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Segundo Mandamiento (comentario)

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Comentario al caso sobre el Segundo mandamiento:

“Y en un arranque…”. Ése es el problema de Fernando: que hace las cosas “por arranques”, con precipitación. Pesa más el estado de ánimo del momento que una decisión bien meditada. Porque cuando se pone a Dios por medio las cosas son serias, y seriamente hay que tratarlas. Es de lo que trata el segundo mandamiento. “No tomarás el nombre de Dios en vano” no se refiere solamente al nombre de Dios, sino a su persona: al trato con Dios y a lo que hace referencia a Dios.

El principal trato con Dios —dejamos aquí aparte a los sacramentos— es la oración. La oración por antonomasia, el modelo de oración, es el que nos enseñó Jesucristo: el Padrenuestro. En él se dice que, ante todo, “hágase tu voluntad”; después, pedimos “el pan nuestro de cada día”, porque verdaderamente lo necesitamos. Lo que no pedimos es una vida cómoda y bien instalada. ¿Está mal entonces pedir lo que Fernando pedía? No: lo que no está tan bien es cómo Fernando pedía. Más que la voluntad de Dios, quería que Dios se acomodase a la suya. Su indignación posterior pone de manifiesto que lo que pretendía era exigir a Dios que concediera lo que él deseaba. Y es verdad que lo que Dios quiere es nuestro bien, pero nuestro bien consiste sobre todo en una vida virtuosa, no en una vida cómodamente instalada. En este sentido, se ve que las dificultades pasadas por su familia son para bien: al menos en el caso de Fernando, le hacen dirigirse a Dios, a quien parece que tenía bastante olvidado. La oración debe ser humilde —aquí no lo es tanto, porque Fernando parece no saber ponerse en su sitio—, confiada y perseverante —en el caso de Fernando, aunque él creyera lo contrario, no lo es tanto, como se ve más tarde, a la hora de cumplir sus promesas—.

Tiene razón la madre de Fernando en reñir a su hijo. No puede pretender que sea él quien sepa, mejor que Dios, qué les conviene en cada caso. Pero es que además lo que ha dicho Fernando es grave. Si honrar el nombre de Dios es el precepto, usarlo en vano es ya un pecado —normalmente, no es grave—, pero lo peor —y esto sí es muy grave— es la injuria a Dios: la blasfemia. Para que se dé ésta no es necesario que se utilicen palabras soeces: basta con atribuir a Dios alguna descalificación. Decir, como dice Fernando, que Dios es injusto, es nada menos que decir que Dios es inmoral, y eso no es una nimiedad precisamente. A veces, este tipo de blasfemias pueden ser peores que otras malsonantes, pues estas últimas con frecuencia se dicen irreflexivamente, mientras que las primeras pueden decirse “fríamente”, siendo consciente de lo que se dice.

En este mandamiento se incluyen el voto y el juramento. Empecemos por este último. Consiste en poner a Dios por testigo de lo que se dice o lo que se promete. Esta referencia a Dios convierte al juramento en algo muy serio. Por eso, cuando se jura a la ligera, es como si se tomara el nombre de Dios en vano, y está mal, aunque si no pasa de ahí el pecado no es grave. De todas maneras, quien recurre a ello con demasiada facilidad tendría que ver cómo va su veracidad: porque si tiene que recurrir a esto para que le crean es que ha perdido crédito su palabra, y esto sólo ocurre cuando se miente con frecuencia. Cosa distinta es jurar en falso —”perjurio”—: esto sí es grave, un pecado mortal cuando se hace conscientemente. Y si los recuerdos de Fernando acerca de la poca importancia que les daba el sacerdote cuando era pequeño son ciertos, esto podía deberse a que él no se explicó bien, o, más probablemente, a que entonces él no sabía bien qué significaba jurar, como suele ocurrir entre los niños pequeños.

El llamado “voto” coincide, normalmente, con lo que se suele denominar “promesa”. Los votos que hacen los religiosos son un determinado tipo de votos, con unas características particulares y un contenido determinado. Pero la noción de voto es mucho más amplia. Es una promesa hecha a Dios deliberadamente de algo bueno, y mejor que su contrario. Es precisamente lo que hace Fernando. Y obliga, y gravemente. Por eso la prudencia aconseja pensar muy bien lo que se va a prometer a Dios antes de hacerlo. Pero la prudencia no es el fuerte de Fernando. Y, efectivamente, parece que se mete en un callejón sin salida. Si fuera más prudente, iría a pedir consejo —al confesor, por ejemplo—, y encontraría la solución. Y es que la Iglesia es madre, y ha previsto la posibilidad de que haya promesas imprudentes hechas por insensatos. Fernando tendría que ir al párroco, y éste podría conmutar el contenido de la promesa hecha por otro más asequible y más sensato (cfr. Código de Derecho Canónico, can. 1196 y 1197). Pero, hasta que ello no suceda, la promesa sigue vigente.

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Written by rsanzcarrera

noviembre 25, 2007 a 10:52 am

Publicado en Catequesis

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