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La afectividad y los sentimientos: ¿Niños ariscos, niñas cariñosas?

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En el plano afectivo las diferencias también son destacables. En ellas la delicadeza, la atención a los detalles y el énfasis que ponen en lo emotivo fundamentarán más tarde su afectividad femenina. Las niñas son capaces de estudiar y comportarse bien en clase por cariño hacia su profesora a la que realmente quieren. Cosa que resulta impensable en los niños que, especialmente cuando se aproximan a la pubertad, se caracterizan por una aparente rudeza, dureza e insensibilidad, descalificando globalmente la vida afectiva, que es percibida en esta etapa evolutiva como algo secundario. De aquí no debe concluirse que en el mundo afectivo del varón no haya lugar más que para la violencia, sino que en estas edades la ternura está como escondida y no hace nada por exteriorizarse. Más tarde en la etapa adulta aparecerá la ternura masculina aunque manifestándose de forma muy diferente a como acontece en las chicas.

Perseguir por la casa a nuestro pequeño de cuatro años para que nos dé un beso es asimismo algo de lo más usual y no debe rompernos el corazón, ni debemos pensar que no nos quiere. Sencillamente la afectividad masculina tiene otras formas de expresión. Las niñas, sin embargo, necesitan recibir caricias, besos y abrazos, así como darlos, desde su más tierna infancia y durante toda su vida. Este es un dato importante a tener muy en cuenta. A veces, las madres cuando nuestras hijas comienzan a crecer y se figuran ya más como unas mujercitas que como unas niñas, dejamos de comérnoslas a besos y abrazos y comenzamos a tratarlas con mayor distancia física. Es, sin embargo, importante que esto no suceda demasiado pronto. Durante los inicios de la pubertad nuestras hijas siguen necesitando de los abrazos y besos maternos. Robarles este derecho puede provocar en ellas la sensación de falta de cariño y es muy posible que lo busquen en lugares, personas o formas inadecuadas o incluso perjudiciales… Necesitan sentirse muy queridas para elevar su autoestima, sentirse felices y seguras.

La capacidad de expresar los sentimientos ha sido también siempre otra de las grandes diferencias entre los niños y las niñas… A los chicos les horroriza exteriorizar sus sentimientos, lo asumen como un grave atentado a su intimidad. De hecho, suelen huir del contacto visual directo, incluso con sus padres… Esta reacción masculina tiene su explicación en la naturaleza, en concreto en la estructura de su cerebro y en la influencia sobre el mismo de las hormonas masculinas. Deborah Yurgelun-Todd y sus colaboradores en la Universidad de Harvard, utilizando sofisticadas resonancias magnéticas que ilustran cómo se procesan las emociones en el cerebro de los niños, encontraron que la parte del cerebro que actúa sobre el habla tiene pocas conexiones con la parte del cerebro donde se sitúan las emociones, en la amígdala. Forzar a un muchacho a exteriorizar sus sentimientos es, en resumidas cuentas, «antinatural»… El psiquiatra Rojas Marcos recomienda que respetemos ante todo su libertad, que no les presionemos para que se abran prematuramente (cfr. Nuestra incierta vida normal).

En la adolescencia sus niveles de testosterona empiezan a salirse de los gráficos y les impulsa a huir de la intimidad verbal, disminuye su interés por la conversación y el trato social, hasta el punto de que actividades como salidas en familia se convierten para él en un auténtico martirio. Simplemente quiere «que le dejen en paz». Esto provoca enorme frustración en muchas madres que no comprenden por qué su maravilloso hijo, con lo cariñoso y comunicativo que era de pequeño, al llegar a la pubertad no quiere tener largas y profundas conversaciones con ella.

Existe, sin embargo, para consuelo de las madres, una explicación antropológica y maravillosamente inteligente de la naturaleza humana a esta reacción masculina de los adolescentes. Este distanciamiento de los varones adolescentes nos lo impone la propia naturaleza a las madres, preparándonos para que la definitiva salida del nido de nuestros muchachos no sea excesivamente dolorosa. Cuando besamos o abrazamos a nuestros hijos, las mujeres generamos oxitocina en grandes cantidades, hormona que influye en el cerebro aumentando los lazos familiares, el cariño, la dependencia afectiva de nuestros hijos, la necesidad de acariciarlos y tenerlos cerca, en definitiva, nuestro cerebro «maternal». Un experimento sobre la conducta maternal de las ratas confirmó la necesidad del contacto físico para mantener los circuitos cerebrales correspondientes a la conducta maternal activa (L. Brizendine en El cerebro femenino). En estas condiciones, la separación de un hijo se haría casi insoportable… Se trata en definitiva de un mecanismo que nos proporciona la naturaleza y que prepara a las madres para la posterior separación definitiva de los hijos cuando estos comienzan a volar del nido. Es un increíble mecanismo que la naturaleza urdió hace miles de años para evitar el terrible sufrimiento de la separación de un hijo en épocas pasadas cuando los muchachos abandonaban el hogar a muy temprana edad, pero que sigue siendo necesario en la actualidad y surtiendo su maravilloso y mágico efecto.

Las niñas, al contrario que los chicos, necesitan rabiosamente expresar sus sentimientos. Sabemos que los niveles de estrógeno de las muchachas aumentan en la pubertad y disparan los interruptores de sus cerebros para hablar más, interactuar y ser más emotivas. Y lo hacen con palabras, gestos, lágrimas, gritos, o conversaciones telefónicas eternas con la amiga a la que acaban de ver hace cinco minutos en el colegio y a la que volverán a ver mañana. Pero no pueden esperar para contarlo todo, absolutamente todo.

La existencia de una inmensa pluralidad de conexiones entre los hemisferios cerebrales y de estos con la amígdala, junto con la madurez de la parte del cerebro femenino destinado a las destrezas verbales, hacen de la niñas, y de la mujer, en definitiva, una fuente de información y expresividad sentimental. Por otra parte, debemos recordar asimismo que las mujeres en situaciones de estrés generan oxitocina, una hormona que las impulsa a buscar ayuda, a exteriorizar y compartir sus sentimientos.

Los temas de conversación son también muy diferentes en los chicos o en las chicas. Basta con aproximarnos a un grupo de niños en el patio y escuchar de qué están hablando (la última película que vieron; el juego de vídeo de moda; el coche de su padre; el partido de fútbol de ayer…). Hacer lo mismo con un grupo de niñas y oír el tema de sus conversaciones (acontecimientos sucesos o anécdotas relacionadas con familiares, amigos, conocidos o sobre ellas mismas; la pelea de ayer de mis padres; lo que me dijo el chico que me gusta; lo guapa que estaba en la fiesta mi hermana…)… Sobre todo cuando están disgustados, los varones tienden a cerrarse en sí mismos y prefieren estar solos. Precisamente lo contrario de lo que hacen las mujeres y niñas que necesitan desahogarse y contar mil veces lo que les pasa (Leonard Sax en Why gender matters)…

Written by rsanzcarrera

enero 26, 2009 a 12:52 pm

3 comentarios

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  1. es excelente sus opiniones pero si hay otra 2da parte que hable mas me interesaria leer o algun libro de referencia

    karen caballero

    mayo 22, 2009 at 10:04 pm

  2. NO ESTOY PARA NADA DE ACUERDO EN MI CASO EL CHICO ES MÁS CARIÑOSOS QUE LA CHICA.

    IDOYA

    julio 2, 2009 at 6:44 pm

  3. Me parece interesante lo leído, pienso que la personas son afectivas si desde niños recibieron amor, el niño que crece en un ambiento afectivo agradable,propagará lo mismo con las personas de su alrededor.

    Padres e hijos necesitan darse amor.

    Flor Mimbela

    Flor Mimbela López

    noviembre 9, 2009 at 1:22 am


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