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Sexto Mandamiento (comentario)

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Comentario al caso sobre el Sexto Mandamiento:

Cuando se trata de la castidad, la principal cuestión es entender bien su sentido. El resto se deduce solo, completándose con la aplicación a este terreno de lo que se ha explicado sobre la prudencia en algunos casos anteriores. Por eso el caso aborda directamente los fundamentos, sin perderse en la multiplicidad de conductas que pueden atentar contra este mandamiento; de todas formas, algunas han ido apareciendo incidentalmente en otros casos.

De las opiniones expresadas por las compañeras de Sofía, la más interesante es la de Gloria. En la historia ha habido dos grandes errores sobre este tema que, como suele ocurrir, se contraponen entre sí. El primero es despreciar lo sexual. No entraremos aquí en la explicación de las posturas filosóficas que han sustentado esta visión, sino en su resultado. Éste era ver al sexo como algo malo, o al menos vergonzoso, que se “toleraba” en determinadas condiciones —en el matrimonio— por pura necesidad: hay que perpetuar la especie. Más o menos a esto se refiere considerarlo como un “tabú”. Pero una visión serena de las cosas debe desbaratar esa visión. El sexo, como parte de la naturaleza humana, es un don de Dios, destinado a cumplir una función que no tiene nada de vergonzosa —la reproducción—, y a configurar un amor —el esponsal— que cuando es auténtico es de las cosas humanas más nobles, y así ha sido reconocido siempre.

Es demasiado frecuente en la historia de la humanidad pasar de un extremo erróneo al extremo contrario, también erróneo, como si no hubiera más posibilidades. Es lo que sucede con Gloria, y con tanta gente en nuestros días. El resultado es trivializar lo sexual. Alega para ello que es algo “natural”, y la verdad es que podemos llamar a su postura “naturalismo”. ¿Qué falla en ella? Dos cosas.

La primera, y con esto contestamos también a Diana, es el estado de esa naturaleza. Quienes no conozcan o no crean en el pecado original, al menos tendrían que tener ojos para ver sus consecuencias. La naturaleza humana está, desde entonces, herida. Tiene una tendencia al descontrol, a dejarse llevar por las pasiones las apetencias, y con ello al mal. Y el instinto sexual es fuerte, de forma que se descontrola con facilidad. De ahí que, por mucho que proteste Diana con ejemplos claramente exagerados, resulta obvio que es necesario cuidarse y tomar medidas para evitar males, a la vez que se protege la intimidad ante una situación que se presta a su desprecio o “cosificación”: tomar a una persona como cosa apetecible, y nada más. Hay que aceptar las cosas como son. Cuando el ser humano tenía una naturaleza íntegra, nos cuenta el Génesis que Adán y Eva iban desnudos sin avergonzarse por ello. Tras la caída, lo primero que hicieron fue… vestirse. Sería sin duda maravilloso que tuviéramos una naturaleza íntegra, perfectamente dominada por la razón, pero esa no es la que tenemos. Siempre ha sido un sueño de la humanidad una naturaleza perfecta, pero sería un funesto error confundir la realidad con un sueño o con un deseo.

El segundo error de la postura de Gloria es lo que ésta parece entender por naturaleza humana. Es incompleto. El ser humano es un único ser, con cuerpo y espíritu, en el que se entrelazan ambas realidades. En el sexo esto se puede ver bien. No es algo puramente fisiológico. Es también anímico, y tiene una vertiente espiritual. Es algo que abarca la persona entera: el “yo” personal no es asexuado, sino el de un hombre o una mujer. El sexo está en lo físico, en lo psíquico y en lo espiritual. Pero, y seguimos sin salirnos de lo sexual, como en todo lo que concierne al hombre, el escalón inferior debe subordinarse y orientarse al superior. Y así, resulta que el sexo, en el ser humano, está hecho para vivirse en el amor auténtico, un amor que compromete a la persona entera y apto para transmitir la vida de forma humana, creando una familia donde pueda desarrollarse la descendencia como corresponde a la dignidad humana. Ése es el amor conyugal, el de los esposos. La “unión afectiva” de la que habla Gloria parece que no llega tan alto; suena a la tan cacareada actualmente “unión sentimental”, término bastante expresivo, pues parece que no se alcanza a comprender que el amor auténtico va más allá del sentimiento. A un nivel más bajo, se puede decir algo parecido de lo que piensa Gloria sobre la masturbación: podrá descargar tensiones físicas —¡como si no hubiera otros modos de descargarlas!— pero crea otras espirituales más profundas. Sofía es sincera reconociéndolo.

La sexualidad hace referencia a todos los aspectos de la persona humana. Y el ser humano es complejo. Por tanto, la sexualidad también lo es, más de lo que puede parecer a simple vista. Esta es la razón por la que pueden darse trastornos con cierta facilidad. Pueden ser constitutivos, de desarrollo, motivados por vivencias negativas —”traumáticas”—, etc. Uno de los más conocidos es la homosexualidad. Como puede deducirse de lo dicho, no puede señalarse una causa única que explique el fenómeno, pero lo que sí puede decirse es que es un trastorno de la sexualidad, y, por eso, de la personalidad. Un trastorno en sí mismo no es algo culpable, y en su génesis puede serlo o puede no serlo, o a medias. Por eso es necesario distinguir entre el estado y el ejercicio. Éste último no sólo es un pecado, sino también algo aberrante, por ser una sexualidad ejercida de modo antinatural. Lo mismo sucede, en menor grado, con la masturbación: el sexo no está hecho para ejercerlo en solitario. Lo “natural”, no es, como Gloria parece creer, lo que “naturalmente” apetece, sino la configuración de las cosas tal como viene dada por la naturaleza.

Si la sexualidad se refiere a toda la persona, también se deberá referir a la personalidad. Por eso las diferencias hombre—mujer no sólo son las físicas. También las hay anímicas, y espirituales. No se trata, por supuesto, de ser “más” ni “menos”, sino sencillamente distintos. En el caso, eso es algo que no parece tener en cuenta Loreto. O, al menos, ignora todas sus consecuencias. “Provocar”, por supuesto, es algo que pueden hacer tanto los chicos como las chicas. Pero lo hacen de modo diferente. Ellos, “provocando” directamente; ellas, “haciéndose provocativas”. Son diferencias de matiz, pero que deben ser tenidas en cuenta. No se trata aquí de explicar los rasgos psicológicos predominantes de cada uno, sino más bien de dejar constancia de que existen. Por eso, ellos deben tener más cuidado con su conducta, y ellas con su aspecto. No se trata de disminuir la elegancia; al contrario, lo digno de la persona es cuidar su estética —y es un favor que hacemos al prójimo—, pero cuidarla de forma que se sea contemplado como persona, no como objeto. Diciéndolo de modo expresivo, hay que procurar que se nos mire como personas, dirigiendo la mirada a lo más personal y significativo que tenemos: el rostro.

El amor, bien entendido, es entrega. Cuando la sexualidad está por medio, la entrega es de la propia intimidad, y de una dimensión muy personal. Por eso el único amor que se ajusta a la sexualidad y que alcanza lo que requiere es el amor conyugal. Por eso el sexo, en los hombres, está hecho para el matrimonio y sólo para él. Ni siquiera el noviazgo llega a la altura requerida. Puede que sea un noviazgo comprometido…, pero no con el suficiente compromiso: éste no se alcanza hasta el matrimonio. De ahí que la educación sexual —incluida la etapa del noviazgo, la última previa al matrimonio— sea educación para el amor. Consiste en enseñar a reservar esa capacidad de amar para el único amor que verdaderamente lo merece, sin que se estropee con otras cosas que podrán ser atractivas, incluso afectivamente atractivas, pero que en comparación al amor conyugal, al que la naturaleza llama a los hombres —por eso es verdadera vocación humana, que la gracia eleva y convierte en vocación cristiana—, no es más que una degeneración. Por eso la intuición final de Sofía es muy cierta: estamos ante algo serio. Por eso, también, su transgresión directa es siempre objetivamente grave —aunque el pecado pueda ser venial por falta de advertencia o consentimiento adecuados—.

¿Y tiene razón Sofía al indignarse por lo que oye de la profesora? ¿Es exagerado? Habría que oír la sesión completa para juzgar bien, pero lo que da la impresión es de que el fallo no está tanto en el contenido como en las formas. Lo importante no es tanto “sentenciar” comportamientos de manera drástica, sino explicar el sentido de la sexualidad y de la virtud de la castidad. Y, por supuesto, también es necesario sacar conclusiones prácticas, si es necesario detalladas. Gente como Sofía lo necesita, ya que está más influida por el ambiente de relajación general de lo que ella es consciente. Pero, si se quiere enseñar con los ejemplos, hay que saber explicarlos bien. Y hay que ser positivos: si se piden esfuerzos, es por conseguir algo que valga la pena el esfuerzo.

¿Y es tanto el esfuerzo? ¿Es agobiante? A veces puede se costoso, pero no debe ser en ningún caso agobiante; si lo es, puede deducirse que hay algo mal planteado en ese esfuerzo. Como para todo esfuerzo, el cristiano debe contar con la gracia (oración, sacramentos…). Por lo demás, no es tan difícil si se cuidan los medios que la sensatez aconseja: evitar la pereza —física y mental—, y cuidar, una vez más, la prudencia: evitar las ocasiones de pecado. Y con una añadidura que puede tener su importancia: que una caída no es una catástrofe irreparable, sino un tropiezo del que hay que levantarse enseguida, con una lucha renovada y reforzada por la contrición.

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Written by rsanzcarrera

noviembre 25, 2007 a 12:07 pm

Publicado en Catequesis

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