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Dios cuenta con los niños: Antonietta «Nennolina» Meo

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Antonietta Meo

Antonietta Meo

Aunque se trata de una historia algo excepcional, marcada por un proceso de enfermedad que lleva a una madurez más honda, vale la pena recoger la historia de una niña italiana, Antonietta «Nennolina» Meo (15-XII-1930. 3-VII-1937).

Falleció a los seis años y medio de un osteosarcoma, diagnosticado cuando apenas tenía cinco años. Su último año fue de grandes sufrimientos -«los dolores eran atroces»-, declarará su médico. Y los dolores continuaron siendo atroces no obstante la amputación de una pierna, y el aparato ortopédico que le colocaron. La traumatología no había hecho todavía los grandes avances que vemos hoy en día, y la medicina de cuidados paliativos simplemente no existía.

Al conocer el diagnóstico, sus padres hicieron todo lo posible para adelantar los tiempos de la Primera Confesión y de la Primera Comunión. Su madre le enseñó el Catecismo por las tardes, al regresar a casa de la escuela. Coincidiendo con el esfuerzo de ir aprendiendo preguntas y respuestas, Antonietta comenzó a escribir unas cartas -las llamaba sus poesías-, que cada tarde ponía bajo una imagen del Niño Jesús a los pies de su cama, «para que Él de noche viniese a leerlas ».

La primera carta es del 15 de septiembre de 1936. Contiene muchas expresiones simples de afecto que, en su sencillez, se hace difícil comprender que hayan salido del corazón de una niña de cinco años:

«Jesús amoroso, te dono mi corazón; Jesús, dame almas»; «¡Querido Jesús, dame almas! ¡Te lo pido con mucho gusto, y Tú dame muchas, muchas! ¡Te lo pido para que Tú las hagas ser buenas! (…), porque yo quisiera que fuesen todas al Paraíso contigo».

¿Cómo era posible que su inteligencia infantil le ayudara a ver con claridad que Jesús quisiese la salvación de todas las almas?

«Haré sacrificios para salvar muchas almas». «Querido Jesús Eucaristía, yo hoy Te vuelvo a ofrecer mi sacrificio de la pierna; Te doy gracias porque nos has dado la fuerza de soportar con paciencia nuestra cruz». «Querido Jesús crucificado, yo Te quiero mucho y Te amo mucho. Quiero estar en el Calvario contigo ». «Querido Jesús, dame la fuerza necesaria para soportar los dolores, que te ofrezco por los pecadores».

¿Cómo podemos explicar la capacidad de esta niña para saberse amada así por Jesucristo?:

«Querido Jesús, y me quiero abandonar en Tus manos». «Jesús, ven a jugar conmigo». Todas sus cartas terminaban con abrazos, caricias y besos a sus destinatarios celestes, destilando una dulce familiaridad.

Al hablar sobre ella, su madre manifestó con toda sencillez que Antonietta rezaba sus breves oraciones de la mañana y de la tarde; que al atardecer dirigía su plegaria al Ángel Custodio; y que después de recibir la Primera Comunión, buscó acercarse a la Eucaristía con renovado amor. Las horas después de comulgar fueron siempre apacibles, como si estuvieran libres de dolores, hasta el punto que daba la impresión de haberse recuperado de su enfermedad.

Cuando ya se acercaba el final de su vida, Antonietta recibió la Unción de los Enfermos. Respondió con serenidad a todas las oraciones, recitó el acto de contrición y besó con ternura el crucifijo. Su madre, consciente de la cercanía de Dios en su hija, le pidió la bendición, y la pequeña le hizo la señal de la cruz sobre la frente. Sus últimas palabras fueron:

«¡Dios!…, ¡mamá!, ¡papá!».

Aquí veras un vídeo breve sobre su vida:

Así se comprende que haya habido santos que han visto clara su vocación, y que han movido a sus padres para que les dejaran libres de seguirla, ya desde los cinco años, como es el caso de Santa Teresita del Niño Jesús. Que haya habido no pocos casos de niños mártires en la historia de la Iglesia, entre otros los recientemente beatificados pastores de Fátima.

Y no faltan tampoco testimonios de santos, que expresan su profundo agradecimiento a sus padres, porque de su mano comenzaron a recorrer los caminos del Señor:

  • La Madre Teresa de Calcuta confesaba con sencillez: «Sí, mi madre era una santa mujer. Trataba de educar a sus hijos en el amor de Dios y del prójimo. Ponía todo su esfuerzo en que creciésemos unidos y en que amásemos a Jesús. Era ella misma la que nos preparaba para la Primera Comunión. Fue nuestra propia madre quien nos enseñó a amar a Dios sobre todas las cosas».
  • San Josemaría Escrivá no sentía vergüenza alguna en decir que, por la mañana y por la noche, repetía las oraciones vocales que su madre y su padre le habían enseñado de niño; y que eran: «pocas, breves y piadosas». De esta forma, el recuerdo de sus padres le llevaba a Dios, y le hacía sentirse muy unido, a la vez que a su familia de sangre, a la familia de Nazaret -Jesús, María y José-, y a la familia del Cielo: Dios Uno y Trino: Padre, Hijo y Espíritu Santo.

Concluimos, ante un ejemplo tan patente y ante los testimonios de personas santas que hemos señalado, confirmando lo que ya sabíamos:

  • – Que los niños no tienen ninguna dificultad para meterse por caminos de oración, ni para seguirlos, una vez iniciados.
  • – Que el desarrollo de esa vida de oración va más allá de lo que las familias pueden enseñar; y a la vez, se alimenta de las enseñanzas que el niño recibe en su entorno familiar.
  • – Que hasta las enfermedades y contradicciones de cada día, en la oración y en la familia, se convierten en auténticos caminos de unión con Cristo para quien las sufre, y para quienes le acompañan en el dolor.

Written by rsanzcarrera

noviembre 14, 2008 a 1:00 pm

Publicado en Familia

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