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Octavo Mandamiento (comentario)

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Comentario al caso sobre el Octavo Mandamiento:

Podríamos decir, de entrada, que este mandamiento no es en realidad uno sino dos; o sea, dos reunidos en uno. Pues, aunque tengan relación entre sí, los dos aspectos son distintos. El primero de ellos se refiere a una noble virtud, la veracidad: “no mentirás”. El segundo se refiere una vez más al respeto a la persona, esta vez en su fama.

Con la veracidad, la exigencia es muy sencilla: decir la verdad. No quiere decir que haya que “soltar” todo lo que en un momento dado tenemos en la cabeza, sino más bien que lo que se diga sea verdad. Las mentiras no suelen ser un pecado grave —salvo que causen un perjuicio serio, lo cual es poco frecuente—, pero son un pecado. No suelen ser malintencionadas, pero no existen las “piadosas”: si algo es mentira, es mentira. Suelen decirse para quedar bien —o evitar quedar mal, que es lo mismo— o para salir de apuros, pero eso no es disculpa válida. Todas las que le achaca a Mónica su padre son de este tipo. Aisladamente, no tienen demasiada importancia. Pero una tras otra… se acumulan, y acaban en vicio. Mónica parece no darse cuenta de que ese “me sale solo” y “no lo puedo evitar” significan que ha caído en un vicio. Quizás no sea de los peores vicios, pero un vicio siempre es un deterioro de la persona, y éste, si no se ataja, predispone a cosas peores. En cierto modo, puede decirse que una persona vale lo que vale su palabra. En un mundo mentiroso, que parece no apreciar la veracidad si no va avalada por la firma escrita, un cristiano debe tener en mucho su palabra. La sinceridad no es una virtud sólo para ser ejercida en ocasiones particulares, sino una virtud que debe presidir toda nuestra relación con el prójimo.

Sin embargo, lo que pide el padre de Mónica a ésta sí que es algo gravemente inmoral. Supone declarar públicamente en algo que está en litigio, y por tanto la mentira sí está destinada a causar un daño importante, aunque la intención personal no sea ésa. Por estas características peculiares, el pecado no recibe el nombre de “mentira” sin más, sino el de “falso testimonio”. Parece que se trata de algo que sólo aparece en las películas… hasta que uno se lo encuentra. Mónica se pregunta al final si un lío como ése se lo ha buscado con su forma de ser. Aparte de que no es “su forma de ser” sino más bien sus defectos lo que propicia esta situación, y de que indudablemente no puede decirse que sea ella la que provoca a su padre, puede responderse que sí. Cuando por mentir habitualmente se ha perdido credibilidad y prestigio, es bastante más fácil encontrarse, aunque sea sin querer, en líos como éste.

Un buen ejemplo de atentar contra la fama del prójimo lo dan Mónica y su amiga. Se empieza con juicios temerarios —o sea, sin fundamento suficiente—, y se acaba… en el insulto y la murmuración, y, probablemente, en la calumnia. Decimos “probablemente” porque la diferencia entre una y otra es que sea cierto lo que se atribuye, y en este caso no conocemos a la profesora en cuestión para poder aclarar dónde acaba una y empieza la otra. Pero, en cualquier caso, está mal. ¿Y es grave? Pues depende de lo que se atribuya; en menor medida, depende también de ante quién: no se daña por igual la fama diciendo lo mismo ante unos o ante otros o… publicándolo en un periódico. En este caso, como suele ocurrir tantas veces, se empieza por lo pequeño —”nos tiene manía”—, y se acaba con cosas de importancia y con descalificaciones globales de la persona. En cualquier caso, como el sentido común indica, la calumnia, por su falsedad, es siempre más grave.

Hay que aclarar que la difamación, para que sea pecado, debe ser injusta. Suele serlo, y aquí lo es. Pero a veces puede ser justa. Lo es, por ejemplo, la que lleva consigo una sentencia del juez, o la que indirectamente —no se busca directamente la difamación, sino la verdad— se da cuando se informa a quien tiene derecho e incluso deber de conocer la verdad. Sería el caso, por ejemplo, del director del colegio que llama a unos padres para decirles que el comportamiento de su hijo no está siendo precisamente ejemplar…

La mención de la palabra “justicia” nos trae algo que se estudió en el caso anterior, pero que tiene también aquí su papel: la necesidad de restablecer la justicia cuando ésta ha sido dañada, y, por tanto, la necesidad de restitución ante una lesión injusta de la fama. El problema aquí es el cómo: suele resultar más fácil devolver una cantidad de dinero que devolver la fama perjudicada. A veces es sencillo, pero otras es complicado. ¿Y entonces? Pues entonces… hay que hacer lo que se pueda y como se pueda. Detallar esto llevaría un libro entero.

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Written by rsanzcarrera

noviembre 25, 2007 a 12:14 pm

Publicado en Catequesis

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