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Quinto mandamiento (caso)

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Exposición del caso sobre el Quinto Mandamiento:

Victoria es una chica de 17 años desenfadada y, en apariencia, segura de sí misma; ella misma dice que “ya tiene edad para saber lo que quiere”. Es orgullosa y discute con facilidad. Se sabe atractiva, y adopta un estilo ligero en el vestir, hablar y comportarse, aunque de hecho mantiene las distancias. Piensa que se divierte así, y juega con ello.

Un día, uno de sus amigos le dice que, como sus padres van a estar fuera el fin de semana, piensa organizar una fiesta el sábado por la noche y cuenta con ella. Acude, y van transcurriendo las horas entre música a alto volumen, baile, conversación y copas. El anfitrión saca las botellas del mueble—bar de sus padres, y se va consumiendo alegremente por unos asistentes que no están acostumbrados a tenerlo gratis. Victoria, que piensa que tiene buen “aguante” y conoce dónde está su límite —”ponerse alegre sin perder control”—, se sienta junto al anfitrión y hablan. La elegancia y la simpatía del chico hacen que no se dé realmente cuenta de lo que, poco a poco, está bebiendo. Los demás invitados se van yendo, y al final se quedan los dos solos, en un estado que delata su locuacidad, volumen de voz, mirada perdida y alternancia de momentos quietos con otros de movimientos bruscos. Cerca ya de la madrugada, él se ofrece a llevarla a su casa en coche. Victoria acepta, y salen, algo mareados.

Ya en el coche, el chico empieza a hablar de las excelencias del modelo: “lo que tira”, “lo que se agarra”, y por las calles, que aparecen vacías, pretende hacer una demostración: va muy aprisa, hace sonar los neumáticos en algunas curvas y apenas disminuye la velocidad en los cruces. Victoria quiere dar a entender que no se impresiona, pero progresivamente se iba mareando más. Al cabo de un rato, e intentando aparentar un dominio que ya no tiene, le pide que pare donde sea. Él lo entiende como si insinuara con ello que da vía libre para otro tipo de excesos, y de hecho eso es lo que acaba ocurriendo.

Cuando Victoria se da cuenta de lo que ha sucedido, le invade un sentimiento mezcla de desconcierto, tristeza y rabia. Parece que se va sobreponiendo conforme pasan los días, pero al cabo de pocas semanas percibe algún indicio que le lleva a creer que está embarazada. Alarmada, va a ver al chico y se lo cuenta. Con gran cinismo, le contesta que “eso es asunto suyo”, y que él “ni se acuerda de lo que pasó ese día”. Victoria vuelve a su casa abatida, sintiéndose humillada y utilizada, lo que motiva que esté asimismo rencorosa.

Al final, no ve otra salida que decírselo a su madre: piensa que le echará “la bronca del siglo”, pero que le ayudará, y está dispuesta a sufrir lo primero con tal de encontrar ayuda y comprensión. Se lo dice, pero no sucede la reacción esperada. Su madre casi no dice nada, pero pone una cara de alarma. Durante ese día y el siguiente está callada, seria y pensativa, a la vez que nerviosa. Al cabo de ese tiempo llama a Victoria, y le dice que lo más importante es arreglar las cosas cuanto antes. Adopta, para sorpresa de Victoria, un tono amable y cariñoso, y le dice que debe tomarse unas pastillas que le “normalizan” y gracias a las cuales se comprueba si todo ha sido una falsa alarma o no. Victoria, aturdida, no contesta. Pero más tarde, dándole vueltas al asunto, le intriga esa amabilidad, el que no se fuera hasta verla tomar la primera pastilla, el que la caja no tuviera prospecto, y en general la reacción de su madre, que no comprendía. Decide investigar, y, cuando llaman a su madre por teléfono, hurga en su bolso sin que lo vea. Encuentra el prospecto de la caja de pastillas, lo lee apresuradamente, y descubre que se trata de píldoras abortivas.

Esta vez, la reacción de Victoria es de hundimiento. Piensa que ha vuelto a ser utilizada, y se ve desesperadamente sola, sin nadie en quien realmente confiar: sus amistades son más bien superficiales, y ni su madre la quiere de verdad, o, por lo menos, ha demostrado querer más el “no quedar mal” que a ella; mejor dicho, lo ha querido a costa de ella. Entonces ve una posibilidad de venganza. Empieza a pensar que “si no quiere escándalos, pues va a tener escándalo, y éste va a ser sonado”, que “si quería pastillas, pues va a tener pastillas”, y que si nadie la quiere y no tiene ganas de seguir viviendo, ¿para qué seguir viviendo? Además, su vida es suya, y ella es quien puede disponer de ella. Sin pensárselo más, va hacia el cajón que hace de botiquín, toma una caja de pastillas —sin saber muy bien de qué tipo son—, y la traga entera.

Por fortuna, su hermana pequeña ve lo sucedido, y lo dice a sus padres. Apresuradamente, llevan a Victoria a un hospital. Consiguen salvarla, aunque debe permanecer hospitalizada varios días. Al principio, estaba seria y deprimida: la única vez que esbozó una sonrisa fue cuando se enteró de que el chico causante de sus problemas había tenido un accidente que le había costado la rotura de un brazo, la pérdida del coche y un procesamiento judicial. Victoria se alegró, pensando que se lo merecía, y que ojalá fuera a la cárcel. También fue un alivio comprobar que lo del posible embarazo se había quedado en una falsa alarma.

Sin embargo, tuvo otras sorpresas mejores. Comprobó que bastantes amigas y compañeras iban a verla —en algún caso, quien menos esperaba— y querían ayudarla. Pero lo más increíble era que su compañera de habitación en el hospital, una chica de su edad que tenía un tumor grave e iba a ser operada en breve, se interesaba por ella e intentaba animarla. Además, parecía estar alegre. Se puso a reflexionar, pensando si todo lo que le había ocurrido no se lo “habría ganado por egoísta”, y se puso a llorar. Pensó luego en quién podría confiar más, y al final la elección recayó en una compañera suya con quien no se había llevado bien hasta entonces —incluso la había insultado varias veces—. Ahora veía claro que lo que había calificado de estupidez y “formalismo” correspondía en realidad a una persona con entereza; más aún, se dio cuenta que esa postura de enfado escondía una cierta admiración. Resolvió pedirla perdón y confiarle lo que le pasaba. La llamó a la hora de la cena, diciendo que necesitaba que le dedicara bastante tiempo. Tras vacilar un poco, contestó resueltamente que por una vez “pasaba de clases”, que iría al día siguiente y estaría toda la mañana. Victoria apenas pudo darle las gracias: empezó a llorar, esta vez por otro motivo mejor.

Tras reflexionar un poco personalmente sobre el caso y para formarte en este punto puede venir bien leerte lo siguiente:

Y finalmente para no alargarnos más en este artículo lee cuando puedas y con calma el siguiente comentario al caso sobre el quinto mandamiento (pinchando en este enlace) y me dices tu opinión: ¡Animo!

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Written by rsanzcarrera

noviembre 25, 2007 a 12:04 pm

Publicado en Catequesis

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