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Tercer Mandamiento (caso)

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Exposición del caso sobre el Tercer Mandamiento:

Al grupo de amigas de Isabel —tienen alrededor de 15 años— se incorpora Sara, que hasta ese curso estudiaba en otro colegio. Quedan un domingo para salir, e Isabel propone adelantar la hora de la cita para asistir antes a Misa. Aceptan, aunque se nota que Sara lo hace a regañadientes.

Llega la hora de la cita. Como alguna acude tarde, aparecen en la iglesia a mitad de la homilía. Se colocan al fondo, en un rincón. Casi no ven el presbiterio, y la voz les llega por los altavoces bastante distorsionada, de forma que hay que estar muy atento para seguirla. Se las ve incómodas e inquietas, y pronto empiezan a cuchichear. Al principio se preguntaban unas a otras sobre lo que estaba diciendo el sacerdote. Además de su falta de atención, captan algunas palabras cuyo significado desconocen, lo que las desanima aún más a poner atención. Al cabo de un rato, hablan en voz baja de otros temas ajenos a la ceremonia. Por dos veces son recriminadas por algún asistente, ya que estaban elevando el tono de voz; hay también alguna otra persona que no les dice nada, pero las mira de vez en cuando en tono desaprobatorio. Sólo va a comulgar Isabel. Después de la comunión, y antes de la oración y bendición final, empieza ya a salir gente del templo, y el grupo de amigas sale también.

A la salida, Sara, un poco alterada, dice que piensa que ha sido una tontería asistir a Misa. Ella ha ido esta vez por no quedar mal con sus amigas nuevas, pero habitualmente no va “porque no le dice nada”, y, por lo que ha podido ver, tampoco a las demás “les dice nada”, salvo quizás a Isabel. “Y para estar así, pues mejor no ir”. Añade que más vale no hacer algo que hacerlo mal y sin ganas, y encima molestando a otros. “Total, que es como si no hubiésemos ido, y para eso pues no vas y ya está”. Sigue diciendo que eso pasa por “poner la Misa obligada”, lo cual es una reliquia de tiempos pasados y superados, ya que “no se puede obligar a una cosa así: o vas porque tú quieres o no vas”; en caso contrario, vas “sólo por obligación, y eso es como no ir: ya se ha visto aquí”. Y piensa que es otra tontería que se tenga que ir necesariamente el domingo, porque “todos los días es lo mismo, y la gente iría cuando mejor le viniera”. Además, le parece absurdo que “si vives lejos de una iglesia ya tienes excusa válida para no ir, aunque tengas coche; pero si el lunes tienes un examen que estás con el agua al cuello, pues nada, da igual, tienes que ir el domingo”.

Isabel aquel día se fue a su casa algo triste. Había intentado convencer a Sara de que no eran correctas esas “ideas tan raras”, pero sin éxito. Además, había notado que el resto de las amigas se habían dejado influir por esos planteamientos. Le avergonzaba pensar que en vez de dar buen ejemplo a Sara, se lo habían dado “supermalo”, incluida ella. Hasta dudaba de si hubiera debido comulgar con ese comportamiento. Y se daba cuenta asimismo que necesitaba estar mejor preparada para contestar a esas cosas y dar razón de por qué hacía lo que hacía.

Tras reflexionar un poco personalmente sobre el caso y para formarte en este punto puede venir bien leerte lo siguiente:

Y finalmente para no alargarnos más en este artículo lee cuando puedas y con calma el siguiente comentario al caso sobre el tercer mandamiento (pinchando en este enlace) y me dices tu opinión: ¡Animo!

Written by rsanzcarrera

noviembre 25, 2007 a 11:12 am

Publicado en Catequesis

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