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Noveno y Décimo Mandamientos (caso)

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Noveno y Décimo mandamientos

Exposición del caso sobre el Noveno y Décimo Mandamientos:

Belén es una chica de temperamento tranquilo. Es, y ha sido siempre, apática y poco comunicativa. Se esfuerza poco en el estudio, y es bastante perezosa. Su comportamiento pone muy nerviosa a su madre —ya muy nerviosa de por sí—, que no aguanta verla sin hacer nada, encerrada en su habitación, tumbada sobre la alfombra o medio tumbada en un sofá, viendo la televisión todo el día si no se lo impiden. Suele reaccionar mal: empieza diciendo que “no sé a quién has salido tú, porque ni tu padre ni yo somos así”, para seguir con cosas como “ya no sé qué hay que hacer para que espadilles”; “contigo no sé qué vamos a hacer en la vida”; “eres un desastre sin remedio”; “¡mírala!, otra vez haciendo lo de siempre: nada”; o “yo ya te doy por imposible, mira que lo he intentado todo para que levantes cabeza”. Y los comentarios casi siempre suelen acabar con una referencia comparativa a su hermana mayor: “¿No podrías aprender algo de Conchi?, a ver si el ejemplo es contagioso”; “qué habré hecho mal para que salierais tan distintas, con lo bien que lo hace todo Conchi”; “Conchi lo deja todo ordenado…”; “mira tu hermana, cómo estudia…”

El primer tipo de comentarios había hecho concluir a Belén que, efectivamente, en la vida real no tenía mucho que hacer. Incluso, cuando su madre decía que “lo había intentado” todo, recordaba que incluso la había llevado a un psicólogo. Ella pensaba que si ella era “un caso”, pues “a alguno tenía que salir”. Todo ello, sumado a que no se sentía muy querida ni muy aceptada, respaldaba el que se refugiase en su mundo interior: los mundos fantásticos eran más gratos que el real. Pero, además, iba acumulando cierto resentimiento hacia su hermana: las continuas comparaciones, el que ella siempre acaparase los elogios —y los premios—, el que ella no le hiciera mucho caso —y menos desde que salía con un chico bien plantado—, y el que efectivamente era bastante mejor dotada en todos los aspectos, era en conjunto algo que podía con Belén. Por eso, uno de sus entretenimientos favoritos era imaginarse a su hermana humillada: su hermana llorando porque la despreció el chico, mientras ella tenía al “chico perfecto” rendido a sus pies, o incluso al que salía con su hermana, prefiriéndola a ella; su hermana hundida soportando “la gran bronca” por haber destrozado el coche de su padre a causa de la torpeza más tonta; su hermana maltratada por un hipotético marido mientras ella triunfaba como actriz.

Pero no era eso precisamente lo que sucedía, sino más bien que a Conchi le seguían saliendo bien las cosas, lo que Belén tomaba como una contrariedad. La única excepción fue que una vez atracaron a su hermana, y Belén no desaprovechó la oportunidad: lo pasaba muy bien imaginando la cara de susto de muerte que debía tener Conchi, y recordando la de rabia que pudo ver después.

En el mundo fantástico de Belén abundaban las “novelas rosas”, que a menudo eran prolongaciones imaginarias de la última película vista, en las que ella sustituía a la protagonista de turno. Lo malo es que, también con bastante frecuencia, encontraba en ella una tendencia a que lo “rosa” acabara en “verde”. Belén no quería en principio caer en eso, pero había momentos en los que la cabeza y la voluntad estaban aletargadas, y lo instintivo, libre de frenos, se adueñaba de la situación. Solía suceder sobre todo los fines de semana, en los que había más tiempo a su disposición. Y sucedía cuando no se levantaba por la mañana —se hacía la dormida si su madre se acercaba—, y entraba así en un estado en el que vigilia y sueño se mezclaban en una proporción variable y difícil de determinar. Lo mismo ocurría después de comer: comía demasiado, se tumbaba después en cualquier sitio, y pronto quedaba más o menos adormilada. Cuando —tarde o temprano— se despejaba, si lo que tenía en la cabeza eran escenas obscenas, entre la poca voluntad que encontraba en sí misma para acabar con ello y la consideración de que ya estaba enfangada con pensamientos impuros, concluía que “ya de perdidos…”, y lo dejaba continuar. En ocasiones, aparecía en esas escenas el novio —o lo que fuera, si todavía no era la cosa tan formal— de su hermana, que, a decir verdad, también le gustaba a ella. Pensaba Belén que eso era peor, porque ya no eran pensamientos sino deseos, pero el “revanchismo” hacia su hermana podía y no cambiaba de escenario.

El tiempo no parecía arreglar nada de esta situación; si acaso, iba a peor. Una de las ventajas que apreciaba su familia respecto de Belén era que raramente se enfadaba: tan sólo cuando se estropeaba la televisión o alguno de los juguetes electrónicos a los que tanto tiempo dedicaba. Pero empezaba a enfadarse con más frecuencia. Nadie entendía los motivos, y nadie parecía darse cuenta de que coincidían con las ocasiones en que su hermana se compraba —o le regalaban— algo. Cuando se trató de un pequeño automóvil, el enfado pasó a ser más periódico; sin que lo atenuara el que fuera el modelo más barato y de segunda mano, ni que el 80% del precio lo hubiera costeado su hermana gracias a algunos trabajos que hizo, no podía ver cómo se iba en coche mientras que ella tenía que ir en autobús a todos los sitios.

Belén se iba dando más cuenta de que así no podía seguir, de que “se estaba amargando la vida” y que el enfado que crecía en ella tenía bastante de frustración: o sea, que se enfadaba con ella misma, aunque lo proyectase con los demás. Pero no se veía con fuerzas para superar esa situación, y, repasando quién podría ayudarla, iba descartando a todo el mundo, por razones varias según los casos. Al final, un atisbo de solución vino de donde menos lo esperaba: de su padre. Belén no tenía nada contra él, pero pensaba que “pasaba de ella”. La llamó, y lo que siguió resultó sorprendente para ella. Le dijo que era cierto que su madre se ponía nerviosa con facilidad, pero que lo que no había visto eran las veces que había llorado pensando qué podía hacer para sacarla de esa pasividad. Y tampoco había oído a su hermana decir a sus padres que le preocupaba cómo estaba y preguntar si podía ayudar, ni se había dado cuenta de que había pasado por alto toda una serie de fastidios causados por ella: desde probarse todo lo que su hermana se compraba —como no sabía doblarlo bien, se notaba—, hasta quitarle alguna foto de su novio, y otros incordios. Añadió que creía de verdad que Belén no tenía nada de anormal y sí mucho de dejadez, y que no veía por qué no se podía confiar en ella, aunque tenía que ser a cambio de que se resolviese a no conformarse y a esforzarse en adelante. Belén le contó todo lo que le pasaba pero, para su sorpresa, su padre se ratificó en lo que había dicho, y le ofreció su apoyo, aunque no iba a ser cómodo: todos los días iba a comprobar si luchaba contra la vagancia. Belén contestó que sí, que “de verdad que sí”, aunque no acababa de confiar en que fuera capaz de ello.

Tras reflexionar un poco personalmente sobre el caso y para formarte en este punto puede venir bien leerte lo siguiente:

Y finalmente para no alargarnos más en este artículo lee cuando puedas y con calma el siguiente comentario al caso sobre el noveno y décimo mandamientos (pinchando en este enlace) y me dices tu opinión: ¡Animo!

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Written by rsanzcarrera

noviembre 25, 2007 a 12:17 pm

Publicado en Catequesis

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