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Meditación final: acudimos a Santa María

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Nos encomendamos a Santa María Virgen para sacar adelante los propósitos de este curso de retiro:

A estas alturas del curso de retiro conviene tener ya algunos propósitos decididos y en esto te aconsejo seguir el criterio de “aquel paleto de pueblo que presumía de hijo diciendo: ¡tiene muy pocas ideas, pero muy bien arraigadas!“… Pues eso, pocos propósitos pero bien firmes ¿de acuerdo?

– Es tentación común (el demonio del aparcamiento) que al cabo de pocos días del curso de retiro, pensemos que se ha de rebajar el nivel de los propósitos. Conviene recordar entonces que las cosas son como las has visto aquí, por eso anota los propósitos y repásalos con frecuencia después y mantente constante en la lucha pase lo que pase...

– Tengo un amigo sacerdote que se enfada frecuentemente y quiere escribir un folleto de MC que se titule algo así como “la santificación del “cabreo” ordinario”… no desanimarse

– El ramo de flores (vaya día… y encima tú: ¡borracho!)

– Otro ejemplo: A veces pensamos que somos un desastre y que no podemos hacer nada bien, y decimos con cierta inmadurez eso de: O todo o nada. Y tiramos la toalla ante nuestros fracasos. En cierta ocasión un señor esperaba con su hijo en la cola del confesonario, y el pequeño se impacientaba por la espera y quería irse. El padre le dijo: “tranquilo, ya solo queda este Señor, y pasas tú a confesar”. El niño miró al Señor, que era bastante gordo y dijo: “no, papa, que este señor es muy gordo y seguro que tiene muchos pecados”. El señor gordo se molestó, y el padre corrigió a su hijo: “no, hijo, no, este señor aquí donde le ves, el día de mañana a lo mejor Dios lo sube a los altares” El señor gordo sonrió complacido. Pero el niño, miró al señor y luego al altar y comentó: “papá, pues como Dios lo suba a los altares, lo va a tirar todo”… Y así puede ocurrir con nosotros, que subamos a los altares aunque lo vayamos tirando todo no hemos de perder la esperanza, y si es necesario nos llamarán “san tiralotodo”.

¿Es que estoy solo? ¿Es que nadie me apoya? Cada uno es muy importante:

– El punto de referencia (una lucecita en la iglesia, me indica que está el Señor en el sagrario) Ejemplo de la primera Misa con el Cardenal de una ciudad italiana

Cada uno debe abrirse de par en par a la acción del ES en su alma, somos obra del Él y María es medianera de todas las gracias:

En el año 1663 concluía Bernini en el mismo ábside de la Basílica de San Pedro una de sus más bellas obras, que sirve de retablo de fondo a la Cátedra (silla) de San Pedro. Con auténtica maestría combina materiales como el mármol, el bronce y el estuco, y llega a la mayor genialidad al incorporar al conjunto la visión luminosa de una ventana -la famosa “gloria” de Bernini- donde aparece la paloma del Espíritu Santo en medio de torbellinos de nubes, ángeles y rayos… Cuando se procede a una solemne canonización en el interior de la Basílica, es costumbre colocar la imagen pintada del nuevo santo sobre la vidriera; después se retira y surge de nuevo la paloma con las alas desplegadas y deslumbrante: así se evoca que el Paráclito es el Artífice de la santidad, o, como diría el Papa Juan XXIII, que cada uno de los santos es una obra maestra del Espíritu Santo“.

“Para mañana hacéis una redacción breve sobre el tema: la santidad”, dijo la profesora minutos antes de terminar las clases. Esa noche Anita, de 9 años, trabajó duro y con la ayuda del diccionario y una duda que resolvió con mamá, ya tenía su breve redacción terminada. A la mañana siguiente la profesora pidió una voluntaria para leer la redacción y Anita levantó la mano como un rayo. Poco después, en pie, delante de todas, empezaba su lectura un poco nerviosa. Leyó: “La santidad es la medicina que toma el Papa…” Todas rompieron a reír, incluida la profesora. Anita desconcertada empezó a sonrojarse y a llorar, mientras se justificaba diciendo: “pero, esto es lo que leí en el diccionario”. “¿Cómo va a decir eso el diccionario…?”, afirmó la profesora. “A ver, abre el diccionario y busca esa palabra”. Anita buscó la palabra y leyó toda seria: “Santidad: tratamiento que recibe el Romano Pontífice…” Todas volvieron a reír divertidas por la ingenua confusión de Anita. Todas, menos la profesora que se quedó pensando y dijo: “Anita, se trata de un tratamiento honorífico, no de medicinas… Pero ¿sabes? en el fondo, tienes razón: porque la santidad también nos pone buenos, en cierto modo solo ella nos cura realmente el alma”. Anita sonrió y las demás callaron. Efectivamente, solo cuando ante un problema, una dificultad o una situación difícil adoptamos la postura que adoptaría un santo, solo entonces nos quedamos contentos y nos curamos de verdad porque nos sentimos llenos de paz y alegría. Solo cuando ante las situaciones dolorosas, las dificultad, etc., tomamos decisiones en clave de santidad, entonces sentimos que eso era lo correcto, y solo entonces, ya está bien aquello. Y cuando no lo hacemos así, vemos como esas situaciones empeoran y se “infectan” aún más con los “gérmenes” de la soberbia, o la vanidad o la mentira, etc. Por eso cuando alguien piensa o dice: “la santidad no es para mi…” Habría que decirle “pues lo siento por ti, porque no te vas a curar”

Aquellos hombres importantes iban con mucha prisa a coger sus aviones. De repente, y por accidente, alguien debió de tropezar con la mesa de aquel establecimiento, pues todas las frutas del mostrador salieron volando por todas partes. Nadie se detuvo, ni se excuso, todos seguían corriendo para poder llegar a sus respetivos aviones. Todos menos uno… Iría en el siguiente vuelo unas horas más tarde. Cuando se acercó para ayudar a recoger las frutas tiradas por el suelo, su sorpresa fue enorme, al darse cuenta de que aquella joven era ciega. La encontró llorando, tanteando el suelo, tratando de recoger todas aquellas frutas. El hombre se arrodilló junto a ella, y le dijo que la ayudaría. Reunió en diversas cestas las frutas. Separó las que estaban magulladas por los golpes y no podrían ya venderse. Ayudó a poner de nuevo el puesto. Finalmente, sacó su cartera y le dijo a la joven: “Toma, por favor, este dinero, espero que subsane en algo el daño causado ¿te pace bien?” Ella, en silencio y agradecida, asintió con la cabeza. Se despidió y apenas se dio la vuelta cuando la joven dijo: “¡Señor!…”. Él se detuvo y miró por primera vez aquellos húmedos ojos ciegos. Ella continuó: “Señor… ¿Es usted Jesús…?”. Él se sorprendió tanto que casi le da la risa, sonrió y con cierta emoción, le explicó que no, que él era un corriente hombre de negocios que pasaba por allí, y volvió a despedirse. Unas horas después, ya de regreso en el avión, no podía dejar de pensar en aquella pregunta: ¿Es usted Jesús? Y se preguntaba qué había hecho él para que en aquella mente pudiera surgir esta pregunta y no conseguía apartar de su memoria aquellos perfectos ojos ciegos.

¿Y tú? propósitos y ponerlos en práctica, sin desánimos y con optimismo, tengo que estar dispuesto a poner en práctica esas luces y así no se caerá la casa: todo el que escucha mis palabras y las pone en práctica es semejante al varón sabio que edificó su casa sobre roca, cayó la lluvia, vinieron los torrentes, soplaron los vientos y embistieron contra aquella casa, pero ella no cayó, porque estaba cimentada sobre roca… Y el que oiga estas palabras mías y no las ponga en práctica, será como el hombre insensato que edificó su casa sobre arena: cayó la lluvia, vinieron los torrentes, soplaron los vientos y embistieron contra aquella casa y fue grande su ruina.

– La Macarena y la esperanza… Ahora comienza para ti una nueva vida y esperanza…

– Su manto, su protección, maternal nos cubrirá…

– Un artículo en National Geographic varios años atrás mostraba una foto impactante de “las Alas de Dios”. Después de un incendio forestal en el Parque Nacional de Yellowstone, los guardabosques iniciaron una larga jornada montaña arriba para valorar los daños del incendio. Un guardabosque encontró un pájaro literalmente petrificado en cenizas, posado cual estatua en la base de un árbol. Un poco asombrado por el espeluznante espectáculo, dio unos golpecitos al pajarillo con una vara. Cuando lo hizo tres diminutos polluelos se escabulleron bajo las alas de su madre ya muerta. La amorosa madre, en su afán de impedir el desastre, había llevado a sus hijos a la base del árbol y los había acurrucado bajo sus alas, instintivamente conociendo que el humo tóxico ascendería. Ella podía haber volado para encontrar su seguridad, pero se había negado a abandonar a sus crías. Cuando las llamas llegaron y quemaron su pequeño cuerpo ella permaneció firme: había decidido morir para que aquellos que estaban bajo sus alas pudiesen vivir.

– ¿Qué no hará por notros la Madre del Cielo? Contaba un sacerdote, que solo tras su ordenación su madre le contó siguiente: él se cortó un dedo de muy pequeño, y ella con sangre fría, tomo el dedito lo envolvió en hielo y fue corriendo a urgencias. Allí le dijeron que era muy difícil que recuperara el dedo. Ella permaneció toda la noche sin dormir apretando el dedito para que la sangre circulara mejor y quedara bien, mientras ofrecía aquel sacrificio decía a Dios: lo hago por si algún día quieres que sea sacerdote…

También nos hará mucho bien considerar mucho más frecuentemente la mirada de nuestro Padre desde el Cielo que con su sonrisa nos asiste para que sepamos llevar todas las circunstancias en actitud agradecida:

Aquel muchacho vivía solo con su padre. Tenían entre ellos una relación extraordinaria, muy especial. Aquel muchacho además formaba parte del equipo de fútbol de su colegio. Casi nunca le sacaban a jugar porque era el más bajito del curso y no tenía mucha fuerza. Entre los compañeros del equipo era conocido por “el calienta banquillo”. Su padre siempre le recordaba que no tenía porqué jugar sino quería… Pero su hijo disfrutaba tanto con el fútbol que no faltaba a ningún entrenamiento ni a ningún partido. Al comenzar en la universidad tuvo que irse a otra ciudad dejando solo a su padre en su casa. Nada más llegar intentó entrar en el equipo de la universidad. Todos sus amigos estaban convencidos de que no lo conseguiría… Pero se equivocaron. El entrenador dio la noticia a todos: había sido admitido en el equipo por su tesón, por cómo había perseverado poniendo todo su corazón y su alma en cada uno de los entrenamientos y por cómo animaba a todo el equipo. La noticia le llenó de alegría y corrió al teléfono más próximo para comunicárselo a su padre… Le enviaría todas las entradas para todos los partidos… Pero su padre le explicó que no podría asistir a todos los partidos por la gran distancia que los separaba pero le prometía ir al partido de la final porque estaba seguro de que la jugaría y la ganaría. Los dos rieron emocionados.
La liga universitaria empezó. El muchacho nunca faltó a ningún entrenamiento ni a un partido en todo el año académico -que cursaba brillantemente-, aunque nunca tuvo oportunidad de jugar. El fin de semana previo a la final llegó un telegrama urgente para el muchacho: su padre había muerto repentinamente por un infarto de miocardio. Cuando se lo comunicó tembloroso al entrenador este le dijo que fuera al funeral y que no era necesario que viniera a la final que descansara en esos días. Los compañeros lo sintieron mucho por él. Cuando llegó el día de la final, se presentó el muchacho ya empezado el partido y calladamente entró en el vestuario y se puso el uniforme del equipo y corrió hasta donde estaba el entrenador, que se sorprendió de verle allí. “Entrenador por favor, permítame jugar… ¡yo tengo que jugar hoy!”, imploró el joven. El entrenador pretendió no escucharle: de ninguna manera podía permitir que su peor jugador entrara en un momento tan delicado del partido. Pero insistió tanto, que finalmente sintiendo lástima lo dejo: “Bien hijo, puedes entrar, el campo es todo tuyo”… Minutos después el entrenador, el equipo y el público, no podían creer lo que estaban viendo. El pequeño desconocido, que nunca había jugado antes, estaba haciendo un juego que podríamos definir como “brillante”. Nadie podía detenerlo, era el de siempre pero corría mejor, más fácilmente. Su equipo logró empatar. Y en los últimos segundos y gracias a un centro suyo se consiguió el gol de la victoria. La gente que estaba en las gradas gritaba emocionada y su equipo lo llevó en hombros por todo el campo. Cuando todo terminó, el entrenador le dijo: “Has jugado hoy mejor que nunca, y precisamente el día en que tu padre no podía venir a verte jugar la final, ¡lo siento!… El joven miró sonriendo al entrenador y le dijo: “Usted sabe que mi padre murió… y que me prometió que vendría a verme jugar la final y que la ganaríamos ¿verdad?… Pero lo que no sabe es que mi padre era ciego. Hoy era la primera vez que podía verme jugar… él me prometió que asistiría y que ganaríamos y yo quise demostrarle que sí podíamos hacerlo”… Si fuéramos solo un poco más conscientes de que Nuestro Padre Dios nos está viendo hoy desde el cielo, nuestro juego sería distinto, seríamos el de siempre, si, pero jugaríamos de otro modo…, jugaríamos mejor.

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Written by rsanzcarrera

mayo 15, 2008 a 10:46 am

Publicado en curso de retiro

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