doctrina —enseñar con autoridad— y el gobierno de la Iglesia que funda. Hay abundancia de palabras del Señor en los Evangelios que lo confirman. Así, queda configurada la llamada “triple potestad” (podría hablarse de la “triple función”) que abarca el sacerdocio: enseñar, santificar, regir.
Pero eso no identifica al sacerdote con la figura de un funcionario. No es que ser funcionario sea algo malo, sino que el sacerdocio es algo más que eso. A esta condición ha quedado reducido en ámbitos protestantes: funcionarios del culto (predicación incluida), o sea, funcionarios eclesiales a cargo de un templo. La Iglesia Católica no puede aceptar esto. De acuerdo con su doctrina, el sacerdocio es una participación, conferida por un sacramento, del sacerdocio de Cristo y por tanto de su misión como Cabeza de la Iglesia, y por tanto debe ser vivido de modo semejante a como Cristo vivió el suyo: no limitándose a oficiar un culto, sino poniendo la vida entera al servicio de esa misión. Estamos en las antípodas de una “estructura de poder”; más bien se trata de una “estructura de servicio”, incluido el gobierno de la Iglesia, ya que cuando se entiende y se vive correctamente el gobierno es un servicio a la comunidad. Este rasgo esencial del sacerdocio es el fundamento de todas las demás cuestiones planteadas aquí.
La primera de estas cuestiones es la vocación. Vocación significa en primer lugar que el sacerdocio está destinado a aquellos que “son llamados” para ello, como sucedió con los Apóstoles, que fueron tales por ser llamados por Jesucristo. Esto quiere decir que no puede nunca invocarse un derecho al sacerdocio. Hay que entender además el significado de “vocación”. En la Sagrada Escritura se pone de manifiesto que consiste más en una llamada “desde fuera” —por parte de Dios, aunque con frecuencia por medio de mediadores—, que en algo que el interesado pudiera “sentir”. Son una serie de circunstancias, también subjetivas, las que deben ser apreciadas para poder concluir que existe una verdadera vocación al sacerdocio, pero la más decisiva es precisamente el hecho de ser llamado “desde fuera”, por la autoridad eclesiástica, que debe juzgar sobre la idoneidad del interesado. Marcelino y sus amigos —así como la llamada “teóloga”— tienen una visión bastante superficial de lo que es una vocación. No es que se deba despreciar el “sentir algo”: puede tratarse del inicio de una vocación, pero nada más.
La noción correcta de vocación nos permite tratar sobre el sujeto de este sacramento, y en concreto sobre la limitación de éste al varón, excluyendo a la mujer. No se trata de un problema de discriminación, ni de desigualdad de derechos —ya hemos visto que ningún hombre puede esgrimir un supuesto derecho al sacerdocio—, ni de pensar que la mujer esté menos dotada para la tarea sacerdotal. Es una cuestión de vocación: Jesucristo sólo llamó al sacerdocio a varones. Y desde el principio la Iglesia ha entendido que ésa era la voluntad permanente de Dios, que a fin de cuentas es el que llama. ¿Y no podría haberse tratado de una concesión a la mentalidad de la época? No, ya que cuando era necesario romper moldes, así se hizo (aparte de que no era algo tan ajeno a la época: bastantes cultos paganos tenían sacerdotisas). ¿Y por qué lo quiso así Cristo? Es una cuestión secundaria respecto a la anterior, en cuya respuesta hay una menor certeza. Pero lo que parece ser la respuesta más adecuada es que es porque al ser el sacerdocio una configuración con Cristo que abarca incluso algún aspecto corporal —piénsese en las palabras de la Consagración en la Eucaristía—, y ser Jesucristo varón, conviene que el sacerdote también lo sea.
Parecida cuestión a contemplar al sacerdote como “funcionario” es verlo como un “especialista”. Lo es, por supuesto, pero la cuestión es si es sólo eso o es algo más. Ya hemos visto que es algo más: es una persona consagrada para dedicar su vida entera a su misión. Esto le hace vivir entre los hombres: a ellos es a quienes tiene que servir. Pero también hace que no sea “uno más”, al menos en el sentido habitual del término. No se trata tanto de que se “separa” como de que se “distingue”. Y como esta distinción tiene como fin el servicio, conviene que se exteriorice: de ahí la conveniencia de vestir un traje propio. No es algo ajeno a este mundo: en muchas profesiones con carácter de servicio público, se viste uniforme cuando se trabaja. Aquí la peculiaridad principal es que el sacerdote está de servicio siempre. Esa necesaria distinción tiene otras manifestaciones, que configuran un cierto estilo de vida sacerdotal: evitar lo que divide a las personas —por ejemplo, “meterse” en política—, lo que puede limitar su disponibilidad, lo excesivamente mundano, etc.
La cuestión del celibato sacerdotal hay que verla desde esta perspectiva. No se trata de que sacerdocio y matrimonio sean de por sí incompatibles, porque no lo son. Pero si vemos, por un lado, la peculiar configuración con Cristo que otorga el sacramento del orden; y, por otro, la conveniencia de estar libre de vínculos terrenos precisamente para servir a todos, entenderemos la gran conveniencia de que el sacerdote sea célibe. Además, su matrimonio podría acabar imponiendo al cónyuge cargas muy onerosas si el sacerdote sigue su misión de servir y estar disponible sin restricciones (la intuición de esto puede explicar la cara que pone la hermana de Marcelino cuando se alude a ello). ¿Pero no es el de casarse un derecho fundamental? Sí lo es, y por eso no se puede suprimir coactivamente. Pero sí se puede renunciar a él libremente, y el sacerdocio debe ser abrazado libremente: cuando así se hace, se acepta todo lo que lleva consigo. ¿Y no priva del “desarrollo afectivo normal de la persona”? Si por “normal” se entiende lo más frecuente, hay que responder que sí, para añadir que se sustituye por otro más elevado y profundo. Si se quiere entender que sin matrimonio se trunca el desarrollo afectivo, la respuesta es un poco más compleja, aunque basta ver la figura de Jesucristo para responder que no. La naturaleza humana está hecha para querer, y la sexualidad muestra este carácter “esponsal” del ser humano. Pero puede tener otras manifestaciones distintas al matrimonio y, sobre todo, puede, como en este caso, la gracia de Dios “sobrenaturalizar” este carácter: sin perder esta inclinación a la entrega, sublimarla para darse a los demás como Jesucristo, al servicio, valga la redundancia, del mejor servicio que puede prestarse a los hombres: hacerles partícipes de la Redención distribuyendo sus beneficios y conduciéndolos a la vida eterna. Por eso, “si se les ve a veces tan solos”, la explicación puede estar en que falta entrega en el ministerio, o en que se les mira con unos ojos demasiado poco sobrenaturales y demasiado sentimentales, como parece ser el caso de la madre de Marcelino. De todos modos, la soledad humana es algo que debe procurarse evitar siempre, lo cual no significa que el único medio para ello sea casarse.
La configuración con Cristo —en su sacerdocio— de que hemos tratado se traduce en que este sacramento —como sucedía con el Bautismo y la Confirmación— imprime carácter. Y el carácter sacramental es imborrable. Por eso, aunque alguien que lo haya recibido no ejerza el sacerdocio —e incluso haya llegado a casarse—, no es que “algo queda”, es que queda todo. Sin entrar en las posibles causas de la secularización, el caso es que cuando ésta se da lo que hay es una prohibición de ejercer el sacerdocio —salvo casos muy extremos—, pero éste permanece. Por lo demás, este sacramento tiene también los habituales efectos: aumento de la gracia santificante (debe recibirse en gracia), y gracia sacramental, que lógicamente se referirá al cumplimiento de los deberes sacerdotales.
En este caso aparecen un obispo y un sacerdote. Lo cual nos pone en contacto con una de las peculiaridades de este sacramento: la gradación en su recepción. La plenitud se recibe en el episcopado y, en orden descendente, están el presbiterado (el presbítero es a quien ordinariamente se designa “sacerdote”) y el diaconado. Lo que caracteriza principalmente el sacerdocio del primero es que sólo él puede conferir este sacramento a otros. Y, claro está, esta gradación se traduce en una jerarquía. Por lo demás, la materia y forma de este sacramento, así como otros requisitos y características, están expuestas en el Catecismo.
Por lo demás, se puede apreciar en el caso que el padre de Marcelino es una persona sensata, con sentido común. Pero también puede verse que le falta formación para atinar completamente. En las cosas sobrenaturales, la mera sensatez humana difícilmente llegará a comprender todo lo que el sentido cristiano bien formado alcanza a entender.

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Written by rsanzcarrera

octubre 31, 2007 a 11:50 am

Publicado en Catequesis

Una respuesta

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  1. en q se parece el sacramento del matrimonio y la oreden sacerdotal

    diego rojas

    septiembre 29, 2009 at 11:53 pm


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