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Una forma de vida: un plan de vida

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“Muchas cosas me quedan por deciros, pero no podéis cargar con ellas por ahora” Y casi sin querer, nuestra curiosidad se pregunta: ¿Qué querías decirnos, Señor? ¿Cuál es el secreto que te llevaste al Cielo? Y entonces de nuevo la respuesta: “Cuando venga él, el Espíritu de la verdad, os guiará hasta la verdad plena”.

No se si a ti te pasará también, pero a veces se siente una especie de inquietud, como si algo dentro de ti estuviera incómodo… Entonces, es el momento de buscar un rato para hacer oración y meterte dentro de ti y preguntarle al Espíritu de Verdad: ¿Qué quieres decirme? ¿Hacia donde me llevas? ¿Qué quieres hacerme ver? A veces surgirán imágenes, recuerdos, algo que me han dicho y me ha herido, o problemas que he pasado por alto y que debo abordar finalmente, etc… Y entonces, si escuchas, la Paloma empieza a susurrar palabras en tu corazón… Palabras que están dichas solo para ti… Y no te extrañe si sientes que el Señor te mira, o si lloras, o si abres el alma y tu vida de par en par en la presencia de Jesús… Con Él sentirás que puedes mirar a la verdad a los ojos… Y sentirás también la fuerza necesaria para modificar esa situación en la que vives, y que no se corresponde con la imagen que Dios amó y creó en ti… Con Él sabrás quién eres tú en verdad, y qué es lo que estorba en el camino de la libertad, en el que Él quiere iniciarte… Y si perseveras en esta oración, comprenderás, poco a poco, casi sin darte cuenta, por qué el Señor se llevó al cielo su secreto: porque era para ti, y tenía que esperarte.

Efectivamente, con el bautismo se produjo en nuestra alma un nuevo nacimiento, una elevación sobrenatural, que nos hizo participar de la naturaleza divina. Las palabras que desde la eternidad aplica el Padre a su Unigénito, nos las apropia ahora a nosotros. A cada uno nos dice: tú eres mi hijo; yo te he engendrado hoy (Salmo 2, 7). Este hoy es nuestra vida terrena, pues Dios nos da cada día este nuevo ser. A mí me ha dicho el señor: tú eres mi hijo, yo te he engendrado hoyTú eres mi hijo: se dirige a Cristo y se dirige a ti y a mí, si nos decidimos a ser “alter Christus, ipse Christus”. Las palabras no pueden seguir al corazón, que se emociona ante la bondad de Dios. Nos dice: “tú eres mi hijo”. No un extraño, no un siervo benévolamente tratado, no un amigo, que ya sería mucho. ¡Hijo! Nos concede vía libre para que vivamos con El la piedad del hijo y, me atrevería a afirmar, también la desvergüenza del hijo de un Padre, que es incapaz de negarle nada. (Es Cristo que pasa 185)… Y esta sentido filial se ha de poner especialmente de manifiesto si alguna vez sentimos con más fuerza la dureza de la vida. Nuestro Padre no puede enviarnos nada malo. Podemos decir: ¡Omnia in bonum! Todo es para bien… Sí, Padre, porque así te ha parecido bien…

Imagina por un momento que la vida es “el gran teatro del mundo” en el que cada uno representa un papel: tú ¿qué papel tienes? ¿de qué vas por la vida?… Hoy te invito a adoptar el plan de Hijo de Dios (tú eres mi hijo; yo te he engendrado hoy). Te invito a esto porque aunque no hago más que recordarte algo que no deberías haber olvidado nunca, y que no debes olvidar nunca ya: … ¿Qué esperas de mí, Señor, para que yo voluntariamente lo cumpla? Nos responde el mismo Cristo: veritas liberabit vos; la verdad os hará libres. ¿Qué verdad es ésta, que inicia y consuma en toda nuestra vida el camino de la libertad? Os la resumiré, con la alegría y con la certeza que provienen de la relación entre Dios y sus criaturas: saber que hemos salido de las manos de Dios, que somos objeto de la predilección de la Trinidad Beatísima, que somos hijos de tan gran Padre. Yo pido a mi Señor que nos decidamos a darnos cuenta de eso, a saborearlo día a día: así obraremos como personas libres. No lo olvidéis: el que no se sabe hijo de dios, desconoce su verdad más íntima, y carece en su actuación del dominio y del señorío propio de los que aman al Señor por encima de todas las cosas. (Amigos de Dios 26)

¿Tu y yo qué vamos a hacer ante esta maravilla? Descansad en la filiación divina. Dios es un Padre lleno de ternura, de infinito amor. Llámale Padre muchas veces al día, y dile -a solas, en tu corazón- que le quieres, que le adoras: que sientes el orgullo y la fuerza de ser hijo suyo. Supone un auténtico programa de vida interior, que hay que canalizar a través de tus relaciones de piedad con Dios -pocas, pero constantes, insisto-, que te permitirán adquirir los sentimientos y las maneras de un buen hijo. (San Josemaría)

Cfr. Hace tiempo, leí esta anécdota acerca de cómo Dios está esperando nuestra respuesta de hijo: Querido amigo:

Cuando te levantaste esta mañana te observé y esperaba que me hablaras aunque fuera unas cuantas palabras preguntando mi opinión o agradeciéndome por algo bueno que te hubiera sucedido recientemente; Pero noté que estabas muy ocupado buscando la ropa adecuada para irte para el trabajo.

Seguí esperando de nuevo mientras corrías por la casa arreglándote, supe que habría unos cuantos minutos para que te detuvieras y me dijeras: Hola!, pero creo que estabas demasiado ocupado.

Te observe mientras ibas rumbo al trabajo y espere pacientemente todo el día. Con todas tus actividades supongo que estabas demasiado ocupado para decirme algo, pero está bien, no importa, aún queda mucho tiempo.

Después encendiste el televisor, y mientras cenabas nuevamente te olvidaste de hablar conmigo. A la hora de dormir creo que ya estabas muy cansado. Después de decirle buenas noches a tu familia caíste en tu cama y casi de inmediato te dormiste.

Quizás no te das cuenta de que siempre estoy ahí a tu lado. Tengo más paciencia de la que te imaginas. También quisiera enseñarte como tener paciencia para con otros. Te amo tanto que espero todos los días por una oración, un pensamiento o un poco de gratitud de tu corazón.

Bueno te estas levantando de nuevo y otra vez esperare que el día de hoy te acuerdes de mi y me dediques un poco de tu tiempo. Que tengas un buen día !Te amo mucho!

Tu amigo, Jesucristo

Vive como un hijo de Dios: trata a lo largo del día a tu Padre-Dios:

Consejos prácticos: Los empresarios lo saben: lo urgente puede esperar, primero lo importante: así tus normas de piedad serán como esos palos pintados de rojo que nos señalan el camino tras la nevada y no te perderás + adelanta esas prácticas piadosas, no las retrases + ten la pillería de irlas ajustando, como el guante a la mano + y recuerda “lo mejor es enemigo de lo bueno” (lo decía Juan XXIII: el peor rosario el que no se rezó… Y podría decirse también: el peor rato de oración el que no se hizo, etc) + evitar la rutina: sepulcro de la vida interior…

Un ejemplo. Dejar de rezar, abandonar el plan de vida, puede parecer al principio mejor: haces más cosas, tienes más tiempo para ti pero luego… Ocurre como con esas algas marinas que en un momento de su ciclo biológico se sueltan del fondo marino y suben a la superficie y allí con tanta luz y calor, explotan en una exuberancia de vida y crecimiento pero terminan muriendo cuando las reservas acumuladas en su interior se acaban… El ciclo vital se perpetúa gracias a las que raíces que siguen ancladas en el fondo marino, donde recién su alimento y vuelven a desarrollarse… No perdamos las raíces, las fuentes de la gracia.

Otro ejemplo. Una vez me explicaron que algunas anclas muy pesadas, para aligerar su peso a la hora de levarlas a la superficie, se las envuelve en madera. El que lo hacía me explicó, que aunque en realidad se les añade más peso, más madera, el resultado es que se hacen más ligeras en el agua. Así ocurre con las normas de piedad, a veces resultan pesadas, pero gracias a ellas nuestra vida es más ligera y es más capaz de elevarse con ligereza hacia arriba, hacia Dios.

Otro ejemplo. Recuerdo una fuerte tormenta en mis años de seminario que arrancó muchos árboles de cuajo; el espectáculo era dantesco. Cuando pregunté por las causas me dijeron que al regarlos tan frecuentemente no habían echado raíces profundas y no se habían agarrado a la roca del fondo bien… Así ocurre si nuestras normas son rutinarias y superficiales, cuando llegue la tormenta caerá esa piedad…

Necesito prevenirte todavía contra el peligro de la rutina -verdadero sepulcro de la piedad-, que se presenta frecuentemente disfrazada con ambiciones de realizar o emprender gestas importantes, mientras se descuida cómodamente la debida ocupación cotidiana. Cuando percibas esas insinuaciones, ponte con sinceridad delante del Señor: piensa si no te habrás hastiado de luchar siempre en lo mismo, porque no buscabas a Dios; mira si ha decaído -por falta de generosidad, de espíritu de sacrificio- la perseverancia fiel en el trabajo.

Entonces, tus normas de piedad, las pequeñas mortificaciones, la actividad apostólica que no recoge un fruto inmediato, aparecen como tremendamente estériles.

Estamos vacíos, y quizá empezamos a soñar con nuevos planes, para acallar la voz de nuestro Padre del Cielo, que reclama una total lealtad. Y con una “pesadilla” de grandezas en el alma, echamos en olvido la realidad más cierta, el camino que sin duda nos conduce derechos hacia la santidad: clara señal de que hemos perdido el punto de mira sobrenatural; el convencimiento de que somos niños pequeños; la persuasión de que nuestro Padre obrará en nosotros maravillas, si recomenzamos con humildad. (Amigos de Dios 150)

Al final te garantizo el cielo. El gozo y la paz, el ser contemplativo en medio del mundo… Felices en la tierra, con la felicidad relativa de aquí abajo, y luego para siempre la felicidad del Cielo… Podemos decir que todos los dones y gracias nos han sido dados para constituirnos en hijos de Dios, en imitadores del Hijo hasta llegar a ser alter Christus, ipse Christus, ¡otro Cristo, el mismo Cristo!. Cada vez hemos de parecernos más a Él. Nuestra vida debe reflejar la suya. Considerar nuestra filiación divina en la oración nos llenará de paz, viviremos abandonados en las manos de Dios, y viviremos la fraternidad cristiana con los que nos rodean, quienes también son hijos de Dios… Hijos de Dios. -Portadores de la única llama capaz de iluminar los caminos terrenos de las almas, del único fulgor, en el que nunca podrán darse oscuridades, penumbras ni sombras. -El Señor se sirve de nosotros como antorchas, para que esa luz ilumine… De nosotros depende que muchos no permanezcan en tinieblas, sino que anden por senderos que llevan hasta la vida eterna. (Forja, Deslumbramiento, 1)

Nuestra Madre Santísima nos enseñará a saborear cada día las palabras del Salmo 2: Tú eres mi hijo; Yo te he engendrado hoyMaría, Madre nuestra, “auxilium christianorum, refugium peccatorum”: intercede ante tu Hijo, para que nos envíe al Espíritu Santo, que despierte en nuestros corazones la decisión de caminar con paso firme y seguro, haciendo sonar en lo más hondo de nuestra alma la llamada que llenó de paz el martirio de uno de los primeros cristianos: “veni ad Patrem” (49), ven, vuelve a tu Padre que te espera. (Es Cristo que pasa, La conversión de los hijos de Dios (Cuaresma), 66)

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Written by rsanzcarrera

febrero 27, 2008 a 8:51 pm

Publicado en curso de retiro

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