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Primer Mandamiento (comentario)

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Comentario al caso sobre el Primer Mandamiento:

 

Dejando aparte algunos aspectos de la virtud de la religión, que se tratan en otros temas, el primer mandamiento de la ley de Dios comprende las virtudes de la fe, esperanza y caridad con Dios (con el prójimo la abarcan otros mandamientos). Aquí, sea en sentido positivo o negativo, están representadas cada una por cada uno de los tres hermanos: la fe por Sonia, la esperanza por Luis, la caridad hacia Dios por Marina.

Ya se ha examinado la fe en algunos casos anteriores. Aquí nos centramos en los aspectos morales. La fe es importantísima en la vida cristiana, pues constituye su fundamento mismo: vivir cristianamente es vivir acorde con la fe. Por eso hay una gravísima responsabilidad de conservarla y robustecerla. Y esto depende de cada uno, pues Dios no va a dejar de dar sus dones. Por eso, la fe nunca se pierde por las circunstancias, ni porque uno “se encuentre” con que ya no le convencen las cosas que antes le convencían. Si se pierde o se debilita, es por culpa propia. Es por un acto de voluntad propio, que, cuando acepta algo malo, constituye un pecado. Esto se ve con claridad en el caso. No es lo mismo “verse asaltado” por dudas que “llegar a la conclusión de que no puede afirmar la veracidad de la fe”. Es, una vez más, la diferencia entre sentir y consentir.

Hay varios tipos de pecados contra la fe. No tiene especial dificultad comprender el abandono de la fe, sea parcialmente (herejía) o completamente (apostasía). Pero a veces el pecado de duda necesita una explicación: el pecado consiste propiamente en dudar —que es suspender el juicio— voluntariamente, no en que vengan dudas e interrogantes a la cabeza (tentaciones contra la fe).

Sonia da un paso más cuando decide prescindir de Dios en su vida. Pasa de la duda a la indiferencia, que es peor. Es éste un pecado que afecta tanto a la fe como a la caridad.

Pero, como aquí se pone de relieve, no siempre la existencia de tentaciones es moralmente indiferente. No lo es cuando se buscan, o no se ponen los medios razonables para evitarlas, cuando ello es posible. Y aquí es posible. No lo es al principio, cuando tiene que leer un libro pernicioso (los libros citados son ejemplos reales, y subyace aquí un ataque contra la fe) por obligación. En ese caso, la obligación de Sonia consistiría en poner los medios para compensar el posible daño que podría causar ese libro. Pero más adelante ya no es una obligación, sino que sigue leyendo cosas dañinas sólo porque quiere. Y eso es una grave irresponsabilidad. Es ponerse voluntariamente en peligro de perder su fe; o sea, ponerse en ocasión próxima de un pecado grave sin necesidad, que es ya un pecado. ¿Qué tipo de pecado? De imprudencia. No es un pecado que vaya directamente contra la fe, sino indirectamente. Pero eso no quiere decir que no pueda ser grave. Lo que sí ocurre es que, por ir contra una virtud —aparte de la prudencia— indirectamente —aquí, contra la fe—, resulta en ocasiones más difícil de valorar con precisión, aunque no es éste el caso. Y es que, en la moral, la prudencia es muy importante, pues, según se viva o no, salvaguarda la virtud o la pone en serio peligro. En lo que concierne a la fe, el cuidado de las lecturas es un capítulo muy importante a tener en cuenta.

El gran enemigo de la fe es la soberbia. Para aceptar la fe se requiere la humildad de rendir el juicio propio ante la autoridad de Dios. Cuando alguien se aparta de la fe sobrestima su propio juicio, sus propias ideas, que pone por encima de la Verdad recibida. A Sonia le sobra este amor propio. Se nota en su itinerario —se notaría mejor si estuviera narrado con más detalle—, y se nota en que, cuando tiene dificultades, sólo quiere contar con ella misma y con su juicio para resolverlas: “no habla de este tema con nadie”. Mala cosa este cerrarse en sí misma, justo cuando más necesita un consejo acertado, que no es posible recibir de libros que de un modo u otro transmiten las propias crisis de fe de sus autores.

Sonia es un ejemplo de lo que no se debe hacer. A la inversa, muestra bastante bien lo que sí se debe hacer. Lo que hay que hacer es robustecer la fe, formarse bien —así tendremos respuestas para las dudas que surjan, propias o ajenas—, cuidar lo que se lee —y lo que se ve, que también influye— y pedir consejo. Y queda lo más importante: humildad y oración.

Luis es un buen ejemplo de cómo se puede pasar fácilmente de la presunción a la desesperación. Son los dos extremos en los que se puede pecar contra la esperanza. La presunción es un exceso de confianza…, pero no tanto en Dios como en uno mismo. Se intuye que eso era lo que le pasaba antes del accidente. No es difícil que suceda cuando parece que todo sale bien en la vida, y que se consigue lo que se quiere con sólo proponérselo. Así es fácil de entender que la confianza en Dios se vaya desvaneciendo. O quizás puede “disfrazarse” de teorías que, en el fondo, contemplan a un Dios que está al servicio propio, como las que dicen que un Dios misericordioso no puede menos que salvarles hagan lo que hagan.

Como la confianza estaba puesta en uno mismo y para nada en Dios, cuando se vienen abajo los soportes humanos de esa confianza, sólo queda para agarrarse… el vacío. Esto provoca la caída en el otro extremo: la desesperación.

Como puede verse, la esperanza no es una virtud que se refiera tan sólo al más allá, a la salvación o condenación eternas. También se refiere a los medios para conseguir esa salvación, y, con ellos, a la confianza en Dios en esta vida, no sólo porque quiere que nos salvemos y no nos priva nunca de los medios para conseguirlo, sino también, y por ello mismo, a que esta vida tiene pleno sentido cuando se vive cara a Dios y cara a la eternidad. La vida así siempre tiene sentido, por dolorosa que sea, y ese sentido le da un carácter positivo, que permite la alegría y la felicidad —no absoluta, que ésa está reservada para el más allá—. Y, de un modo u otro, la vida —la providencia divina, que siempre está detrás de todo lo que nos pasa—, se encarga siempre de enfrentarnos al verdadero sentido de la vida. Nos corresponde a nosotros aprovechar esas oportunidades. Luis no lo hace… por el momento.

La esperanza también hay que aplicarla a los demás: mientras alguien siga vivo en este mundo, nunca hay que darlo por perdido ni por “causa imposible”. El episodio evangélico del llamado “buen ladrón” es buen ejemplo de ello. Marina parece que tiene esta esperanza en su hermano, espera a que se reponga un poco y a que ella sea algo mayor para que le escuche y poder animarle

El ejemplo de caridad es más positivo que los otros dos. En este caso se trata de la caridad hacia Dios, pero el caso pone también de manifiesto cómo está inseparablemente unida a la caridad para con el prójimo, pues “el que no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios a quien no ve” (1 Jn 4, 20).
En relación con Dios, Marina ha ido claramente de menos a más. No es frecuente —aunque hay casos— encontrar pecados como el odio a Dios, que, además de atentar contra este mandamiento, es el peor de los pecados, el del diablo. Pero sí es más frecuente encontrar el pecado de omisión: indiferencia hacia Dios, tibieza, tedio hacia todo lo que se refiere a Dios, abandono de la relación con Dios, etc. Era el caso de Marina. En este caso, más que la soberbia, era la pereza la culpable de esa situación. Pero reaccionó, y bien. Cuando se nos pide que amemos a Dios sobre todas las cosas, más que el resultado, se nos pide que pongamos los medios para ello. Si los ponemos, del resultado se encarga Dios mismo. Se ve la mano de Dios cuando, tras hacer oración, Marina cambia “resignación” por “alegría” y “esperanza”. Y el caso es que Marina pone los principales medios: sacramentos y oración. Sin olvidarse del trabajo: hecho cara a Dios, se convierte en oración.

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Written by rsanzcarrera

noviembre 9, 2007 a 3:38 pm

Publicado en Catequesis

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