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Séptimo mandamiento (caso)

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Exposición del caso sobre el Séptimo Mandamiento:

Un sábado por la tarde Claudio queda con dos amigos, sin saber muy bien qué van a hacer. Aburridos a media tarde por la calle, deciden entrar en unos grandes almacenes. Después de hacer un recorrido, a Claudio se le ocurre que “podrían mangar algo, para darle emoción a la cosa”. Los otros dos no se deciden a hacerlo, y al final acuerdan que “taparán” a Claudio para que no la vean, mientras él “actúa”. Va así sustrayendo algunas cosas, pensando que nadie la ve, pero al final, cuando va a irse, es parado por un detective del establecimiento, y llevado a una oficina. Allí llaman a su casa, y su madre debe acudir, abochornada, y abonar el importe de todo lo que se llevaba Claudio: en total, unas 25.000 pesetas.

Una vez en casa, además de la regañina, la madre de Claudio le dice que el dinero gastado va a salir de su paga, y que no va a recibir nada, salvo lo justo para pagar el autobús, hasta que cubra con ello lo gastado. Al cabo de dos días, Claudio, que ve que es inútil tratar de que cambie de postura su madre, habla con su padre, y en tono quejoso le dice que no puede vivir así “sin un duro”, y que no puede ni salir con sus amigos, y que eso es una injusticia. Su padre le responde escuetamente que “aquí la única injusticia es lo poco que estudias y las calabazas que te dan”.

Desolado, Claudio piensa que “así no puede vivir”, y que tiene que sacar dinero de alguna parte. Un amigo le da una primera idea, que pone en práctica: con cartulina y tijeras, se fabrica unas tarjetas del mismo tamaño que las que se utilizan para viajar en autobús, y las colorea para que parezcan como éstas. Con habilidad, el conductor no se dará cuenta y sólo se fijará en que suena la máquina de picar tarjetas. Se hace así una provisión para tres meses. En las semanas sucesivas utiliza poco a poco estas tarjetas. Va además al trastero de su casa y, sin que le vean, se lleva un par de lámparas, que vende en un mercadillo. En alguna ocasión, apremiado por ir con sus amigos al cine, busca dinero en el bolso o el escritorio de su madre, y se lleva el equivalente al precio de la entrada y de la previsible consumición en la cafetería. Coloca asimismo en las tiendas de los alrededores que se lo permiten unos cartelitos ofreciendo clases particulares. Llama una señora solicitando unas clases de matemáticas para una hija suya, dos años menor que Claudio, bien pagadas. Claudio es consciente de lo mal que anda en matemáticas —el aprobado en esta asignatura es más bien la excepción, y a veces ha tenido que copiar para conseguirlo—, y por tanto de que lo solicitado supera sus posibilidades, pero necesita dinero a toda costa, “y ya se apañará”. Acepta, e imparte esas clases durante mes y medio, al cabo de los cuales piensa que ya ha ganado bastante, se ha cansado de ellas, y cree que lo mejor en estos casos es “retirarse a tiempo, antes de que se den cuenta”.

Algún tiempo después, en el colegio, varios amigos de Claudio acuden a confesarse. Claudio estima que “ya va siendo hora”, y también tiene la intención de hacerlo. Sin embargo, cuando llega su turno, viene a su mente —incluso se le oye decirlo en voz baja— la idea de que “como me diga que tengo que devolver, me muero”. Acuden a su cabeza posibles excusas: el precio del autobús “es un robo” y lo había pagado siempre hasta entonces; lo que había cogido a su madre “era poca cosa”; las lámparas “nadie las quería para nada, ni se han dado cuenta de que faltaban”; y la clase “la he dado, ¿no?, y no se ha quejado nadie”. Con todo, no está nada seguro de que le acepten esas excusas, y al final no se atreve a pasar al confesonario.

Tras reflexionar un poco personalmente sobre el caso y para formarte en este punto puede venir bien leerte lo siguiente:

Y finalmente para no alargarnos más en este artículo lee cuando puedas y con calma el siguiente comentario al caso sobre el séptimo mandamiento (pinchando en este enlace) y me dices tu opinión: ¡Animo!

Written by rsanzcarrera

noviembre 25, 2007 a 12:11 pm

Publicado en Catequesis

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