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Cuarto Mandamiento (comentario)

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Comentario al caso sobre el Cuarto Mandamiento:

El cuarto mandamiento se suele formular como “honrarás a tu padre y a tu madre”. Pero se refiere a esa cualificación que, por la peculiaridad de la relación, tiene la caridad con el prójimo. Hay que querer a todo el mundo, pero con algunas personas hay vínculos especiales que cualifican esa caridad. Y entre estos vínculos destaca el parentesco. Y en éste destaca, aparte de la relación entre esposos, la relación padres—hijos. Por eso, el mandamiento se refiere por igual a hijos como a padres. Pero “por igual” no significa que los deberes de cada uno sean idénticos, pues la posición de cada cual es distinta. Y de esta posición derivarán los deberes específicos.

El deber absoluto, tanto de unos como de otros, es quererse. Y quererse de manera especial, pues especial es su relación. Pero este quererse tiene matices distintos en cada caso.

En el caso de los hijos, querer a los padres en cuanto tales lleva a honrarles. Se lo deben tanto por la posición que ocupan —la de hijos— como por el agradecimiento que les deben: han recibido de ellos la vida, y después los cuidados tanto materiales como espirituales, si éste es el caso. Por eso faltar al respeto está mal —es un pecado—, sin que pueda servir de excusa el convencimiento de que tienen razón. No hay por qué expresar ese convencimiento irrespetuosamente, ni menos aún de modo insultante. Por eso es fácil deducir que el comportamiento final de Patricio no es precisamente ejemplar.

En el caso de los padres, hay que entender bien qué significa querer a los hijos. Dice el refrán que hay cariños que matan. Y es verdad, porque hay cariños que, bajo las mejores apariencias, esconden una buena dosis de egoísmo. Los padres deben distinguir bien el querer el bien de los hijos del quererlos para ellos. Los hijos no son propiedad de sus padres, ni de pequeños ni de grandes. No pueden por tanto pretender que configuren su vida según el gusto de sus padres. En la medida en que los hijos tengan la responsabilidad suficiente, corresponde a ellos decidir sobre sus vidas: qué estudios van a elegir, dónde pretenden trabajar, con quién se piensan casar…, o si no se piensan casar, no por irresponsables, sino por lo contrario: porque responsablemente han escogido seguir a Dios por otro camino. El que “se les vaya” el hijo es, tarde o temprano, lo natural, lo que debe ser. Y ese “les” indica un sentido de propiedad inaceptable: no pueden pretender “conservarles”. Educar es precisamente enseñar a los hijos a valerse por sí mismos. Y, conforme lo aprenden, eligen por sí mismos…, y se van. Educar, en el fondo, es preparar a los hijos precisamente para que se vayan. Lo cual no implica, ni puede entenderse así, que se les quiera menos. Bien entendido, debe ser al revés: poderse ir debe dejar en el hijo el profundo agradecimiento de que ello ha sido posible por la educación que ha recibido de sus padres; y, en los padres, debe dejar la satisfacción del deber cumplido, aunque resulte costosa la separación física.

¿Podría decirse que, en este caso, la madre de Patricio piensa honradamente que todavía no tiene responsabilidad para una decisión de este calibre? Podría pensarlo así, pero los hechos demuestran que no es honradamente. Si pensara que todo el problema es lo prematuro de la decisión, sencillamente pediría a su hijo que esperase, y no hubiera hecho todo lo que estaba de su parte para impedir en el futuro esa decisión. Sería ingenuo engañarse: si Patricio mantuviera su decisión a los 18 años, tampoco se hubiera conformado.

¿Pero no era la señora una buena cristiana, al menos al principio? Parece que sí, pero algo fallaba… Parece que sí lo era, pero siempre y cuando le salieran bien las cosas, o sea, más o menos a su gusto. Y cuando ese amor a Dios se pone a prueba, se viene abajo. Y la prueba lo que prueba es la autenticidad del amor. Su conducta posterior pone de manifiesto que, si bien puede que “amara a Dios”, desde luego no lo hacía “sobre todas las cosas”. Y, tarde o temprano, de una manera o de otra, Dios pide a las personas que muestren que su amor hacia Él, y por tanto la obediencia a sus planes, es sobre todas las cosas, incluidos los planes para la propia vida… o para la de los hijos.

Lo dicho hasta ahora proporciona los fundamentos para calibrar las obligaciones “relativas”. Las llamamos así porque normalmente no son permanentes, no duran toda la vida, y no tienen siempre el mismo alcance. Por parte de los padres, se trata de la manutención y educación. El que vayan dirigidas en último término a que los hijos sean capaces de valerse por sí mismos ya indica su alcance: mientras y en la medida en que necesitan de ello. Hablamos de manutención y educación: el ser humano no es pura materia, y no necesita sólo atención material. Por eso es erróneo pensar que los padres cumplen su misión cuando “les dan de todo”, si ese “todo” no pasa de ser material…, o incluso cuando incluye un buen colegio. Los padres necesitan del colegio para completar su labor educativa, pero no pueden sentirse “liberados” de la responsabilidad de educar por ello: esa responsabilidad es indelegable, no pueden abdicar de ella. Y, obviamente, cuando hablamos de “los padres” nos referimos a dos: el padre y la madre. Ninguno puede faltar, ni por tanto dejar completamente esa responsabilidad en manos del otro. Por eso, aun comprendiendo que seguramente estaría ocupadísimo —y la profesión elegida en el caso se presta a ello—, puede deducirse que el padre de Patricio incumple gravemente su deber como padre. No cabe pensar que ya cumple su parte con llevar a casa una buena cantidad de dinero todos los meses, y pagar un buen colegio.

Cuando los padres son cristianos, tienen además el deber de educar a sus hijos en la fe. Es su obligación como padres, y es asimismo misión que les encomienda la Iglesia. Es una obligación muy grave, y por tanto grave su incumplimiento por parte de la madre de Patricio a partir del suceso descrito. Porque a partir de ese momento, hace exactamente lo contrario de lo que debería hacer. Es incluso un grave escándalo, porque lo que hace es favorecer en su hijo el pecado, sea en relación a la fe como a la pureza.

La correspondencia de los hijos a esta atención de sus padres es la obediencia. La obediencia está en relación con la dependencia. Por eso, por un lado, no puede hacerse depender de una edad concreta. Así, por ejemplo, no puede un hijo considerar que está eximido de respetar el horario o las normas de convivencia de la casa de sus padres por el hecho de tener la mayoría de edad legal. ¿Por qué? Pues precisamente porque la casa en la que vive es la de sus padres, no la suya propia. Pero no cabe pensar que hay un deber propiamente de obediencia en asuntos que pertenecen a la decisión responsable sobre la vida propia. Y menos aún cuando está Dios por medio: “Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres” (Hech. 5, 29).

Lo narrado en el caso muestra el deterioro que produce el pecado, que, si no se endereza, lleva a nuevos pecados. Se aprecia en el comportamiento de la madre. Es también la explicación a lo que detecta Patricio: cede cuando se porta peor, porque es entonces cuando más vulnerable es al mal. Por fortuna, la formación que ha recibido no cae en saco roto —nunca lo hace—, y le permite darse cuenta y empezar a reaccionar. Es entonces cuando más se pone de relieve el valor de una buena amistad, de una amistad fiel. Fiel a Dios y a esa amistad.

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Written by rsanzcarrera

noviembre 25, 2007 a 12:01 pm

Publicado en Catequesis

Una respuesta

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  1. gracias me ayudo mucho

    christian

    junio 11, 2011 at 11:30 pm


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