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La violencia física masculina y la violencia psíquica femenina

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Llegada la hora de defenderse o de enfrentarse a alguien, las diferencias en el comportamiento y forma de reaccionar de los niños y las niñas vuelven a aflorar de forma inevitable y muy marcada.La violencia de los niños es, como regla general, una violencia física y es mucho más fácil de despertar que la violencia femenina. Los empujones, patadas y puñetazos son la técnica usualmente utilizada para la resolución de conflictos. Desde que apenas se tienen en pie los varones utilizan la fuerza física para marcar su territorio. En un estudio llevado a cabo por Eleanor Maccoby y Carol Jacklin, en 1973, sobre diferencias entre hombres y mujeres, concluyeron que, por lo general, los chicos se enzarzan más en peleas y agresiones ficticias y reales; se insultan más y toman represalias más rápidamente cuando son atacados. Estas diferencias las encuentran tan pronto como se inicia el juego social, sobre los dos años y medio (cfr. The psichology of sex differences)

Basta con observar en cualquier patio infantil cuál es la reacción de los varones cuando entra en su territorio un niño nuevo y se aproxima «peligrosamente» a sus juguetes. Cuando todavía apenas saben articular una palabra, la primera reacción suele ser un empujón. Como afirma el psiquiatra y psicólogo Baron-Cohen, los niños pequeños son más «físicos» que las niñas. Intentarán apartar al que les estorba con empujones, ya que son menos empáticos y más egoístas. Sin embargo, como regla general, las niñas, si alguien les estorba, intentarán persuadirle con palabras para que se marche. Este ejemplo muestra que, como promedio, las niñas antes que la fuerza física prefieren utilizar la mente para manipular a la otra persona y llevarla hacia donde ellas quieren (cfr. La gran diferencia)

La tendencia a la violencia también en los juegos de los muchachos viene provocada en gran medida, como expone la revista médica Scientific American, por las hormonas masculinas. En esta publicación la psicóloga Doreen Kimura escribe lo siguiente: «Sabemos, por ejemplo, de la observación de humanos y no humanos, que los machos son más agresivos que las hembras, que los jóvenes se enzarzan en más actividades violentas… Parece que el factor más importante en la diferenciación de machos y hembras es el nivel de exposición a varias hormonas sexuales en su temprana edad» (cfr. Sex differences in the brain). En la misma línea, el doctor Rubia mantiene que la testosterona es la responsable de la agresividad y la violencia física que aumenta durante la adolescencia, llegando a ser veinte veces más alta en varones que en mujeres (cfr. El sexo del cerebro). Son mucho más frecuentes las reacciones violentas de los chicos pues es más fácil «apretar el botón de la cólera masculina». Esta falta de sensibilidad ante la aflicción o el miedo de los demás nos indica la necesidad especialmente importante en los muchachos de inculcarles normas de conducta moral y herramientas de autocontrol. Por el contrario, las niñas no suelen pegarse, salvo situaciones extremas y, si llega el caso, se sienten «avergonzadas» al pelearse en público… La agresividad femenina se manifiesta de manera diferente a la del varón. Ellas son más complicadas, poliédricas o abyectas. Sus armas suelen ser la murmuración, la mentira para desprestigiar a la rival, la crítica a veces increíblemente sutil, en definitiva, el ataque psicológico. Es lo que Louann Brizendine denomina «agresividad en rosa». Ignorar, no hablar, hacer el vacío o poner un mal gesto o una sonrisita irónica a una compañera al pasar puede tener un efecto tan devastador como un buen puñazo. Si nos acercamos a ese grupo de niñas que está en una esquina jugando tranquilamente a las muñecas o a ser princesas descubriremos un mundo lleno de intrigas, pasiones, traiciones, maquinaciones y murmuraciones. Recordemos el cuento de Blancanieves, la Cenicienta o la Bella Durmiente, donde son siempre mujeres (la madrastra, la bruja o las hermanastras) las que actúan contra otra mujer movidas por envidia a su belleza, inteligencia o dulzura, y siempre lo hacen de manera maquiavélica usando sus «armas de mujer». Según Daniel Goleman, hacia los trece años las niñas se vuelven más hábiles que los chicos en tácticas agresivas ingeniosas, como ostracismo, chismorreo cruel y venganzas indirectas. Los chicos, por lo general, simplemente siguen inclinándose por la confrontación directa cuando se enfadan, olvidándose de estas estrategias más disimuladas (cfr. Emotional intelligence: why it cam matter more than IQ).

Estos enfrentamientos femeninos llegan a su máxima expresión durante la pubertad, cuando surge la rivalidad sexual y niñas que antes eran amigas se encuentran compitiendo por un mismo chico. En estas situaciones las mujeres pueden llegar a ser increíblemente malignas y destructivas, usando herramientas muy sutiles como la difusión de rumores para desprestigiar a la rival. Los científicos mantienen que, aunque una mujer sea más lenta en actuar físicamente empujada por la cólera, una vez que se ponen en marcha sus circuitos verbales más rápidos, pueden desencadenar un aluvión de palabras insultantes que el hombre no puede igualar.

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Written by rsanzcarrera

enero 26, 2009 a 12:52 pm

Una respuesta

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  1. Que esto nos ayuda para saber si una persona pueda que estar en esas condiciones, y tambien para sabernos comportar con toda la gente que nos rodea.

    francisco

    octubre 15, 2009 at 10:39 pm


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